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00 - A medida que las elecciones del 2000 se aproximan, es muy probable
que oigamos bastante acerca de " los valores " familiares de
los candidatos. De igual modo, tanto los Republicanos como los Demócratas
manifestarán de forma invariable su preocupación y sus nobles
intenciones hacia las familias y niños de EE.UU.. Es de destacar que lo
más probable es que ninguno de los candidatos identifique desigualdad
de clases, racismo institucionalizado o machismo en el hogar y en el
lugar de trabajo entre los problemas a los que se enfrentan muchas
familias. En su lugar, seremos testigos de la denigración de ciertas
clases de familias: amas de casa solteras, madres adolescentes, padres
desempleados sin hogar, madres con subsidio y algún que otro tipo serán
identificadas como las causas del crimen, la pobreza, de la dependencia
intergeneracional de las prestaciones de la seguridad social e incluso
de la " decadencia moral".
Mientras que algunas familias serán individualizadas y culpadas,
otras serán idealizadas y reverenciadas. Por ejemplo, en las
convenciones nacionales del próximo verano, los candidatos, sin ninguna
duda, prestarán tributo a su esposa e hijos "íntegramente
estadounidenses". Para acumular aprobación política y popular, la
familia de cada candidato debe aproximarse a un cierto ideal ( el modelo
"Ozzie y Harriet" de familia blanca, cristiana, trabajadora
no-manual y sus buenos y bien arreglados hijos y esposas.) Como vimos en
el caso de Hillary Clinton, las esposas que trabajan, mantienen su
apellido o se consideran iguales a sus esposos constituyen un lastre político.
Los individuos que cometen transgresiones más serias (como la
convivencia y la crianza de hijos fuera del matrimonio, el ateísmo o el
esposo "amo de casa "), sencillamente nunca aparecerán como
candidatos. De hecho, a pesar de lo obsoleto de "Ozzie y Harriet"
hoy en día (únicamente una pequeña fracción de las familias encajan
en este molde de 1950), la cultura política estadounidense continúa
idealizando y lamentando el declive de esta forma de familia pasada de
moda.
Los temores por el "declive" de la Familia han sido
permanentes desde hace unos 100 años. Radica mucha inquietud en la
incorrecta noción de que la llamada familia "tradicional" -lo
que significa nuclear, con el hombre como cabeza de familia- o
simplemente " la Familia", es una institución antigua y
natural. En consecuencia, las formas de vida de las familias no
tradicionales son catalogadas como inmorales y antinaturales. Las políticas
de la "Familia" se guían no sólo por los problemas reales a
los que se enfrentan las actuales familias, sino también por esa obsesión
por la forma de la familia " correcta " y la alarma por
relaciones alternativas. Por consiguiente, en el discurso político y en
la política pública dominan los asuntos de familias de gays y
lesbianas, pobreza, madres solteras, divorcio y cuidado de niños. Aún
más, la glorificación de la Familia como pilar de moralidad y decencia
ha obscurecido los problemas de "abuso de niños y esposas".
Por último, las políticas familiares continúan las desigualdades
raciales, de clase, de género desde el "valor " asignado a
los niños blancos en EEUU y en el extranjero, hasta el marketing de
genes, embriones y servicios de alquiler de vientres que son posibles
por las tecnologías reproductivas.
¿Qué es la familia?
La noción estadounidense contemporánea de la Familia se basa en las
creencias victorianas de la clase media sobre los "correctos "
papeles del hombre y de la mujer en la vida pública y privada. Antes,
en la época colonial, apenas se hacían distinciones entre las esferas
públicas y privadas: de hecho, a la familia colonial se le veía como
un microcosmo de la sociedad, un pequeño conglomerado. Encabezada por
un patriarca, la familia ( que incluía no sólo a la parentela de
sangre, sino también a sirvientes y aprendices), era el lugar de
trabajo, oración y autoridad legal y social, y, por lo tanto, la economía,
la religión, la ley y la política resultaban inseparables de la vida
familiar. Por consiguiente, las familias representaban muchas de las
funciones que desde entonces se han relegado a las instituciones públicas,
no familiares.
En 1800, el pequeño conglomerado dio lugar a una nueva concepción
de la familia, como " un refugio en un mundo despiadado". Para
los victorianos, la familia suponía un bastión de moralidad y tiernos
sentimientos, un refugio del nuevo y cruel escenario del comercio y de
la industria. Por lo tanto, había nacido la " familia compañera",
y los matrimonios se basaban cada vez más en nociones de amor romántico
y soporte emocional. A medida que las relaciones entre marido y mujer se
volvían menos formales y más pasionales, también lo hacían entre
padres e hijos, y los padres dedicaban más tiempo e interés al cuidado
de sus hijos. Estimuladas por estas cambiantes creencias culturales,
además de los oscilantes intereses económicos, las mujeres de la clase
media hicieron grandes esfuerzos para controlar su fertilidad. Las tasas
de reproducción entre las parejas blancas de clase media descendieron
de una media de 7 hijos en 1800 a 4,2 en 1880.
Las relaciones familiares victorianas estaban gobernadas por la
doctrina de " esferas separadas ", lo que afirmaba que hombres
y mujeres, en virtud de diferencias y aptitudes naturales, deberían
ocupar distintos dominios de la sociedad (los hombres en el mundo del
trabajo, las mujeres en el del hogar.) Se esperaba que las mujeres
sirvieran de guardianas de la moral y de educadoras. Y se designó a los
hombres como " los protectores y los representantes de sus familias
en relación con el mundo exterior, además de ser la fuente primordial
de autoridad en el hogar". A través de esta división de papeles,
" se excluye a las mujeres de obtener un acceso directo a
apreciados recursos como salario, un trabajo reconocido y de cierto
estatus y autoridad política". Son económicamente dependientes de
sus maridos. Aún más, a través del matrimonio, el marido conseguía
un acceso exclusivo a y sobre la sexualidad de las mujeres. De hecho el
contenido de la sexualidad de las mujeres ( blancas y de clase media) a
menudo se retrataba como la base del orden social. De muchas formas,
estas creencias victorianas sobre las adecuadas relaciones familiares y
de género, persisten hoy en día en la cultura estadounidense.
Por ejemplo, al gobernar las relaciones sociales y sexuales entre los
hombres y las mujeres, la Familia también constriñe las relaciones
entre hombres y mujeres. Arraigada en el ideal de la Familia, además de
la sicología freudiana, y las actuales leyes estadounidenses sobre el
matrimonio y la familia, existe la premisa de que las mujeres aceptan y
desean a los hombres (y al revés), como sus parejas sexuales y de
convivencia. En consecuencia, las uniones de gays y lesbianas se han
percibido bajo una escala que va desde anticonvencionales hasta
aborrecibles, o sencillamente se mantienen "invisibles". Las
definiciones legales del matrimonio como una institución heterosexual
han convertido a gays y lesbianas en exiliados fuera de los lazos de
parentesco. En consecuencia, los temas sobre el matrimonio y la familia
plantean complejos dilemas a los gays y lesbianas estadounidenses: por
una parte se encuentran los abundantes beneficios sociales y legales de
los derechos matrimoniales que los heterosexuales dan por sentado, además
del potencial existente para las parejas de gays y lesbianas de
instituir nuevas y liberatorias formas familiares. Por otra parte existe
la preocupación de que las familias de gays y lesbianas representarían
" una opresiva acomodación a una sociedad heterosexual."
Actualmente las luchas de gays y lesbianas por mantener y establecer
relaciones existen dentro de un contexto de resurgente hostilidad por
parte de los políticos de derecha y de grupos religiosos. Desde
comienzos de los años 80, la Nueva Derecha ha asumido la homosexualidad
como una amenaza primaria y urgente sobre la vida familiar. Las
iniciativas de la legislación antigay ( como los esfuerzos para
desproveer a gays y lesbianas de sus derechos civiles o expulsar a los
profesores homosexuales de los colegios públicos), evocan la amenaza
homosexual sobre las familias y los niños. Estableciendo el SIDA como
una "plaga gay", las publicaciones conservadoras encabezan sus
titulares con " las Enfermedades de Homosexuales Amenazan a las
Familias Estadounidenses ". En sus ataques a gays o lesbianas, la
nueva derecha promueve los miedos populares a que cuestionar, desafiar o
derrotar el ideal de la Familia es amenazar el orden social y moral que
éste asegura.
Amenazas contra la Familia
Además de la "amenaza homosexual," el aumento del
desempleo femenino, el divorcio, la convivencia y la crianza de los
hijos fuera del matrimonio y la maternidad soltera, también se han
percibido como amenazas a la vida familiar, mientras que cada vez menos
estadounidenses viven " en hogares tradicionales". Históricamente
las familias actuales alcanzaron su máxima preponderancia durante los años
40 y 50 (cuando cerca de un 60% de las familias estadounidenses eran
familias tradicionales), y han declinado firmemente desde entonces.
Actualmente cerca de un 20% de las familias son
"tradicionales" (US Merit Systems Protection Board.) Esta
disminución fue provocada en gran parte por los cambios en el
capitalismo industrial. Después de los años 50, la economía
"post-industrial" cambió del pesado trabajo fabril al trabajo
de servicios y de oficinas, y el trabajo barato de las mujeres fue
apropiado por el capitalismo para acomodarse al enorme crecimiento de
este sector. Ahora, la mayoría de las mujeres toman parte en el trabajo
remunerado. El porcentaje de esposas dentro de la fuerza laboral ha
crecido de un 23,8% en 1950 a un 54,2% en 1985 y se espera que alcance
el 62% en el 2000 ( National Research Council.) Actualmente, más de la
mitad de las madres con hijos en edad preescolar trabajan fuera del
hogar. Sumándose a estos cambios, la tasa de divorcios se ha triplicado
en los últimos 50 años, y cerca de la mitad de los matrimonios
estadounidenses se acaban en 7 años. Más aún, el número de parejas
que cohabitan sin casarse se ha cuadruplicado desde 1970, y la tercera
parte de ellas tienen hijos. De forma parecida, los nacimientos entre
las madres solteras se han duplicado desde 1970, y más de la cuarta
parte de las familias estadounidenses son hogares monoparentales. El
conjunto de estos cambios ha disminuido drásticamente la pervivencia de
las familias nucleares tradicionales con el hombre como cabeza de
familia.
Todavía el ideal de la Familia domina fuertemente sobre la sociedad
estadounidense, y las familias " no tradicionales" y los
arreglos entre géneros se catalogan comúnmente como el huésped de los
problemas políticos, incluidos la pobreza, el desempleo y la expansión
de la " decadencia social". Los políticos conservadores han
lanzado un vituperante ataque contra el movimiento femenino, culpando a
las feministas "harpías y arribistas" de incrementar las
tasas de divorcio, el sexo prematrimonial y extramatrimonial, la
"ilegitimidad" y otras "crisis " morales. Algunos
conservadores han propuesto iniciativas para dificultar el proceso del
divorcio, sugiriendo que se instituya un " período de espera"
de cinco a siete años para reanimar una cultura de matrimonios
duraderos. Los "valores familiares" de tendencia mundial
provocaron además a muchos científicos sociales: por ejemplo, un
famoso sociólogo, que describía a las familias negras, dirigidas por
mujeres, como el centro de una "maraña patológica" de las
zonas urbanas, sugirió que el crimen y la pobreza podían disminuir
aumentando el número de hombres negros casaderos (con empleo). Esta
exaltación de la Familia como la solución a las enfermedades sociales
denigra a otras formas familiares como inherentemente patológicas y, en
última instancia, no ataca en su totalidad las estructuras racistas,
sexistas y clasistas que generan el crimen, el desempleo y la pobreza.
Por ejemplo, como el "divorcio sin culpables" se ha
convertido en algo cada vez más común, también lo ha hecho el
empobrecimiento de las mujeres divorciadas y de sus hijos. Más de la
mitad de estas madres solas viven por debajo del umbral de pobreza. De
hecho, mientras que el nivel medio de los hombres aumenta un 42% después
del divorcio, el de las mujeres disminuye hasta un 73%. Mucha de esta
injusticia económica se puede remontar al desarrollo en los años 70 de
leyes de divorcio que presuponen que las mujeres se volverían
autosuficientes después del divorcio. En contraste con las anteriores
leyes de divorcio que favorecían a la parte "inocente" que se
oponía al divorcio ( en la mayor parte, las mujeres dependientes), los
juzgados han empezado a tratar como iguales a hombres y mujeres. Por
ejemplo, mientras que los juzgados, típicamente concedían a las
mujeres la casa familiar, ahora es cada vez más frecuente que los
jueces decreten que la casa se venda y el beneficio se reparta
equitativamente. Para las amas de casa en particular, "la
venta" obligatoria de la casa puede significar la pérdida no sólo
de su matrimonio, trabajo y posición social, sino también de su hogar
durante muchos años. Lo que de hecho está ocurriendo no es ni justo ni
equitativo, porque aun cuando la división de una propiedad tangible es
medianamente equitativa, lo que supone de hecho en la mayoría de las
familias el principal sustento ( es decir, la capacidad salarial del
marido) se queda en su mayor parte o completamente fuera de la ecuación.
Por lo tanto, las pensiones alimenticias se otorgan cada vez menos, y
ahora se arreglan típicamente como concesiones transitorias a corto
plazo. En 1978, por ejemplo, sólo una sexta parte de las mujeres
divorciadas recibían pensiones, y la pensión media en 1984 era sólo
de 350 dólares al mes durante una duración media de 25 meses. Formando
parte de esta división igualitaria de los bienes matrimoniales, se
encuentra la gran responsabilidad de las mujeres por los hijos. En cerca
del 90% de los casos, a las mujeres se les concede la custodia, y en
consecuencia tienen hogares mayores con más necesidades económicas.
Sin embargo, los pagos por el mantenimiento de los hijos a menudo son
inadecuados ( tenían una media de 200 dólares al mes en 1985) o, en el
54% de los casos, los padres simplemente se niegan a efectuar los pagos.
Esta combinación de bajos ingresos y altas necesidades económicas a
menudo termina en serias dislocaciones económicas para las mujeres
divorciadas y sus hijos. Notablemente, recientes investigaciones indican
que los estresantes efectos de esta dislocación ( empobrecimiento, pérdida
del hogar, cambio de colegio y odio y amargura entre los padres) son en
gran medida responsables de los problemas emocionales y de
comportamiento que los hijos pueden experimentar después del divorcio.
Mientras que el divorcio es quizá inevitablemente difícil para los
hijos, el reducir sus repercusiones económicas para las mujeres y los
niños ofrece ciertamente una promesa más terapéutica que las
propuestas conservadoras de "salvar" o "reanimar" a
la Familia impidiendo que las parejas infelices e incompatibles se
divorcien.
Abuso de esposas e hijos
La arraigada creencia en la moralidad y decencia de la Familia ha
tendido también a obscurecer el problema de la violencia doméstica. En
la cultura estadounidense, la violencia contra la mujer (en su mayor
parte violación) y el abuso de los niños se exponen muy frecuentemente
como crímenes cometidos por extraños. Las reuniones en contra de la
violencia sexual en las universidades, la cobertura en los medios de
comunicación sobre niños violados y sometidos a abuso y las campañas
por " los salvadores de niños" para localizar a niños
secuestrados o desaparecidos, a menudo olvidan mencionar que lo más
probable es que las mujeres y los niños hayan sido abusados físicamente
y sexualmente por miembros de sus propias familias. Es más, el popular
énfasis en los crímenes cometidos por "extraños" hace
hincapié en estereotipos racistas y clasistas.
En contraste con tales representaciones populares, la investigación
científica social sobre el abuso de los niños revela que la gran mayoría
de los perpetradores son miembros de la familia. Por ejemplo, un estudio
de 1984 sobre el abuso de los niños reveló que, de todas las denuncias
por abuso, el 94,2% registró al abusador como el padre. De las
denuncias de abuso sexual, el 77,4% cita a los padres como los
culpables. Otros parientes son responsables del 4% de todos los abusos y
del 16,3% del abuso sexual. Los no-parientes perpetran sólo un 1,8 por
ciento de todos los abusos y un 6,3 por ciento de los abusos sexuales.
Un estudio histórico (Gordon y O´Keeffe) sobre el incesto en Boston
desde 1880 a 1960 obtuvo similares resultados y mostró que el 95,8% de
las víctimas de incesto eran niñas.
Recientes investigaciones sobre el abuso de esposas también
documenta la existencia común de violencia doméstica. Un reciente
estudio ( Strauss, Gelles y Steinmetz) preguntó a parejas casadas sobre
la existencia de diversos actos de violencia doméstica. Cerca de una
cuarta parte de las parejas declaró incidentes de empujones, tironeos o
empellones; una quinta parte declaró bofetadas y una décima parte había
sufrido patadas, mordiscos o golpes. Más aún, el 6% declaró haber
golpeado a su esposa y el 4% afirmó haber usado un cuchillo o una
pistola. Quizá los descubrimientos más desconcertantes fueron
declaraciones de parejas de " una pareja abofeteándose mutuamente
": el 9% de los esposos y el 5% de las mujeres calificó esa
violencia como " por lo menos necesaria de algún modo", y el
28% de los maridos y el 23% de las mujeres la declaró como "
normal" Tales estudios sugieren un duro contraste con la adulación
popular de la Familia --la vida familiar como un escenario primario de
conflictos y abusos.
Las mujeres y los niños al final
La glorificación de la Familia, combinada con la prevaleciente
actitud económica de que los trabajadores son prescindibles, ha
constituido también la política de atención a los niños
estadounidenses. A diferencia de otras naciones occidentales
industrializadas, los Estados Unidos no tienen un sistema nacional de
asistencia a la infancia. Sólo durante la Segunda Guerra Mundial,
cuando el trabajo de las mujeres se necesitaba urgentemente para cumplir
tareas en las industrias de defensa, el gobierno Federal estableció
servicios de atención a los niños sin ningún costo para las madres
trabajadoras. A través de la Ley Lanham, cerca de 75.000.000 de dólares
federales y estatales fundaron el establecimiento de los centros de
cuidado a la infancia que sirvieron a unos 600.000 niños. Aún así, sólo
aproximadamente un 40% de las necesidades de atención a los niños se
cubrieron, y los críticos señalaban que los centros eran sólo
"aparcamientos de bebés" con poca preocupación por el
bienestar o la educación de los niños. Cuando terminó la guerra, los
fondos limitados, provistos por la Ley Lanham, se cortaron drásticamente,
reflejando que " la visión del cuidado diario que persiste en este
día, a saber, esos vastos programas son por lo menos un mal necesario
adecuados a las condiciones de crisis bastante más que un derecho
universal". La política social abrazó a la familia como un
principio guía que se debe preservar y reforzar. De hecho, mientras que
las experiencias de las mujeres durante la guerra demostraron su
capacidad para acometer "trabajo de hombres", la sociedad
mantuvo que el sitio de las mujeres estaba en casa.
Bajo la Administración de Nixon, la ideología de la Familia de
nuevo guió el aprovisionamiento de servicios de asistencia infantil. En
1970, se propuso el Ley de Desarrollo Integral del Niño, para asegurar
el cuidado diario a un precio asequible para todas las madres
trabajadoras y padres solteros. Las cuotas por los servicios se recaudarían
en una escala corrediza. Aunque la propia conferencia de Nixon sobre la
Infancia ( White House Conference on Children) en 1970 había
identificado la asistencia infantil como " uno de los mayores
problemas a los que se enfrentan las familias estadounidenses", en
1971 Nixon vetó la Ley basándose en que " debilitaría a la
Familia". Por el contrario, la política inventada por la
administración de Nixon (el Programa de Incentivos para el Trabajo [WIN
en inglés]) propuso dotar de asistencia sólo a los niños pobres, como
un "incentivo laboral".
Las políticas de Nixon no buscaban ayudar o capacitar a los pobres
sino transformar a los destinatarios de la ayuda social en una fuente
barata de mano de obra. Al justificar esos programas, el Comité del
Congreso encargado de supervisar las decisiones y la legislación en
materia de finanzas afirmó que " el niño de una familia elegible
bajo estos programas se beneficiará de la contribución de un cuidado
de calidad y del ejemplo de un adulto en la familia asumiendo
responsabilidades financieras por él". Las empresas, que iban a
beneficiarse directamente de estos programas, estuvieron de acuerdo:
"... es importante que el gobierno estimule programas para el
desarrollo de recursos humanos que eviten que los niños se transformen
en ciudadanos improductivos por el entorpecedor efecto de la pobreza...
El niño tendrá como modelo a un padre trabajador, en lugar del apoyo
social. Más aún, ganará familiaridad con el mundo laboral y se sentirá
allí como en su casa " Mientras que la atención universal a la
infancia representaba " una amenaza" a la Familia, la
asistencia infantil para los pobres se consideraba desde una posición
muy diferente.
Igualmente, en estos recientes años, muchos políticos de " los
valores familiares" que se oponen a un sistema nacional de
asistencia infantil, respaldan simultáneamente el cuidado diario como
un medio de reducir las listas de asistencia social. Fuera del
movimiento de " reforma de la seguridad social", las
propuestas de "trabajo" convierten los servicios de atención
a los niños accesibles para trasladar a las madres pobres del apoyo público
hacia trabajos mal pagados y no cualificados. En otros esfuerzos
recientes, los receptores de asistencia social han sido requeridos para
ejecutar trabajos no remunerados a cambio de estipendios de apoyo y
servicios de asistencia infantil, aunque los abogados de los pobres han
desafiado con éxito muchas de estas iniciativas. Por lo tanto, la
asistencia federal a los niños continúa siendo retratada como un mal
necesario, un remedio para la dependencia económica, pero no como un
derecho para todos los padres. Como en el pasado, los políticos
glorifican la sagrada institución de la Familia mientras impiden la
entrada a los pobres.
Adopción y tecnología reproductiva
El racismo y la explotación económica también abrazan las prácticas
de adopción y tratamientos de fertilidad. En el caso de la adopción,
se asignan diferentes valores a los niños ilegítimos blancos y negros,
y las madres solteras blancas y negras han hecho frente a diferentes
presiones sociales y económicas. La práctica de la adopción se volvió
socialmente aceptable después de la Segunda Guerra Mundial, a medida
que el sexo extramatrimonial y los embarazos entre blancas se hicieron más
frecuentes y se veían cada vez más como las consecuencias de problemas
curables, emocionales, y ambientales más que como inferioridades biológicas
e inmutables. Desde que los bebés blancos ya no se consideraban la
descendencia "manchada" de mujeres " descarriadas",
las parejas infértiles se volvieron cada vez más interesadas en
adoptarlos. A medida que la demanda por estos bebés aumentaba, las
adolescentes blancas sufrieron enormes presiones para que dejaran sus
bebés en adopción. Las agencias públicas, las organizaciones de
servicios nacionales y las casas de maternidad, no rara vez recurrían a
tácticas cuestionables, incluida la venta de bebés para su beneficio.
Algunos bebés se confiscaban a la fuerza al nacer, y a otras madres se
les engañaba diciendo que su bebé había nacido muero. Mientras, los
bebés negros permanecían "manchados" por su ilegitimidad. En
contraste a sus compañeras blancas, se esperaba que las adolescentes
negras conservaran a sus hijos, quienes tenían poco "valor"
en el mercado de la adopción. Más aún, algunas políticas estatales
castigaban a las madres negras por producir costosos e indeseables
ciudadanos, cortándoles sus beneficios sociales, esterilizándolas o
encarcelándolas por "ilegitimidad."
El racismo continúa gobernando las prácticas adoptivas en Estados
Unidos. Actualmente, la mayoría de las agencias públicas y privadas de
adopción, emplean " políticas de emparejamiento racial", las
cuales generalmente han estructurado la adopción imitando la biología
y reflejan los amplios y poderosos sentimientos de que las relaciones
padre-hijo funcionarán mejor entre semejantes biológicos y mostraban
temor de que los padres no podrán realmente amar y cuidar a los que no
son semejantes biológicamente. Los niños necesitados de un hogar se
dividen en lotes de blancos y negros, y los niños del lote negro se
clasifican entonces por su tono de piel, y a veces también por
nacionalidad, etnia u otras características culturales. El lote de
padres en búsqueda se divide y clasifica de forma similar. Entonces se
hace un intento de emparejar los niños en las diversas categorías
negras con su padre correspondiente. El objetivo es asignar el niño
negro de tono claro con padres de tonos claros, el niño haitiano con
padres haitianos y así sucesivamente.
Estas políticas de emparejamiento racial emergieron de la genuina
preocupación por las minorías de niños. En 1972, la Asociación
Nacional de Trabajadores Sociales Negros, ( NABSW en inglés) manifestó
su temor de que la práctica de colocar niños negros con padres blancos
era una forma de genocidio, poniendo en peligro el total sentimiento de
los niños hacia ellos mismos". Sin embargo, el 54% de los niños
disponibles en adopción no son blancos mientras que el 87% de los
posibles padres son blancos. En consecuencia, una gran cantidad de niños
no blancos languidece en los orfanatos, mientras que a las parejas
blancas que desean adoptar transracialmente se les impide hacerlo. Últimamente,
las prohibiciones de adopciones transraciales " se mantienen en la
forma de colocar a los niños que necesitan un hogar con las familias
adoptivas disponibles". En lugar de estas políticas de
emparejamiento racial, Bartholet sugiere "una verdadera y tierna
preferencia, para que en las situaciones en que familias cualificadas
blancas y negras estén esperando para adoptar, se puedan asignar los niños
en las mismas bases raciales". Hay alguna razón para creer que
esta limitada forma de emparejamiento racial serviría a los intereses
de los niños."
Sin embargo, entre los posibles padres, la búsqueda de
"semejanzas biológicas" es predominante, y el racismo continúa
asignando diferentes valores a los niños blancos y no blancos. La mayoría
de los blancos que adoptan desean bebés blancos, así que muchos bebés
grandes y no blancos nunca son adoptados. Las parejas blancas que no
pueden encontrar "los niños adecuados" en los Estados Unidos
están recurriendo cada vez más a la adopción internacional
localizando bebés de tonos claros en América del Sur, Europa del Este
y las repúblicas independientes de la antigua Unión Soviética. Además,
los bebés "orientales" se están volviendo cada vez más exóticos
y un número creciente de parejas adoptivas ahora busca bebés en China
y otros países asiáticos, pobres, asolados por la guerra.
Añadido a esto, el desarrollo de tecnologías reproductivas ha hecho
posible para los estadounidenses de clase media y alta controlar cada
vez más la dotación genética de su descendencia adoptada. Óvulos,
embriones, esperma y vientres son ahora bienes disponibles a cualquier
precio en clínicas especializadas en inseminación artificial,
fertilización in vitro y alquiler de vientres. Los honorarios que se
pagan a los donantes no son regulados por la ley, sino determinadas por
" las fuerzas del libre mercado". La donación de esperma,
aunque no es particularmente beneficiosa para los donantes, requiere
relativamente pocos problemas. En contraposición al alquiler de
vientres y la recolección de óvulos que suponen considerables demandas
físicas y emocionales de las mujeres donantes. En 1993, la cantidad
pagada por una "donación de óvulo" fue de entre 1500 y 2000
dólares, una considerable suma para muchas mujeres pobres.
Los servicios de alquiler de vientres se han empezado a declarar en
10000 dólares. Pocas legislaciones protectoras gobiernan estas
transacciones reproductivas, que, notablemente, son más comúnmente
"motivadas por el deseo del hombre de perpetuar su propia dotación
genética." El marketing de servicios de reproducción extiende por
tanto la historia de la adopción racista y explotación económica, ya
que multitudes de huérfanos no blancos quedan sin ser adoptados y los
cuerpos de las mujeres pobres son aprovechados para servir a las
preferencias de parejas ricas (y sobre todo de los hombres) por
"afinidades" biológicas.
Las políticas de la familia ocultan y perpetúan la dura realidad de
la vida de la familia estadounidense: las familias de gays y lesbianas
están excluidas de los beneficios sociales y protecciones legales del
matrimonio; el racismo y la desigualdad de clases mantienen a millones
de familias en extrema pobreza; las madres solteras y divorciadas y sus
hijos hacen frente a dislocaciones económicas y sociales debido a
compensaciones desiguales en el trabajo y en los juzgados; la violencia
doméstica contra mujeres y niños es con demasiada frecuencia un
"problema privado"; un número creciente de mujeres pobres en
los Estados Unidos y en el extranjero comercia con su capacidad
reproductora para llegar a fin de mes. Mientras que tanto Demócratas
como Republicanos hablan de los valores familiares y no consideran estos
problemas reales. En vez de eso, a medida que se aproximan las
elecciones del 2000 es probable que los políticos sometan a " las
familias no tradicionales" a un renovado escrutinio y reproche.
Mientras comienza el milenio, las políticas familiares perpetúan la
desigualdad de género, raza y clase en un continuado esfuerzo por
resucitar la Familia de la era Victoriana.
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