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310808 -
Alejandro Polanco Masa
- Originalmente
publicado en: Panacea - Número # 3 - Facultad de Farmacia -
Universidad Complutense de Madrid – Diciembre 2001.
El historiador que en la
actualidad busca información para su trabajo utiliza herramientas que le
resultarían extrañas a sus colegas del pasado. A los fondos de archivos,
catálogos de bibliotecas, correspondencias privadas o hemerotecas, se
suman ahora las nuevas tecnologías de la información. Internet, los
CD-ROM, DVD, www, e-mail. Toda una selva de nuevos medios donde obtener
información o perderse entre inútiles documentos virtuales. Nuestra
cultura, digital, tiende a informatizar todos los datos olvidando los
modos tradicionales de almacenamiento.
Este proceso puede facilitar el
acceso a las fuentes pero encierra grandes peligros para el futuro.
La rápida evolución de las tecnologías puede convertir en obsoletas,
ingentes cantidades de documentos, convirtiendo en anticuados e
inservibles cascarones vacíos lo que en un tiempo fueron flamantes
discos compactos, repletos de irrecuperable información. El caso de
Internet es incluso más peligroso. Como un gigantesco monstruo
incontrolable, muta día a día sus contenidos haciendo imposible siquiera
una mínima recopilación de los mismos. Puede que lo que nosotros
leguemos a los historiadores del futuro no sea nada, excepto un montón
de bits añejos e incomprensibles, una nueva edad oscura para la
historia.
Los nuevos medios
Internet nació en la década de 1970
dentro de la red militar estadounidense Arpanet. Los diseñadores del
protocolo TCP/IP, por medio del que funciona toda la red, nunca
imaginaron el futuro éxito de su invento. Lo que en un principio no era
mas que una pequeña red con unos pocos nodos, se ha convertido en el
medio de comunicación y expresión más utilizado hoy día. Para algunos,
representa el mayor logro de la historia de la humanidad. Desde los
tiempos de la primera Internet, las cosas han cambiado mucho. Al
principio, la cantidad de información contenida en su interior era muy
limitada. La tecnología no daba para más. El acceso a los datos era
complicado pues era necesario el uso de UNIX y tratar con los terminales
mediante líneas de comando. Eran los tiempos de las
aplicaciones Gopher, Archie, Wais, los primeros FTP y el omnipresente
e-mail, la aplicación estrella de la red desde sus comienzos. Internet
sólo se utilizaba en centros de investigación, universidades y grandes
empresas, casi todas ellas norteamericanas. La gente de la calle ni
siquiera había oído hablar de la red de redes. El asunto cambió
casi de repente con la invención de la World Wide Web,
la cual, a pesar de lo que piensa la mayoría, no es sinónimo de
Internet, sino otra aplicación basada en la red. La ahora tan familiar
Web, fue desarrollada en Suiza en el centro de investigación CERN a
principios de la década de 1990. La idea era crear una forma para
compartir información entre la comunidad investigadora de forma
totalmente intuitiva, por medio de hipertexto, datos
que contienen enlaces a otros datos. A partir de aquí la red se ha ido
haciendo cada vez mas popular. Hoy Internet suma miles de redes y
cientos de millones de usuarios, creando y compartiendo información en
cualquier parte del mundo. El crecimiento brutal de la red, nunca
sospechado, es inimaginable. En 1993 Internet contaba con
aproximadamente 500 servidores de red y con 1,3 millones de ordenadores
nodales. Para 1997 los servidores eran ya 650.000 y los nodos 12,9
millones. Hoy, en diciembre de 2001 el número de servidores es de varios
millones y el de nodos de varios cientos de millones, no cuantificables
en absoluto, pues la red cambia a cada instante. El desarrollo de
Internet ha sido acompañado por toda una nueva tecnología,
que en teoría debe facilitar el acceso a la información. Nuevos soportes
informáticos como los CDROM o los DVD, las bases de datos, los
ordenadores personales, se desarrollaron para facilitar ese trabajo.
Pero la realidad es bien distinta. La calidad de la información
y la facilidad de búsqueda dejan mucho que desear. El caos que
reina en Internet amenaza con sepultar los datos “buenos” entre
toneladas de bits “basura”, haciendo casi imposible una búsqueda rápida
y eficaz. No cabe duda que Internet, o las redes que la sucedan, es el
medio del futuro para los investigadores. Pero es la misma palabra
“futuro” la que desconcierta. Al ser un medio en constante cambio y
adaptación se corre el riesgo de perder por el camino enormes
cantidades de datos vitales. Los mismos correos electrónicos no
son almacenados de forma permanente en ninguna parte, una vez enviados
sólo quedan en los discos duros de los protagonistas de los mismos. Así,
la tradición epistolar se pierde, pues casi nadie
imprime sus e-mail y pocos los guardan largo tiempo en sus ordenadores.
La correspondencia privada, herramienta fundamental
para conocer personajes del pasado, se está perdiendo para siempre. Y
que nadie respire aliviado si cree que por guardar sus datos en un CD
van a estar resguardados del paso del tiempo porque los formatos
de grabación actuales son todo menos imperecederos.
Bibliotecas digitales
Para los historiadores, los
archivos son vitales. Por esto es
previsible que, en un futuro no muy lejano, las tecnologías de la
información nos permitirán acceder a archivos municipales, nacionales o
de cualquier otro tipo desde un terminal situado en cualquier lugar del
planeta, sin limitaciones de horarios y sin desplazamientos. Hoy día ya
es posible consultar las bases de datos de la mayoría
de los archivos importantes vía Internet. Esto no significa tener acceso
al documento buscado, pero sí conocer su contenido y localización. Con
el tiempo, posiblemente se digitalicen la mayoría de los documentos
históricos para que estén disponibles en línea. Además, la mayoría de
las bibliotecas de importancia de todo el mundo ya han puesto a
disposición de los internautas sus catálogos. Hay proyectos, como el
Gutenberg, en los que ya es posible consultar vía
Internet cientos de obras clásicas en formato electrónico. La
mayoría de estas bibliotecas virtuales muestran contenidos en inglés.
En España, es loable el esfuerzo del proyecto Biblioteca Virtual
Miguel de Cervantes, de la Universidad de Alicante. Todos estos
ejemplos no son mas que pequeñas muestras de lo que en el futuro será,
supuestamente, la gran biblioteca planetaria virtual. A todo esto se
suman los cientos de bases de datos especializadas y las listas de
correo, muy útiles para cualquier investigador. En París tenemos un
ejemplo de lo que es la “biblioteca del futuro”. Las Torres
Tolbiac, nueva sede de la Biblioteca Nacional de
Francia, disponen de 395 kilómetros de estanterías, para
recibir hasta 22 millones de libros. Pero lo novedoso del proyecto son
las salas con centenares de estaciones de trabajo y nodos de Internet,
para facilitar el acceso al texto completo de 110.000 volúmenes que
abarcan toda la historia y cultura francesa. En el resto del planeta,
las bibliotecas se enfrentan a la tarea de crear copias digitales de
documentos en papel, para que sean accesibles por medios informáticos y
para preservar su contenido. En realidad todo esto es mas teoría que
práctica. El capital económico y humano necesario para tal fin es tan
grande que los procesos de digitalización avanzan con gran lentitud. A
esto se le suman los problemas legales sobre propiedad
intelectual. Para las bibliotecas, la digitalización presenta
muchas ventajas. Permite el acceso a fuentes raras y frágiles sin
peligro para su integridad. Así, por ejemplo, pueden consultarse
manuscritos medievales sin necesidad de tocar físicamente los
ejemplares, evitando su deterioro. Otra ventaja es la comodidad. Un
mismo documento puede ser consultado por varias personas a la vez, y no
hay que esperar al término de un préstamo para acceder a la fuente
buscada. Además, las copias digitales ocupan un espacio mínimo,
en comparación con las toneladas de papel que necesitan los almacenes de
documentos tradicionales. Se ahorra así espacio, tiempo y dinero. La
transición desde las bibliotecas y archivos tradicionales a los nuevos
soportes informáticos, puede traer problemas con los usuarios. Cuando
hay un número amplio de fichas bibliográficas digitalizadas, las
tradicionales suelen ser “olvidadas.” Lo mismo ocurre con los libros en
línea. Imaginemos ahora que millones de libros y revistas están ya
disponibles, a texto completo, en Internet. ¿Podrán las generaciones
futuras acceder a ellos sin problemas? El envejecimiento técnico
de los soportes resultará un gran problema. Además, muchos de
los contenidos de las redes, como los diarios digitales, posiblemente no
se almacenarán durante mucho tiempo. Cada pocos años, las bibliotecas
tendrán que ir exportando sus documentos a los nuevos soportes. El
copiado de archivos puede resultar dificultoso pues se deben adaptar a
nuevos programas y formatos. Este trasvase de información traerá
degradación en los datos y, con ello, la pérdida de información, mucha
irrecuperable al no existir versión en papel.
La conservación de Internet
Al igual que antiquísimos documentos,
degradados y perdidos para siempre, como las antiguas películas de
finales del siglo XIX y principios del XX, descompuestas en los sótanos
de oscuros almacenes, con sus imágenes irreproducibles, Internet
va camino de ser un pozo negro para la información. Para la
reconstrucción de una época pasada utilizamos los
documentos supervivientes de la misma. Muchos libros se
han perdido, muchas fotografías se han degradado. Aun así. por medio de
reconstrucciones, a partir de los materiales que quedan, es posible
conocer las vidas de muchos de nuestros antepasados con un nivel de
detalle muy alto. A través de las cartas de conocidos, familiares y
amigos. Registros de propiedad. Artículos en viejos periódicos. Partidas
de nacimiento y otros registros de la Iglesia. Hay muchos pedazos de
nuestro pasado que tienen algo que contarnos acerca de sus
protagonistas, esperándonos en forma de papel añejo y
amarillento. ¿Pero qué recuerdo quedará de nosotros? ¿qué
documentos dejaremos atrás? Un historiador del siglo XXII,
¿tendrá una base documental fiable para reconstruir nuestra época?
Puede que su esfuerzo sea inútil, sobre todo si el intercambio epistolar
y los trámites los dejamos en manos de Internet exclusivamente.
Los contenidos de la red se modifican día a día, siendo imposible
archivar todo lo que en ella se contiene. Muchos de los datos
que circulan por los cables de cobre y fibra óptica son totalmente
inútiles para el futuro historiador. Sin embargo, hay otros muchos datos
útiles que temporalmente se “cuelgan” en Internet, para con el tiempo
desaparecer para siempre siendo totalmente irrecuperables. Hoy ya hay un
proyecto cuyo objetivo consiste en almacenar “todo” el contenido de
Internet para que en el futuro pueda ser consultado por los
investigadores. Esta idea se enfrenta a muchos problemas técnicos y
jurídicos. Puede que en un futuro, los cientos de terabytes que almacena
este “archivo de Internet”, sean ordenados para una consulta racional.
De momento,
se limita a “indexar” cuantos contenidos copian sus programas
robot-araña. Estos programas exploran la red capturando documentos y
enlaces buscando referencias cruzadas. Cada cierto tiempo se repite el
proceso, copiando de nuevo los mismos documentos, guardando los cambios
y buscando nuevos enlaces. Pero la recolección del patrimonio de
Internet no puede ser exhaustiva. Muchos lugares de la red, protegidos
por autores y editoriales, restringen el acceso, con lo que es imposible
copiar al archivo sus contenidos. El verdadero objetivo del proyecto,
dados estos impedimentos, será mostrar el aspecto que ofrece Internet en
un periodo determinado. Algunos historiadores ya han encontrado utilidad
al “Archivo de Internet.” Según refiere Brewster Kahle,
creador del proyecto, la Institución Smithsoniana ha recurrido al
archivo para documentarse sobre las elecciones presidenciales
estadounidenses de 1996. Si el proyecto se mantiene en el tiempo, será
posible para un historiador del futuro, navegar por una versión limitada
de Internet Diciembre 2001, por ejemplo.
La muerte de la imprenta
Ahora mismo estamos viviendo una revolución
similar a la que Guttenberg propició al utilizar la imprenta. La
información no será tratada ya de igual forma. Desde los hipertextos a
las fichas bibliográficas virtuales. Desde los periódicos sin
papel a los textos virtuales para palmtop. El papel pierde su
importancia, los flujos electrónicos parecen ganar la partida. Los
ordenadores harán cambiar para siempre la forma en que escribimos y
leemos. Internet va teniendo más importancia para la difusión de
artículos de investigación. Esto traerá una gran crisis al sistema
tradicional de edición. La misma evolución de la ciencia demanda este
cambio, las disciplinas crecen y se dividen en subdisciplinas, cada una
con sus correspondientes revistas especializadas. El caudal de
información científica de duplica aproximadamente cada doce años.
Las publicaciones especializadas suelen tener un número de subscriptores
muy limitado, por lo que los costes de una edición en papel son
prohibitivos. Las ediciones digitales facilitan las cosas. Los precios
de muchas publicaciones académicas se han vuelto tan caros que muchas
universidades no pueden costearse su adquisición. Además, el volumen en
papel de muchas de ellas comienza a dar problemas por falta de espacio
en muchos departamentos de investigación o bibliotecas. A modo de
ejemplo, una columna construida con las revistas del índice anual de
Medline, tendría una altura de más de doscientos metros. El mismo
contenido, pero en versión CDROM, ocuparía solamente 960 discos, con una
altura de pocos metros. Todavía pocas revistas, con formato digital
exclusivo, han alcanzado prestigio. Esto va cambiando rápidamente pero
hay peligros surgidos, precisamente, de lo fácil y económica que es este
tipo de edición. Se ha llegado en la red a la cultura de la permisividad
total. Todo el mundo puede publicar lo que quiera. Encontrar
informaciones serias entre tanta bazofia será una tarea cada vez más
difícil. Por todo esto se impone un riguroso control de calidad para
todos aquellos contenidos que pretendan ser serios. Los
criterios de calidad, para publicaciones electrónicas científicas,
debieran ser de carácter universal. Esto es algo en lo que está
trabajando la UNESCO, pero todavía habrá que esperar. Mientras tanto
algunos científicos han decidido colocar públicamente y con acceso libre
muchos de sus trabajos que no han pasado ningún filtro de revisión por
pares. No cabe duda, en el futuro casi la totalidad de las publicaciones
científicas se nos mostrarán en versión electrónica exclusivamente. Lo
que no sabemos es cuán caótica será la transición desde las versiones
impresas hasta el imperio de las publicaciones virtuales. La
caducidad de los documentos digitales. Para documentarnos sobre
temas referentes a siglos pasados, pasémonos por las bibliotecas y
archivos. En ellos nos están esperando textos de esas épocas, para
contarnos sus historias. Papeles de hace cientos de años son
perfectamente legibles hoy día, sin necesidad de más hardware que
nuestros ojos, ni mas software que nuestra capacidad de lectura y
comprensión. Escribimos un artículo de investigación sobre el tema en
cuestión y nos lo publican en una muy prestigiosa revista científica, en
edición digital, por supuesto. Además guardamos copias en nuestro
querido e incorruptible CD. Han pasado ochenta años, un historiador del
futuro encuentra una referencia a nuestro artículo en Internet. Intenta
leerlo, para ello visita la página de nuestra revista. Mala idea, hace
cincuenta años que no se publica y sus archivos ya no se encuentran en
la red. Se han perdido para siempre. Después de mucho investigar, logra
hacerse con el CD, que legamos a uno de nuestros tataranietos. En su
portada, marcado con tinta negra de rotulador, el historiador lee el
título de tan deseado artículo, la búsqueda ha llegado a su fin.
Lástima, ya no hay reproductores de CDROM, ni se utiliza el procesador
de textos en el que se redactó y el sistema operativo empleado para ello
hace décadas que está en el olvido. Conclusión: no tiene más que un
pedazo de plástico circular sin valor alguno, no es posible recuperar la
información contenida en el, aunque ésta no se haya degradado, no quedan
máquinas con las que leerlo. Esta ficticia situación, aunque parezca
poco real, ya se ha dado. ¿Alguien recuerda como se utilizan las cintas
magnéticas para computador de los años 70? ¿Y la tarjetas perforadas?
¿Dónde se encuentran máquinas para leerlas? ¿Y personal que sepa
manejarlas? La respuesta es simple: en ninguna parte. Los datos
contenidos en esos soportes se han perdido para siempre. Según
un informe de 1990 de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos,
el censo de 1960 se salvó, de milagro de la pérdida total. La
información digital ha sido ensalzada porque puede copiarse sin pérdida
de datos. Lo que casi nunca se ha cuestionado es su longevidad. La
esperanza de vida de los medios de almacenamiento digital, teniendo en
cuenta condiciones óptimas en las que no se pierde ningún dato, es mucho
menor de lo imaginado. Una cinta magnética, como las de audio o VHS,
comienza a deteriorarse a los cinco años. Los discos magnéticos de 3,5″
pulgadas que utilizamos en nuestros ordenadores comienzan a fallar
pasados entre cinco y diez años. El “eterno” CD o los novedosos DVD
mostrarán síntomas de pérdida de información dentro de treinta años. Las
publicaciones en papel seguirán acompañándonos durante muchos años.
El creciente peso de los documentos digitales, sin embargo, nos
debe hacer recapacitar sobre qué le estamos legando realmente al futuro.
Los historiadores del futuro posiblemente se encuentren con materiales
intraducibles. Para ellos, las inscripciones en piedra de la antigüedad,
serán más legibles que varias toneladas de discos compactos, desgastados
y sin ordenadores compatibles para leerlos. Internet es otro problema,
sus datos no suelen almacenarse por mucho tiempo, así que es terreno
perdido. Siempre cabe la posibilidad de desarrollar normativas estándar,
como una Piedra Rosetta, que permitan leer documentos digitales a
nuestros descendientes, aunque viendo el vertiginoso desarrollo de las
tecnologías de información y los cientos de formatos y programas
utilizados, parece muy difícil alcanzar el acuerdo.
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