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Capítulo 1 -
Capítulo 2 -
Capítulo 3 -
Capítulo 4
Capítulo I
El triunfo de la masculinidad
Tendríamos que empezar a hacer las preguntas que han sido
definidas como no preguntas
Adrienne Rich
La vieja y reconocida estructura patriarcal ha ido mutando, ha
ido desestructurando y desmontando sus responsabilidades,
reconstruyendo un poderío mucho más cómodo, fortaleciendo y
anudando sus espacios de poder, desdibujando sus límites y
posibilitando mucho más la ejecución del poder para quienes lo
controlan. Desde ahí negocia lo innegociable, tolera lo
intolerable y borra lo imborrable en un discurso incluyente y
demagógico.
Cada vez vemos con mayor nitidez que lo que se ama, respeta y
legitima en el mundo, es al hombre, borrando toda aspereza y
arista para que éste amor se realice, pues la masculinidad
estructuró, atrapó y legitimó para sí, el valor fundamental que
nos constituye como humanos: la capacidad de pensar. En esta
distribución las mujeres quedaron instaladas en lo infrahumano
de la intuición v/s el pensamiento masculino, por esto, cada vez
que una mujer se toma estas dimensiones, se provoca un rechazo
desde lo profundo del sentido común instalado de nuestra
sociedad que hace tan difícil la permanencia en la autonomía.
Hoy, podemos vislumbrar un triunfo más tangible de la
masculinidad, como una supraideología mucho más abarcadora que
cualquier otra creencia o ideología ideada antes por el
patriarcado. Esta supra ideologización de la masculinidad ha
cruzado siempre los sistemas culturales, ha impuesto las
políticas, las creencias, ha demarcado las estructuras sociales,
raciales y sexuales.
La visión masculinista de lo que es la vida se va extendiendo y
entendiendo mas esencialmente como la única y universal visión,
como la única macrocultura existente, posible e inmejorable.
Lo que el patriarcado trajo como esencia desde su lógica de
dominación; la conquista, la lucha, el sometimiento por la
fuerza, hoy se ha modernizado en una masculinidad neoliberal y
globalizada que controla, vigila y sanciona igual que siempre,
pero esta vez a través de un discurso retorcido, menos
desentrañable y en aparente diálogo con la sociedad en su
conjunto, donde va recuperando, funcionalizando, fraccionando,
absorbiendo e invisibilizando a sus oponentes y, que trae
consigo una misoginia más profunda, escondida y devastadora que
la del viejo sistema patriarcal.
Dentro de esta lógica masculinista fragmentaria se ha entendido
el espacio de la feminidad y el espacio de la masculinidad como
dos lugares independientes que se relacionan asimétricamente, y
que por tanto están en fricción. Esta lectura ha hecho que la
mayor parte de los "avances" conseguidos por las mujeres hayan
sido absorbidos, sin provocar para nada una nueva propuesta
civilizatoria cultural.
La lectura simplista de estos dos espacios diferenciados entre
el género masculino y el género femenino nos ha conducido a
formulaciones erróneas de nuestra condición de mujeres y de
nuestras rebeldías, pues estos "supuestos dos espacios
simbólicos" no son dos, sino uno: el de la masculinidad que
contiene en sí el espacio de la feminidad.
La feminidad no es un espacio aparte con posibilidades de
igualdad, de autogestión o de independencia, es una construcción
simbólica y valórica, diseñada por la masculinidad y contenida
en ella como parte integrante. Por supuesto que esta lectura
traerá distintos grados de resistencias, pues, tendremos que
abandonar parte del cuerpo teórico producido por el feminismo
que se basa precisamente en esta idea y que nos da las falsas
pistas de que la igualdad en la diferencia está al alcance de la
mano, que con unas cuantas modificaciones de costumbres y
algunas leyes, lograremos que toda esta tremenda historia de
explotación y desigualdades quede saldada.
Esta remirada política nos desafía a abandonar el nicho cómodo
de la feminidad, que ha sido uno de los conceptos más
manipulados tanto por la masculinidad, como por nosotras mismas.
Al abandonar la feminidad como construcción simbólica, como
concepto de valores, como modos de comportamientos, costumbres,
etc., abandonamos también el modelo al que hemos servido tan
fielmente y que tenemos instalado en nuestras memorias
corporales, hasta tal punto que creemos que esa es nuestra
identidad y que, al mismo tiempo, hemos confrontado como signo
de rebeldía ante la masculinidad. No olvidemos que esta
construcción de la feminidad ha sido la que nos instala en el
espacio intocable, inamovible y privado de la maternidad
masculinista.
Al plantear el abandono de la feminidad y de la exaltación de
sus valores, estoy planteando el abandono de un modelo que esta
impregnado de esencialismo y que conlleva el desafío de
asumirnos como sujetos políticos, pensantes y actuantes.
No niego que en estos últimos tiempos hemos tenido acceso a
ciertos espacios de poder y de creatividad, pero aún no hemos
logrado moverle un pelo a la cultura de la masculinidad, por el
contrario, nuestro acceso ha vuelto a legitimarla y a remozarla,
ya que su estructura ha permanecido inalterable. Pues nunca
hasta ahora, habían existido en proporción tantas mujeres
explotadas y pobres, ni tantos pobres en el mundo, ni tanta
violencia hacia la mujer.
La legitimidad que se otorga a sí misma la masculinidad, no se
la otorgará jamás a las mujeres como entes autónomos, pensarlo
sería una falacia, por esto nuestro proyecto político
civilizatorio no puede seguir generándose desde el espacio
masculino de la feminidad. Esta lectura impuesta de la
existencia de dos géneros que dialogan, negocian o generan una
estructura social, ha sido parte importante de las estrategias
de la masculinidad para mantener la sumisión, la obediencia, la
docilidad de las mujeres y su forma de relacionarse tanto entre
ellas como con el mundo.
Nuestra historia de mujeres es una reiteración sucesiva de
derrotas, por mucho que queramos leer como ganancia los
"supuestos logros" o "avances" de las mujeres en los espacios de
poder, pues estos espacios siguen marcados, gestualizados y
controlados como siempre por los varones. No olvidemos que ya en
el siglo XIV Christine Pizan afirmaba: sólo saliéndose del orden
simbólico de los hombres y buscando un discurso cuya fuente de
sentido estuviera en otra parte, sería posible rebatir y
alejarse del pensamiento misógino bajo medieval. Estas mujeres
han sostenido a través de siglos nuestras mismas luchas, con
prácticamente los mismos discursos, pensando que avanzábamos a
un cambio de nuestra situación. Por esta historia y los costos
que ha tenido para tantas mujeres, deberíamos encontrar las
claves de nuestras derrotas, en vez de caer en análisis
triunfalistas.
Cuando hablo de derrotas, me refiero a que no hemos conseguido
acercarnos a un diálogo horizontal, pues el diálogo desde lo
femenino como parte subordinada de una estructura fija, no puede
entablar un diálogo fuera de la masculinidad, ya que vive dentro
de ella, es su medio, su límite, allí se acomoda una y otra vez,
por tanto, no puede crearse independientemente como referente de
sí misma. No lograremos desmontar la cultura masculinista, sin
desmontar la feminidad.
Esta construcción y localización que han hecho de nosotras como
género no es neutra, la masculinidad necesita colaboradoras,
mujeres/femeninas, funcionales a su cultura, sujetos
secundarizados que focalicen su energía y creatividad en función
de la masculinidad y sus ideas.
Las mujeres que se salen de esta estructura simbólica
masculinista atentan contra la estructura general del sistema y
su existencia, por esto, la persecución histórica y virulenta
hacia ellas, que traspasa los límites de lo público invadiendo
su vida privada, con características que no ha tomado jamás la
persecución a los varones, porque entre ellos existe la
legitimidad del poder y su jerarquización.
Los lugares históricos que abre la masculinidad a la feminidad
no son inocentes, pues para el sistema es funcionalmente
necesario que las mujeres ocupen los lugares que los hombres ya
no necesitan, los lugares simbólicamente sucios, me refiero con
esto a lugares signados como los ejércitos, la policía, la mano
de obra barata para industrias y laboratorios contaminantes,
etc. Haciéndolas permanecer en estos espacios -y esto es lo
importante- fijas en el estereotipo agudo del diseño de la
feminidad.
Las pensadoras y académicas que podrían tener una visión mas
clara de la necesidad de un cambio cultural profundo, se
funcionalizan a los últimos pensamientos y teorías generadas por
la masculinidad (desde Aristóteles hasta Baudrillard) y no se
dan cuenta que la masculinidad las trasviste, que están
sirviéndola desde la ilusión de la igualdad y/o de una cierta
diferencia igualitaria.
La masculinidad como macrosistema sigue siendo quien genera,
produce y define lo que es conocimiento válido y lo que no,
aunque permita la participación de las mujeres en ella. Sigue
siendo la estructura patriarcal la que legitima o deslegitima a
las mujeres que le colaboran, tanto en la ciencia, la
literatura, la filosofía, la economía, como en los demás campos.
Las mujeres que ocupan estos espacios, estas pequeñas elites,
son a su vez, pequeñas elites que no alcanzan a leer su propia
funcionalidad, aunque la incomodidad de estar en estos espacios
masculinos persista, pero es tanto el costo de salirse de este
útero masculino que prefieren no hacerlo, ni pensarlo siquiera.
Manteniendo espacios intocables, sagrados, libres de cualquier
interrogación; la maternidad, su maternidad, el amor romántico,
su amor, la familia y su forma de relacionarse como si el
pensamiento fuera neutro, ejecutan la operación de sumarse a las
ideas de los varones, es aquí donde se trasviste el pensamiento
político y cultural producido por las mujeres, donde pierde su
capacidad transformadora y se fija en la permanencia del
sistema.
La estructura de la esclavitud con que funcionamos se ha ido
haciendo cada vez más profunda, mas oculta, mas travestida y más
sutil. Los ataques de nostalgia de las mujeres a la protección
del varón están demasiado presentes y tienen todas esas marcas
corporales de la sexualidad de dominación. Sospechoso y nada
inocente es que nos toque siempre andar un paso atrás de los
avances de la cultura masculina. Sospechoso es que se comience a
reflexionar acerca del fin de la historia, justo cuando las
mujeres empezamos a recuperar nuestra historia, cuando recién
comenzamos a ejercer como sujetos políticos pensantes.
Sospechoso es que aparezca el postmodernismo a reciclar lo ya
echo y pensado por la masculinidad, armando una
modernidad/masculinidad disfrazada que no es sino un constante
retorno, una modernización pragmática, relativa, que habla de la
muerte de las ideologías, cuando las ideologías que han
fracasado son las de los hombres, ninguna ideología elaborada
por grupos de mujeres ha fracasado aún, pues sencillamente no
hemos gozado más que del poder de las agitadoras, que nunca se
ha trasformado en un poder real, de prueba de otro sistema
cultural.
Si seguimos el hilo de nuestra historia de mujeres, podemos ver
que desde el proceso agitador del pensamiento de las mujeres
hasta ahora, hemos constituido varios movimientos pensantes y
actuantes , de esta historia que ha corrido siempre al margen de
la historia, me parece dudoso que a las puertas del siglo XXI,
la masculinidad pretenda dar por terminada la historia, entonces
nunca estuvimos ni al inicio, ni al final, por ello no dejo de
sospechar de las políticas de igualdad, o de diferencia tan
esgrimidas hoy, dentro de un pragmatismo transable y eclipsante
de nuestras luchas y de nuestros aportes.
Debemos tener mucho cuidado por tanto de los análisis
triunfalistas de avance, de los lugares conquistados, del
espejismo de retirada de la vieja estructura patriarcal. El
concepto de patriarca puede que esté sujeto a cuestión, a
remodelación, lo que no se ha cuestionado es la cultura de la
masculinidad, que se sigue leyendo como la única macrocultura
posible, la única creada por la humanidad en un continuo, he
allí el triunfo de la masculinidad, no el nuestro.
La reflexión desde un espacio político/cultural no feminizado
como lugar de referencia es fundamental, por aquí y sólo por
aquí, pasa la liberación de las mujeres y los cambios urgentes
que necesitamos como humanidad. Profundizando crítica y
políticamente el espacio secundarizado que nos ha asignado la
historia, podremos empezar a plantearnos la posibilidad de
ejercer nuevos modos de relación y nuevas estrategias
"feministas", más rebeldes, menos recuperables.
El pensamiento de algunas teóricas feministas está adquiriendo
esta dimensión de autonomía. La crítica que ha venido
desarrollado este pensamiento, está generando la posibilidad de
ejercitar otras propuestas civilizatorias. Avanzamos, hacia la
posibilidad de entablar un diálogo horizontal con la
masculinidad desde un lugar creado externamente a ella,
liberándonos de los nostálgicos deseos de permanecer en una
cultura, que por mas que la queramos leer como nuestra, nos
sigue siendo ajena.
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