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Avizora - Atajo Google

La Mujer y su Mundo / The Woman and her World
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Nicole Bokat

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Avizora - Atajo Google
 

. Original en inglés 1995 - Traducido por Alfred Sola y revisado por Déborah Gil, septiembre de 2000

En la universidad luché para que se me aprobara mi tesis (un estudio psicológico de la novelista contemporánea Margaret Drabble) ante un departamento de Inglés compuesto de hombres que se refugiaban en sus estudios masculinos de la misma forma que yo busco solaz ante un pastel de chocolate. Después de unos cuantos rechazos especialmente punzantes, un eminente profesor me preguntó: "¿Quién es Margaret Drabble? ¿Por qué no escribes sobre Virginia Woolf? Siempre le digo a mis estudiantes femeninas que escriban sobre Woolf". Frustrada, encontré consuelo en las palabras de Sandra M. Gilbert "la alienación de las mujeres de las fuentes del poder es profunda; ha sido también una alienación filosófica, estética y literaria". Pero ha pasado mucho tiempo desde que buscaba consuelo entre el rico arsenal de pensadoras francesas, británicas y estadounidenses; últimamente, me he preocupado más por buscar un trabajo bien pagado.

El otoño pasado, un año después de conseguir mi doctorado finalmente, contactó conmigo una universidad sólo para mujeres y me preguntaron si quería dar un curso de Introducción a la Literatura en su departamento para adultos. El cuerpo de estudiantes estaba formado básicamente por mujeres con recursos, de 40 o 50 años, que habían pasado la última década (o dos) criando a sus hijos. La rectora me explicó que muchas de las estudiantes se apuntaban a las clases con la esperanza de que les sirviera de transición de la vida doméstica al mundo laboral. Resaltó que volvían a la universidad para pulir sus talentos con el objetivo de prepararse para el difícil mercado laboral; muchas de ellas también albergaban el menos tangible objetivo de ganar una cierta libertad personal. La rectora estaba a favor de escoger textos de autoras femeninas. Genial!. Feminista convencida, finalmente había encontrado un curso donde pudiera hablar de Políticas Sexuales, de Kate Millett; de El Segundo Sexo, de Simone de Beauvoir; y de La Reproducción de la Maternidad, de Nancy Chodorow.

Entonces la rectora me atizó un golpe inesperado: el salario. Era tan bajo que podía contar los peniques que me quedaban después de pagar el metro y el tren. Habiendo caído la máscara, me vi reflejada como lo que era: un adjunto explotado y degradado. Por primera vez en diez años de trabajo a tiempo parcial, fui capaz de balbucear: "Dios, eso es tan poco, ¿quién puede trabajar por eso?" Entonces me atreví a preguntar: "¿cómo se lo hacen las demás profesoras?". La rectora titubeó, para finalmente confesar que "La mayoría están casadas con hombres de éxito". Eufemismo para médicos, abogados, ejecutivos, el tipo de hombres que las madres acostumbraban a rogar a sus hijas que cazaran. Indignada, quise saber si no encontraba esa paradoja una hipocresía: la filosofía de la escuela de fomentar la independencia de las mujeres al tiempo que pagaba a su casi totalmente femenina fuerza laboral salarios de esclavitud. Con una perfecta compostura me lanzó la ‘línea de partido’: la universidad simplemente no tenía más dinero en su presupuesto para profesores.

Decliné su oferta con toda la poca dignidad que pude mostrar y me dirigí a la teoría feminista para encontrar la respuesta. Debería haber comprado el segundo libro de Naomi Wolf: Fuego con fuego, el cual, he oído, reta a las mujeres a buscar la libertad financiera sin concesiones. De acuerdo, admito que me ponía a cien ver su joven, bonita y pintada cara saliendo en todo tipo de revistas, brillando con un fuego sin duda alimentado por el enorme adelanto que había recibido por el libro. Además, no podía permitirme la versión de tapa dura.

En vez de eso, revisé los clásicos. Claro, estaban discutiendo teoría feminista en conjunción con el análisis literario, no defendiendo un estilo de vida. Pero yo sentía nostalgia de ese camino elevado que raramente trasciende la torre de marfil. Me sonreí con la declaración de Annette Kolodny que las mujeres necesitaban liberar el texto para reconocer los logros de las autoras femeninas y decodificar "la-mujer-como-señal". Pero, claro, tuve que conceder cuán inepta me había convertido para utilizar esa información en mi vida diaria. Repasé mis libros para determinar mi significado en cuanto "mujer-como-señal". Mis procesos de pensamiento se habían vuelto pedestres a causa de preocupaciones más mundanas, como el incremento del coste del seguro de mi coche o el coste de mi visita anual al ginecólogo. Todo lo que pude sacar en claro fue que soy Aries. Eso es un tipo de señal, ¿no? Shoshana Feldman me guiaba a "reinventar" el lenguaje, a hablar "no sólo contra, sino fuera de la estructura falocéntrica especular, a establecer un discurso cuyo status ya no sería definido por la falacia del sentido masculino". Pero, ¿exactamente cómo se reinventa efectivamente el lenguaje cuando pides más salario en una universidad para mujeres, una institución que, por su propia misión, debería representar lo contrario de una "estructura falocéntrica"? (Y, exactamente, ¿qué es una estructura falocéntrica sino esta universidad de mujeres, con su alto edificio central sospechosamente erigido como el órgano masculino?) Me parece a mí que en la oficina de la rectora descubrí la verdad: el discurso feminista no importa mucho cuando vives al día.

Hojeando los trabajos de Luce Irigaray, Helene Cixous y Julia Kristeva, admito que empecé a sentirme impaciente. Podía airear mi rabia por haber sido tratada durante tanto tiempo como una mercancía, podía escoger vivir una vida totalmente "circular" llena de fluidez lingüística, podía incluso crear imágenes de fluido amniótico y leche de madre en poesías. Pero, de alguna forma, la pregunta seguía en pie: ¿cómo canta una en favor del resto de las mujeres si tristemente tu propio instrumento se ha averiado por falta de fondos?

En esos momentos tuve la buena suerte de enseñar "Una habitación propia" a mi clase de literatura. Fui capaz de encontrar consuelo y sabiduría en sus mensajes controvertidos (controvertidos, claro está, para las feministas con puesto fijo que cobran para regocijarse en los conflictos inconscientes de Woolf). Leyendo "Es fatal para una mujer poner el menor énfasis en cualquier agravio, demandar justicia en cualquier caso, hablar conscientemente como mujer en cualquier forma" pensé que quizá el suyo era el mejor camino. Lo cual, traducido, me daba este pequeño consejo: bájate del púlpito y encuentra un trabajo bien pagado ya.

Mis estudiantes jóvenes, aún idealistas, ven muy romántica la vida de escritora, no importa las historias que les cuente de Tillie Olsen usando el autobús como despacho para escribir (en mi caso es el tren camino a las clases, con frecuencia). Creen que el talento y la determinación pueden superar cualquier obstáculo y menean sus cabezas cuando cito el aviso de Woolf: "La libertad intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual". Aún no tienen que tener en cuenta las inacabables preocupaciones de una escritora sobre el coste de una guardería de calidad, o sus deseos de equipos adecuados para trabajar (algo que ni Virginia Woolf podía prever) como un nuevo ordenador con impresora láser y máquina de fax. Aunque la Teoría Feminista está bien, la cambiaría cualquier día por una niñera británica como Dios manda, un portátil y un estudio privado propio.

Ahora utilizo a mis estudiantes para que me hagan el trabajo sucio. Les invito a reflexionar sobre las perlas de sabiduría de Barbara Probst Solomon: "Si queremos ser firmes y progresistas sobre satisfacer nuestras necesidades primarias, no deberíamos apuntar en la dirección de la revolución equivocada. La liberación sexual sin seguridad económica simplemente da a las mujeres el derecho a seguir siendo marginales". Luego, examino sus ensayos para encontrar respuestas fáciles.

De acuerdo, admito que me gustaría tener un toque de glamour a la Mirabella, incluso si mi derecho a la fama fuera un libro que denunciara "Las negativas consecuencias contemporáneas del ataque a la belleza". Yo también me permitiría un poco de hipocresía si eso significara acercarme a las fuentes de dinero y poder. Si su "feminismo de poder" puede guiarme a nuevos tesoros, no tener más deudas, y, digamos (por aquello de la inflación) un piso propio, me compraría una copia de la otra Wolf.

Nicole Bokat es una escritora por libre con un doctorado en Inglés que enseña en la New School for Social Research [Escuela Nueva para la Investigación Social]

Original en inglés:

An Income of One's Own -
Nicole Bokat

In graduate school, I struggled to get my dissertation topic approved -- a psychological study on the contemporary novelist, Margaret Drabble -- by an English department composed of men who took refuge in white male studies the way I get comfort from chocolate cake. After a few particularly sharp rejections, an eminent professor queried, “Who's Margaret Drabble? Why not write on Virginia Woolf? I tell all my female students to write on Woolf.” Disgusted, I found comfort in Sandra M. Gilbert's words “women's alienation from the sources of power is profound.it has also been a philosophical alienation, an aesthetic alienation, a literary alienation.” But time has passed since I've sought solace from the rich array of French, British, and American thinkers; lately, I've become preoccupied with scrambling for paid work.

Last fall, a year after finally earning my doctorate, I was contacted by an all women's college and asked if I'd like to teach an Introduction to Literature course in their adult division. The student body consisted primarily of well-off women, in their 40s and 50s, who spent the last decade or two raising their children. The dean explained that many of the students would be signing up for this class with the expectation that it would serve as a transition from domestic life back into the work world. She stressed that they were now returning to school to polish their skills in order to tackle the difficult job market; many of them harbored the less tangible goal of gaining some measure of personal freedom. The dean endorsed choosing texts by women authors. Great! A savvy feminist, I'd finally found a course where I could refer to Kate Millett's Sexual Politics, Simone De Bouvoir's The Second Sex, and Nancy Chodorow's The Reproduction of Mothering.

Then the dean hit me with the punch line: the salary. It was so low, I could count the pennies left over after train and subway fare. The masquerade over, I'd been exposed as my true self: an exploited and degraded adjunct. For the first time in ten years of part-time work, I blurted out, “God, that's so little; who could work for that?” Then, I dared to ask, “how do the other teachers manage?” The dean hedged, then, confessed, “Most of them are married to. successful men.” Code for surgeons, lawyers, executives.the kind of men mothers used to beg their daughters to marry. Indignant, I demanded to know if she didn't find this paradox hypocritical: the school's philosophy of promoting women's independence while paying their almost all female teaching staff slave wages? With perfect composure, she fed me the company line: the college simply did not have more money in their budget for instructors.

I declined her offer with what little dignity I could muster and turned to feminist theory for salvation. I should have bought Naomi Wolf's second book Fire With Fire which, I've heard, unabashedly challenges women to aim for financial clout. Alas, I admit that it irked me to glimpse her pretty, young, made-up face cropping up in magazines everywhere, aglow with a fire that no doubt was lit by her huge book advance. Besides, I couldn't afford the hardback copy.

Instead, I perused the old standbys. Granted, they were discussing feminist theory in conjunction with literary analysis, not championing a lifestyle. But I was nostalgic for the high-road, the lofty scholarship that rarely transcends the Ivory Tower. I smiled over Annette Kolodny's declaration that women needed to liberate the text in order to recognize the achievements of female authors and to decode “woman-as-sign.” But, then, I was forced to concede how inept I'd become at utilizing this information in my everyday life. I scanned through my books to determine my significance as “woman-as-sign.” My thinking process had become pedestrian from more mundane concerns, such as the increase in my car insurance and the cost of my yearly visit to the gynecologist. All I could come up with was: I'm an Aries. That's a sign of sorts. Isn't it? Shoshana Felman directed me to “reinvent' language,” to speak “not only against, but outside of the specular phallogocentric structure, to establish a discourse the status of which would no longer be defined by the phallacy of masculine meaning.” But, how exactly does one reinvent language effectively when demanding more pay from a women's college, an institution which, in its very mission, should represent the opposite of a “phallogocentric structure?” (And, what precisely was a phallogocentric structure if not this women's college, with its tall central building shaped suspiciously like a male organ?) It seems that in the Dean's office, I discovered the truth: feminist speak doesn't matter much when you're living hand-to-mouth.

Flipping through the work of Luce Irigaray, Helene Cixous and Julia Kristeva, I admit, I began to grow impatient. I could vent my rage for having been treated too long as a commodity; I could choose to live a totally “circular” life filled with linguistic fluidity; I could even create images about amniotic fluid and mother's milk in poetry. But, somehow the question remained: how does one sound the trumpet for the rest of womynkind if, sadly, one's instrument has grown rusty through lack of funds?

At the time I had the good fortune of teaching A Room of One's Own to my writing class. I was able to find comfort and wisdom in her controversial messages (controversial, that is, to tenured feminists who are paid to luxuriate in Woolf's unconscious conflicts). Perhaps, I thought -- reading “It is fatal for a woman to lay the least stress on any grievance; to plead even with justice any cause; in any way to speak consciously as a woman” -- hers is the better way. Which, translated, conveyed this personal tidbit of advice: get off the pulpit and find a high paying job already.

My young, still idealistic students romanticize the life of a writer, never mind the stories I tell them of Tillie Olsen using the city bus as a writing room (for me, it's often the train en route to teaching). They believe determination and talent can overcome any obstacle and shake their heads when I quote Woolf's warning, “Intellectual freedom depends upon material things. Poetry depends upon intellectual freedom.” They don't yet have to consider the writer's relentless worries about the cost of quality child care, or her longings for suitable equipment on which to compose (something even Virginia Woolf could not have foreseen), such as a new computer with a laser printer and fax machine. While Feminist Theory is nice, I'd trade it in any day for a proper British nanny, a laptop, and a private study of my own.

I now direct my students to do the dirty work for me. I instruct them to ponder over Barbara Probst Solomon's pearls of wisdom: “If we wish to be firm-voiced and progressive about meeting our primary needs.we should not point our heads in the direction of the wrong revolution.. Sexual liberation without economic security grants women merely the right to stay marginal.” Then, I scan their essays for easy answers.

Okay, I admit I'd like to have a glamour shot of me in Mirabella's, even if my claim to fame was a book renouncing “The contemporary ravages of the beauty backlash.” I, too, would indulge in a little hypocrisy if it meant getting closer to the sources of money and power. If her “power feminism” can guide me to new treasures, no more debt and, say, due to inflation, a co-op all my own, I'll buy in a copy of the other Wolf.

Nicole Bokat is a freelance writer with a doctorate in English who teaches at the New School for Social Research
 

 

 

 

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