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Capítulo 1 -
Capítulo 2 - Capítulo
3 - Capítulo 4
Capítulo II
LA CONSANGUINIDAD
Estamos insertos en una macrocultura que se constituye por
varios sistemas y subsistemas de valores entrelazados entre sí.
De acuerdo con estos ordenes se estructuran las relaciones entre
seres los humanos y los diferentes entendimientos de la vida y
la muerte.
Una de las características de los sistemas es que se
institucionalizan a través de una estructura piramidal que está
marcada por el dominio, valorizando y sobreponiendo un sistema a
otro, afectándolo y traspasándolo por una idea fundamentalista
de que la existencia es así, cuando en realidad es un diseño
cultural. Nos movemos dentro de un gran eje sistémico de
religiones, Estados, naciones, macro y micro sistemas donde se
establece la réplica del sistema en menor escala: la familia,
que dentro de esta jerarquía de poderes corresponde al
microsistema por excelencia y es el lugar de adiestramiento
fundamental, por esto lo cuida, lo marca como el lugar esencial
de los valores y lo legitima a través de la consanguinidad.
La reproducción no es leída como un acto de lo humano, sino como
un acontecimiento sobrehumano: el milagro de la vida, por lo
tanto las religiones pasan a ser el referente ideológico de la
explicación sobrehumana de lo humano. La familia se arma en este
contexto mítico-mágico y dentro de ella se estructura la base
del dominio, los padres -especialmente la madre- pasan a ser más
que responsables del cuidado de los hijos, guardianes y
reproductores del sistema.
La familia es lugar de origen, la gran referencia, bipolar,
lineal, de lucha y conflicto permanente desde donde leemos e
interpretamos la realidad.
En este espacio de relación consanguínea el cuerpo pasa a ser un
lugar político fundamental, donde se van construyendo y
materializando estos valores. Es un lugar que nos informa y
elabora conocimientos, y que registra lógicas diferenciadas
entre hombres y mujeres. Las mujeres poseemos un cuerpo cíclico,
que nos aproxima a la ciclicidad de la vida, mucho más compleja
que del cuerpo masculino, unidireccional de nacer y morir. La
experiencia biológica de la maternidad, la ejerzamos o no,
existe en nuestros cuerpos como una potencialidad concreta de la
continuidad de la vida.
Estos cuerpos culturales provienen de una experiencia histórica
especialmente diferenciada. Uno proviene de una historia de
sumisión, de maltrato, de marginación. Experiencia que atraviesa
siglos de la toma y uso del cuerpo de la mujer por otro cuerpo
antagónico y que esta marcado por espacios definidos: el de
sometimiento por placer (la pareja, lo amoroso, la
heterosexualidad) y el de uso de la reproducción (la maternidad)
y por último, el del poder (a través de la explotación y
apropiación del trabajo de las mujeres).
En este juego cultural, el espacio familiar es fundamental
tanto, para asegurar el sometimiento de las mujeres, como para
preservar la idea de una sociedad mentirosamente neutra, donde
la idea de "hombre" representa a una humanidad entera, es aquí
donde se asienta el orden simbólico de la masculinidad. Este
constructo es dinámico, y ha tenido una resistencia constante de
las mujeres, por esto los hombres han tenido que reinstalar su
poder constantemente, ya que esta resistencia no ha dejado de
existir, aunque al mismo tiempo esta fricción le ha servido a la
masculinidad para rearmar su genealogía y defender su poder.
En el orden de la Familia el hombre es el actuante, el sujeto
histórico. La mujer es la sin tiempo y sin historia, aquella que
no cuenta con la posibilidad del ejercicio de lo humano: pensar
y crear. El hombre es un creyente de sí mismo y de su cultura.
Las mujeres son creyentes de la familia, es decir de la cultura
de los hombres. Es la mujer la que educa y transmite las
herramientas del sistema, formando sistémicamente a los que más
tarde serán sus opresores genéricos en el supuesto de que sea la
gran educadora del sistema, y es precisamente este gesto
civilizatorio el que juega políticamente contra ella y las demás
mujeres, haciéndolas responsables de la transmisión de una
cultura que no han generado.
"La madre sistémica" es la que enseña a las hijas la obediencia
como actitud legítima y quien deslegitima la rebeldía, aunque
ambiguamente la comparta. Las sanciones que ejecuta la madre
sistémica tienen connotaciones distintas para cada sexo, a los
hombres los castiga cuando no cumplen su rol positivo de
dominación.
La obsesión del varón por construir cultura y sociedad como
preocupación constante de ubicación y utilización del poder, la
adquiere a través del linaje del padre, en la cultura de la
iniciación a través de ritos. Las mujeres están desprovistas de
este linaje y se les confiere sólo circunstancialmente cuando la
figura del varón sucesor está ausente se le confiere este linaje
a viudas o hijas de los grandes hombres, siempre que esté
dominada su rebeldía de género.
Desde el núcleo familiar se puede replicar el concepto a todo lo
demás: la familia militar, religiosa, negra, la nación, la gran
familia nacional. Todos los sistemas tienden a leerse desde esta
supuesta consanguinidad que viene a implementar y a sostener la
identidad común, estructuras de poder, sistemas concretos donde
los lazos consanguíneos son innegociables y que a su vez
construyen otros lugares inamovibles e innegociables.
Esta idea de consanguinidad por tanto, es la que hace a-cultural
a las expresiones homo-lésbicas, es la misma que produce en
estos espacios de márgenes culturales la añoranza de la familia
como lugar de pertenencia, a la vez que es la ejecutora el
castigo.
La idea de consanguinidad establece como hecho constitutivo la
marca inamovible de la sangre, aunque no garantiza los lazos
entre las personas, ni el entendimiento entre individuos. Lo que
produce tal entendimiento corresponde más a lazos electivos de
un orden valórico compartido. Se puede afirmar que la
consanguinidad funciona como un eje ideológico que responde a un
sistema de valores construido, donde la sangre se establece como
concepto de igualdad y de diferenciación al mismo tiempo, un
gesto esencialista y pervertido. Es aquí donde los conceptos de
igualdad y libertad son perturbados con lealtades que apelan a
la consanguinidad y no a la reflexión de dichos conceptos.
En este sentido, las mujeres hemos gozado de una igualdad en el
sentido más desigual de la historia, incluso hoy este sueño de
igualdad corresponde a un modelo masculino, de las mismas
aspiraciones de los hombres, como sueños de empoderamiento.
El concepto de consanguinidad reemplaza la ligazón del
pensamiento y la palabra, por un hecho biológico que sobrepone a
la capacidad de entendimiento de los humanos una condición
biológica mítica, por esto tiene tanto sentido la sangre en su
relación con la vida, pues a través de la sangre se trasmite el
poder, tanto de la familia como de sus réplicas en mayor escala,
reinos, estados, clases, castas, razas, etc., que estratifican y
friccionan a la sociedad diferenciándola negativamente y
constituyendo cortes conflictos, montados sobre la desconfianza,
pero fundamentalmente se enarbolan estos conceptos para instalar
la legitimidad de la explotación sobre los más desposeídos y en
este punto las mujeres somos un lugar de control para que esta
sociedad estratificada, pueda hacer funcionar la maquinaria
sádica de la masculinidad.
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