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Capítulo 1 -
Capítulo 2 -
Capítulo 3 -
Capítulo 4
Capítulo IV
La utopía de fin de siglo es el gol
Esto de que las mujeres hayan comenzado a bajar a las canchas de
fútbol, al Rin de boxeo, al ejército -espacios demarcados,
conformados y gestualizados por la masculinidad- merece una
reflexión, pues cuando se rigidiza el espacio político y la
desesperanza de la masa es total, aparecen estos circos romanos.
Por supuesto que las mujeres sienten atracción por los espacios
que nunca han tenido, pues siempre hemos sido espectadoras, no
tenemos la experiencia de estar en un equipo vistiendo una misma
camiseta, reconociéndose a sí misma y a otras como capaces.
Sin embargo esta experiencia sólo sirve a los hombres para
corrobar el discurso moderno de la igualdad. Estas conquistas
trasvestidas, validan la cultura de los varones, subsumiéndo a
las mujeres más aún en su cultura. Como ejercicio de tránsito
por los escenarios masculinos no esta mal, el peligro radica en
imitar la cultura masculinista y sus valores como campo de
entrenamiento del dominio, pues los deportes nacen y se
perpetúan a través del entrenamiento simbólico de la guerra;
someter al otro, derrotar al otro.
En el último campeonato mundial de Fútbol. ¿Qué es lo que se nos
trasmitió en este gran hito deportivo?, siendo Francia la cuna
de la revolución, de la libertad, una de las depositarias de la
cultura centroeuropea. Aparecen en la ceremonia inaugural cuatro
gigantes varones que invaden París para converger en el centro
de la ciudad como "representantes" de las razas y culturas de
los cuatro continentes; el indio de América, el negro de Africa,
el rubio sajón de Europa, y el oriental de Asia. Estos cuatro
gigantes simbolizan a las cuatro razas del mundo, como si las
razas fueran cuatro y solamente de hombres, reduciendo los
matices de cada continente y velando nuevamente los matices
entre hombres y mujeres. La aparición de la mujer en este
espectáculo fue simbólicamente evidente, aparecen en una
esquina, desde abajo, de tamaño natural y las hacen crecer hasta
las rodillas de los gigantes, simbología que no es neutra, pues
el mundo se lee corporalizado como un varón gigante y
omnipotente al que no podemos llegarle sino hasta las rodillas.
Una vez finalizado este breve "homenaje" que nos hacen como
género, las mujeres vuelven a desaparecer en un agujero en la
tierra, o sea, a ocupar el sitial de la invisibilidad.
Estos gigantes simbólicos no son casuales, ni tampoco es casual
que los hombres se lean como "los grandes representantes del
mundo", pues es tanta la omnipotencia de la masculinidad, que no
perciben realmente dónde se gestan los problemas del mundo,
problemas que sus propias lógicas y dinámicas crean, y que por
lo tanto no resolverán nunca.
Así mismo, todo este aparataje de admiración y exaltación a los
jugadores que el fútbol destaca; el amor que se tienen a sí
mismos, con expresiones concretas de besos y abrazos en las
canchas, unos tirados encima de otros en el césped en actos
sensuales. Así mismo los discursos de los comentaristas exaltan
como un "enamorado" las condiciones físicas de estos ídolos y
por otro lado, las hordas afiebradas que los siguen, fanatizadas
de racismo, clasismo, nacionalismo, se focalizan ahora hacia una
camiseta, incluso sus rostros pintados pasan ser una bandera.
El deporte ha logrado armar más creyentes que ninguna ideología,
aglomera a los desplazados del mundo y les repone la ilusión de
la gloria. Nunca hemos tenido expresiones más fanáticas, más
masivas, más homogéneas y más funcionales a los intereses
económicos que con el auge del deporte, ya no hay gente en las
calles reclamando injusticias sociales o los abismos que hoy
atraviesa nuestra sociedad, las calles quedan desiertas cuando
los estadios están llenos.
El deporte además ha repuesto y legitimado la vieja idea y la
práctica de la venta de los seres humanos. La gran paradoja, es
que se da dentro de este "juego" el acceso al bienestar
desmedido de unos pocos que la masa aplaude histéricamente. Hoy
día es más importante un astro deportivo que un escritor o un
agente cultural, además es mucho mejor pagado, y más valorizado
por la sociedad.
Esta masa futbolera amando a sus semidioses deportivos, borra a
los individuos, borra sus capacidades individuales, anula la
visión crítica, pues el fanático no piensa, no cuestiona, está
sometido a la creencia y a la adoración, remozando y recreando
la idea del superhombre, del hombre superior.
Tener campeones es importante para un país, pues a través de
estas mínimas conquistas exalta su nacionalismo, repone la
identidad de unión y de superioridad frente a otros pueblos,
minimizando las diferencias sociales y de proyecto político de
país. Esto tiene que ver con un discurso siniestro que exalta la
juventud al mismo tiempo que la repudia. No se puede negar que
el sistema le teme a los jóvenes, pues siempre ha odiado lo que
no entiende, lo distinto. El sistema entonces, usa al fútbol
para vigilarlos y los estadios para castigarlos, y por supuesto,
que los jóvenes en la furia exaltada del triunfo prestado, o en
la derrota demoledora, le pasan la cuenta al sistema de todas
sus decepciones y carencias, rompiendo afuera, lo que llevan
roto por dentro.
Todo este juego de "inventar juegos" responde a políticas claras
de un mundo que no les da trabajo, conocimientos, ni
oportunidades. Por ello, a través de las barras, el sistema los
institucionaliza, los sitúa, los recupera, los encandila con el
fanatismo. Es historia conocida, son los circos conocidos.
Estamos llegando a este fin de siglo con el triunfo de una
cultura masculinista, racista, clasista, sexista, fóbica de la
juventud y de la vejez no triunfantes. Y en este "juego" de
hombres, las mujeres somos apenas comparsas, aunque algunas
accedan a la cancha. El viejo tópico de que el deporte hace una
mente y un cuerpo sanos, es una más de las grandes mentiras de
este siglo, pues a estas alturas no se puede negar la
deformación anaeróbica de los músculos y el cuerpo usado como
máquina de competencia, desarrollado como producto de la
industria farmacéutica.
La utopía de este final de siglo ya no es la búsqueda de la
igualdad social, o el rechazo colectivo a las transgresiones a
los individuos, a los pueblos perseguidos o en exterminio, a la
hambruna, a las limpiezas étnicas, a los esencialismos, todas
estas aberraciones son silenciadas con el grito del gol, ¿Será
el gol la utopía del nuevo siglo?
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