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Como parte de las acciones encaminadas al
reconocimiento y estudio científico de las agresiones sexuales que viven
fundamentalmente las mujeres, en este trabajo abordamos el problema del
hostigamiento sexual que comienza a concebirse como un fenómeno social
que tiene un impacto importante en la vida del género femenino. Se
intenta estudiar este hecho a través del concepto sexo-género, abarcando
su definición, el trinomio poder-sexualidad-violencia, su impacto
negativo en la vida de las mujeres, quiénes lo realizan y sus posibles
causas.
Algunos antecedentes
Escribir ahora sobre este tópico, lleva a evocar los acontecimientos que
nos condujeron a su estudio. Nuestra preocupación por el tema surgió en
1983, mientras realizábamos una investigación sobre satisfacción
laboral. Nos encontramos con un hecho al que, en ese momento, no dimos
importancia pues lo interpretamos como algo aislado, que probablemente, sólo
ocurría en la fábrica donde realizábamos el estudio. Al poco tiempo,
accidentalmente encontramos un artículo de J.B. Gruber y L. Bjorn (1982),
que llevaba como título: "BIue-collar blues: the sexual harassment
of women autoworkers". Este trabajo hacía alusión a una serie de
conductas sexuales desplegadas hacia las mujeres tanto por los
supervisores como por los compañeros de trabajo, las que eran
consideradas inapropiadas y con un impacto negativo en quienes las recibían.
La lectura de este artículo nos hizo recordar el problema que se nos había
presentado en el estudio sobre satisfacción laboral, y al que no habíamos
dado la importancia que merecía, ajustándose perfectamente a los datos
reportados por Gruber y Bjorn. Las mujeres de la pequeña muestra con la
que trabajamos en ese entonces, nos comentaron que frecuentemente recibían
agresiones sexuales y las calificaban como un serio problema en su
trabajo. Fue así que nos acercamos a lo que hoy sabemos es hostigamiento
sexual y en ese entonces no teníamos cómo nombrar.
Al tomar conciencia de las implicaciones que este hecho
tenía para las mujeres, nos abocamos a la tarea de buscar investigaciones
que lo definieran, señalando sus manifestaciones, su impacto en las
mujeres y las formas de análisis que se han empleado. También
descubrimos que con excepción de Estados Unidos, donde había incluso una
tipificación legal del fenómeno, no existían estudios sistemáticos
sobre este hecho. En el momento actual, afortunadamente tanto en nuestro
país como en muchos otros, se realizan diversos esfuerzos para poner de
manifiesto lo que hace alrededor de 15 años era indistinguible.
Como muchos otros problemas que enfrentan las mujeres,
el de hostigamiento sexual, aun ahora, no tiene un reconocimiento como
problema social ni es asunto de interés público; pues no obstante que
existen muchos esfuerzos que demuestran su impacto y frecuencia, así como
su tipificación legal, todavía es necesario convencer a la gran mayoría
de la población sobre su importancia.
Lo anterior puede deberse a varias razones. Una de ellas
es el prejuicio para hablar de la sexualidad abiertamente. La mayoría de
las personas piensa que este es un aspecto privado, difícilmente pueden
percibirlo como un hecho que forma parte de las relaciones sociales. En
segundo lugar, podemos señalar el poco interés que hasta hace poco
despertaba la problemática femenina y lo que tuviera que ver con ella;
Finkelhor (1985) señala a este respecto que un nuevo problema social
adquiere credibilidad pública cuando un grupo empieza a tener fuerza
sociopolítica. Este ha sido el caso del movimiento feminista que, entre
sus demandas, sacó a la luz las distintas formas de violencia hacia las
mujeres, que, como el hostigamiento sexual, se mantenían a la sombra.
Una tercera razón de por qué es difícil aproximarse
al estudio de este fenómeno, es la carencia de información pública y
documentada, en la cual se pueda basar la fundamentación de su análisis
y denuncia.
Otra posibilidad es la que tiene que ver con la falta de
un nombre para llamar a esta clase de experiencia, la cual involucra
innumerables conductas que pueden ser englobadas en una categoría. De
hecho, como dice Mackinnon (1979), hasta que se propone el término
hostigamiento sexual esta agresión cotidiana hacia las mujeres deja de
ser "inexistente".
Una definición
Antes de pasar a la discusión acerca de la relación entre
poder-sexualidad-violencia, que es el punto central de este artículo, es
necesario proponer una definición del problema que nos ocupa, a fin de
clarificar a qué nos referimos.
Esta tarea no es sencilla, pues a pesar de que el
hostigamiento sexual es una forma de violencia que tiene que ser
reconocida y combatida, no ha sido posible alcanzar una definición
precisa y clara del mismo, lo que ha dificultado su análisis. Sin
embargo, para los propósitos de este trabajo, podemos tomar la definición
que proponen Bedolla y García (1989), basada en tres componentes, a
saber:
- Acciones sexuales no recíprocas.
Aquellas
conductas verbales y físicas que contienen aspectos relacionados con
la sexualidad, las cuales son recibidas por alguien sin ser
bienvenidas. Además, todas estas acciones son repetitivas, vistas
como premeditadas, y aunque persiguen un intercambio sexual, no
necesariamente lo alcanzan.
- Coerción sexual. Esta
se refiere a la intención de causar alguna forma de perjuicio o
proporcionar algún beneficio a alguien si rechaza o acepta las
acciones sexuales propuestas, lo que manifiesta una clara relación
asimétrica, identificándose con mayor precisión en espacios
laborales y educativos.
- Sentimientos de desagrado.
Esto es, los sentimientos de malestar que esta experiencia produce,
las sensaciones de humillación, insatisfacción personal, molestia o
depresión, que son consecuencia de las acciones sexuales no recíprocas.
Tales conductas ofenden a quien las recibe e interfieren con sus
actividades cotidianas.
El hostigamiento sexual en el trinomio
poder-sexualidad-violencia
El análisis de las diferentes definiciones de hostigamiento sexual
muestra que éste se encuentra vinculado al poder y a la violencia, términos
que serán discutidos a continuación.
EI poder
Con relación al poder, la primera idea a la que recurrimos es a la de
Kate Millet (1975), quien señala que "el sexo es una categoría
social impregnada de política" (p.32), puesto que es una relación
de poder en donde "la mitad de la población [...] se encuentra bajo
el control de la otra mitad" (p.34). En este sentido se subraya la
supremacía masculina sobre la femenina. Finkelhor (1985) indica que la
victimización sexual y su amenaza son útiles para ejercer control sobre
la mujer, pues desde su punto de vista es un vehículo para poder
castigarla, ponerla en orden y socializarla dentro de una categoría
subordinada. Siguiendo a este mismo autor, la victimización sexual:
"Ya sea que funcione o no para mantener la dominación
masculina [...] ciertamente resulta más fácil la explotación sexual de
mujeres y niños dentro de una sociedad dominada por los hombres. En
cualquier sociedad el sexo es una mercancía de valor, y un grupo
dominante como puede ser el de los hombres, tratará de arreglar las cosas
de modo que pueda maximizar su acceso a ellas. Las creencias culturales
que sostienen un sistema de dominio masculino contribuyen a hacer a
mujeres y niños vulnerables sexualmente. Por ejemplo, en la medida en que
los miembros de una familia son vistos como posesiones, en ese grado los
hombres pueden tomarse libertades rara y comúnmente no detectadas con
relación a ellos. El hecho de que la urgencia sexual masculina es vista
como predominante y necesaria de ser satisfecha, le permite al hombre
justificar conductas antisociales, tales como el abuso sexual. En un
sistema de desigualdad sexual y generacional grave, la mujer y los niños
no cuentan con los medios para defenderse contra tal victimización
sexual". (p.48)
No obstante que en la actualidad existen muchos
esfuerzos para modificarla, la política sexual dominante sigue siendo una
ideología que subraya la superioridad masculina sobre la femenina, se
dictan las conductas que cada sexo debe desplegar y los valores a seguir
establecidos por el grupo dominante. Millet señala que estas actitudes
sexistas, han moldeado una "[...] ingeniosa colonización interior más
resistente que cualquier tipo de segregación y más uniforme, rigurosa y
tenaz que la estratificación de clases" (p.33). Esta relación de
poder y dominio sexual se legitima a través de la autoridad en lo legal,
cultural y social, donde un sexo está subordinado al otro, como señala
Hierro (1989), la desigualdad está sexualizada. Sin embargo, el poder
nunca es total ya que su ejercicio genera resistencia. A este respecto
Hearns y Parkins (1987) indican que la resistencia se manifiesta en la
dialéctica del poder, que incluye las siguientes características:
Poder 1. El poder crea impotencia.
Poder 2. La impotencia creará resistencia.
Poder 3. La resistencia puede ser un poder potencial.
Poder 4. El poder potencial puede crear la resistencia del poderoso.
Ver así el poder nos permite pensar en que la
resistencia es una manera activa de enfrentarse a él, como señalaban
Oliveira y Gómez (1989); y en el caso del hostigamiento sexual nos induce
a pensar formas de resistencia que actúen como procesos de cambio.
Ejemplo de ello son las denuncias del movimiento feminista en torno a este
y otros actos de violencia en contra de la mujer, las campañas de
concientización sobre estos actos, las diversas iniciativas de ley que se
proponen como formas de regulación, así como la intervención a nivel
individual para enseñar a las mujeres a enfrentar el problema cuando se
les presenta (García y Bedolla, 1989).
La sexualidad y la subordinación femenina
Como ya se ha venido mencionando, la subordinación de las mujeres se
expresa en muchos campos, donde se observa cómo los hombres se aprovechan
de su predominio social para imponer sus deseos y sus intereses. Este
dominio se expresa también en la sexualidad (Oakley,1977; Farrugia,1983).
A las mujeres se les educa dentro de un código sexual en donde su propio
cuerpo se desconoce y no le pertenece, mientras que a los hombres se les
educa a que su deseo no puede ser cuestionado, por lo que es difícil que
acepten un rechazo.
Se puede decir que el destino femenino y su sexualidad
han estado dirigidos y controlados generalmente, para los requerimientos
culturales y de satisfacción erótica masculina (Hierro,1985; Millet,
1975); factores que han permitido el sometimiento femenino al papel de
madres, esposas y amantes.
Hearn y Parkin mencionan que la sexualidad es política,
vinculada a acciones y actividades de poder, lo que es claro cuando se
traslapa con la violencia (violación y hostigamiento sexual, abuso de
menores, pornografía); presentándose también en la conducta ordinaria
de las personas. Tanto el poder como la sexualidad operan y se
interrelacionan en varios niveles a través de una dinámica compleja en
la que se puede establecer un control conductual inmediato (v.gr. normas
sociales, medios de comunicación), o como una estructuración social no
inmediata (v.gr. políticas de educación).
Las concepciones de sexualidad
En cuanto a la sexualidad femenina, independientemente del sistema político
de que se trate, o de las condiciones económicas de las diferentes
sociedades, aún existe la tendencia de concebir a la mujer como objeto
sexual, definiéndosele en términos de lo que complace al hombre, como
objeto de deseo y no como ser sexuado, se le enseña a subrayar sus
caracteres sexuales externos y a manejarlos para seducir a la contraparte
masculina, quien a su vez aprende, por lo general, a desarrollar una
sexualidad desmedida y a ser una persona con título de posesión de un
cuerpo femenino, por lo que la mujer se vuelve blanco predilecto de
agresiones como el hostigamiento sexual y la violación; agresiones que
encierran fuertes dosis de abuso de poder.
Vemos a su vez que la mayoría de las mujeres depende de
la aprobación de los hombres para aceptarse; llevando una vida sexual
donde complacer al otro es más importante que complacerse a sí misma. Se
vive la sexualidad en términos masculinos, de ahí que muchas veces sea
tan necesario el halago masculino para valorarse.
Un aspecto más a considerarse dentro del papel que
juega la sexualidad en las relaciones de género es lo dicho por Hearn y
Parkin (1987), acerca de que ésta debe ser vista a la luz de la historia,
la sociedad y la cultura, abandonándose la idea que es algo privado,
relacionado con la vida doméstica y personal, lo que le ha dado
"invisibilidad" en las relaciones sociales en general, la
sexualidad es algo público aunque no se le reconozca o se le tome con
reservas. De acuerdo con estos autores, los conceptos de público y
privado desarrollados por las investigaciones feministas han sido una
aportación importante para entender las relaciones de género, la
distribución de poder entre los sexos y las formas públicas de la
sexualidad, lo que nos ha permitido analizar:
- Las imágenes de hombre y mujer que pueden influir en
las nociones de la masculinidad-feminidad.
- Los indicadores visibles y accesibles de la
sexualidad que pueden estar ligados con la sexualidad privada.
- El contexto que ayuda a entender las formas privadas
de la sexualidad, basadas en las desigualdades públicas.
- La idea de que la sexualidad pública existe y es
importante para entender las relaciones de la vida diaria.
Los autores definen la sexualidad como una expresión
social de las relaciones de deseos corporales reales o imaginarios por o
para otros, o para uno mismo, junto con los estados del cuerpo y sus
experiencias. Es una serie específica de prácticas que tienen que ver
con los poderes, acciones y los pensamientos.
La violencia
Derivada de las relaciones de poder y de la concepción de sexualidad
antes esbozadas, está la violencia sexual.
Al intentar definir el concepto de violencia encontramos
entre sus acepciones aquella en donde se le define como una fuerza que se
ejerce contra el derecho o la ley, obligando o forzando a alguien para
vencer su resistencia En este sentido, la idea de violencia se aplica
perfectamente al hostigamiento sexual, ya que es una imposición de
requerimientos sexuales, usándose la coerción como un medio de romper la
resistencia.
A este respecto, Mackinnon señala que las agresiones
sexuales no son sexualidad, la violación es un crimen de violencia, el
hostigamiento sexual es un abuso de poder basado en el género como
jerarquía. Es importante subrayar esto último pues es más sencillo
determinar si alguna acción es hostigamiento sexual cuando la relación
de poder está formalizada, como en el caso de las díadas jefe-empleada o
profesor-alumna. Sin embargo, cuando se presenta entre compañeros de
trabajo, en los transportes públicos o en la calle, donde
"aparentemente" hombres y mujeres son del mismo nivel jerárquico,
parece existir duda en interpretar si hay hostigamiento sexual. Lo que nos
ayuda a clarificar este hecho es precisamente ese poder de un género
sobre otro, que da atribuciones a unos sobre la sexualidad de las otras;
la falta de reciprocidad ante el acto recibido y por tanto la
inconformidad con él.
Por otra parte, pocas son las mujeres que se escapan de
estas agresiones. Como dice Kaufman (1989), la violencia sexual masculina
y el maltrato físico hacia la mujer son las formas más comunes de
violencia directa y personalizada. El autor entiende esta situación como
una expresión de fragilidad masculina y de dominación, debido a que se
le enseña al hombre a reprimir una gama de sentimientos que son manejados
como algo que no pertenece a su género, siendo que forman parte de la
expresión humana; además de que la sociedad, en su intento por
establecer una hombría fuera de la realidad, genera sentimientos de
inseguridad en la manifestación de la masculinidad, pues "esta última
no es sino producto de nuestra imaginación colectiva, patriarcal y de
represión excedente". (p.41)
Desde nuestro punto de vista, el análisis que este
autor hace sobre la violencia masculina, explica algunas de sus formas de
operación. Señala que lo importante no es saber si la violencia es
aprendida o innata, sino más bien lo que la sociedad hace con ella, pues
a medida que ésta avanza la violencia deja de ser una práctica aislada
para convertirse en un acto común. Creemos que esto da contexto para
entender la frecuencia y extensión con que se presenta el hostigamiento,
pues de alguna forma todas las mujeres lo hemos experimentado. Como este
mismo autor afirma, la violencia se institucionaliza reforzándose en las
prácticas sociales, políticas y económicas; se basa en estructuras
patriarcales de autoridad, dominación y control que se encuentran
diseminadas en la sociedad en su conjunto.
Dentro de este contexto, podemos decir que existen
violencias toleradas (v.gr. la guerra, el maltrato a los niños) y no
toleradas (v.g. el asesinato), lo que resulta contradictorio. Así,
tenemos que fenómenos como el hostigamiento sexual y la violación son
los únicos actos agresivos en donde se supone que la víctima disfruta de
ellos, y sobre los cuales existe una complicidad social que se manifiesta,
entre otras formas, en las bromas y su trato trivial; más aún, la víctima
casi siempre es considerada culpable. El hostigamiento sexual y la violación
se convierten en actos tolerados con legitimidad social; además, en
muchos casos, realizar estas agresiones es considerado como un signo de
masculinidad.
A manera de conclusión
Como señalamos en párrafos anteriores, iniciamos el
estudio de este tema con más dudas y curiosidad que conocimiento. Nos
enfrentamos a un hecho que parecía un descubrimiento, cuando en realidad
estábamos tomando conciencia de un problema que vivimos todos los días.
Destacamos lo anterior porque es una de las primeras dificultades que
encontramos cuando se intenta estudiar esta agresión, es decir su
"invisibilidad ", a pesar de que la mayoría sabe de los
manoseos, apretujones y otro tipo de agresiones sexuales que reciben las
mujeres en los transportes públicos; las solicitudes veladas o directas
que se hacen a mujeres que quieren obtener un empleo, conservarlo o desean
una promoción; también es común enterarnos que ciertos profesores
intentan "ayudar" a sus alumnas en su aprovechamiento, invitándolas
a citas particulares; y más aún, cuántas veces no hemos presenciado en
las calles y lugares públicos cómo las mujeres reciben una serie de
comentarios sexuales que son insultos.
Todas y todos sabemos que esto existe, pero tendemos a
ignorarlo o a verlo como algo trivial y cotidiano. Sólo después de
observar los efectos que estas agresiones tienen sobre las mujeres, es
cuando nos percatamos de sus repercusiones en la vida personal, social y
laboral de quien las recibe. Pero para ello hay que empezar por romper
mitos que tratan de justificar este acto agresivo.
Aunado a lo anterior, y en una sociedad donde las
grandes cantidades son las que llaman la atención, nos encontramos con la
dificultad de detectar su extensión. Aquí recordamos que la gente en
general, para considerar que la violación es grave, requiere que se le
demuestren las altas cifras con que este delito se presenta, para entonces
decir que es un problema. Lo mismo enfrentamos cuando se quiere evidenciar
la gravedad del hostigamiento sexual. Dudamos que exista alguna mujer que
no haya recibido algún tipo de estos acercamientos.
Enclavado en la sexualidad resulta difícil hablar con
soltura del hecho en cuestión. Si a esto le agregamos la forma en la que
se educa a las mujeres, no debería asombrarnos que cuando mucho se hable
en la intimidad de estas agresiones. Esto se demuestra en nuestras
experiencias de investigación, cuando al hacer entrevistas o encuestas al
respecto las mujeres se niegan a responder, señalando ser honorables y
por lo tanto no estar expuestas a estas agresiones. Esto nos ha llevado a
la búsqueda de estrategias de investigación, que nos permitan romper con
la resistencia de las mujeres a hablar del problema; de tal manera que
podamos sortear los temores y prejuicios de los sujetos analizados,
situación que no se probabiliza con la aplicación de un cuestionario que
generalmente es contestado en un ambiente de distancia afectiva.
Una forma diferente de aproximarnos al conocimiento del
hostigamiento sexual, es utilizando las técnicas de los grupos de
encuentro; cuyo principio básico es ocuparse del desarrollo,
sensibilidad, experiencia, crecimiento personal, desenvolvimiento
intelectual y acercamiento entre las personas que integran un grupo, ocupándose
de superar convencionalismos estereotipados y malestares culturales. La
gama de técnicas es enorme. La utilizada por nosotras ha sido la de
seminario-taller, el cual nos ha brindado un espacio donde se puede hablar
de una realidad que en otros contextos negamos; posibilitando que las (os)
participantes reconozcan al hostigamiento como un problema.
Como ya apuntamos anteriormente, el problema que
abordamos es nuevo en el ámbito de la investigación científica,
existiendo muchas imprecisiones, como las que se han venido marcando a lo
largo del artículo; no obstante, también ha sido un campo fértil que ha
dado pauta al desarrollo de estudios más profundos, aportando claridad
sobre este tema.
En este trabajo se ha escrito sobre una de las diversas
agresiones que reciben las mujeres y que se enmarca dentro de una ideología
que hace de la violencia un elemento natural y cotidiano entre las
relaciones de género; sin embargo, aún no es posible asegurar que el
hostigamiento sexual hacia las mujeres haya crecido o disminuido, por la
sencilla razón que, hasta hace poco tiempo, era completamente
"invisible"; por lo tanto, se plantea continuar en el campo de
la investigación teórica y empírica que enriquezca la tarea de su
validación, las proporciones de su incidencia, los efectos que conlleva,
la metodología idónea para identificarlo, hasta el estudio mismo del
hombre y sus manifestaciones agresivas; a la par del esclarecimiento de
estrategias de acción, unas encaminadas al diseño de programas
educativos para enfrentar y frenar este delito, y otras, en la búsqueda
de su tipificación legal, esforzándose en deslindar lo objetivo de lo
subjetivo que encierra este hecho. De tal manera que la agresión no
nombrada de hostigamiento sexual, siga pasando de la esfera privada a la pública,
abandonando su carácter de tema "tabú".
Todo esto ha implicado la presencia de un trabajo político
que apoya la discusión de este y otros delitos sexuales; labor que han
venido desarrollando desde los años setenta grupos de mujeres feministas
y otros sectores de la población comprometidos con las demandas de género,
logrando avances como la realización de un Foro de Consulta sobre Delitos
Sexuales, llevado a cabo en la Cámara de Diputados en febrero de 1989,
donde por primera vez se organiza una mesa sobre "Hostigamiento
Sexual", para discutir este problema como un delito; y más
recientemente, el 5 de mayo de 1990, cuando 61 legisladoras parlamentarias
de varios partidos políticos llevaron a la misma Cámara una nueva
legislación sobre delitos sexuales para su aprobación, en donde aparece
la construcción de un tipo penal para el hostigamiento sexual, de donde
se logró su tipificación penal en 1991. Lo cual manifiesta sensibilidad
civil y visión política por parte de este y otros grupos que lo
apoyaron. Un ejemplo más en el avance del reconocimiento legal del
hostigamiento sexual, lo tenemos en el ámbito universitario, donde tanto
en e l Congreso Universitario como en el Sindicato de Trabajadores de la
Universidad Nacional Autónoma de México (STUNAM), se han hecho
propuestas para que quede dentro de un clausulado en la legislación
universitaria y en el Contrato Colectivo de Trabajo.
No obstante los casos señalados, que evidencian la
trascendencia social y política de la necesidad de legislar sobre el
hostigamiento sexual, es difícil decir que la solución del problema está
dada con estos intentos, pues no basta trabajar en el contenido de las
leyes; hay que incidir en sus mecanismos, en las instancias asociadas a su
aplicación, y en la actividad y comportamiento de la gente respecto a
ellas (García y Bedolla, 1989; González, 1989).
Nos acercaremos a su erradicación cuando el problema
del hostigamiento sexual sea una preocupación y responsabilidad de la
sociedad en su conjunto, y se le identifique abiertamente como un
comportamiento abusivo anclado al poder y a la violencia que puede y debe
ser eliminado.
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Fuente: Bedolla, Patricia; Bustos, Olga; Delgado,
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*Patricia J. Bedolla Miranda. Psicóloga con
estudios de posgrado en Psicología Clínica. Académica de la Facultad de
Psicología de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México).
*Blanca Elba García y García. Psicóloga,
estudios de doctorado en Psicología Social. Actualmente trabaja en la
Facultad de Psicología de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México).
Fuente: Isis:
http://www.isis.cl
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