
Una historia del zapato femenino. Lo que es moda e
incomoda
Taco alto, taco bajo, plataforma, taco chino, stiletto, chatita,
abierto, cerrado, con o sin pulsera, ídem el talón... El de los
zapatos, más que un mundo, es un universo en el que puede leerse
casi todo lo referente a los géneros y sus ideales: ¿qué se supone
que dice ese modelo?, ¿qué se supone que pensó quien lo diseñó?,¿por
qué muchos de ellos, siendo accesorios, se convierten en mensajes
con capacidad de dañar la salud?
No le había preguntado el nombre —ni el signo, ni si trabajaba o
estudiaba, más que nada porque las mujeres no estudiaban ni
trabajaban ni tenían permitido demostrar personalidades tan
disímiles como Géminis y Capricornio—, no había anotado su celular
en su celular y, ni siquiera, sabía su nombre. Su zapato era su
rastro, su seña, su identidad, su huella. Con su zapato —za-pa-ti-to,
en una no inocente minimización del pie de la damita de deseo— el
príncipe buscó a la princesa. Las hermanastras malas —sinónimo de
feas— tenían el pie grande —sinónimo de malas y feas— y la
princesita desdichada —sinónimo de buena— tenía el pie chiquito
—sinónimo de linda— que la hizo dejar de ser Cenicienta y pasar a
ser la protagonista de un cuento de princesas.
Lo raro no es el cuento —que ya sabemos todas— que hacía de una
mujer frágil, bella, triste y delicada una princesa. Que hacía de
una princesa una mujer que podía ser rescatada. Que hacía del
rescate del príncipe la salvación para una mujer triste. Que hacía
de un cuerpo chico —un pie pequeño— una puerta para esa salvación. Y
que hacía de un bello zapatito de cristal una llave para esa
titilante fantasía de dejar de fregar como Cenicienta para entrar a
dar vueltas en un baile de palacio, sin más baile de tareas
domésticas.
Lo raro es que esos zapatitos de cristal —de cuero, de goma, de
charol, de gamuza, de cuerina, de strass, de...— siguen asomando a
las mujeres a un mundo en puntas de pie. Igual que cuando las
mujeres eran princesas o no eran nada y tenían que caminar sin hacer
ruido (o hacerse notar), igual que cuando en la China las madres
envolvían a las hijas entre telas que expulsaban el alma y
apretujaban los dedos porque la belleza era tortura y la belleza
eran pies chicos, igual que cuando las mujeres eran reinas de un
mundo encerado y en patines (no rollers, sino dos franelitas para no
marcar), igual que cuando las mujeres —literal— no caminaban, no
hacían camino, no corrían, no trabajaban, no se desplazaban, no
estudiaban, no se paraban a esperar o andar en colectivo. Lo raro es
que el mito del pie chiquito y en punta siga siendo sinónimo de
femenino. Y que aun las mujeres que se atreven a sacarse todo sin
preguntarle al que se saca (o se deja sacar) el nombre, como el
estereotipo de Carrie de Sex and the City necesiten hiperpoblar el
ropero de zapatos.
Por supuesto, no son todas las mujeres las que se calzan tacos símil
agujas, también están las plataformas —que al menos hacen de la
altura una vereda personal con más altura—, las que acomodan las
zapatillas para adueñarse del estilo que se quiere dar, las que
eligen unas botas con apenas unos centímetros de elevación personal.
Pero, más allá de las opciones individuales, es interesante que la
medicina advierte —una vez más— sobre aquello que la moda dice que
les queda bien a las mujeres y que, en realidad, les hace mal a las
mujeres. Tanto que en un estudio de la Asociación Americana de
Ortopedia, el 80 por ciento de las mujeres tenía un tipo de dolor en
el pie y el 88 por ciento de ellas usaban zapatos que eran más
pequeños que sus pies.
¿De taquito?
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1. Stine
Heilmann, 1996. 2.Stéphane Couvé Bonnaire, 1996. 3.
Andre Perugia, 1931. 4. Samuele Mazza, 1992 |
“Los zapatos de mucho taco generan un desplazamiento del pie hacia
adelante que provoca alteraciones que empiezan a ser molestas”,
apunta el traumatólogo y consultor del Hospital Garrahan Jorge
Groiso, quien remarca: “Tendría que haber educación para la salud y
no para la moda”. Coincide con él Gastón Slullitel, médico
traumatólogo de la sección de cirugía de tobillo y pie del Hospital
Italiano, que subraya: “El tipo de calzado que usan las mujeres es
un condicionante claro de las patologías que se ven en las consultas
diarias y esto probablemente se debe a que las mujeres argentinas
privilegian los valores estéticos y la moda a otros aspectos
funcionales”.
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5. Inglaterra, 1890. 6. Lars Hagen, 1991. 7.
Italia, 1600 |
“Los zapatos de taco sitúan al pie en una posición
que resulta antinatural”, remarca Slullitel. Con él coincide Lucía
Leiva, docente y amante del pie descalzo. Sin embargo, muchas otras
mujeres, como la guionista de televisión Cecilia Geraghty prefieren
subirse a unos tacones que hagan más que transportarla. “Los zapatos
son para mí la debilidad que no tengo por el chocolate. No puedo no
mirar una vidriera de zapatos. Y sí soy capaz de hipotecarme por
tener zapatos o botas nuevas. Puedo estar una temporada sin
comprarme ropa. ¡Pero sin comprarme zapatos jamás! Al punto que si
me gano el Loto me gasto la mitad en zapatos.”
Con el fervor a cuestas —o a cuestas de ella— la receta de Cecilia,
casera y cotidiana, es sencilla: “Adherí al mito de que si no usás
el mismo par de zapatos dos días seguidos nunca te van a hacer mal”,
aconseja. En este punto, el traumatólogo Slullitel también ayuda a
no demonizar esos amados stilettos rojos —capaces de levantar la
autoestima o de dar ganas de pista— o hegemonizar en un mismo pie de
igualdad todos los días y todos los gustos. “Tampoco es lo mismo
usar una noche un taco que usarlo habitualmente. Si a las mujeres
les gusta usar tacos por moda, que no lo hagan de manera habitual”,
recomienda el traumatólogo del Hospital Italiano.
Virginia Pini, diseñadora, sigue esa receta: “Soy amiga de la
comodidad: nada de zapatos con punta y mucho menos stiletto o aguja.
Los tacos me gustan, pero me los compro más bien gruesos, amo las
puntas redondas o cuadradas y también me gustan las plataformas,
esas sí las uso altas, pero no muy seguido”.
Tal vez lo interesante de ese debate que está tan abajo como los
pies es si la permanencia de la moda de usar tacos aguja, chinos,
cuadraditos, en punta es un signo de la permanencia de los
condicionamientos para empaquetar e impedir la movilidad (hasta
social) de las mujeres. O si esa pasión por los zapatos que se
renueva es un signo distintivo de los gustos, disgustos y cambios
posibles en la vida de una mujer que —ahora también— quieren ser
anulados o uniformados por el estándar del concepto de vida
saludable.
Irene Meler, coordinadora del Foro de Psicoanálisis y Género, de la
Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, analiza el camino de un
posible equilibro entre pies en alto y pies deslucidos: “Los zapatos
de tacos altos refuerzan la imagen femenina como objeto de
contemplación y del deseo masculino. Los tacos cómodos implican una
representación de las mujeres como sujetos activos, más preocupadas
por las tareas a cumplir o por las exploraciones a realizar, que por
el logro de una exhibición exitosa. Es de esperar que las mujeres
jóvenes logren una mayor autonomía subjetiva, que, sin renunciar a
la seducción erótica, no sacrifique la comodidad y la libertad de
movimientos. Mujeres que no sólo sean miradas, sino que también
miren, toquen, huelan y saboreen el ancho mundo”.
Parte de ese sabor cotidiano por la vida también es la moda, no sólo
como capa estética, mandato social o marketing, sino, también, como
decisión personal y visual frente al mundo. En ese sentido, Mechi
Bustos, curadora de estilos propios para Skip define el valor de ese
último o primer detalle de cada mañana al vestirse (o desvestirse):
“Los zapatos son importantes mensajeros del estilo propio de una
persona, según la decisión de cada mujer primará el efecto estético
o el confort y la salud. Las mujeres que tienen un estilo más
sofisticado y sensual, independientemente de la edad, ven en los
tacos objetos definitivos de culto e iconos máximos de su estilo con
lo cual más allá de cualquier recomendación se mantendrán fieles a
su uso”.
Pero, como dice Irene Meler, en las nuevas generaciones algo está
cambiando. No por nada antes los 15 eran el bautismo de la feminidad
—y ese bautismo tenía como ritos ornamentales la fiesta, el rouge y
el permiso a los zapatos altos— y ahora sigue la fiesta pero con
zapatillas botita. “Las adolescentes y jóvenes se abstienen casi por
completo de vestir cualquier objeto que les resulte incómodo
—asegura Bustos—. Sus pies, acostumbrados al continuo uso de
zapatillas, chatitas y botas de horma ancha sufren una incomodidad
aun mayor frente a estos elementos fetiches de tortura.” Las más
grandes sí saben qué es eso de pararse con ganas de ver más lejos
(aunque se pueda llegar a un lugar más corto), pero los zapatos
especiales son para ocasiones especiales. “Las jóvenes adultas sólo
siguen eligiendo los tacos para ocasiones como casamientos, eventos
laborales y alguna que otra salida especial de fin de semana. Pero
casi han quedado erradicados de su vida diaria”, define la curadora
de estilos del portal de Internet ww.guardarropaskip.com
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8. E.E.U.U. Años'70. 9. Steven Arpad, 1939. 10.
Goody Two Shoes, Años '70. 11. China. Principios del Siglo XX. |
No sólo los zapatos definen marcas generacionales,
también pisadas históricas. Este es el recorrido que traza Daniela
Gutiérrez, investigadora de Flacso y ensayista sobre los zapatos
como bienes culturales: “En la antigüedad, zapatos y sandalias
definían a la Grecia clásica. Los zapatos suntuosos son del Medioevo
y las botitas cortesanas del Renacimiento. Las geishas casi no
pueden caminar pero tienen los pies limpios y puros. El pie más
bello tiene capas, como la mariposa, en la costumbre de vendar los
pies de las jóvenes en China. En la Primera Guerra Mundial aparecen
las botas militares y con la Revolución Industrial se crean los
primeros zapatos cómodos para que trabajen las mujeres. Pero un
cambio radical es que cuando las mujeres empiezan a ser poderosas se
suben a los tacos. Hay algo de elevación. Ellas son las que mandan.
No necesitan zapatos cómodos para trabajar. Las enfermeras o las
mucamas necesitan comodidad. Las que más decisiones toman son las
que mejores zapatos tienen. Y la última etapa es la de limusinas
para los pies: las súper zapatillas con la retórica de volar y el
gusto por la liviandad”.
La relación entre la escala del taco y la escalada femenina es
interesante. Para algunas mujeres subir implica usar métodos
masculinos y vestimenta ultrafemenina, para otras llegó la hora de
no tener que demostrar que se tienen más cualidades que un varón —ni
más altura que la propia— para ocupar un mismo puesto y, para otras,
dejar de usar tacos significa borrar las huellas más distintivas de
su erotismo para no ser más miradas sensualmente que calificadas
laboralmente. Mechi Bustos analiza cómo se plantan las mujeres
laboralmente a través de sus zapatos: “Los tacos de por sí se
asocian con la femineidad y la sensualidad, con lo cual, en
organizaciones machistas, incluso podría llegar a ser hasta
contraproducente para la imagen de una ‘profesional sólida y seria’
el uso de unos tacos demasiado altos o llamativos. Además, los
códigos de vestimenta en el ambiente laboral argentino están siendo
cada vez más flexibles, lo que hace innecesario desde lo funcional
el uso de tacos. Con lo cual, los zapatos más utilizados en los
entornos laborales son generalmente de cuero o de cuerina, negros o
marrones, bajos o con pequeños tacos de 2 a 5 centímetros. Esto
resulta una conciliación exitosa entre no perder la habilidad de
caminar y preservar la formalidad y calidad integral del equipo”.
Elisa Sulkin, ejecutiva de una empresa multinacional, ejemplifica
con su andar otra ventaja de los zapatos (¡no hay que hacer dieta
para comprarlos!): “Soy lo que se llama ‘rellenita’. Tengo margen
para usar tacos y esto me permite no sufrir con dietas interminables
para bajar los kilitos de más, pero en cambio me MATA literalmente
gracias a mis callos plantales que, luego de un par de horas,
empiezan a reclamar”. No hay privación de dulce de leche, pero sí
harakiri en los pies. “Subo las escaleras rengueando y descalza,
clamando por las pantuflas. No hay caso, los tacos ayudan a alargar
la figura, a pararse mejor, a la elegancia, pero, al menos en mi
caso, todo eso lo cobran al final del día. Ni hablar de los tacos
aguja, ésos ya los descarté. Porque puedo soportar el dolor, pero no
el ridículo. No sé caminar con ellos, ya una vez se me clavaron en
el asfalto justo cuando dio luz verde Libertador y casi muero
atropellada al tratar de rescatarlos. Para salvarme (y salvar los
zapatos que habían salido carísimos) tuve que sacármelos y salir
corriendo descalza”.
Luciana Peker es periodista argentina
especializada en la temática de los derechos de las mujeres. Escribe
mucho sobre los derechos de la mujer, especialmente en la Revista
Luna (Editorial Perfil) y algo también en el suplemento Las 12, del
diario Página 12 de Argentina.
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