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310808 -
Eliseo Veron
- Recientemente se ha discutido en varias reuniones académicas
(Rosario, Buenos Aires, Mar del Plata) la cuestión del “fin de
los medios masivos” como una de las consecuencias posibles de la
convergencia entre el audiovisual, la informática y las
telecomunicaciones, resultado de la digitalización de todo tipo
de contenidos que el Protocolo Internet hace posible.
Recientemente se ha discutido en varias reuniones académicas
(Rosario, Buenos Aires, Mar del Plata) la cuestión del “fin de
los medios masivos” como una de las consecuencias posibles de la
convergencia entre el audiovisual, la informática y las
telecomunicaciones, resultado de la digitalización de todo tipo
de contenidos que el Protocolo Internet hace posible. Me he
referido, en estas mismas páginas, a la cuestión del fin del
broadcasting en el caso de la televisión. Pero los interrogantes
sobre la eventual desaparición de ese gran clásico de la
mediatización moderna, el diario papel (que para muchos es más
clara e inminente que la desaparición de la televisión
histórica, son sin duda tanto o más importantes. Una de las
diferencias entre ambas cuestiones es que la lenta decadencia de
los diarios viene de más lejos, es anterior a la emergencia de
la Red, y ha generado turbulencias en la profesión del
periodismo desde hace bastante más tiempo. La culpable de esa
crisis larvada de los diarios era justamente la televisión
tradicional llamada “abierta”... cuyo fin algunos consideramos
posible. Complejidades de la historia de los medios.
En los últimos años, en el sector de los grandes diarios papel
del mundo, se han producido episodios inquietantes, que en todo
caso van mucho más allá de las proclamas relativamente inocentes
del “nuevo periodismo” de los años 70 y 80, que se había
atrevido a desdibujar la frontera entre el discurso de la
información y el discurso literario. En Estados Unidos, dejando
de lado la áspera discusión acerca de la actitud –para muchos
claramente inadecuada– de los grandes medios de la prensa
gráfica ante la desinformación sistemática, por parte del
gobierno del presidente
Bush, que hizo posible la invasión a
Irak, hubo
varios episodios (algunos de los cuales afectaron nada menos que
al New York Times) relativos a reportajes inventados,
entrevistas a personajes inexistentes y otras operaciones que
por cierto no se reducen a la cuestión de la legitimidad del uso
de ciertos “efectos literarios” en la escritura periodística. En
Francia acaba de producirse un episodio que afecta nada menos
que al diario Le Monde.
Los personajes involucrados no tienen mayor importancia, porque
su notoriedad es esencialmente local. Lo cierto es que el 18 de
agosto, el diario Le Monde publica una doble página firmada por
Bernard-Henri Lévy bajo el título “Cosas vistas en la Georgia en
guerra”. Bernard-Henri Lévy (conocido como BHL) es un
intelectual que adquirió su perfil fuertemente mediático en los
años 80, a propósito de lo que se llamó el movimiento de los
“nuevos filósofos” franceses. BHL ha reaparecido desde que su
amigo
Nicolás Sarkozy fue elegido presidente. Aunque previamente
declaró que no iba a darle su voto por ser amigo suyo.
Cito apenas dos fragmentos del artículo de BHL. “La primera
presencia militar significativa con la que nos encontramos es un
largo convoy ruso, de no menos de cien vehículos, que se dirige
tranquilamente hacia Tbilissi para cargar nafta”. “Tras seis
nuevos controles (…) llegamos a Gori. No estamos en el centro de
la ciudad. Pero (…) de ese carrefour controlado por un tanque
enorme y alto como un búnker con ruedas, podemos constatar los
incendios que se pierden en el horizonte. (…) De nuevo el vacío.
El olor, ligero, de putrefacción y de muerte (…) Gori no
pertenece a esa Osetia que los rusos pretenden haber venido a
‘liberar’. Es una ciudad de Georgia. La han quemado. Pillado.
Reducido al estado de ciudad fantasma. Vaciado.”
Rue 89 (la calle 89), uno de los sitios más prestigiosos y más
visitados del nuevo periodismo electrónico en Francia, decide
realizar un fact cheking (chequeo de los hechos) de la visita de
dos días y medio a Georgia de Bernard-Henri Lévy. El 22 de
agosto, Rue 89 sube los resultados de su investigación bajo el
título “BHL no vio todas esas ‘cosas vistas’ en Georgia”.
Christophe Boltanski, enviado especial del Nouvel Observateur,
que se encontraba el mismo día en la misma ruta, contabilizó el
convoy ruso: seis camiones de tropas, seis camiones cisternas,
siete blindados, tres camiones de nafta, seis tanques y dos
ambulancias: exactamente treinta vehículos. Una eurodiputada que
se encontraba allí y uno de los propios amigos de BHL que lo
acompañaban testimonian no haber sentido ningún olor. No
importa. Estos son sólo detalles: BHL nunca llegó a Gori. Llegó
apenas a las afueras, y se trataba de campos quemados a varios
kilómetros de la ciudad. Rue 89 descubre también que cuando BHL
vuelve esa noche al primer control, anticipa solemnemente ante
los periodistas lo que después va a escribir: “La ciudad ha sido
limpiada. Gori es una ciudad fantasma, hay incendios en todas
partes, Gori ha sido vaciada de su población”. Y la eurodiputada
testimonia haberse visto obligada a interrumpirlo para aclarar
que no habían llegado a Gori, y que la quema de los campos
circundantes es una táctica usual del Ejército para evitar
emboscadas.
Debo hacer una aclaración parecida a la que me sentí obligado a
formular en ocasión de mis comentarios un poco amargos de hace
unas semanas a propósito de la liberación de Ingrid Betancourt
(evento mediático que, dicho sea de paso, provocó después graves
presunciones de montaje y de “show”, no comprobadas ni
desmentidas hasta el momento): no estoy aprobando
la invasión de Georgia por Rusia. Pero tiene algo de
paradójicamente irónico el hecho que un sitio Internet,
representante del periodismo electrónico, ese nuevo fenómeno
mediático que ha generado tantos temores relativos a la
aplicación de las reglas tradicionales de la profesión en cuanto
a la objetividad y la confiabilidad de la información, se
transforme en un poderoso instrumento de control capaz (por
decirlo así) de poner en su lugar a un ilustre intelectual
mediatizado, cuyas fantasías merecieron (aparentemente sin
ningún chequeo) una doble página en uno de los diarios papel más
prestigiosos del mundo.
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