|
|
|
|
|
Literatura Gonzalo Rojas: poeta de los sentidos Laura Landaeta y Sonia Lira |
|
|
|
Ad portas de recibir dos importantes reconocimientos internacionales, el chileno Gonzalo Rojas cultiva en Chillán un estilo de vida que reúne lo erótico con lo sagrado Gonzalo Rojas (80) es dueño de una genuina cama china que ocupa cuando duerme en su casa de Chillán. Sin falsos pudores, el poeta chileno se recuesta en ese mueble de casi tres siglos de antigüedad, cuyos espejos y adornos dan cuenta de un estilo de vida con una importante cuota de erotismo y sabiduría. El día de la entrevista con Qué Pasa está feliz y tiene motivos. Durante toda la tarde no para de sonar el teléfono con llamadas para felicitarlo por los dos reconocimientos internacionales que recibirá este mes: el premio "José Hernández" de manos del Presidente Carlos Menem y el "Octavio Paz de Poesía y Ensayo", cada uno dotado con US$ 100 mil. Claro que esta seguidilla de galardones puede inducir a equívocos. Y no en el sentido de que Rojas no los merezca. Por el contrario, muchos pueden pensar que sólo se trata de un tardío homenaje a un poeta octogenario cuando la verdad es que desde hace mucho que su nombre resuena en el ámbito internacional como uno de los grandes poetas iberoamericanos de esta segunda mitad de siglo. Que el autor de Contra la muerte haya cultivado en Chile una fama discreta se debe a sus años de exilio y al haber elegido una perdida ciudad sureña como lugar de residencia tras la muerte de su esposa Hilda, ocurrida hace un par de años. Se trataba de una alumna 20 años más joven, muy hermosa, autora de varios textos sobre la obra del escritor. Lo cierto es que el poeta es más conocido afuera que en su propio terruño, contrariamente a lo que ocurre con Nicanor Parra quien lo supera en popularidad dentro del país. En 1989 Rojas fue homenajeado en Alemania y en 1992 inauguró el Premio Reina Sofía de España. En este último país también hizo gala de su legendaria jovialidad cuando en 1996 obtuvo la beca Poeta en Residencia. Pero más allá de las siempre odiosas comparaciones, lo importante es que después de Huidobro, Neruda, Mistral y De Rokha, Rojas y Parra conforman los dos polos vivos del universo poético chileno. Ambos poetas mantienen relaciones cordiales, aunque distantes, con invitaciones que rara vez se concretan. "El otro día me llamó (Parra) para que fuera a almorzar", recuerda Gonzalo Rojas al consultársele sobre el particular. Al igual que los dos Premio Nobel chilenos, Rojas ha podido editar su obra gracias a sus contactos en el extranjero y a su empeño personal. De hecho, cuando en 1946 ganó un concurso de la Sociedad de Escritores de Chile cuyo premio era justamente la publicación, transcurrió más de un año "sin que pasara nada", debiendo finalmente autoeditarse en 1948. "Se dio ese fenómeno debido a que no fui figurante. (Aquí) hay que autopromoverse", responde al ser consultado sobre la razón por la que su obra es publicada por editoriales extranjeras. De esta forma fueron lanzadas Contra la muerte (1964), Oscuro (1977) y Del relámpago (1981). Luego vendrían Materia de testamento (1988), Desocupado lector (1990) y Las hermosas (1992). A esta lista se deben agregar dos antologías editadas por el Fondo de Cultura Económica. Rojas está en lo cierto cuando subraya el carácter mundano de su persona y de su obra. La gran cantidad de fotos y recuerdos que pueblan su casa chillaneja son una muestra visible de ello. Varios de estos objetos -entre los que se cuentan un telegrama enviado por Breton y numerosos recortes de prensa- se relacionan con los célebres Encuentros de Escritores Americanos que organizó en los años 60. De esta forma, un paseo por su "largurucha" residencia se transforma en una especie de viaje por el túnel del tiempo. En una de las primeras habitaciones una foto familiar le recuerda su humilde infancia en Lebu, donde nació en diciembre de 1917. "Mi padre era minero del carbón, gente humilde, gente del pueblo de Chile", explica. Más allá, una colección de más de 30 mil libros son el testimonio de una mente erudita que conoció a los clásicos grecolatinos, a los poetas franceses del siglo pasado, y a los españoles del Siglo de Oro durante su espartano internado en Concepción. Sobre su cama china un retrato de Huidobro - "un pije transgresor" que le prestaba libros y le hablaba del París del 39- demuestra la enorme influencia que ejerció entre la generación del 38, a la que Rojas pertenece. Entre la decena de grupos literarios que engendró esta promoción se encuentra el Mandrágora, la versión chilena del surrealismo de tanta importancia por esos años. La adhesión de Rojas a este grupo resulta hasta el día de hoy bastante polémica, ya que la suya sólo alcanzó a ser una militancia tangencial que culminó con su partida a las sierras de Domeyko, en Atacama, donde -según cuenta- conoció "realmente" al surrealismo. "Claro que hasta el norte me fui bien acompañado, con una muchacha hermosa de apellido británico", agrega en alusión a la madre de su primogénito Rodrigo Tomás. La mayor parte de las habitaciones están graciosamente decoradas con objetos chinos, muchos de ellos fruto de la agregaduría cultural que ejerció en el país asiático en 1970. En cambio, se observa escasa ornamentación tropical: consecuencia obvia de su accidentada incursión diplomática en Cuba en 1973. Durante el natural exilio que siguió a este episodio, el poeta inició un fecundo recorrido por universidades europeas y americanas, demostrando una tremenda sintonía con los universitarios y con los jóvenes en general. Y en su caso no sólo se trata de "juventud de espíritu", como lo demuestra la docena de flexiones diarias que realiza en una barra que instaló en la mitad del patio. "El año pasado, durante la presentación poética de Gonzalo en la Feria del Libro, el salón Pedro Prado de la Estación Mapocho estaba colmado de jóvenes. Pero eso no es todo: ellos conocían sus versos y aplaudían entusiasmados. Parecía un recital de rock", recuerda Julio Sau, gerente de la filial chilena del Fondo de Cultura Económica. A su juicio, esta anécdota confirma que el público de la poesía está conformado mayoritariamente por estudiantes. "Sin embargo, las editoriales están convencidas de que los versos son un mal negocio y que sólo interesan a los viejos", agrega. Y si bien reconoce que la publicación de poemas no es precisamente una mina de oro, Sau ha logrado agotar cuatro ediciones (de tres mil ejemplares cada una) de la Antología de aire, de Rojas. Más de un 30 por ciento de estos textos fueron "exportados" y sus lectores más fieles no pasan de los 30 años, añade. Esta influencia en las nuevas generaciones también se extiende a los escritores jóvenes chilenos. Pablo Azócar reconoce en Rojas a "su maestro" e incluso su última novela lleva como título el nombre de uno de sus poemas: El señor que aparece de espaldas (Alfaguara, 1997). Azócar recuerda su primer encuentro con el poeta: "Mi novela se la entregué por intermedio de un amigo que nos presentó. El fue amable, pero frío. Pasaron los meses y ni una sola palabra, hasta que me llamó una semana antes del lanzamiento de El señor que aparece de espaldas. Me dijo que le había encantado y que quería presentarla". El escritor califica al poeta como una persona extremadamente cariñosa, con una vida colmada de rituales que ejercita en su casa ubicada en el centro de Chillán o en otra que posee camino a las termas, conocida como El Torreón del Renegado. En su opinión se trata de un autor "quitado de bulla", lo que en ningún caso constituye un dato menor de la personalidad del poeta. En efecto, Rojas evita la polémica y ha cultivado una imagen de viejo lindo y bonachón. Por ejemplo, cuando a fines de marzo de 1996 invitó a varios poetas nacionales a una lectura de sus versos en Santiago, Rojas se refirió a Jorge Teillier como "uno que no me quiere, aunque yo lo aprecie tanto". "La relación con Jorge era de un desquerer queriendo", agrega. Enrique Lafourcade, sin embargo, piensa que se trata de un hombre "ávido de reconocimientos", aunque con méritos propios para merecerlos. "Es posible que mi percepción sea equivocada, pero mis límites me han impedido ser su amigo y entenderlo en su totalidad". Pero antes que un "viejo lindo y bonachón", Gonzalo Rojas es uno de los grandes poetas iberoamericanos del erotismo, de una sensualidad que gusta de combinar con lo numinoso, es decir, con lo sagrado y enigmático. "Tengo la impresión de que es un libidinoso sumamente casto, que se para en lo alto de la montaña y evoca con fascinación a la mujer y al cuerpo femenino", agrega Azócar. Rojas es un convencido de que para escribir sobre el erotismo hay que vivirlo, incluso místicamente. "¿O tú crees que los místicos no se encantaron?", interroga este escritor que asegura que la única utopía que queda es la utopía erótica. Este aliento vital de sus versos también se palpa en cada uno de los rincones que pueblan su casa chillaneja. No resulta antojadizo consignar que está toda pintada de verde y azul: los colores de los ojos de un perdido amor de juventud. "Yo creo en la peripecia del perdedor", agrega. Ni tampoco resulta casual que la original residencia cuente con cinco habitaciones y siete camas para ir alternando los lugares donde duerme: asegura que de esta forma se vitaliza el pensamiento. De todas las camas, el poeta demuestra un cariño especial por la que ocupara siglos atrás un chino mandarín y todavía se sorprende cuando sus espejos reflejan siete veces el cuerpo (o los cuerpos) de quien la ocupa. Unos metros más allá, un poster tamaño natural de una mujer desnuda decora lo que en otra casa podría ser una fría biblioteca. "Ella es mi bibliotecaria", declara risueño al señalar las repisas que pronto guardarán sus memorias en un nuevo libro que prepara bajo el título de Visiones |
|
|
|
|
Principal-|-Consulta
a Avizora |-Sugiera
su Sitio |
Temas Que Queman |
Libros Gratis |
|
|
|
AVIZORA |