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250606 -
Salvatore Ferragamo
fue un genio creativo del calzado del siglo XX. Sus zapatos son
obras de arte y de artesanía que sugieren fascinantes analogías
entre la arquitectura, el diseño, el arte y los estilos de vida.
Ferragamo
gustaba de llamarse a sí mismo un zapatero, un artesano. Sus
técnicas de construcción, sus materiales –también hechos a mano,
como el bordado o la rafia trenzada; y la creación de sus modelos,
tienen más en común con una bottega renacentista que con un
moderno estudio de moda. Así que no sorprende que fuera en
Florencia, cuna del Renacimiento, donde Ferragamo decidiera instalar
sus talleres y su compañía a finales de la década de 1920. Como un
taller renacentista, el de Ferragamo no sólo diseñaba zapatos, sino
que, cual si fueran esculturas, los modelaba directamente en hormas
de madera que representaban la forma de los pies de sus clientes
famosos: estrellas de cine, miembros de la nobleza y de la realeza.
Y al igual que en el Renacimiento, el desarrollo estético se basaba
en la maestría técnica y constructiva y en la devoción al oficio
mismo.
Sin embargo, Ferragamo era mucho más
que un modisto, mucho más que un artesano-artista que diseñaba
piezas fuera de serie. Ferragamo partía, desde luego, de lo
exclusivo, lo hecho a mano, lo irrepetible, pero también se ocupaba
del problema de la industrialización. La forma fluye de la función y
se deriva del proceso de producción.
Aunque él nunca dibujó personalmente,
siempre tuvo un equipo de delineantes encargados de hacer proyectos
a escala, modelos tridimensionales o cortes transversos de sus
zapatos (más de cuatrocientos diseños tan sólo en Italia), que
reflejaban su tendencia a patentar ideas con un potencial para ser
producidas en serie, como lo haría un diseñador industrial.
No sólo las creaciones de Ferragamo
son excepcionales, su vida también fue extraordinaria y puede leerse
como la trama de una película, una en la cual el sueño de toda una
vida se convierte en realidad. Salvatore, el undécimo en una modesta
familia de catorce hijos, nació en 1898 en Bonito, en el sur de
Italia. Su vocación zapatera surgió a muy temprana edad. A los
dieseis años, luego de ser aprendiz del zapatero local y de una
zapatería de lujo en Nápoles, decidió alcanzar a sus hermanos en
Estados Unidos, compartiendo así el destino de muchos italianos que
emigraban en pos del "sueño americano" para escapar de la pobreza y
el desempleo en su lugar de origen. Para Ferragomo, sin embargo, la
principal motivación era aprender, pues jamás se daba por satisfecho
con lo ya conocido. Se dio cuenta de que en Estados Unidos, donde la
industria moderna del calzado tenía apenas unos años, su profesión
podría alcanzar una proyección que hubiera sido imposible en Italia.
Tras su llegada a Nueva York, se mudó a Boston y obtuvo empleo en
una fábrica que hacía miles de zapatos para la firma Queen Quality.
Salvatore quedó impresionado por la eficiencia de la industria
estadunidense, pero no por el producto final. Vio que los zapatos
fabricados en serie eran bastante buenos, comparados con los
producidos en promedio en ese país, pero resultaban pesados y burdos
en términos de estilo y construcción si se les comparaba con los que
los buenos zapateros podían hacer en Italia.
Salvatore convenció a sus hermanos de
mudarse a Santa Bárbara, en la costa oeste de Estados Unidos, donde
la naciente industria fílmica abría un área de oportunidad para los
fabricantes de zapatos de lujo hechos totalmente a mano. Abrió un
pequeño taller de reparación y fabricación de calzado a la medida, y
en las tardes asistía a un curso de anatomía en la universidad
local, movido por su deseo de crear zapatos que fueran no sólo
hermosos, sino también cómodos y funcionales.
La oportunidad de hacerse de un
nombre propio vino cuando uno de sus hermanos, que trabajaba como
utilero para la American Film Company, logró que Salvatore obtuviera
su primer contrato, consistente en un lote de botas vaqueras. A
partir de entonces, su taller fue asediado por directores y
estrellas del cine mudo, como Pola Negri, Mary Pickford y su hermana
Lottie, Gloria Swanson y Mae West. Cuando la industria fílmica se
mudó a Hollywood en 1923, Ferragamo fue tras ella y abrió un nuevo
taller, el Hollywood Boot Shop, en una de las calles principales de
Beverly Hills, el Hollywood Boulevard, en la esquina formada con Las
Palmas.
Los directores más famosos de la
época, como Cecil B. de Mille, James Cruze, David Wark Griffith y
Raoul Wash, le encargaron a Ferragamo zapatos para sus producciones
épicas –por ejemplo, Los diez mandamiento (The Ten Commandments),
La caravana de Oregon (The Covered Wagon), Flor que renace
(The White Rose), El ladrón de Bagdad (The Thief of Baghdad.
Las actrices se disputaban los excéntricos modelos de Salvatore, en
los que el joven zapatero daba rienda suelta a su genio creativo y a
su pasión por la experimentación con técnicas y materiales.
Desarrollar su carrera en Estados
Unidos, donde las técnicas eran ya muy avanzadas, y crear modelos
sin límites en términos de materiales, eran privilegios que pocos
europeos y ningún italiano disfrutaban en aquellos años. Su gran
problema era, sin embargo, conciliar los crecientes pedidos con la
escasez de mano de obra calificada para la fabricación manual de
calzado.
En su búsqueda de artesanos diestros,
Salvatore decidió regresar a Italia en 1927 y eligió como su nueva
sede a Florencia, una ciudad en la que se concentraban oficios
artesanales que en otros países se volvían cada vez más escasos y
preciados, lo que atraía a muchos compradores extranjeros,
particularmente estadounidenses.
Ferragamo, con su íntimo conocimiento del mercado de
Estados Unidos, sus gustos y necesidades, halló en Florencia el
escenario ideal para su espíritu inventivo. Intuyó la fuerza del
mensaje que combinaba un producto artesanal de calidad con la imagen
de un lugar único, creando en la mente de su clientela, sobre todo
la extranjera, la ilusión de poseer un par de Ferragamos como si se
tratara de un pedacito de Florencia, su arte y sus tradiciones
culturales.
Salvatore
trajo a ese fértil terreno una bocanada de aire fresco, fruto de su experiencia
internacional. Trasladó los procesos de producción de la industria de calzado
estadounidense a la fabricación artesanal, creando así una cadena de montaje
humana en la que cada fase del trabajo era realizada por un zapatero
especializado en esa parte. Introdujo el sistema estadounidense de horma y
medida, cuya numeración era más precisa, no sólo para la longitud del pie, sino
también para su ancho, y le aportó sus propias observaciones. Inventó nuevas
soluciones técnicas, como el enfranque de acero que daba soporte al arco del
pie, y con los años llegó a patentar técnicas de construcción que habrían de
transformar la industria. Ferragamo convirtió el calzado en un laboratorio para
estudiar formas, materiales y colores, con plena libertad para explorar. Le
interesaba en primer término la experimentación con todo tipo de materiales,
desde el más valioso y preciado hasta el hallazgo más reciente, o incluso el más
tradicional, mismos que transformaba de modos insólitos en inesperadas
combinaciones cromáticas y decorativas.
En sintonía con su tiempo, no era ajeno a lo que
sucedía en el arte, la arquitectura y el diseño contemporáneos. Encargó al
artista futurista Lucio Venna que diseñara su primera campaña de publicidad así
como el logo que iría impreso en la etiqueta de su calzado.
Las creaciones de Ferragamo de finales de la
década de 1920 y principios de la siguiente se distinguían por la decoración de
sus palas y sus osados colores, usados solos o en atrevidas combinaciones con
mosaicos de telas y pieles. Las tonalidades del paisaje del sur de Italia se
mezclaban con el folclor mexicano de California, los fascinantes frescos de
Giotto y del Renacimiento temprano que adornan tantos lugares florentinos, y el
color en movimiento de la pintura futurista de la época. Al mismo tiempo,
Ferragamo recurría con habilidad a la amplia gama de oficios tradicionales
florentinos, desde las espléndidas decoraciones arquitectónicas en hierro
forjado hasta los diminutos mosaicos utilizados en la orfebrería local,
alternándola con motivos de gusto clásico y orientalista puestos de moda por los
importantes hallazgos arqueológicos de aquella época.
Por un lado, Ferragamo concebía formas
ornamentales exclusivas, logrando así la personalización del objeto; por el
otro, se preocupaba por la funcionalidad del producto. De este modo nacieron
inventos patentados que transformaron la historia del calzado, como los sistemas
de costura invisible de las suelas, los métodos para cortar palas a partir de
una sola pieza de piel y para decorar la piel mediante la abrasión de la capa
superior. Sin embargo, de todos sus inventos, el más importante fue quizá el
enfranque metálico, realizado con una placa ligera y resistente que reforzaba el
arco de pie y sustituía lo que en el calzado tradicional italiano se hacía de
piel o de un derivado de ésta.
A mediados de la década de 1930, la centralidad
de la forma fue lo que le interesó a Ferragamo. La forma fue también el aspecto
del diseño que caracterizaría mayormente el diseño italiano de esa década y de
las dos siguientes. Los zapatos de Ferragamo de entonces casi son obras de
arquitectura, por la construcción de sus detalles, sus simetrías, su perfecto
equilibrio de pesos y dimensiones. El tacón de cuña de corcho es quizá su
invento más célebre de aquel periodo, patentado en 1937, al menos dos años antes
de que conquistara el mundo de la moda y se convirtiera en un icono del gusto de
la época. Fue creado, sobre todo, con un propósito funcional, para levantar el
talón y darle al arco un apoyo estable. Así quedó resuelto de manera brillante e
imaginativa un problema surgido con el inicio de la guerra en Etiopía, cuando
las sanciones económicas impuestas a Italia por la Sociedad de las Naciones
incluyeron, entre otros materiales de importación, el acero alemán que Ferragamo
utilizaba para hacer sus enfranques metálicos. La cuña le daba a un artista como
Ferragamo la oportunidad de desplegar su fantasía en superficies más amplias que
las ofrecidas por palas y tacones. Experimentó con diversas variantes de cuña,
tanto en tacones como en plataformas, con capas prensadas y realzadas, labradas
y pintadas, decoradas con vidrios de espejo o rejillas de latón con motivos
florales o salpicadas de piedras.
Las sanciones económicas decretadas contra Italia
agravaron la escasez de insumos y fuentes de energía, lo que llevó al gobierno a
promover el uso de materiales locales. Esto, a su vez, alimentó el ingenio de
Ferragamo no sólo en el terreno artístico, sino también en el tecnológico.
Diseñó tacones hechos con corchos de botellas de vino cosidos entre sí y
revestidos de cuero, patentó procesos especiales para la preparación de
sustitutos de piel. Inventó tacones de baquelita transparente, suelas de madera
ajustables, en galalita o en vidrio. Su propensión natural por los materiales
modestos –sustentada en su convicción de que el lujo no reside en la opulencia
de los materiales utilizados, sino en el concepto y en la calidad del trabajo
artesanal– lo llevó a principios de los años treinta a hacer amplio uso del
cáñamo, la paja y los hilos de lana. Utilizó incluso celofán obtenido de
envolturas de dulces, con lo que logró superficies diversas, lisas o plisadas;
esta técnica también fue empleada por algunas de las principales firmas de
diseño italianas como Ars Luce, la cual creó una pantalla de lámpara con ese
material.
El régimen fascista hizo que sus órganos
periodísticos dedicaran importantes artículos a Ferragamo, uno de los mejores
exponentes de la producción autosuficiente italiana, reconocida incluso fuera
del país.
Hombre de gran intuición empresarial, Ferragamo
cultivó una imagen de sí mismo como un artesano-artista; se hacía fotografiar en
la mesa trabajo de zapatero, intentando montar sobre la horma de madera, como si
fuera un escultor, su última creación. Antes incluso de que el jet set
redescubriera Florencia en la década de 1950, Ferragamo cultivaba relaciones
personales con gente de renombre (miembros de la realeza, aristócratas,
actrices). Todos ellos acudían en tropel al Palazzo Spini Feroni, cuyos salones
estaban decorados con frescos, para que sus nobles pies fueran medidos por
Salvatore y para escuchar del maestro lo último en torno al calzado.
La reapertura de las fronteras y la reanudación
del comercio al culminar la segunda guerra mundial marcó el inicio de un período
particularmente fructífero para Ferragamo y para todo el diseño italiano, que
estaba ávido de recibir el elogio de la crítica y el éxito comercial
internacional que merecía. Salvatore Ferragamo se convirtió en un ilustre
exponente de la creatividad y el estilo italianos en la moda. En 1947, diseñó
una pala a hilo continuo utilizando un elemento filiforme y transparente de
nailon que dio lugar a la sandalia "invisible" que lo hizo ganador del premio
Neiman Marcus (el Oscar de la moda), en Dallas, junto con Christian Dior. Aun
cuando parece que la idea le fue sugerida por un pescador en la ribera del Arno
que usa un sedal transparente, el invento demuestra su capacidad para explorar
todo lo que llegara a su mano, desde lo más tradicional (como el encaje y el
bordado, si bien aplicados de modo original y creativo) hasta lo más nuevo e
inesperado, con lo que el calzado adquiere un elemento ulterior de difusión. La
sandalia invisible causó tal resonancia en la prensa internacional que Salvatore
tuvo que actuar con rapidez para registrar patentes, tanto para la construcción
del modelo, el material del que estaba hecho y del tacón de cuña con forma de
"F" (de Ferragamo) que sostiene a la sandalia.
En este periodo, el estudio de la forma se
orientó cada vez más a la funcionalidad y la multiplicidad de usos. Los tacones
y suelas fueron el centro de interés de Ferragamo a lo largo de toda la década,
ya que ambos elementos determinaban la "arquitectura" y estabilidad de un
zapato. En 1946 patentó una suela para calzado de niño que prevenía que los pies
se torcieran hacia adentro y que además era antiderrapante. En 1952 creó un
zapato escotado de tacón alto, con la peculiaridad de que el arco estaba hecho
de la misma piel que la pala, de tal modo que la suela se limitaba a la parte
frontal y al tacón, los únicos puntos de apoyo para el pie. El modelo era fuerte
pero al mismo tiempo flexible como un guante. La prensa internacional lo llamó
"el arco enguantado".
La década de los cincuenta también vio nacer su
diseño de una suela en forma de concha, inspirada en el opanke, el
mocasín de los indios norteamericanos; la idea de la suela que se convierte en
pala sugirió a Ferragamo una forma elegante, suave y redonda. Aplicó el concepto
en diversas ocasiones, pero la patente alcanzó la fama gracias a una zapatilla
plana creada para una de las actrices más queridas del mundo, Audrey Hepburn. En
1954, tras su éxito en Vacaciones en Roma (Roman Holiday), la actriz fue
a Florencia con Anita Loos para encargar zapatos al ilustre Ferragamo.
Algunos años más tarde, Salvatore trabajaba en la
compleja construcción de una suela metálica que ofreciera la comodidad del
zapato de piel a pesar de la rigidez del metal. Esto le permitió expresar toda
su exuberancia decorativa en la superficie, utilizando métodos de grabado y
cincelado para producir un efecto casi neo barroco. La suela fue utilizada en
uno de los modelos más hermosos jamás hechos por Ferragamo: una sandalia de oro
de dieciocho kilates, encargada por una clienta australiana. Confeccionada en
colaboración con orfebres del Ponte Vecchio, esta pieza es una muestra de que el
diseño italiano jamás olvida la riqueza ornamental y el repertorio decorativo de
su herencia cultural.
El Palazzo Spini Feroni, sede de la compañía
desde 1938, se convirtió en un destino obligado de las estrellas de cine y de
otros famosos del jet set internacional. Florencia recibió la visita de
los duques de Windsor y de la reina de Dinamarca, para quien Ferragamo patentó
un material especial, hecho de la piel de la foca leopardo, una criatura del Mar
del Norte; la princesa Soraya eligió unos zapatos Ferragamo para su boda. Las
actrices de Hollywood y Cinecittà hacían fila para ordenar zapatos que usarían
tanto dentro como fuera del set. Ferragamo creó modelos exclusivos para
todos sus clientes, pues veía el zapato como una extensión de la personalidad.
La innata sensualidad de Marilyn Monroe fue amplificada por sus célebres zapatos
de punta y tacón de aguja de once centímetros (los cuales siguieron el mismo
diseño durante más de diez años) que acentuaba el movimiento de su cadera al
caminar. Ejecutó la misma magia con la belleza austera, casi andrógina, de Greta
Garbo, y el encanto eternamente adolescente de Audrey Hepburn; dos iconos que
quizá no serían lo mismo sin los zapatos de cordones de una o las zapatillas
planas de la otra.
Salvatore Ferragamo siempre analizaba atentamente
la forma y la talla de los pies, que en su opinión tenían mucho que decir acerca
del personaje. En su autobiografía, escrita en 1957, apenas tres años antes de
morir, dividió a las mujeres en tres categorías: Cenicientas, Venus y
Aristócratas. Las Cenicientas, como Mary Pickford, siempre calzan una talla
menor que 6. Son seres femeninos, escribió, que siempre deben tener quién las
ame para ser felices. Las Venuses calzan talla 6, como Marilyn Monroe, y suelen
ser mujeres hermosas, fascinantes y sofisticadas. Bajo ese exterior, adoran las
cosas simples de la vida y están destinadas a ser incomprendidas. Las tallas de
7 en adelante pertenecen a aristócratas, mujeres sensibles que a veces pueden
ser caprichosas. Entre ellas están Audrey Hepburn y las dos grandes actrices
suecas Greta Garbo e Ingrid Bergman.
En la segunda mitad de los cincuenta, Ferragamo
empezó a pensar en el futuro y cómo hacer frente a la creciente competencia y a
las exigencias planteadas por los mercados internacionales. En menos de diez
años la industria italiana se había desarrollado hasta niveles sin precedentes,
registrando un crecimiento superior al de otros países europeos. La producción
de calzado prácticamente se duplicó en Italia en tan sólo una década, al pasar
de 35 millones a 70 millones de pares.
El auge económico de Italia, el surgimiento de
nuevos productores y marcas de calzado en el mercado internacional y el
crecimiento de la demanda interna, convencieron a Salvatore Ferragamo de que era
necesario reconsiderar su estrategia de producción. En 1948 había rechazado la
oferta de 50 mil dólares anuales por un periodo de veinte años que le hiciera
una fábrica estadounidense por usar la marca Ferragamo Debs para una de sus
propias líneas de zapatos industriales. Pero diez años después se vio obligado a
llegar a un acuerdo para mantener intacta la admiración del mercado por el
calzado Ferragamo y para incrementar las ventas. Mientras por un lado mantuvo
artesanal parte de su producción, Ferragamo diseñó líneas secundarias, menos
costosas, la Ferragamo Debs y la Ferrina Shoes, cuya realización tenía lugar en
Inglaterra, sesenta por ciento aún a mano y cuarenta por ciento con trabajo en
máquinas.
Al mismo tiempo, la compañía inició la
diversificación de su gama de productos, primero con bolsas, mascadas de seda
estampada (que mostraban las principales ciudades italianas y sus tesoros
artísticos) y, en 1959, con una pequeña colección de ropa deportiva para Lord
and Taylor, diseñada por Giovanna, la segunda hija de Ferragamo.
Salvatore murió en 1960, dejando a su esposa e hijos una compañía cuyo nombre es
sinónimo de lujo y de "hecho en Italia". A la historia legó los modelos e
inventos que tanto marcaron y determinaron la moda del siglo XX.
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