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La Mujer y su Mundo / The Woman and her World
El triunfo de la masculinidad
Capítulo 2
Margarita Pisano

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Capítulo 1 - Capítulo 2 - Capítulo 3 - Capítulo 4

Capítulo II

LA CONSANGUINIDAD


Estamos insertos en una macrocultura que se constituye por varios sistemas y subsistemas de valores entrelazados entre sí. De acuerdo con estos ordenes se estructuran las relaciones entre seres los humanos y los diferentes entendimientos de la vida y la muerte.

Una de las características de los sistemas es que se institucionalizan a través de una estructura piramidal que está marcada por el dominio, valorizando y sobreponiendo un sistema a otro, afectándolo y traspasándolo por una idea fundamentalista de que la existencia es así, cuando en realidad es un diseño cultural. Nos movemos dentro de un gran eje sistémico de religiones, Estados, naciones, macro y micro sistemas donde se establece la réplica del sistema en menor escala: la familia, que dentro de esta jerarquía de poderes corresponde al microsistema por excelencia y es el lugar de adiestramiento fundamental, por esto lo cuida, lo marca como el lugar esencial de los valores y lo legitima a través de la consanguinidad.

La reproducción no es leída como un acto de lo humano, sino como un acontecimiento sobrehumano: el milagro de la vida, por lo tanto las religiones pasan a ser el referente ideológico de la explicación sobrehumana de lo humano. La familia se arma en este contexto mítico-mágico y dentro de ella se estructura la base del dominio, los padres -especialmente la madre- pasan a ser más que responsables del cuidado de los hijos, guardianes y reproductores del sistema.

La familia es lugar de origen, la gran referencia, bipolar, lineal, de lucha y conflicto permanente desde donde leemos e interpretamos la realidad.

En este espacio de relación consanguínea el cuerpo pasa a ser un lugar político fundamental, donde se van construyendo y materializando estos valores. Es un lugar que nos informa y elabora conocimientos, y que registra lógicas diferenciadas entre hombres y mujeres. Las mujeres poseemos un cuerpo cíclico, que nos aproxima a la ciclicidad de la vida, mucho más compleja que del cuerpo masculino, unidireccional de nacer y morir. La experiencia biológica de la maternidad, la ejerzamos o no, existe en nuestros cuerpos como una potencialidad concreta de la continuidad de la vida.

Estos cuerpos culturales provienen de una experiencia histórica especialmente diferenciada. Uno proviene de una historia de sumisión, de maltrato, de marginación. Experiencia que atraviesa siglos de la toma y uso del cuerpo de la mujer por otro cuerpo antagónico y que esta marcado por espacios definidos: el de sometimiento por placer (la pareja, lo amoroso, la heterosexualidad) y el de uso de la reproducción (la maternidad) y por último, el del poder (a través de la explotación y apropiación del trabajo de las mujeres).

En este juego cultural, el espacio familiar es fundamental tanto, para asegurar el sometimiento de las mujeres, como para preservar la idea de una sociedad mentirosamente neutra, donde la idea de "hombre" representa a una humanidad entera, es aquí donde se asienta el orden simbólico de la masculinidad. Este constructo es dinámico, y ha tenido una resistencia constante de las mujeres, por esto los hombres han tenido que reinstalar su poder constantemente, ya que esta resistencia no ha dejado de existir, aunque al mismo tiempo esta fricción le ha servido a la masculinidad para rearmar su genealogía y defender su poder.

En el orden de la Familia el hombre es el actuante, el sujeto histórico. La mujer es la sin tiempo y sin historia, aquella que no cuenta con la posibilidad del ejercicio de lo humano: pensar y crear. El hombre es un creyente de sí mismo y de su cultura. Las mujeres son creyentes de la familia, es decir de la cultura de los hombres. Es la mujer la que educa y transmite las herramientas del sistema, formando sistémicamente a los que más tarde serán sus opresores genéricos en el supuesto de que sea la gran educadora del sistema, y es precisamente este gesto civilizatorio el que juega políticamente contra ella y las demás mujeres, haciéndolas responsables de la transmisión de una cultura que no han generado.

"La madre sistémica" es la que enseña a las hijas la obediencia como actitud legítima y quien deslegitima la rebeldía, aunque ambiguamente la comparta. Las sanciones que ejecuta la madre sistémica tienen connotaciones distintas para cada sexo, a los hombres los castiga cuando no cumplen su rol positivo de dominación.

La obsesión del varón por construir cultura y sociedad como preocupación constante de ubicación y utilización del poder, la adquiere a través del linaje del padre, en la cultura de la iniciación a través de ritos. Las mujeres están desprovistas de este linaje y se les confiere sólo circunstancialmente cuando la figura del varón sucesor está ausente se le confiere este linaje a viudas o hijas de los grandes hombres, siempre que esté dominada su rebeldía de género.

Desde el núcleo familiar se puede replicar el concepto a todo lo demás: la familia militar, religiosa, negra, la nación, la gran familia nacional. Todos los sistemas tienden a leerse desde esta supuesta consanguinidad que viene a implementar y a sostener la identidad común, estructuras de poder, sistemas concretos donde los lazos consanguíneos son innegociables y que a su vez construyen otros lugares inamovibles e innegociables.

Esta idea de consanguinidad por tanto, es la que hace a-cultural a las expresiones homo-lésbicas, es la misma que produce en estos espacios de márgenes culturales la añoranza de la familia como lugar de pertenencia, a la vez que es la ejecutora el castigo.

La idea de consanguinidad establece como hecho constitutivo la marca inamovible de la sangre, aunque no garantiza los lazos entre las personas, ni el entendimiento entre individuos. Lo que produce tal entendimiento corresponde más a lazos electivos de un orden valórico compartido. Se puede afirmar que la consanguinidad funciona como un eje ideológico que responde a un sistema de valores construido, donde la sangre se establece como concepto de igualdad y de diferenciación al mismo tiempo, un gesto esencialista y pervertido. Es aquí donde los conceptos de igualdad y libertad son perturbados con lealtades que apelan a la consanguinidad y no a la reflexión de dichos conceptos.

En este sentido, las mujeres hemos gozado de una igualdad en el sentido más desigual de la historia, incluso hoy este sueño de igualdad corresponde a un modelo masculino, de las mismas aspiraciones de los hombres, como sueños de empoderamiento.

El concepto de consanguinidad reemplaza la ligazón del pensamiento y la palabra, por un hecho biológico que sobrepone a la capacidad de entendimiento de los humanos una condición biológica mítica, por esto tiene tanto sentido la sangre en su relación con la vida, pues a través de la sangre se trasmite el poder, tanto de la familia como de sus réplicas en mayor escala, reinos, estados, clases, castas, razas, etc., que estratifican y friccionan a la sociedad diferenciándola negativamente y constituyendo cortes conflictos, montados sobre la desconfianza, pero fundamentalmente se enarbolan estos conceptos para instalar la legitimidad de la explotación sobre los más desposeídos y en este punto las mujeres somos un lugar de control para que esta sociedad estratificada, pueda hacer funcionar la maquinaria sádica de la masculinidad.

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