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La Mujer y su Mundo /
The Woman and her World
El triunfo de la masculinidad
Capítulo 4
Margarita Pisano

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Capítulo IV

La utopía de fin de siglo es el gol


Esto de que las mujeres hayan comenzado a bajar a las canchas de fútbol, al Rin de boxeo, al ejército -espacios demarcados, conformados y gestualizados por la masculinidad- merece una reflexión, pues cuando se rigidiza el espacio político y la desesperanza de la masa es total, aparecen estos circos romanos. Por supuesto que las mujeres sienten atracción por los espacios que nunca han tenido, pues siempre hemos sido espectadoras, no tenemos la experiencia de estar en un equipo vistiendo una misma camiseta, reconociéndose a sí misma y a otras como capaces.

Sin embargo esta experiencia sólo sirve a los hombres para corrobar el discurso moderno de la igualdad. Estas conquistas trasvestidas, validan la cultura de los varones, subsumiéndo a las mujeres más aún en su cultura. Como ejercicio de tránsito por los escenarios masculinos no esta mal, el peligro radica en imitar la cultura masculinista y sus valores como campo de entrenamiento del dominio, pues los deportes nacen y se perpetúan a través del entrenamiento simbólico de la guerra; someter al otro, derrotar al otro.

En el último campeonato mundial de Fútbol. ¿Qué es lo que se nos trasmitió en este gran hito deportivo?, siendo Francia la cuna de la revolución, de la libertad, una de las depositarias de la cultura centroeuropea. Aparecen en la ceremonia inaugural cuatro gigantes varones que invaden París para converger en el centro de la ciudad como "representantes" de las razas y culturas de los cuatro continentes; el indio de América, el negro de Africa, el rubio sajón de Europa, y el oriental de Asia. Estos cuatro gigantes simbolizan a las cuatro razas del mundo, como si las razas fueran cuatro y solamente de hombres, reduciendo los matices de cada continente y velando nuevamente los matices entre hombres y mujeres. La aparición de la mujer en este espectáculo fue simbólicamente evidente, aparecen en una esquina, desde abajo, de tamaño natural y las hacen crecer hasta las rodillas de los gigantes, simbología que no es neutra, pues el mundo se lee corporalizado como un varón gigante y omnipotente al que no podemos llegarle sino hasta las rodillas. Una vez finalizado este breve "homenaje" que nos hacen como género, las mujeres vuelven a desaparecer en un agujero en la tierra, o sea, a ocupar el sitial de la invisibilidad.

Estos gigantes simbólicos no son casuales, ni tampoco es casual que los hombres se lean como "los grandes representantes del mundo", pues es tanta la omnipotencia de la masculinidad, que no perciben realmente dónde se gestan los problemas del mundo, problemas que sus propias lógicas y dinámicas crean, y que por lo tanto no resolverán nunca.

Así mismo, todo este aparataje de admiración y exaltación a los jugadores que el fútbol destaca; el amor que se tienen a sí mismos, con expresiones concretas de besos y abrazos en las canchas, unos tirados encima de otros en el césped en actos sensuales. Así mismo los discursos de los comentaristas exaltan como un "enamorado" las condiciones físicas de estos ídolos y por otro lado, las hordas afiebradas que los siguen, fanatizadas de racismo, clasismo, nacionalismo, se focalizan ahora hacia una camiseta, incluso sus rostros pintados pasan ser una bandera.

El deporte ha logrado armar más creyentes que ninguna ideología, aglomera a los desplazados del mundo y les repone la ilusión de la gloria. Nunca hemos tenido expresiones más fanáticas, más masivas, más homogéneas y más funcionales a los intereses económicos que con el auge del deporte, ya no hay gente en las calles reclamando injusticias sociales o los abismos que hoy atraviesa nuestra sociedad, las calles quedan desiertas cuando los estadios están llenos.

El deporte además ha repuesto y legitimado la vieja idea y la práctica de la venta de los seres humanos. La gran paradoja, es que se da dentro de este "juego" el acceso al bienestar desmedido de unos pocos que la masa aplaude histéricamente. Hoy día es más importante un astro deportivo que un escritor o un agente cultural, además es mucho mejor pagado, y más valorizado por la sociedad.

Esta masa futbolera amando a sus semidioses deportivos, borra a los individuos, borra sus capacidades individuales, anula la visión crítica, pues el fanático no piensa, no cuestiona, está sometido a la creencia y a la adoración, remozando y recreando la idea del superhombre, del hombre superior.

Tener campeones es importante para un país, pues a través de estas mínimas conquistas exalta su nacionalismo, repone la identidad de unión y de superioridad frente a otros pueblos, minimizando las diferencias sociales y de proyecto político de país. Esto tiene que ver con un discurso siniestro que exalta la juventud al mismo tiempo que la repudia. No se puede negar que el sistema le teme a los jóvenes, pues siempre ha odiado lo que no entiende, lo distinto. El sistema entonces, usa al fútbol para vigilarlos y los estadios para castigarlos, y por supuesto, que los jóvenes en la furia exaltada del triunfo prestado, o en la derrota demoledora, le pasan la cuenta al sistema de todas sus decepciones y carencias, rompiendo afuera, lo que llevan roto por dentro.

Todo este juego de "inventar juegos" responde a políticas claras de un mundo que no les da trabajo, conocimientos, ni oportunidades. Por ello, a través de las barras, el sistema los institucionaliza, los sitúa, los recupera, los encandila con el fanatismo. Es historia conocida, son los circos conocidos.

Estamos llegando a este fin de siglo con el triunfo de una cultura masculinista, racista, clasista, sexista, fóbica de la juventud y de la vejez no triunfantes. Y en este "juego" de hombres, las mujeres somos apenas comparsas, aunque algunas accedan a la cancha. El viejo tópico de que el deporte hace una mente y un cuerpo sanos, es una más de las grandes mentiras de este siglo, pues a estas alturas no se puede negar la deformación anaeróbica de los músculos y el cuerpo usado como máquina de competencia, desarrollado como producto de la industria farmacéutica.

La utopía de este final de siglo ya no es la búsqueda de la igualdad social, o el rechazo colectivo a las transgresiones a los individuos, a los pueblos perseguidos o en exterminio, a la hambruna, a las limpiezas étnicas, a los esencialismos, todas estas aberraciones son silenciadas con el grito del gol, ¿Será el gol la utopía del nuevo siglo?

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