1005 - Fuente
Clarín - Las
manos del Che, historia secreta de cómo se confirmó su muerte en
Bolivia
Tres policías argentinos viajaron a ese país para comprobar que el
guerrillero asesinado el 9 de octubre de 1967 era
Guevara. Por primera vez, cuentan la historia de cómo tomaron las
huellas de las manos del Che, amputadas por orden de la
CIA. El misterio que aún envuelve a esas manos
A las tres y media de la mañana del 12 de
octubre de 1967, el teléfono sonó en la casa del subinspector y perito
dactiloscópico de la Policía Federal Argentina (PFA), Nicolás Pellicari.
—Pellicari, tiene que estar en el comando de jefatura, inmediatamente
—escuchó de su jefe, el inspector Federico Vattuone.
Pellicari saltó de su cama como un soldado que es convocado a una batalla
desconocida: no sin angustia, no sin curiosidad.
A las cuatro de la mañana estaba reportándose en el Departamento Central
de Policía. Junto a él estaba el subinspector Juan Carlos Delgado, ambos
integrantes de la Policía Científica que dependía de la Dirección de
Investigaciones. Allí, se les sumó el perito escopométrico inspector
Esteban Rolzhauzer. Allí se enteraron de que el jefe de la PFA, general
Mario Fonseca, les ordenaba trasladarse a Bolivia para certificar que el
guerrillero asesinado por los Rangers —un cuerpo de elite— y la
CIA en La Higuera era
Ernesto Guevara Lynch de la Serna, alias Che. Las instrucciones eran
precisas: debían viajar a Santa Cruz de la Sierra donde los estaría
esperando el cónsul argentino en La Paz, Miguel Angel Stoppello. Pellicari
tenía entonces 32 años, Delgado, 33 y Rolzhauzer, 37. Debían identificar
al Che no sólo por sus huellas dactilares; también por la letra que
describía —"con el trazo confuso de un médico" (diría más tarde Rolzhauzer)—
su lucha, su utopía y su derrota en la selva boliviana. Los policías
tomaron cuatro horas para preparar todos los elementos técnicos para su
trabajo, y buscaron la única ficha dactiloscópica que existía de Guevara
en la Argentina, en su legajo de identificación personal 3.524.272: eran
impresiones tomadas el 29 de octubre de 1947, veinte años antes, con una
coincidencia de fechas por lo menos misteriosa en momentos en que también
eran argentinos quienes debían certificar su muerte. A las 8 de la mañana
del 12 de octubre, en la base aérea de El Palomar Pellicari, Delgado y
Rolzhauzer subieron a un avión Guaraní que los llevó a Santa Cruz de la
Sierra.
¿Sabían acaso que la noche del 9 de octubre, el dictador boliviano general
René Barrientos le había pedido al dictador argentino, general Juan Carlos
Onganía, que los enviara para identificar al Che? ¿Sabían acaso que
deberían identificar unas manos sin el cuerpo del Che? No. Porque los
hechos que rodearon la decisión de hacer desaparecer el cadáver del Che y
amputarle las manos entonces fueron ocultados con la obsesión de un
secreto militar extremo por los protagonistas de su asesinato en la
escuelita de La Higuera, un lugar perdido en la selva boliviana cerca de
la Quebrada del Yuro, el 9 de octubre de 1967.
El Che había sido capturado por una patrulla militar de rangers a cargo
del general boliviano Joaquín Zenteno Anaya y el coronel Andrés Selich,
con la activa colaboración de los agentes cubananos Félix Rodríguez y
Julio Gabriel García, ambos de la CIA. Antes de morir, el Che había
insultado a su interrogador de la CIA, Rodríguez. Y le había ordenado a su
verdugo, el sargento boliviano Mario Terán:
—¡Póngase sereno, y apunte bien! ¡Usted va a matar a un hombre!
La muerte había sido ordenada por Barrientos, quien había consultado con
su par estadounidense, el entonces presidente Lyndon B. Johnson, si dejar
vivo a ese enemigo tan temido, a ese médico argentino, revolucionario por
convicción, cubano por decisión, que había nacido en Rosario el 14 de
junio de 1924. Que sufría de un asma terminal pero de una decisión
igualmente terminal de combatir "al imperialismo donde quiera que esté";
que se había enrollado en la batalla del Movimiento 26 de Julio liderada
por su amigo, Fidel Castro, para terminar con la dictadura de Fulgencio
Batista en Cuba y levantar las banderas de la Cuba socialista. Que había
sido ministro de la revolución, que había combatido en el Congo, que se
había transformado en el principal enemigo comunista de la Guerra Fría
encarada por los EE.UU. y la URSS. Que nunca había abandonado el deseo de
volver a pelear por el socialismo en la Argentina y que, en ese camino,
con su asma a cuestas, decidirá internarse en la selva boliviana para
trazar focos de retaguardia al ingreso de él con una vanguardia
guerrillera en el norte argentino.
De esa convicción y de los movimientos del Che en Bolivia estaba enterado
el gobierno de Onganía. Lo sabía su canciller, Nicanor Costa Méndez, lo
sabía el embajador argentino en Washington, Alvaro Alsogaray. Lo sabía el
jefe de la SIDE, el entonces coronel Marcelo Levingston; el jefe del
Batallón 601, coronel Hugo Miatello y el entonces jefe de la Central
Nacional de Inteligencia, mayor Alberto Alfredo Valín, quien tenía
contactos con el jefe de la estación de la CIA en el Sur, John Tilton. Fue
Tilton quien le había solicitado a Valín, el 15 de noviembre de 1966, el
mismo día que se supo que el Che había entrado a Bolivia, que le enviara
las huellas dactilares de Guevara.
¿Los peritos policiales argentinos vieron acaso el prontuario de Seguridad
Federal (guardado en la caja fuerte 336) y regenteado por Valín —según
informará años después Clarín en su edición del 24 de octubre de 2004—
donde se dejaba constancia de las huellas tomadas por el Ejército a
Ernesto Guevara en su empadronamiento militar en Córdoba en 1944 bajo el
número 6.460.503, servicio del que luego fue exento por el asma? No. Valín
no era ni sería cualquier militar. Espiaba entonces los movimientos de los
argentinos, integrados a los comandos de apoyo al Che en Tarija, Bolivia,
y en Salta. Su historia está ligada a la lucha anticomunista más fiera.
Sería el jefe del temible Batallón 601 entre 1974-1977, en la dictadura de
Videla, y el encargado de descabezar a las cúpulas de la guerrilla
guevarista argentina del ERP y la peronista Montoneros. Y fue él quien, en
1967, le informó a Miatello, su jefe, y luego a Onganía, la comunicación
de la CIA: el Che había sido muerto en Bolivia y había que identificarlo.
Nada de esto sabían ni siquiera sospechaban los policías dactiloscópicos
argentinos Pellicari y Delgado cuando aterrizaron, en la tarde del 12 de
octubre de 1967, llevados por un avión de la Fuerza Aérea boliviana, en La
Higuera. No sabían —según contará años más tarde el general Arnaldo
Saucedo, jefe de la inteligencia militar boliviana—, que Barrientos y la
CIA (según consta en documentos desclasificados del Departamento de Estado
de los EE.UU. a cargo entonces de Walt Rostow) habían decidido hacer
desaparecer el cuerpo del Che. Que, según contará el cubano de la CIA
Félix Rodríguez (que los peritos policiales argentinos conocerán),
Barrientos habría propuesto cortarle la cabeza al Che y enviarla a Cuba
para que Fidel Castro aceptara la muerte de su colaborador y amigo más
entrañable. Sabía que alguna prueba debía enviar, que con las huellas
digitales no sería suficiente para que Fidel anunciara al mundo la muerte
del Che. La CIA estuvo de acuerdo en que fueran las manos amputadas y los
diarios secuestrados la prueba final.
La prueba se hacía indispensable para certificar la muerte del Che. En
esos días, además, el hermano del Che, Roberto Guevara, que había
intentado reconocer el cadáver de su hermano, no había podido hacerlo y,
por lo tanto, la familia no iba a certificar que el muerto en La Higuera
era el Che. El testimonio del entonces jefe de la inteligencia militar
boliviana, el general Arnaldo Saucedo, fue distinto: en la mañana del 9 de
octubre de 1967, el mayor de carabineros Roberto Quintanilla, cuyo jefe
era el ministro del Interior de Bolivia, Antonio Arguedas, le tomó la
misma mañana del asesinato del Che en Vallegrande las huellas digitales y
realizó dos mascarillas donde quedó estampado el rostro del guerrillero
(ver La vida y la muerte en...). Que luego, esa tarde, los médicos Moisés
Abrahan Baptista y José Martínez del Hospital Señor de Malta de
Vallegrande certificaron la muerte de Guevara por nueve balazos e hicieron
un protocolo de autopsia pero nunca se extendió una partida de defunción.
Que en la mañana del 11 de octubre, porque el cadáver apestaba, Barrientos
ordenó a Arguedas y a Quintanilla cortarle las manos, misión que cumplió
el médico Baptista con la precisión de un cirujano. Quintanilla, entonces,
guardó las mascarillas, y a las manos del Che las colocó en una lata con
formaldeído (formol). El cuerpo fue enterrado por el ranger Andrés Selich
junto con otros 3 cuerpos cerca de la pista de Vallegrande y el silencio
sobre el destino de esos cadáveres lo cubriría todo por décadas. Pero la
orden general sería decir al mundo que el cadáver había sido incinerado.
Tras las huellas finales
Así que, cuando Pellicari, Delgado y Rolzhauzer llegaron a La Higuera, el
12 de octubre de 1967, el cadáver del Che había desaparecido. Ellos
contaron a Clarín que entonces los recibió el jefe del estado mayor del
ejército boliviano, general Juan José Torres, y les dio la versión
oficial:
—El Che fue incinerado.
Torres sería presidente de Bolivia en 1971, con una impronta izquierdista
que haría que el periodista Rodolfo Walsh lo llamara "el general
proletario". Fue asesinado por un grupo de tareas en 1976, en Buenos
Aires, como un favor de Videla al dictador de Bolivia, general Hugo Banzer.
Pellicari y Delgado recuerdan que esa noche vuelven a Santa Cruz de la
Sierra y que en la mañana del 13 de octubre vuelan a La Paz. Que
inmediatamente "nos presentamos en la Embajada argentina. Allí nos recibió
el secretario Jorge Cremona. Estaba el cónsul Stoppello con nosotros, y se
nos pone en manos del capitán de navío, agregado naval en la delegación,
Carlos Mayer, encargado de los enlaces militares". Recién en la mañana del
14 de octubre, Mayer lleva a los peritos al cuartel general de Miraflores
en La Paz, por orden del comandante Ovando Candia y del ministro Arguedas.
Entran— recuerda Delgado— a una "gran sala que era la del comando de
operaciones. Allí llegó Quintanilla, con un paquete envuelto en diarios.
Era una lata de pintura que cuando la abrimos el olor del formol nos
volteó. Eran las manos del Che, amputadas quirúrgicamente. Y nos dimos
cuenta de visu, porque habíamos visto sus marcas, que eran las manos del
Che. Luego, estuvimos trabajando durante ocho horas. Porque debíamos
probar lo que sabíamos."
Mientras los peritos dactiloscópicos trabajaban en esa sala, Rolzhauzer
analizaba en otra la letra del Che en su diario boliviano. "Tuvimos—
recuerda Pellicari— que emparejar las papilas, los pulpejos o yemas de los
dedos parecían pasas de uva, y tuvimos que extraer el formol. Además,
tropezamos con la dificultad de que el Che, que había vivido y trepado en
la montaña y en la selva, tenía las crestas papilares casi destruidas, es
decir, la yema de los dedos no tenía ni depresiones ni surcos. Entonces
decidimos usar un método indirecto: el Dorrego, que era un ayudante de la
policía científica y había inventado en un caso llamado "Fontecovas"— el
de una mujer muerta, de la que se descubrió sólo una pierna, porque los
estudiantes de Medicina la habían tirado luego de analizar su cuerpo en la
Morgue— y consistía en pegar a los dedos una película de polietileno
entintada y luego pegarla en las fichas, y luego fotografiarlas. Así lo
hicimos, con este método indirecto pero indubitable." (Ver La vida y la
muerte...)
Mientras trabajaban, un oficial de inteligencia de la armada argentina,
adjunto de Mayor, cuyo nombre no recuerdan, tomó casi a escondidas de los
militares bolivianos las fotos que aquí se reproducen. "Los bolivianos no
querían que tomáramos fotos.
Pero nosotros sabíamos que se debía probar no sólo que eran las huellas,
sino que nosotros estábamos identificándolas". A las 16 horas del sábado
14 de octubre de 1967 los peritos argentinos certifican indudablemente que
las huellas de esas manos sin cuerpo y la letra del diario de Bolivia
pertenecen a Ernesto Guevara, alias Che. Se deja constancia de todo lo
actuado por ellos en un acta que ratificaron Mayer, Stoppello, Pellicari,
Delgado y Cremona, por la parte argentina y Quintanilla y el teniente de
navío Oscar Pamo Rodríguez, ayudante de Ovando Candia, por la parte
boliviana. Hicieron tres copias: una para el gobierno boliviano, otra
quedó en la embajada argentina en Bolivia y otra trajeron a Buenos Aires.
(Ver Una prueba...)
Luego de firmar el acta, Quintanilla sorprendió a los policías argentinos.
— ¿Ustedes se llevarán las manos?— les dijo casi dando por hecho que sí
las reclamarían.
— No, nuestra misión termina aquí— contestó Pellicari.
En la noche del 14, los peritos policiales debieron pernoctar en Tucumán
por la tormenta que azotaba Buenos Aires y que derivó en una de las
principales inundaciones del siglo. El 15 a las 18 horas, finalmente, se
reportaron en al Departamento Central de Policía a su jefe. Pero no
volvieron a su casa. El jefe de Policía Fonseca les dio la orden de ir a
Casa de Gobierno a ver al Presidente. "Le informamos todo, le mostramos
las fotos, el acta, el trabajo realizado, las huellas, todo...Y nos
felicitó.", dijo Pellicari.
Onganía los hizo salir por una puerta trasera de la Casa Rosada para
esquivar a los periodistas. Lo último que le escucharon decir fue:
— Guarden silencio. Que se ocupe el gobierno boliviano de informar. Yo no
lo haré.
Hasta la tarde del miércoles 26 de octubre de 2005, en que llegaron a la
redacción de Clarín con la orden de contar la historia, le hicieron caso.
Aunque muchas veces sintieron la necesidad de contarla, de decir al mundo
que ese hombre muerto en La Higuera "era un valiente, que luchó por sus
ideas". De decir: "esta fue la tarea profesional más importante de nuestra
vida". Aun lo fue para Pellicari, a quien le tocó identificar el cadáver
de Pedro E. Aramburu, el general y ex presidente de la revolución que
derrocó a Perón en 1955, asesinado en Timote por los Montoneros en 1970.
Pellicari se integró en 1987, como comisario general, a la plana mayor del
"mejor jefe de Policía que tuvo la institución, Juan Pirker". Y con
Delgado, fueron profesores de Papiloscopía durante años.
La mayoría de los protagonistas del asesinato del Che están muertos. Sus
manos amputadas tuvieron un destino misterioso. Las habría llevado el
ministro del Interior boliviano Arguedas— ex comunista, ex nacionalista,
sospechado de agente de la CIA o de agente de Fidel— a Cuba, como llevó el
diario del Che. Las habría llevado el agente cubano de la CIA, Rodríguez,
a EE.UU.. Se habrían enterrado con sus restos — encontrados en Vallegrande
por un equipo de científicos argentino-cubanos en 1997— en Santa Clara,
Cuba, donde fueron y son honrados. Alguien deberá contar hasta el final, y
con precisión oficial, está historia, sea Estados Unidos o sea Cuba.
En tanto, tal vez alguien recuerde el poema del gran Pablo Neruda: "le
cortaron las manos y aún golpea con ellas."
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Con los ojos abiertos. Ernesto Guevara
yace muerto en la escuelita de La Higuera. La imagen fue tomada
minutos después de la ejecución y dio inicio al mito del
revolucionario que no parpadea ante la muerte (Foto: Freddy Alborta)
Huellas dactilares de Ernesto "Che" Guevara |
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