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0401 -
Kalathos -
Trabajar como psicoterapeuta infantil me lleva necesariamente a
conversar con madres y padres. Sin embargo es mucho más
frecuente que ser la madre quien se ocupa y preocupa
inicialmente por los hijos.
Es bien cierto que el estado de total dependencia en que se
encuentra el niño al nacer hace que la relación con la madre sea
determinante. Caracterizar esta relación de simbiótica es
posible. La simbiosis es un tipo de relación entre dos seres
donde existe un beneficio neto para ambos. Esta relación varía
en intensidad y puede llegar a ser vital al punto de que ninguna
de las partes pueda vivir sin la colaboración de la otra.
Cuando en la díada madre-hijo la madre se conecta con la
necesidad del hijo, éste puede organizar poco a poco de manera
efectiva la conciencia de ser. La presencia y constancia de la
madre brindan al niño la confianza que necesita para vivir
positivamente la separación.
Existe sin embargo la posibilidad de que la madre necesite
mantener la unidad idílica con el hijo. La posición de estas
mujeres en relación a los hijos hace de su figura una amenaza.
Los intentos del hijo por dejar de ser "uno con la madre" trae
consecuencias y en el peor de los casos, represalias. Se pueden
llegar a consolidar cuadros verdaderamente patológicos cuando
más, cuando menos la vida, aunque no se paraliza, se torna
difícil. La integridad yoica del infante es amenazada, haciendo
costoso el camino a la independencia y madurez. Son mujeres que
como madres "necesitan que las necesiten", madres que no
permiten la diferenciación llegando a extremos donde lo que está
en juego es la vida misma.
Estas mujeres que una vez madres quieren pero no pueden criar a
sus hijos en "sana paz" asisten a consulta y se quejan y
lamentan de las dificultades de la crianza. A veces hay
sufrimiento real y esto las humaniza ante el hijo y ante sí
mismas, el sufrimiento abre las puertas al cambio. Son muchas
las mujeres que asisten a mi consulta y me comentan que "ya no
saben qué hacer con los hijos" que "tiran la toalla". Se
reconocen incapaces pues la crianza no ha dado los frutos que
ellas esperan. El reclamo al padre a veces está presente, a
veces no, parece que de hecho se asume todavía la crianza como
cosa de mujeres. He observado que cuando estas mujeres permiten
que el padre intervenga en la crianza y educación de los hijos,
aunque sea en eventos muy puntuales, la situación familiar y los
niños mejoran.
Esta crisis en el ejercicio de la maternidad es actual. No sé
exactamente a qué responde, no sé si deberíamos hablar más bien
de crisis en la institución familiar. Lo que sí es cierto es que
el solo hecho de admitir la dificultad de reconocer el
conflicto, permite actuar en consecuencia.
La mujer se ha dedicado desde hace varios años a la búsqueda de
información sobre cómo criar a sus hijos. El mercado está
abarrotado de libros escritos por especialistas. Uno de los más
famosos La Enciclopedia para Padres del doctor Spock comienza
con el concepto titulado: "Confíe en sí misma, usted sabe más de
lo que supone", pero paradójicamente continúa con casi 500
páginas de información, consejos y recomendaciones. Entonces en
qué quedamos. ¿Sabemos o no sabemos?
La duda sobre el hacer bien o mal en cuanto a las decisiones que
hay que tomar con respecto a nuestros hijos no puede ser
resuelta por el saber más. En los últimos años la sociedad nos
propone el conocimiento y la preparación intelectual como
respuesta a nuestras inquietudes de vida, y los resultados no
han sido favorables.
Es necesario sentir más y quizás saber menos. Buscando el cómo
hacer en los especialistas anulamos nuestra capacidad de
respuesta a partir de lo que verdaderamente sentimos. Reconocer
nuestro sentir es el primer paso para resolver los conflictos y
contradicciones.
Decía San Ignacio de Loyola en las anotaciones de sus Ejercicios
Espirituales, apuntado 2: "No el mucho saber harta y satisface
el ánimo, mas el sentir y gustar de las cosas internamente".
La satisfacción del ánimo, el alma satisfecha, confiere otro
sentido al existir. Buscar el sentir en nuestros actos los
humaniza y reconocer la necesidad del otro como expresión de
nuestra propia humanidad puede transformar lo que hacemos por
otros en actos de amor. La crianza así entendida es otra cosa.
Queda otro aspecto que quisiera tratar. Tiene que ver con la
relación hombre-mujer. Las banderas y reivindicaciones
feministas del siglo XX son expresión de una búsqueda por parte
de la mujer. Demostrar la igualdad con el hombre parecía uno de
los objetivos. Reconocerse independiente, demostrar un "yo
también puedo", un "yo puedo sola", el cambio de roles con el
hombre se presentaba como alternativas. La mujer se dedicó a sí
misma desde una posición de autosuficiencia.
Hablo del siglo XX y recuerdo como en el año 1570, hace cuatro
siglos, Santa Teresa de Jesús pedía a sus novicias en su libro
Camino de Perfección dedicado a enseñar el arte del amor a Dios,
evitar entre ellas el uso de frases como "vida mía", "mi alma",
"mi bien" pues usar esas frases decía "es muy de mujeres y no
quisiera yo hijas mías que lo fuerais en nada, ni que lo
parecierais, sino varones fuertes, que si vosotras lo ponéis
todo de vuestra parte, el Señor os hará tan varoniles que
asombrareis a los hombres".
Me pregunto entonces, ¿por qué la mujer busca ser lo que no es?
Y esta búsqueda, ¿adónde nos ha llevado? Creo que más bien nos
ha traído a un punto, al momento de reflexión en el cual nos
encontramos muchas mujeres en la actualidad. La relación
hombre-mujer en términos feministas lleva a la mujer por un
callejón sin salida. Esta relación según propone Afrodita es
otra cosa. Cito aquí nuevamente al doctor Vethencourt: "Venus se
halla conectada esencialmente con la oposición hombre-mujer, eso
sí, desde un punto de vista muy singular porque ella liga los
polos opuestos, los hace necesitarse mutuamente como fines en sí
mismos".
Creo que es importante el tener presente que existe una relación
de necesidad, que esa necesidad promueva una dependencia o un
abuso de poder es otra cosa, pero, en un principio, al igual que
en la díada madre-hijo, el fundamento de la relación es la
necesidad mutua. La dependencia surge cuando se paralizan las
funciones del Yo que llevan a la autonomía. Hay entonces
incapacidad de actuar, incapacidad de ver sus propios recursos,
en fin, incapacidad de sentirse y ser autónomos.
Afrodita nos habla de polos opuestos, de conjunción de opuestos.
No puede haber conjunción de iguales; es por esto que la lucha
feminista por la igualdad no aporta armonía sino más bien una
desintegración de la pareja. Quizás el devenir fuese otro si se
buscara perfeccionarse la diferenciación, lograr reconocerse
como diferentes en esencia pero integrando una ecuación de
miembros con igual valor. En esos términos los opuestos serían
equivalentes en importancia a pesar de no ser iguales. Se
trataría entonces de encontrarnos con nuestra propia esencia.
Vale entonces hacernos la pregunta: qué somos las mujeres, qué
es lo femenino.
Desde la perspectiva del hombre, enfrentar a la mujer puede ser
tan difícil como entrar en un cuarto de espejos. La mujer es
habitada por todas esas imágenes que refleja. Su realidad
primera es múltiple e inevitable, me atrevería a decir que nos
viene casi por naturaleza. La multiplicidad de lo femenino se
hace concreto en cada mujer y se manifiesta en su variabilidad.
El hombre frente al espejo es tal cual se ve. La mujer esconde
en su interior lo femenino y confronta al hombre con el
misterio. La oquedad, la condición de lo hueco, de la cavidad,
es propiamente femenina. Decir oquedad no es lo mismo que decir
vacío. El vacío es la nada, la oquedad nos remite a un espacio,
a un recipiente.
Lo oculto irrumpe mensualmente de nuestro interior y nos
confronta con ese espacio interno que se vacía para prepararse
inevitablemente mes a mes a cumplir con la función reproductora.
Las mujeres padecemos el misterio de lo femenino. Esa oquedad
interna nos permite movernos con más familiaridad ante la
incertidumbre de lo que no se ve pero sabemos que existe.
De necesitar el hombre elementos que permitan juicio y criterios
válidos en relación a la mujer que tienen en frente, éstos deben
venir de la mujer misma. Nos toca el trabajo de reconocernos en
las imágenes que proyectamos, nos toca el trabajo de ser centro
en ese cuarto de espejos, un centro que representa el ser y que
acerca nuestra realidad a nuestra imagen, nos toca reducir a su
más mínima expresión la distancia entre el ser y la imagen pues
a mayor distancia mayor confusión, mayor malestar.
El abordaje femenino de la interioridad puede ser enriquecedor
en el conocimiento de nosotros mismos, conocer nuestras
creencias y nuestras necesidades, sin olvidar que la relación
con los hombres puede ser una relación de intercambio ni caer
necesariamente en un juego de poder donde, como decía
anteriormente hay una ecuación entre miembros diferentes pero de
igual valor.
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