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Rubén Darío
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Brooklyn, N.Y. Darío no es ya un aprendiz de poeta sino una de las glorias literarias más grandes de la América española. Por eso no creemos impertinente dar a conocer un semblante del poeta a los lectores de HISPANIA que leyeren este artículo, hecho a vuela pluma, no en la lengua de Emerson, Irving y tantos otros insignes americanos, sino en la que honraron varones no menos ilustres. Después de lo dicho por Rodó, quizás el crítico mas comprensivo y perspicaz que haya tenido Darío; después de lo escrito por Valera, Justo Sierra, González Blanco, Martínez Sierra y otros, mal haríamos en dar en la flor de juzgar al poeta a lo erudito, es decir, investigar las causas que formaron la personalidad literaria del maestro, indicar su parentesco intelectual con los grandes poetas líricos, así propios como extraños, y, por último, señalar el puesto que de hecho le corresponde en la historia de la literatura castellana de nuestros días. Cuantos conocen la métrica española saben a ciencia fija a qué atenerse en cuanto al arte innovador del vate nicaragüense, y no ignoran cuan arduo es estudiar la obra arquitectónica de sus versos, unas veces de líneas simétricas y puras según la clásica manera, otras de forma irregular y estilo mixto, mas siempre con la cualidad de lo pintoresco y lo atractivo de la arquitectura moderna. No nos proponemos, pues, mirar a Darío por el perfil de la poética, ni indagar en qué fuentes se inspiró su entendimiento peregrino, ni hacer reflexiones acerca de su influencia en la juventud instruida de habla española. Quisiéramos, eso sí, concretarnos a averiguar de corrida lo que Darío pensaba del mundo y de la vida, ya por una frase inadvertida o una estrofa intencionada, ya por un ademán imprevisto o un verso interpolado a sabiendas. Harto difícil es dar con la flor de Verdad oculta en el intrincado bosque de sus versos; obra de romanos tratar de conocer su pensamiento íntimo o su noción de las cosas y su actitud hacia la vida, ya que en vano buscaríamos en Darío un cuerpo de doctrina o una pauta de conducta. No sabemos por qué recóndita asociación de ideas, no obstante la enorme disparidad de ambas épocas, al leer los versos de Darío dedicados a ensalzar los triunfos del amor a lo humano, nos viene a la memoria la remota figura del genial autor del innominado libro de versos, conocido por Libro de Cantares o Libro de Buen Amor, y aun nos parece oír a través de los siglos la risa franca y retozona del Arcipreste de Hita ante la sabrosa alegría de vivir. No ignoramos que el brío primitivo del uno contrasta con la culta manera del otro, ni podemos menos de notar la diferencia que hay entre el concepto de la vida, rústicamente epicúreo del Arcipreste y el epicureísmo de Darío, libre de detalles ásperos y un tanto depurado por cierta idealidad que le hace pasar por moneda de buena ley aun entre los más remirados. Sin embargo, se nos antoja que existe un fondo común de sensaciones en el sensorio de ambos. Uno y otro son hijos legítimos de su tiempo; los dos descubren las flaquezas propias al par de la fé sencilla del uno, viva aún a pesar de la relajación de costumbres de entonces y del desbarajuste de ideas operado mediante la revaluación espiritual que comenzaba a efectuar el espíritu del Viejo Mundo, y de la complexa creencia del otro, difícil de analizar por el extraño consorcio de lo ingénito y lo postizo que se advierte en el alma de Darío. Las bizarras páginas de ambos parecen decirnos menos las virtudes de los pecados propios que los de la centuria en que vivieron a los de la sociedad de que formaron parte. En la obra de ambos, como en los grandes poemas, parece reflejarse la conciencia universal, si no en su totalidad, a lo menos, por no decir a lo más, en su aspecto mas humano: en la realización de las grandes posibilidades de acción, en sentido moral, de la experiencia de la raza. Cabe aquí preguntarnos si su concepto de la vida era el resultado de un procedimiento de dentro afuera, una síntesis concebida por su inteligencia escudriñadora, o si sacaba la filosofía que derramaba con intermitencias deliberadas, mas bien que a raudales continuos, del modo de ser y obrar de la sociedad moderna. Debe tenerse en cuenta que Darío no era solamente actor en la comedia humana: era igualmente crítico, y por el tamiz de su crítica pasaron todas las nociones de sus coetáneos. Confesaremos, no obstante, que solo tocó de soslayo las cuestiones morales de la vida contemporánea sin hacer crítica reconstructora. Nunca le pasó por la mente el dar una norma de conducta ni siquiera trazar una línea divisoria entre lo buenamente humano y lo humanamente bueno. Leed, si no, El Reino Interior, poderosa alegoría que pinta las luchas del alma de todas las épocas con palabras nunca oídas en tierras americanas. He aquí dos filosofías antagónicas que se han disputado siempre la supremacía del mundo; dos opuestas reglas de conducta que desde la antigüedad han trabado lid mortal por la posesión de la vida humana. Se sienten en ella, confusas todavía, las vacilaciones del hombre, jamás la entereza moral del filósofo. Se observa el eterno conflicto entre el espíritu que se vuelve con ahinco hacia lo infinito y el cuerpo que se encorva tenazmente hacia la tierra. El apóstrofe final parece resumir, amén de las incertidumbres propias, la historia dolorosa de caídas y tanteos del género humano. --Princesas, envolvedme con vuestros blancos velos! --Príncipes, estrechadme con vuestros brazos rojos! Las princesas son las siete virtudes, y huelga decir que los príncipes son nada menos que los siete pecados capitales. Se le he tachado de blasfemo por la última estancia de la poesía intitulada "Ananké"; pero no debemos dejarnos embaucar por este alarde irreligioso, como tampoco es seguro índice de irreligiosidad una que otra velada burla contra la divinidad, cosa que se le escapa aquí y allí en algunos de sus versos y prosas. Achacamos estos pecados, que no titubeamos en llamar veniales, al prurito común de los hombres, aun entre los más sinceros, de conformarse a ratos al gusto de la época. Puesto que no se ve de parte del poeta propósito alguno de filosofar, tal vez venga a ser estrofa una salida rebuscada para sorprender a los lectores incautos, una especie de ardid retórico para hacer perder la pista de los malos sabuesos de la crítica que pretendieran entrarse de rondón en el "alcázar interior" del bardo. Darío no era irreverente ni por soñación. Entre otras pruebas podría aducirse el espíritu de profunda reverencia que da vida al perfecto simbolismo que corre por la composición del "Año Nuevo" como sangre nueva y pura. Tampoco hay nada más sincero que esta última estrofa de su invocación a las musas, cristiana finalización de una poesía abundante de reminiscencias helenas: . . . . . . . . . . . . Decidme, sacras musas, ?cómo cantar en este aciago tiempo en que hasta los humanos orgullosos pretenden arrojar a Dios del cielo? Es preciso entender a Darío por estos arranques de sinceridad, en los cuales se trasluce su alma clara (Si hay, he dicho, señora, alma clara, es la mía!), en vez de ir a juzgarle por la sal pagana que ponía en sus versos o por la intención sensual que sacaba a relucir en sus cantos de la vida. Para decirlo sin ambages, no cabe duda alguna de que Darío era creyente de veras, ni podía ser menos: Darío no poetizaba de burlas, y ya sabemos que tanto para el verdadero poeta como para el grande artista no hay en definitiva sino dos eternas realidades: Religión y Arte. No andan errados, eso no, los que le atribuyen ideas y sentimientos aristocráticos. Penetrado de la tradición clásica, este obstinado admirador de la Grecia antigua vista a través de la corte de Luis XV, no podía menos de tener un concepto aristocrático de la vida. Su mismo equipo intelectual le ponía por encima del vulgo y aun le hacía ver con malos ojos todas las manifestaciones del pueblo. Sabía, es cierto, que se leían con avidez sus producciones, lo que tenía que halagarle por fuerza; pero no se llamaba a engaño de que agradaban sus versos, no por los pensamientos que entrañan, sino por la música nueva que salía de su maravillosa flauta, para tañida por el mismísimo dios caprípede. Tenía conciencia de que los acentos de su lira noprovocaban "estados de alma" en sus compatriotas. Con todo, no creemos pecar de desacertados al afirmar que su aristocrática filosofía no pasaba de ser actitud mental pura y simplemente, que sólo se manifestaba en su cuasi morboso amor de lo insólito y en sus andanzas por tierras de sol o por países de nieblas en busca de emociones rarísimas. Sus admiradores y discípulos imberbes han dado en la maña de sacar a colación a cada paso, tal vez para encubrir su menoría intelectual, lo de "encerrarse en una torre de marfil" y otras frases de la misma laya, dando a entender con ello que la obra de un artista, sea poeta o escultor, va dirigida solamente a un pequeño número de iniciados. No nos incumbe tratar aquí de la verdad o falsedad estética de esta fórmula de arte, puesto que hoy nuestra cuestión candente es la de estimar a Darío, aunque someramente, a la luz de la crítica encaminada a inquirir sus atisbos morales. Examinando, pues, este estado de ánimo por el criterio de la experiencia, nos vemos precisados a calificarlo de antisocial en sus efectos y en su origen. Por una parte, la práctica rigurosa de esta regla tiende a engendrar, y lo hace casi siempre, infecundidad mental en el individuo, a más de falta de simpatía para poder apreciar las obras maestras de todos los tiempos. Por la otra, es imposible encerrarse uno dentro de sí mismo, como en una concha, sin perder la visión de las cosas y sin convertirse uno en un ente aislado, indiferente a los supremos esfuerzos de la humanidad por lograr su salvación espiritual y política. Todos los espíritus desprendidos están acordes en que no es posible ser espectador del drama humano; es necesario salir de la "torre de marfil", calzado el guantelete y ceñida la espada a usanza de los antiguos caballeros, y bajar a la arena a verter la propia sangre para ser capaz de comprender los errores y aciertos del mundo y hacer suyas las tristezas, alegrías y esperanzas de los hombres. Elusivo e inconsistente, como el conjunto mismo de la vida, era el sentir de Darío en materias humanas. Cabían en él con perfecta naturalidad, sin andar reñidos, el materialismo de su siglo y el idealismo puro de pasadas edades. Por este compuesto criterio juzgaba las cosas. En su obra corren parejas los himnos triunfantes de la sensualidad, a guisa de potros sueltos, y los versos decidores de las fruiciones más puras del alma. Aquí tenemos otro punto de similitud de emociones con el ya nombrado Arcipreste de Hita. A pesar de las inconscientes incompatibilidades que dormían en el fondo de la conciencia de Darío, tenemos que convenir en que su poesía está dotada de extraordinaria virtud de espiritualizar ideas y sentimientos que en otras naturalezas menos privilegiadas resultarían triviales y hasta groseros. Aunque su contribución moral es inferior con mucho a la intelectual (cosa natural y dentro de razón, por ser la obligación del poeta la de producir en otros emociones estéticas, y Darío lo consiguió con su "técnica" y su entonación), no por eso dejamos de tener una inmensa deuda de gratitud para con el gran poeta nicaragüense, quien, al iniciar la labor de renovación del verso castellano, deja a sus hermanos en linaje un instrumento ennoblecido por el toque de sus manos de artífice, para cantar las glorias pretéritas y futuras de la raza, las olvidadas hazañas de la vieja y noble cepa españolas y el nuevo espíritu que anima al mundo hispano |
Recordando el centenario de R Darío -
Manuel Eugarrios Para esa oportunidad se organizaron una serie de actividades y festejos, que si por nuestro eterno subdesarrollo no fueron tan esplendorosos como el excelso aeda se lo merecía, al menos si tuvieron la altura y la dignidad de quien con su obra magistral se encargaría de revitalizar y transformar la lengua castellana. Lo que fue, nos parece, la nota central de esa luminosa conmemoración al más alto y más grande hijo pródigo que ha tenido Nicaragua, es la activa participación de ilustres intelectuales de nuestra Patria, América y Europa, quienes daristas consumados o cabales conocedores de su obra dijeron sus ponencias en un hermoso acto celebrado durante varios días en el recién entrenado Teatro Nacional Rubén Darío, y en otros lugares del país. En la lista de esos invitados especiales figuraron: Erika Lorenz, Luis Alberto Sánchez, Hugo Lindo, Beltranena Sinibaldi, Ernesto La Orden Miracle, Guillermo Díaz Plaja, Augusto Arias, Arturo Uslar Prieti, Raimundo Lida, Dionisio Gamallo Fierros, German Arcienagas, Charles Arbrun, Giuseppe Bellini, Pedro Barnila, body D. Carter, Pedro Calmón René L.F. Durand, Alfonso Junco, Carlos Jinesta, Francisco Monterde, Gerardo Mello Mourao, Miguel Sánchez Astudillo, Jaime torres bodet, Charles D. Watland, Pablo Neruda, Baltasar Icaza Calderón.
Resalta oportuno destacar, por otra parte, que si bien se nombró tres años
antes una Comisión Especial para organizar y materializar ese imponente
homenaje a Don Rubén, alma y nervio de la misma en su etapa final, fue el
Doctor Ramiro Sacasa Guerrero, con quien tuve el privilegio de trabajar
muy de cerca, en ese entonces Ministro de Educación. Seguidamente reproducimos fragmentos de la pieza oratoria que en esa ocasión dijo el insigne creador mexicano Jaime Torres bodet: “Lo extraordinario, en el caso de Darío, es que el lector imparcial no puede prescindir por completo ni del Darío exterior ni del interior. La originalidad suprema de Rubén reside en una ambivalencia constante del éxtasis y la angustia: del cuerpo ansioso de deleites, y el alma, llena de pesadumbres. Darío no vio solamente, ni vivió solamente, ni cantó solamente uno de los aspectos de su existencia: la luz del día, grata a los epicúreos, o la oscuridad de la noche, inspiradora de los estóicos. Como pocos, amó la vida. La amó hasta en sus júbilos más modestos y hasta en sus desenfrenos más reprobables. Pero, como pocos, sintió el espanto de lo perecedero: la fa- talidad del no ser, la proximidad magnética de la muerte. En sus poesías más ligeras hay un momento en que la elegía se esconde. Y, en todas sus elegías, hasta en lo Fatal, hay una referencia al placer, por lo menos, una alusión a los racimos húmedos del deseo. Confieso que, en lo que se refiere a mis propios gustos, me siento mucho más cerca del Darío interior que del exterior. Los Nocturnos, Melancolía, Thanatos, Lo Fatal, La Canción de los Pinos, el Poema del otoño me dicen más de Rubén Darío que las vastas composiciones sinfónicas en que resuena toda su orquesta lírica. Pero reconozco que sería imposible admirar al Darío interior sin tratar de entender al otro, a su inseparable: el Rubén Darío exterior. Este produjo a aquél. Y se hallaban ligados ambos, indisolublemente, como el caballo y el hombre en el ímpetu del centauro.
Preferir no ha de ser desdeñar. Resultaría una prueba de impertinencia
critica el querer escindir lo que preferimos del conjunto que hizo posible
su advenimiento. El camino que Darío siguió para llegar a la desnudez de
la estrella hubo de pasar por todas las tentaciones de los sentidos, todas
las intermitencias del carácter y todos los altibajos del sentimiento. Hay poetas que parecen exentos de biografía. Nacen de si mismos –para morir en si mismos, serenamente. No fue ése el caso del poeta Rubén Darío. Su obra estuvo siempre abierta a la vida, de par en par. No es posible comprarlo con escritores del tipo de Mallarmé o de Valery. Y tampoco sería prudente equiparlo con Paul Verlaine. En el fondo, cada poeta es único. Y Darío conseguiría su unidad literaria fundamental mercede a una deliberada inmersión en las más torturantes diversidades. El mundo exterior existe, según afirmaba uno de los primeros maestros de Darío: Teófilo Gautier. Y al mundo exterior se entregó Rubén, escondiendo su alma durante años. Lo que nos revelan Prosas Profanas acerca del hombre Rubén Darío es bien poca cosa., Por norma estética, por elegancia o por pudor, ese hombre se disimula bajo el brillo de sus poemas. Esculpe, como querían los parnasianos, de quiénes era- en aquellos día-sémulo adicto. Sólo por momentos, en algunas esquirlas del mármol que labra, arrancadas por su cincel, sentimos rápidamente el calor de su corazón... En tan improcedente querer separar al Darío exterior del otro, como lo era una clasificación de los escritores en objetivos y en subjetivos. Objetivos y subjetivos los somos todos. En ocasiones, sucesivamente. Y, en otras, simultáneamente. Tan subjetivo como objetivo fue siempre Rubén Darío; pero necesitó abandonar los mitos de su primera objetividad –los cisnes, los pavos reales, los tigres de bengala, con su lustrosa piel manchada a trechos, para ir tocando la forma oculta de su ser íntimo; aquel sobre cuya frente, traspuesta la madurez –y la madurez fue precoz en espíritu como el suyo- surgiría, por fin, el Alba de oro. Con el tiempo, se apagaron las lámparas; emigraron los cisnes; se marchitaron las opulentas guirnaldas de músicas y de flores; dejaron de piruetear los bufones en los palacios de las princesas. Enmudeció el paisaje. Y, sobre un fondo sin papemores y sin bulbules, solo ante su conciencia, solo ante su destino, responsable ya de su poesía más descarnada, en el poeta Rubén Darío vimos al hombre: el que advirtió la miseria de toda lucha por lo finito, el que dejó caer en la sombra las gotas de su melancolía, el que supo medir la labor del minuto y el prodigio del año, el que –auscultando el silencio nocturno –oyó cómo surgían de su prisión los olvidados, y sintió con qué vehemencia un eco del corazón del mundo penetrada y movía su propia corazón. Se desmentía el poeta así? Era aquel ascenso una traición?.. En manera alguna. Tampoco se desmiente la rama, ni se traiciona -antes se comprueba-, al coronar con la intensa y última flor, lenta en manifestarse y rápida en parecer, el espeso atavío de hojas con que el árbol hubo de proteger su mágico nacimiento. No hay dos Daríos en Darío, según lo creen o lo declaran algunos críticos. Sus extravíos no fueron óbice para sus aciertos. Sus defectos eran indispen-sables a sus virtudes. De ahí que tanto conmueva al lector de hoy, en un poema contaminado por los fáciles hábitos juveniles (hablo de la Canción de Otoño en Primavera), descubrir las maravi- llosas líneas en que el poeta, con el cabello gris, se acerca a los rosales del jardín, y confiesa que las demás mujeres, en tantos climas/, en tantas tierras, siempre son/si no pretexto de “sus rimas/fantasmas de “su” corazón. En esos versos y en muchos otros, que sería prolijo citar, tocamos el punto en que el Darío institivo del artificio y el Darío esencial del arte se comunican estrechamente. Y es que Darío no fue jamás un poeta quíjicamente puro, como parecía pretender el Abate Bremond que lo fueran sus predilectos. Impuro, como la vida, todo loambicionó, todo lo acarició. Y, a fuerza de acariciarlas, no fueron pocas las experiencias que marchitó. Que lo condenen, por esa fiebre vital, quienes juzguen su propia obra en estado onírico de pureza! Pero los más puros de sus contemporáneos, entre los grandes de nuestro idioma, como Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, no lo condenaron jamás por sus impurezas. Sabían que, hasta en sus caídas, si hubo un alma sincera, era la suya...” |
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