El
escritor bebe, frenéticamente, y participa en las luchas políticas,
y sufre. Está enfermo. Su hija Jo, que recordaba los pasteles de
limón hechos por Hammett, un padre que está lejos, insiste en su
libro de memorias en la dureza de la enfermedad que padece el
escritor. Sin embargo, Hammett quiere vivir. Escribir lo mantuvo
vivo, afirmaba él mismo. En esos años treinta, se compromete con
causas progresistas y se afilia al Partido Comunista norteamericano,
posición política que mantendrá el resto de su vida. Así, en 1940,
por ejemplo, ejerce de presidente de un comité para apoyar a los
candidatos del Partido Comunista, y, desde antes, trabaja con la
Liga Antinazi, donde coincide con Dorothy Parker, otra prominente
escritora comunista. Las convicciones antifascistas de Hammett le
hacen incorporarse al ejército durante la Segunda Guerra Mundial,
pese a que tiene ya 48 años. Lo hace en 1942, por sorpresa. Es
enviado a Alaska, y, después, destinado a Adak, en las islas
Andreanof, de las Aleutianas, donde recibirá el encargo de escribir
los acontecimientos de la guerra en ese territorio fronterizo que se
asomaba al Japón desde occidente. Dicen que, allí, Hammett fue
feliz, aunque, también, se aburrirá: en una carta enviada a Lillian
Hellman, dice de sí mismo que parece?un pescador de almejas de Long
Island?. En esas islas, cumple cincuenta años.
Cuando termina la guerra y se reincorpora a la vida civil, continúa
con sus actividades políticas, pero la doctrina
Truman y el inicio de la guerra fría traerá muchos problemas
para el escritor. Pudo comprobarlo en 1949: cuando, con ocasión de
la apertura de la famosa conferencia del Waldorf Astoria para
impulsar la paz mundial, a la que asisten significados intelectuales
de izquierda, Hammett ve cómo grupos de ciudadanos exaltados,
pagados y organizados por la policía, le insultan a él y a Lillian
Hellman, así como a Leonard Berstein y otros. América estaba
cambiando y la obsesión anticomunista iba a destrozar las vidas de
miles de ciudadanos norteamericanos. En julio de 1951, Hammertt fue
encarcelado por el comité de McCarthy, al negarse a contestar a sus
preguntas, y por su rechazo a declarar contra militantes del Partido
Comunista que eran acusados de conspiración contra el gobierno
estadounidense. El fiscal del caso se llamaba Irving Saypol, que
también participaría en el vergonzoso proceso de los esposos
Rosenberg.
La digna actitud de silencio que mantuvo Hammett ante los esbirros
del fascismo mccarthysta, y que contrastaba vivamente con las
delaciones de otros ?piénsese en Elia Kazan?, le costaría cara. Las
represalias políticas hicieron que su nombre pasase a engrosar la
lista negra de Hollywood, que dejase de colaborar en los programas
de radio en los que intervenía ?en la NBC, por ejemplo?, que fuese
prohibida la venta de sus novelas en las librerías, y que los
escasos ingresos que obtenía fueran embargados por el gobierno. Fue
perseguido sin piedad. Ni siquiera le dejaron la posibilidad de
conseguir la libertad bajo fianza. Tenía que ser arrojado a la
cárcel, pese a su precaria salud. Primero, en la calle West, de
Nueva York, después, a una prisión de Ashland, en Kentucky. En Nueva
York pudo trabajar en la biblioteca, pero en Ashland tuvo que
limpiar las letrinas. Hammett estuvo seis meses en prisión,
arrastrando la tos por las celdas y los pasillos de la
penitenciaría. Cuando salió en libertad, el embargo de sus ingresos
por el gobierno le forzaría a vivir, con extrema modestia, de una
pensión de veterano de guerra. La propia Lillian Hellman ?que
también sufre las consecuencias de la caza de brujas, y que,
resignada, escribiría después: ?el tiempo de hacer lo que me gustaba
había tocado a su fin en 1952?? tuvo que testificar el año siguiente
ante los sicarios del comité de McCarthy. Fue terrible. Ser llamado
a declarar no era sólo un trámite: a su alrededor estaba la
persecución, el odio, la amenaza constante de acabar en la cárcel de
nuevo. Pero el escritor resiste, con dignidad, sus últimos años.
Hammett muere en 1961, en Nueva York, esa ciudad que, según su hija
Jo, tanto le gustaba, y que, según Lillian Hellman, nunca le gustó
demasiado.
* * *
Decidí ir a la Biblioteca de Nueva York. La reciente publicación de
The Selected Letters of Dashiell Hammett: 1921-1960, en Estados
Unidos, por Richard Layman y Julie M. Rivett, ha iluminado muchos
aspectos de la vida de Hammett. Leyman, junto con Julie M. Rivett,
nieta de Hammett, ha escrito también una de las biografías de
nuestro escritor: Shadow Man: the Life of Dashiell Hammett. De
hecho, fue la publicación de sus cartas la que permitió entender su
vida, mal conocida pese a su celebridad, a las biografías publicadas
y a las páginas que le dedicó Lillian Hellman, en Tiempo de canallas
o en Pentimento. En la Biblioteca, consulté la cronología de Richard
Layman. No encontré referencias al hotel Gramercy Park, por lo que,
concluí, todo debía ser una confusión entre Hammett, su personaje
Sam Spade, y Bogart, protagonista de la película de Huston, como si
todos fueran el mismo hombre.
Encontré lo que buscaba. En Nueva York, en 1929, Hammett vivía en el
155 Este de la calle 30, a nueve manzanas del Gramercy: tal vez iba,
en ocasiones, al bar que yo había visto. Por su parte, su hija Jo
mantiene que, en 1929, Hammett se instaló en la calle 31, con su
amante Nell Martin, a la que dedicaría la La llave de cristal. Según
Layman, en 1932, el escritor vive en el Sutton club Hotel, en el 330
Este de la calle 56. En 1936, cuando Hammett vuelve a la ciudad,
después de vivir en Hollywood, es internado en un hospital. Después,
vive en el Hotel Madison, de la calle 58 Este. En julio de 1939,
cuando se le termina el contrato con la Metro-Goldwyn-Mayer, se muda
al 14 Oeste, de la calle 9. Todavía, después de volver de Alaska,
tras el fin de la segunda guerra mundial, se instala otra vez en
Nueva York, y vive, primero, en el 15 Este de la calle 66, y,
después, en el 28 Oeste de la calle 10. Fui, después, a mirar
algunos domicilios, pero no había rastros de Hammett. Era lo que ya
esperaba.
Sin embargo, Hammett tuvo otro domicilio, más siniestro que todos
los anteriores. Es el de la calle West. En julio de 1951, a
consecuencia de su militancia, que le había llevado, por ejemplo, a
ser elegido presidente, desde junio de 1946 hasta 1950, del New York
Civil Rights Congress, Hammett tiene que declarar ante las
autoridades, y es condenado a esos seis meses de cárcel, que empieza
a cumplir en la Federal House of Detention de la calle West, de
Nueva York. Cuando sale de la prisión, vuelve al apartamento de la
calle 10, con sus ingresos embargados para hacer frente al pago de
impuestos: en realidad, le habían embargado porque los organismos
que organizaban la represión anticomunista no pensaban cejar en la
persecución de Hammett, aunque ya hubiera estado en la cárcel. De
hecho, ya no le dejarán vivir en paz. Vive en esa casa de la calle
10, que su hija recuerda por el minúsculo jardín que tenía una
hiedra triste y unos helechos aplastados por el hollín, hasta que se
traslada a un pequeño chalet de Katonah, proporcionado por unos
amigos: no puede pagar el apartamento de Nueva York. En marzo de
1953, Hammett declara ante el comité de McCarthy, que está
investigando la compra para bibliotecas públicas de libros escritos
por autores comunistas. Y, en febrero de 1955, tiene que testificar
ante otro comité de Nueva York por las actividades de entidades
filantrópicas y de solidaridad. La feroz persecución que sufre
Hammett, como Lillian Hellman, por parte de la policía, es el
resumen de sus últimos años. El 10 de enero de 1961, Hammett muere
en el Lenox Hill Hospital de Nueva York, y, tres días después, es
enterrado en el cementerio nacional de Arlington.
La película de John Huston hizo famosos a Bogart y al propio
director. Hammett ya era célebre. La obra de Huston creó, también,
un género cinematográfico, aunque hubiese muchos antecedentes. El
propio Huston cuenta en sus memorias que El halcón maltés ya se
había rodado dos veces, sin éxito. Iba a ser su primera película, y
los productores pensaron en George Raft para el papel principal (ese
Raft que se convertiría en relaciones públicas de la mafia
norteamericana en Cuba, en los años de Batista), pero Raft rechazó
el papel y, así, Humphrey Bogart dió su rostro a Spade. Y Mary Astor
fue la ?encantadora asesina?, como la llamó Huston. Ese Bogart que
yo había visto fotografiado en el Gramercy, estaba, en ese momento,
casado con Mayo Methot, con quien protagonizaba unas terribles
peleas, con golpes incluidos, y Mayo se dedicaba a arrojar por los
aires los platos en los restaurantes. Diez años después de rodar esa
película, Huston rodó La reina de África, también con Bogart. De
hecho, Bogart hizo muchas películas con Huston, pero eran esas dos
las que yo relacionaba mientras había estado curioseando por el
hotel Gramercy.
Así que volví al hotel, con intención de instalarme en el bar del
Gramercy. Estaba en penumbra, y me acodé en la barra, imaginando a
Sam Spade-Bogart, y a Hammett, todos bebiendo. Quise creer que el
largo mostrador de madera vería, sin duda, beber a Hammett. Tiene
dos enormes candelabros en cada esquina, y la única luz del bar la
dan esas velas. Sonaba música de jazz, claro, y me entretuve
mirando, en los espejos que había detrás del mostrador, al camarero
que arreglaba botellas: vi que se miraba entre las copas, buscando
sus propios ojos en la pared de espejo. Detrás del bar, se ve un
salón, con sillones de época y canapés, y más velas rojas sobre
mesitas o sobre un soporte que simila ser una pila de libros, tal
vez por Hammett. Hay también una chimenea, con dos sillones blancos,
y, en la pared, un cuadro de Nueva York: un óleo que todavía tiene
las Torres Gemelas. Casi oculto, un saloncito rojo, más mesitas,
sillas, cortinas, tapizados: todo es rojo, creando así un ambiente
opresivo, con sus lamparitas de cera. No sé por qué, imaginé a un
triste músico tocando la armónica, mirando una carretera que se
alejaba. Además, quise ver a Hammett, y al agente de la Continental,
acodado en el mostrador, con la barriga vencida. No podía ser de
otra forma.
Pensé, también, en el interrogante que se planteaba Luis Cernuda
sobre si Hammett sobreviviría a su tiempo, al tiempo que señalaba
?en un pequeño ensayo, escrito poco después de la muerte del
escritor? que el autor de La llave de cristal era, en sus mejores
páginas, superior a Hemingway e incluso a
Faulkner. De hecho, Hammett no tenía nada que ver con las
novelas baratas que se vendían en los Estados Unidos. En ese mismo
texto, Cernuda recordaba la admiración de André Gide y de Malraux
por el autor norteamericano, remarcando la entidad de algunos de sus
personajes, como la Dinah Brand de Cosecha roja, y la capacidad de
Hammett para entretener al lector (una necesidad del ser humano, nos
dice el poeta), en una tradición que Cernuda ejemplificaba con las
novelas ejemplares de
Cervantes.
Pero Hammett no sólo entretenía al lector. Ahora, más de cuarenta
años después de su muerte, en otros tiempos difíciles, son
reveladoras las palabras que Lillian Hellman dijo de él: "Dash nunca
le siguió el juego a nadie, ni se lo hizo, a no ser el suyo propio.
Nunca mintió, nunca engañó, nunca se humilló". Muchos de quienes se
interrogan sobre la política y el arte, sobre la literatura y los
tiempos que toca vivir a cada uno, pueden reflexionar sobre la vida
de Hammett, porque la más alta expresión del arte es siempre el
compromiso con la propia época. No hay contradicción entre la
revolución y el arte, porque el arte es la revolución. Se ha hablado
de la ?poética del misterio? en las obras de Hammett, de sus
personajes cínicos, de la amargura y decepción por la existencia que
muestran. Ahí está el propio Hammett, sí, contradictorio y digno,
ateo desde su juventud, desdeñoso con las hipocresías sociales,
bebedor, esquivo al ideal de familia de la América conservadora, esa
América que se recogía en el día de Acción de Gracias o en la
Navidad para escenificar un ideal familiar que era apenas un
espejismo; ese Hammett esquivo, poseedor de una inquietud que le
hacía huraño y hasta desagradable cuando bebía demasiado, admirador
de Joe Louis, amante del boxeo, que le hermana con Julio Cortázar,
con el que tiene singulares puntos en común. Pero Hammett era mucho
más que todo eso.
En los primeros años treinta, el público se mostraba interesado por
historias de policías y gánsters, historias de mafiosos y de
contrabandistas de alcohol. La gran depresión acababa de estallar, y
un título de Huston, La jungla de asfalto, resume la desesperación
de las gentes y la sordidez de las calles de lobos en que transcurre
la vida. En esa jungla, viven los detectives cínicos que luchan
contra el crimen, aunque conocen lo suficiente el mundo y la
condición humana como para albergar cualquier esperanza. Ahí está el
genio de Dashiell Hammett: utilizando los materiales propios de una
cultura de evasión, amparada además por la gran fábrica de sueños de
Hollywood, Hammett desnuda el capitalismo norteamericano y nos
enseña los mecanismos del poder y del dinero, la corrupción del
Estado, las manos sucias de quienes manejan los hilos. Esos
detectives de Hammett, fracasados, duros, poco habladores, desnudan
la mentira, como Sam Spade, o Ned Beaumont, aunque, para mí, tal vez
sea el agente sin nombre de la Continental el más atractivo, por
mucho que sea un hombre cuarentón, bajito, gordo, y se esté quedando
calvo. Hammett, que siempre quiso ser considerado un escritor y no
un autor menor de obras secundarias, tuvo siempre dudas sobre su
propia valía, pero no hay duda de que logró serlo: sus páginas
pueden estar al lado de las de Hemingway, Scott Fitzgerald, Faulkner,
sin desdoro. Y su integridad intelectual, la dignidad con que
resistió el acoso del fascismo norteamericano se ha convertido en un
ejemplo del compromiso intelectual, igual que Paul Robeson, otro
comunista norteamericano perseguido por la furia de McCarthy.
Ese limpio lenguaje de Hammett, que recogía con precisión la
desesperanza, el cinismo y la melancolía de una época que anunciaba
ya la podredumbre del capitalismo triunfante, las cloacas en las que
bebían los plutócratas, aunque tomasen champán en copas de Bohemia,
ese lenguaje que desnuda una sociedad exhausta, cínica, está en toda
su obra. ¿Así que aún estás vivo?, le dice una mujer al agente de la
Continental. ?Bueno, supongo que no se puede hacer nada al
respecto.? Sus lectores intuían lo que Hammett mostraba en sus
páginas, aunque algunos pensasen que eran historias de gánsters y
policías. Quienes leían sus páginas, husmeaban la vida que se
escondía tras los brillantes rascacielos y los decorados de neón,
veían la violencia como instrumento imprescindible del poder, la
corrupción y la falta de escrúpulos del capitalismo, su recurso a
los más cínicos engaños, el atropello constante de la dignidad
humana. Esa es la sociedad norteamericana que retrata Hammett,
aunque él sabía que, en ese escenario, seguían existiendo los seres
humanos que combaten, durante toda su vida, la lacra de la
mezquindad y el egoísmo mercantil, las mentiras del poder y la mugre
pegajosa de la explotación. Él mismo era uno de ellos, y por eso fue
un prisionero en la calle West de Nueva York. Casi sin saberlo,
Humphrey Bogart, en la película de Huston sobre el halcón maltés,
improvisa la respuesta a muchos enigmas, entre los que estaba la
propia vida de Hammett y los años de plomo del capitalismo
norteamericano: ?¿Qué era aquello que importaba tanto antes y ahora
ya no??, pregunta un personaje, cuando todo ha terminado, y Bogart-Sam
Spade le contesta: ¿Eso de lo que están hechos los sueños?.
Higinio Polo
es
licenciado en Geografía e Historia, y doctor en Historia
Contemporánea por la Universidad de Barcelona. Ha publicado
numerosos trabajos y ensayos sobre cuestiones políticas y
culturales, y colabora habitualmente en medios como la revista El
Viejo Topo, el periódico Mundo Obrero y otros, tanto
convencionales como digitales. Entre sus libros se
cuentan la investigación Los últimos días de la Barcelona
republicana, las novelas Al acabar la tarde, en Singapur
y Vientre de nácar, el ensayo Irán: memorias del paraíso, así
como su reciente obra USA: el Estado delincuente. Otros
textos del autor:
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