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Goce y "locura" mística en la experiencia de Santa Teresa de Jesús
Carlos Pérez (*)

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“Mis miembros se quebraron y partieron de deseo”

Santa Teresa de Jesús y otros autores han dejado testimonios de la experiencia del éxtasis místico. Al examinar esos registros, el autor de este trabajo señala una clave de la diferencia entre las fantasías que la gente tiene y lo que Teresa llamó “gozar sin entender lo que se goza

Atractiva mujer de cuarenta y siete años, Teresa se ha dejado llevar largamente por ensoñaciones, pero esta vez la presencia es concreta: a la izquierda del lugar donde yace hay un hermoso muchacho, de rostro encendido. Entre sus manos sostiene un dardo de hierro que despide fuego por la punta, con el que le penetra el corazón hasta alcanzar sus entrañas; lo mete y lo saca en gozoso vaivén. Cuando lo retira, ella, encendida de amor, siente que su intimidad se escurre por la herida. Trasportada de dolor y placer gime, deseando no la abandone tan excelso sentimiento. Los días siguientes la sumergen en un glorioso embotamiento de pena y felicidad, por fuera del hábito cotidiano.
Además del relato que la propia Teresa hiciera en su autobiografía (Libro de la Vida, capítulo 29. Monte Carmelo, Burgos, 1999), Bernini inmortalizó la transverberación en una célebre escultura. Hija de don Alonso Sánchez de Cepeda y Beatriz de Ahumada, la familia habría comprado a precio alto un linaje de antiguo cristianismo para ocultar la sangre judía, luego de que el padre de Alonso sufriese la condena del tribunal inquisitorial de Toledo, acusado de “herético y apóstata en contra de (nuestra) Santa Fe católica” y le colgaran la túnica amarilla del oprobio, el sambenito. Desde mucho antes de 1515, año del nacimiento de Teresa, los Sánchez de Cepeda estaban radicados en Avila, escapando al pasado. Esto posibilitó que, al momento de ser visitada por el serafín, Teresa tuviese más de veinte años de monja sin que nadie objetara su ascendencia. La posteridad la conoció como santa Teresa de Jesús.
No es éste un relato único de experiencia mística de subido tono erótico. En el siglo XIII, Angela de Foligno escribía: “Yo diría, si queréis, que el amor tomó, al tocarme, la apariencia de una guadaña. Me pareció que un instrumento cortante me tocaba, después se retiraba, al no penetrar tanto para dejarse entrever. Yo estaba llena de amor, estaba colmada de una plenitud inestimable. Pero escuchad el secreto: esta saciedad engendró un hambre indecible, y mis miembros se quebraron y se partieron de deseo, y yo languidecí, yo languidecí por lo que está del otro lado. Ni ver, ni escuchar, ni sentir la criatura. ¡Oh silencio! ¡Silencio! El amor se acercaba, me hizo una quemadura más ardiente, y luego ahí estaba el deseo, el deseo de ir allí donde él está... Me habrían hecho un mal horrible si me hubiesen contado la Pasión, o si hubieran nombrado a Dios delante de mí, porque al oír ese nombre me deleito con un gozo tan infinito que me siento crucificada de languidez y de amor”.
O Catalina de Siena en el siglo XIV, cuyas visiones, luego de que Jesús se le apareciera durante años, culminaron la vez que el amado le abrió el pecho, le extrajo el corazón, se quitó el suyo y se lo introdujo, para luego colocarse el de ella.
Estos testimonios no pueden menos que hacernos pensar en las posesiones demoníacas, que hicieran correr ríos de tinta desde el medioevo a esta parte. Los inquisidores, junto con las autoridades eclesiásticas, lo tuvieron en cuenta: una cosa era el Señor de la Luz y otra el de las Tinieblas, una el Bien y otra el Mal. Teresa lo dejó consignado: “Hartas afrentas y trabajos he pasado en decirlo, y hartos temores y hartas persecuciones. Tan ciertos les parecía que tenía demonio que me querían conjurar algunas personas... Como las visiones fueron creciendo, uno de ellos que antes me ayudaba (que era quien me confesaba algunas veces que no podía ser el ministro), comenzó a decir que claro era el demonio”. La misma Teresa comenzó a dudar, atacada por “mil dudas y mil perplejidades”. Sus visitantes no sólo eran angélicos, también la acechaban seres repugnantes y llegó a verse rodeada por una multitud de ellos. Se defendía con agua bendita: “De la cruz también huyen, mas vuelven. Debe ser grande la virtud del agua bendita. Para mí es particular y muy conocida consolación que siente mi alma cuando lo tomo” (luego se verá la importancia de esta agua con relación a la anorexia). ¿Es acaso el Dios de estas místicas alucinadas un celestial fornicador, no muy distinto del Demonio que los inquisidores creían descubrir en las desgraciadas que llamaban brujas? Difícil negarlo y, si quisiéramos decirlo con un término menos prosaico, a cada momento encontramos a estas locas dispuestas a entregarse a su Divino Goce. Conste que lo de “locas” no es invención mía, Teresa se refiere a ello: “Muchas veces estaba así como desatinada y embriagada en este amor, y jamás había podido entender cómo era... Cuando esto escribo no estoy fuera de esta santa locura celestial... Suplico a vuestra merced seamos todos locos por amor de quien por nosotros se lo llamaron”. Otras veces, la locura quedaba del lado maléfico: “Mas este entendimiento está tan perdido, que no parece sino un loco furioso que nadie le puede atar... Miro qué sería si me viesen este desvarío las personas que me tienen por buena”.
Y no fueron sólo mujeres quienes escribieron relatos de entrega mística, también los hallamos en los célebres poemas de San Juan de la Cruz, quien colocó el alma en posición femenina, llamándola “esposa”, confiriendo a Dios el carácter de “esposo” en divino matrimonio, como en los fragmentos que siguen de su “Cántico espiritual (canciones entre el alma y el esposo)”. Pero antes de ir a la cita acoto algo crucial: la alegoría religiosa no es del poema; aparece cuando a pedido de otras personas el autor se ve necesitado de producir un sentido sujetado al dogma.
Esposa
¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con
/gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.
....................
Esposo
Entrándose ha la esposa
en el ameno huerto deseado,
y a su sabor reposa,
el cuello reclinado
sobre los dulces brazos
/del Amado.
......................
Esposa
Gocémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu
/hermosura
al monte y al collado
do mana el agua pura;
entremos más adentro en
/la espesura
Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos
/iremos,
que están bien escondidas,
y allí nos encontraremos,
y el mosto de granadas
/gustaremos.
Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías
allí tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día.

Menos suerte tuvo aquel otro, hijo de un médico llamado Gottlieb –significa “querido de Dios”–, que alcanzara la fama con sus métodos para la formación armónica de los jóvenes. No sabemos con qué grado de influencia del literal nombre del padre, este hijo de un amado de Dios entendió que era preciso colocarse en posición de mujer para recibir los efluvios divinos. Más sutil que Teresa o que Angela, no esperaba ser penetrado por un hierro candente o una guadaña sino por rayos divinos.También él, como Teresa, escribió sus Memorias, aunque sin contar con el favor de una clausura monacal que diera respaldo a sus visiones se vio confinado en asilos para alienados mentales. Daniel Paul Schreber –sobre quien Freud escribió un célebre texto– no fue canonizado en santidad sino como psicótico –dementia paranoides, porque a los delirios, dentro o fuera de la Iglesia, parece convenirles el latín–.
Basten las mencionadas referencias para llegar a la siguiente pregunta: ¿debemos entender de este modo la experiencia mística? Si la cosa fuera así, los freudianos Estudios sobre la histeria podrían haber tenido un capítulo más, tal vez titulado Locura mística y psicosis histérica. Y conste que no faltaban argumentos; al pasar acoto que entre sus múltiples padecimientos Teresa sufrió, cuando era una hermosa veinteañera, al menos tres años de anorexia, vómitos matinales que se extenderían mucho más, a pesar de haberlos interpretado ella misma: “Que con una sola gota que gusta un alma de esta agua de él, parece asco todo lo de acá”. También padeció desmayos, parálisis que la mantenían postrada (tan sólo movía un dedo de la mano derecha) hasta culminar en una suerte de catalepsia por la que llegaron a diagnosticar su muerte y preparar la tumba para enterrarla. Tiempo después, Teresa escribió: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero”.
Pero nada de esto hay en la obra de Freud. Cierta vez, Romain Rolland le escribió para reprocharle que en su estudio de la religión –Freud le había obsequiado El porvenir de una ilusión– no considerara el fundamento místico de todo afán religioso, que el escritor llamaba “sentimiento oceánico”. Lacónico, Freud le respondió que el misticismo era para él un “libro cerrado”. Dejando de lado cualquier alusión biográfica, propongo tomar esta expresión para aventurar la siguiente hipótesis: ¿y si la experiencia mística fuera un libro que no se abre a la lectura, un “ombligo de sueño”? Sabido es que con este concepto Freud se refiere a una particularidad de los sueños: en ellos suele haber un momento en que la figuración onírica se vuelve más intensa. Precisamente allí, subrayó Freud, debemos suspender el intento interpretativo porque es donde las representaciones se pierden en lo ignorado, y desde ese lugar de absoluto desconocimiento surge el deseo como el hongo de su micelio. El despliegue de representaciones que puede rastrearse en un análisis tiene su ombligo, como el centro de un remolino, en aquello de lo que nada puede decirse; no es aventurado sospechar que el trabajo del sueño, su propio transcurso, no sea sino un modo de disponer figuraciones que giran alrededor de un vacío.
Volvamos ahora a los relatos ya considerados: hijos de una severa formación religiosa que coloca en primer plano la noción de pecado, la censura moral que repudia el erotismo, no puede extrañar que a la manera de los sueños den curso, al intentar dar cuenta del trance místico, a toda la gama de expresiones que han de moverse entre sordos impulsos que reviven el Mal entramado con el Bien Supremo al momento de la ilusoria entrega al Señor. En tanto el goce, verdadero ombligo, permanece como el centro vacío de lo que pueda decirse desde una organización de sentido.
Una cosa es el gozo iluminado y otra lo que de él resulte al querer narrarlo a los demás o encerrarlo en un concepto moral. En esto, Federico García Lorca ubica la cifra del enigma: “No creo que ningún gran artista trabaje en estado de fiebre. Aun los místicos, trabajan cuando ya la inefable paloma del Espíritu Santo abandona sus celdas y se va perdiendo por las nubes. Se vuelve de la inspiración como se vuelve de un país extranjero. El poema es la narración del viaje” (La imagen poética en Góngora, pp. 78 y 79 de las Obras completas, Aguilar, Madrid, 1955). A esa extranjería las mentes religiosas la llamaron Dios y trataron de expurgarle el aspecto demoníaco, en tanto las mujeres presas del tormento de la Inquisición no tuvieron otra alternativa que atribuirlo a Satán. Más allá de los apelativos, más allá del Bien y del Mal, el exceso perdura en las desgarradoras constancias de los testimonios. Sorprende que los místicos de confesión religiosa lo hayan sabido para luego desmentirlo con el dogma. Teresa es rotunda al referirse al éxtasis: “Acá no hay sentir, sino gozar sin entender lo que se goza. Entiéndese que se goza un bien, adonde juntos se encierran todos los bienes, mas no se comprende este bien. Ocúpanse todos los sentidos en este gozo, de manera que no queda ninguno desocupado para poder en otra cosa, exterior ni interiormente”.
Libro cerrado, ombligo de sueño, extranjería, el goce incita una y otra vez a emprender narraciones de viaje, ilusionando a esas tremendas mujeres, locas divinas, con un camino de cilicio y meta celestial

(*) Autor de Placer Poder Erotismo (Letra Viva, 2003

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