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Acerca de la ropa
interior
Ropa interior: Objeto del deseo -
Michelle Hafemann
- Las prendas íntimas femeninas han
sido, al mismo tiempo, enigma y fantasía. Nunca el hombre se
había preocupado tanto de lo que se
escondía bajo los trajes de
las damas hasta que éstas comenzaron a cubrir sus partes
pudendas con ropa interior. Después vinieron los corsés, los
miriñaques, los polizones y, mucho más tarde, los sostenes,
todos elementos que no hicieron más que alimentar el valor
erótico de la lencería.
Hasta
que las mujeres comenzaron a preocuparse de la ropa interior,
nadie le había otorgado demasiada importancia a esas prendas que
iban debajo de los trajes y cumplían la única función de servir
de abrigo. Pero, hacia mediados del siglo XIX, cuando la
lencería comenzó a recibir atención por sí misma, junto con
abrirse un nuevo nicho en el mercado del vestir, se inició una
polémica que se arrastra hasta nuestros días.
Si bien desde sus orígenes la ropa interior adquirió un valor
erótico, su masificación responde a fines higiénicos. Sucedía
que, bajo los trajes, las damas no llevaban más que una camisola
confeccionada en lino o algodón, de corte recto y amplio hasta
las rodillas. Sobre ella, a partir de la cintura, iban las
enaguas, las que servían esencialmente de abrigo. Sin embargo, a
principio del 1800, se introducen al vestuario femenino los
calzones.
Como todas las prendas de ropa interior que irían apareciendo,
los calzones fueron inicialmente usados por las damas bien. Para
mantener el recato, su largo no debía extenderse por debajo del
vestido. Esto se debía a que, revelar partes de la ropa interior
es un gesto erótico femenino que simbolizaba el acto de
desnudarse.(1)
Quienes los usaban y no los escondían, eran calificadas de
atrevidas, tal como –en adelante– serían catalogadas todas las
mujeres que osaran acercarse a lo “masculino”. No obstante, es
aquí donde se inicia la valorización erótica de la lencería. Si
no, cómo explicar que a los varones les resultara más atractivo
el cuerpo cubierto al semidesnudo y accesible. La historiadora
Isabel Cruz de Amenábar sostiene que “se puede plantear que el
verdadero lenguaje del erotismo no es el del cuerpo
completamente desnudo, sino el del cuerpo vestido y desvestido”.
(2)
Cintura de avispa
Aun cuando los calzones causaron revuelo, la prenda femenina con
la historia erótica más larga es, en realidad, el corsé. El
principal objetivo de este adminículo era disminuir el contorno
de la cintura y enfatizar el tamaño del busto, aumentando su
atractivo sexual. Su incorporación al vestuario femenino data de
fines del siglo XVIII. Se extendían desde el busto a la cadera,
aunque también los había cortos hasta la cintura, y –hasta que
aparecieron los botones– se amarraban con lazos por la espalda.
La postura del corsé era una tarea que requería -al menos- de
dos personas: la primera, la que lo usaba, y la segunda, la que
tiraba fuertemente de los lazos hasta alcanzar la cintura de
avispa deseada. Ahora, cuando la mujer en cuestión tenía unos
cuantos kilos de más, hacía falta otro par de manos que tirara
de uno de los lazos por un lado, mientras que otra doncella
acometía la misma tarea desde el otro extremo.
El corsé fue una prenda que rápidamente se masificó y
diversificó. Aparecieron los “divorciados”, cuyo nombre se debía
a que contaban con una pieza triangular que se ubicaba en el
medio del busto y que tenía como función separar un pecho del
otro, como en un sostén moderno. También los hubo especiales
para embarazadas, que cubrían el cuerpo desde los hombros hasta
debajo de la cadera y permitían dar al cuerpo la silueta “de
moda”.
Los varones tampoco quedaron ajenos al boom del corsé. Aunque no
tan masivos como los femeninos, los corsés masculinos tenían la
función de moldear la figura y otorgar “apariencia”. Y eran
exclusivamente usados por la aristocracia, convirtiéndose en una
prenda que –a diferencia de lo que sucedía entre las mujeres, en
donde su uso se “democratizó”– enfatizaba las diferencias
sociales. También se llegaron a fabricar corsés para niños, pero
los daños que su estrechez causaba a la forma de los huesos
desincentivó su uso. No por nada el corsé era al mundo
occidental lo que el vendaje de pies fue a la cultura oriental.
Pero, a pesar de las incomodidades, recién en 1916 aparecerá el
brassiere o sostén, prenda que desterrará por siempre al corsé a
la categoría de lencería fetiche.
Culos postizos
Entre los tipos de ropa interior que se incorporarían
progresivamente al vestuario femenino estaban los que daban
abrigo, como las enaguas; los que cumplían un rol higiénico,
como los calzones; los modeladores de cuerpo, como el corsé, y
las prendas o adminículos que tenían la función de sostener la
forma del vestido. Y en esta última clasificación, la ropa
íntima femenina tuvo múltiples ejemplos.
Anterior a la aparición del corsé, ya se habían incorporado al
vestuario otras prendas igual o mayormente incómodas. Los “culs
postiches” (culos postizos), cuya única función era sostener la
forma del vestido, habían causado sensación entre las cortes del
siglo XVIII. En una primera etapa, estos armazones que colgaban
de los hombros eran amplios hacia los costados, a la altura de
las caderas, tan amplios como para generar la molestia de los
varones, quienes frecuentemente resultaban golpeados o
aplastados por su exagerada forma. Más tarde serían redondos,
como campanas, formados por aros y amarrados a la cintura, de
manera de darle volumen a la falda. A éstos se les conocería
como “pettitcoat” o miriñaques –según el Diccionario de la
Lengua Española “zagalejo interior de tela rígida o muy
almidonada y a veces con aros, que usaron las mujeres” o
“armadura de hierro que llevan las locomotoras en la parte
delantera para apartar a un lado a los objetos que impiden la
marcha”– fueron patentados en 1856 y causaban tal disgusto en
los hombres que en Inglaterra, hacia 1860, las fábricas textiles
se negaron a seguir fabricándolos.
Un precedente del miriñaque, el “guardainfantes”, generaría una
ácida polémica en Chile, entre la aristocracia y la Iglesia, a
mediados del siglo XVII. Su nombre se atribuía a su utilidad al
momento de querer ocultar un embarazo y su uso era motivo de
pasiones ya que, según Isabel Cruz, cumplían una función de
“ocultamiento, pero también realce de una parte de la anatomía
femenina que encerrada en su preciosa jaula se hacía más
atractiva por su misma invisibilidad”.(3)
Posterior al miriñaque, en Chile se impuso el uso de las
crinolinas, que debían su nombre al crin, principal material en
su confección. Hacia 1880, el volumen de las faldas se acentuó
en la parte posterior y ya no en el ruedo, simulando una cola de
avispa. Y para lograr tal silueta, las mujeres utilizaron
polizones o almohadillas los que, ubicados sobre las nalgas,
levantaban su forma y rellenaban el traje, además de crinolinas
con medio aro, para realzar la parte posterior del cuerpo. Hacia
abajo, el ruedo de la falda se reducía y estrechaba, a tal punto
que difícilmente se podía caminar con rapidez.
Sex symbol
Tras revisar la historia de la ropa interior femenina, queda
claro que cada prenda que se incorporaba, reemplazando a una
anterior (como el sostén) o complementando a las ya existentes
(como los calzones), marcaba hitos en la emancipación del
vestuario femenino. No por nada los calzones causaron tanta
polémica, ya que dotaban a la mujer de una libertad de
movimiento que anteriormente no tenía. Paralelamente, según
consignan los investigadores del tema, coincide que la lencería
comienza a recibir atención a mediados del siglo XIX, justamente
en la época de mayor represión sexual en el Viejo Continente y,
por lo tanto, de mayor fetichismo.
Los doctores Cecil Willet y Phillis Cunnington afirman, además,
que “el hecho de que las mujeres (respetables) comenzaron a usar
ropa de dormir atractiva sólo después de la introducción, a
comienzos de 1880, del control de la natalidad, tiene una
implicación obvia”.(4)
En la actualidad, la lencería ha dejado la intimidad para
lucirse en el exterior. Las adolescentes no se avergüenzan al
dejar ver, por encima de las pretinas de sus pantalones, partes
de sus colaless. Ninguna mujer temería recibir una sanción
social por dejar translucir su sostén bajo una blusa liviana.
Pero, para llegar a este punto, debieron pasar cerca de tres
siglos de discusiones y polémicas. Tres siglos en los cuales la
ropa interior femenina se ha consagrado como objeto del deseo
masculino.
(1) “The history of
underclothes”. Willet, C. y Phillis Cunnington. Doven
Publications, Nueva York, 1992. Página 11.
(2) “El traje: Transformaciones de una segunda piel”. Cruz de
Amenábar, Isabel. Ediciones Universidad Católica de Chile,
Santiago, 1996. Pág. 42.
(3) Ibid, pág. 48.
(4) “The history of underclothes”. Willet, C. y Phillis
Cunnington. Doven Publications, Nueva York, 1992. Pág. 16.
Acerca de la ropa interior -
Alejandra Vítale.
En el siglo XVII todavía no existía la bombacha. Las
mujeres solían depilarse el pubis. Algunas se pintaban
desde el muslo a los tobillos con pintura blanca ,como
sustituto de la ropa interior.
Después de la guerra, hacia 1850 aparecieron los
corpiños tipo embudo para acentuar el busto (las teorías
psicológicas decían que tos hombres buscan el pecho
después de cualquier desastre).
Sí pero no. La coquetería femenina, que une el sí pero
no, la verdad y el artificio, requirió de un
adiestramiento secular que parece haber comenzado en el
mismísimo Paraíso, cuando Dios sin querer unió el deseo
con la prohibición al recortar estratégicamente la
desnudez con una hoja de parra. Desde aquel estreno del
pudor en Adán y Eva se sabe que el erotismo media entre
el ocultamiento y la adivinanza: el cierre levemente
abierto, el bretel caído, un cruce de piernas, una
mirada que sugiere. La función del vestido es,
justamente, producir cortes, bordes, discontinuidades
sobre la superficie de la carne, transformar esa carne
-según escribió el psicoanalista argentino Germán
García-en un signo que será leído de manera adecuada, es
decir, según los ideales de la persona, según la imagen
de sí mismo que esa persona quiere mostrar al otro. En
este sentido, la ropa interior femenina es un elemento
fundamental en el delicado arte de desvestirse. Materia
de fantasía que nunca deja de tener una extraña magia
sobre la libido porque, como decía Montaigne a mediados
del siglo XVI, "hay ciertas cosas que sólo ocultamos
para mostrarlas".Sobre este claroscuro se desliza un
fetichismo errático: desde 1830 hasta 1914 -año en que
la mujer mostrará por primera vez públicamente sus
tobillos-, no había nada más apasionante para un hombre
que vislumbrar la curva de un pie o la forma de un
empeine. Esto favoreció un impresionante fetichismo en
torno al pie, el tobillo y las pantorrillas, que cantó
como nadie Restifde la Bretonne y que explica el hecho
de que, en los burdeles de lujo de Londres y París
durante la Belle Epoque, los clientes tuvieran derecho a
elegir los botines que se pondrían sus partenaires aun
antes de elegirlas. Todavía mayor valor erótico tuvieron
hasta hace unas décadas los pies vendados de las mujeres
chinas, esos puntos blancos que -junto a la desnudez de
los actores y la crudeza de los detalles- resaltan en
las pinturas eróticas
desde
el año 900 hasta la revolución de
Mao Tsé Tung, a mediados del siglo XX. Una verdadera
tortura que consistía en encorvar el dedo gordo y
replegar los otros cuatro dedos contra la planta del
pie, de forma tal que, con el tiempo y el sucesivo
ajuste de las vendas, el pie quedaba reducido a una
especie de muñón que se encerraba en un calzado
diminuto, mientras que el tobillo hipertrofiado se
disimulaba bajo polainas cuyo estilo iba a variar
considerablemente según los siglos y las modas. De
hecho, las polainas y los zapatos eran las únicas ropas
que conservaba una mujer desnuda. Un fetiche que los
occidentales creyeron explicar con fantasías tales como,
por ejemplo, que el modo de andar que se imponía
atrofiando el pie, además de su connotación erótica,
provocaba un desarrollo especial del monte de Venus y
una gran vivacidad de los reflejos vaginales. Nada menos
científico. Todo lo que los artistas jamás revelaron
sobre este atributo femenino se reduce a la
representación de una mujer que comienza a enrollar o a
desenrollarse las bandas del pie. ¿Algún parecido con la
escena de una tal Mrs. Robinson, poniéndose y quitándose
las medias con parsimonioso desdén ante la mirada
atónita de un recién graduado que debía aceptar, en la
intimidad de aquel cuarto, que no sabía nada de la
vida?.Un toque de distinción. Las mujeres han usado ropa
interior desde los comienzos de la civilización. A
veces, abiertamente; otras, en secreto, de acuerdo con
los dictados sociales y siempre a los fines de
distinguir los cuerpos de acuerdo con su status social y
con su status moral. En efecto, hasta el siglo XIX, fue
siempre un objeto minoritario y de élite: su costo y su
singularidad le dieron la categoría de prenda de lujo.
Así, en el Antiguo Egipto, las esclavas-de origen árabe
o nubio-iban siempre bien desnudas; la ropa interior no
existía más que para las Nefertitis o las
Cleopatras.
El shenü, la primera prenda interior conocida en la
historia de la Humanidad, era una especie de enagua
vaporosa, bordada y ribeteada de hilos de oro, acorde al
clima tórrido de Egipto. En la Antigua Roma, el
equivalente a la ropa interior actual era una túnica o
camisa -hecha de hilo, de lino o de un tejido muy fino,
que por delante llegaba hasta las rodillas y por detrás
hasta las pantorrillas-. También directamente sobre la
piel se utilizaba el mamillare, una especie de venda o
faja de tejido fino que servía para sujetar y alzar el
pecho. En los baños públicos tan sólo se cubría el
cuerpo con una pequeña tanga o taparrabos llamado
subligar. Por aquellos tiempos en que la toga era una
vestimenta masculina, sólo las prostitutas y las mujeres
de costumbres licenciosas estaban obligadas a ir
vestidas con toga (corta y de color oscuro) para
diferenciarlas precisamente de las mujeres honestas (de
ahí que mujer togada equivalía a prostituta o mujer
fácil). Sólo ellas podían amar sin corpiño y -tal como
muestran las pinturas de los burdeles de Pompeya- eran
las únicas a los que los hombres podían tocar con la
mano derecha: a las mujeres honradas les estaba
reservada la mano izquierda. El uso de las antiguas
bandas que usaban las griegas y su superposición dio
origen a las primeras medias femeninas, que treparon por
las piernas en la Edad Media. El uso de estas medias
estaba restringido también a las grandes damas a las que
se les exigía (Dios mediante) que sólo tuvieran sexo de
tanto en tanto poniéndose las llamadas chemises a trou
(camisas con agujero),bordadas con letanías tales como
Ave María o Dios lo quiere para que no fuera a quedar
alguna duda de los derechos del marido. Por lo demás, en
aquellos tiempos de pestes y cruzados hombres y mujeres
se vestían igual, con tejidos gruesos y baratos, como un
vasto ejército de campesinos. Toda la maravillosa
lencería a la que una mujer europea de la época de
Carlomagno podía optar era una especie de corpiño de
tejido más suave, como el lino o el algodón, que debía
conservar incluso en los muy esporádicos baños. Algún
tiempo después, en la España del siglo XVII las
mujeres-que todavía no conocían las bombachas-solían
depilarse el pubis. Esta costumbre, que también se
observó en Francia y en Italia, se sofisticó aún más
cuando Juana de Portugal llegó a Castilla para casarse
con Enrique IV: la reina viajó acompañada por un grupo
de damas que no sólo se depilaban totalmente, sino que
pintaban sus muslos-desde la cintura a las rodillas-con
una pintura blanca, para que así al bajar de sus
caballos no mostrasen a los presentes más que una fugaz
visión de algo blanco. Era el sustituto de la ropa
interior: las bombachas fueron descubiertas por las
españolas recién cuando Isabel de Valois llegó a España
para casarse con Felipe II. Tanto la reina como sus
damas las llevaban. El benemérito corsé. Hay acuerdo en
que la Edad de Oro de la lencería íntima, cuando ésta
fue más abundante y oculta que nunca, cubrió desde el
año 1830 a 1914.Difícil imaginar semejante cantidad de
capas debajo del vestido: camisa, pantalón, corsé,
cubrecorsé y enaguas, todo con muchos volados, encajes,
bordados, cintas y lazos.
Esto tenía varias ventajas:
1) eliminaba, para las chicas de familias bien, la
posibilidad de una violación exprés;
2)resultaba útil como chaleco antiatentados (en 1852 la
reina Isabel II salió ilesa de una puñalada trapera
gracias a su corsé);
3)daba distinción, porque sólo podían usarlo las mujeres
ociosas: ningún trabajo manual hubiera podido ser
realizado con aquello puesto;
4)aseguraba que quien lo portaba era una mujer de buenas
costumbres: el cuerpo holgado era signo inequívoco de
conducta holgada; y
5)declaraba a los cuatro vientos que la mujer no se
encontraba preñada.
Según
las denuncias de algunos médicos y demógrafos de la
época, el corsé causaba daño a la cerviz y volvía con
frecuencia doloroso el coito; la presión sobre las
vísceras abdominales por encima del útero interfería con
los flujos menstruales, sobre todo en las mujeres
jóvenes; y provocaba, tanto en las jóvenes como en las
adultas, problemas uterinos que volvían más comunes los
abortos y los daños fetales. Por el contrario, las
mujeres de clase obrera, quienes se hallaban menos
restringidas por los corsés no sólo conservaron su
fertilidad normal. Ellas pudieron disminuir su pobreza
estructural al quedar convertidas (como prostitutas) en
válvula de escape para el deseo de los hombres de clase
media, cuyas mujeres de cintura estrecha sólo podían
ofrendarles respetabilidad y belleza. Los expertos en el
tema aseguran que en ese mundo cerrado y mudo, quienes
han marcado la pauta de la ropa interior -transgrediendo
leyes y tribunales e imponiendo nuevas estéticas y modos
de vida-, han sido las mujeres de mala vida. En las
mujeres honestas la ropa copiada a sus hermanas livianas
fueron signo de expresión y rebeldía. En la época
victoriana de la década 1900-1909,las mujeres iban
tapadas desde el cuello hasta el empeine, pero lucían
una silueta de líneas sensuales inspirada en las formas
del ánfora o la guitarra. La moralidad sexual constituía
el alma de la moralidad social y, sin embargo, eran las
grandes cocottes de París quienes dictaban la moda.
También era paradójico que la moda resaltara las formas
de las mujeres más maduras, pero lo hacía. De hecho, esa
fue la última vez en la historia que habría de
favorecerlas. En la década siguiente(1910-1919),el mundo
de la danza ejerció una influencia profunda en el diseño
de la ropa interior. Primero con el abandono del corsé
por parte de
Isadora Duncan y sus túnicas a la manera griega, y
después por la impronta de la bailarina Irene Casüe, con
cuya colaboración se popularizaron el bunny hugy el
tango. El resultado fue una supremada de la libertad de
movimientos y la inevitable revelación de los tobillos.
Recién en los años 20,las mujeres dejaron de aplastarse
los intestinos y abandonaron la costumbre de sujetarse
los pechos desde abajo para hacerlo desde arriba. Ahora
debían parecer sumamente ágiles y livianas y sobre todo,
lisas como tablas. Por eso llevaban fajas elásticas, sin
ballenas y apretadas. Fue el cambio más grande de los
últimos cien años y no se trató sólo de un cambio
político: era también un cambio práctico. Bailarinas
como Josephine Baker o Florence Milis y las Blackbirds
incitaban a todas a bailar el charleston y el black
bottom, en un mundo que avanzaba a un ritmo muy
diferente.
Todos
se dedicaron a imitar los detalles de lencería de Coco
Chanel, con sus novedosas tiras de colores contrastantes
que resaltaban aún más la ligereza del vestido y la
ausencia de artificios. La siguiente revolución iba a
tener lugar 2 décadas después, a finales de los 40.Su
protagonista fue el nylon, un material nunca visto hasta
entonces que no sólo aliviaba el tedio de la ropa
interior de los años de guerra sino que permitía una
nueva forma corporal. Esta silueta de mujer, más
muscular, armónica y femenina iba a imponerse en los
50,e iba acompañada de zapatos con taco aguja y corpiños
puntiagudos con costuras circulares para acentuar la
abundancia de lo que ocultaban (había teorías
psicológicas que aseguraban que los hombres buscan el
pecho después de cualquier desastre). Desde Hollywood
las actrices imponían ese estilo: Elizabeth Taylor muy
bella con su combinación de color marfil en La gata
sobre el tejado de zinc caliente. Janet Leigh como una
ladrona impasible con su corpiño negro en las escenas
iniciales de Psicosis, el insuperable éxito de Alfred
Hitchcock. También el sujetador sin tirantes fue un gran
éxito en los años 50,ideal para los vestidos de noche
strapless. Se dice que el gran empresario Howard Hughes
inventó el sostén de voladizo (estilo balcón),que fue
lanzado por mediación del generoso pecho de Jean Rusell
en la película The Outlaw (1941).El escándalo que
produjo el escote de la protagonista postergó el estreno
de la película hasta el año 1950.De ahí que el éxito del
nuevo sostén se dio recién bien entrado el decenio. En
la década del 60 llegó la masificación del pantalón y de
su acompañante íntimo, el panty. Con él se vino abajo la
lencería interior: combinaciones, portaligas y ligas
pasaron al baúl de los recuerdos. Estos cambios por
primera vez afectaban a las jóvenes, como prueba el
hecho de que en 1960,comenzaran a venderse sujetadores,
portaligas y fajas para adolescentes. Estos diseños iban
a influir en todas las tendencias de lencería en los
veinte años siguientes, impulsados por la aparición de
las fibras elásticas (Lycra y Spandex),que fueron la
sensación de la década del 80.Por aquellos años en que
asomaba la
posmodernidad
-borre de las diferencias, comodidad transformada en
valorías máximas ventas de ropa interior fueron logradas
por Calvin Klein con sus calzoncillos de deporte
masculinos adaptados para mujer: de algodón gris
jaspeado y con una camiseta al tono, eran el summun de
los afrodisíacos para los yuppies. Como muestra Lola
Gavarrón en su libro Piel de Ángel. Historia de la ropa
interior femenina, nada muere y desaparece totalmente:
Nuestra ropa interior actual no deja de ser trozos
aislados del corsé, madre de todo lo posterior, corsé
que estaba ya diseñado, y bien diseñado, en las
esculturas cretenses de hace 3600 años.
La dama que ha usado bodys, que ha ceñido firmemente su
abdomen con los pantys, que ha llevado airosamente por
la calle jeans estrechos, sabe que cuando se pone un
portaligas y unas medias por algo es, y dota a este
acto, muy cotidiano hace medio siglo, de una significado
bien distinto.
Bibliografía:
Erotismo en la historia. Curiosidades y anécdotas, por
Cortos Fisos.
Dessous, por Gilíes Néret.
Los cuerpos dóciles Hacia un tratado sobre la moda, por
Paula Crociy
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