|
De los escritores estadounidenses surgidos
en el período de posguerra, a partir de 1945, Arthur Miller quedará como
el que con mayor audacia arremetió contra la intolerancia surgida de la
Guerra Fría, del temor al auge del socialismo en el mundo. “Las brujas de
Salem” se escribió en 1953 y era un alegato contra la ofuscación
anticomunista, la exaltación del odio a la Unión Soviética.
Miller se atrevió a decir que el fanatismo rígido no pertenecía solamente
a aquél tiempo. Los prejuicios, el sectarismo y la rigidez ideológica ya
se habían experimentado en otras épocas. Y tomó como núcleo argumental los
sucesos reales ocurridos en el poblado de Salem, Nueva Inglaterra, donde
se realizó un juicio contra unas supuestas brujas. Su obra fue una
sacudida en la conciencia de la intelectualidad norteamericana, en un
tiempo en que el juicio contra los llamados ”Diez de Hollywood”, y las
citaciones a destacados actores e intelectuales para que declararan ante
el Comité de Actividades Antiamericanas, del Senado, implantaban sus
poderes represivos. El senador Joseph McCarthy era el nuevo Savonarola que
amedrentó a una generación.
Conocí a Arthur Miller en octubre de 1986 cuando, por auspicios el
novelista kirguizio Chinguiz Aitmatov, recibimos una invitación de Mijail
Gorbachov a visitarle en el Kremlin y un grupo de intelectuales, entre
quienes se hallaban el propio Miller, el novelista negro James Baldwin, el
Premio Nóbel Claude Simon, el dramaturgo Peter Ustinov, y el futurólogo
Alvin Toffler. Gorbachov nos planteó la necesidad de abrirse a una nueva
mentalidad, a una cultura de la armonización que lograse la unidad dentro
de la diversidad. Aun no había formu! lado las bases teóricas de la
“perestroika” y el “glasnost”. Constituimos un grupo de reflexión que fue
reuniéndose en diversas partes del mundo con el fluir de los años. Aún no
se habían sufrido las consecuencias de las desastrosas concesiones de
Gorbachov al orbe capitalista occidental.
Su aporte a la distensión y su denuncia del macartismo no fueron los
únicos rasgos de audacia política de Miller. Ya en 1949 había escrito
“Muerte de un viajante” que constituyó, según la crítica, una bofetada al
rostro del capitalismo. Willy Lohman, el carácter central de la obra,
termina su vida en un estruendoso fracaso que le conduce al suicidio. Tras
su búsqueda del éxito a toda costa advierte cómo su mundo se colapsa y se
hunde en una frustración insuperable. La ardua lucha por la vida, en el
medio estadounidense, conduce a una implacable frustración. Destrozado por
sus propias limitaciones no entiende la inmensa tragedia de su vida trunca
y sin salida.
El Premio Pulitzer, que recibió por dicha
obra, contribuyó a consolidarle como uno de los más importantes
dramaturgos de Estados Unidos. Quizás Miller haya sido el más
manifiestamente político de los escritores de su generación y, a
diferencia de Truman Capote y Norman Mailer, logró enjuiciar y someter a
los dos monstruos más conspicuos de su momento: la intolerancia y la
crueldad de la subsistencia cotidiana en un medio hostil.
Muchos escritores han afirmado que la más importante literatura surge en
tiempos de grandes catástrofes. El período de la depresión, que se acentuó
en la década del treinta, en Estados Unidos, tuvo como resultado un
desempleo generalizado. Doce millones de americanos vagaban por las calles
vendiendo lápices y manzanas para sobrevivir. El auge de los veinte, tras
la Primera Guerra Mundial, había terminado. La “Edad del Jazz” o los
“Locos Veinte”, como se llamó a esa edad despreocupada terminó
abruptamente. El crac de la Bolsa de Valores de Nueva York, en 1929,
arruinó a un país que creyó interminable su prosperidad. Esa adversidad le
permitió ganar en madurez. Es el tiempo en que surgieron novelistas como
Faulkner, Hemingway, Steinbeck, John Dos Passos, y Thomas Wolf, poetas
como Frost, Eliot y Wallace Stevens, o dramaturgos como O´Neill.
Roosevelt consiguió sacar a su país de este barranco y cuando comenzaba a
reponerse estalló la Segunda Guerra Mundial. La posguerra trajo una nueva
hornada de escritores que plasmaron las experiencias del conflicto en
textos memorables. La imaginación literaria dejó de ser, en Estados
Unidos, el reino de la emocionalidad acentuada y de la épica trepidante.
Una nueva literatura del aislamiento y la soledad, de la incomunicación y
las frustraciones surgió con Tennessee Williams, Carson McCullers y Truman
Capote. De ese medio surgió un personaje literario tan desalentado,
afligido y mustio como el Willy Loman de Arthur Mille |
|