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Proyecto Ensayo Hispánico La obra literaria se realiza en la comunicación humanística, aun cuando la crítica académica haya generalizado en las últimas décadas un sentido depositario de la misma. A lo largo de estas páginas, y sobre todo en las secciones que siguen, se hacen con frecuencia afirmaciones sobre la "sinceridad" y la "autenticidad" del ensayista; se dice que "el ensayista expresa lo que siente y cómo lo siente", que "nos hace partícipes del proceso mismo de pensar", y otras aserciones semejantes con las que se pretende establecer una aproximación al carácter dialógico del ensayo, a su retórica; pero sin más desarrollo, estas expresiones podrían ser interpretadas como posturas impresionistas que desconocen la complejidad y dificultad que conlleva todo intento de significar, de codificar un pensamiento (véase mi estudio Más allá de la pos-modernidad). Es cierto que el lenguaje del ensayista, como el de cualquier otro escritor, surge siempre en tensión en el seno de una lengua que lo aprisiona, que en cierto modo lo determina, pero a la que también, en la medida de su fuerza creadora, supera y modifica. Todo acto de escribir supone, además, un proceso de codificación de un pensamiento: se trata de expresar una idea a través de un sistema de signos que a su vez son incapaces de significar en sí mismos, pues sólo inician un proceso (teóricamente indefinido) de diferir el acto de significar en una cadena interminable. Tal es la aportación posmoderna a nuestro discurso narrativo actual: Cada significante, se dice, parece ser a la vez significado de otro significante en una sucesión repetitiva/circular que se convierte en un fin en sí misma y que nos impide/pospone llegar al significante original, con lo que la búsqueda se convierte en un juego intelectual, eso sí, dialógico, pero que se niega a sí mismo valor cognoscitivo. Nuestra experiencia, sin embargo, atestigua la existencia del diálogo y, por tanto, la posibilidad de significar. La falacia del discurso posmoderno reside en la
pérdida de lo humano que lleva implícito. A fuerza de diferir y
diferenciar en un progresivo intento de precisión, se vela el objeto de la
búsqueda. El proceso es, en verdad, ilimitado, pero no por no alcanzar el
primer significante, sino porque lo humano, en lugar de ser algo hecho, es
un hacerse. El ser humano no puede definirse precisamente por serlo. El
definirse sería observarse fuera de sí mismo y por tanto dejar de ser.
Este estar siendo es lo que causa la serie indefinida de
significantes/significados que se prolongará tanto como el ser humano
mismo. El significante original, el primario, el raíz, del cual derivan
todos los demás, en la complejidad significante/significado, es lo humano,
cuya esencialidad, de la cual todos participamos y que fundamenta la
posibilidad dialógica, al mismo tiempo que así se reafirma, se pospone. Es
decir, se reafirma en cuanto a su implicación como posibilidad de
significado y se difiere en cuanto a la imposibilidad de una definición
que significaría su perfectividad, o sea, la paradoja de verse hecho desde
un estar haciéndose. Implicamos, por tanto, al ser humano como referente
original y necesario; y con ello, invertimos el orden posmoderno y hacemos
posible el discurso cognoscitivo y por lo tanto el diálogo. Es decir, la
complejidad significado/significante deja de ser un fin en sí misma para
convertirse en un método problematizador que fecunda el diálogo. En
nuestra condición de seres humanos todos participamos, pues, de ese primer
referente que nos permite acceso a una primera dimensión en el acto de
significar. Pero coloquemos esta afirmación en perspectiva. La estructura comunicativa tradicional implícita en todo
signo supone un emisor, un mensaje y un receptor. La aporía del discurso
posmoderno surge cuando nos aproximamos a la realidad de esta estructura
de un modo mecánico; es decir, cuando independiente del objetivo que dio
existencia al "signo", queremos primero determinar "científicamente" las
leyes que regulan los tres elementos del proceso y establecer una relación
unidimensional e "inequívoca" de causa-efecto. Este paso quizás sea
necesario en un concepto depositario de comunicación: las transformaciones
químicas, las leyes físicas, una ecuación matemática, las precisiones
geográficas, la atribución legal de un libro a su autor, son apenas unos
ejemplos que muestran la amplitud de lo que yo denomino, usando
terminología de Paulo Freire, comunicación depositaria. Pero el objetivo
del signo literario es diferente. Desdoblemos artificialmente, sólo para los propósitos
iniciales de este desarrollo, el signo literario en dos componentes: forma
y fondo. Aceptemos igualmente que el valor literario resida
primordialmente en su dimensión formal. Pues bien, al considerar ahora el
valor literario de un ensayo, de un poema, o de cualquier otra expresión
literaria, nos enfrentamos a la curiosa situación de que el "emisor", el
autor, pasa a un plano muy secundario. La sensibilidad estética del autor,
los propósitos originales y la fidelidad con que supo codificarlos en un
texto son inconsecuentes. Toda obra puede en la potencialidad de su autor
ser la más sublime. Pero el valor literario del texto, exteriorización y
por ello codificación de dicha potencialidad, reside en él mismo en cuanto
se realiza y en el modo cómo se realiza en un lector, y siempre con
relación a la dimensión humana que re-crea. A través de esta última se
establece y adquiere sentido la estructura emisor(autor)-mensaje-receptor(lector),
y en ella reconocemos otra vez el fondo y la forma como elementos
inseparables en toda creación literaria, especialmente en su sentido de
comunicación no-depositaria. Pero al colocar de nuevo al ser humano como
referente último, ahora en cuanto objetivo final de toda comunicación, el
énfasis en la relación autor-mensaje-lector no recae más en la
exterioridad del signo, sino en la interioridad del lector (lector y autor
de nuevo, para indicar la recuperación de la dimensión humana que se había
perdido al cosificarlos a través de los términos "emisor" y "receptor"). El énfasis posmoderno en la naturaleza del signo
problematiza la posibilidad del mensaje y pone en duda, difiere, la
posibilidad de significar. La aporía surge por partir de una concepción
depositaria de la comunicación; es decir, al querer que el signo acarree
valor en sí mismo como paso previo a su contextualización en el autor, en
el texto o en el lector, al sentir la necesidad de reconocer como
entidades diferenciables e identificables en sí y por sí mismas los tres
términos de la ecuación autor-mensaje-lector. De no ser así, se cree, la
comunicación no es posible. El sofisma arranca de considerar la
comunicación científica (que yo denomino depositaria) como la única
comunicación posible (resabio racionalista que hoy colocamos en crisis).
La realidad empírica, sin embargo, nos muestra que en la práctica
cotidiana la comunicación es posible y que junto a la comunicación
depositaria existe también otra comunicación no-depositaria, la
comunicación humanística. Se trata de una comunicación que se construye a
partir de un referente común de realidad interna y que es el ser humano
mismo, y mediante el cual el autor y el mensaje se realizan en el lector.
Es así como hablamos de un autor implícito que puede luego coincidir o no
con el autor legal, es decir, con la persona que escribió la obra. En el ensayo, como composición literaria, el autor que
importa es el autor implícito; es decir, el autor que el lector usa para
identificar el texto como producción artística y reflexión "del otro" en
el puente dialógico que incita el texto mismo. De todas las
manifestaciones literarias, la ensayística se destaca, precisamente, por
establecer de modo explícito este proceso. Las reflexiones codificadas en
el ensayo se generan en la confrontación de dos sistemas, a la vez
antagónicos y dependientes entre sí: el discurso axiológico del estar
(valores que dominan y diferencian a la vez una época de otra), y el
discurso axiológico del ser (la conciencia del autor de su historicidad,
de estar viviendo ante un horizonte de posibilidades e imposibilidades que
modelan su libertad). El ensayo hace del choque de estos dos sistemas
axiológicos el tema de su reflexión. Su objetivo es, por tanto,
problematizador, "deconstruccionista". El mensaje que se codifica en el
signo escrito no es algo hecho como el que pretende el texto depositario
—un tratado, o incluso un artículo "académico" de crítica literaria—, sino
que el mensaje lo es sólo en la medida que lo es en el lector. Es decir,
el ensayista problematiza un concepto (un supuesto axiológico), no con el
propósito de significar en el sentido externo de definir (concepto
depositario), sino con el objetivo de incitar, inspirar a que el lector,
en él y para él, signifique. De este modo, al no tratarse de un mensaje
depositario, tampoco importa el ensayista-autor, sino el autor implícito:
el autor en el lector. La distinción entre comunicación depositaria y
comunicación humanística es de suma importancia al hablar del ensayo. La
obra literaria se realiza en la comunicación humanística, aun cuando la
crítica académica haya generalizado en las últimas décadas un sentido
depositario de la misma. En ambos casos el proceso hermenéutico es
diferente: la lectura depositaria busca la recuperación del discurso
axiológico del autor, la lectura humanística desea su apropiación; la
primera tiene como objetivo la reconstrucción de un sistema, la segunda la
deconstrucción del propio discurso axiológico. La "apropiación" en este
sentido no significa aceptar (concepto depositario), sino asimilar, o sea,
cuestionar, problematizar, poseer, en una toma de conciencia de nuestro
discurso axiológico del ser. |
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