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250606 - Hacer zapatos, ¿Un
oficio menor?
Producto
simple, artesanal, hecho a mano como el de los
herreros, los tintoreros y los curtidores, el zapato fue un
aditamento útil y necesario,
estaba
allí en función y en sustancia. La historia documenta, sin embargo,
numerosas excepciones a lo largo de los siglos en que ese artefacto
fuera concebido como un producto de lujo y de especial diseño: en el
siglo XII, la reina Leonor de Aquitania le encomendó a su amante y
árbitro de estilo de la corte, el trovador Bernard de Bertand, que
diseñara suntuosos vestidos largos de amplia cola y ligera caída,
imposibles de lucir sin su complemento adecuado, un hermoso calzado.
Bertand los mandó fabricar en cueros dúctiles y hormas puntiagudas.
Bellos pero incómodos, los pies de las damas comenzaron a sufrir,
signo evidente –se pensaba– de elegancia y devoción religiosa a la
vez.
Se afirma que de ese diseño podría
provenir de un tipo de calzado conocido en inglés como court shoe,
cuya traducción literal sería zapato de corte, y en español
llano zapato de vestir, como bien puede advertirse en alguno
de los innumerables y maravillosos modelos diseñados por Ferragamo,
por ejemplo, uno confeccionado entre 1948 y 1950, aún en muy buenas
condiciones, de alto tacón Luis XVI –ligeramente curvado–, en ante
negro perforado en el frente y los costados con tiras irregulares de
charol gris claro incrustadas, y casi idéntico, aunque lejano en el
tiempo, a otro par modelo Fiamma, manufacturado asimismo en Italia y
realizado entre 1928 y 1930 que exhibe las mismas tiras irregulares
–un poco más gruesas– confeccionadas en cabritilla color tabaco. Si
se cotejan ambos modelos, es fácil advertir las semejanzas y ligeras
diferencias (el ancho del tacón y el grosor y forma de las
incrustaciones), reiteradas en la ficha técnica que los cataloga y
los clasifica como objetos artísticos, a la manera en que hoy se
clasifican otro tipo de objetos de uso cotidiano: la cerámica, la
cristalería. Bueno es recordar que la mayoría de los museos dedican
ya una sección importante de sus edificios –entre otros, el
Metropolitan de Nueva York, el Albert and Victoria de Londres o la
Galleria del Costume en el Palazzo Pitti de Florencia– a albergar el
Arte de la Moda y, desde 1995, en Florencia, el Palazzo Spini Feroni,
sede de la firma Ferragamo.
De ambos modelos, totalmente vigentes
hoy, se ha conservado sólo un pie: de uno, el izquierdo, del otro,
el derecho. Me viene a la mente, irremediable, el anuncio que leí en
una revista inglesa de anticuarios: hacia 1970 se encontró intacto
un par de zapatos del siglo XVII, ambos en estado perfecto; fueron
rematados en la casa de los lores de Northampton por veinte mil
libras esterlinas, no tanto por su perfección como por el hecho
increíble de que se trataba de un par completo. Tampoco quiero dejar
de consignar aquí otra anécdota que siempre me asombra: cuando María
Antonieta fue guillotinada, dejó caer sus hermosas zapatillas de
raso de seda –¿blancas?– al pie del patíbulo. Sólo pudo recuperarse
una, exhibida por turnos en seis nichos exquisitamente forrados de
seda clara durante la exposición organizada en Caen para celebrar el
segundo centenario de la Revolución francesa. Ahora bien, si los
nichos estaban forrados de blanco, ¿no es posible deducir que la
zapatilla era seguramente de color oscuro?
En la Francia del siglo XVII hicieron
su aparición zapatos para hombre, adornados con cintas y provistos
de un pequeño tacón, llamado "Louis" (bautizado en el ámbito de la
moda del siglo XX como tacón "Luis XVI": los siglos y los títulos se
encabalgan). En el XIX desaparecieron los listones y, para bailar,
los hombres calzaron finos escarpines de diversos cueros rematados
por un vistoso pompón. Es poco conocido el hecho de que el apelativo
histórico del emperador Calígula –en realidad, Cayo César Augusto
Románico– proviene de calige, nombre con que se designaba su
calzado favorito, un tipo de sandalias usadas por los legionarios
romanos, cuyas suelas se decoraban con tachuelas doradas, siguiendo
patrones diversos como distintivo de cada legión. Las emperatrices
romanas llevaban sofisticadas sandalias de suela de oro y tiras
recubiertas de joyas preciosas, antecedente de las descotadas
sandalias de altísimo tacón –tipo Manolo Blahnik–, signos
distintivos e indispensables hoy de la alta costura. No puedo menos
que recordar una línea de calzado inventada y patentada por
Ferragamo durante la segunda guerra mundial, conocida como "el
zapato invisible", cuyo cuerpo está formado por hilos de nailon
unidos en el centro a una tira vertical de piel –roja, dorada,
verde, rosa, morada–; contrastan los colores inexistentes del nailon
con la tira perforada central y la plataforma de cuerpo oscuro o el
tacón de cuña que él inventó y designó con el nombre de "F",
confeccionado en corcho o en madera forrada de piel, a veces
coloreada del mismo tono que la correa y la tira transversal que
reúne los numerosos, elegantes y fínísimos hilos que dejan el pie
casi totalmente desnudo. Piénsese que en el siglo XVI, Teresa de
Ávila o de Jesús provocó un cisma en la Iglesia católica al imponer
como regla el uso de austeras sandalias descotadas para reformar la
orden de los carmelitas descalzos, y que las prostitutas romanas
decoraban la suela de sus sandalias con la palabra sígueme:
dejaban su huella sobre la arena.
Al
principio de su carrera, en 1923, Salvatore Ferragamo usó sandalias
para vestir los doce mil pies de los extras que actuarían en la
película muda de Cecil B. DeMille, Los diez mandamientos; las
mujeres elegantes de entonces consideraban vulgar y hasta indecente
mostrar los dedos y el talón de los pies. En su autobiografía
confiesa que la primera persona para quien hizo sandalias fue una
princesa oriental a quien había conocido mientras vivía en Santa
Bárbara –por entonces una de las Mecas del cine mudo–, y quien no
tuvo ningún empacho en mostrar plenamente sus pies; el resultado, la
sandalia "romana", una variante del modelo diseñado por Ferragamo
para la película mencionada: una sandalia plana, amenizada por una
orla de encaje que se anudaba encima de los tobillos, y aclamada
unánimemente luego por todas las luminarias del antiguo cielo de
Hollywood. Para esta mujer, de la cual sólo sabemos que era una
princesa multimillonaria, ideó Ferragamo varios años después "los
zapatos más exquisitos y más raros de mi carrera", explica en su
autobiografía. Zapatos nunca vistos, hechos con plumas de colibrí,
conseguidas en la frontera de California con México por uno de los
muchos obreros mexicanos que trabajaban a sus órdenes. Amigo
de las estrellas de Hollywood y a la vez su zapatero, el italiano Salvatore
Ferragamo nació en 1898, en una aldea de la región napolitana llamada Bonito,
"donde no existe el futuro para los ambiciosos" y donde la gente se ha sostenido
durante generaciones trabajando el campo. El onceavo hijo de una familia de
catorce hermanos, Ferragamo decidió dedicarse a hacer zapatos, profesión
menospreciada por sus padres y sus paisanos:
Yo había nacido para convertirme en zapatero,
lo sé y siempre lo supe. Cuando miro hacia atrás [...] advierto cuán
irredenta y constante fue esa pasión que me impulsaba hacia delante para
seguir un camino lleno de dificultades [...] pero jamás pude apartarme de
ese sendero predestinado. Hubiera sido contra Natura y contra Dios. Nací
para ser zapatero [...] profesión que no heredé y cuya única explicación
puede ser que ya en alguna de mis vidas anteriores sobre la tierra hubiese
sido zapatero [...] ¿De qué otra forma podría explicarse este talento que
tengo para el diseño?
Llegado a Boston en 1914, siguiendo a alguno de
sus hermanos que como muchos otros italianos habían emigrado, y que curiosamente
se dedicaban todos a la industria del calzado, Ferragamo empezó a trabajar con
su cuñado Joseph Covelli en la Queen Quality Shoe Manufacturing Company,
entonces una de las más acreditadas industrias zapateras de Estados Unidos. Nada
más contrario a su naturaleza y a sus sueños:
Eran buenos zapatos de acuerdo con los
parámetros de la zapatería hecha a máquina, pero no para mí, a mí me
parecían pesados, brutales, torpes, incapaces de compararse con los que
había visto en Nápoles y muy por debajo, mucho, del nivel de excelencia que
me había trazado [...] ¿Cómo podía yo cumplir con mi trabajo en ese
laberinto? Estaba lejos de casa y no podía ser feliz allí. Yo era un
zapatero, no un obrero destinado a llevar a cabo un trabajo maquinal:
ajustar talones, unir las piezas de cuero o cumplir con las labores
asignadas a quienes trabajaban en la industria masiva. No quedaba nada del
oficio de la zapatería artesanal, nada ni un ápice [...] "¡No, no, le dije
vehementemente [a mi cuñado], no voy a trabajar aquí, esto no es un trabajo
artesanal, jamás tendré nada que ver con el calzado hecho a máquina, jamás!
Es admirable comprobar, a lo largo de su
autobiografía, la obstinación con que, contra viento y marea, literalmente,
Ferragamo persigue su sueño de confeccionar zapatos como si fueran una obra de
arte –objetos únicos, preciosos, hechos a mano siguiendo criterios rigurosos– y
a la vez productos destinados a mejorar la salud y la prestancia de quienes los
calzaran. Para lo cual, en cuanto pudo hacerlo –hablar y leer correctamente el
inglés y tener el dinero suficiente–, estudió medicina y química, con el
resultado de que pudo primero calibrar el impacto que el peso del cuerpo tiene
sobre los pies y buscar luego la manera óptima de confeccionar hormas
individuales, así como de explorar las muy diversas y múltiples posibilidades
que distintos materiales podrían brindarle para enaltecer e innovar el arte de
confeccionar calzado.
Lo repito, Ferragamo se sentía predestinado para
cumplir una sola tarea. Por ello decidió dejar Boston y seguir al resto de sus
hermanos a California donde la industria del cine era poderosa pero aún
incipiente. Su primer trabajo allí fue con una compañía cinematográfica, más
tarde incorporada a la Twentieth Century Fox, que lo empleó para corregir los
errores de zapateros anteriores; pronto empezó a recibir encargos especiales,
como por ejemplo hacer las botas y zapatos para películas de corto metraje y,
más tarde, las que usarían los personajes de uno de los géneros más importantes
que introdujera Hollywood, el cine de vaqueros.
Quizá esta experiencia acumulada le haya servido,
ya de regreso en Europa en 1927 –época en que ya iba aureolado por la fama–,
después de comprobar que ya no había artesanos en Estados Unidos y que el único
lugar donde entonces era posible seguir confeccionando su calzado a mano era en
Italia, Ferragamo empieza a elaborar el calzado de las figuras más celebradas y
principescas de Europa y del mundo entero. Él mismo nos lo narra:
Mis clientes se extendieron a la elite de
casi todos los países: la reina Elena de Italia, esposa del rey Vittorio
Emmanuelle III me mandó a buscar, hice los zapatos para la boda de la princesa
María-José de Bélgica, hija del rey de los belgas, con el príncipe (más tarde y,
por un breve tiempo, rey) Umberto; Mussolini vino a mí con callos y ojos de
pescado; su amante, Claretta Petacci, vino también; Eva Braun, la amante de
Hitler, llegó rodeada de guardias nazis; una mañana cuatro reinas estaban
sentadas al mismo tiempo en las cuatro esquinas de mi salón de Roma: las reinas
de Yugoslavia, Grecia, España y la de los belgas. La majarani de Cooch Behar
ordenó cientos de pares de mis zapatos. Duquesas y condesas, las mujeres de los
más ricos negociantes y miembros del cuerpo diplomático, las principales
estrellas del cine, todos vinieron a mí, mandaron sus órdenes o compraron mis
zapatos donde podían encontrarlos.
Sí, Ferragamo calzaba a Benito Mussolini;
Mussolini, cuyos pies defectuosos Ferragamo sanó, confeccionándole a la medida
numerosos pares de botas de excelente calidad; su amante Claretta adoraba los
bellos zapatos y era, piensa nuestro artífice, totalmente neutral, pues
seguramente no estaba enterada "de la política que su amante controlaba. Estoy
convencido de que ella lo amaba locamente, aunque no sé cuánto la haya amado
él". Y agrega: "Cuando la mataron junto con el Duce, había en el Palazzo Feroni
[el bello palacio antiguo que Ferragamo había comprado en 1938 y dónde había
instalado su fábrica y hoy se alberga su colección] cerca de cuarenta pares de
zapatos aún sin pagar."
Con la llegada de la guerra, Ferragamo se
enfrentó a terribles dificultades. Estaba estrictamente prohibido usar cuero
–destinado solamente a las botas de los soldados–, en cambio, se utilizaban otro
tipo de materiales: los sobrantes de los materiales usados para la confección de
zapato militar, el fieltro, el cáñamo, el caucho, el nailon, el celofán, el
plástico para el cuerpo del zapato, la madera o las resinas sintéticas para los
tacones y el corcho para los que tenían forma de cuña, invención prodigiosa
hasta hoy perpetuada y que regresa siempre a los desfiles de los diseñadores. Es
asombrosa la forma en que la enorme capacidad inventiva de Ferragamo pudo no
sólo suplir la falta de materiales, sino crear con ellos muchos de sus más
hermosos y perfectos modelos. Elijo uno: aunque lo haya confeccionado entre 1936
y 1938, es un antecedente de los que había de confeccionar entre 1940 y 1945. Se
trata de una sandalia con el talón descubierto, de alto tacón de madera (nueve
centímetros), hecha con pasto tejido importado de Filipinas y teñido en diversos
colores, la correa trenzada ajusta el talón y lo remata con borlas, la punta es
ovalada, el bies que rodea a la planta es de cuero anaranjado y el forro del
zapato, de cabritilla clara: en verdad, objeto admirable, maravilloso, digno de
conservarse y de usarse como un estuche, un estuche en el que el pie se cubre de
un tejido tan fino y frágil y, con todo, duradero, semejante y distinto a la vez
en su textura a los hermosos tapetes de flores que adornan las entradas de las
iglesias durante los días festivos y que no están hechos para pisarse.
También
utilizó para sus zapatos la punta oriental, retorcida hacia arriba, y después de
la guerra, cuando las faldas volvieron a tocar los tobillos y el calzado se
volvió más estilizado al influjo de la moda de Christian Dior, modificó los de
tacones de cuña "F" y los conjugó con distintos materiales bordados intercalados
o deshilados como labor de mantelería o de encaje, parecidos a un modelo de
zapatos dorados de vestir que durante la guerra decoró con tiras encapsuladas
dentro de tubos de mica. En alguno de los catálogos o libros que he consultado,
aparece la fotografía de una esbelta sandalia hecha con cintas de oro retorcido
formando cadenas, cuyo tacón estilo Luis XVI –ancho en la parte de arriba y
adelgazado en la base, sin llegar nunca a convertirse en el tacón de aguja o
stiletto tan a la moda de hoy– estaba cuajado totalmente de piedras
preciosas; se vendía a un precio de mil dólares en 1956. La mayoría de sus
zapatos, por ejemplo los transparentes, valían diez años antes 2 mil 750
dólares, el precio de cuatro toneladas de carbón. ¿Será verdad?
Ningún obstáculo o tragedia logró coartar su
capacidad de invención. Él mismo se encargó de subrayarlo: "No hay límite para
la belleza, ni punto de saturación para el diseño, y existen posibilidades sin
fin para crear nuevos y diferentes materiales de confección."
¿Serían cómodos? Ferragamo así lo aseguraba y sus
seguidores lo confirman, ya que volvían una y otra vez a pedirle que realizase
sus distintos modelos, tanto de vestir como deportivos. ¿Acaso no calzó a
Marilyn Monroe, Paulette Godard, Audrey Hepburn, Pola Negri, Mary Pickford,
Valentina Cortese, Lillian Gish, Joan Crawford, Sophia Loren, Greta Garbo, Gene
Tierney, Margaret Lockwood, Barbara La Marr, Vivian Leigh, Bette Davis, Eva
Braun, Anna Magnani, Carmen Miranda, Eva Perón, Dolores del Río, Jean Harlow,
Alicia Markova, Ava Gardner, Hedy Lamarr, Susan Hayward, Claire Booth Luce, la
duquesa de Windsor...?
Muchas fotografías ilustran la forma de trabajar
que tenía Ferragamo: los obreros instalados en las espaciosas y altas
habitaciones del Palazzo Feroni –con sus altos arcos decorados con remates de
estuco–, y las mesas de trabajo por las que siempre se deslizaba supervisando su
calzado. Como si se tratase de naturalezas muertas, admiramos los centenares de
hormas colgadas en muebles especiales, cuidadosamente clasificadas según la
categoría de sus usuarios: el cuerpo diplomático, las familias reinantes, los
aristócratas de Europa, las estrellas de cine... Finalmente, numerosas
fotografías más lo muestran inclinado, a los pies de alguna celebridad,
calibrando entre sus manos sensibles y delicadas la consistencia, belleza o los
defectos de sus pies.
Los zapatos de Ferragamo, este hombre que
provenía del más humilde origen, estaban hechos con destreza, rigor y cariño,
como los zapatos que Juan José Arreola describe en su cuento "Carta a un
zapatero", publicado como parte de su libro Varia invención. Allí le
reprocha a un zapatero remendón el pésimo trabajo que ha hecho al reparar un par
de zapatos excepcionales:
Los que le di a componer eran unos zapatos
admirables que me habían servido fielmente durante muchos meses. Mis pies se
hallaban en ellos como pez en el agua. Más que zapatos, parecían ser parte
de mi propio cuerpo, una especie de envoltura protectora que daba a mi paso
firmeza y seguridad. Su piel era en realidad una piel mía, saludable y
resistente. Sólo que ya daban muestras de fatiga [...] Debo advertir a usted
que carezco de toda instrucción en materia de calzado. Lo único que sé es
que hay zapatos que me han hecho sufrir, y otros, en cambio, que recuerdo
con ternura: así de suaves y flexibles eran.
Ferragamo estaba convencido de que, bien calzado,
ningún pie podía sufrir; antes bien, calzado de forma apropiada, jamás deberían
producirse las deformidades comunes a todos los tiempos y a todos los pies:
juanetes, callos, uñas encarnadas, ojos de pescado. Para él, esos defectos se
curaban con un calzado adecuado; durante largo tiempo un problema lo acongojó:
encontrar la manera óptima de medir los pies para construir la horma perfecta y
un tipo de zapato que se comportase como si fuese una segunda piel. De la misma
manera en que el zapatero remendón a quien el personaje de Arreola reprocha su
incapacidad, Ferragamo culpaba a los malos zapateros de arruinar los pies de sus
parroquianos. "De hecho, el pie bien calzado, nunca envejece –explica el
diseñador–. Mi más reciente confirmación son los pies de Gloria Swanson, quien
me visitó hace poco en mi salón de Florencia. Cuando los tomé entre mis manos,
los hallé tan bellos y jóvenes como la primera vez que los calcé, más de treinta
años atrás."
Gradualmente, durante veinte años de observación
y apoyado en los conocimientos de medicina y química que había adquirido con
paciencia, el secreto le fue revelado. Y como Newton cuando descubrió la ley de
la gravedad, Ferrragamo encontró que el peso total del cuerpo se distribuye,
cuando nos sostenemos erectos, sobre el arco de los pies, y que sólo un área
pequeñísima (cerca de siete centímetros) nos sostiene, y cuando caminamos, el
peso de nuestro cuerpo se balancea entre uno y otro pie. Antes de proceder a
construir las hormas perfectas, es necesario tomar medidas con una regla que va
de la espalda a las extremidades inferiores, para averiguar luego cuáles son sus
características singulares: el ancho, el largo, el alto del empeine, el tamaño y
la forma de sus dedos, la de sus talones y, sobre todo, el tipo de arco que los
sostiene. Durante su carrera inventó y patentó diversas formas para hacer los
zapatos más ligeros, por ejemplo, cuando durante la guerra se vio privado de
metales, cubrió el arco con cabritilla y no con el cuero con que se construía la
suela para sustituir el delgado arco de metal que antes usara.
Termino este texto con sus propias palabras, las
que escogió para verbalizar su pasión:
Amo los pies. Me hablan. Cuando los tomo entre mis manos advierto su fuerza,
su vitalidad o sus defectos. Un buen pie de músculos firmes y bello arco es
una delicia al tocarse, una obra maestra de la artesanía divina. Un mal pie,
con los dedos torcidos, las junturas defectuosas, los ligamentos sueltos
bajo la piel, es una agonía. Al tomar esos pies entre mis manos, me consume
la ira y la compasión, furia de que no pueda yo calzar a toda la humanidad y
compasión hacia aquellos que caminan con dolor.
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