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Literatura La Otra Cara del Espejo Mempo Gardinelli |
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El papel que jugó la estética del género policial como crónica social latinoamericana de los últimos 50 años ha sido extraordinario, y me parece que muchos autores latinoamericanos hemos recibido una enorme influencia de este género, así como también la literatura latinoamericana contemporánea ha ido incluyendo cada vez más elementos del género. No sólo en cuanto a la estrategia de avance de lo que podríamos llamar el mecanismo de intriga de una novela policial, sino en cuanto a otros aspectos que tienen que ver con una especie de ética interna que tiene la literatura de este género, y que, a mi juicio, es lo mejor que nos legaron los creadores del género negro, entendiendo por tal a ese género que describió Marcel Duhamel en Francia, cuando creó la Serie Noire para Gallimard, refiriéndose ya en ese momento a la negritud. Yo pienso en esa negritud que tiene que ver con “la otra cara del espejo”, con esos aspectos más sórdidos de la vida cotidiana. No en vano surgió en la California desesperada de los años veinte, una California que se desbarrancaba frívolamente, corruptamente, hacia lo que después fue la Gran Depresión de 1929. Ese es el cambio en el que se inscribió esta literatura y que nace con una novela que todos conocemos y que es al género como el Quijote de Cervantes es a la novela moderna. Me refiero a “Cosecha Roja” de Dashiell Hammett. Con esta novela casi innominada, donde hay sólo acción, dureza, tiros, sangre, muerte y una especie de desenfreno que pinta en ciento sesenta páginas toda una época y define una característica que el género va a tener de allí en adelante. Creo que algunos de los grandes autores posteriores a Hammett –y no estoy pensando sólo en Chandler, que es también otro de los padres que todos conocemos y amamos-, sino que en Jim Thompson y Horace McCoy que fueron autores que fueron marginados dentro de la literatura . Todos ellos con algunos pasos por aquella Hollywood del traslado del cine mudo al cine hablado, y todos con una preocupación social que definitivamente la literatura norteamericana moderna perdió posteriormente, por lo menos en los últimos años. Esa creo que es la mejor novela del Siglo XX y no estoy hablando de una novela de género, de una novela policial. Estoy hablando de una novela que está dentro de lo mejor de la literatura norteamericana y que se da con “La Sangre de los King” o con “Mil doscientas almas” de Thompson. Me parece que esa literatura que nos llega a América Latina en los años cuarenta o cincuenta, a través de esfuerzos editoriales que hoy me parece que serían impensables y que entonces fueron extraordinarios. Me refiero a colecciones como las de Editorial Novaro en México y Rumbos en Argentina, de editorial ACME, ya desaparecidas. Que tienen traducciones en el mismo espíritu de las Pulp Magazines, las revistas de papel de pulpa, también llamadas Dime Magazines, las revistas de diez centavos, y que dieron lugar a la presencia de todos los autores que constituyeron la paternidad de este género que se desprendía, que se apartaba, que innovaba la vieja tradición británica, de Poe, que también trabajó el género policial clásico, ese del “misterio del cuarto cerrado”, donde generalmente el culpable es el mayordomo. Este modelo funcionó mucho porque es enormemente popular y sigue siendo delicioso, pero de algún modo tenía una especie de alejamiento, yo diría que era una novela clasista, burguesa en el más clásico sentido de la palabra, y que estos autores de Estados Unidos, en los años veinte y treinta, rompen totalmente. En mi estudio sobre el Género Negro -que acometí a impulsos de un amigo chileno, Jaime Valdivieso, quien hace como 25 años me propuso pensar en el tema -me puse a investigar qué antecedentes podría haber, no sé si lo conseguí, pero me atrevo a formular la hipótesis de que esa novela policial negra norteamericana tenía un lazo directo con la novela del oeste, con algunos de los mejores autores de este tipo de cuentos y novelas en el siglo diecinueve en los Estados Unidos. Creo haber establecido, de manera a veces un poco forzada, algunos vínculos con autores como Stephen Crane o Bret Harte que fue uno de los grandes autores de este género que podríamos llamar novela del oeste prepolicial negra. Una concesión al género no por lo social sino por una descripción sincera de la realidad. Sostengo que en América Latina, más aun, en la extensa América, si uno simplemente describe la realidad que lo circunda y lo hace con la mente y los ojos abiertos, sin prejuicios, con sinceridad, necesariamente está haciendo novela social, aunque no tenga ni la intención ni la conciencia de estar haciéndolo. Creo que los autores del oeste, como Bret Harte, sientan una línea que, quizás conociendo a Jack London, a John Dos Passos, desemboca en Hammett, en Thompson, en Horace McCoy y Chandler. Evoco todo esto porque me parece que mencionándolo podemos comprender cómo llega a América Latina, porque esta es la literatura que se traduce en Latinoamérica en los años cuarenta y cincuenta. Y que no tiene traductores de poca monta, porque quienes tradujeron todos estos libros se llamaron Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, Rodolfo Walsh, Julio Cortázar, Poli Délano. Lo han hecho Ricardo Piglia, Juan Martini, Bioy Casares. También algo tradujo un autor que en Argentina estamos ahora recopilando: se llama Eduardo Goligorsky y vivió muchos años en París, inventó más de quince seudónimos y traducía o generaba otras con seudónimo. Su obra es extraordinaria. Estoy hablando de una literatura que se publicaba en libritos de 120 o 140 páginas por mes, que circulaban a precios muy baratos y que nos trajeron a estos hoy grandes clásicos, en valiosas colecciones. Esto contribuyó a una popularidad enorme del género. Muchos de los autores presentes y de los no presentes, leímos esos libros, abrevamos de alguna manera en esos recursos narrativos. Luego la vida nos fue llevando por otros derroteros, la contemporaneidad latinoamericana de los últimos treinta o cuarenta años, la tragedia individual o colectiva, hicieron que también en los años –que nosotros en Argentina llamamos “los años de plomo”- cuando todo era censura, en esos años del terror, la manera de eludir de la literatura, o una de las maneras, fue este género. Pienso en novelas como “Ni un dólar partido por la mitad”de Sergio Sinaí, del año 1973, o la primera novela de Osvaldo Soriano “Triste, Solitario y Final”, algunos de los primeros cuentos de Ricardo Piglia, en fin, ciertas obras que, por lo menos en Argentina, marcaban también esta emulsión, cierta fuerza que tenía que ver con el periodismo y con lo que después se llamó la No Fiction, en las obras de Rodolfo Walsh, sus tres novelas policiales por los años cincuenta. Hay incluso una especie de prestigiamiento del género a partir de los años 1947 o 1949. En la Editorial Emecé, Jorge Luis Borges y Bioy Casares apadrinan la colección Séptimo Círculo a la cual, como todos saben, le dio su nombre el séptimo círculo de Dante. Esa colección que sabiamente va combinando autores de lo que podríamos llamar el policial clásico con este otro policial más moderno, contemporáneo, negro. La Editorial Porrúa en México va desarrollando una colección estupenda que se llama “Sepan Cuánto”, en la que también va incluyendo cada cierto tiempo libros del género. Y también hay algo que me parece que, tal como dos marcos de paréntesis, van difuminando por la América Hispana esta escritura, esta literatura con cierto prestigio, hasta el punto que una editorial importante como era la editorial de la Librería Hachette en Buenos Aires, saca su Serie Naranja, que hace traducciones estupendas de esta literatura. Así me parece que es la forma cómo llegamos a los últimos 20 o 25 años en los que se produce una cierta eclosión y donde algunos autores plantean una crítica al academicismo que no se ocupa de esto. Todo lo cual no me impide señalar que íntimamente yo me he ido alejando un poco del género -cosa que atribuyo nada más que a algo de pereza por parte mía- para incursionar en otros aspectos y así el género policial me quedó como una especie de casa familiar a la que puedo volver con alegría cada cierto tiempo. Mi penúltima novela es del género y se llama “El décimo infierno”, es del 1999 y la pasé bomba escribiéndola. Qué bien que puedo, a estas alturas de mi vida, abordar el género desde la pura alegría de la imaginación y no desde la desesperación de la emergencia. En este sentido es un mérito del proceso democratizador que estamos viviendo en América latina y me parece que la mejor lectura que yo puedo hacer de esto, caprichosamente quizás, pero a lo mejor tenga razón, es que el género llegó a Latinoamérica para quedarse, se ha puesto pantalones largos. No importa si la crítica hace mayor o menor caso, si cierto academicismo lo ignora o no. Lo cierto es que la narrativa, la ficción latinoamericana del último cuarto de siglo, por poner una cota temporal, muestra que mucho de lo mejor que se escribe en Latinoamérica es parte del género. Y con esto quiero decir que, por ejemplo, Ramón Díaz Eterovic es un gran escritor chileno, y no un gran escritor policial; cuando pienso en Manuel Vásquez Montalbán, pienso en un gran escritor español y no en un gran escritor del g´nero policial policial. Lo mismo vale para Osvaldo Soriano en Argentina. Incluso autores jóvenes como Marcelo Birmajer, Pablo de Santis, Guillermo Martínez, digamos la generación posterior a la mía, los escritores de treinta, cuarenta años, no hacen novela policial, pero la están haciendo.Y esta incorporación tenemos que celebrarla como un triunfo de la literatura, de una concepción que quizás comenzó estilística, pero que es profundamente ética. Voy a terminar citando a Ross Mac Donald, a quien tuve la suerte de conocer y entrevistar en 1978. El me dijo en esa ocasión algo que me maravilló: yo le pregunté a qué atribuía él el éxito de sus obras –me acuerdo de “Dinero Sangriento”, novela suya de enorme repercusión, de toda la saga de Lew Archer, personaje popularizado en algunas películas protagonizadas por Paul Newman. Le pregunté por qué eran tan famosos él y su literatura y a qué atribuía que tanto él como Chandler fueran tan famosos en América Latina. Y él me dijo: “porque la literatura policial que nosotros hacemos es profundamente democrática. Por eso ustedes nos leen”. |
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