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2006 - Genocidio armenio:
la tragedia y la farsa
Prácticas de la negación
Presentación del tema
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¿Por qué recordarlo? Principalmente porque se trata de un crimen impune, y Turquía, como sucede en general con los estados que han perpetrado un genocidio, no está dispuesta a reconocerlo y, menos aún, repararlo. [1] La recordación, entonces, se vincula de manera directa con la prevención de otros crímenes.
Los armenios, minoría cristiana que formaba parte del Imperio Otomano “multinacional” y “multirreligioso”, bajo un régimen de inferioridad, eran considerados ciudadanos de segunda clase, sometidos al pago de impuestos especiales, a la prohibición de dar testimonio en los tribunales y de portar armas. [2]
Los partidos políticos armenios, surgidos en el siglo XIX en el marco de las luchas nacionales, presionaron para lograr un nuevo orden basado en la igualdad política, económica y jurídica.
Cuando en 1908 los sectores liberales turcos alentaron cambios en el imperio, contaron con el apoyo de las minorías, entre ellas, la armenia. Ésta favoreció la revolución de los Jóvenes turcos de 1908, esperando con ello mejorar su situación deteriorada bajo el reinado del sultán Abdul Hamid. Luego de las pérdidas territoriales del Imperio Otomano en Europa (Grecia, Bulgaria, etc.) los Jóvenes Turcos renunciaron al otomanismo (concepción tolerante respecto de las diferentes religiones y etnias) y adoptaron el panturquismo, variante del nacionalismo integral o étnico contemporáneo. El fracaso de la creación de un Estado y una sociedad basados en la asimilación cultural los determinó a erradicar las comunidades no asimilables. Ya no habría lugar para la diversidad. [3]
Entre 1915 y 1916, el Comité “Unión y Progreso” (Partido de los Jóvenes Turcos), que desde hacía dos años controlaba todo el aparato del Estado –ejército, policía, servicios secretos- y disponía de todos los recursos de un partido en el poder, organizó la eliminación de los armenios del Imperio bajo la forma de una deportación o traslado de población por razones de estado. Se trató de un crimen político, la solución de una cuestión que aparecía de difícil solución, teniendo en cuenta los reclamos de reformas de parte de los armenios que más tarde serían considerados como aspiraciones independentistas. [4]
La deportación, entonces, fue el método elegido por el Comité para poner fin a la presencia armenia en los territorios que los armenios ocupaban desde hacía 3000 años.
Un rasgo característico del Genocidio armenio, subraya Leo Kuper [5] , es la existencia inmediata de testimonios de testigos oculares.
Contemporáneamente a las deportaciones y masacres, los hechos tuvieron una importante recepción en la prensa occidental puesto que existió una extendida condena de las atrocidades turcas no sólo con respecto a los armenios sino a las otras minorías.
Además, la coincidencia de los relatos de sobrevivientes procedentes de los diferentes países donde se establecieron con la documentación existente en los archivos europeos y americanos da cuenta de la existencia de un plan organizado.
El plan comenzó con la deportación y asesinato de la élite armenia de Constantinopla, en la noche del 23 al 24 de abril de 1915, que ha sido fijado como fecha de recordación del genocidio armenio, esquema que se repitió en el interior del imperio de la siguiente manera:
1.- arresto y muerte de la élite armenia (intelectuales, políticos, religiosos, empresarios) de la capital otomana (Constantinopla).
2.- desarme de la población masculina en primer término de los lugares próximos al frente de combate y luego del resto.
3.- deportación y muerte de la población masculina
4.- deportación de mujeres, ancianos y niños hacia los desiertos de Siria
y Mesopotamia, con el objeto encubierto de muerte por inanición o
enfermedad.
[6]
El historiador Roger Smith [7] en The Armenian Genocide, Memory, Politics and Future, habla de erosión de la memoria para decir que el Genocidio armenio, a pesar de ser ampliamente reconocido en el momento en que se produjo, por las abundantes noticias de los diarios, los libros, artículos, investigaciones oficiales, relatos de testigos oculares, el juicio a los responsables en Constantinopla en 1919, en pocos años fue olvidado fuera del ámbito armenio.
¿Cuáles son las causas de esta “erosión” de la memoria? Una primera respuesta sería que las naciones, los grupos o los individuos tienen poca memoria frente a hechos que no les atañe de manera directa. Una explicación complementaria la encontramos al recorrer las etapas por las que atravesó este olvido.
Con el Tratado de Lausana (1923) y la conformación de la República de Turquía, Armenia dejó de existir como estado independiente y, por lo tanto, los armenios dejaron de ser noticia. Una pequeña parte de Armenia, que constituyó una república independiente entre el 28 de mayo de 1918 y el 2 de diciembre de 1920, fue sovietizada con lo cual no hubo estado que reclamara por sus víctimas.
La Segunda Guerra Mundial y el Holocausto desplazaron la atención del mundo.
Paralelamente, la política turca fue de ocultamiento, tergiversación de la historia y negación.
Formas de la negación
Desde los inicios de las deportaciones en masa, los Jóvenes Turcos pusieron en marcha un sistema de defensa cuyo objeto era transformar una realidad histórica en una cuestión sujeta a controversia. [8] Se basaron en tres argumentos:
1) Los armenios se comportaron en forma desleal y se rebelaron;
2) el gobierno turco se vio obligado a desplazarlos porque ellos estaban ubicados cerca del frente y colaboraban con el enemigo;
3) a pesar de todas los recaudos tomados para proteger las vidas y los bienes de los deportados, se produjeron víctimas como también las hubo entre la población turca. Se trató de una guerra donde el ejército y la población civil fueron sometidos a terribles sufrimientos. [9]
Estos argumentos se desmoronaron cuando en 1919, en la ciudad de Constantinopla, ocupada por los aliados, se efectuó el juicio de los responsables de las masacres armenias, condenados en ausencia por el crimen. Se comprobó, entonces, que el Comité “Unión y Progreso” había organizado la supresión de los armenios y que el argumento de la revuelta armenia era falso. Sólo había habido movimientos de autodefensa como último recurso para evitar la muerte. [10]
Durante décadas se intentó reducir el genocidio armenio a materia de disputa y controversia con el objeto de evitar que se aplicara al caso armenio la noción de Genocidio.
Se utilizaron distintos procedimientos:
a) No se diferenció las víctimas de las masacres de los que murieron durante el conflicto bélico.
b) Se presentó el Genocidio armenio como una guerra civil en el marco de la Primera guerra mundial.
c) Las víctimas y los victimarios fueron colocados en el mismo plano, es decir, que se los consideró como antagonistas en una contienda.
d) Las víctimas fueron transformadas en victimarios, como iniciadoras de la violencia. [11]
Finalmente, Turquía trató de minimizar los hechos mediante:
1) El reemplazo de la noción de genocidio por la de masacres aisladas y locales.
2) La presentación de la deportación como “ficción de una transferencia”, legítima para la legislación turca.
3) La negación de la intención, con lo cual niega la planificación. [12]
La negación entró también en el ámbito académico; se elaboraron diversas tesis con el objeto de desacreditar los testimonios de los sobrevivientes. Los historiadores turcos presentaron una visión remozada y adaptada acorde a la nueva imagen que se quería proyectar. A partir de estas publicaciones, los armenios nunca habrían existido en la llamada Armenia histórica
Reflexión final
Para el gobierno turco, el Genocidio armenio constituyó la solución final a sus problemas internos, la desintegración del imperio multiétnico y multirreligioso y la emergencia de un Estado turco, fundado sobre una sociedad monoétnica y monorreligiosa. [13]
Para los armenios el Genocidio significó su eliminación de sus tierras así como los rastros de su cultura.
Hacia 1914 más de 2 millones de armenios vivían en el Imperio otomano. Finalizada la Primera guerra quedaban 100.000 concentrados particularmente en Constantinopla. Los sobrevivientes huyeron a Rusia, Europa y América.
El destino de los armenios ilustra cómo un Estado, el turco pudo generar una ideología, el panturquismo, que puso en marcha los mecanismos tendientes al exterminio de un pueblo. El sultán Abdul Hamid comenzó la destrucción en nombre del Imperio otomano; Los Jóvenes Turcos, sus sucesores, lo hicieron en nombre del nacionalismo turco.
Mustafá Kemal completó el proceso en nombre de la República de Turquía y de la hegemonía de la raza turca.
Así, el método adoptado para transformar una sociedad otomana plural en una sociedad turca homogénea fue el genocidio.
[12]
Y. TERNON, El Estado criminal. Los genocidios del
siglo XX, Barcelona, Península, 1995, pp. 195-200[13]
R. HOVANNISIAN, “La question ....”,
op. cit., p. 44
0405 -
Genocidio armenio: la tragedia y la
farsa - Osvaldo Bayer
El Siglo del Horror, el veinte, con sus bombas atómicas, el napalm, los
bombardeos masivos y sus daños colaterales, es también y antes que nada
el siglo del genocidio. El primero fue perpetrado por el Imperio Otomano
en contra de los armenios: un plan sistemático de terrorismo de Estado
elaborado y ejecutado para exterminar a una minoría. O, como diríamos
hoy, para efectuar una “limpieza étnica”. Si bien las estimaciones
varían se calcula que entre el 24 de abril de 1915, fecha en que unos
800 intelectuales y artistas armenios fueron pasados por las armas, y
1923, fueron ultimados cerca de un millón y medio de hombres, mujeres y
niños. Hubo antes un ensayo, en Adaná, en 1909, cuando treinta mil
armenios fueron aniquilados impunemente. La indiferencia universal
convenció a los fanáticos que sus planes no tropezarían con obstáculo
alguno y, en 1915, estallada la Primera Guerra Mundial, lo pusieron en
marcha. Como el Imperio Otomano se alió a Alemania y Austria, la derrota
de éstas precipitó su catastrófico derrumbe, abriendo las puertas a la
república. Pero sería la consolidación de la Revolución Rusa lo que
pondría fin al martirio de los armenios.
Este primer genocidio no alcanzó a conmover la conciencia de los líderes
del “mundo libre”. Sólo después del Holocausto de los judíos la figura
del genocidio quedaría incorporada al Derecho Penal Internacional, en
1948. Sin embargo, el armenio no goza de buena prensa y sigue soterrado
bajo una espesa conspiración de silencio. La República de Turquía, como
estado sucesor del Imperio Otomano, ha hecho del “negacionismo” su
divisa: el genocidio no existió. Armenia era la “quinta columna” de los
rusos y los enfrentamientos bélicos, los desplazamientos y los
infortunios propios de la guerra fueron los que produjeron las bajas. Si
el genocidio fue una tragedia, el “negacionismo” es una farsa y una
infamia casi tan dolorosa como las masacres que intenta encubrir.
La abierta complicidad del imperialismo explica el éxito de esta
tentativa. Aliada estratégica de Estados Unidos y miembro de la OTAN,
Turquía ocupa un lugar principalísimo en el dispositivo militar
norteamericano. Desde su territorio se vigila eficazmente a Rusia, como
antes a la URSS; se monitorea el Mediterráneo oriental y se controlan
los altamente volátiles enclaves petroleros del Medio Oriente. Junto a
Israel y Pakistán, Turquía es uno de los gendarmes privilegiados de
Washington y la “ayuda militar” que le proporciona sólo es superada por
la que se destina a Israel y Egipto. Según la Casa Blanca el régimen de
Ankara es “un aliado fundamental en la guerra global contra el
terrorismo, la reconstrucción de Irak y Afganistán, y el establecimiento
de una democracia pro-Occidental en la región”. El Informe del 2005
sobre Derechos Humanos del Departamento de Estado exalta las “elecciones
libres y la democracia multipartidaria turca”, pero debe reconocer que
“pese a los progresos persisten todavía serios problemas en materia de
derechos humanos: restricciones políticas; asesinatos ilegales (sic);
torturas; detenciones arbitrarias; impunidad y corrupción; severas
restricciones a la libertad de prensa, palabra reunión y asociación;
violencia contra las mujeres y tráfico de personas”. ¡Menos mal que hubo
progresos en estas materias! Claro que tratándose de un aliado
incondicional estas cuestiones no son importantes. En marzo de este año
John Evans, a la sazón embajador estadounidense en Armenia, fue
emplazado por la vitriólica señorita Condoleezza Rice a rectificar sus
imprudentes declaraciones formuladas en la Universidad de California/Berkeley
reconociendo que las matanzas de 1915 se encuadraban en la definición de
genocidio de las Naciones Unidas. Evans violó un tabú y su franqueza le
salió cara. Días después fue removido de su cargo, y con modales no
precisamente diplomáticos.
El “negacionismo” turco no sólo encuentra un sólido apoyo en Estados
Unidos. Cuando en el 2001 el Parlamento francés reconoció la existencia
del genocidio el gobierno de Chirac se apresuró a “cajonear” lo resuelto
por la Asamblea y a dejar sin efecto sus consecuencias. El
reconocimiento del genocidio armenio es una penosa asignatura pendiente
que requiere de urgente reparación. Los infatigables reclamos de la
comunidad armenia a nivel internacional han impedido que el tema cayese
completamente en el olvido. El tan anhelado ingreso de Turquía a la
Unión Europea es una ocasión inmejorable para exigir el abandono de la
política “negacionista” especialmente cuando se comprueba que la
perversa afición de los círculos gobernantes de Ankara por la “limpieza
étnica” persiste hasta nuestros días. Sólo que las víctimas ahora son
los kurdos: 3 mil aldeas fueron arrasadas en los ochenta y los noventa
del siglo pasado, y dos millones de kurdos fueron desplazados de sus
lugares de residencia, prohibiéndoseles hablar en su lengua, poner
nombres kurdos a sus criaturas y vestirse con los colores que los
distinguen. El genocidio kurdo, también practicado por Saddam Hussein
con la anuencia de Washington, continúa con la complicidad y el
beneplácito de los celosos custodios de la democracia y los derechos
humanos a ambos lados del Atlántico norte: los Bush, Blair, Berlusconi,
Aznar y otros de sus ralea, que hicieron de la duplicidad y la
hipocresía su razón de estado, condonando masacres y asesinatos a
mansalva en la medida en que favorecieran sus intereses. Reconforta
saber que la lucha de la diáspora armenia no ha sido en vano, y que más
pronto que tarde la verdad y la justicia habrán de prevalecer. Hay gente
valerosa en Turquía que se ha fijado las mismas metas. La novelista Elif
Shafak es una de las tantas que luchan contra las mentiras oficiales.
“Si hubiéramos sido capaces de reconocer las atrocidades cometidas
contra los armenios –declaró hace poco– habría sido mucho más difícil
para el gobierno turco cometer nuevas atrocidades contra los kurdos.”
Dada la explosiva situación imperante en la región convendría tomar nota
de su observación, y recordar que los genocidios del pasado siglo fueron
posibles gracias a la complicidad del imperialismo y sus aliados.
0404 - Aniversario del Genocidio Armenio 2004 - Luis Bruschtein - Página 12
La idea de genocidio aparece como irracional e
inhumana y, por lo tanto, todo el mundo supone que está vacunado contra
ella. Pero esa idea tiene una racionalidad sin sutilezas y profundamente
humana que se instala en lugares primitivos de los que la civilización
trata de desprenderse y todavía no ha podido: el poder, la desconfianza,
el miedo, la inseguridad o la ambición. Y a veces, el genocidio se comete
también en nombre de la civilización. Y siempre en nombre de alguna causa
supuestamente "justa", nadie reconoce que lo hace por pura malignidad.
En 1939, Adolf Hitler explicaba a los comandantes y generales de su Estado
Mayor, que diseñaban la inminente invasión a Polonia, que "nuestra fuerza
consiste en nuestra rapidez y brutalidad. Gengis Khan condujo al matadero
a millones de mujeres y niños con premeditación y alevosía. Pero la
historia sólo lo muestra como el fundador de un Estado". Como Hitler
perdió la guerra, todo el mundo sabe que jugó del lado de los horribles.
Algunos responsables de genocidios modernos también detestaron en público
a Adolf Hitler por genocida, lo que no fue impedimento para que ellos lo
cometieran después.
Entre 1915 y 1923, el genocidio de un millón y medio de armenios por el
gobierno turco –que hasta hoy lo niega– fue cometido con la intención
"progresista" de consolidar la unidad de la nación turca moderna. Fueron "pogroms"
parecidos a los de los cosacos contra los judíos en Rusia y hasta se
usaron métodos como la emasculación, similares a los que usó el general
Roca en la Argentina con las naciones indígenas cuando separaban a los
hombres de las mujeres para impedirles procrear.
Como los turcos ganaron la guerra y los jóvenes turcos liberales,
progresistas y prooccidentales que propiciaron esa horrorosa masacre,
junto con el sultán en decadencia, tuvieron mejor prensa, el genocidio del
pueblo armenio se encuadró en la situación que describía Hitler a sus
generales con relación al emperador mongol. Turquía niega que haya
ocurrido porque ningún genocida ha sido nunca capaz de asumir la
responsabilidad por ese delito que es el mayor de la humanidad. Tampoco lo
hicieron aquí los dictadores argentinos que ensayaron mil definiciones y
calificativos para explicarse. Y los neonazis todavía insisten en que el
Holocausto es un invento del sionismo internacional.
Aquí el argumento de la dictadura para explicar lo que hizo fue la
seguridad nacional, aunque algunos de sus personeros reconocieron que hubo
"excesos". Cuando relativizan el genocidio del pueblo armenio, en Turquía
aluden a la necesidad de consolidar una unidad nacional en jaque por el
desmembramiento del Imperio Otomano y la amenaza de potencias extranjeras.
Y aceptan también que hubo "excesos", pero no por parte del Estado sino
por desbordes chauvinistas de la población turca. Con poquísimas
excepciones, ni siquiera los sectores progresistas y de izquierda de ese
país están dispuestos en la actualidad a reconocer ese momento vergonzoso
de su historia.
La palabra "genocidio" fue acuñada en 1930 por el experto en Derecho
Internacional Rafael Lemkin, horrorizado por las masivas matanzas armenias
que se recuerdan el 24 de abril. Y los armenios, tras décadas de
infructuosas denuncias, acuñaron otra palabra relacionada con los
genocidas y que también es posible aplicar en todos los casos en que este
delito se ha cometido: el "negacionismo", un término que se usa para
calificar a toda la suerte de explicaciones y artimañas destinadas a que
los estados y las personas eludan su responsabilidad criminal y a
oscurecer la verdad histórica.
El "negacionismo", como lo definen los armenios con relación al gobierno
turco, es una elaboración posterior a la acción criminal de un Estado.
Pero también puede servir para distinguir un estadio previo. Porque cuando
un Estado comete un genocidio siempre hay un sector de la población
inclinado a apoyarlo o a tolerarlo. Todas las sociedades niegan ser
susceptibles a este virus tan poco civilizado e incluso muchas
niegansituaciones anteriores de su propia historia. Y casi todas las
sociedades están atravesadas por conflictos embrionarios de desbordes
contra inmigrantes o por cuestiones religiosas, étnicas, culturales o
ideológicas. Situaciones que exacerban el instinto primitivo de hacer
desaparecer al otro diferente que se percibe como amenazante. Cuando el
Estado actúa, se apoya en esas pulsiones, aunque sus motivos reales sean
políticos o económicos.
Las ideas que sustentan un genocidio no son sutiles pero se disfrazan
taimadamente en esa maraña de impulsos latentes y a veces manipulados por
los estados. Se disfrazan tan bien, que un profesor de Harvard, Samuel
Huntington, puede difundirlas en obras que se convierten en best sellers y
libros de cabecera del presidente de la principal potencia del planeta. El
reputadísimo científico social, que antagoniza a Occidente con el Islam y
al norteamericano medio con la población latina, es insospechado de
genocida, hasta que ocurra. Este 24 se cumple otro aniversario del
genocidio armenio. Valga la oportunidad para insistir en que la única
vacuna verdadera es memoria y justicia, una deuda que todavía tiene el
gobierno turco con el pueblo armenio.
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