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Capítulo 1 -
Capítulo 2 -
Capítulo 3 - Capítulo
4
Capítulo III
OBLIGAR A LA VIDA: EJERCICIO DE LA MENTIRA
Aborto: ¿Una palabra sanguinaria, homicida?
El aborto se representa como una traición a la vida, pero más
que nada, la traición de la madre -la menos perdonable de
todas-, la que teniendo el mandato divino y cultural de parir,
niega la potencialidad del nacimiento de un sujeto. Estas
lecturas simplistas y demagógicas sobre el aborto, legitiman las
exigencias de vida de una cultura de la muerte, llena de
transgresiones básicas a la vida ya habida, gestora de guerras,
hambrunas, cárceles de menores, orfelinatos infrahumanos,
persecutora de razas enteras. Una cultura que no resuelve los
problemas de la humanidad, que no ha logrado conseguir la paz,
ni la igualdad social, sino que por el contrario construye estas
desigualdades, y además se otorga el derecho de sancionarnos y
despojarnos de la responsabilidad sobre nuestro cuerpo,
arrebatándonos toda la potencialidad de lo que constituye a un
ser humano, la libertad.
No es un acto inocente que cada cierto tiempo se vuelva a
reatacar el aborto más inquisitivamente, mostrando las
contradicciones de un sistema enfermo, cada vez más conservador
en sus propuestas y más libertino en las sombras de la
ilegalidad. Las propias contradicciones del sistema hacen que no
se haya podido resolver los problemas más mínimos y
fundamentales como que todo el mundo tenga derecho a comer, por
lo tanto a la vida.
Esta misma cultura que sanciona el aborto, es la que dedica
millones de dólares para llegar a clonar seres humanos sin
pecado concebido. Ya no es una metáfora la posibilidad de crear
humanos sin necesidad de sexo, pues el sexo y eso lo sabe el
sistema de sobra, es uno de los principales espacios donde se
construyen los poderes, por ello busca con tanto afán el control
de la vida y del cuerpo.
Pobre de nosotras, mujeres, el día que nos obliguen a abortar,
cuando los controladores descubran que el planeta está sobre
poblado, como ya sucede en algunas partes del mundo, y entonces,
toda nuestra lucha por el derecho a nuestro cuerpo y al diseño
de nuestras vidas sea otra vez ordenado, controlado por el mismo
sistema pero ahora en orden inverso.
Cuando el sistema necesita remozar y mantener su ideología, abre
los debates que le convienen, para poder reinstalarse, modificar
y profundizar el sentido común lo ya instalado, para que no se
le escape nadie. Por lo tanto, si abre públicamente el tema del
aborto, como cualquier otro tema atentatorio a sus conceptos
normativos: homosexualidad, lesbianismo, sexo no reproductor,
eutanasia, etc., lo hace solo para reinstalar el repudio y el
concepto de "pecado", ya que cuando el sistema habla, ya cuenta
con la resonancia ideológica en el imaginario colectivo, cuenta
con el miedo al poder de una moral normativa y castigadora.
En este debate somos nosotras las que tenemos que instalar un
nuevo sentido común y no existe equivalencia posible, porque el
sistema nos da la palabra y nos la quita cuando quiere. El
hablante 'es' el sistema, cuenta con el tiempo de él.
La posibilidad de gestar es un problema libertario de las
mujeres, no de los hombres, es nuestro cuerpo el que se
embaraza, es nuestro cuerpo el que da de mamar, radica en
nuestra conciencia corporal y somos nosotras finalmente, las
responsables de esa vida gestada. Por esto, es muy sospechoso
que aparezcan campañas de paternidad responsable, o de derechos
reproductivos como un problema individual moral y no social y
político.
Cada vez que se demanda la responsabilidad social y cultural
sobre la natalidad con dignidad de vida, de respeto a los seres
humanos, el sistema vuelve a reubicar el tema del aborto como un
concepto de producción privada, no social, por lo tanto, debemos
revisar y adecuar nuestras estrategias, pues analizado desde la
cultura vigente, el aborto ya está sancionado como crimen, ya
está inscrito como un acto sanguinario, y cualquier posibilidad
de discusión será manipulada para reponer la idea de crimen, por
tanto de pecado. El sistema no va a modificar esta concepción,
no va a transar nunca este punto, porque es el nudo político
donde constituye el concepto de feminidad, y por tanto de
maternidad. La simbología esencialista del amor y la culpa con
que nos han manejado, es uno de los puntos donde la masculinidad
construye el dominio sobre la mitad de la humanidad, es parte de
su esencia, esa es su ganancia, ahí radica el poder sobre las
mujeres y si es consecuente consigo mismo, no puede darnos
consentimientos, ni permisos, salvo por supuesto que nos quite
la maternidad, pues la ingeniería genética va a eso
precisamente.
Obligar a la vida es un acto omnipotente, prepotente y
autoritario, da cuenta de las fallas de una sociedad frágil en
sus valores y sus creencias. Una estructura social, política y
económica que está concretamente diseñada para unos pocos (no
para todos), que su propuesta de respeto a los seres humanos es
falsa. Estamos permeados del ejercicio de la mentira, por ello,
sancionar el aborto y mantenerlo en la ilegalidad es fundamental
para que esta maquinaria masculinista siga funcionando, así como
sanciona el suicidio, la eutanasia y todo derecho a decidir
sobre la propia vida.
Existe un gozo con el dolor del otro, con la prolongación de
dicho dolor, pues el dolor no piensa, se conduele de sí mismo, y
esta es una sociedad construida en un sistema antiquísimo de
vigilancia y prohibiciones, que entiende la vida como un
tránsito doloroso, culposo, ajeno, como si el diseño de nuestras
vidas le perteneciera a un otro, a una entelequia para nada
identificable. Cada vez estamos mas prisioneros del sentido
común instalado, controlador que filtra y permea hasta lo más
íntimo y sagrado de nuestras vidas, por esto la libertad cada
día es más lejana y se la teme tanto.
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