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Literatura Los narradores de Pedro Páramo, de Juan Rulfo Alejandro carreño (*) |
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| Libros El llano en llamas de J Rulfo |
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Fuente
UNIACC 0404 El presente trabajo tiene por objeto caracterizar a los narradores de Pedro Páramo (1). La insólita estructura de la obra de Rulfo, insinuada en su colección de cuentos El llano en llamas, especialmente en “El Hombre”, nos permite reconocer en ella dos aspectos fundamentales –general el primero; particular el segundo. El primero de estos rasgos asume plenamente el carácter de la novela contemporánea en América que, como se sabe, se caracteriza por concebir la obra literaria como un ente autónomo, como un cosmos cuya comprensión y aprehensión surgen a partir de la coherencia interna de sus partes, rompiendo de este modo, radicalmente, con el carácter trascendente que tenía la novela moderna (2). El segundo aspecto nos lleva al propio desarrollo interno que ha tenido la novela en México en cuanto a la temática de la Revolución se refiere. “Había que esperar a que, en 1947, Agustín Yáñez escribiese la primera visión moderna del pasado inmediato de México en Al fino del agua y a que en 1953, al fin, Juan Rulfo procediese, en Pedro Páramo, a la mitificación de las situaciones, los tipos y el lenguaje del campo mexicano, cerrando para siempre –y con llave de oro- la temática documental de la revolución. Rulfo convierte la semilla de Azuela y Guzmán en un árbol seco y desnudo del cual cuelgan unos frutos de brillo sombrío: frutos duales, frutos gemelos que han de ser probados si se quiere vivir, a sabiendas de que contienen los jugos de la muerte” (3). La acción de la novela se inicia con el motivo de la búsqueda, hecho mito en la narrativa mexicana: el hijo natural que parte a encontrarse con su padre:
El relato personal del narrador personaje, Juan Preciado, le confiere a la narración esa sorprendente objetividad que ella presenta; objetividad lograda, esencialmente, a través de dos técnicas narrativas: el monólogo interior directo y el diálogo. Ambos métodos narrativos se conjugan plenamente con la sensibilidad adquirida por el lector contemporáneo más acostumbrado a “ver” narrar que a “oír” narrar; “lo que en definitiva quiere decir que el autor se ha situado en postura antitética a la del autor del siglo XIX, ya que ha abandonado toda posibilidad analítica. En efecto, al limitarse el autor a narrar objetivamente o, por decirlo, desde fuera, situaciones dadas, se niega a sí mismo toda posibilidad de analizar, juzgar, recomponer o comentar la conducta de sus personajes, como gustaba de hacer el escritor decimonónico” (6). Al igual que todos los personajes de Rulfo, la figura de este narrador aparece desposeída de toda descripción física que permita al lector identificarlo en determinado momento de la narración. Más aún, su nombre solo lo conocemos al promediar la mitad de la novela donde nos enteramos que su relato es el relato de un muerto a otro muerto: de Juan Preciado a Dorotea. El grado de conocimiento que ostenta este narrador en relación al mundo narrado queda reducido a los recuerdos de su madre reproducidos en su conciencia. Recuerdos que se identifican, por un lado, con el carácter edénico de Comala. En este sentido, asistimos, tal como lo haríamos cómodamente sentados en la butaca del cinematógrafo, a la representación del “pasado” y del “presente” de Comala.:
Por otra parte, los recuerdos de Dolores se vinculan con la figura de Pedro Páramo, elemento más etéreo aún para la conciencia de este narrador que la propia imagen de Comala. De su padre solo conoce su nombre, el lugar donde encontrarlo y ese constante “el olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”. Pero el narrador, compartiendo absolutamente nuestra perspectiva, conoce la historia misma del cacique de Comala al mismo tiempo que nosotros. Y no podría ser de otra manera; él, Juan Preciado-narrador, está rehaciendo junto con nosotros la historia de su padre y su cacicazgo; intenta, como nosotros, aprehender la historia, tener una conciencia reflexiva sobre ella pero, al igual que nosotros, no la tiene. Carece de una conciencia reflexiva porque está “metido” en la acción; su papel detectivesco –que es el mismo nuestro- va a concluir solo cuando los hilos de la fábula, esparcidos desordenadamente por los distintos rincones del mundo de la novela, puedan ser comprendidos y percibidos en su propia coherencia interna. De este modo, y solo entonces tendremos, junto con el narrador, la conciencia reflexiva necesaria para apoderarnos cabalmente de la historia, porque nuestra misión como lectores.investigadores “ habrá concluido. Estaremos, al igual que el narrador, ubicados fuera de la acción. Tal vez se deba a este hecho, a la participación de nosotros como lectores “en busca de una unidad coherente” en la novela, porque la novela misma así lo exige, el que la obra de Rulfo no haya sido comprendida cuando apareció en 1953. Dos años después de publicada la novela, Alí Chumacero escribía: “Se advierte entonces una desordenada composición que no ayuda a hacer de la novela la unidad que, ante tantos ejemplos que la novelística moderna nos proporciona, se ha de exigir de una obra de esta naturaleza. Sin núcleo, sin un pasaje central en que concurran los demás, su lectura nos deja a la postre una serie de escenas iladas solamente por el valor aislado de cada una. Mas no olvidemos, en cambio, que se trata de la primera novela de nuestro joven escritor y, dicho sea en su desquite, esos diversos elementos reafirman, con tantos momentos impresionantes, las calidades únicas de su prosa”. (11) Al comenzar la narración, el narrador nos sumerge de inmediato en la misteriosidad del mundo al abrir el relato con la “variante del mito mexicano del hijo ilegitimo, nacido de la violación, eternamente en busca de su padre desconocido” (12). La posición del narrador frente al motivo de la búsqueda nos enfrenta derechamente con el problema del tiempo en la novela. Da la impresión, por lo menos así lo han entendido algunos estudiosos de la obra (13) que al comenzar su relato, el narrador parte de una realidad temporal. Y nosotros entendemos por realidad temporal al tiempo convencional, definido, empíricamente captable, en consecuencia, por nuestra cotidiana existencia; y este tiempo no es, de ningún modo, el tiempo que está configurado en la novela. La posición anterior implicaría reconocer un alejamiento temporal del narrador en cuanto al mundo narrado, distanciamiento que le permitiría a Juan Preciado como narrador, reflexionar sobre los acontecimientos ocurridos como hechos captados y aprehendidos por su conciencia. Y nosotros sabemos de la incertidumbre del narrador porque es la propia sensación de inseguridad cognoscitiva que sentimos nosotros como lectores. El tiempo de Pedro Páramo es un tiempo mítico, alejado para siempre del fluir temporal: es el tiempo que estuvo, está y estará. Es, para decirlo de una vez, el tiempo que ES. ¿Podemos imaginarnos desplazamientos temporales en un tiempo así entendido, como él se da en la novela? Las palabras del propio autor nos pueden responder: “Imaginé al personaje. Lo vi. Después, al imaginar el tratamiento, lógicamente me encontré con un pueblo muerto. Y claro, los muertos no viven ni en el espacio ni en el tiempo. Me dio libertad eso para manejar a los personajes indistintamente. Es decir, dejarlos entrar, y después que se esfumaran, que desaparecieran” (14). De suerte que, cuando Juan Preciado muere o mejor dicho, cuando tiene conciencia de que está muerto, comprendemos que la reconstrucción de la fábula de su padre, aunque narrada por él retrospectivamente, es simultánea al momento mismo en que la está reconstruyendo. Lo que significa, en último término, que esta técnica narrativa, en primera persona, donde existe además, una absoluta identidad entre narrador-lector en cuanto a perspectiva se refiere, implica una renuncia definitiva al carácter omnisciente del narrador tradicional y, como consecuencia de ello, a su rasgo estilístico más importante: la anticipación (15). Además, la técnica que necesita imperiosamente tomar esta posición, adoptar este punto de vista, nos da un sujet estructurado insólitamente que, al lector no preparado, le convierte la lectura en una experiencia bastante difícil. (16) El segundo narrador que reconocemos en la novela es el hablante básico o narrador básico. Lo denominaremos indistintamente, pero jamás autor-narrador (17). La denominación de autor-narrador es bastante ambigua y carece, por otra parte, de una sólida consistencia teórica. Digamos a nuestro favor que el narrador está hecho de palabras, se enajena en el lenguaje –imaginario- que es lo comunicado, es decir, “la obra no es síntoma lingüístico del autor, como la frase del hablante. La obra no ‘expresa’, en este sentido, al autor. Por cierto que sí lo expresa, o pone de manifiesto, de otro modo, como en general el producto al hacedor. Pero entre el autor y el lenguaje de la obra, no hay relación de inmediatez, como entre el hablante y lo que dice. Como lo comunicado es lenguaje (imaginario), la situación comunicativa lingüística, imaginaria, significado inmanente de tales frases, no incluye ni a autor ni a lector, es decir, es objeto trascendente para ambos”. (18) La narración de este hablante básico se entrecruza en algunos momentos con el relato personal de Juan Preciado. Narra alternadamente usando las formas perfectivas e imperfectivas, y su participación en la historia en este primer momento, hasta la muerte del narrador Juan Preciado, se vincula, principalmente, con la mostración de algunos pasajes, recuerdos de infancia, de Pedro Páramo:
<Pedro Páramo volvió a encerrarse en su despacho. Se sentía viejo y abrumado. No le preocupaba Fulgor, que al fin y al cabo ya estaba ‘más para la otra que para esta’. Había dado de sí todo lo que tenía que dar; aunque fue muy servicial, lo que sea de cada quien. ‘De todos modos los ‘tilcuatazos’ que se van a llevar esos locos, pensó’> (20)
Al igual que el narrador Juan Preciado, este narrador utiliza dos métodos narrativos presentativos: el diálogo y el monólogo. De este modo, la narración aparece mucho más “mostrando” que “diciendo” puesto que, los personajes aparecen actuando directamente frente a nosotros. “Nada de referirnos lo que un personaje es: hace falta que lo veamos con nuestros propios ojos”, dice Ortega (22). A través del diálogo y empleando la técnica cinematográfica, el narrador nos va configurando la historia de Pedro Páramo. El método funciona así: en conversaciones de los personajes se alude a aspectos del personaje central: sus amoríos trasnochados, sus sucios manejos para apoderarse de la región, etc. Todo ello se nos presenta directamente, dialogalmente por medio de estos personajes-ecos, cuyas participaciones en la historia se ven interrumpidas violentamente para aparecer después, en verdaderos planos yuxtapuestos, continuando con el relato.:
“El día que te fuiste entendí que no te volvería a ver. Ibas teñida de rojo por el sol de la tarde, por el crepúsculo ensangrentado del cielo”. (25)
Los dos últimos narradores que reconocemos en la novela terminarán por reconstruir la historia de Pedro Páramo. Ellos están enmarcados y se vinculan directamente con el narrador Juan Preciado. Cada uno de ellos relatará una parte importante de la historia, desconocida para el primer narrador que caracterizamos –y para nosotros-, permitiendo entonces la estructuración coherente del relato total. Estos narradores son Dorotea y Susana San Juan; ambos habitan las tumbas-narradoras contiguas a la de Juan Preciado. La participación de Dorotea como figura-narrador se limita a tres momentos claramente definidos: 1) su vida incestuosa que la condena definitivamente a perder el cielo, encontrándose su alma en un constante vagar por la tierra “buscando vivos que recen por ella”; 2) sus sueños: el “maldito” y el “bendito”; 3) historia que relata parte de la vida de Susana San Juan, su carácter de última esposa de Pedro Páramo y el gran amor que este le profesa; al mismo tiempo relata la desilusión sufrida por él hasta el extremo de desalojar sus tierras y quemar los enseres, comenzando así la ruina del pueblo. La narración de Susana San Juan se nos aparece como un puente que une el relato de Juan Preciado con la narración del hablante básico. Su relato, todo directo, a través de diálogos y monólogos, comienza por mostrarnos su pasado infantil y la muerte de su madre, la soledad y abandono en que quedaron ella y Justina (soledad, por lo demás, que rodea a todos los personajes de la novela y al pueblo mismo); el macabro episodio de su encuentro con la calavera, obligada por un padre obsesionado por el dinero, y su propia vida de locura al lado de Pedro Páramo, recordando a su esposo muerto, a Florencio. El grado de elaboración que presentan estos narradores va a variar bastante en cuanto a la entrega de mundo. Así, por ejemplo, Dorotea-narrador elabora mucho aquello que no tiene que ver directamente con la figura-Dorotea (27):
“-¿La ilusión? Eso cuesta caro. A mí me costó vivir más de lo debido. Pagué con eso la deuda de encontrar a mi hijo, que no fue, por decirlo así, sino una ilusión más, porque nunca tuve ningún hijo. Ahora que estoy muerta me he dado tiempo para pensar y enterarme de todo. Ni siquiera el nido para guardarlo me dio Dios. Sólo esa larga vida arrastrada que tuve, llevando de aquí para allá mis ojos tristes que siempre miraron de reojo, como buscando detrás de la gente, sospechando que alguien me hubiera escondido a mi niño”. (29)
Lenguaje y estilo constituyen los dos últimos aspectos que veremos en este trabajo en cuanto a la caracterización de los narradores se refiere. Reconocemos en la novela dos estilos diferentes que se traducen en igual cantidad de lenguajes también diversos: un estilo que se caracteriza por ser altamente poético, y que utiliza un lenguaje eminentemente metafórico donde las imágenes de la luz y el color; el gusto y el sonido, le confieren al relato la poeticidad que él posee y que se proyecta hasta nuestra propia sensibilidad, traspasándola, para situarla en la profundidad de nuestro espíritu. En tres de los narradores estudiados reconocemos este rasgo poético del estilo: Juan Preciado, el narrador básico y Susana San Juan. Ejemplificaremos el estilo de estos narradores en el mismo orden en que ellos aparecen mencionados:
Otro estilo, al que convencionalmente llamaremos “directo”, en donde el lenguaje no presenta mayores ostentaciones de empinarse más allá de la palabra hablada, simple y coloquial. Este lenguaje, que refleja la conciencia mítico-popular del pueblo mexicano, estructurará los relatos de los cuatro narradores por medio de los llamados “géneros del decir hablado”, como la “charla”, la “conversación” y otros reconocidos por Eleazar Huerta (35). Claro está, como vimos anteriormente, que los narradores-poetas solo usarán este estilo, cuando sus relatos se mantengan siempre alejados de los “seres-estímulos”. Cuando ello ocurre, la cotidianidad del lenguaje se apodera, entonces, del relato que, generalmente por medio del diálogo, en primera instancia, y del monólogo después, estructura una narración simple y directa: habitual. Ejemplificaremos este estilo de los narradores en el mismo orden en que ellos han sido estudiados:
Dos estilos: poético uno, directo el otro; dos lenguajes: metafórico el primero, coloquial el segundo, para un cosmos cuya comprensión y aprehensión solo pueden surgir a partir de la coherencia interna de sus partes, donde el estilo y el lenguaje de los narradores juegan un papel preponderante. Podemos concluir nuestro trabajo diciendo que los narradores estudiados no se esfuerzan en lo más mínimo por representar un mundo coherente; que la imagen caótica y desintegrada del mundo narrado obliga, por lo tanto al lector, a establecer, como el narrador de la novela moderna, sólidos supuestos básicos en el mundo de la novela, para que este pueda ser totalmente comprendido y aprehendido. Es en este sentido que se ha hablado aquí de lector-investigador Bibliografía
El profesor Alejandro Carreño T. nace en Santiago en 1946. Realiza sus estudios universitarios en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, donde posteriormente ejerce como Profesor de Literatura Hispanoamericana en el Departamento de Castellano e inicia sus estudios de Doctorado en Filosofía con mención en Literatura. Más tarde, viaja a Sao Paulo, Brasil, donde desarrolla labores docentes en la Facultad Iberoamericana y enseña Español y Literatura Hispanoamericana en los Programas del Bachillerato Internacional en el colegio internacional Chapel School. En la Universidad Católica de Sao Paulo recibe su título de Magíster en Comunicación y Semiótica.Es autor del libro "La literariedad en la obra de Jorge Luis Borges" y de numerosos artículos literarios. En la actualidad es académico de la Universidad Uniacc donde dicta las cátedras de Comunicación, Expresión Escrita y Semiótica |
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