El
cuento es un género antiquísimo, que a través de los siglos ha
tenido y mantenido el
favor público. Su influencia en el desarrollo de la sensibilidad general
puede ser muy grande, y por tal razón el cuentista debe sentirse
responsable e lo que escribe, como si fuera un maestro de emociones o de
ideas.
Lo primero que debe aclarar una persona que se inclina a escribir
cuentos es la intensidad de su vocación. Nadie que no tenga vocación de
cuentista puede llegar a escribir buenos cuentos. Lo segundo se refiere
al género. ¿Qué es un cuento? La respuesta ha resultado tan difícil que
a menudo ha sido soslayada incluso por críticos excelentes, pero puede
afirmarse que un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable
importancia. La importancia del hecho es desde luego relativa, mas debe
ser indudable, convincente para la generalidad de los lectores. Si el
suceso que forma el meollo del cuento carece de importancia, lo que se
escribe puede ser un cuadro, una escena, una estampa, pero no es un
cuento.
“Importancia” no quiere decir aquí novedad, caso insólito
acaecimiento singular. La propensión a escoger argumentos poco
frecuentes como tema de cuentos puede conducir a una deformación similar
a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del
atletismo. Un niño que va a la escuela no es materia propicia para un
cuento, porque no hay nada de importancia en su viaje diario a las
clases; pero hay sustancia para el cuento si el autobús en que va el
niño se vuelca o se quema, o si al llegar a su escuela el niño halla que
el maestro está enfermo o el edificio escolar se ha quemado la noche
anterior.
Aprender a discernir donde hay un tema para cuento es parte
esencial de la técnica. Esa técnica es el oficio peculiar con que se
trabaja el esqueleto de toda obra de creación: es la “tekné” de los
griegos o, si se quiere, la parte de artesanado imprescindible en el
bagaje del artista.
A menos que se trate de un caso excepcional, un buen escritor de
cuentos tarda años en dominar la técnica del género, y la técnica se
adquiere con la práctica más que con estudio . Pero nunca debe olvidarse
que el género tiene una técnica y que ésta debe conocerse a fondo.
Cuento quiere decir llevar cuenta de un hecho. La palabra proviene del
latín computus, y es inútil tratar de rehuir el significado
esencial que late en el origen de los vocablos. Una persona puede llevar
cuenta de algo con números romanos, con números árabes, con signos
algebraicos; pero tiene que llevar esa cuenta. No puede olvidar ciertas
cantidades o ignorar determinados valores. Llevar cuenta es ir ceñido al
hecho que se computa. El que no sabe llevar con palabras la cuenta de un
suceso, no es cuentista.
De paso diremos que una vez adquirida la técnica, el cuentista
puede escoger su propio camino, ser “hermético” o “figurativo” como se
dice ahora, o lo que es lo mismo, subjetivo u objetivo; aplicar su
estilo personal, presentar su obra desde su ángulo individual;
expresarse como él crea que debe hacerlo. Pero no debe echarse en olvido
que el género, reconocido como el más difícil en todos los idiomas, no
tolera innovaciones sino de los autores que lo dominan en lo más
esencial de su estructura.
El interés que despierta el cuento puede medirse por los juicios
que les merece a críticos, cuentistas y aficionados. Se dice a menudo
que el cuento es una novela en síntesis y que la novela requiere más
aliento en el que la escribe. En realidad los dos géneros son dos cosas
distintas; y es es más difícil lograr un buen libro de cuentos que una
novela buena. Comparar diez páginas de cuento con las doscientas
cincuenta de una novela es una ligereza. Una novela de esa dimensión
puede escribirse en dos meses; un libro de cuentos que sea bueno y que
tenga doscientas cincuenta páginas, no se logra en tan corto tiempo. La
diferencia fundamental entre un género y el otro está en la dirección:
la novela es extensa; el cuento es intenso.
El novelista crea caracteres y a menudo sucede que esos
caracteres se le rebelan al autor y actúan conforme a sus propias
naturalezas, de manera que con frecuencia una novela no termina como el
novelista lo había planeado, si no como los personajes de la obra lo
determinan con sus hechos. En el cuento, la situación es diferente; el
cuento tiene que ser obra exclusiva del cuentista. El es el padre y el
dictador de sus Criaturas; no puede dejarlas libres ni tolerarles
rebeliones. Esa voluntad de predominio del cuentista sobre sus
personajes es lo que se traduce en tensión por tanto en intensidad. La
intensidad de un cuento no es producto obligado, como ha dicho alguien,
de su corta extensión; es el fruto de la voluntad sostenida con que el
cuentista trabaja su obra. Probablemente es ahí donde se halla la causa
de que el género sea tan difícil, pues el cuentista necesita ejercer
sobre sí mismo una vigilancia constante, que no se logra sin disciplina
mental y emocional; y eso no es fácil.
Fundamentalmente, el estado de ánimo del cuentista tiene que ser
el mismo para recoger su material que para escribir. Seleccionar la
materia de un cuento demanda esfuerzo, capacidad de concentración y
trabajo de análisis. A menudo parece más atrayente tal tema que tal
otro; pero el tema debe ser visto no en su estado primitivo, sino como
si estuviera ya elaborado. El cuentista debe ver desde el primer momento
su material organizado en tema, como si ya estuviera el cuento escrito,
lo cual requiere casi tanta tensión como escribir.
El verdadero cuentista dedica muchas horas de su vida a estudiar
la técnica del género, al grado que logre dominarla en la misma forma en
que el pintor consciente domina la pincelada: la da, no tiene que
premeditarla. Esa técnica no implica, como se piensa con frecuencia, el
final sorprendente. Lo fundamenta en ella es mantener vivo el interés
del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión, la fuerza
interior con que el suceso va produciéndose. El final sorprendente no es
una condición imprescindible en el buen cuento. Hay grandes cuentistas,
como Antón Chejov, que apenas lo usaron. “A la deriva”, de Horacio
Quiroga, no lo tiene, y es una pieza magistral. Un final sorprendente
impuesto a la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento.
Ahora bien, el cuento debe tener su final natural como debe tener su
principio.
No importa que el cuento sea subjetivo u objetivo; que el estilo
del autor sea deliberadamente claro u oscuro, directo o indirecto: el
cuento debe comenzar interesando al lector. Una vez cogido en ese
interés el lector está en manos del cuentista y éste no debe soltarlo
más. A partir del principio el cuentista debe ser implacable con el
sujeto de su obra; lo conducirá sin piedad hacia el destino que
previamente le ha trazado; no le permitirá el menor desvío. Una sola
frase aun siendo de tres palabras que no esté lógica y entrañablemente
justificada por ese destino manchará el cuento y le quitará esplendor y
fuerza. Kippling refiere que para él era más importante lo que tachaba
que lo que dejaba; Quiroga afirma que un cuento es una flecha disparada
hacia un blanco y ya se sabe que la flecha que se desvía no llega al
blanco.
La manera natural de comenzar un cuento fue siempre el “había una
vez” o “érase una vez”. Esa corta frase tenía —y tiene aún en la gente
del pueblo— un valor de conjuro; ella sola bastaba a despertar el
interés de los que rodeaban al relatador de cuentos. En su origen, el
cuento no comenzaba con descripciones de paisajes, a menos que se
tratara la presencia o la acción del protagonista; comenzaba con éste, y
pintándola en actividad. Aún hoy, esa manera de comenzar es buena. El
cuento debe iniciarse con el protagonista en acción, física o
psicológica, pero acción; el principio no debe hallarse a mucha
distancia del meollo mismo del cuento, a fin de evitar que el lector se
canse.
Saber comenzar un cuento es tan importante como saber terminarlo.
El cuentista serio estudia y practica sin descanso la entrada del
cuento. Es en la primera fase donde está el hechizo de un buen cuento;
ella determina el ritmo y la tensión de la pieza. Un cuento que comienza
bien casi siempre termina bien. El autor queda comprometido consigo
mismo a mantener el nivel de su creación a la altura en que la inició.
Hay una sola manera de empezar un cuento con acierto: despertando de
golpe el interés del lector. El antiguo “había una vez” o “érase una
vez” tiene que ser suplido con algo que tenga su mismo valor de conjuro.
El cuentista joven debe estudiar con detenimiento la manera en que
inician sus cuentos los grandes maestros; debe leer, uno por uno, los
primeros párrafos de los mejores cuentos de Maupassant, de Kipling, de
Sherwood Anderson, de Quiroga, quien fue quizá el más consciente de
todos ellos en lo que a la técnica del cuento se refiere.
Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una
digresión, sin una debilidad, sin un desvío: he ahí en pocas palabras el
núcleo de la técnica del cuento. Quien sepa hacer eso tiene el oficio de
cuentista, conoce la “tekné” del género. El oficio es la parte formal de
la tarea, pero quien no domine ese lado formal no llegará a ser buen
cuentista. Sólo el que lo domine podrá transformar el cuento, mejorarlo
con una nueva modalidad, iluminarlo con el toque de su personalidad
creadora.
Ese oficio es necesario para el que cuenta cuentos en un mercado
árabe y para el que los escribe en una biblioteca de París. No hay
manera de conocerlo sin ejercerlo. Nadie nace sabiéndolo, aunque en
ocasiones un cuentista nato puede producir un buen cuento por
adivinación de artista. El oficio es obra del trabajo asiduo, de la
meditación constante, de la dedicación apasionada. Cuentistas de
apreciables cualidades para la narración han perdido su don porque
mientras tuvieron dentro de sí temas escribieron sin detenerse a
estudiar la técnica del cuento y nunca la dominaron; cuando la veta
interior se agotó, les faltó, la capacidad para elaborar, con asuntos
externos a su experiencia íntima, la delicada arquitectura de un cuento.
No adquirieron el oficio a tiempo, y sin el oficio no podían construir.
En sus primeros tiempos el cuentista crea en estado de
semiinconsciencia. La acción se le impone; los personajes y sus
circunstancias le arrastran; un torrente de palabras luminosas se lanza
sobre él. Mientras ese estado de ánimo dura, el cuentista tiene que ir
aprendiendo la técnica a fin de imponerse a ese mundo hermoso y
desordenado que abruma su mundo interior. El conocimiento de la técnica
le permitirá señorear sobre la embriagante pasión como Yavé sobre el
caos. Se halla en el momento apropiado para estudiar los principios en
que descansa la profesión de cuentista, y debe hacerlo sin pérdida de
tiempo. Los principios del género, no importa lo que crean algunos
cuentistas noveles, son inalterables; por lo menos, en la medida en que
la obra humana lo es.
La búsqueda y la selección del material es una parte importante de
la técnica; de la búsqueda y de la selección saldrá el tema. Parece que
estas dos palabras —búsqueda y selección— implican lo mismo: buscar es
seleccionar. Pero no es así para el cuentista. El buscará aquello que su
alma desea; motivos campesinos o de mar, episodios de hombres del pueblo
o de niños, asuntos de amor o de trabajo. Una vez obtenido el material,
escogerá el que más se avenga con su concepto general de la vida y con
el tipo de cuento que se propone escribir.
Esa parte de la tarea es sagradamente personal; nadie puede
intervenir en ella. A menudo la gente se acerca a novelista y cuentistas
para contarles cosas que le han sucedido, “temas para novelas y cuentos”
que no interesan al escribir porque nada le dicen a su sensibilidad.
Ahora bien, si nadie debe intervenir en la selección del tema, hay un
consejo útil que dar a los cuentistas jóvenes: que estudien el material
con minuciosidad y seriedad; que estudien concienzudamente el escenario
de su cuento, el personaje y su ambiente, su mundo psicológico y el
trabajo con que se gana la vida.
Escribir cuentos es una tarea seria y además hermosa. Arte
difícil, tiene el premio en su propia realización. Hay mucho que decir
sobre él. Pero lo más importante en esto: El que nace con la vocación de
cuentista trae al mundo un don que está en la obligación de poner al
servicio de la sociedad. La única manera de cumplir con esa obligación
es desenvolviendo sus dotes naturales, y para lograrlo tiene que
aprender todo lo relativo a su oficio; qué es un cuento y qué debe hacer
para escribir buenos cuentos. Si encara su vocación con seriedad,
estudiará a conciencia, trabajará, se afanará por dominar el género, que
es sin duda muy rebelde, pero dominable. Otros lo han logrado. Él
también puede lograrlo.
II
El cuento es un género literario
escueto, al extremo de que un cuento no debe construirse sobre más de un
hecho. El cuentista, como el aviador, no levanta vuelo para ira todas
partes y ni siquiera a dos puntos a la vez; e igual que el aviador se
halla forzado a saber con seguridad adonde se dirige antes de poner la
mano en las palancas que mueven su máquina.
La primera tarea que el cuentista de e imponerse es la de aprender
a distinguir con precisión cuál hecho puede ser tema de un cuento.
Habiendo dado con un hecho, debe saber aislarlo, limpiarlo de
apariencias hasta dejarlo libre de todo cuanto no sea expresión legítima
de su sustancia; estudiarlo con minuciosidad y responsabilidad. Pues
cuando el cuentista tiene ante sí un hecho en su ser más auténtico, se
halla frente a un verdadero tema. El hecho es el tema, y en el cuento no
hay lugar sino para un tema.
Ya he dicho que aprender a discernir dónde hay un tema de cuento
es parte esencial de la técnica del cuento. Técnica, entendida en la
“tekné” griega, es esa parte de oficio o artesanado indispensable para
construir una obra de arte. Ahora bien, el arte del cuento consiste en
situarse frente a un hecho y dirigirse á él resueltamente, sin darles
caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho;
todos esos están subordinados al hecho hacia el cual va el cuentista; él
es el tema.
Aislado el tema, y debidamente estudiado desde todos sus ángulos,
el cuentista puede aproximarse a él como más le plazca, con el lenguaje
que le sea habitual o connatural, en forma directa o indirecta. Pero en
ningún momento perderá de vista que se dirige hacia ese hecho y no a
otro punto. Toda palabra que pueda darle categoría de tema a un acto de
los que se presentan en esa marcha hacia el tema, toda palabra que
desvíe al autor un milímetro del tema, están fuera de lugar y deben ser
aniquiladas tan pronto aparezcan; toda idea ajena al asunto escogido es
yerba mala, que no dejará crecer la espiga del cuento con salud, y la
yerba mala, como aconseja el Evangelio, debe ser arrancada de raíz.
Cuando el cuentista esconde el hecho a la atención del lector, lo
va sustrayendo frase a frase de la visión de quien lo lee pero lo
mantiene presente en el fondo de la narración y no lo muestra sino
sorpresivamente en las cinco o seis palabras finales del cuento, ha
construido el cuento según la mejor tradición del género. Pero los casos
en que puede hacer esto sin deformar el curso natural del relato no
abundan. Mucho más importante que el final de sorpresa es mantener en
avance continuo la marcha que lo lleva del punto de partida al hecho que
ha escogido como tema. Si el hecho se halla antes de llegar al final, es
decir, si su presencia no coincide con la última escena del cuento, pero
la manera de llegar a él fue recta y la marcha se mantuvo en ritmo
apropiado, se ha producido un buen cuento.
Todo lo contrario resulta si el cuentista está dirigiéndose hacia
dos hechos; en ese caso la marcha será zigzagueante, la línea no podrá
ser recta, lo que el cuentista tendrá al final será una página confusa,
sin carácter; cualquier cosa, pero no un cuento. Hace poco recordaba que
cuento quiere decir llevar la cuenta de un hecho. El origen de la
palabra que define el género está en el vocablo latino “computus”, el
mismo que hoy usamos para indicar que llevamos cuenta de algo. Hay un
oculto sentido matemático en la rigurosidad del cuento; como en las
matemáticas, en el cuento no puede haber confusión de valores.
El cuentista avezado sabe que su tarea es llevar al lector hacia
ese hecho que ha escogido como tema; y que debe llevarlo sin decirle en
qué consiste el hecho. En ocasiones resulta útil desviar la atención del
lector haciéndole creer, mediante una frase discreta, que el hecho es
otro. En cada párrafo, el lector deberá pensar que ya ha llegado al
corazón del tema; sin embargo no está en él y ni siquiera ha comenzado a
entrar en el círculo de sombras o de luz que separa el hecho del resto
del relato.
El cuento debe ser presentado al lector como un fruto de numerosas
cáscaras que van siendo desprendidas a los ojos de un niño goloso. Cada
vez que comienza a caer una de las cáscaras, el lector esperará la
almendra de la fruta; creerá que ya no hay cortezas y que ha llegado el
momento de gustar el anhelado manjar vegetal. De párrafo en párrafo, la
acción interna y secreta del cuento seguirá por debajo de la acción
externa y visible; estará oculta por las acciones accesorias, por una
actividad que en verdad no tiene otra finalidad que conducir al lector
hacia el hecho. En suma, serán cáscaras que al desprenderse irán
acercando el fruto a la boca del goloso.
Ahora bien, en cuanto al hecho que da el tema, ¿cómo conviene que
sea? Humano, o por lo menos humanizado. Lo que pretende el cuentista es
herir la sensibilidad o estimular las idea del lector; luego, hay que
dirigirse a él a través de sus sentimientos o de su pensamiento. En las
fábulas de Esopo como en los cuentos de Rudyard Kipling, en los relatos
infantiles de Andersen como en las parábola de Oscar Wilde, animales,
elementos y objetos tienen alma humana. La experiencia íntima del hombre
no ha traspasado los límites de su propia esencia; para él, el universo
infinito y la materia mensurable existen como reflejo de su ser. A pesar
de la creciente humildad a que lo somete la ciencia, él seguirá siendo
por mucho tiempo el rey de la creación, que vive orgánicamente en
función de señor supremo de la actividad universal. Nada interesa al
hombre más que el hombre mismo. El mejor tema para un cuento será
siempre un hecho humano, o por lo menos relatado en términos
esencialmente humanos.
La selección del tema es un trabajo serio y hay que acometerlo
con seriedad. El cuentista debe ejercitarse en el arte de distinguir con
precisión cuándo un tema es apropiado para un cuento. En esta parte de
la tarea entra a jugar el don nato del relatador. Pues sucede que el
cuento comienza a formarse en el acto, en ese instante de la selección
del hecho-tema. Por sí solo, el tema no es en verdad el germen del
cuento, pero se convierte en tal germen precisamente en el momento en
que el cuentista lo escoge por tema.
Si el tema no satisface ciertas condiciones, el cuento será pobre
o francamente malo aunque su autor domine a perfección la manera de
presentarlo. Lo pintoresco, por ejemplo, no tiene calidad para servir de
tema; en cambio puede serlo, y muy bueno, para un artículo de costumbre
o para una página de buen humor.
El tema requiere un peso específico que lo haga universal. Puede
ser muy local en su apariencia, pero debe ser universal en su valor
intrínseco. El sufrimiento, el amor, el sacrificio, heroísmo, la
generosidad, la crueldad, la avaricia, son valores universales,
positivos o negativos, aunque se presenten en hombres y mujeres cuyas
vidas no traspasan las linde de lo local; son universales en el
habitante de las grandes ciudades, en el de la jungla americana o en el
de los iglús esquimales.
Todo lo dicho hasta ahora se resume en estas pocas palabras: si
bien el cuentista tiene que tomar un hecho y aislarlo de sus apariencias
para construir sobre él su obra, no basta para el caso un hecho
cualquiera; debe ser un hecho humano que conmueva a los hombre, y debe
tener categoría universal. De esa especie de hechos está lleno el mundo;
están llenos los días y las horas, y adonde quiera que el cuentista
vuelva los ojos hallará hechos que son buenos temas.
Ahora bien, si en ocasiones esos hechos que nos rodean se
presentan en tal forma que bastaría con relatarlos para tener cuentos,
lo cierto es que comúnmente el cuentista tiene que estudiar el hecho
para saber cuál de sus ángulos servirá para un cuento. A veces el cuento
está determinado por la mecánica misma del hecho, pero también puede
estarlo por su esencia, por sus motivaciones o por su apariencia formal.
Un ladronzuelo cogido in fraganti puede dar un cuento excelente si quien
lo sorprende robando es un hermano, agente de policía, o si la causa del
robo es el hambre de la madre del descuidero; y puede ser también un
magnífico cuento si se trata del primer robo del autor y el cuentista
sabe presentar el desgarrón psicológico que supone traspasar la barrera
que hay entre el mundo normal y el mundo de los delincuentes. En los
tres casos el hecho-tema sería distinto; en el primero, se hallaría en
la circunstancia de que el hermano del ladrón es agente de policía; en
el segundo, en el hambre de la madre; en el tercero, en el desgarrón
psicológico. De donde puede colegirse por qué hemos insistido en que el
hecho que sirve de tema debe estar libre de apariencias y de todo cuanto
no sea expresión legítima de su sustancia. Pues en estos tres posibles
cuentos el tema parece ser de captura del ladronzuelo mientras roba, y
resulta que hay tres temas distintos, y en los tres la captura del joven
delincuente es un camino hacia el corazón del hecho-tema.
Aprender a ver un tema, saber seleccionarlo, y aún dentro de él
hallar el aspecto útil para desarrollar el cuento, es parte
importantísima en el arte de escribir cuentos. La rígida disciplina
mental y emocional que el cuentista ejerce sobre sí mismo comienza a
actuar en el acto de escoger el tema. Los personajes de una novela
contribuyen en la redacción del relato por cuanto sus caracteres, una
vez creados, determinan en mucho el curso de la acción. Pero en el
cuento toda la obra es del cuentista y esa obra está determinada sobre
todo por la calidad del tema. Antes de sentarse a escribir la primera
palabra, el cuentista debe tener una idea precisa de cómo va a
desenvolver su obra. Si esta regla no se sigue, el resultado será débil.
Por caso de adivinación, en un cuentista nato de gran poder, puede darse
un cuento muy bueno sin seguir esta regla; pero ni aún el mismo autor
podrá garantizar de antemano qué saldrá de su trabajo cuando ponga la
palabra final. En cambio, otra cosa sucede si el cuentista trabaja
conscientemente y organiza su construcción al nivel del tema que elige.
Así como en la novela la acción está determinada por los
caracteres de sus protagonistas, en el cuento el tema da la acción. La
diferencia más drástica entre el novelista y el cuentista se halla en
que aquel sigue a sus personajes mientras que éste tiene que
gobernarlos. La acción del cuento está determinada por el tema pero
tiene que ser dictatorialmente regida por el cuentista; no puede
desbordarse ni cumplirse en todas sus posibilidades, sino únicamente en
los términos estrictamente imprescindibles al desenvolvimiento del
cuento y entrañablemente vinculados al tema. Los personajes de una
novela pueden dedicar diez minutos a hablar de un cuadro que no tiene
función en la trama de la novela; e n un cuento no debe mencionarse
siquiera en cuadra si él no es parte importante en el curso de la
acción.
El cuento es el tigre de la fauna literaria; si le sobra un kilo
de grasa o de carne, no podrá garantizar la cacería de sus víctimas.
Huesos, músculos, piel, colmillos y garras nada más, el tigre está
creado para atacar y dominar a las otras bestias de la selva. Cuando los
años le agregan grasa a su peso, le restan elasticidad en los músculos,
aflojan sus colmillos o debilitan sus poderosas garras, el majestuoso
tigre se halla condenado a morir de hambre.
El cuentista debe tener alma de tigre para lanzarse contra el
lector, o instinto de tigre para seleccionar el tema y calcular con
exactitud a qué distancia está su víctima y con qué fuerza debe
precipitarse sobre ella.
Pues sucede que en la oculta trama de ese arte difícil que es
escribir cuentos, el lector y el tema tienen un mismo corazón. Se
dispara a uno para herir al otro. Al dar su salto asesino hacia el tema,
el tigre de la fauna literaria está saltando también sobre el lector.
III
Hay una acepción del vocablo
“estilo” que lo identifica con el modo, la forma, la manera particular
de hacer algo. Según ella, el uso, la práctica o la costumbre en la
ejecución de ésta o aquella obra implica un conjunto de reglas que debe
ser tomado en cuenta a la hora de realizar esa obra.
¿Se conoce algún estilo, en el sentido de modo o forma, en la
tarea de escribir cuentos? Sí. Pero como cada cuento es un universo en
sí mismo, que demanda el don creador en quien lo realiza, hagamos desde
este momento una distinción precisa: el escritor de cuentos es un
artista; y para el artista -sea cuentista, novelista, poeta, escultor,
pintor, músico- las reglas son leyes misteriosas, escritas para él por
un senado sagrado que nadie conoce; y esas leyes son ineludibles.
Cada forma, en arte, es producto de una suma de reglas, y en cada
conjunto de reglas hay divisiones: las que dan a una obra su carácter
como género, y las que rigen la materia con que se realiza. Unas y otras
se mezclan para formar el todo de la obra artística, pero las que
gobiernan la materia con que esa obra se realiza resultan determinantes
en la manera peculiar de expresarse que tiene el artista. En el caso del
autor de cuentos, el medio de creación de que se sirve es la lengua,
cuyo mecanismo debe conocer a cabalidad. Del conjunto de reglas hagamos
abstracción de las que gobiernan la materia expresiva. Esas son el
bagaje primario del artista, y con frecuencia él las domina sin haberlas
estudiado a fondo. Especialmente en el caso de la lengua, parece no
haber duda de que el escritor nato trae al mundo un conocimiento
instintivo de su mecanismo que a menudo resulta sorprendente, aunque
tampoco parece haber duda de que ese don mejora mucho cuando el
conocimiento instintivo se lleva a la conciencia por la vía del estudio.
Hagamos abstracción también de las reglas que se refieren a la
manera peculiar de expresarse de cada autor. Ellas forman el estilo
personal, dan el sello individual, la marca divina que distingue al
artista entre la multitud de sus pares.
Quedémonos por ahora con las reglas que confieren carácter a un
género dado; en nuestro caso, el cuento. Esas reglas establecen la
forma, el modo de producir un cuento.
La forma es importante en todo arte. Desde muy antiguo se sabe
que en lo que atañe a la tarea de crearla, la expresión artística se
descompone en dos factores fundamentales: tema y forma. En algunas artes
la forma tiene más valor que el tema; ese es el caso de la escultura, la
pintura y la poesía, sobre todo en los últimos tiempos.
La estrecha relación de todas las artes entre sí, determinada por
el carácter que le imprime al artista la actitud del conglomerado social
ante los problemas de su tiempo -de su generación-, nos lleva a tomar
nota de que a menudo un cambio en el estilo de ciertos géneros
artísticos influye en el estilo de otros. No nos hallamos ahora en el
caso de investigar si en realidad se produce esa influencia con
intensidad decisiva o si todas las artes cambian de estilo a causa de
cambios profundos introducidos en la sensibilidad social por otros
factores. Pero debemos admitir que hay influencias. Aunque estamos
hablando del cuento, anotemos de paso que la escultura, la pintura y la
poesía de h se realizan con la vista puesta en la forma más que en el
tema. Esto puede parecer una observación estrafalaria, dado que
precisamente esas artes han escapado a las leyes de la forma al
abandonar sus antiguos modos de expresión. Pero en realidad, lo que
abandonaron fue su sujeción al tema para entregarse exclusivamente a la
forma. La pintura y la escultura abstractas son sólo materia y forma, y
el sueño de sus cultivadores es expulsar el tema en ambos géneros. La
poesía actual se inclina e s n las palabras y la manera de usarlas, al
grado que muchos poemas modernos que nos emocionan no resistirían un
análisis del tema que los llevan dentro.
Volveremos sobre este asunto más tarde. Por ahora recordemos que
hay un arte en el que tema y forma tienen igual importancia en cualquier
época: es la música. No se concibe música sin tema, lo mismo en el
Mozart del siglo XVIII que en el Partok del siglo XX. Por otra parte, el
terna musical no podría existir sin la forma que lo explica debido a que
la música debe ser interpretada por terceros.
Pero en la novela y en el cuento, que no tienen intérpretes sino
espectadores del orden intelectual, el tema es más importante que la
forma, y desde luego mucho más importante que el estilo con que el autor
se expresa.
Todavía más: en el cuento el tema importa más que en la novela.
Pues en su sentido estricto, el cuento es el relato de un hecho, un
solo, y ese hecho —que es el tema— tiene que ser importante, debe tener
importancia por sí mismo, no por la manera de presentarlo.
Ante dije que “un cuento no puede construirse sobre más de un
hecho. El cuentista, como el aviador, no levanta vuelo para ir a todas
partes y ni siquiera a dos puntos a la vez; e igual que el aviador, se
halla forzado a saber con seguridad adonde se dirige antes de poner la
mano en las palancas que mueven su máquina”.
La convicción de que el cuento tiene que ceñirse a un hecho, y
sólo a uno, es lo que me ha llevado a definir el género como “el relato
de un hecho que tiene indudable importancia”. A fin de evitar que el
cuentista novel entendiera por hecho de indudable importancia un suceso
poco común, expliqué en esa misma oportunidad que “la importancia del
hecho es desde luego relativa; mas debe ser indudable, convincente para
la generalidad de los lectores”; y más adelante decía que “importancia
no quiere decir aquí novedad, caso insólito, acaecimiento singular. La
propensión a escoger argumentos poco frecuentes como temas de cuentos
puede conducir a una deformación similar a la que sufren en sus
estructuras musculares los profesionales del atletismo”.
Hasta ahora se ha tenido la brevedad como una de las leyes
fundamentales del cuento. Pero la brevedad es una consecuencia natural
de la esencia misma del género, no un requisito de la forma. El cuento
es breve porque se halla limitado a relatar un hecho y nada más que uno.
El cuento puede ser largo, y hasta muy largo, si se mantiene como relato
de un solo hecho. No importa que un cuento esté escrito en cuarenta
páginas, en sesenta, en ciento diez; siempre conservará sus
características si es el relato de un solo acontecimiento, así como no
las tendrá si se dedica a relatar más de uno, aunque lo haga en una sola
página.
Es probable que el cuento largo se desarrolle en el porvenir como
el tipo de obra literaria demás difusión, pues el cuento tiene la
posibilidad de llegar al nivel épico sin correr el riesgo de meterse en
el terreno de la epopeya, y alcanzar ese nivel con personajes y
ambientes cotidianos, fuera de las fronteras de la historia y en prosa
monda y lironda, es casi un milagro. que confíe e el cuento una
categoría artística en verdad extraordinaria. [1]
“El arte del cuento consiste en situarse frente a un hecho y
dirigirse a él resueltamente, sin darles caracteres de hechos a los
sucesos que marcan el camino hacia el hecho...” dije antes. Obsérvese
que el novelista sí da caracteres de hechos a los sucesos que marcan el
camino hacia el hecho central que sirve de tema a su relato; y es la
descripción de esos sucesos -a los que podemos calificar de secundarios-
y su entrelazamiento con el suceso principal, lo que hace de la novela
un género de dimensiones mayores, de ambiente más variado, personajes
más numerosos y tiempo más largo que el cuento.
El tiempo del cuento es corto y concentrado. Esto se debe a que
es el tiempo en que acaece un hecho —uno solo, repetimos—, y el uso de
ese tiempo en función de caldo vital del relato exige del cuentista una
capacidad especial para tomar el hecho en su esencia, en las líneas más
puras de la acción.
Es ahí, en lo que podríamos llamar el poder de expresar la acción
sin desvirtuarla con palabras, donde está el secreto de que el cuento
pueda elevarse a niveles épicos. Thomas Mann sintió el aliento épico en
algunos cuentos de Chejov —y sin duda de otros autores—, pero no dejó
constancia de que conociera la causa de ese aliento. La causa está en
que la epopeya —el héroe— es un artista de la acción pura, un cuentista
lleva a categoría épica el relato de un hecho realizado por hombres y
mujeres que no son héroes en el sentido convencional de la palabra, el
cuentista tiene el don de crear la atmósfera de la epopeya sin verse
obligado a recurrir a los grandes actores del drama histórico y a los
episodios en que figuraron.
¿No es esto un privilegio en el mundo del arte?
Aunque hayamos dicho que en el cuento el tema importa más que la
forma, debemos reconocer que hay una forma -en cuanto manera, uso o
práctica de hacer algo- para poder expresar la acción pura, y que sin
sujetarse a ella no hay cuento de calidad. La mayor importancia del tema
en el género cuento no significa, pues, que la forma puede ser manejada
a capricho por el aspirante a cuentista. Si lo fuera, ¿cómo podríamos
distinguir entre cuento, novela e historia, géneros parecidos pero
diferentes?
Para el cuento hay una forma. ¿Cómo se explica, pues, que en los
últimos tiempos, en la lengua española —porque no conocemos caso
parecido en otros idiomas— se pretenda escribir cuentos que no son
cuentos en el orden estricto del vocablo?
A pesar de la familiaridad de los géneros, una novela no puede ser
escrita con forma de cuento o de historia, ni un cuento con forma de
novela o de, relato histórico, ni una historia como si fuera novela o
cuento.
Un eminente crítico chileno escribió hace algunos años que “junto
al cuento tradicional” al cuento “que puede contarse”, con principio,
medio y fin, el conocido y clásico, existen otros que flotan elásticos,
vagos, sin contornos definidos ni organización rigurosa. Son
interesantísimos y, a veces, de una extremada delicadeza; superan a
menudo a sus parientes de antigua prosapia; pero ¿cómo negarlo, cómo
discutirlo? Ocurre que no son cuentos; son otra cosa: divagaciones,
relatos, cuadros, escenas, retratos imaginarios, estampas, trozos o
momentos de vida; son y pueden ser mil cosas más; pero, insistimos, no
son cuentos, no deben llamarse cuentos. Las palabras, los nombres, los
títulos, calificaciones y clasificaciones tienen por objeto aclarar y
distinguir, no obscurecer o confundir las cosas. Por eso al pan conviene
llamarlo pan. Y al cuento, cuento.[2]
Pero sucede que como hemos dicho hace poco, un cambio en el
estilo de ciertos géneros artísticos se refleja en el estilo de otros.
La pintura, la escultura y la poesía están dirigiéndose desde hace algún
tiempo a la síntesis de materia y forma, con abandono del tema; y esta
actitud de pintores, escultores y poetas ha influido en la concepción
del cuento americano, o el cuento de nuestra lengua ha resultado
influido. por las misma causas que han determinado el cambio de estilo
en pintura, escritura y poesía.
Por una o por otra razón, en los cuentistas nuevos de América se
advierte una marcada inclinación a la idea de que el cuento debe
acumular imágenes literarias sin relación con el tema. Se aspira a crear
un tipo de cuento —el llamado “cuento abstracto”—, que acaso podrá
llegar a ser un género literario nuevo, producto de nuestro agitado y
confuso siglo XX, pero que no es ni será cuento.
Ahora bien, ¿cuál es la forma del cuento?
En apariencia, la forma está implícita en el tipo de cuento que
se quiera escribir. Los hay se dirigen a relatar a acción, sin más
consecuencias; los hay cuya finalidad es delinear un carácter ó destacar
el aspecto saliente de una personalidad; otros ponen de manifiesto
problemas sociales, políticos, emocionales colectivos o individuales;
otros buscan conmover al lector, sacudiendo su sensibilidad con la
presentación de un hecho trágico o dramático, en cada caso el cuentista
tiene que ir desenvolviendo el tema en forma apropiada a los fines que
persigue.
Pero esa forma es la de cada cuento y cada autor; la que cambia y
se ajusta no sólo al tipo de cuento que se escribe sino también a la
manera de escribir del cuentista. Diez cuentistas diferentes pueden
escribir diez cuentos dramáticos, tiernos, humorísticos, con diez temas
distintos y con diez formas de expresión que no se parezcan entre sí; y
los diez cuentos pueden ser diez obras maestras.
Hay, sin embargo, una forma sustancial; la profunda, la que el
lector corriente no aprecia, a pesar de que a ella y sólo a ella se debe
que el cuento que está leyendo le mantenga hechizado y atento al curso
de la acción que va desarrollándose en el relato o al destino de los
personajes que figuran en él. De manera intuitiva o consciente, esa
forma ha sido cultivada con esmero por todos los maestros del cuento.
Esa forma tiene dos leyes ineludibles, iguales para el cuento
hablado y para el escrito; que no cambian por el cuento sea dramático,
trágico, humorístico, social, tierno, de ideas, superficial o profundo;
que rigen el alma del género lo mismo cuando los personajes son
ficticios que cuando son reales, cuando son animales o plantas, agua o
aire, seres humanos, aristócratas, artistas o peones.
La primera ley es la ley de la fluencia constante.
La acción no puede detenerse jamás; tiene que correr con libertad
en el cauce que le haya fijado el cuentista, dirigiéndose sin cesar al
fin que persigue el autor; debe correr sin obstáculos y sin meandros;
debe moverse al ritmo que imponga el tema —más lento más vivaz—, pero
moverse siempre. La acción puede ser objetiva o subjetiva, externa o
interna, física o psicológica; puede incluso ocultar el hecho que sirve
de tema si el cuentista desea sorprendernos con un final inesperado.
Pero no puede detenerse.
Es en la acción donde está la sustancia del cuento. Un cuento
tierno debe ser tierno porque la acción en sí misma tensa relato a, iren
a expresar ternura; un cuento dramático lo es debido a la categoría
dramática del hecho que le da vida, no por el valor literario de las
imágenes que lo exponen. Así, pues, la acción por sí misma, y por su
única virtualidad, es lo que forma el cuento. Por tanto, la acción debe
producirse sin estorbos, sin que el cuentista se entrometa en su
discurrir buscando impresionar al lector con palabras ajenas al hecho
para convencerlo de que el autor ha captado bien la atmósfera del
suceso.
La segunda ley se infiere de lo que acabamos de decir y puede
expresarse así: el cuentista debe usar sólo las palabras indispensables
para expresar la acción.
La palabra puede exponer la acción pero no puede suplantarla.
Miles de frases son incapaces de decir tanto como una acción. En el
cuento la frase justa y necesaria es la que dé paso a a la acción, en el
estado de mayor pureza que pueda ser compatible con la tarea de
expresarla a través de palabras y con la manera peculiar que tenga cada
cuentista de usar su propio léxico.
Toda palabra que no sea esencial al fin que se ha propuesto el
cuentista resta fuerza a la dinámica del cuento y por tanto lo hiere en
el centro mismo de su alma. Puesto que el cuentista debe ceñir su relato
al tratamiento de un solo hecho —y de no ser así no está escribiendo un
cuento—, no se halla autorizado a desviarse de él con frases que alejen
al lector del cauce que sigue la acción.
Podemos comparar el cuento con un hombre que sale de su casa a
evacuar una diligencia. Antes de salir ha pensado por dónde irá, qué
calles tomará, qué vehículo usará; a quién se dirigirá, qué le dirá.
Lleva un propósito conocido. No ha salido a ver qué encuentra, sino que
sabe lo que busca.
Ese hombre no se parece al que divaga, pasea; se entretiene
mirando flores en un parque, oyendo hablar a dos niños, observando una
bella mujer que pasa; entra en un museo para matar el tiempo; se mueve
de cuadro en cuadro; admira aquí el estilo impresionista de un pintor y
más allá el arte abstracto de otro.
Entre esos dos hombres, el modelo del cuentista debe ser el
primero, el que se ha puesto en acción para alcanzar algo. También el
cuento es un tema en acción para llegar a un punto. Y así como los actos
del hombre de marras están gobernados por sus necesidades, así la forma
del cuento está regida por su naturaleza activa.
En la naturaleza, activa del cuento reside su poder de atracción,
que alcanza a todos los hombres de todas las razas en todos los tiempos.
Caracas, septiembre de 1958.
[1] Debemos esta aguda observación a Thomas Mann, quien en “Ensayos
sobre Chejov”, traducción de Aquilino Duque (en Revista Nacional de
Cultura, Caracas, Venezuela, marzo-abril de 1960, págs. 52 y
siguientes), dice que Chejov había sido para el “un hombre de la forma
pequeña, de la narración breve que no exigía la heroica perseverancia de
años y decenios, sino que podía ser liquidada en unos días o unas
semanas por cualquier frívolo del Arte. Por todo esto abrigaba yo un
cierto desprecio (por la obra de Chejov), sin acabar de apercibirme de
la dimensión interna, de la fuerza genial que logra lo breve y lo
suscinto que en su acaso admirable concisión encierran toda la plenitud
de la vida y se elevan decididamente a un nivel épico...”.
[2] Alone (Hernán Díaz Arrieta), Crónica Literaria”, en “El
Mercurio”, Santiago de Chile, 21 de agosto de 1955
|