Letras del continente mestizo, Arca,
1972
Los narradores hispanoamericanos que optan por refugiarse en los temas
nativos, sólo por excepción construyen sus relatos sobre una estructura
compleja. La abundancia de anécdotas, la sugestión e paisaje, la aspereza
del diálogo, seducen lógicamente al escritor. Pero, a la vez, toda esa
formidable disponibilidad suele inspirarle cierto recelo frente a
cualquier ordenamiento que no sea el estrictamente lineal. Se cree, y a
veces con razón, que el alarde técnico podría llegar a sofocar el
patetismo y la vitalidad de un mundo aún no extenuado por lo literario.
Claro que a veces el tema criollo se agota por su misma
sencillez, por esa desgana tan frecuente en el narrador campesino, que
todo lo deja al brío del asunto, al interés y a la tensión que el tema
pueda levantar por sí mismo. Las complejidades suelen dejarse para el
novelista urbano, como si existiera una obligada correspondencia entre el
tema y su desarrollo, entre las formas de vida y las formas de estilo.
Entre los últimos escritores aparecidos en México, Juan Rulfo
(nacido en 1918) ha buscado evidentemente otra salida para el criollismo.
Su tratamiento del cuento en El llano en llamas (1953) y de la
novela en Pedro Páramo (1955), lo colocan entre los más ambiciosos
y equilibrados narradores de América Latina. Por debajo de sus modismos
regionales, de la anécdota directa y penetrante, aparece el propósito,
casi obsesion, de asentar el relato en una base minuciosamente construida
y en la que poco o nada se deje al azar. Pedro Páramo testimonia
ejemplarmente esa actitud.
Pero también cada uno de los cuentos, aun de los más breves,
demuestra la economía y la eficacia de un narrador, tan consciente del
material que utiliza como de su probable rendimiento, y que, además,
acierta en cuando al ritmo, el tono y las dimensiones que deben regir en
cada desarrollo. En El llano en llamas hay cuentos excelentes,
verdaderamente antológicos, y otros menos felices; pero todos sin
excepción tratan temas de cuento, con ritmo y dimensiones de
cuento.
Con la expceción de Macario, un casi impenetrable
medallón, los otros relatos enfocan situaciones o desarrollan anécdotas,
siempre con el mínimo desgaste verbal, usando las pocas palabras
necesarias y logrando a menudo, dentro de esa intransitada austeridad, los
mejores efectos de concentración y energía.
Conviene no perder de vista, a fin de valorar debidamente su
madurez, que los cuentos de Rulfo constituyen su primer libro. Sólo el
tulado En la madrugada, se manifiestan la indecisión y el
desequilibrio característicos del principiante. En Algún otro (como Nos
han dado la tierra, La noche que lo dejaron solo y Paso del Norte)
la anécdota es mínima, pero tampoco el tono o la itención del relato van
más allá del simple apunte, de modo que la estabilidad no corre riesgos.
Es cierto que algunos cuentos ponen en la pista de antecedentes
demasiado cercanos (Faulkner en Macario, Quiroga en El hombre,
Rojas González en Anacleto Morones) pero en general esos ecos se
refieren más al modo de decir que al de ver o de sentir un tema. En la
mayor parte de sus relatos, Rulfo es sencillamente personal; para
demostrarlo, no ha precisado batir el parche de su propia originalidad. Se
trata de un escritor que conoce claramente sus limitaciones y poderes. Tal
vez una de las razones de su sostenida eficacia radique en cierta
deliberada sujeción a sus aptitudes de narrador, en saber hasta dónde debe
osar y hasta cuándo puede decir.
Por otra parte, Rulfo no es descriptivo. Ni en sus cuentos ni en
Pedro Páramo el paisaje existe como un factor determinante. La
tierra es invadida, cubierta casi, por mujeres y hombres descarnados, a
veces fantasmales, que obsesivamente tienen la palabra. Detrás de los
personajes, de sus discursos primitivos e imbricados, el autor se esconde,
desaparece. Es notable su habilidad para trasmitir al lector la anécdota
orgánica, el sentido profundo de cada historia, casi exclusivamente a
través del diálogo o los pensamientos de sus criaturas. A veces se trata
de una versión restringida, de corto alcance, pero que al ser expuesta en
sus palabras claves, en su propio clima, adquiere las más de las veces un
extraño poder de convicción.
Es que somos muy pobres, por ejemplo, cuenta la historia
sin pretensiones de Tacha, una adolescente a quien su padre regala una
vaca “que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos”;
se la regala para que no salga como sus hermanas, que andan con hombres de
lo peor. “Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quien se
hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella
vaca tan bonita”. Pero es el río crecido el que se la lleva, y Tacha
queda sin dote y sin consuelo. “El sabor a podrido que viene de allá
salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de
arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para
empezar a trabajr por su perdición”. El asunto es poco, pero está
metido en su exacta dimensión; es bastante conmovedor que toda la honra
penda de una pobre vaca manchada, de muy bonitos ojos. Evidentemente, hay
grados sociales en la honra, y ésta es la honra de los muy pobres.
En el cuento que da nombre al volumen, El llano en llamas,
se describe un proceso de bandidaje, la reunión y dispersión de hombres
que obedecen a Pedro Zamora; sus saqueos, sus crímenes y sus inicuas
diversiones. Son seres de un coraje sin énfasis, aguijoneados por una
crueldad gratuita, pero siempre coherentes con su propio nivel de pasión.
En La cuesta de las comadres hau una inocencia cachacienta que
sirve para amortiguar el acto horrible que se está relatando. Hasta parece
explicable que el narrador lleve a cabo un minucioso crimen (“por eso
aproveché para sacarle la aguja de arriba del ombligo y metérsela más
arribita, allí donde pensé que tendría el corazón”) para defenderse de
otro que no cometió. Por similares razones, el bienhumorado desarrollo de
Anacleto Morones acaba pareciendo macabro. La ligeresa de la
situación, las burlas certeras, aun el final casi vodevilesco, adquieren
un espantoso sentido no bien el lector se entera que debajo de estas
bromas y de aquellas piedras se halla el cadáver del Niño Anacleto.
Este recuerdo guarda cierto paralelismo con el empleado por
Richard Hughes en A High Wind in Jamaica: el lector es más
consciente que el narrador del hecho tremendo que se relata. Sólo que
Hughes usa el expediente de la infancia, y Rulfo, en cambio, el del
primitivismo de los hombres; tal vez porque confía en que ese fondo de
inocencia y de miedo pueda salvar al alma campesina.
Relatos como como Talpa y No oyes ladrar los perros
merecen consideración especial. El primero, que sirvió para lanzar al
mercado literario el nombre de Rulfo, cuenta la historia de Tanilo, un
enfermo que insiste hasta conseguir que su mujer y su hermano lo lleven
ante la Virgen de Talpa “para que ella con su mirada le curara sus
llagas”. A mitad de camino Tanilo ya no puede más y quiere volver a
Zenzontla, pero entonces su mujer y su hermano, que se acuestan juntos, lo
convencen de que siga, porque sólo la Virgen puede hacer que él se alivie
para siempre. En realidad, quieren que se muera, y Tanilo llega a Talpa, y
allí, frente a su Virgen, muere.
Este proceso, que comienza en un simple adulterio y culmina en
una tortura de conciencia, se vuelve fascinante gracias al ritmo que
Rulfo consigue imprimir a su relato. Obsérvese que la culpa sólo arrincona
a los actores cuando sobreviene la muerte dc Tanilo. El adulterio en sí no
llega a atormentarlos. Unicamente cuando se agrega la muerte, ese primer
delito adquiere una intención culposa y retroactiva. Es que,
probablemente, hay grados dc conciencia (como de honra) y ésta del hermano
y la mujer de Tanilo, es también la conciencia de los muy pobres. Con
todo, es curioso anotar que en este cuento, cl adulterio es un acto
y no remuerde; en cambio, en la última etapa del proceso, la infamia, que
se limita a la intención, se vuelve a pesar de ello insoportable.
Ningún hecho nocivo para reprocharse; sólo intenciones, palabras,
pensamientos. Sin embargo, estos seres elementales, que no son conmovidos
por su acto abyecto, se vuelven suficientemente sensibles como para
sentirse agobiados por un destino que ellos sólo provocaron, pero que no
ejecutaron con sus manos. “Afuera se oía el ruido de las danzas; los
tambores y la chirimía; el repique de las campanas. Y entonces fue cuando
me dio a mí tristeza. Ver tantas cosas vivas; ver a la Virgen allí, mero
enfrente de nosotros dándonos su sonrisa, y ver por el otro lado a Tanilo,
como si fuera un estorbo. Me dio tristeza. Pero nosotros lo llevamos allí
para que se muriera, eso es lo que no se me olvida”.
No oyes ladrar los perros es, sencillamente, una obra
maestra de sobriedad, de efecto, de intelección de lo humano. Uno de esos
cuentos que no es preciso anotar en la ficha para recordarlos de por vida.
En verdad, Rulfo desenvuelve su materia (trágica, oprimente) en tan
reducido espacio y en estilo tan desprovisto de estridencias, que en una
primera lectura es difícil acostumbrarse a la idea de su perfección. No
obstante, es posible advertir con qué economía plantea el autor desde el
comienzo una situación casi shakespiriana. Obsérvese, además, la difícil
circunspección con que deja transcurrir el diálogo, la carga de pasión que
soporta toda esa pobre rabia, y sobre todo, el final magistral, que
estremece en seguida todo el relato que llevaba hasta ese instante el
lector en su mente, y lo reintegra a su verdadera profundidad. ¿Qué más
puede pedirse a un cuento de seis páginas? Casi podría tomársele por una
definición del género.
En una de sus narraciones, Luvina, no precisamente de las
mejores que reúne El llano en llamas, Rulfo ya adelantaba algunos
ingredientes (la mayoría, exteriores) que iba luego a emplear en su
novela: Pedro Páramo. Pero en tanto que el cuento sólo planteaba
una situación de aislamiento y resignación (con algunos buenos impactos
verbales: “¿Dices que el Gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú conoces al
Gobierno? ... Nosotros también lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que
no sabemos nada es de la madre del Gobierno”), sin que pareciera
suficientemente motivada y creíble, la novela desarrolla, partiendo de un
clima semejante, pero tirando intermitentemente de diversos hilos de
evocación, una historia fronteriza entre la vida y la muerte, en la que
los fantasmas se codean desaprensivamente con el lector hasta convencerlo
de su provisoria actualidad.
Si no fuera por su sesgo fantástico, esta primera novela de Rulfo
traería, con mayor insistencia aun que alguno de sus cuentos, el recuerdo
de Faulkner. Y aun con esa variante, el Sutpen de Absalom, Absalom!
no puede ser descartado en cualquier investigación de fuentes que se
propusiera integrar una genealogía de este Pedro Páramo, encarnado a
través de varias despiadadas memorias y a través de sí mismo. No obstante,
conviene anotar que en Absalom, Absalom!, Faulkner asienta su mito
sólo como excusa en una zona geográfica determinada. En cambio, Rulfo,
pese a su andamiaje intelectual, sigue siendo, y esto es importante, un
novelista valederamente regional.
Comala, algo así como un Yoknapatawpha mexicano, es una aldea,
más bien un esqueleto de aldea, cuya sola vida la constituyen rumores,
imágenes estancadas del pasado, frases que gozaron de una precaria
memorabilidad, y, sobre todo, nombres, paralizados nombres y sus ecos. De
todos ellos, y, además, de muchas épocas barajadas, ordenadas y vueltas a
barajar, el autor ha construido la historia de un hombre, una suerte de
cacique cruel, dominador, y en raras ocasiones impresionable y tierno.
Páramo es una figura menos que heroica, más que despiadada, cuya verdadera
estatura se desprende de todas las imágenes que de él conserva la región,
de todas las supervivencias que acerca de él acumulan las voces
fantasmales de quienes lo vieron y sintieron vivir. Esa creación
laberíntica y fragmentaria, esa recurrencia a un destino conductor, ese
rostro promedio que va descubriendo el lector a través de incontables
versiones y caracteres, tiene cierta filiación cinematográfica, cercana
por muchos conceptos a Citizen Kane. En la novela de Rulfo la
encuesta necesaria para reconstruir la imagen del Hombre, es cumplida
por Juan Preciado, un hijo de Páramo, mediante sucesivas indagaciones ante
esas pobres, dilaceradas sombras que habitan Comala.
Pero no todo es evocación, no todo es censura de ultratumba.
También el narrador (que nunca levanta la voz; que se oculta, como un
ánima más, detrás de su propio mito) toma a veces la palabra y dice su
versión, cuenta simplemente, y su acento no desentona en el
corrillo. Hay en todo el libro una armonía de tono y de lenguaje que en
cierto modo compensa la bien pensada incoherencia de su trama. Por lo
general no se da ningún dato temporal que sirva de asidero común para
tanta imagen suelta. Sorprende, por ejemplo, hallar en pág. 113, un
párrafo que empieza: “Muchos años antes, cuando ella era una niña...”,
ya que éste o cualquier otro procedimiento de fijación expresa de una
época, resulta inopinado en la modalidad corriente de esta narración. En
tal sentido, el lector debe arreglarse como pueda, y por cierto que puede
arreglarse bien, ya que Pedro Páramo no es una novela de lectura
llana, pero tampoco un inasible caos. Por debajo de la aparente anarquía,
del desconcierto de algunos pasajes, existe, a poco que se preocupe el
lector por descubrirlo, un riguroso ordenamiento, un fichaje de
caracteres y de sus mutuas correspondencias, que mantiene la cohesión,
el sentido esencial de la obra.
Es cierto que la imaginación de Rulfo especula con la muerte, se
establece en su momentáneo linde, pero autor y personajes parecen dejar
sentada una premisa menos cursi que verdadera: que la única muerte es el.
olvido. Estos muertos se agitan, se confiesan, pero, en definitiva ¿son
ellos o sus recuerdos?, ¿meros fantasmas asustabobos o probadas
supervivencias?
Frente a tanta huella de su unicidad, de sus varios enconos, de
su ternura sin réplica, se levanta Pedro Páramo para afrontar el juicio y
volver a caer, desmoronándose “como si fuera un montón de piedras”.
“¿Quién es? —volví a preguntar. Un rencor vivo —me contestó él”. La
respuesta de Abundio a Juan Preciado define en cierto modo la novela. Es,
sencillamente, la historia de un rencor. “El olvido en que nos tuvo, mi
hijo, cóbraselo caro”, dice, agonizante, Dolores Preciado a su hijo en
la primera página. Y Juan Preciado, siguiendo desde allí el itinerario de
ese rencor, llega a Comala junto a la sombra de Abundio, que también era
hijo de Pedro Páramo y también sostiene su rencor propio. Desde su llegada
a casa de Eduviges Dyada hasta su propia muerte (“acalambrado como
mueren los que mueren muertos de miedo”), Juan Preciado arrostra
sombras, escucha voces. “Me mataron los murmullos”, dice a Dorotea,
y eran murmullos que partían de diversos rencores. También Miguel Páramo
los siembra y el padre Rentería los recoge y Pedro Páramo hace de todos
ellos su gran rencor, su inquina hacia ese destino que le ha hecho
esperar toda una vida antes de hacerle hallar a la Susana de su infancia y
entregársela deshecha, trastornada y ajena. “Pensó en Susana San Juan.
Pensó en la muchachita con la que acababa de dormir apenas un rato. Aquel
pequeño cuerpo azorado y tembloroso que parecía iba a echar fuera su
corazón por la boca. «Puñadito de carne», le dijo. Y se había abrazado a
ella tratando de convertirla en la carne de Susana San Juan”.
Todo el episodio que se refiere a Susana es de gran eficacia
narrativa, sin duda el pasaje más tenso de la novela. Ella, cerrando los
ojos para recuperar a Florencio, en inagotable sucesión de sueños; él,
desvelándose, contando “los segundos de aquel nuevo sueño que ya
duraba mucho”, concentran en sí mismos la gran desolación que propaga
el relato, el notorio símbolo que difunde el título. “¿Pero cuál era el
mundo de Susana San Juan? Esa fue una de las cosas que Pedro Páramo nunca
llegó a saber”.
La complejidad en que se apoya la trama, no se refleja empero en
el estilo, el cual, como en los cuentos de El llano en llamas, es
sencillo y sin complicaciones. Los amodorrados fantasmas de la novela
emplean en su lenguaje el mismo irónico dejo que los campesinos de Es
que somos pobres o ¡Díles que no me maten! Las cosas más
absurdas o las más espantosas son dichas en su genuina cadencia regional.
En ciertos pasajes decididamente macabros (como algunos de los diálogos
entre Juan Preciado y Dorotea) la excesiva vulgaridad resulta ínapropíada
y hasta chocante. Del mismo modo, algún rasgo humorístico vinculado a las
inquietudes de los muertos en el camposanto, produce un desacomodo en el
lector: “Se ha de haber roto el cajón donde la enterraron, porque se
oye como un crujir de tablas”; “haz por pensar en cosas agradables porque
vamos a estar mucho tiempo enterrados”. Por lo común, una visible
alteración de los padrones de verosimilitud provoca una sacudida mental a
la que, por otra parte, es fácil sobreponerse. También es fácil
sobreponerse al trato descarado de la literatura con los muertos. Pero en
el riesgoso juego de Rulfo con sus fantasmas, en ese purgatorio a ras de
suelo, hay que reconocer que pide demasiado a su lector: esa promiscuidad
de muerte y vida, esa habla chistosa de tumba a tumba, suscita a veces la
previsible arcada. Por lo demás, el humorismo no es una variante preferida
de Rulfo. Pero así como en algunos de sus cuentos, especialmente en
Anacleto Morones, había recurrido a él para extraer del asunto el
máximo provecho, también en Pedro Páramo suele emplearlo en función
de algún efecto, de alguna ironía.
Es de confiar que la aparición de Rulfo abra nuevos rumbos a la
narrativa hispanoamericana. Por lo menos, estos dos primeros libros
alcanzan para demostrar que el relato en línea recta, que la porfiada
simplicidad, no son las únicas salidas posibles para el enfoque del tema
campesino. No es, naturalmente, el primero en llevar a cabo esa módica
proeza, pero su actitud literaría implica una saludable incitación a
sobrepasar este presente, algo endurecido en cierta abulia del estilo. De
todos modos, convengamos en que ya venía resultando peligrosa para el
mejor desarrollo de una narrativa de asunto nativo, esa endósmosis de lo
llano con lo chato, ese abandonarlo todo al ímpetu del tema, al buen aire
que respiran los pulmones del novelista. Rulfo, que también lo respira, ha
construido, además, quince cuentos, la mayoría de ellos de una excelente
factura técnica; ha levantado, sin apearse de lo literario y pagando las
normales cuotas de realismo y fantasía, una novela fuerte, bien planteada,
y ha preferido apoyarla en una sólida armazón. Es satisfactorio comprobar
que, después de este alarde, el tema criollo no queda agostado sino
enriquecido, y su esencia, sus mitos y sus criaturas, se convierten en una
provocativa disponibilidad para nuevas empresas, con destino a más ávidos
lectores.
(1955)
Notas
[1] Hoy Juan Rulfo es un
clásico de la narrativa hispanoamericana; sus libros han sido traducidos
al inglés, a francés, italiano, alemán, sueco, checo, holandés, danés,
noruego, yugoeslavo y eslovaco; su obra ha sido objeto de numerosos y
profundos estudios. Sin embargo, cuando el trabajo que aquí se incluye
apareció, en 1955, en el semanario Marcha, Montevideo, acababa de
publicarse Pedro Páramo y el nombre y la obra de Rulfo eran
totalmente desconocidos en el Cono Sur. (Aun en 1958, no figura ningún
cuento suyo en la buena Antología del cuento hispanoamericano, de
Ricardo Latcham). No señalo esto, por cierto, para inventarle méritos a mi
trabajo de hace doce años, sino más bien para pedir excusas al lector (y a
Rulfo) por una interpretación que, debido a la razón apuntada, no tiene en
cuenta toda esta vasta bibliografía posterior.