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Alemania Al día - De 1945 hasta hoy - El Muro de Berlín - La Guerra Fría - Adolfo Hitler Vida y Obra

Historia hasta 1945
Todavía en el siglo pasado se creía saber con exactitud cuándo había comenzado la historia alemana: en el año 9 después de Cristo. En aquel año, Arminio, príncipe de la tribu germánica de los queruscos, derrotó en la Selva de Teutoburgo a tres legiones romanas. Arminio, de quien poco o nada se sabe, era considerado como el primer héroe nacional alemán. Durante los años 1838-1875 se levantó en su honor un enorme monumento cerca de Detmold.

Hoy las cosas ya no parecen tan sencillas. La génesis del pueblo alemán es un proceso que duró varios siglos. La palabra «deutsch» (alemán) aparece por primera vez en el siglo VIII y designaba, en un primer momento, tan sólo el idioma que se hablaba en la parte oriental del Imperio Franco. Este Imperio, que alcanzara su máximo esplendor bajo Carlomagno, abarcaba pueblos que, en parte, hablaban dialectos germánicos y, en parte, románicos. Tras la muerte de Carlomagno (814), el Imperio no tarda en dividirse. Como consecuencia de particiones de herencia, surgieron dos imperios, uno en el Este y otro en el Oeste. Sus límites coincidían aproximadamente con la división entre el idioma alemán y el francés. Lentamente fue desarrollándose en los habitantes del Imperio Oriental el sentimiento de pertenecer a una misma comunidad. La designación «alemán» comenzó a ser aplicada no sólo al idioma sino también a las personas que lo hablaban y, finalmente, al territorio que habitaban: «Deutschland» (país de los alemanes).

La frontera occidental alemana fue fijada en una época relativamente temprana y permaneció estable. En cambio, la frontera oriental estuvo durante siglos sujeta a fluctuaciones. En torno al año 900, estaba fijada por los ríos Elba y Saale. En los siglos subsiguientes, se establecieron colonias alemanas en territorios del Este. Este movimiento se detuvo solo a mediados del siglo XIV. El límite entre pueblos germanos y eslavos que entonces se estableciera se mantuvo hasta la Segunda Guerra Mundial.

La Alta Edad Media

Generalmente se establece como fecha del paso del Imperio Oriental de los francos al Imperio Alemán el año 911, cuando, al extinguirse la dinastía carolingia, se eligió como rey al duque de los francos Conrado I. Es considerado como el primer rey alemán. (El título oficial era «rey franco», más tarde, «rey romano»; el nombre del imperio es desde el siglo XI «Imperio Romano»; desde el siglo XIII, «Sacro Imperio Romano»; en el siglo XV se introduce el agregado «de la Nación Alemana»). El Imperio era una monarquía electiva; el monarca era elegido por la alta nobleza. Al mismo tiempo, regía también el «derecho de sangre»; el nuevo monarca debía estar emparentado con su antecesor. Sin embargo, este principio no fue siempre respetado; más aún, en algunos casos se produjeron elecciones dobles. El Imperio medieval no tuvo una ciudad capital; el monarca gobernaba desplazándose de un lugar a otro. Tampoco existían impuestos imperiales; el monarca atendía a sus gastos con los llamados «bienes imperiales», que administraba en fideicomiso. Su autoridad no era reconocida sin más; solo a través de su poder militar y de una hábil política de alianzas podía conseguir el respeto de los poderosos ducados. Esto lo logró por primera vez el sucesor de Conrado, el duque de Sajonia Enrique I (919-936) y, en mayor medida aún, su hijo Otón I (936-973). Otón logró realmente dominar el Imperio. Su gran poder se manifestó en el hecho de hacerse coronar emperador en Roma, en 962.

Desde entonces el rey alemán aspiró también a la dignidad de emperador. Por definición, el Imperio era universal y otorgaba a quien ostentaba el título de emperador el dominio sobre todo el Occidente. Sin embargo, esta idea del imperio nunca alcanzó su plena materialización política. A fin de ser coronado emperador por el Papa, el rey debía trasladarse a Roma. Así comenzó la política italiana de los reyes alemanes. Durante 300 años lograron dominar Italia central y septentrional pero, con ello, descuidaron importantes tareas en Alemania. Los sucesores de Otón sufrieron fuertes derrotas en su propio país. Bajo la dinastía subsiguiente de los Salios, el Imperio experimentó un nuevo florecimiento.

Con Enrique III (1039-1056), el Reino e Imperio Alemán llegó a la cumbre de su poder; sobre todo, logró imponer decididamente su predominio frente al papado. Enrique IV (1056-1106) no pudo mantener esta posición. En la lucha a causa de la designación de obispos (querella de las investiduras) derrotó solo aparentemente al Papa Gregorio VII; su peregrinación a Canossa (1077), a fin de someterse al Papa, significó para el Imperio una pérdida de jerarquía que no lograría recuperar jamás. Desde entonces, el Emperador y el Papa se enfrentarían como dos poderes en pie de igualdad.

En 1138 comenzó el siglo de la dinastía de los Staufen; Federico I Barbarroja (1152-1190), en sus luchas contra el Papa, las ciudades del Norte de Italia y su principal rival en Alemania, Enrique el León, duque de Sajonia, conduciría al Imperio a una nueva época de esplendor. Sin embargo, bajo su gobierno comenzó también una división territorial que terminaría debilitando el poder central. Este proceso continuaría bajo los sucesores de Barbarroja, Enrique VI (1190-1197) y Federico II (1212-1250), no obstante el gran poder del emperador. Los príncipes seculares y eclesiásticos se convirtieron en «semisoberanos», en señores de sus respectivos territorios.

Con la desaparición de los Staufen (1268), termina de hecho el Imperio universal occidental. Las fuerzas centrífugas existentes en el interior impidieron que Alemania se constituyera en un Estado nacional, proceso que en aquella época comenzaba a llevarse a cabo en los restantes países de Europa Occidental. Aquí se encuentran las raíces de un proceso que haría de Alemania una «nación tardía».

Fin de la Edad Media y comienzo de la Edad Moderna

Con Rodolfo I (1273-1291) llega por primera vez un Habsburgo al trono. Los fundamentos materiales del Imperio ya no eran los entonces desaparecidos bienes imperiales sino los «bienes de la casa» de la respectiva dinastía reinante; la política de incremento del poder de la casa imperial se transformó en el principal objetivo de cada emperador.

La Bula de Oro de Carlos IV, en 1356, una especie de Constitución imperial, otorgó a siete príncipes, los príncipes electores, el derecho exclusivo a elegir al emperador, a la vez que les confirió otros privilegios frente a los demás nobles. Mientras los pequeños condes, señores y caballeros iban perdiendo poco a poco su importancia, aumentaba la influencia de las ciudades en virtud de su poder económico. La unión de estas últimas en federaciones de ciudades contribuyó a reforzar aún más su poder. La más importante de estas federaciones, la «Liga hanseática», se convirtió, en el siglo XIV, en potencia dominante del Mar Báltico.

Desde 1438 -y a pesar de que el Imperio era formalmente una monarquía electivala corona fue transmitida de hecho por herencia dentro de la casa de Habsburgo, la cual, por otra parte, se había transformado en la potencia territorial más importante. En el siglo XV comenzaron a hacerse sentir, cada vez con mayor exigencia, los reclamos de una reforma del Imperio. Maximiliano I (1493-1519), que fue el primero en recibir el título de emperador sin haber sido coronado por el Papa, trató sin mucho éxito de llevar a cabo una reforma. Las instituciones por él creadas o reformadas -dieta imperial, distritos imperiales, cámaras de justicia imperiales subsistieron en verdad hasta el fin del Imperio en 1806 pero no pudieron impedir su creciente escisión. Comenzó a desarrollarse el dualismo «emperador-Imperio»: frente al emperador se encontraban los estamentos imperiales (príncipes electores, príncipes y ciudades). El poder del emperador fue limitado y reducido cada vez más a través de las «capitulaciones», es decir, acuerdos firmados con los príncipes electores al ser elegido. Los príncipes, especialmente los más poderosos, ampliaron considerablemente sus derechos a costa del poder imperial. Con todo el Imperio se mantuvo unido: el brillo de la corona imperial no se había extinguido todavía, la idea del Imperio se mantenía viva y en su seno los territorios pequeños y medianos hallaban protección frente a los ataques de vecinos poderosos.

Las ciudades se convirtieron en centros del poder económico; se beneficiaron principalmente del comercio creciente. En la industria textil y en la minería surgieron formas de organización económica que superaron los gremios artesanales y, al igual que el comercio con regiones remotas, presentaban rasgos de un capitalismo incipiente. Al mismo tiempo, se produjo una transformación espiritual condicionada por el Renacimiento y el Humanismo. El nuevo espíritu crítico se dirigió, sobre todo, contra las deficiencias de la Iglesia.

La época de la escisión religiosa

El descontento cada vez mayor con la iglesia alcanzó su punto culminante con la aparición de Martín Lutero y, a partir de 1517, se transformó en el movimiento de la Reforma, que rápidamente se expandió por Europa. Sus consecuencias superaron ampliamente el marco religioso. El tejido social se vio sacudido en sus cimientos. En 1522/23 se produjo la rebelión de los caballeros del Imperio: en 1525, la Guerra de los campesinos, primer gran movimiento revolucionario de la historia alemana, en el que se vincularon afanes políticos y sociales. Ambas rebeliones fracasaron y fueron sofocadas a sangre y fuego. Quienes mayor provecho sacaron de la Reforma fueron los príncipes territoriales. Después de años de lucha, en los que alternaron triunfos y derrotas, en la Paz de Augsburgo, en 1555, obtuvieron el derecho de imponer la religión a sus súbditos. La confesión protestante fue reconocida con iguales derechos que la católica. Quedaba así sellada la división religiosa de Alemania. En la época de la Reforma, ocupaba el trono Carlos V (1519-1556), quien había heredado el imperio más grande del mundo después de la época de Carlomagno. El enorme esfuerzo desplegado por hacer valer sus intereses en la política mundial le impidió imponerse en Alemania. Después de su abdicación, el imperio mundial se dividió; los Estados territoriales alemanes y los Estados nacionales de Europa Occidental constituyeron un nuevo sistema de Estados europeos.

En la época de la Paz de Augsburgo, Alemania era, en sus cuatro quintas partes, protestante. Sin embargo, la lucha entre las confesiones religiosas no había terminado. En los decenios subsiguientes, la Iglesia Católica logró recuperar numerosos territorios (Contrarreforma). Las diferencias religiosas se agudizaron; se llegó a la formación de partidos religiosos: la Unión protestante (1608) y la Liga católica (1609). Un conflicto local en Bohemia provocó la Guerra de los Treinta Años que, con el transcurso de los años, se convirtió en un conflicto europeo en el que estallaron las diferencias políticas y religiosas. Entre 1618 y 1648, grandes partes de Alemania fueron asoladas y diezmadas. La Paz de Westfalia de 1648 implicó cesiones territoriales a Francia y Suecia; confirmó la separación de Suiza y Holanda del Imperio. A los estamentos imperiales se les otorgó muy amplios derechos de soberanía en cuestiones religiosas y seculares y se les permitió firmar alianzas con países extranjeros.

 

La época del Absolutismo

Los casi soberanos Estados territoriales, siguiendo el modelo francés, adoptaron como forma de gobierno el Absolutismo. Se otorgó poder ilimitado a los monarcas pero, al mismo tiempo, se establecieron las condiciones para poder crear una administración pública bien organizada, introducir un sistema económico-financiero ordenado y formar ejércitos permanentes. Muchos príncipes aspiraron a que sus sedes de gobierno se convirtieran en centros de la vida cultural. Algunos de ellos, representantes del «Despotismo ilustrado» promovieron las ciencias y el pensamiento. La política económica, el mercantilismo, reforzó también el poder económico de los Estados sujetos al régimen absolutista. Así, territorios como Baviera, Brandeburgo (que más tarde sería Prusia), Sajonia y Hannover se transformaron en centros autónomos de poder. Austria, que había rechazado el ataque de los turcos, conquistando Hungría y parte de los países balcánicos que habían estado bajo la dominación turca, se convirtió en gran potencia. En el siglo XVIII, le surgiría como rival Prusia, que bajo Federico el Grande (1740-1786) se convirtió en una potencia militar de primer orden. Partes del territorio de estos dos Estados no integraban el Imperio y ambos pretendían llevar a cabo una política europea de gran potencia.

La época de la Revolución Francesa

El golpe que derrumbó el edificio del Imperio vino del Oeste. En 1789 estalló la revolución en Francia. Bajo la presión de la burguesía, se eliminó el orden social feudal que existía desde comienzos de la Edad Media; la división de los poderes y los derechos humanos debían asegurar la libertad y la igualdad de todos los ciudadanos. El intento de Prusia y Austria en el sentido de intervenir con la fuerza de las armas en los asuntos internos del país vecino fracasó lastimosamente y provocó el contraataque de los ejércitos revolucionarios. Bajo el asalto del ejército de Napoleón, que en Francia había recogido la herencia de la Revolución, se derrumbó definitivamente el Imperio. Francia ocupó la margen izquierda del Rin. Para compensar a los señores de estos territorios las pérdidas sufridas, se llevó a cabo una enorme «concentración territorial» a expensas de los principados de menor tamaño y sobre todo de los eclesiásticos: en virtud de la «Resolución de la Dieta Imperial» de 1803, unos cuatro millones de súbditos cambiaron de señor. Los Estados centrales fueron los ganadores. La mayoría de ellos se unieron, bajo protectorado francés, en 1806, en la «Federación del Rin». En el mismo año, abdicó la corona el emperador Francisco II; el Sacro Imperio Romano de la Nación Alemana había concluido.

La Revolución Francesa no se extendió a Alemania. Por cierto que en este país ya en los años anteriores algunas personalidades habían tratado reiteradamente de superar las barreras entre la nobleza y la burguesía y algunos intelectuales importantes saludaron los cambios producidos en el Oeste; pero la chispa difícilmente podía encenderse en Alemania porque, a diferencia de lo que sucedía en Francia con su organización centralizada, la estructura federal del Imperio dificultaba la difusión de las nuevas ideas. A esto se agregó el hecho de que precisamente el país del que procedía la revolución, es decir, Francia, se le presentaba a los alemanes como enemigo y como potencia de ocupación. De la lucha contra Napoleón surgió más bien un nuevo movimiento nacional que finalmente culminó en las guerras de liberación. Pero Alemania no dejó de ser afectada por las fuerzas del cambio social. Primeramente en los Estados de la Federación Renana y luego en Prusia (vinculadas aquí con los nombres de Stein, Hardenberg, Scharnhorst, Guillermo de Humboldt y otros), se introdujeron reformas que terminaron por eliminar las barreras feudales y aspiraban a crear una sociedad burguesa de ciudadanos libres y responsables de su destino: supresión de la servidumbre, libertad de agremiación, autonomía municipal, igualdad ante la ley, servicio militar obligatorio. Sin embargo, algunas reformas quedaron a medio camino. La participación en las tareas legislativas permaneció, por lo general, vedada a los ciudadanos; solo a regañadientes algunos príncipes sobre todo en el sur de Alemania otorgaron constituciones a sus Estados.

La Confederación Germánica

Después de la derrota de Napoleón, el Congreso de Viena, 1814-1815, estableció un nuevo orden en Europa. Las esperanzas de muchos alemanes de lograr un Estado nacional, unido y libre, no se realizaron. La Confederación Germánica, que surgiera en sustitución del antiguo Imperio, era una asociación poco firme de diversos Estados soberanos. Su único órgano era la Asamblea Federal de Francfort, que no era un parlamento de representantes elegidos sino un congreso de representantes de los diversos monarcas. La Confederación funcionaba solo cuando estaban de acuerdo las dos grandes potencias, Austria y Prusia. Su tarea principal consistió, en los decenios subsiguientes, en impedir el éxito de todo esfuerzo encaminado a lograr una mayor libertad y unidad. La prensa y la publicística estuvieron sometidas a una fuerte censura, las universidades fueron controladas y la actividad política fue prácticamente imposible.

Mientras tanto, se había iniciado un moderno desarrollo económico que se oponía a estas tendencias reaccionarias. En 1834 se estableció la Unión Aduanera Alemana y, con ello, se creó un mercado interno unitario. En 1835 se puso en funcionamiento el primer tramo ferroviario alemán. Así comenzó la industrialización. Junto con las fábricas, apareció la nueva clase del obrero fabril. Estaba integrada por personas que en un principio habían encontrado en la industria mejores posibilidades de ingresos; pero el rápido crecimiento de la población condujo pronto a una superoferta de mano de obra. Como, además, no existía legislación social alguna, la masa de los obreros vivía en la extrema miseria. Las tensiones se descargaron violentamente, como en 1844 con la rebelión de los tejedores de Silesia, sofocada por el ejército prusiano. Solo vacilantemente se fue formando un movimiento obrero.

La Revolución de 1848

A diferencia de lo que sucediera con la Revolución de 1789, la Revolución de febrero de 1848 encontró eco inmediato en Alemania. En marzo, se produjeron en todos los Estados de la Confederación alzamientos populares que obligaron a los atemorizados príncipes a hacer concesiones. En mayo, en la iglesia de San Pablo, en Francfort, se reunió la Asamblea Nacional. Eligió al archiduque austriaco Juan como regente del Imperio y creó un ministerio del Imperio que, desde luego, no tuvo ningún poder y tampoco adquirió autoridad alguna. En la Asamblea Nacional predominaba el centro liberal, que aspiraba a una monarquía constitucional con participación electoral restringida. La sanción de una Constitución se vio dificultada por el fraccionamiento de la Asamblea Nacional: desde los conservadores hasta los demócratas radicales; se anunciaba así ya el espectro futuro de los partidos políticos. Pero tampoco el centro liberal pudo superar las oposiciones que existían en todas las agrupaciones entre los partidarios de la solución de la «gran Alemania» es decir, el Imperio Alemán, y los partidarios de la «pequeña Alemania», con la exclusión de Austria. Tras arduas discusiones, se elaboró una Constitución que procuraba vincular lo viejo y lo nuevo y establecía un gobierno responsable ante el Parlamento. Sin embargo, cuando Austria insistió en incorporar al futuro Imperio todo su territorio (que comprendía una docena de diferentes pueblos), triunfó la concepción de la «pequeña Alemania» y la Asamblea Nacional ofreció la corona hereditaria del Imperio al rey Federico Guillermo IV de Prusia. El rey la rechazó; no quería deber la dignidad de emperador a una revolución. En mayo de 1849 fracasaron en Sajonia, en el Palatinado y también en Baden, las revueltas populares que intentaron imponer la Constitución «desde abajo». Con esto quedaba definitivamente sellada la derrota de la Revolución. La mayoría de las conquistas fueron dejadas sin efecto, las Constituciones de los diferentes Estados fueron reformadas en un sentido reaccionario. En 1850 se restableció la Confederación Germánica.

El auge de Prusia

Los años cincuenta fueron un período de gran crecimiento económico. Alemania se convirtió en país industrial. En su volumen de producción estaba aún lejos de alcanzar a Inglaterra, pero, en poco tiempo, superó la distancia que los separaba. Los pilares de este desarrollo fueron la industria pesada y la construcción de maquinaria. Prusia se convirtió también económicamente en la potencia preponderante de Alemania. El poder económico reforzó la conciencia política de la burguesía liberal. El Partido Progresista Alemán, fundado en 1861, se convirtió en el partido más importante del parlamento prusiano y negó al gobierno los fondos requeridos cuando éste intentó introducir una reforma reaccionaria en la estructura del ejército. El nuevo primer ministro, Otto von Bismarck (1862), aceptó el desafío y gobernó durante varios años sin contar con la aprobación parlamentaria del presupuesto, tal como lo exigía la Constitución. El Partido Progresista Alemán no se atrevió a llevar su resistencia más allá de la oposición parlamentaria.

Bismarck pudo consolidar su precaria posición interna gracias a sus éxitos en la política exterior. En la Guerra germano-danesa (1864), Prusia y Austria obligaron a Dinamarca a ceder Schleswig-Holstein, que en un primer momento quedó bajo la administración conjunta de aquellos dos países. Sin embargo, desde el comienzo, Bismarck se había propuesto la anexión de los dos ducados y provocó un conflicto abierto con Austria. En la Guerra Alemana (1866), Austria fue derrotada y se vio obligada a abandonar el escenario alemán. La Confederación Germánica fue disuelta; en su lugar apareció la Confederación del Norte de Alemania con Bismarck como canciller, que comprendía a todos los Estados alemanes situados al norte del río Meno.

El Imperio bismarckiano

Bismarck trabajó para conseguir la unidad alemana en el sentido de la «pequeña Alemania». La resistencia francesa a este proyecto culminó en la Guerra franco-alemana (1870-1871), provocada por un conflicto diplomático acerca de la sucesión del trono de España. La Francia derrotada tuvo que ceder Alsacia y Lorena y pagar una fuerte suma en concepto de reparaciones de guerra. Llevados por el entusiasmo patriótico de la guerra, los Estados alemanes del Sur se unieron a la Confederación del Norte de Alemania y formaron el Imperio Alemán; en Versalles, el 18 de enero de 1871, el rey Guillermo I de Prusia fue proclamado emperador (Káiser) de Alemania. La unión alemana no se había producido por una resolución popular, «desde abajo», sino por un acuerdo de príncipes, «desde arriba». El predominio de Prusia era impresionante; a muchos se les presentaba el nuevo imperio como una «gran Prusia». El Parlamento del Reich (Reichstag) era elegido por sufragio electoral universal e igual. No tenía por cierto ninguna influencia en la formación del gobierno pero sí en la ejecución de los asuntos de gobierno, a través de su participación en la legislación del Reich y de sus atribuciones presupuestarias. A pesar de que el Canciller del Reich era responsable solo ante el káiser y no ante el Parlamento, tenía que procurar lograr una mayoría en el Reichstag para su política. En los distintos Länder existía todavía un derecho electoral no unitario para la elección de los representantes del pueblo. En once de los Estados todavía estaba vigente el sufragio de clases, dependiente de los ingresos fiscales, y en cuatro pervivía el antiguo régimen estamental. Los Estados alemanes del sur, que tenían una más larga tradición parlamentaria, reformaron a comienzos del siglo su derecho electoral y Baden, Wurtemberg y Baviera equipararon su derecho electoral al que regía para la elección del Reichstag. El desarrollo de Alemania hacia un país industrial moderno reforzó la influencia de la económicamente exitosa burguesía. Sin embargo, el tono siguió siendo dado por la nobleza y, sobre todo, por el cuerpo de oficiales del ejército, compuesto en su mayor parte por miembros de la nobleza.

Bismarck gobernó durante diecinueve años como canciller del Reich. A través de una coherente política de paz y de alianzas, procuró lograr para el Imperio una posición segura en la nueva constelación de fuerzas europeas. En contraste con esta inteligente política exterior se encontraba su política interna. No pudo comprender nunca las tendencias democráticas de la época; calificaba a la oposición política de «enemiga del Imperio». Con toda dureza, pero sin éxito, combatió contra el ala izquierda de la burguesía liberal, contra el catolicismo político y, sobre todo, contra el movimiento obrero organizado, al que prácticamente mantuvo al margen del derecho, en virtud de la «Ley sobre los socialistas», durante doce años (1878-1890). Así, la poderosa clase obrera, no obstante la legislación social avanzada, fue excluida del manejo del Estado. Bismarck cayó victima de su propio sistema cuando, en 1890, fue alejado de sus funciones por el joven emperador Guillermo II.

Guillermo II quería gobernar personalmente pero carecía de la constancia y conocimientos necesarios. Más a través de sus discursos que de sus acciones, despertó la impresión de ser un gobernante violento, capaz de poner en peligro la paz. Bajo su gobierno, se produjo el paso a la «política mundial»; Alemania trató de acortar la distancia que la separaba de las grandes potencias imperialistas y cayó con ello en un creciente aislamiento. En la política interna, Guillermo II adoptó una línea reaccionaria después que su intento de lograr la colaboración de la clase obrera para su «Imperio social» no tuviera el rápido éxito que esperaba. Sus cancilleres se apoyaron en cambiantes coaliciones conservadoras y burguesas; la socialdemocracia, a pesar de ser uno de los partidos más poderosos, con un electorado a su favor de millones de personas, permaneció ajena a toda participación en el gobierno.

La Primera Guerra Mundial

El asesinato del heredero del trono austriaco, el 28 de junio de 1914, provocó el estallido de la Primera Guerra Mundial. La cuestión acerca de la culpa en esta guerra sigue siendo controvertida. Ciertamente no fue querida conscientemente ni por Alemania y Austria de un lado, ni por Francia, Rusia e Inglaterra, por el otro; pero todos estuvieron dispuestos a asumir el correspondiente riesgo. Todos estos países tuvieron desde el comienzo metas bélicas claramente delimitadas para cuya realización un enfrentamiento militar al menos no parecía rechazable. La rápida derrota de Francia, prevista en el plan de ataque alemán, no se logró. Por el contrario, después de la derrota alemana en la batalla del Marne, la lucha en el Oeste se convirtió en una guerra de trincheras que culminó en un absoluto disparate militar que ocasionó inmensas pérdidas para ambas partes. Desde el comienzo de la guerra el káiser pasó a segundo plano y a lo largo de la misma los débiles Cancilleres del Reich tuvieron que someterse cada vez más a la presión de la conducción suprema del ejército con el mariscal de campo Paul von Hindenburg como jefe nominal y el general Erich Ludendorff como jefe efectivo. Finalmente, el ingreso de los Estados Unidos en la guerra, en 1917, trajo consigo el resultado que hacía ya tiempo se preveía y que no pudo ser modificado ni por la revolución en Rusia ni por la paz en el Este. A pesar de que el país estaba totalmente desangrado, Ludendorff, con desconocimiento de la situación, insistió hasta septiembre de 1918 en una «paz victoriosa», para terminar pidiendo sorpresivamente un armisticio inmediato. A la catástrofe militar siguió el descalabro político. Sin ofrecer resistencia alguna, en noviembre de 1918, el káiser y los príncipes reinantes abdicaron a sus tronos; nadie movió un dedo para defender una monarquía totalmente desacreditada. Alemania se transformó en República.

La República de Weimar

El poder cayó en manos de los socialdemócratas. La mayoría de sus miembros hacia tiempo que había abandonado las ideas revolucionarias de los primeros años y consideraba que su tarea principal consistía en garantizar una transición ordenada de la vieja a la nueva forma de organización política del Estado. La propiedad privada en la industria y en la agricultura quedó intacta; los funcionarios y los miembros del poder judicial, a pesar de ser en su gran mayoría antirrepublicanos, fueron mantenidos en sus cargos; el cuerpo de oficiales imperiales conservó el mando de las tropas. Se actuó militarmente en contra de los intentos de las fuerzas radicales de izquierda por imprimir a la revolución una orientación socialista. La Asamblea Nacional, elegida en enero de 1919 y que se reuniera en Weimar, promulgó una nueva Constitución del Reich. En esta Asamblea, la mayoría estaba integrada por tres partidos eminentemente republicanos: los socialdemócratas, el Partido Democrático Alemán y el Centro. Pero, a lo largo de los años veinte, tanto en el Parlamento como en el pueblo, adquirieron cada vez más importancia aquellas fuerzas que adoptaron una posición de cierta reserva frente al Estado democrático. La República de Weimar fue una «república sin republicanos», furiosamente combatida por sus enemigos y defendida sin entusiasmo por sus partidarios. Sobre todo la penuria económica de la posguerra y las gravosas condiciones impuestas por el tratado de paz de Versalles, que Alemania se vio obligada a firmar en 1919, dieron origen a un profundo escepticismo con respecto a la República. La consecuencia fue una creciente inestabilidad en el ámbito de la política interna.

En 1923 las convulsiones de la posguerra alcanzaron su punto culminante (inflación, ocupación de la zona del Ruhr, «putsch» de Hitler, intentos comunistas de derrocar el gobierno); luego, con la recuperación económica, se produjo una cierta normalización política. La política exterior de Gustav Stresemann permitió que la derrotada Alemania, a través del Tratado de Locarno (1925) y del ingreso en la Sociedad de Naciones (1926), recuperara la igualdad de derechos políticos. El arte y las ciencias experimentaron, en los «dorados años veinte», un breve e intenso florecimiento.

Después de la muerte del primer presidente del Reich, el socialdemócrata Friedrich Ebert, fue elegido, en 1925, jefe del Estado el mariscal de campo Hindenburg, candidato de la derecha. Se atuvo estrictamente a la Constitución, pero nunca tuvo una auténtica comprensión del Estado republicano. La decadencia de la República de Weimar comenzó con la crisis económica mundial de 1929. El radicalismo de izquierda y de derecha utilizaron en su provecho la desocupación y la precaria situación general. En el Parlamento ya no fue posible contar con una mayoría capaz de asumir las funciones de gobierno; los gabinetes dependían del apoyo del presidente del Reich. El hasta entonces insignificante movimiento nacionalsocialista de Adolfo Hitler, que vinculaba tendencias totalmente antidemocráticas y un furioso antisemitismo con una propaganda seudorrevolucionaria, adquirió súbitamente importancia a partir de 1930 y, en 1932, se convirtió en el partido más poderoso. El 30 de enero de 1933 Hitler fue designado canciller del Reich. Además de miembros de su partido, integraron el gabinete algunos políticos de la derecha y ministros técnicos sin afiliación política, hecho que permitió concebir la esperanza de que se podría evitar una autocracia de los nacionalsocialistas.

La dictadura nacionalsocialista

Hitler se desprendió rápidamente de sus aliados; a través de una «ley de otorgamiento de poderes», que aprobaron todos los partidos burgueses, se aseguró unas atribuciones de gobierno prácticamente ilimitadas y prohibió todos los partidos políticos fuera del propio. Los sindicatos fueron destruidos, se derogaron de hecho los derechos fundamentales y se suprimió la libertad de prensa. En contra de las personas no adictas al régimen se procedió con despiadado terror; miles de ellas desaparecieron sin proceso judicial previo en campos de concentración rápidamente organizados a tal efecto. Los órganos parlamentarios de todos los niveles fueron abolidos o amordazados. Cuando murió Hindenburg, en 1934, Hitler reunió en su persona los cargos de canciller y presidente del Reich. De esta manera, en tanto jefe supremo de las fuerzas armadas, tuvo en sus manos al ejército que, hasta entonces, había llevado una vida en cierto modo independiente.

En los pocos años de la República de Weimar, la adhesión a un orden democrático en libertad no había logrado enraizarse profundamente en la mayoría de los alemanes. Sobre todo las convulsiones internas a lo largo de aquellos años, los reiterados enfrentamientos violentos, que llegaron hasta sangrientas batallas callejeras entre los adversarios políticos, y la desocupación masiva provocada por la crisis económica mundial habían conmovido fuertemente la confianza en el poder del Estado. En cambio Hitler, con sus programas de trabajo y armamentismo, logró revitalizar la economía y reducir rápidamente la desocupación. Aquí se vio beneficiado por el final de la crisis económica mundial.

El que Hitler en un primer momento también pudiera imponer casi sin resistencia los objetivos de su política exterior fortaleció adicionalmente su posición: en 1935 el Sarre, que hasta entonces había estado bajo la administración de la Sociedad de Naciones, fue reintegrado a Alemania y en el mismo año el Reich recuperó la soberanía en el plano militar; en 1936 las tropas alemanas invadieron Renania, que había sido desmilitarizada en 1919; en 1938 Austria fue anexionada al Reich y las potencias occidentales permitieron a Hitler la anexión de los Sudetes. Todo esto le facilitó la realización de sus demás metas, aun cuando en todos los estratos de la población hubo personas que valientemente ofrecieron resistencia a la dictadura.

Inmediatamente después de la toma del poder, el régimen había comenzado a llevar a la práctica su programa de antisemitismo. Poco a poco se privó a los judíos de todos los derechos humanos y civiles. Quien pudo, procuró escapar a estas vejaciones huyendo al extranjero.

La persecución de los adversarios políticos y la opresión de la libertad de opinión empujaron también a miles de personas fuera del país. Muchos de los intelectuales, artistas y científicos alemanes más ilustres emigraron.

La Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias

Sin embargo, Hitler quería más. Desde el comienzo realizó los preparativos para una guerra que estaba dispuesto a llevar a cabo a fin de lograr la dominación de Europa. Esto ya se patentizó en marzo de 1939, cuando hizo entrar a sus tropas en Checoslovaquia. El 1 de septiembre de 1939, con la invasión de Polonia, desencadenó la Segunda Guerra Mundial, que duró cinco años y medio, asoló gran parte de Europa y les costó la vida a 55 millones de personas.

Al principio, las tropas alemanas vencieron a Polonia, Dinamarca, Noruega, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Francia, Yugoslavia y Grecia; en la Unión Soviética avanzaron hasta cerca de Moscú y en el Norte de Africa amenazaron el Canal de Suez. En los países conquistados se estableció un duro régimen de ocupación frente al que se alzaron los movimientos de resistencia. En 1942 el régimen comenzó con la «solución final de la cuestión judía»: todos los judíos que pudieron ser detenidos fueron conducidos a los campos de concentración y asesinados. Se calcula que el número total de víctimas alcanza los seis millones. En el mismo año en que se iniciaba este crimen inconcebible, se producía también un viraje en la guerra; a partir de entonces comenzaron las derrotas en todos los frentes.

El terror del régimen y las derrotas militares reforzaron la resistencia interna contra Hitler. Sus representantes procedían de todos los sectores de la población. Una rebelión conducida principalmente por oficiales del ejército fracasó el 20 de julio de 1944. Hitler sobrevivió a un atentado con bomba en su cuartel general y se vengó sanguinariamente. Más de cuatro mil personas de todos los estratos sociales que habían participado en la resistencia fueron ejecutadas en los meses siguientes. Como figuras destacadas de la resistencia baste mencionar aquí, en representación de todas las víctimas, al capitán general Ludwig Beck, al coronel Conde Stauffenberg, al ex alcalde de Leipzig Carl Goerdeler y al líder socialdemócrata Julius Leber.

La guerra continuó. A costa de una inmensa cantidad de víctimas, Hitler prosiguió la lucha hasta que todo el territorio del Reich estuvo ocupado por los Aliados; el 30 de abril de 1945 el dictador se suicidó. El sucesor a quien designara en su testamento, el almirante Dönitz, firmaba ocho días más tarde la rendición incondicional.


Historia desde 1945 hasta hoy

Pautas a partir de 1945. Tras la capitulación incondicional de las tropas alemanas el 8/9 de mayo de 1945 el último gobierno del Reich, bajo la dirección del almirante Dönitz, permaneció todavía dos semanas en ejercicio antes de procederse a su detención. Posteriormente sus miembros serían juzgados por las potencias vencedoras con otros altos cargos de la dictadura nazi en el proceso de Nuremberg bajo la acusación de haber cometido crímenes contra la paz y la humanidad.

Las potencias vencedoras, a saber, los Estados Unidos de América, Gran Bretaña, la Unión Soviética y Francia, asumieron el poder en el territorio del Reich el 5 de junio. Conforme a lo establecido en el Protocolo de Londres, del 12 de septiembre de 1944, y otros acuerdos posteriores basados en el mismo, su objetivo principal era tener un completo poder de disposición sobre Alemania. La base de esta política era la división del país en tres zonas de ocupación con una capital, Berlín, dividida en tres partes y un consejo de control conjunto integrado por los tres comandantes en jefe.

En la Conferencia de Yalta (Crimea), celebrada en el mes de febrero de 1945, Francia fue admitida en el círculo de los tres grandes como cuarta potencia de control, asignándosele una zona de ocupación propia. En Yalta se declaró el propósito de poner fin a la existencia de Alemania como Estado soberano, pero evitando una fragmentación del territorio del Reich. Sobre todo Stalin estaba interesado en mantener la unidad económica de Alemania. Para compensar los graves daños sufridos por la Unión Soviética a raíz de la invasión alemana, exigió reparaciones tan enormes que no podían ser pagadas por una sola zona. Moscú exigió, aparte del pago de 20.000 millones de dólares, la cesión del 80 por ciento de las plantas industriales alemanas a la Unión Soviética.

También los británicos y norteamericanos acabarían por abogar, en contra de los planes iniciales, por conservar una Alemania atenuada y viable, pero no por codicia de reparaciones sino porque aproximadamente desde el otoño de 1944 el presidente estadounidense Roosevelt aspiraba a consolidar, en el marco de un sistema de equilibrio global, una Europa central estable. A estos efectos la base económica de Alemania era un factor irrenunciable. Así pues, se desechó inmediatamente el ominoso plan Morgenthau (septiembre de 1944), según el cual la nación alemana hubiera vivido en adelante de la agricultura y se hubiera dividido en un Estado al Norte y otro al Sur.

Sin embargo, las diferencias entre las potencias vencedoras fueron en aumento. Por eso el designio originario de la Conferencia de Potsdam (17 de julio-2 de agosto de 1945), a saber, el establecimiento de un orden posbélico para Europa, no tardó en quedar relegado. Solo hubo conformidad en la cuestión de la desnazificación, desmilitarización, descentralización económica y educación de los alemanes para la democracia. Además, las potencias vencedoras occidentales dieron su conformidad a la expulsión de los alemanes de los territorios alemanes orientales bajo administración polaca, Prusia nororiental, Hungría y Checoslovaquia, lo cual tendría funestas consecuencias. En total contradicción con la reserva occidental de la «aplicación humana» de esa medida, cerca de 7,75 millones de alemanes serían brutalmente expulsados de sus lugares de residencia. Expiaron con su éxodo la culpa alemana, pero también pagaron por el desplazamiento de la frontera occidental polaca como consecuencia de la ocupación soviética de Königsberg y Polonia oriental. En cuanto al mantenimiento de las cuatro zonas de ocupación como unidades económicas y políticas sólo se alcanzó un consenso mínimo. Cada potencia de ocupación habría de cubrir sus reparaciones en principio dentro de su zona respectiva.

Esto supuso, como bien se demostraría en la etapa posterior, un paso de capital trascendencia para el futuro: no sólo debido al régimen de las reparaciones, sino en particular a la vinculación de las cuatro zonas a sistemas políticos y económicos divergentes, Alemania se convirtió en el país donde más palmariamente se manifestaría la guerra fría. Entre tanto en las distintas zonas de ocupación ya se habían empezado a poner en marcha partidos y órganos administrativos alemanes. En la zona soviética esto se hizo muy rápido y con mano de hierro: ya en 1945 se admitieron partidos a escala zonal y se constituyeron varias administraciones centrales.

En las tres zonas occidentales el desarrollo de la vida política tuvo lugar desde abajo. En una primera etapa los partidos políticos sólo funcionaron a nivel local; tras constituirse los Estados Federados (Länder) fueron autorizados para operar a nivel regional. Sólo más adelante surgirían asociaciones a escala zonal. Por lo que respecta a los órganos administrativos, a nivel zonal el grado de estructuración era todavía muy rudimentario, pero dado que la miseria material del país, reducido a escombros, sólo podía superarse mediante una generosa planificación más allá de los límites de los Estados Federados y de las zonas y en vista de que la administración de las cuatro potencias no era operativa, en el año 1947 los Estados Unidos de América y Gran Bretaña decidieron unir sus dos zonas a efectos económicos (bizona).

Las divergencias entre los sistemas de poder del Este y del Oeste y los dispares planteamientos de la política de reparaciones en las distintas zonas bloquearon una política financiera, fiscal, de materias primas y de producción válida para toda Alemania, lo cual daría lugar a profundas divergencias en el desarrollo de las regiones. Francia en principio no estuvo interesada en una administración económica integrada (bizona/trizona). Stalin no ocultó sus pretensiones en relación con el control de la cuenca del Ruhr, pero cerrando a la vez la zona de ocupación soviética. Por parte occidental nada se pudo hacer contra estas arbitrariedades, como por ejemplo la fusión forzosa del Partido Comunista Alemán (KPD) y del Partido Socialdemócrata (SPD), de la que surgió el Partido Unitario Socialista (SED) en abril de 1946.

En vista de que en la zona de ocupación soviética estaba instaurándose una dictadura comunista, los británicos y americanos impulsaron la organización de sus propias zonas. Para las potencias de ocupación occidentales de lo que se trataba era de paliar la miseria y las calamidades en las zonas occidentales y propiciar la articulación de un Estado liberal y democrático.

Del Estado enemigo a la cooperación. En Alemania occidental el Secretario de Estado norteamericano Byrnes patentizó el cambio en el discurso que pronunció en Stuttgart el 6 de septiembre de 1946. La ocupación estalinista y las líneas fronterizas de Polonia fueron calificadas de meramente provisionales. Desde su enfoque la presencia militar de los aliados occidentales en Alemania occidental ya no respondía a su papel de potencias de ocupación y control, sino que traducía su función de potencias protectoras. A iniciativa de Gran Bretaña y de los Estados Unidos y superada la inicial resistencia francesa se crearía finalmente la trizona como área económica occidental uniforme. La amenaza de un nuevo avance soviético hacia el Oeste a continuación del golpe de Estado del 25 de febrero de 1948 en Praga fue uno de los factores que al final movió a Francia a alinearse con los planteamientos aliancistas occidentales. Los criterios de Byrnes se plasmaron en el Pacto de Bruselas (17 de marzo de 1948) y finalmente en el Tratado del Atlántico Norte, firmado el 4 de abril de 1949.

A efectos de la funcionalidad de este tipo de alianza era imprescindible dotar a Alemania occidental de una organización política y económica uniforme. En consecuencia, Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos acordaron en la Conferencia de Londres (23 de febrero a 3 de marzo y 20 de abril a 1 de junio de 1948), en la cual participaron también por primera vez los países del Benelux, un ordenamiento estatal conjunto para las zonas de ocupación occidentales.

En la 82. sesión del Consejo de control, celebrada el 20 de marzo de 1948, el representante soviético, el mariscal Sokolowski, exigió que se le informara sobre las negociaciones de Londres. Sus homólogos occidentales respondieron con evasivas, a lo cual Sokolowski abandonó el consejo de control, para no volver más.

Mientras que las potencias occidentales todavía estaban ocupadas en la elaboración de sus recomendaciones a los jefes de los gobiernos de la parte occidental en relación con la convocatoria de una asamblea constituyente, Stalin utilizó la puesta en circulación del marco alemán (DM) en la parte occidental del país a raíz de la reforma monetaria del 20 de junio de 1948 como pretexto para forzar la anexión de Berlín occidental a la zona de ocupación soviética mediante un bloqueo de la ciudad. En la noche del 23 al 24 de junio de 1948 se interrumpieron todas las comunicaciones terrestres entre las zonas occidentales y Berlín-Oeste. Se suspendió el abastecimiento de energía y alimentos desde la zona soviética a través del sector oriental. Hasta el 12 de mayo de 1949 Berlín–Oeste fue abastecido por medio de un puente aéreo aliado. Esta patente adhesión a Berlín como avanzadilla de la política y de las formas de convivencia occidentales y la demostración del poderío de los Estados Unidos propiciaron en Alemania occidental la voluntad de cooperación con las potencias de ocupación.

La fundación de la República Federal de Alemania. Ya desde 1946 Alemania occidental venia recibiendo ayuda americana (programa GARIOA). Pero el impulso decisivo para la reconstrucción del país partió del Plan Marshall contra «el hambre, la pobreza, la desesperación y el caos», a través del cual se canalizaron hacia Alemania occidental un total de 1.400 millones de dólares entre 1948 y 1952. Mientras que en la zona ocupada por los soviéticos avanzaba la socialización de la industria, en la parte occidental se fue imponiendo a raíz de la reforma monetaria el modelo de la «economía social de mercado» (Alfred Müller-Armack 1947). El nuevo orden económico trataba de evitar por una parte un «empantanamiento del capitalismo» (Walter Eucken) y por otra un centralismo de tipo dirigista como rémora de la creatividad y la iniciativa. Este orden económico se completó en la Ley Fundamental con los principios del Estado de Derecho y del Estado social y mediante la estructuración federal de la República. La nueva constitución alemana se denominó conscientemente «Ley Fundamental» para subrayar su carácter provisional. El planteamiento de fondo era promulgar una constitución definitiva una vez que se hubiera restablecido la unidad de Alemania. La Ley Fundamental entró en vigor el 23 de mayo de 1949 con la proclamación solemne por el Consejo Parlamentario en Bonn.

Lógicamente, en la Constitución confluyeron numerosos criterios de las potencias de ocupación occidentales, que fueron las que confiaron el 1 de julio de 1948 (documentos de Francfort) a los jefes de gobierno de Alemania occidental la elaboración de la Carta Magna. Al mismo tiempo quedaron reflejadas en la nueva Constitución las experiencias de la República de Weimar y la tiranía nacionalsocialista.

La Convención Constitucional de Herrenchiemsee (10 a 23 de agosto de 1948) y el Consejo Parlamentario reunido en Bonn (65 delegados de los parlamentos regionales asistieron a la reunión del 1 de septiembre de 1948) sometieron en la Ley Fundamental a los futuros gobiernos, partidos y demás fuerzas políticas a los principios de una tutela jurídica «antepuesta». Desde entonces son punibles e ilícitos cualesquiera intentos de subvertir el régimen democrático de libertades e instaurar dictaduras, sean de derechas o de izquierdas.

Consecuentemente, la República Federal de Alemania se compromete en un artículo de la carta magna (Artículo 23 de la Ley Fundamental, conocido como Artículo Europeo) a garantizar los principios democráticos, del Estado de Derecho, sociales y federales en una Europa unida. Estas normas se explican como reacción inmediata a las experiencias durante la dictadura nazi, que había perseguido a la mayoría de los «políticos de la primera etapa» activos a partir de 1945, quienes aportaron a la reconstrucción de Alemania las tradiciones democráticas del espíritu de 1848 y 1919 y de la «sublevación de la conciencia» del 20 de julio de 1944. Todos ellos encarnaban ante los ojos del mundo la «otra Alemania» y se granjearon el respeto de las potencias de ocupación. Hombres como el primer Presidente, Theodor Heuss (F.D.P.), el primer Canciller Federal, Konrad Adenauer (CDU), o Ludwig Erhard (CDU), conocido como la «locomotora» del «milagro económico», pero también los grandes líderes de la oposición del SPD, entre ellos Kurt Schumacher y Erich Ollenhauer, así como el ciudadano del mundo que fue Carlo Schmid, dieron al nuevo sistema de partidos en Alemania occidental un perfil inconfundible. Paso a paso se fueron ampliando las facultades de consulta y la influencia política alemanas (estatuto de ocupación, Acuerdo de Petersberg, integración en el GATT, adhesión a la Comunidad Europea del Carbón y del Acero). En julio de 1951 Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos de América dieron por terminado el estado de guerra con Alemania; la Unión Soviética haría lo propio en enero de 1955.

Seguridad mediante integración en Occidente y entendimiento europeo. Para el Canciller Federal Adenauer, que hasta el año 1963 dejó un sello muy personal en la política exterior e interior de Alemania (se habló de «democracia cancilleresca“), el objetivo político supremo era la reunificación de Alemania en paz y libertad. La incardinación de Alemania occidental en la comunidad atlántica de defensa era una condición sine qua non para lograr ese objetivo. Así pues, la República Federal, no bien se derogó el estatuto de ocupación, se incorporó a la OTAN (5 de mayo de 1955). Paralelamente se impulsó la construcción en común de las Comunidades Europeas (Tratados de Roma, 1957).

Los recelos de Adenauer frente a Moscú eran tan hondos que en 1952 rechazó conjuntamente con Occidente la oferta de Stalin de reunificar Alemania hasta la línea Oder-Neisse bajo un estatuto de neutralidad. La oferta le resultó demasiado dudosa como para jugarse la tarea pendiente de la integración occidental de la República Federal. Su prevención resultó estar más que justificada, como se comprobó el 17 de junio de 1953, cuando los tanques soviéticos aplastaron la insurrección de la población de la RDA contra la falta de libertad y la permanente vuelta de tuerca de la productividad (Hans Mayer). Pero también se puso de manifiesto que sin Moscú no habría ningún avance verdaderamente sustancial en la cuestión alemana. Por eso la fría razón de Estado aconsejaba el establecimiento de relaciones diplomáticas con la Unión Soviética en cuanto principal potencia europea.

La represión de la sublevación popular en Hungría por tropas soviéticas en noviembre de 1956 y la conmoción a causa del «Sputnik» (4 de octubre de 1957) evidenciaron un notable aumento del poder de la URSS, que se manifestó en otras medidas coercitivas en el marco de la construcción del socialismo en la RDA, pero sobre todo en el ultimátum sobre Berlín del sucesor de Stalin, Nikita Jruschov, que exigió la retirada de los aliados de Berlín-Oeste en el plazo de seis meses.

En vista del terminante rechazo de los aliados, Jruschov intentó avanzar en la cuestión de Berlín empleando tonos más sugestivos y efectivamente, su visita a los Estados Unidos en 1959 mejoró notablemente el ambiente („espíritu de Camp David“). El caso es que el presidente estadounidense Eisenhower llegó a afirmar -cosa que causaría malestar en el gobierno de Bonnque las infracciones de los soviéticos en Berlín no eran tan graves como para que fuera de Alemania tuvieran que ser valoradas como casus belli.

La inquietud de Bonn respecto a la seguridad de Berlín fue en aumento cuando el acceso a la presidencia de John F. Kennedy ocasionó un cambio generacional en la cúpula de la política estadounidense que redujo considerablemente la influencia de Adenauer sobre la política americana en relación con Europa. Aunque Kennedy garantizó en sus tres «Essentials» (25 de julio de 1961 ) el libre acceso, la presencia de las potencias occidentales y la seguridad de Berlín-Oeste, la reacción de los aliados ante la construcción del muro de Berlín (13 de agosto de 1961 ) en fin de cuentas se quedó en meras protestas diplomáticas y amenazas simbólicas. Moscú de nuevo pudo afianzar su protectorado. La «votación por los pies» contra el régimen de la RDA fue reprimida con barreras, «pasillos de la muerte» y presiones. Antes de levantarse el Muro abandonaron la RDA casi tres millones de personas; sólo en el mes de julio de 1961 habían huido más de 30.000 personas.

A pesar de la construcción del Muro y de las tensiones desatadas por la crisis de Cuba en 1962, el proceso de entendimiento entre ambas superpotencias forzado por la situación de paridad nuclear seguiría adelante.

En consecuencia, Bonn se vio obligado a buscar vías propias y de hecho el distanciamiento transitorio de Washington se compensó hacia afuera mediante el «verano de la amistad francesa». La reconciliación franco-alemana alcanzó su momento culminante con la concertación del Tratado del Elíseo en enero de 1963. Este tratado constituyó el fundamento para un acercamiento entre ambos pueblos y una intensa cooperación en numerosos ámbitos. Para subrayar la nueva entidad de las relaciones bilaterales, de Gaulle se había referido durante su triunfal visita oficial a Bonn (1962), pocos meses antes de la firma del tratado, al «gran pueblo alemán». A juicio del general, la Segunda Guerra Mundial debería incluirse no tanto en la categoría de la culpa como en la de la tragedia.

La política de entendimiento con Occidente se correspondió con una mejora del clima de las relaciones con Europa oriental. En diciembre de 1963 la OTAN había dado en Atenas la señal pertinente con su nueva estrategia de la respuesta flexible en lugar de la represalia masiva.

Para propiciar el desbloqueo, la República Federal trató de mejorar por lo menos las relaciones con los Estados del entorno de la URSS. Sin renunciar oficialmente a la doctrina Hallstein (no se entablarían relaciones diplomáticas con aquellos países que mantuvieran o establecieran relaciones diplomáticas con la RDA) como freno contra el reconocimiento diplomático de la República Democrática Alemana, los sucesores de Adenauer, Ludwig Erhard y Kurt Georg Kiesinger, basaron su política en las crudas realidades de Europa central. Esto sucedió en buena medida como respuesta a la nueva línea seguida en materia de política exterior por la oposición del SPD, para la cual Egon Bahr había acuñado el 15 de julio de 1963 la fórmula «cambio por acercamiento».

En Occidente se intensificó la cooperación con miras a la creación de la Comunidad Europea (CE) a partir de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), la Comunidad Europea de la Energía Atómica (Euratom) y la Comunidad Económica Europea (CEE) (8 de abril de 1965). El establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel a pesar de las protestas panárabes fue un paso importante de la política de entendimiento alemana. A principios de 1967 Bonn entabló relaciones diplomáticas con Rumanía. En junio de 1967 se abrieron delegaciones comerciales en Bonn y Praga. El informe Harmel de diciembre de 1967 al menos preparó el terreno para nuevos avances de la distensión al fijar como objetivo binario de la alianza occidental el poderío militar y la simultánea voluntad de diálogo con el bloque oriental.

Junto a la reconciliación con los vecinos europeos y la integración en la comunidad de los Estados occidentales, Adenauer había hecho hincapié en la necesidad de desagraviar al pueblo judío. Seis millones de judíos murieron víctimas de la sistemática campaña de exterminio nazi. La intensa relación personal entre el primer Canciller Federal y el presidente israelí Ben Gurión influyó decisivamente en la incipiente reconciliación entre judíos y alemanes. Inolvidable es el encuentro de ambos estadistas el 14 de marzo de 1960 en el Hotel Waldorf-Astoria de Nueva York. En 1961 Adenauer subrayó ante el Parlamento que la República Federal sólo podría documentar la total ruptura de los alemanes con el pasado nacionalsocialista si también se satisfacían reparaciones materiales.

Ya en 1952 se había firmado en Luxemburgo el primer convenio sobre el pago de ayudas para la reinserción de refugiados judíos en Israel. De los aproximadamente 90.000 millones de marcos pagados en concepto de reparaciones, cerca de una tercera parte se destinaron a Israel y organizaciones judías, sobre todo a la Jewish Claims Conference, un fondo especial de ayuda para refugiados judíos de todo el mundo. Eso sí, el establecimiento de relaciones diplomáticas entre Israel y la República Federal no se produciría hasta 1965.

Diálogo interalemán pese al aislamiento de la RDA. A pesar de las sucesivas medidas de autoaislamiento de la RDA (por ej. pasaporte y visado obligatorio para el tráfico de tránsito entre la República Federal y Berlín-Oeste) y del mazazo del Pacto de Varsovia a la política reformista de Praga (primavera de Praga en 1968), la doctrina Bréznev sobre la indivisibilidad de los territorios socialistas no ocasionó reveses graves al proceso de distensión en marcha. En abril de 1969 Bonn se declaró dispuesto a concertar acuerdos con la RDA por debajo del umbral del reconocimiento de su existencia a efectos del derecho internacional.

Es obvio que sin un previo entendimiento con Moscú difícilmente podía llegar a plasmarse algún tipo de acuerdo interalemán. Una vez que Moscú propuso a Bonn un tratado de no agresión, la llamada «Nueva Ostpolitik» del gobierno constituido por la coalición social-liberal el 21 de octubre de 1969 no tardaría en adquirir nítidos perfiles.

Pocos meses antes, el 5 de marzo de 1969, accedió a la presidencia federal Gustav Heinemann, que ya en tiempos de Adenauer había sido un decidido defensor del entendimiento entre el Este y el Oeste. Y fue Willy Brandt, un hombre que había participado activamente en la resistencia contra la dictadura hitleriana, quien se puso al frente de un nuevo Gobierno Federal que orientaría sus energías a la construcción de un orden de paz paneuropeo.

Las condiciones marco de la política mundial eran favorables. Moscú y Washington mantenían conversaciones sobre la limitación del armamento estratégico (SALT) y la OTAN propuso reducciones equilibradas de tropas por ambas partes. El 28 de noviembre de 1969 la República Federal se adhirió al Tratado sobre la no proliferación de las armas nucleares. Tras las turbulencias que tuvo que afrontar la llamada gran coalición en el plano de la política interna (conflicto de Vietnam, leyes de excepción, procesos de Auschwitz, oposición extraparlamentaria – APO –, revuelta estudiantil), el nuevo Gobierno tenía la imperiosa necesidad de sacar adelante su política de entendimiento.

Paralelamente al inicio en Moscú y Varsovia de las conversaciones sobre la renuncia al uso de la fuerza, Bonn y Berlín-Este sondearon a su vez las posibilidades de llegar a un acercamiento. Los jefes de gobierno de los dos Estados alemanes, Brandt y Stoph, se reunieron por primera vez el 19 de marzo de 1970 en Erfurt. El 21 de mayo de 1970 se celebró un segundo encuentro en Kassel. En agosto de 1970 se firmó en Moscú el Tratado de no agresión y reconocimiento del status quo. Ambos signatarios aseguraron que no tenían ninguna pretensión territorial contra «quien fuera».

El 7 de diciembre del mismo año se firmó el Tratado de Varsovia, que confirmaba la inviolabilidad de la frontera existente (línea Oder-Neisse). Varsovia y Bonn confirmaron que no tenían ninguna reivindicación territorial la una contra la otra y manifestaron su voluntad de mejorar la cooperación entre ambos países. En una «información» sobre medidas humanitarias Varsovia dio su conformidad a la repatriación de alemanes desde Polonia y a la reagrupación de las familias por intermedio de la Cruz Roja.

A fin de facilitar la ratificación, Francia, Gran Bretaña, los Estados Unidos de América y la Unión Soviética firmaron el Acuerdo Cuatripartito sobre Berlín, según el cual los sectores occidentales de Berlín no eran parte constitutiva de la República Federal, pero en el que se reconocían las facultades de representación de Bonn respecto a Berlín-Oeste. Asimismo se establecía que habían de mejorarse los «vínculos» entre Berlín-Oeste y la República Federal y ampliarse las relaciones entre Berlín-Este/RDA y Berlín-Oeste (firma del convenio de tránsito el 17 de diciembre de 1970).

Tras el fracaso de la moción de censura (voto de censura constructivo) presentada contra Brandt, el 17 de mayo de 1972 el Bundestag Alemán (Parlamento Federal) aprobó los tratados con la Unión Soviética y Polonia. La mayor parte de los diputados de los partidos CDU/CSU votaron en blanco. En una «resolución interpretativa» sobre los tratados el Bundestag Alemán confirmó que estos no estaban en contradicción con el restablecimiento de la unidad alemana por cauces pacíficos.

Los tratados con el Este se completaron finalmente con el Tratado sobre las Bases de las Relaciones entre la República Federal de Alemania y la República Democrática Alemana, al cual habían precedido conversaciones y negociaciones iniciadas en junio de 1972. Tras la reelección de Willy Brandt como Canciller Federal el 14 de diciembre de 1972, quedaba allanado el camino para la firma del tratado, ese mismo mes.

Las partes contratantes convinieron en que se abstendrían de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza y corroboraron la inviolabilidad de la frontera interalemana, respetando la independencia y autonomía de ambos Estados. Además se declararon dispuestas a regular problemas prácticos y humanitarios. En razón de la especial entidad de sus relaciones convinieron en intercambiar «representaciones permanentes» en lugar de misiones diplomáticas convencionales. A raíz de la firma del tratado se entregó un escrito en el que el Gobierno Federal hacía hincapié en el propósito de alcanzar la unidad alemana. La Corte Constitucional Federal confirmó a solicitud del Gobierno del Estado Federado de Baviera que el tratado no estaba en contradicción con ese objetivo político. Además constató que el Reich Alemán seguía existiendo a efectos del derecho internacional y que coincidía en parte con la República Federal, no debiendo considerarse a la RDA como país extranjero, sino exclusivamente como parte del territorio nacional.

En 1973 se firmó el Tratado de Praga entre Checoslovaquia y la República Federal, en el cual se declaró la nulidad de los acuerdos de Múnich de 1938 «de conformidad con las disposiciones del presente Tratado». También se sancionó en el mismo la inviolabilidad de las fronteras y la renuncia al uso de la fuerza.

Las relaciones de la RDA respecto a la República Federal no experimentaron ningún cambio esencial, a pesar del inicio en Viena de las negociaciones MBFR sobre reducciones mutuas y equilibradas de las fuerzas armadas, a pesar del convenio soviético-estadounidense sobre la evitación de una guerra nuclear y a pesar de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa (CSCE), celebrada por 35 Estados en Helsinki.

Sea como fuere, también Helmut Schmidt se esforzó por llevar adelante una política de equilibrio. Schmidt había tomado posesión del cargo de Canciller Federal el 16 de mayo de 1974, en sustitución de Willy Brandt, que había dimitido a raíz de un caso de espionaje (escándalo Guillaume). El Acta Final de la CSCE de Helsinki (1975), que auguraba la libre circulación fronteriza y un mayor respeto de los derechos humanos y civiles, fue el punto de partida para la resistencia contra los anquilosados regímenes de Europa central y oriental. La República Federal prosiguió coherentemente su política de entendimiento y cohesión en provecho de los habitantes de la RDA.

En 1978 se acordó con Berlín-Este la construcción de la autopista Berlín-Hamburgo y la apertura de las vías fluviales de tránsito hacia Berlín-Oeste, corriendo gran parte de los gastos de cuenta de la República Federal. Además, continuó la práctica de pagar rescate por los presos políticos de la RDA. Bonn pagó por la liberación de 33.755 personas y por 250.000 reunificaciones familiares más de 3.500 millones de marcos a la RDA.

«Disputa de los misiles» versus política de distensión. Mientras que en Europa occidental seguía avanzando el proceso de integración, diversos conflictos en torno a Europa oriental ensombrecieron el final del decenio de la distensión y el comienzo de la década de los ochenta. La entrada de tropas soviéticas en Afganistán y la imposición de la ley marcial en Polonia, así como el despliegue de nuevos misiles de alcance medio (SS 20) en la Unión Soviética, jugaron un papel clave en el enrarecimiento de las relaciones Este-Oeste. Existía el riesgo de una nueva confrontación.

La OTAN respondió a esta peligrosa desestabilización en el plano de la seguridad con la decisión de desplegar a su vez nuevos misiles a partir de 1983, ofreciendo al mismo tiempo a la Unión Soviética negociaciones de control de armamento (doble decisión de la OTAN). En señal de protesta contra la invasión de Afganistán, los Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Noruega y la República Federal de Alemania no participaron en los Juegos Olímpicos de Moscú (1980).

Un nuevo impulso partió de la llamada opción cero propuesta por los americanos, que preveía el desmantelamiento de los misiles soviéticos de alcance medio y la simultánea renuncia de la OTAN al despliegue de los cohetes Pershing II y de nuevos misiles de crucero.

El Canciller Federal Schmidt, a la vez que insistía en la alternativa del nuevo despliegue para evitar lagunas en la seguridad, procuró limitar en lo posible los daños en las relaciones interalemanas. A pesar de que el Jefe de Estado y del partido Erich Honecker exigiera una nacionalidad propia y a pesar del drástico aumento de las cantidades que debían cambiar obligatoriamente los visitantes occidentales al entrar en la RDA, el Canciller Federal Schmidt viajó a la RDA, pero no consiguió que Honecker hiciera concesiones sustanciales. El progresivo endurecimiento ideológico del régimen era en buena medida una reacción contra la creciente actitud de protesta de estratos cada vez más amplios de la población de la vecina Polonia, que reivindicaba reformas económicas, libertad y desarme.

Pero no sólo en el Este hubo desgaste de autoridad como consecuencia del debate en torno a los misiles. Cuando en Bonn el Partido Liberal (F.D.P.) se decidió a cambiar el rumbo de la política económica y empezó a distanciarse de la coalición gubernamental, la base del SPD, en buena medida bajo la presión del movimiento pacifista y parte de los sindicatos, negó su apoyo al Canciller Federal Schmidt por aferrarse a la doble decisión de la OTAN.

El 1 de octubre de 1982 Helmut Kohl fue investido Jefe de Gobierno de una coalición de los partidos CDU/CSU y F.D.P. mediante el mecanismo del voto de censura constructivo. Kohl salvaguardó la continuidad del Gobierno Federal en lo tocante a su política de seguridad y llevó adelante la estrecha cooperación con París y Washington en pro de la progresión y consolidación de la integración europea. A pesar de las grandes manifestaciones pacifistas, el Gobierno bajo la dirección de Helmut Kohl se mantuvo firme: en noviembre de 1983 el Bundestag Alemán votó a favor del rearme. Con ello se fortaleció la credibilidad de la Alianza Atlántica y se evitó una crisis en el seno de la OTAN.

Ya a mediados de los años ochenta las superpotencias entablaron un nuevo diálogo en materia de desarme. Los misiles recién desplegados en la República Federal pudieron retirarse al poco tiempo.

Del desmoronamiento de la RDA a la unidad alemana. La RDA, fundada el 7 de octubre de 1949, era un producto de Moscú. Desde el principio fue una dictadura comunista, fundada en el poder del Partido Unitario Socialista (SED) y la presencia del Ejército Rojo. La economía dirigista, la policía secreta, la omnipotencia del SED y una estricta censura provocaron un creciente distanciamiento entre la población y el aparato del poder. El abastecimiento de productos básicos y las prestaciones sociales (sumamente económicos debido a los precios estatales fijos y las subvenciones oficiales) le dieron al monolítico sistema una cierta elasticidad que permitiría a la gente refugiarse en mil y un resquicios. Los grandes éxitos internacionales de los deportistas de la RDA funcionaban como compensación, igual que la satisfacción que proporcionaba a los «obreros» el hecho de haber alcanzado en muy poco tiempo las cotas de producción industrial y el nivel de vida más elevados dentro del bloque del Este, y ello a pesar de tener que satisfacer costosísimas reparaciones a los soviéticos.

A pesar de la propaganda, gradualmente se fue reconociendo que el objetivo original de sobrepasar a Occidente en cuanto a desarrollo económico se quedaría en mera ficción. El agotamiento de los recursos y las pérdidas de productividad como consecuencia del centralismo y la economía planificada obligaron al régimen del SED a dar largas. Cada vez hubo que concertar más y mayores empréstitos en Occidente. En lo tocante a los bienes de consumo imperaba el principio de la improvisación. La calidad de vida fue disminuyendo. La infraestructura (viviendas, tráfico, medio ambiente) se vino abajo.

En vista del sistemático espionaje dirigido contra todo el pueblo, el bombardeo propagandístico y los hipócritas llamamientos a la solidaridad, sobre todo la generación joven percibió la pretensión «de la clase trabajadora y de su partido marxista-leninista» (artículo 1 de la Constitución de la RDA) de regir su destino en pos de las sublimes metas socialistas como huera retórica de consuelo. La población empezó a reivindicar su autodeterminación y mayores derechos de participación, ante todo más libertad individual y asimismo mejoras en el abastecimiento de bienes de consumo.

Mientras que el despliegue de los misiles, la Iniciativa de Defensa Estratégica del gobierno estadounidense («guerra de las galaxias») y la permanente política de hostigamiento de la República Democrática Alemana (por ejemplo construcción de un segundo muro en la Puerta de Brandeburgo, obstrucciones en los corredores aéreos a Berlín) empeoraron el clima diplomático, los ciudadanos de la RDA ponían en aprietos a sus dirigentes. Fue el caso por ejemplo de los ciudadanos de la RDA que se negaban a abandonar la Representación Permanente de la República Federal en Berlín-Este antes de que se les confirmara definitivamente que podían abandonar el país en dirección Occidente. El Gobierno Federal proporcionó en varias ocasiones importantes créditos bancarios a la RDA para aliviar la suerte de la población.

Desde principios de 1985 cada vez más personas buscaron refugio en la Representación Permanente de la República Federal en Berlín-Este y en las embajadas de Bonn en Praga y Varsovia con la esperanza de poder trasladarse a la República Federal. El nuevo Secretario General del PCUS, Mijaíl Gorbachov, sucesor de Constantín Chernenko, fallecido en marzo, fijó en 1986 como principal objetivo político la eliminación de las armas nucleares antes de fin de siglo. Las reuniones personales del Secretario General del PCUS con el Presidente estadounidense Reagan en Ginebra y Reikiavik y la Conferencia sobre medidas destinadas a fomentar la confianza y la seguridad y sobre desarme en Europa (CDE), celebrada en Estocolmo, así como los preparativos de las Negociaciones de Viena sobre Fuerzas Armadas Convencionales en Europa (FACE) patentizaron una nueva voluntad de diálogo entre el Este y el Oeste, que a la par propició acuerdos interalemanes en los campos de la cultura, el arte, la educación y la ciencia. Empero, la cúpula del SED no quería dejarse contagiar por el nuevo impulso de las consignas «perestroika» y «glasnost» lanzadas por Gorbachov. Las manifestaciones de protesta organizadas en Berlín-Este el 13 de agosto, día de la construcción del muro, evidenciaron hasta qué punto la cúpula de la RDA ignoraba las esperanzas de la propia población. Con ocasión de la visita de trabajo realizada por Honecker a Bonn en 1987, el Canciller Helmut Kohl subrayó ante su huésped el rechazo a la continuación de la división de Alemania en los siguientes términos: «Respetamos las fronteras existentes, pero queremos superar la división por cauces pacíficos, mediante un proceso de entendimiento»... «Tenemos una responsabilidad compartida en orden a la salvaguardia de los cimientos de la vida de nuestro pueblo».

El Tratado INF entre Reagan y Gorbachov supuso un avance con miras al desarme. El tratado en cuestión prescribía la retirada y desguace en un plazo de tres años de todos los misiles con un alcance de 500 a 5.000 km desplegados por americanos y soviéticos en Europa. Como contrapartida, la República Federal de Alemania se declaró dispuesta a destruir sus 72 misiles Pershing IA.

La distensión general trajo consigo en la RDA un mayor clamor popular a favor de la libertad y las reformas. A principios de 1988 fueron detenidos en manifestaciones en Berlín-Este 120 miembros del movimiento pacifista «Kirche von unten». En la iglesia berlinesa de Getsemaní se celebró una rogativa por los detenidos, a la cual asistieron más de 2.000 personas; dos semanas después participaron en otro oficio religioso 4.000 personas. En Dresde la policía disolvió una manifestación a favor de los derechos humanos, la libertad de opinión y la libertad de prensa. En septiembre de 1989 Hungría abrió sus fronteras a los ciudadanos que querían abandonar la RDA, gracias a lo cual miles de personas consiguieron llegar a Occidente a través de Austria. Esta relajación de la disciplina en el seno del Pacto de Varsovia animó en la RDA a cada vez más personas a organizar acciones de protesta, en medida creciente también fuera del ámbito de las iglesias. Cuando a principios de octubre de 1989 la cúpula de la RDA celebró aparatosamente el 40. aniversario de la fundación del Estado, hubo manifestaciones multitudinarias en contra del sistema, sobre todo en Leipzig («Nosotros somos el pueblo»). Quedó claro que el mandarinato de Honecker no contaba con el respaldo de la Unión Soviética.

Finalmente, el 18 de octubre de 1989 Honecker fue obligado a dimitir de sus cargos al frente del partido y del Estado, como única salida para salvar los cimientos del régimen del SED. Le sucedió como secretario general del SED y jefe de Estado de la RDA Egon Krenz, cuyas promesas de «cambio» se ahogaron en la desconfianza hacia su persona. Bajo la presión de los acontecimientos dimitieron en bloque el Consejo de Ministros y el politburó del SED.

La revolución pacífica ocasionó una suerte de parálisis en los órganos del Estado. Así se explica que a raíz del confuso y puramente incidental anuncio de una nueva ley más liberal en materia de autorización de viajes al extranjero difundido por Schabowski, miembro del politburó del SED en Berlín, se abrieran los pasos fronterizos de Berlín en la noche del 9 de noviembre de 1989, medida que desencadenó una explosión de júbilo indescriptible. El muro había «caído».

El viraje en la RDA ofrecía la oportunidad de alcanzar la reunificación de Alemania, anhelada durante decenios. Por eso el Canciller Federal Kohl hizo público el 28 de noviembre de 1989 un programa de diez puntos que preveía la creación de una «comunidad contractual» sobre la base de estructuras confederativas, a condición de que se operara un cambio sustancial en el sistema político y económico de la RDA.

El 15 de enero de 1990 se manifestaron en Leipzig 150.000 personas bajo el lema «Alemania patria unida». Los habitantes de la RDA desconfiaban de su nuevo gobierno, dirigido por Hans Modrow. La atracción de Occidente se multiplicaba, la desestabilización de la RDA aumentó rápidamente. Pero Gorbachov no salía aún de su reserva, toda vez que Polonia y Hungría seguían desmarcándose de la línea de Moscú, Ceau¬escu había sido derrocado en diciembre de 1989 y el equilibrio de la política de seguridad necesariamente tenía que tambalearse si la RDA se apartaba del Pacto de Varsovia.

También por parte occidental hubo advertencias en el sentido de que a la hora de establecer la unidad se tuvieran en cuenta «las legítimas preocupaciones de los países vecinos de Alemania» (palabras del Secretario de Estado norteamericano, Baker, en Berlín). El proceso de unificación finalmente sólo pudo llevarse adelante porque Bonn dio seguridades de no vincular a la cuestión de la unidad ninguna rectificación de fronteras existentes, de no extender en caso de reunificación las estructuras de la OTAN al territorio de la ex RDA y de ofrecer como compensación a la ventaja estratégica una reducción de las fuerzas armadas alemanas. El Presidente estadounidense Bush dio su conformidad a la unidad con la condición de que la República Federal permaneciera en la OTAN.

El 18 de marzo de 1990 se celebraron en la RDA las primeras elecciones libres después de cuarenta años. Los partidos CDU, DSU, DA, SPD y F.D.P. formaron un gobierno de coalición bajo la dirección de Lothar de Maizière, con quien Bonn convino el calendario de una unión económica, monetaria y social a partir del 1 de julio de 1990, al quedar claro que ya no había una base económica para la continuidad de la RDA como Estado y que la mayoría de los ciudadanos de la RDA estaban por la adhesión a la República Federal.

En agosto de 1990 la Asamblea Popular se pronunció a favor de la adhesión en el plazo más breve posible. El 31 del mismo mes el Secretario de Estado de la RDA Krause y el Ministro Federal del Interior Schäuble firmaron el «Tratado de Unificación». La adhesión de la RDA con arreglo a lo establecido en el articulo 23 de la Ley Fundamental se perfeccionó el 3 de octubre de 1990. Los Estados refundados de Brandeburgo, Mecklemburgo-Pomerania Occidental, Sajonia, Sajonia-Anhalt y Turingia pasaron a ser Estados Federados (Länder) de la República Federal de Alemania. La capitalidad recayó en Berlín y a partir de la adhesión la Ley Fundamental (Constitución de la República Federal) extendió su vigencia, con ciertas modificaciones, a los nuevos Estados Federados.

La unidad fue posible una vez que Gorbachov dio su aquiescencia con ocasión de las conversaciones que mantuvo en julio de 1990 con el Canciller Kohl y el Ministro de Relaciones Exteriores, Genscher, en Moscú y en el Cáucaso. La decisión se condicionó a que la República Federal renunciara a las armas ABC (nucleares, biológicas y químicas), redujera los efectivos de sus tropas a 370.000 hombres y se comprometiera a no extender las estructuras militares de la OTAN al territorio de la desaparecida RDA mientras estuvieran estacionadas en el mismo tropas soviéticas. Se acordó la retirada de estas tropas hasta finales de 1994. La aprobación de Gorbachov también allanó el camino a la firma, en septiembre de 1990, del Tratado sobre el acuerdo definitivo con respecto a Alemania, conocido como Tratado 2 + 4, en el cual la Unión Soviética, los Estados Unidos de América, Francia y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, así como los representantes de los dos Estados alemanes, confirmaron la creación de la Alemania unida, integrada por los territorios de la República Federal de Alemania, la República Democrática Alemana y todo Berlín. Asimismo se confirmó el carácter definitivo de las fronteras de Alemania. En atención a la especial necesidad de seguridad que por razones históricas tenía la República de Polonia, Bonn y Varsovia se obligaron recíprocamente a respetar sin restricciones su soberanía e integridad territorial en un acuerdo adicional.

Mediante la ratificación del Tratado de Unificación y del Tratado 2 + 4 las cuatro potencias vencedoras pusieron fin a sus derechos y responsabilidades «con respecto a Berlín y a Alemania en su conjunto». Por consiguiente Alemania volvería a gozar de la plena soberanía sobre sus asuntos internos y exteriores que había perdido cuarenta y cinco años atrás a raíz del hundimiento de la dictadura nacionalsocialista.

Líneas maestras para el futuro. Tras el establecimiento de la unidad de Alemania y las formidables transformaciones políticas que originó el desmoronamiento del bloque comunista en Europa oriental, la República Federal de Alemania y sus socios siguieron viéndose enfrentados a enormes retos. Aunque se haya avanzado decisivamente en la consecución de estos objetivos, siguen existiendo importantes tareas pendientes.

• Debe llevarse adelante la reconstrucción de los nuevos Estados Federados y consumarse la unidad interna de Alemania.

• La Unión Europea debe desarrollarse, profundizarse y ampliarse.

• Debe establecerse y salvaguardarse una arquitectura global de paz y seguridad.

Las tareas nacionales, europeas y globales están indisociablemente unidas. La reconstrucción y consolidación de los nuevos Estados Federados no puede llevarse a cabo sin una estricta inserción en el proceso de la integración europea. Europa no puede mantener su nueva articulación sin abrirse a los países reformistas del centro y del este del continente. A efectos económicos y a la par políticos es preciso aproximar a los Estados de Europa central y oriental paso a paso a las organizaciones europeas y atlánticas comunes. En esta línea se firmó el 24 de junio de 1994 en Corfú un convenio de asociación y cooperación entre la Unión Europea y Rusia. La importante ayuda que viene brindando el Gobierno Federal a Rusia responde tanto a su interés vital por el éxito del proceso de reforma democrática como a la nueva sintonía de los valores políticos. Los desembolsos y compromisos asumidos por Alemania frente a la antigua Unión Soviética y los actuales países de la CEI ascienden desde 1989 a un total de más de 90.000 millones de marcos. La mayor parte de las medidas de asistencia alemanas para el proceso de reformas políticas y económicas en los Estados de la CEI corresponde a las garantías de crédito y avales de la Hermes-Exportkreditversicherung (47.100 millones de marcos).

A pesar de las importantes medidas de contención del gasto en los presupuestos públicos, durante los próximos años la República Federal de Alemania también mantendrá su compromiso financiero en favor de los países en desarrollo. Coadyuva con medidas de ayuda para la autoayuda, destinadas a mejorar las condiciones de vida a nivel económico y también la situación social y política de la población de estos países. El respeto de los derechos humanos en los países receptores, la participación de la población, la salvaguardia del Estado de Derecho, la implantación de un orden económico inspirado en la economía de mercado y en los principios sociales y la orientación de la actividad estatal hacia el desarrollo son criterios importantes para el Gobierno Federal a la hora de asignar recursos a la cooperación al desarrollo.

La voluntad del Gobierno Federal de seguir contribuyendo a la estabilidad y a la salvaguardia de la paz dentro de la continuidad de su actual política en el ámbito bilateral y multilateral se patentiza elocuentemente en el hecho de que Alemania es el tercer contribuyente al presupuesto de las Naciones Unidas (8,9%) y sufraga el 22,8% del presupuesto de la OTAN y el 28,5% del de la UEO. A este enfoque responde también la candidatura alemana para ocupar un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

En el verano de 1993 una unidad de transporte de las Fuerzas Armadas Federales participó por primera vez y a petición del Secretario General de las Naciones Unidas en una operación de los cascos azules de la ONU en «zonas pacificadas» de Somalia. Esta misión fue objeto de un intenso debate político en Alemania; en julio de 1994 la Corte Constitucional Federal dictó una sentencia en virtud de la cual Alemania puede participar con sus Fuerzas Armadas en operaciones en el marco de acciones de la OTAN y de la UEO destinadas a poner en práctica resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Conforme a dicho fallo de los magistrados de Karlsruhe, esta posibilidad se extiende asimismo a la participación de fuerzas alemanas en tropas de paz desplegadas por orden de las Naciones Unidas.

El 6 de diciembre de 1995 el Bundestag aprobó por una gran mayoría el envío de 4.000 soldados de las Fuerzas Armadas Federales a Bosnia para participar en la misión de pacificación de las Naciones Unidas. A principios de 1997 el Ministro de Defensa alemán subordinó con la aprobación del Bundestag Alemán 3.000 soldados de las Fuerzas Armadas Federales a la «Stabilization Force» (SFOR), las tropas internacionales de paz enviadas a Bosnia y Herzegovina bajo el mando de la OTAN. Alemania participa con el segundo contingente más numeroso en las fuerzas policiales internacionales en la antigua Yugoslavia (YPTF).

De camino hacia la Unión Europea. El 1 de enero de 1999 Alemania asumirá la presidencia por turno de la Unión Europea, cuyo orden del día incluye importantes proyectos en la senda de la integración europea. Una de las prioridades de la presidencia alemana del Consejo consistirá en concluir las negociaciones sobre la «Agenda 2000». Los temas a tratar son las funciones, gastos y financiamiento de la Unión. Otro objetivo es la intensificación de las negociaciones de ampliación de la UE hacia el Este.

El 1 de enero de 1993 entró en vigor el Mercado Unico Europeo, integrado por los entonces doce Estados miembros de la antigua CE. Este mercado agrupó a 345 millones de europeos y se convirtió en el espacio económico de mayor poder adquisitivo del mundo. A excepción de Suiza, los países miembros de la EFTA/ AELI (Austria, Suecia, Noruega, Finlandia, Islandia y Liechtenstein) constituyeron con la Comunidad Europea el Espacio Económico Europeo (EEE). A mediados de 1990 se puso en marcha la primera fase de la Unión Monetaria, que introdujo la libre circulación de capitales entre los Estados miembros de la CE e intensificó la coordinación de las políticas económicas de los miembros y la cooperación entre los bancos centrales. En una segunda fase, iniciada en 1994, el Instituto Monetario Europeo (IME) preparó la creación de un Banco Central Europeo, con sede en Francfort del Meno. Los días 2 y 3 de mayo de 1998 los Jefes de Estado y de Gobierno acordaron poner en marcha la tercera fase de la Unión Económica y Monetaria para en principio once Estados miembros y el Banco Central Europeo (BCE) inició su andadura un mes después, concretamente el 1 de junio. La observancia permanente de los criterios de convergencia, a saber, ante todo un alto grado de estabilidad monetaria y disciplina presupuestaria, es condición esencial para el éxito de la tercera fase, que en virtud del Tratado de Maastricht comienza el 1 de enero de 1999. Las monedas nacionales de los países que constituyen la zona euro dejarán de ser monedas de curso legal el 1 de julio de 2002.

Para el Gobierno Federal revistió especial importancia el hecho de que en 1991 los Jefes de Estado y de Gobierno reunidos en Maastricht no solo negociaron el Tratado sobre la Unión Económica y Monetaria, sino que también acordaron la materialización de la Unión Europea, la cual constituye un techo para dar cobertura al proceso de profundización de la Comunidad Europea. El Tratado entró en vigor en noviembre de 1993. Desde la óptica del Gobierno Federal, la profundización de la comunidad debe coincidir con su ampliación, lo cual abarca, una vez consumada, el 1 de enero de 1995, la adhesión de Finlandia, Austria y Suecia, antiguos países miembros de la EFTA/AELI, a más largo plazo también el acoplamiento de los Estados de Europa central, oriental y sudoriental a la UE.

Por ello en la cumbre de la UE celebrada en la ciudad alemana de Essen en diciembre de 1994, a la que asistieron 21 Jefes de Estado y de Gobierno, se aprobaron unos lineamientos en orden a allanar el camino a la Unión Europea de los Estados reformistas de Europa central y oriental vinculados a la UE mediante acuerdos europeos. Este planteamiento desembocó en un proceso de ampliación que se inició el 30 de marzo de 1998 con once candidatos. Un día después, el 31 de marzo, se inauguraron las negociaciones de adhesión oficiales con en principio seis países, a saber, Polonia, Hungría, República Checa, Eslovenia, Estonia y Chipre.

El 26 de marzo de 1995 entró en vigor el Convenio de Schengen, en virtud del cual ya no existen controles de identidad en las fronteras entre Alemania, los países del Benelux, Francia, España, Portugal, Italia y Austria, con la contrapartida de la intensificación de los controles de pasaportes y aduaneros en las fronteras externas. En virtud del Tratado de Amsterdam esta cooperación queda integrada en la UE. Dicho Tratado, aprobado por los Jefes de Estado y de Gobierno los días 16 y 17 de junio de 1997, constituyó el exitoso colofón de la Conferencia Intergubernamental (CIG) inaugurada en Turín en marzo de 1996. El Tratado de Amsterdam fortalece notablemente la capacidad de acción de la Unión en las cuestiones relativas a la seguridad interior y exterior. Asimismo sienta las bases para una actuación decidida frente a los acuciantes problemas del desempleo y en relación con la consolidación del componente social.

La unión económica de Alemania. El proceso de la homologación económica de Alemania oriental y occidental se desarrolla dentro del proceso de la integración europea y paralelamente a una reestructuración política y económica global como consecuencia del desmoronamiento del bloque oriental.

La transformación de la economía planificada de la ex RDA en un sistema funcional asentado en los principios de la economía social de mercado fue y sigue siendo un reto sin parangón en la historia. Ello requiere una enorme transferencia de recursos financieros de Alemania occidental a Alemania oriental: hasta finales del año 1997 las aportaciones públicas ascendieron a un volumen total de aproximadamente 1.000 millardos de marcos.

La reactivación económica de Alemania oriental sigue registrando considerables avances. Para el acceso a los mercados mundiales resultó decisivo ante todo el salto de calidad de los productos alemanes orientales, que se tradujo en un aumento de las exportaciones de casi un 26 por ciento. La salida a la Bolsa, a partir de junio de 1998, de la Jenoptik, empresa de Turingia totalmente reestructurada, documenta una de las mayores realizaciones económicas desde la transición política.

Para reactivar la economía resultó fundamental la puesta en marcha de infraestructuras avanzadas tanto en los sistemas de transporte en su conjunto como en las telecomunicaciones. Hoy en día los nuevos Estados Federados disponen de la red de telefonía y comunicaciones más moderna y potente del mundo. Los ingentes esfuerzos en orden a dinamizar el sector de la investigación y la ciencia están propiciando la rápida transferencia de conocimientos tecnológicos a las empresas para su aplicación práctica en la producción.

Sin embargo, en Alemania oriental sigue existiendo una clara desproporción entre los salarios y la productividad en comparación con los antiguos Estados Federados. En 1997 los salarios reales alcanzaron el 77,2 por ciento del nivel alemán occidental y la productividad el 62 por ciento. La desventaja que representan los costos unitarios sigue siendo uno de los principales déficit con que se enfrentan los nuevos Estados Federados a efectos de la localización industrial.

No obstante, desde 1991 la capacidad económica de los nuevos Estados Federados ha aumentado más de un 40 por ciento y su aportación al producto interior bruto alemán se eleva ya al 11,6 por ciento. La confianza del empresariado en el desarrollo económico de los nuevos Estados Federados se refleja en el equipamiento con modernas instalaciones y plantas de producción: la cuota de inversión se sitúa en el 45,1 por ciento, nivel nunca alcanzado en los antiguos Estados Federados. Durante el primer trimestre de 1998 el producto interior bruto de los nuevos Estados Federados creció en términos reales un 3,8 % con respecto al mismo período del año anterior. El objetivo prioritario del Gobierno Federal con miras a la culminación de la unidad alemana es la superación de la brecha económica y social que aún existe entre Alemania oriental y occidental. Durante los próximos años el Gobierno Federal seguirá destinando ingentes recursos financieros para impulsar la reactivación económica de Alemania oriental. En 1998 se asignaron alrededor de 52 millardos de marcos a medidas de fomento económico, desarrollo infraestructural y mejora de las condiciones de vida.

Desde 1995 los nuevos Estados Federados participan en el sistema de ajuste financiero entre los Estados Federados (durante el ejercicio de 1995 percibieron cerca de 57.000 millones de marcos con cargo al mismo); anteriormente su capacidad financiera venía asegurada por el Fondo «Unidad Alemana».

Para compensar los enormes costes que conlleva la reactivación de los nuevos Estados Federados sin desbordar el endeudamiento neto de la Federación (el servicio de la deuda representa entre tanto casi el 20% del total de los recursos federales) se recauda en Alemania el llamado «recargo de solidaridad», que actualmente asciende al 5,5% de los impuestos sobre los salarios, la renta y las sociedades.

En el acuerdo de coalición entre el SPD y Alianza 90/Los Verdes previo a la formación del nuevo gobierno encabezado por el Canciller Federal Gerhard Schröder ya se convino un conjunto de medidas para fortalecer el crecimiento económico y reducir el desempleo, destacando el Pacto para el Empleo, la vigorización del programa Despegue Este y mejoras sistemáticas en los ámbitos de la educación y la ciencia, a fin de consolidar la posición de la economía alemana de cara al futuro. Mediante una reforma fiscal a gran escala se aliviarán además las cargas de las empresas en el capítulo de los costes laborales no salariales y se potenciará el poder adquisitivo de la ciudadanía.

Bajo el signo de la estabilidad política. La abrumadora mayoría de los alemanes está a favor de la unidad estatal de su país. Eso sí, se comprende que muchos alemanes orientales y occidentales valoren de diverso modo el aporte que están realizando los habitantes de los antiguos Estados Federados en favor de los de los nuevos. El distanciamiento surgido durante más de cuarenta años de aislamiento se está diluyendo progresivamente, toda vez que la euforia general de los primeros momentos ha dado paso a una valoración serena dentro de una línea posibilista.

Un capítulo especialmente delicado a la hora de entrar en cuentas con los cuarenta años de dictadura del SED ha sido y es el enjuiciamiento por parte de los tribunales de los crímenes cometidos por las autoridades del régimen. ¿Cómo enjuiciar por ejemplo la culpabilidad de los responsables políticos que daban las órdenes de abrir fuego contra los fugitivos en el Muro de Berlín y la zona de alambradas que separaba las dos Alemanias? La base de la persecución penal es la situación legal en la RDA en el momento de la comisión del delito. El estudio de los gigantescos archivos del Servicio de Seguridad del Estado (Stasi) es otro capítulo doloroso. Muchas personas de Alemania oriental consultan los archivos para averiguar qué datos constan sobre ellas en los expedientes de la Stasi y a menudo descubren que fueron espiados y delatados por gentes en quienes confiaban.

Alemania es hoy en día un socio acreditado en el mundo, que propugna la observancia del derecho internacional y el respeto de los derechos humanos.

Fuente Collasius

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