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Claves del
conflicto
La República Democrática del Congo ocupa una superficie de más de dos
millones de kilómetros cuadrados y tiene unos 52,7 millones de habitantes
(según los cálculos de la ONU en 2003). Este país se caracteriza por su
extrema riqueza en recursos naturales (cobre, cobalto, uranio, diamantes,
oro, coltan, estaño, manganeso, plomo y zinc), pero esta riqueza nunca ha
sido disfrutada por el pueblo. Entre 1879 y 1960, los colonos belgas
despojaron literalmente al país de sus recursos naturales (sobre todo
marfil, caucho, cobre, diamantes y uranio), aprovechándose inhumanamente
de la mano de obra indígena. Pero tampoco mejoró mucho la situación
después de la independencia del país en 1960, ya que los recursos
naturales han seguido siendo objeto de codicia tanto por parte de actores
internos, como el Gobierno y los grupos rebeldes, como de actores
externos, como son los países vecinos y las grandes compañías de los
países ricos. En efecto, el conflicto de la RDC tiene dos características:
es una guerra por los recursos naturales (varios bandos compiten
militarmente para apropiarse las riquezas) y es una guerra atroz, con
matanzas indiscriminadas y persecución de civiles.
El saqueo de los recursos naturales del país ha sido llevado a cabo tanto
por los países vecinos, como por las diferentes etnias que conviven en el
Congo y que luchan entre ellas. La irrupción de Rwanda y Uganda en el este
del país (Kivu) en 1996, con el propósito de perseguir a los refugiados
hutus “genocidas”, también escondía una clara intención de beneficio
económico; eso explica que los dos países no se hayan marchado del país
después de la caída de Mobutu, rechazando al Gobierno de Laurent-Desiré
Kabila. Hoy día, Rwanda mantiene su actividad bélica gracias al auge de
las ventas de coltan (un mineral radioactivo utilizado para los teléfonos
móviles) en las provincias del este; y Uganda obtiene recursos de la
extracción de oro y diamantes, y de las maderas tropicales,
comercializadas por diversos jefes militares.
La implicación de Angola, Zimbabwe, Sudán, Namibia y Chad en el conflicto
a partir de 1997-1998 como aliados del Gobierno de Kabila, se debió a
intereses de diversa índole, unos políticos, pero otros eminentemente
económicos: aumentar su beneficio, explotando salvajemente el patrimonio
natural congoleño. Por ejemplo, el interés de Zimbabwe en apoyar a Kabila
estribó primero en las importantes inversiones realizadas por familiares
del presidente Robert Mugabe en RDC; luego, Zimbabwe pudo financiar su
acción militar gracias a los contratos para la explotación de maderas y de
diamantes. Del mismo modo, el interés de Namibia sólo puede ser explicado
en clave de sus ambiciones comerciales. El beneficio que el conflicto en
la República Democrática de Congo ha generado para los países de uno y
otro bando es tan importante que puede explicar por sí mismo la dificultad
de volver a la paz. También influye claramente el apoyo cómplice de las
compañías extranjeras, en particular las vinculadas al comercio del
diamante, del oro y del coltan, un mineral utilizado en la electrónica
puntera (particularmente en la fabricación de ordenadores y teléfonos
móviles). En resumen, la participación en el conflicto de la RDC de unos
siete países del África central y austral ha convertido una guerra civil
en una guerra regional, llamada también la “primera guerra mundial de
África”.
En cuanto a las luchas étnicas, éstas comenzaron a raíz de la disputa por
las tierras y terminaron en una sangrienta lucha por el dominio de los
recursos, como fue el caso en la provincia de Ituri, región al noreste de
la RDC, donde los líderes de los grupos armados manipularon sin escrúpulos
las tensiones entre dos grupos étnicos, los hema y los lendu, a fin de
servir sus propios intereses políticos y económicos. En junio de 1999
comenzaron los enfrentamientos intercomunitarios, que causaron la muerte
de 50 000 personas. La situación apenas comienza a tranquilizarse.
La trama de los actores implicados en este conflicto –países, grupos
rebeldes, etnias rivales- es compleja y densa, pero los que padecieron sus
acciones bárbaras fueron siempre los mismos: civiles inocentes, mujeres,
niños, pigmeos, asesinados, mutilados, violados y torturados. Según un
estudio demográfico publicado en abril de 2003 por el International Rescue
Committee, una ONG estadounidense, más de 3,3 millones de personas han
perdido la vida en este conflicto. Gran parte murió de las secuelas, como
la malnutrición y las enfermedades provocadas por los desplazamientos
masivos de población y el hundimiento de los sistemas económico y
sanitario del país. Este conflicto es uno de los más mortíferos jamás
perpetuado en el continente africano.
Antecedentes y evolución del conflicto
La reciente historia de la República Democrática de Congo ha estado
marcada por la guerra civil y la corrupción. Después de la retirada de
Bélgica del antiguo Congo belga en 1960, el país afronta inmediatamente un
motín del Ejército y un intento de secesión por parte de la provincia de
Katanga, rica en minerales. Un año más tarde, el primer ministro, Patrice
Lumumba, es apresado y asesinado por las tropas leales al Jefe de
Ejército, Joseph Mobutu. En 1965, después de cuatro años de guerra civil,
Mobutu se hace con el poder, renombrando al país “Zaire”. Mobutu “Sese
Seko” convierte a Zaire en un trampolín para lanzar operaciones contra
Angola, respaldada por la Unión Soviética, asegurándose el apoyo
estadounidense. Pero también hace de Zaire un sinónimo de dictadura y
corrupción. Tras el fin de la Guerra Fría, Zaire deja de ser de interés
para Estados Unidos. Sin este apoyo fundamental resulta más fácil para los
opositores al régimen derrocar al dictador, que se había negado a
cualquier cambio político de signo aperturista. Así, en 1997, la invasión
de Zaire por la vecina Rwanda para purgar las milicias de extremistas
hutus, y por Uganda, apoyado por Estados Unidos a fin de reducir la
influencia francófona en la región de los Grandes Lagos, es un gran
estímulo para la rebelión anti-Mobutu, es decir para la Alianza de Fuerzas
Democráticas para la Liberación de Congo (AFDL), apoyada por Rwanda,
Uganda, Angola y Zimbabwe, que rápidamente conquista la capital, Kinshasa.
El 15 de mayo de 1997, Mobutu abandona el país mientras que, dos días
después, Laurent Desiré Kabila toma el poder y renombra a Zaire como
“República Democrática de Congo” (RDC).
Sin embargo, con la nueva RDC, los problemas no desaparecen; muy al
contrario, la situación ha ido empeorando hasta hoy en día. A partir del 2
de agosto de 1998, una fisura entre Kabila y sus antiguos aliados provoca
una nueva rebelión, llevada a cabo por Rwanda y Uganda, con la bendición
de Estados Unidos, que reprocha a Kabila no cumplir con los contratos
firmados por Mobutu con las multinacionales, entre ellas, American Mineral
Fields. El 2 de agosto de 1998, los Ejércitos de Rwanda y Uganda invaden
la RDC con el fin de derrocar al Gobierno congoleño, acusado de proteger a
grupos de insurrectos hutus genocidas. El intento de golpe de Estado
fracasa gracias a la intervención de Angola y Zimbabwe que, junto con
Namibia, Sudán y Chad se declaran a favor de Kabila, convirtiendo el país
en un enorme campo de batalla. El Gobierno no consigue mantener el control
de grandes partes del país, entre ellas las principales minas de
diamantes, que caen en manos del otro bando, que en pocos meses pasa a
ocupar el 40% del territorio.
Del lado de los grupos rebeldes, además de las tropas ugandesas y
rwandesas, se encuentran el “Rassemblement pour la Démocratie du Congo” (RDC,
Asociación Congoleña para la Democracia), apoyada por Rwanda y escindida
en dos grupos, el RDC-Goma, movimiento pro-rwandés dirigido desde Goma por
Adolphe Onusumba, y el RDC-ML (Movimiento de Liberación) dirigido por
Mbusa Nyamwisi –que más tarde se pasa al campo gubernamental. También
encontramos al “Mouvement de Libération congolais” pro-ugandés (el MLC,
Movimiento de Liberación de Congo), liderado por el empresario congoleño
Jean-Pierre Bemba, que controla la provincia fronteriza con la República
Centroafricana. El objetivo común de estos movimientos rebeldes es la
expulsión de Kabila y cumplir con los objetivos de la primera guerra
(1997-1998): seguridad, recursos y tierras (con variaciones en el trazado
de la frontera a favor de Rwanda y Uganda). Del lado de los aliados del
Gobierno de Kabila se hallan el Ejército de la República Democrática del
Congo - muy debilitado -, las tropas de Angola, Zimbabwe y Namibia, las
milicias mai-mai de la región de Kivu (que se creen invulnerables gracias
al agua mágica y protectora “mai” y que luchan contra cualquier dominación
extranjera), así como los ex interahamwe y las ex Fuerzas Armadas
Rwandesas hutus. El objetivo de este bando es doble: defender el
territorio y apropiarse de los recursos. La complejidad del tejido de los
actores y de sus zonas de actuación en el este del país explica la
dificultad de tener una visión sintética del conflicto. Lo que sí es una
triste realidad, fácil de comprobar, es que este conflicto se caracteriza
por una violación de los derechos humanos de gran alcance, en concreto,
masacres de civiles, violaciones y otras formas de tortura. Reclutados
masivamente, los niños soldados constituyen al menos el 40% de algunas
fuerzas, como las que combaten hoy en día en Ituri. Estos niños, algunas
veces menores de 10 años, son víctimas de una larga serie de agresiones
contra sus derechos fundamentales: tortura, violaciones o asesinato.
El conflicto ha ido degenerando poco a poco en una guerra por los
recursos. Como la RDC rebosa recursos naturales, particularmente oro,
diamantes y coltan, los dirigentes políticos y militares han utilizado su
posición para explotar a fondo estos recursos. Entre 1999 y 2000, Rwanda y
Uganda luchan por el control de la estratégica “ciudad del diamante”,
Kisangani, lo que provoca que las relaciones entre los dos antiguos
aliados se deterioren y terminen por enfrentarlos.
Después del fracaso del diálogo intercongoleño de Sun City (Sudáfrica), el
19 de abril de 2002, la diplomacia americana –con la estrecha colaboración
de África del Sur– vuelve a interesarse por los asuntos congoleños, a fin
de buscar una solución definitiva al conflicto. En efecto, para Estados
Unidos, la inestabilidad que reina en la RDC representa un peligro
potencial para la implantación de grupos terroristas en esta parte del
continente africano. Para Pretoria, una potencia aliada en la región, un
Congo reunificado constituiría un mercado de más de 50 millones de
habitantes dentro de la Comunidad de Desarrollo del sur de África (SADC).
El 30 de julio de 2002, los presidentes de la RD Congo, Joseph Kabila, y
de Rwanda, Paul Kagame, firman en Pretoria, en presencia del presidente
sudafricano, Thabo Mbeki, del representante de la Secretaría general de la
ONU y del presidente en ejercicio de la SADC, un acuerdo de paz previendo
la retirada de las tropas rwandesas de la RDC, a cambio del desarme y de
la repatriación de los ex FAR e Interahamwe. Este acuerdo no es muy
realista por varios motivos: el plazo de 90 días para la retirada y el
desarme resulta imposible de cumplir, además está claro que el Gobierno de
Kinshasa no puede prescindir de los ex FAR y de los Interahamwe que
constituyen el núcleo más eficaz de las Fuerzas Armadas Congoleñas (FAC)
en su intento de reconquistar la parte este del país... El 6 de septiembre
de 2002, en presencia del presidente angoleño Eduardo Dos Santos, los
presidentes congoleño Joseph Kabila, y ugandés Yoweri Museveni, firman el
protocolo del acuerdo de Luanda, que prevé la retirada de las tropas
ugandesas de Beni, Gbadolite y Bunia y la normalización de las relaciones
bilaterales. A cambio, el Gobierno de Kinshasa ha de resolver los
problemas de seguridad de Uganda. Tras los acuerdos de Pretoria y Luanda,
tanto Rwanda y Uganda como Zimbabwe y Angola comienzan a retirar sus
tropas de la RDC.
Finalmente, bajo la fuerte presión internacional, el Gobierno de la RDC,
los principales grupos políticos armados, la oposición política armada, la
oposición política no armada de la República Democrática de Congo y la
sociedad civil firman, el 17 de diciembre de 2002 en Pretoria, un acuerdo
global de reparto del poder. Se trata de la tercera ronda de negociaciones
inaugurada en octubre y auspiciada por las Naciones Unidas que actúa de
intermediario junto a Sudáfrica y al ex primer ministro senegalés,
Moustapha Niasse. Joseph Kabila se mantiene en el poder que ostenta desde
que sucedió a su padre, Laurent Desiré, asesinado en enero del 2001.
A principios de julio de 2003, los dirigentes de los grupos armados,
responsables de los crímenes de guerra en el este de la RDC, forman el
nuevo Gobierno de transición y unidad nacional. El Gobierno está compuesto
por 35 ministros y 24 secretarios generales, que representan a las grandes
fuerzas del país (el Gobierno de Kabila, el MLC y el RDC-Goma). Se crean
también cinco instituciones: la comisión de la verdad y de la
reconciliación, un observatorio de derechos humanos, una alta autoridad
para los medios de comunicación, una comisión electoral nacional y una
comisión para la ética y la lucha contra la corrupción, también llamada
“para el diálogo intercongoleño”. No obstante, los líderes de otros
grupos, como por ejemplo los que participaron en las matanzas en Ituri,
siguen apartados del proceso de paz.
La guerra en Ituri aparece como una guerra tribal entre hemas y lendus,
pero esto es una simple fachada. Se trata en realidad de una guerra
manipulada por las facciones guerreras de esta zona, es decir el Gobierno
de Joseph Kabila, el MLC y el RDC-Goma. Enzarzados en una lucha por la
supremacía política y económica en la región, los Gobiernos de la RDC, de
Rwanda y Uganda han apoyado los grupos armados rivales, suministrándoles
armas, entrenamiento y apoyos políticos. Estos tres Gobiernos han seguido
luchando en Ituri a través de sus grupos armados satélites, hasta mayo de
2003, cuando se aplica el acuerdo de paz de 2002 y se retiran de la zona.
En mayo de 2003, la violencia incrementa en el contexto de inseguridad que
sigue a la retirada de los últimos soldados ugandeses. En respuesta a esta
crisis, las Naciones Unidas aprueban, en junio de 2003, el despliegue de
una fuerza multinacional interina urgente a Bunia bajo mando francés. Las
operaciones de esta fuerza multinacional se restringen únicamente a Bunia,
principal ciudad de Ituri, donde comienza a calmarse la situación. Sin
embargo, prosiguen las masacres en otros lugares de Ituri. La fuerza
multinacional interina urgente se retira el 1 de septiembre, fecha en la
que un nuevo contingente de la Misión de la Organización de las Naciones
Unidas para el Congo (MONUC) toma el relevo. La MONUC llegó a la RDC en
agosto de 1999, pero jamás había sido dotada ni del mandato ni de los
recursos necesarios para la protección de los civiles amenazados por las
violencias. Asistió a veces pasivamente a ciertas atrocidades. El 28 de
julio de 2003, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas adopta la
Resolución 1493, que concede un mandato más enérgico a la MONUC y le
autoriza a "asegurar la protección de los civiles bajo la amenaza
inminente de violencias físicas" en Ituri y en la región de Kivu. La
Resolución solicita que el mandato reforzado de la MONUC contribuya "a la
estabilización de las condiciones de seguridad" y a "afianzar la seguridad
de la población civil [...] en Bunia y sus alrededores, y luego, a medida
que la situación lo permita, en otras partes de Ituri". Parece que el
refuerzo del contingente de la MONUC a partir de setiembre del 2003 haya
producido unos cambios positivos, mejorando la seguridad de la ciudad de
Bunia de forma significativa.
Condiciones actuales
Desde finales de 2003 se han producido ciertos signos de mejora de la
situación en el país. La MONUC se muestra satisfecha y confiada por la
voluntad de reconciliación expresada por los hendus y los hemas. El 1 de
enero de 2004, Augustin Kisembo, jefe de la comunidad del sur de las
Bahema, ha pedido perdón “en nombre de los hema del territorio de Irumu”,
a “todos los lendu del territorio de Ndjugu”. Este perdón ha sido aceptado
por el jefe de la comunidad Lendu Tatsi, Shatsi Ngabile, quien, a su vez
ha pedido perdón a los hema.
El Gobierno de transición que se forma en julio de 2003 agrupa a todas las
partes en conflicto. Su misión es preparar elecciones de aquí a dos años.
El jefe de la MONUC, William Lacy Swing, confirma el 13 de enero de 2004
que es técnicamente posible organizar elecciones en la RDC en 2005. Serán
las primeras elecciones en el país desde su independencia. No obstante,
quedan muchos obstáculos por superar antes de la celebración de los
comicios. Las cinco instituciones supuestamente encargadas de facilitar la
transición todavía no son operativas porque las dos cámaras del Parlamento
todavía no se han puesto de acuerdo sobre la ley a adoptar para clarificar
sus papeles y funcionamiento. De hecho, la mayoría de las leyes que
regularán la organización de las votaciones no han sido aprobadas. Tampoco
se ha arreglado la cuestión de los refugiados y de los desplazados, ni la
presencia de grupos armados extranjeros en suelo congoleño, ni la
desmovilización de los grupos armados locales. También son muy
problemáticos la explotación de los recursos y el tráfico de armas del
este de la RDC, alimentados por el apoyo de las compañías extranjeras y de
algunos países vecinos –Rwanda, Uganda y Zimbabwe. Por otra parte, la
MONUC no ha conseguido aplicar el embargo de armas establecido por el
Consejo de Seguridad de la ONU (como parte de la Resolución 1493). Sin
hablar de la violación continua de los derechos humanos. A pesar del
acuerdo de paz, el reclutamiento de niños ha ido en aumento durante el año
2003 en algunas regiones del este del país. Las mutilaciones, las
violaciones de mujeres y niñas siguen siendo prácticas habituales de la
guerra y en general, el país es todavía un lugar muy inseguro para la
población civil, sobre todo en la región del Kivu. La labor prioritaria
del Gobierno de la RDC debería ser la implantación urgente de la paz y la
seguridad. Sólo bajo estas condiciones tendrán realmente sentido las
elecciones de 2005. |