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Rubén Darío Vida y Obra - Rubén Darío: Análisis - Modernismo frente a noventayocho: Relectura de una historia literaria  - Arte métrica - Teoría del ensayo
* Conferencia impartida en el Auditorio del IIB, con motivo del día del libro el 23 de abril de 2002.

DARIO Y L'ART NOUVEAU

EN SU ENSAYO TITULADO "Rubén Darío, Señor de los tristes" publicado en 1967, Mario Benedetti escribía: "Hay quienes sostienen (sobre todo en los últimos tiempos) que lo único que vale en Darío es su aspecto Art Nouveau. Es posible que esa tesis signifique una mera prolongación snob de la comercialísima embestida Art Nouveau lanzada por los avispados anticuarios de París. Una vez que tal renacimiento refenezca, la poesía de Darío perecerá o (así lo espero) sobrevivirá, no tanto por su lado Art Nouveau como por otros rasgos más permanentes, aunque seguramente menos cotizables en la bolsa de valores frívolos.1

1 Mario Benedetti. Letras del continente mestizo. Montevideo: Ed. Arca, 1967, p. 54.
Aunque formulado hace más de treinta años, este tajante y polémico juicio del ensayista uruguayo puede, creo, servir de punto de partida para una reflexión de mayor envergadura sobre la obra poética de Rubén Darío que ha sido diversamente apreciada a lo largo de este siglo. Si a su salida Azul fue unánimemente saludada como una obra novedosa en el campo formal, rápidamente el entusiasmo decaería y la afición del público y de la crítica se orientaría más bien hacia la valoración de obras como Cantos de vida y esperanza, en las que el poeta nicaragüense, sin dejar de lado la preocupación por lo puramente estético, expresaba también cierta sensibilidad política y social.

Sin embargo, las profundas mutaciones que sufrirá el mundo después de la Primera Guerra Mundial harán que los valores expresados a fines del siglo pasado y comienzos de éste no puedan resistir cierto envejecimiento.
A tal punto que, según Mario Benedetti, algunos críticos, sobre todo en la década de los años sesenta-setenta, sostendrán que "lo único que vale en Darío es su aspecto Art Nouveau", corriente artística que surgió a fines del siglo XIX y que se proponía renovar las formas de expresión artística por el acercamiento de todas las artes y de la que Rubén Darlo fue precisamente uno de los máximos representantes en literatura.

Si el aspecto Art Nouveau de Darío no debiera su reconocimiento más que a un fenómeno de moda ligado a un aspecto mercantil, como piensa Benedetti, estaría irremediablemente condenado a desaparecer como desaparecen todas las modas, y su poesía caería en el olvido hasta que tal vez otro fenómeno parecido volviera a rescatarla.

Ahora bien, aunque reconozco que han existido momentos más favorables que otros en la difusión de la poesía de Rubén Darío por los numerosos estudios que se han publicado desde la muerte del poeta, observo también que su obra nunca ha perdido realmente vigencia. Y es legítimo preguntarse ¿por qué? ¿Será por su aspecto puramente formal, como piensan algunos? ¿Por su aspecto comprometido con valores ideológicos, políticos y sociales, como parece creer Benedetti al hablar de "rasgos más permanentes", "menos cotizables en la bolsa de valores frívolos"? O ¿será tan simplemente por su calidad de poesía integral en la que forma y contenido constituyen un todo indivisible?

La única manera de encontrar, creo, una respuesta no prejuiciada a estas preguntas es aquella que consiste en examinar, a partir de sus propios poemas, la trayectoria poética que conduce a Rubén Darío, motivado por la búsqueda de la belleza como forma de asumir las contradicciones del ser humano, de la opción esteticista de Azul al salto cualitativo de Cantos de vida y esperanza, pasando por Prosas profanas.2

2 Para el presente trabajo utilizamos la edición de Azul y Cantos de vida y esperanza, preparada por Álvaro Salvador, Madrid: Colección Austral, Ed. Espasa Calpe, 1992, 259 p., y la edición de Prosas profanas y otros poemas, preparada por Ignacio M. Zuleta. Madrid: Clásicos Castalia, 1987.

AZUL Y LA OPCIÓN ESTETICISTA

Con la publicación de Azul en 1888, Rubén Darío ha sido considerado -y sigue considerado- con razón como el máximo representante del modernismo hispanoamericano; movimiento literario heredero, entre otras, de las grandes corrientes poéticas francesas, principalmente la parnasiana y la simbolista, sin olvidar el romanticismo hugoliano -y también wagneriano-, que surgió en América Latina a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Señalemos desde ahora que dicha herencia sería libre y originalmente asumida por el poeta, como recalcaría Juan Valera, uno de los primeros comentaristas de Azul, al hablar de "galicismo mental".3

3 Cit. por Álvaro Salvador, op. cit., p. 30.

Lo primero que llama la atención en Azul es, efectivamente, su alta calidad estética, la manera peculiar y novedosa con que el poeta enfoca y plasma el fenómeno de la creación; a tal punto que este libro ha sido mirado por muchos críticos como el verdadero manifiesto del modernismo hispanoamericano que Rubén Darío siempre se negó a escribir.

Azul es un libro singular, "un libro miscelánea", y como lo llama Álvaro Salvador, que mezcla prosa y verso, pequeños cuentos y poemas, en el que el creador busca la expresión poética por un movimiento sinestésico en el que se funden luces, sonidos, perfumes y movimientos. En el poema "Autumnal" podemos leer estos sugerentes versos:


Una vez sentí el ansia
de una sed infinita.
Dije al hada amorosa:
-Quiero en el alma mía
tener la inspiración honda, profunda,
inmensa: luz, calor, aroma, vida.
Ella me dijo: -¡Ven! - con el acento
con que hablaría un arpa. En él había
un divino idioma de esperanza.
¡Oh, sed de ideal.
[...]

El viento
arrastraba rumores, ecos, risas,
murmullos misteriosos, aleteos,
músicas nunca oídas.
El hada entonces me llevó hasta el velo
que nos cubre las ansias infinitas,
la inspiración profunda,
y el alma de las liras.
Y lo rasgó. Y allí todo era aurora.
En el fondo se veía
un bello rostro de mujer.
(pp. 59-60)

Música y ritmo entran en estrecha simbiosis en estas dos estrofas donde tenemos resumida la concepción del poeta demiurgo, inspirado por los dioses. Allí se funden Amor y Poesía como emblema de armonía, merced a la participación de todos los sentidos. Notemos de paso que esta concepción del poeta demiurgo remite a la visión hugoliana de la creación; "Le mot c'est le verbe, et le verbe c'est Dieu", afirmaba Hugo.
Comentando El velo de la reina Mab, el propio Darío confesará que en ese cuento más que en ninguna de sus tentativas anteriores persiguió "el ritmo y la sonoridad verbales, la transposición musical, hasta entonces desconocidos en la prosa castellana",4

4 Historia de mis libros. In: Rubén Darío. Obras completas. Madrid: Ed. Afrodisio Aguado, S.A., 1950, tomo 1, pp. 199-200.

pero por los cuales ya se habían preocupado Verlaine (De la musique avant toute chose, decía el poeta francés, acerca de la poesía), Richard Wagner con su reflexión sobre música y creación, y el propio Baudelaire con su teoría de las correspondencias, quienes obviamente parecen haber tenido una gran influencia no sólo en la escritura de este cuento, sino en toda la poesía de Darío.5

5 En un artículo sobre Richard Wagner de 1861, Baudelaire escribía: "Ce qui serait vraiment surprenant, c'est que le son ne pût pas suggérer la couleur, que les couleurs ne pussent pas donner l'idée d'une mélodie, et que le son et la couleur fussent impropres à traduire des idées, les choses s'étant toujours exprimées par une analogie réciproque, depuis le jour oú Dieu a proféré le monde comme une complexe et indivisible totalité".

Dice Darío:

Perdida mi alma en la gran ilusión de mis sinfonías, temo todas las decepciones. Yo escucho todas las armonías, desde la lira de Terpandro hasta las fantasías orquestales de Wagner. Mis ideales brillan en medio de mis audacias de inspirado. Yo tengo la percepción del filósofo que oye la música de los astros. Todos los ruidos pueden aprisionarse, todos los ecos son susceptibles de combinaciones. Todo cabe en la línea de mis escalas cromáticas.

La luz vibrante es himno, y la melodía de la selva halla un eco en mi corazón. Desde el ruido de la tempestad hasta el canto del pájaro, todo se confunde y enlaza en la infinita cadencia. Entre tanto, no diviso sino la muchedumbre que befa y la celda del manicomio. (p. 94)

En la expresión "luz vibrante" se funden los conceptos de luz, sonido y movimiento, que encuentran su plena realización poética en la expresión "infinita cadencia" que completa la idea de armonía.
Otra gran novedad de Azul es la parte titulada "En Chile", poemas en prosa que el propio Darío califica de "ensayos de color y de dibujo", "transposiciones pictóricas",6

6 Historia de mis libros, p. 201.

donde el creador hace un admirable trabajo sobre los matices cromáticos, musicales y rítmicos; trabajo que, a nuestro juicio, sólo se verá superado más tarde en un poema de la más pura estirpe verlainiana como "Tarde del trópico":

Es la tarde gris y triste.
Viste el mar de terciopelo
y el cielo profundo viste
de duelo.

Del abismo se levanta
la queja amarga y sonora.
La onda, cuando el viento canta,
llora.

Los violines de la bruma
saludan al sol que muere.
Salmodia la blanca espuma:
miserere.
(p. 221)

En "Paisaje", por ejemplo, el poeta juega con la plasticidad del cuadro que cobra vida por el efecto conjugado de las luces del sol, del trino de los pájaros, del viento que da movimiento a los árboles. Estos distintos elementos se reúnen para imponer la visión de los amantes en comunión de amor:

La dama era hermosa; él un gentil muchacho, que le acariciaba con los dedos y los labios los cabellos negros y las manos gráciles de ninfa.

Y sobre las dos almas ardientes y sobre los dos cuerpos juntos cuchicheaban en lengua rítmica y alada las dos aves. Y arriba el cielo con su inmensidad y con su fiesta de nubes, plumas de oro, alas de fuego, vellones de púrpura, fondos azules flordelisados de ópalo, derramada la magnificencia de su pompa, la soberbia de su grandeza augusta.

Bajo las aguas se agitaban, como en un remolino de sangre viva, los peces veloces de aletas doradas.

Al resplandor crepuscular, todo el paisaje se veía como envuelto en una polvareda de sol tamizado, y eran el alma del cuadro aquellos dos amantes: él moreno, gallardo, vigoroso, con una barba fina y sedosa, de esas que gustan de tocarlas mujeres; ella rubia -¡un verso de Goethe!-, vestida con un traje gris lustroso, y en el pecho una rosa fresca, como su boca roja que pedía el beso. (pp. 135-136).

La invitación al amor que constituye este poema-cuadro se completa en el canto de la pasión amorosa que representa "A una estrella", significativamente subtitulado "Romanza en prosa", en el que el canto lírico del poeta a la amada sacralizada se convierte en oración del fiel a la divinidad:

¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus labios luminosos!

¡Yo soy el enamorado extático que, soñando mi sueño de amor, estoy de rodillas, con los ojos fijos en tu inefable claridad, estrella mía, que están tan lejos! ;Oh, cómo ardo en celos, cómo tiembla mi alma cuando pienso que tú, cándida hija de la Aurora, puedes fijar tus miradas en el hermoso Príncipe Sol que viene de Oriente, gallardo y bello en su carro de oro, celeste flechero triunfador, de coraza adamantina, que trae a la espalda el carcaj brillante lleno de flechas de fuego! Pero no, tú me has sonreído bajo tu palio, y tu sonrisa era dulce como la esperanza.

¡Cuántas veces mi espíritu quiso volar hacia ti y quedó desalentado! ¡Está tan lejano tu alcázar! He cantado en mis sonetos y en mis madrigales tu místico florecimiento, tus cabellos de luz, tu alba vestidura. Te he visto como una pálida Beatriz del firmamento, lírica y amorosa en tu sublime resplandor. ¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus labios luminosos! (p. 145)

Los matices de brillo y de colores, de la más pura estirpe verlainiana, se imprimen en el fondo azul de la esperanza, se unen a la musicalidad de la frase para recalcar la pureza y emoción (marcada por los puntos exclamativos) del canto y convertir el amor que es poesía (He cantado en mis sonetos y en mis madrigales tu místico florecimiento, tus cabellos de luz, tu alba vestidura) en algo sagrado. Esta fusión se explicita con la evocación de la Beatriz de Dante sacralizada como princesa del universo, ese "divino imperio azul", y se llega a ese momento de perfección (sublime resplandor) del que habla Octavio Paz y en el que por la poesía que es vida, palabra, amor, se alcanza la plenitud del ser. Dice el poeta:

Quería contarte un poema sideral que tú pudieras oír, quería ser tu amante ruiseñor, y darte mi apasionado ritornelo, mi etérea y rubia soñadora. Y así desde la tierra donde caminamos sobre el limo, enviarte mi ofrenda de armonía a tu región en que deslumbra la apoteosis y reina sin cesar el prodigio.

Tu diadema asombra a los astros y tu luz hace cantar a los poetas, perla en el océano infinito, flor de lis de oriflama inmenso del gran Dios. (pp. 146).

Notemos el empleo de las palabras "tierra", "limo", "ofrenda de armonía", "deslumbra", "apoteosis", "prodigio", que introducen la noción de fusión creadora entre el hombre y el cosmos para llegar a la plenitud y sacralización del ser traducida por las imágenes finales que imponen la presencia de un universo infinito. Y concluye el poeta:

Otra vez era una selva oscura, donde poblaban el aire los grillos monótonos, con las notas chillonas de sus nocturnos y rudos violines. A través de un ramaje te contemplé en tu deleitable serenidad, y vi sobre los árboles negros, trémulos hilos de luz, como si hubiesen caído de la altura hebras de tu cabellera.

¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus labios luminosos!

Te canta y vuela a ti la alondra matinal en el alba de la primavera, en que el viento lleva vibraciones de liras eólicas, y el eco de los tímpanos de plata que suenan los silfos. Desde tu región derrama las perlas armónicas y cristalinas de su buche, que caen y se juntan a la universal y grandiosa sinfonía que llena la despierta tierra. (p. 147).

Esta fusión entre amor, canto y poesía, que se manifiesta como "grandiosa sinfonía" de una orquesta wagneriana, es una constante de Azul. Basten como ejemplo estos versos de "El año lírico" donde tras recordar la presencia de "un ave", el poeta agrega inmediatamente en el verso siguiente que "Son dos: el macho y la hembra" en actitud de amor:

El nido es cántico. El ave
incuba el trino, ¡oh poetas!
De la lira universal
el ave pulsa una cuerda.
Bendito el calor sagrado
que hizo reventar las yemas.
¡0h, amada mía!, en el dulce
tiempo de la primavera.
(pp. 150-151)

Y estos otros de "Invernal" donde el éxtasis estético, al reunir -como diría Octavio Paz- éxtasis erótico y éxtasis místico, tiene una doble dimensión: humana y divina, sagrada y profana:

Ardor adolescente,
miradas y caricias:
¡cómo estaría trémula en mis brazos
la dulce amada mía,
dándome con sus ojos luz sagrada,
con su aroma de flor, savia divina!
En la alcoba la lámpara
derramando sus luces opalinas;
oyéndose tan sólo
suspiros, ecos, risas;
el ruido de los besos;
la música triunfante de mis rimas
y en la negra y cercana chimenea
el tuero brillador que estalla en chispas.
Dentro, el amor que abraza;
fuera, la noche fría.
(p. 165)

Conviene señalar también que la preocupación por lo puramente estético lleva al poeta a trabajar la palabra como un orfebre; el verso es rutilante como el oro y la pedrería que lo componen. A Rubén Darío menos le interesa la palabra en su pura dimensión semántica que como haz de sugerencias que se dan en creaciones como ese "flordelisados" de ópalo para caracterizar los "fondos azules" de "Paisaje", al que nos hemos referido anteriormente.
El universo ideal del "sueño azul" en el que nos vemos sumergidos nos aleja de la realidad cotidiana para llevarnos al mundo misterioso y maravilloso de las Mil y una noches orientales en que Scherezada, para no morir, le cuenta al sultán sus extraordinarias historias, o al espacio sagrado de la mitología grecolatina, en el que Rubén Darlo escogerá al cisne, ave de Leda, como emblema de la creación y de sus búsqueda de ideal y armonía merced a la poesía.

EL SALTO CUALITATIVO

En Cantos de vida y esperanza, en cambio, podemos notar un salto cualitativo en la poesía de Rubén Darío. Este libro de madurez, publicado en 1905, encierra, según confiesa el poeta, "las esencias y savias" de su "otoño", en oposición con Azul que simbolizaba "el comienzo" de su "primavera", y de Prosas profanas, su "primavera plena".
Con este poemario, lo político y lo social irrumpen en la poesía de Darío con una carga de protesta y de rebeldía cada vez más fuertes. Ya no se trata tan simplemente de escribir lo bello, como pensaban los parnasianos y adeptos de la corriente del arte por el arte, a la que Rubén Darío se adhirió con su Azul, sino también de decir lo bueno, como proclamaba Víctor Hugo, al que Darío no dejó de admirar a lo largo de toda su vida.
El propio Darío da fe de este cambio de rumbo en el prefacio que encabeza el libro: "Si en estos cantos hay política, es porque aparece universal. Y si encontráis versos a un presidente, es porque son un clamor continental. Mañana podremos ser yanquis (y es lo más probable)." (p. 186)
El primer poema que da título al libro es bastante ilustrativo de la nueva actitud de Darío, que pasa de una poesía ligera, desligada de la realidad concreta, a una poesía más profunda. Allí dice el poeta evocando sus obras anteriores Azul y Prosas profanas:

Yo soy aquel que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra de luz por la mañana.

El dueño fui de mi jardín de sueño,
lleno de rosas y de cisnes vagos;
el dueño de las tórtolas, el dueño de góndolas y liras
en los lagos;

y muy siglo diez y ocho y muy antiguo
y muy moderno; audaz, cosmopolita;
con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo,
y una sed de ilusiones infinita.
(p. 187)


Observamos ahora un ensanchamiento de la poesía rubendariana de lo individual a lo colectivo; podría resumirse este ensanchamiento con los tres versos que finalizan el poema "Helios", verdadero himno solar a la gloria de la vida y de la paz:

El hombre, la nación, el continente, el mundo,
aguardan la virtud de tu carro fecundo,
¡cochero azul que riges los caballos de
oro!
(p.208)

Dentro de este nuevo acercamiento a lo poético vinculado a preocupaciones más inmediatas, asistiremos, naturalmente, a una fuerte crítica de la política imperialista de los Estados Unidos en América Latina y del peligro que hace correr a los pueblos latinos. En "A Roosevelt", con un tono violento e imprecatorio, Rubén Darío denuncia el progreso material de los Estados Unidos, visto en términos de catástrofe:

¡Es con voz de la Biblia, o verso de Walt Whitman,
que habría que llegar hasta ti, Cazador!
¡Primitivo y moderno, sencillo y complicado,
con un algo de Washington y cuatro de Nemrod!

Eres los Estados Unidos,
Eres el futuro invasor
de la América ingenua que tiene sangre indígena,
que aún reza a Jesucristo y aún habla español.

Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza;
eres culto, eres hábil, te opones a Tolstoi.
Y domando caballos, o asesinando tigres,
eres un Alejandro-Nabucodonosor.
(Eres un profesor de energía,
como dicen los locos de hoy.)

Crees que la vida es incendio,
que el progreso es erupción;
en donde pones la bala
el porvenir pones.
NO.
(pp. 201-202)

Aliado a la voz de la Biblia, el verso de Walt Whitman aparece como exorcismo contra el mal que representa el utilitarismo de los Estados Unidos, encarnado por Roosevelt. La carga semántica negativa que contienen las palabras "incendio", "erupción", "bala", que connotan las ideas de fuego, de violencia, de guerra, y por lo tanto de destrucción y de muerte, no puede ser más fuerte ni expresiva para hacer resaltar el sentido positivo del monosílabo "No", como indestructible voluntad de resistencia.


A esta falsa América moderna, utilitaria y materialista, Darío opone la auténtica América a la que pertenece, la América fruto del encuentro entre las civilizaciones autóctonas precolombinas y la civilización hispánica. Una América humana, solidaria, sensible, sabia, pero también dispuesta al sacrificio y a la lucha; en una palabra, una América que no ha perdido el sentido de lo espiritual ni de lo sagrado:

Mas la América nuestra, que tenía poetas
desde los viejos tiempos de Netzahualcóyotl,
que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco,
que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió;
que consultó los astros, que conoció la Atlántida,
cuyo nombre nos llega resonando en Platón,
que desde los remotos momentos de su vida
vive de luz, de fuego, de perfume, de amor,
la América del grande Moctezuma, del Inca,
la América fragante de Cristóbal Colón,
la América católica, la América española,
la América en que dijo el noble Guatemoc
"Yo no estoy en un lecho de rosas"; esa América
que tiembla de huracanes y que vive de Amor;
hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive.

Y sueña. Y ama, y vibra; es la hija del Sol.
Tened cuidado. ¡Vive la América española!,
hay mil cachorros sueltos del León Español.
Se necesitaría, Roosevelt, ser por Dios mismo,
el riflero terrible y el fuerte Cazador,
para poder tenernos en vuestras férreas garras.

Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!
(p.203)

Rubén Darío denuncia las amenazas de cataclismo que se ciernen sobre nuestro mundo, simbolizado por ese "gran vuelo de cuervos" que "mancha el azul celeste" con que abre el poema "Canto de esperanza" (p. 204), antes de agregar:

Verdugos de ideales afligieron la tierra,
en un pozo de sombra la humanidad se encierra
con los rudos morosos del odio y de la guerra.

Frente a este mundo satánico no le queda más que un refugio: el llamado a Dios hecho hombre en la figura de Jesucristo, porque el combate entre el Bien y el Mal no es un combate entre el hombre y la divinidad, sino entre los hombres:

¡Oh, Señor Jesucristo!, ¡por qué tardas, qué esperas
para tender tu mano de luz sobre las fieras
y hacer brillar al sol tus divinas banderas!
[...]
Ven, Señor, para hacer la gloria de ti mismo,
ven con temblor de estrellas y horror, de cataclismo,
ven a traer amor y paz sobre el abismo. (p. 205)

La fe de Darío es también la fe en una América Latina nueva, sincretismo de las razas y culturas aborígenes y de la raza hispana, latina, exaltada con un tono entusiasta y grandilocuente a la manera romántica de Campoamor en un poema como "Salutación del optimista", compuesto en hexámetros libres latinos. Esta América nueva surgirá, como profetiza en el mismo poema, del derrumbe definitivo del imperio colonial español con la pérdida de la última colonia: Cuba:

Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,
la inminencia de algo fatal hoy conmueve la Tierra;
fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,
y algo se inicia como vasto social cataclismo. (p. 192)

Entre los "rasgos más permanentes" de la poesía rubendariana conviene mencionar también el tratamiento de temas considerados como universales: el Amor, la Vida, la Muerte, la reflexión sobre el acto poético, el espacio y el tiempo. Recuérdese que en "Cyrano en España" Darío nos dice:

El Arte es el glorioso vencedor. Es el Arte
el que vence el espacio y el tiempo, su estandarte,
pueblos, es del espíritu el azul oriflama
¿Qué elegido no corre si su trompeta llama?
Y a través de los siglos se contestan, oíd:
la Canción de Rolando y la Gesta del Cid.
Cyrano va marchando, poeta y caballero
al redoblar sonoro del grave Romancero. (p. 197)

Siendo estos temas universales materia privilegiada en la historia de la poesía, interesan probablemente mucho menos por la expresión de su contenido que por la originalidad y novedad de su tratamiento estético. Aquí es donde aparece la naturaleza misma de la poesía que es al mismo tiempo forma y contenido.

UNA POESÍA INTEGRAL

La idea no puede existir independientemente de la forma que la sostiene, de la misma manera que la forma sin la idea no es nada.
El propio Rubén Darío lo reconoce implícitamente en la autocrítica que hace en el poema liminar de Cantos de vida y esperanza:

La torre de marfil tentó mi anhelo;
quise encerrarme dentro de mí mismo
y tuve hambre de espacio y sed de cielo
desde las sombras de mi propio abismo.
(p. 189)

Y explícitamente en el Prefacio, donde, si bien reconoce que no ha podido sustraerse de la evocación de la situación política de América Latina, deja también claramente sentado que lo ha hecho sin renegar nada de su compromiso estético anterior al declarar: "de todas maneras, mi protesta queda escrita sobre las alas de los inmaculados cisnes, tan ilustres como Júpiter" (p. 186).
Y no podemos dejar de mencionar aquí el poema precisamente titulado "Los cisnes", donde estos animales unen creación y denuncia:

La América Española como la España entera
fija está en el Oriente de su fatal destino;
yo interrogo a la esfinge que el porvenir espera
con la interrogación de tu cuello divino.

¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?

He lanzado mi grito, Cisnes, entre vosotros,
que habéis sido los fieles en la desilusión,
mientras siento una fuga de americanos potros
y el estertor postrero de un caduco león...

...Y un Cisne negro dijo: "La noche anuncia el día".
Y uno blanco: "¡La aurora es inmortal, la aurora
es inmortal!" ¡Oh, tierras de sol y de armonía,
aún guarda la Esperanza la caja de Pandora!
(p. 213)

Y el poeta concluye convirtiendo a los emblemáticos cisnes de la mitología antigua, portadores de un ideal eterno, en mitos renovados de los tiempos modernos:

Las dignidades de vuestros actos,
eternizadas en lo infinito,
hacen que sean ritmos exactos,
voces de ensueño, luces de mito.

De orgullo olímpico sois el resumen,
¡oh, blancas urnas de la harmonía!
Ebúreas joyas que anima un numen
con su celeste melancolía.

¡Melancolía de haber amado,
junto a la fuente de la arboleda,
el luminoso cuello estirado
entre los blancos muslos de Leda!
(p. 216)

Una vez más, los "ritmos", las "voces", las "luces" se reúnen como símbolo de armonía, amor y poesía, como vimos en la primera parte; pero esta vez en un marco ético y protestatario, acto que marca la dignidad del hombre como valor supremo.


Aunque tentado por ella, si el poeta no logró encerrarse en la torre de "marfil literaria" de un esteticismo puro que pretendía alejarse de las preocupaciones inmediatas, propias o ajenas, individuales o colectivas, es obviamente porque la poesía es un todo que rechaza toda separación entre forma y contenido.


Lo atestiguan paradójicamente los propios poemas de Azul que pertenecen a ese periodo de búsqueda de la forma pura donde, a pesar suyo, el poeta no puede escapar de abordar implícita o explícitamente temas sociales, como sucede, por ejemplo, en "La canción del oro", o en "El Fardo". Tampoco pudo escapar de volcar en esos poemas sus propias experiencias eróticas, como ocurre en "Palomas blancas y garzas morenas", o sus interrogaciones frente a la misma existencia de Dios, como acontece en "Ananke".

En "La canción del oro", la obsesiva repetición de la fórmula "cantemos el oro", en forma de letanía invertida, introduce una crítica mordaz contra la omnipotencia del oro, o sea de la riqueza, y más precisamente de los valores puramente materiales celebrados por el positivismo, en este mundo de injusticia, con el apoyo de la ironía y del sarcasmo, como atestigua el final:

¡Eh, miserables, beodos, pobres de solemnidad, prostitutas, mendigos, vagos, rateros, bandidos, pordioseros, peregrinos, y vosotros los desterrados, y vosotros los holgazanes, y sobre todo vosotros, oh, poetas!
¡Unámonos a los felices, a los pordioseros, a los banqueros, a los semidioses de la tierra!
¡Cantemos el oro!
Y el eco se llevó aquel himno, mezcla de gemido, ditirambo y carcajada; y como ya la noche oscura y fría había entrado, el eco resonaba en las tinieblas.
Pasó una vieja y pidió limosna.
Y aquella especie de harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un peregrino, quizá un poeta, le dio su último mendrugo de pan petrificado, y se marchó por la terrible sombra, rezongando entre dientes (p. 100).

Al incluir al poeta entre "los miserables" y todos los desclasados sociales, Darío le otorga implícitamente a la poesía un papel social y sagrado a la vez; papel que confirma en la imagen final del cuento con la asimilación a un mendigo-peregrino-poeta del harapiento que le da su mendrugo de pan a la vieja pordiosera.
En "El Fardo", la denuncia de la miseria y de la injusticia se hace a la manera de Zola, como reconocerá más tarde el propio Darío, de un modo mucho más directo y explícito, en una prosa poética, sencilla, cadenciosa, de gran poder expresivo, como subraya este fragmento:

Aquel día no hubo pan ni medicinas en casa del tío Lucas, sino el muchacho destrozado, al que se abrazaba llorando el reumático, entre la gritería de la mujer y de los chicos, cuando llevaban el cadáver al cementerio. (p. 91)

Y en "Ananke", poema compuesto al estilo de una fábula, Darío utiliza hábilmente la alternancia de un verso de arte menor, el heptasílabo, con un verso de arte mayor, el endecasílabo, para traducir el contraste entre la felicidad y ligereza de la paloma y la tragedia de la situación final que no sospecha; y usa los mejores efectos de la sinestesia para resaltar la pureza e inocencia de la paloma frente a la infamia del gavilán, con el fin de denunciar la imperfección de la creación divina y de poner en tela de juicio la propia existencia de Dios:

Entonces el buen Dios, allá en su trono
(mientras Satán, por distraer su encono,
aplaudía a aquel pájaro zahareño),
y pensó, al recordar sus vastos planes,
y recorrer sus puntos y sus comas,
que cuando creó palomas
no debía haber creado gavilanes.
(p. 171)

Y si bien es cierto, como hemos visto en la primera parte, que la reflexión de Darío sobre el amor es una reflexión abstracta sobre la relación amor-poesía como representación de lo sagrado, esta reflexión no puede apartarse, sin embargo, en "Palomas blancas y garzas morenas" de la expresión de una experiencia concreta, significativamente relatada en primera persona bajo la forma de la confesión. E incluso diría que a menudo hay en muchos fragmentos o versos de Azul una sublimación de la experiencia erótica propia en experiencia creadora.

UNA COMPLEJA E INDIVISIBLE TOTALIDAD

Si Darío efectúa, en la más pura tradición verlainiana, una constante transposición del campo de los sentimientos al de las impresiones y de las sensaciones, si se expresa a veces en un lirismo velado, confidencial, que no "busca el color, sino el matiz", como dice el poeta francés que trata de hacer "La chanson grise où l'indécis au précis se joint", si privilegia el ritmo, si escoge las palabras no tanto en función de sus significados como de sus sonoridades que van retomadas a veces como temas musicales, como podemos notar, por ejemplo, en "Canción de otoño en primavera", no por ello deja de preocuparse por el sentido global de su poesía cuya meta es, al fin y al cabo, traducir esa "compleja e indivisible totalidad" del mundo a la que se refería Baudelaire.
Como advirtió Azorín, más allá de un cambio retórico, Darío renueva la sensibilidad de contemplar las cosas. En este sentido estaré de acuerdo con Octavio Paz quien, al referirse precisamente a la búsqueda de armonía, afirma que hasta Rubén Darío " la poesía en lengua española nunca se había atrevido a afirmar algo semejante", agregando acto seguido que "nunca había visto en la naturaleza la morada del espíritu ni en el ritmo la vía de acceso, no a la salvación sino a la reconciliación entre el hombre y el cosmos".7

7 Octavio Paz, "El caracol y la sirena", en: Cuadrivio, México: Joaquín Mortiz, 1980, pp. 28-29. Cit. Por Álvaro Salvador, op. cit., p. 27.

Si la poesía de Rubén Darío sobrevive, creo que es fundamentalmente por eso, mucho más que por sus innovaciones formales, métricas o léxicas que, a pesar de ser numerosas, no pasan de ser artificios técnicos; éste es el caso, por ejemplo, del uso del alejandrino francés en "Medallones", de la estructura formal de algunos poemas como "Venus" con sus versos de diecisiete sílabas, y "El soneto de trece versos"; poemas todos ellos que participan directa o indirectamente de la obsesión del poeta por encontrar el perfecto equilibrio entre forma y fondo como representación de la anhelada armonía universal.

"El soneto de trece versos" me parece particularmente ilustrativo de la permanente función catártica que cumple en Rubén Darío la búsqueda de la belleza que plasma en la escritura poética.
Este corto poema, en efecto, que ha dado lugar a tantas fantasiosas interpretaciones, no es nada enigmático por poco que se lo sirva ubicar en la señalada trayectoria poética de Rubén Darío y que se acepte tener en cuenta algunas consideraciones del propio Darío sobre su creación.

Recordemos las ya citadas palabras con que el poeta caracterizaba su poesía de aquella época en Historia de mis libros: "Si Azul simboliza el comienzo de mi primavera y Prosas profanas mi primavera plena, Cantos de vida y esperanza encierra las esencias y savias de mi otoño", y acerquémoslas a lo que agrega acerca del "Soneto de trece versos" en el mismo libro: "El soneto de 13 versos cuyo sonido ha hecho balbucir juicios distantes a más de un crítico de poca malicia, es un juego a lo Mallarmé, de sugestión y fantasía",8

8 Historia de mis libros, p. 221.

así tendremos la clave interpretativa del poema.
En efecto, lo que destaca Rubén Darío en su caracterización del poema es su aspecto vanguardista, la búsqueda de la innovación formal que se da en él. El mismo título es revelador del deseo de chocar, llamar la atención, ya que desvía el contenido semántico de "soneto" al atribuir trece versos a una composición poética que se define por una estructura de catorce.
En realidad el poema consta de 16 versos, como atestigua la ubicación gráfica de los cuatro últimos versos que de ninguna manera se pueden considerar como la continuación de un sólo verso cortado. Además, todas las palabras empiezan con una mayúscula después de los puntos suspensivos, como en la estrofa anterior.
Se trata de un poema basado en una reflexión sobre la inspiración poética que se da en un tono entre serio y lúdico, esperanzado y desengañado.

¡De una juvenil inocencia
qué conservar sino el sutil
perfume, esencia de su Abril,
la más maravillosa esencia!

Por lamentar mi conciencia
quedó de un sonoro marfil
un cuento que fue de las Mil
y una noches de mi existencia...

Scherezada se entredurmió...
El Visir quedó meditando...
Dinarzada el día olvidó...

Más el pájaro azul volvió...
Pero...
No obstante...
Siempre...
Cuando...
(pp. 233-234)

La primera estrofa remite a la juventud del poeta (juvenil inocencia), a la primavera de Azul (abril), la plena inspiración que se confunde con ese instante privilegiado de la vida del poeta (esencia, sutil perfume), es decir a todo lo que significó Azul en su vida y en su poesía.
La segunda estrofa se refiere al esfuerzo que debe hacer el poeta en el otoño de su vida para que no lo abandone la inspiración de la juventud.
Así aparece la angustia (lamentar) de crear (sonoro marfil, metáfora del piano que simboliza la creación9)

9 Volveremos a encontrar esta metáfora en el poema de Vallejo "Este piano viaja para adentro". Véase Roland Forgues (Ed.). Vallejo, vida y obra. Lima: Editorial Amaru, 1994, pp. 87-103.

en otoño (un cuento que fue de las Mil y una noches de mi existencia).
El poeta se está acercando al final de la inspiración, como Scherezada al cabo de mil y una noches de su narración cae en el sueño (Scherezada se entredurmió) por culpa de Dinarzada que no llega a despertarla (Dinarzada el día olvidó).
Recordemos que en las Mil y una noches, Dinarzada estaba encargada de despertar a su hermana para que ésta le siguiera contando al sultán la historia empezada en la noche y así evitara la muerte que reservaba a todas las mujeres que habían pasado la noche con él. Y el encargado de dar la muerte a las desdichadas era el visir, el propio padre de Scherezada y Dinarzada.10

10 En las Mil y una noches, en efecto, el sultán, frustrado por una pena de amor, se casa cada noche con una mujer a la que manda descabezar a la mañana siguiente, hasta que Scherezada, hija del gran visir que es también el verdugo de las mujeres sacrificadas, decida, con la ayuda de su hermana Dinarzada, encargada de despertarla para que acabe el suplicio de las mujeres, seducir al sultán contándole cada noche una historia sin revelarle el final, para mantenerlo alerta hasta la mañana siguiente. La estrategia de Scherezada termina después de mil y una noches, cuando el sultán, definitivamente conquistado por el encanto de la muchacha, decide perdonarle la vida y guardarla definitivamente a su lado.

Dinarzada, por consiguiente, es el elemento que despierta la inspiración y cuando no interviene ese elemento, la inspiración, aunque siga existiendo virtualmente, no puede expresarse. Es lo que le ocurre al poeta en el otoño de su vida en el que han desaparecido las grandes ilusiones, como el amor por ejemplo,11

11 Recuérdense los ya citados versos de "Autumnal", de Azul.

que favorecieron la inspiración de su juventud. Y esto es lo que se sugiere gracias al empleo del neologismo "entredurmió", que traduce la presencia de lo real (la palabra) pero en forma virtual (el sueño).
El gran visir representa metafóricamente al poeta, padre de su creación, como aquél es el padre de Scherezada.
En la última estrofa, la metáfora del "pájaro azul" que remite al cuento de Azul confirma que se trata de la inspiración.
La inspiración vuelve, en efecto, en otoño (composición de Cantos de vida y esperanza y otros poemas), pero se trata de una inspiración que ha perdido su aliento y frescura juveniles, como bien subrayan las palabras restrictivas (Pero... No obstante... Siempre... Cuando...), cuatro palabras seguidas de puntos suspensivos que encabezan y constituyen cada una un verso completo como para traducir plásticamente, a través de la grafía, el paso del tiempo y ese lento erosionar de la inspiración que se encamina lentamente hacia el silencio definitivo del invierno, o de la muerte.
"El soneto de trece versos" expresa, a su manera, como el resto de la poesía de Rubén Darío, la preocupación constante del poeta por asumir y superar a la vez, por la escritura poética, la separación entre el ser y el mundo que impusieron en las sociedades modernas el materialismo y positivismo triunfantes del siglo XIX.
En resumidas cuentas, la poesía de Rubén Darío es inseparable de la vida del poeta, de sus orígenes y de su formación cultural, como es inseparable de la época en que surgió y de la permanente reflexión de Darío sobre la escritura poética como búsqueda de lo universal. De allí que se vea teñida, al mismo tiempo, de un fuerte europeismo y de un delicado hispanoamericanismo que revela toda su esencia lírica en un poema como "Tarde del trópico", por ejemplo. En esta mezcla reside, creo, su fuerza y su debilidad. No es de extrañar, por consiguiente, que sus momentos de esplendor o decaimiento, sus lecturas parciales, hayan coincidido con fenómenos de moda en los que se tendía a privilegiar lo estético o lo social, lo autóctono o lo cosmopolita, lo propio o lo ajeno.
Si, a pesar de todo, la poesía de Rubén Darío permanece y permanecerá viva con su fuerza y su debilidad es porque marca un hito imprescindible en el proceso de renovación permanente de la lírica como cimiento de la vida y del vínculo entre el individuo y el cosmos


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