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Fuente: Poéticas
Antología de la Poesía Universal
Konstandinos Kavafis (1863-1933) nació y murió en
Alejandría. Fue el último, de nueve hijos, de una pareja de prósperos
comerciantes fanariotas de Constantinopla. Su padre, Pedro Kavafis, se
había casado a mediados de siglo con una muchacha de catorce años,
Khariklia Potiadis, hija de un rico mercader en diamantes que decía
descender de un obispo de Cesárea y de un príncipe de Samos. Después
de su matrimonio se estableció en Liverpool, donde tenía una casa de
exportación de telas e importación de algodón. En mil ochocientos
cincuenta y cuatro se mudaron a Alejandría para establecer una sucursal
de su negocio. Pedro Kavafis murió en mil ochocientos setenta, cuando
Konstandinos tenía siete, dejando una escasa fortuna, luego de haber
sido uno de los más ricos comerciantes de la ciudad. Tres años
después, Khariklia decidió regresar a Liverpool en un intento por
rehacer la fortuna de su marido, pero la inexperiencia de sus hijos los
llevó a la ruina definitiva, teniendo que volver a Alejandría en mil
ochocientos setenta y nueve.
Los siete años que Kavafis pasó en Inglaterra -entre los nueve y los
dieciséis-, fueron definitivos para su formación. Aprendió inglés,
conoció las costumbres victorianas, escribió sus primeros poemas y se
familiarizó con los escritos de Shakespeare, Browning y Wilde, de
quienes hay resonancias en sus versos.
Al regreso de Alejandría desde Constantinopla, en mil ochocientos
ochenta y cinco, donde habían ido con Khariklia antes del bombardeo y
ocupación inglesa de la ciudad, tenía veintidós años y allí
viviría el resto de su vida. Su origen, educación y luego su pobreza
no impidieron a Kavafis hacer vida social entre la comunidad griega de
la ciudad, sin que por ello dejase de sentirse extrañado. Sabemos que
en su juventud tuvo un carnet de periodista y trabajó para un diario
local; que durante cinco años fue corredor de bolsa y que escribió, a
finales de los ochentas, algunos artículos en inglés contra el
imperialismo británico, como el que reclama la devolución de los
mármoles Elgin. Según Timos Málanos, en ésta época Kavafis vivió
largos y angustiosos períodos de identidad sexual que sólo calmaba con
alguna visita a los burdeles para bisexuales y sus escasos affaires
d'amour en el barrio Attarine, donde iba con un sirviente que vigilaba
las posibles apariciones de su madre, con quien vivió hasta mil
ochocientos noventa y nueve, año de su fallecimiento.
Kavafis tuvo pocos amigos en su juventud. Aparte de su prolongada
amistad con Pericles Anastasiades, sólo cuando tuvo treinta y ocho
años conoció, en un viaje a Atenas, a Gregory Xenopoulos, y no fue
hasta los años de la primera guerra cuando entró en comercio con
hombres de su altura, como Robin Furness, John Forsdyke o E.M. Forster,
que trabajaba para la Cruz Roja y quien hizo conocer su obra en el mundo
inglés.
Sus primeros sueldos regulares comenzó a ganarlos pasados los treinta,
luego de trabajar gratis por tres años, a la espera de una vacante, en
el Ministerio de Riegos, donde copiaba informes, llevaba cuentas
bancarias, manejaba la correspondencia extranjera y traducía
documentos. Trabajo que conservó por treinta años, hasta mil
novecientos veintidós, cuando se retiró, y que siendo tedioso, le
permitió tener las tardes y las noches libres.
Más allá de lo que suele pensarse después de leer sus poemas
eróticos, la vida alejandrina de Kavafis fue poco dramática, incluso
su aislamiento literario, que consideró no del todo desventajoso para
el crecimiento de su obra. En un comentario acerca de la indiferencia de
los griegos por la literatura, escrito en mil novecientos siete, Kavafis
resalta lo importante que es para el escritor la independencia de sus
lectores:
«Pero al lado de todo lo desagradable y hostil de la situación,
cada día peor, déjeme anotar -como una muestra de alivio en nuestras
miserias-, una ventaja. La ventaja es la independencia intelectual que
se garantiza. Cuando un escritor sabe bien que unos pocos ejemplares
serán vendidos, gana una gran independencia para su trabajo creador. El
escritor que tiene la seguridad, o al menos la posibilidad de vender
toda su edición, y quizás futuras ediciones, no pocas veces es
influenciado por las futuras ventas. Casi sin saberlo, sin pensarlo,
habrán circunstancias cuando conociendo lo que el público piensa, lo
que gusta y compraría hará algunos pequeños sacrificios, escribirá
está frase un poco diferente, dejará fuera aquello. Y no hay nada más
destructivo para el arte, tiemblo con sólo pensarlo, cuando una frase
debe ser cambiada, cuando hay que omitir algo.»
Quizá por está, y otras razones de índole social, Kavafis murió sin
ofrecer un volumen al público. Tuvo el valor de elegir sus lectores,
entregando mínimos ejemplos de su obra a quienes le visitaban o a
aquellos que consideraba podían comprender lo que hacía. Entre mil
ochocientos noventa y uno y mil novecientos cuatro imprimió seis poemas
de los ciento ochenta que tenía escritos; en mil novecientos cuatro,
catorce, y en mil novecientos diez, veintiuno, de los doscientos veinte
que contenían sus archivos. Esas escasas muestras llamaron la atención
de algunos escritores alejandrinos y de otros en Atenas, especialmente
entre los jóvenes. A finales de la primera década del siglo, los
editores de Nea Zoe solicitaban sus poemas, así como los de Grammata.
De allí en adelante Kavafis gozaría de cierto prestigio local, nada
despreciable, en una Alejandría donde según Kostas Ouranis vivían, en
esos años de entreguerras los mejores escritores griegos de su tiempo.
Después de la muerte de su madre, Kavafis mantuvo poca relación con
sus dos hermanos sobrevivientes. Según Liddell , el poeta, bien entrado
el nuevo siglo, parecía estar de vuelta de las pasiones. Pero si ellas
se iban diluyendo con la madurez, su círculo de amigos y admiradores se
ampliaba. Aparte de Anastasiades, pintor y hombre de negocios, tenía
cerca al coleccionista de arte Antonio Bekani, a su hermana Penélope y
el historiador Kristoforo Nomikos.
En materia de gustos literarios, prefería Grammata, algunos de cuyos
editores habían pertenecido a Nea Zoe. Está última se inclinaba por
la estética de Kostas Palamas, pero su relación con Grammata duró
poco, quizá porque Miguel Peridis, luego uno de sus admiradores, en
plena juventud escribió una nota contra la poesía de Kavafis, diciendo
que su prestigio terminaría con la muerte del autor. Palamas era un
hombre influyente y vivía en Atenas. Para José Angel Valente, «en
cierto modo Kavafis es la contrafigura de Palamas. Al alto vuelo y a la
abundante retórica de éste opone espontáneamente Kavafis un tono
menor, la concisión y el tratamiento oblicuo de los grandes temas.
Palamas es el poeta de la conciencia nacional y de la aspiración a
formas de perfección absoluta; Kavafis es el poeta de la historia,
concebida como un mecanismo implacable en cuyos engranajes se inserta,
con sentido o como un contrasentido, el drama de la conciencia
personal».
Este recuento tiene que ver con el debate, de carácter aparentemente
lingüístico, que venía ocurriendo en Grecia a comienzos de siglo. La
polémica en torno al dilema -lengua popular/lengua culta- había
comenzado con la aparición, en mil novecientos uno, en Acrópolis, de
Atenas, de una serie de traducciones del Nuevo Testamento al demótico.
En mil novecientos tres los debates volvieron a presentarse a raíz de
la publicación de la trilogía de Esquilo y así, hasta mil novecientos
diecisiete cuando el gobierno aceptó la enseñanza del demótico en las
escuelas públicas.
A Kavafis lo tocaba de cerca el asunto. Desde sus primeros poemas había
estado escribiendo en una rara mezcla de ambos, dando énfasis al
demótico. Por eso Kavafis parece hoy un poeta más popular que culto.
Su desdén por la poesía culta llegaba a extremos como el de
ridiculizar, la obra de Palamas, llamando a cierta clase de alcohol,
whisky Palamas, si creemos a Liddell:
«No se puede negar que algunos jóvenes venían a la calle Lepsius
para admirarle, como para burlarse de él. Los atraía también la
generosidad del poeta con el whisky. Tenía, no obstante, cuidado de
darles el mejor. Me han contado que una vez, al ofrecerle una copa al
pintor Zacynthinos y éste procediera a servirse, Kavafis le detuvo
diciendo: «ese es el whisky Palamas», y continúo: «como estamos
solos le daré algo mejor».
La moderna Alejandría, dice Forster, difícilmente podría considerarse
una ciudad para el espíritu. En una nota del veintiocho de abril de mil
novecientos siete, Kavafis manifiesta el disgusto de vivir en una ciudad
tan ajena al concepto cosmopolita de Londres o París:
«Ya me he acostumbrado a Alejandría, y es verdad que aunque fuese
rico, aquí me quedaría. A pesar de esto, cómo me disgusta esta
ciudad. Qué problemática, qué carga son las ciudades pequeñas
-cuánta falta de libertad. Aquí me quedaré, otra vez no estoy tan
seguro de lo que quiero-, porque es como mi país natal, porque está
ligada a mis recuerdos. Pero cómo un hombre como yo -tan distinto-
necesita una gran ciudad. Londres digamos. Cuando llegan las… de la
noche, pasa continuamente por mi mente.»
Alejandría, que en su época heroica llegó a tener más de seiscientos
mil habitantes, en los tiempos de la juventud de Kavafis escasamente
llegaba a los trescientos mil, una cuarta parte de ellos extranjeros:
armenios, griegos, sirios, italianos, franceses, ingleses, alemanes.
Alejandro de Macedonia fundó esta ciudad Al-Iskandariyah, en el
invierno del trescientos treinta y dos antes de Cristo. Ordenó el
trazado a Dinocrates, que había adquirido reputación por la
restauración del templo de Diana, en Efeso. Fue levantada con calles
paralelas, una de las cuales tenía setenta metros de ancho e iba desde
la puerta Canópica hasta la necrópolis y estaba decorada con
espléndidas casas, templos y edificios públicos. Tenía tres barrios:
el Regio Judeorum, el Rakotes o barrio egipcio, donde estaba el templo
de Serapión, y el Brukeum o real barrio griego donde estaban los
palacios de los Ptolomeos, la biblioteca, el museo, la universidad, las
salas de conferencias, el templo de los Césares y la corte de justicia.
Al lado este de la isla Pharos estaba la torre de mármol blanco, de
ciento veinte metros, que hizo levantar Ptolomeo Sotir para descubrir
naves a cien millas de altamar. Amru pudo decir a Omar, en el
seiscientos cuarenta y dos, que la ciudad tenía cuatro mil palacios,
cuatro mil baños, doce mil comerciantes en aceite, doce mil jardineros,
cuatro mil judíos que pagaban impuestos y cuatrocientos teatros o
sitios de diversión.
Al califa y su lugarteniente debemos la desaparición de la biblioteca.
Según Abulfaragius, Juan el Gramático quería que Amru le regalará la
biblioteca. Este respondió que él no podía decidir y tenía que
escribir al califa. Omar respondió diciendo que si esos libros
contenían las mismas doctrinas del Quran, no debían usarse porque El
Libro las contiene todas, pero si contenían doctrinas distintas,
debían ser destruidos. Sin pensarlo dos veces, Amru ordenó quemar los
libros, que ardieron por seis meses alimentando el fuego que calentaba
las aguas de los cuatro mil baños.
El renacimiento moderno tuvo lugar bajo el virreinato de Muhemad Alí
Pasha. La apertura del canal del Suez atrajo numerosos comerciantes y
especuladores, entre ellos el padre del poeta, que estaban encantados
con los privilegios de explotación del comercio con la India y la
exportación de algodón a Europa. De doce mil habitantes que tenía en
mil ochocientos treinta y dos, pasó a doscientos treinta y tres mil en
mil ochocientos ochenta y dos, cuando fue bombardeada y atacada por los
ingleses que se quedaron hasta mil novecientos treinta y dos, un año
antes de la muerte de Kavafis. Alejandría se había convertido en lo
que es hoy: la ciudad de veraneo de los cairotas. Al morir Kavafis,
tenía cerca del medio millón de habitantes. La novena edición de la
Encyclopaedia la describe así:
«La apariencia general es sin dudas chocante y sus alrededores son
arenosos, monótonos y estériles. Antiguamente estuvo rodeada por muros
, pero en varias partes han sido destruidos para dar paso a mejoras. En
el barrio turco las calles son estrechas, irregulares y sucias; las
casas ruines y mal construidas. El barrio francés, de otro lado, tiene
la apariencia de un barrio europeo, con hermosas calles y plazas y
excelentes tiendas. Las calles han mejorado mucho con la pavimentación.
Los principales hoteles, tiendas y oficinas están en la Gran Plaza,
cuyo centro tiene un agradable paseo con árboles y bien provistos de
sillas. Hay también una fuente en cada esquina. En los suburbios hay
numerosas y bellas vistas, con hermosos jardines. Entre los principales
edificios públicos están el palacio del Pasha, el arsenal naval, la
aduana, la bolsa, dos teatros, varias mezquitas, iglesias y conventos.
Hay una importante escuela naval y numerosas otras instituciones
educativas. Entre las instituciones de caridad vale mencionar el
hospital de los Diáconos del Kaiser. Las principales calles, plazas y
estaciones del tren están iluminadas con gas.
Entre las reliquias que aún pueden verse están los dos obeliscos
conocidos como Las agujas de Cleopatra, traídos de Heliópolis a
Alejandría durante el reinado de Tiberio, y erigidos frente al templo
del César. Son de granito rojo y están cubiertos de jeroglíficos.
Cerca a los obeliscos están las ruinas de una antigua torre redonda,
llamada Torre Romana. Pero el más impresionante de todos es el
estilizado Pilar de Pompeyo. Por la descripción parece que fue
levantado en honor del emperador Dioclesiano y tuvo sobre sí una
estatua del monarca. Al suroeste están las catacumbas, que sirvieron de
cementerios y se construyeron excavando en las rocas calcáreas que
forman la playa. Una de ellas tiene una cámara que es memorable por su
elegancia.
El clima es saludable y templado. El sopor del verano lo aligeran los
vientos que vienen del noroeste y así duran los nueve meses. En
invierno caen las lluvias y la atmósfera queda húmeda para el resto
del año, saturada por el vapor salino que trae el mar.»
A esta ciudad, a su historia, sus glorias y en especial a la vida que le
había procurado en su comercio con las gentes de los barrios populares,
las concurridas fiestas callejeras, cafés y hoteles de una noche,
dedicó Kavafis su obra, a pesar de que muchos de sus textos toquen
asuntos del mundo helénico, bizantino o persa. No hay duda que sus
mejores momentos los alcanza cuando el paisaje del poema es Alejandría.
Kavafis creó la ciudad en la poesía contemporánea. «Yo soy, —dijo
refiriéndose al barrio de mala muerte donde vivía-, el espíritu.
Fuera está cuerpo».
Seis de sus poemas más populares, que tienen a Alejandría como
metáfora del destino, fueron escritos cuando no llegaba a los treinta y
cinco años. Como muchos de sus poemas juveniles -la juventud poética
de Kavafis oscila entre sus treinta y cuarenta y cinco años-, usan una
imaginada historia para compartir el dolor, la desazón de vivir en un
mundo ineludible. El más antiguo, Velas, pone en escena el temor al
futuro:
Frente a nosotros,
como una fila de velas encendidas,
-radiantes, cálidas y vivas-
están los días del futuro.
Los días del pasado son
esas velas apagadas.
Las más cercanas todavía humeantes,
las más lejanas encorvadas, frías,
derretidas.
No quiero verlas. Me entristece
recordar su brillo.
Frente a mí miro las velas encendidas.
No quiero mirar hacia atrás y asustarme:
cuán rápido la negra fila avanza,
cuán rápido las velas apagadas crecen.
Si las velas, en sus sucesivas desapariciones son las
distintas vidas de nuestro pasado, el viaje de Ulises a la búsqueda del
hogar y el amor, que Penélope conserva tejiendo y destejiendo los
días, más que las experiencias de un cuerpo que se agota como las
luces individuales de las lámparas, es una búsqueda y comprensión de
aquellos que hemos sido. Ulises prudente frente a Aquiles desmesurado,
cálculos precavidos del procedimiento más oportuno frente a una
carrera precipitada por el camino más corto, la vida debe ser una
continua búsqueda del significado del viaje hacia Itaca, tocando
distintos puertos, conociendo como premio por la paciencia el amor de
una joven, Nausícaa, y partiendo otra vez, hasta llegar al puerto que
el destino designa como fin de la peregrinación para llegar a la
sabiduría.
Cuando partas hacia Itaca
pide que tu camino sea largo
y rico en aventuras y conocimiento.
A Lestrigones, Cíclopes
y furioso Poseidón no temas,
en tu camino no los encontrarás
mientras en alto mantengas tu pensamiento,
mientras una extraña sensación
invada tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones, Cíclopes
y fiero Poseidón no encontrarás
si no los llevas en tu alma,
si no es tu alma que ante ti los pone.
Pide que tu camino sea largo.
Que muchas mañanas de verano hayan en tu ruta
cuando con placer, con alegría
arribes a puertos nunca vistos.
Detente en los mercados fenicios
para comprar finos objetos:
madreperla y coral, ámbar y ébano,
sensuales perfumes, -tantos como puedas-
y visita numerosas ciudades egipcias
para aprender de sus sabios.
Lleva a Itaca siempre en tu pensamiento,
llegar a ella es tu destino.
No apresures el viaje,
mejor que dure muchos años
y viejo seas cuando a ella llegues,
rico con lo que has ganado en el camino
sin esperar que Itaca te recompense.
A Itaca debes el maravilloso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino
y ahora nada tiene para ofrecerte.
Si pobre la encuentras, Itaca no te engañó.
Hoy que eres sabio, y en experiencias rico,
comprendes qué significan las Itacas.
Terminado el viaje, consciente o no, en la ciudad que
cada uno llevamos, terminaremos nuestros días. Consumido el tiempo que
nos fue dado, si no alcanzamos la riqueza que da el conocimiento, no
habrá nuevos puertos y todas la partidas serán inútiles:
Dices:
«Iré a otra tierra, a otro mar,
otra ciudad mejor que ésta encontraré.
Todos mis esfuerzos son una condena y
casi muerto está mi corazón.
¿Hasta cuándo podré, aquí, languidecer?
Adonde vea, cualquier cosa que mire,
veo las negras ruinas de mi vida aquí
donde he gastado tantos años,
desperdiciados, destruídos totalmente»
No encontrarás otra tierra, otro mar.
La ciudad te perseguirá.
Caminarás las mismas calles, envejecerás en los mismos barrios,
en las mismas casas encanecerás.
Aquí terminarás, no esperes nada mejor.
No hay barco para ti, no hay camino.
Como has destruido aquí tu vida,
en esta angosta esquina de la tierra,
así las has destruido en todo el mundo.
Muros, Ventanas y Monotonía son testimonio de la
hostilidad social que padecía Kavafis al finalizar el siglo.
Un monótono día sigue a otro
igualmente monótono.
Sucederán las mismas cosas una y otra vez,
los mismos momentos van y vienen,
un mes viene tras otro
y es fácil decir qué sucederá:
Las mismas cosas de ayer
y la mañana nunca parece el mañana.
El dios que abandona a Antonio culmina esta serie de
poemas donde Alejandría es sinónimo del destino. Kavafis logró con
este texto uno de los tonos más altos, utilizando como asunto un decir
que aparece en Vida de Antonio, de Plutarco, según el cual una ruidosa
manifestación anunció su muerte.
Marco Antonio había conocido a Cleopatra en el cuarenta y uno, en
Sicilia, y pasó con ella un verano después de la componenda Triumviri
republicae constituendae, con la cual Antonio, Lepidus y Octavio se
repartieron el imperio tras el asesinato del dictador a manos de Bruto.
En una visita que había hecho a Atenas en el treinta y nueve, Marco
Antonio se comportó como si fuese Dionisios, dios al que había siempre
querido parecerse. Por eso dice Plutarco: «a los que dan valor estas
cosas les parece que fue una señal dada a Antonio de que era abandonado
por aquel dios a quien hizo siempre ostentación de parecerse, y en
quien más particularmente confiaba». Antonio había abandonado sus
dioses, a sus mujeres y herederos, a Fadia, Antonia, Fulvia y Octavia
por su pasión por Cleopatra, cuyos hijos había designado sucesores.
Alejandría, a quien había elegido como nueva patria, y Cleopatra, su
diosa, parecían abandonarlo en su hora definitiva. Shakespeare
interpreta su destino como una tragedia de equívocos; Kavafis como el
único recurso que resta a un falto de carácter: la muerte sin gloria.
A medianoche, cuando oigas de repente
una invisible procesión que pasa
acompañada de exquisitas músicas y voces
no lamentes -en vano- las suerte que pierdes:
tus trabajos perdidos, tus planes
que terminaron en deseos.
Como quien lo esperaba, con valor.
di adiós, a Alejandría, que se aleja.
No te engañes, no digas que es un sueño.
que tu oído se equivoca.
No te engañes en vanas esperanzas.
Como quien lo esperaba, con valor,
como corresponde a alguien que merecía
una ciudad como ésta,
con paso firme acércate a la ventana
y escucha, con profunda emoción,
sin lamentos, sin súplicas cobardes,
como un último placer, los sonidos.
los maravillosos instrumentos, de esta secreta procesión,
y di adiós a Alejandría que así pierdes.
Apoleipei o Theos Antoniom
En la búsqueda de los medios para expresar sus
sentimientos eróticos o representar los dobles parámetros de la
sociedad para juzgar las pasiones del individuo, Kavafis usó durante
algún tiempo de asuntos históricos, una veces reales, otras creados.
Ese segundo grupo de poemas donde Kavafis quiere confesarse ha sido
llamado por Keeley, la Alejandría mítica, frente a la Alejandría del
destino del primer grupo. Semihistóricos las más de las veces, poco a
poco Kavafis va despojándose de los destinos colectivos para confesar
unas historias personales que concluyen en el anonimato; los
protagonistas, más que ellos, deben ser nosotros.
Myrtias, un sirio del siglo cuarto, en Pensamientos peligrosos, cree que
mediante la voluntad y el estudio podrá reencontrar el camino del
ascetismo, perdido en su constante práctica de los placeres griegos.
Iantes, en De los hebreos, año cincuenta, tampoco puede vencer con la
voluntad las costumbres de la ciudad:
Pintor y poeta, corredor y lanzador de disco,
bello como Endimión, Ianthis, hijo de Antonio,
de familia muy afecta a la sinagoga.
«Mis mejores días son aquellos
cuando suspendo la búsqueda de la sensual belleza,
cuando abandono el elegante y difícil culto al helenismo,
con su extremada devoción
a los bien formados, corruptibles miembros,
y me transformo en quien quisiera ser:
un hijo de hebreos, los sagrados hebreos».
No pudo cumplir sus deseos.
El hedonismo y el arte de Alejandría
hicieron de él un hijo predilecto.
Exiliados responde al postulado kavafiano de las
posibilidades históricas. El episodio tiene lugar durante la ocupación
árabe de Alejandría e inmediatamente después de la muerte del
emperador bizantino Miguel III a manos del coemperador Basil I,
restaurador de la dinastía macedónica. Los enemigos de Basil y los
seguidores de Photio, patriarca de Constantinopla depuesto por el nuevo
emperador, confían vencer al tirano, pero esa confianza en el destino
es la ironía que hace memorable el poema:
Aún sigue siendo Alejandría. Caminas un poco
a lo largo de la calle que lleva al hipódromo
y puedes ver palacetes y monumentos que te asombran.
A pesar de las guerras, a pesar de lo pequeña que es ahora,
sigue siendo una ciudad maravillosa.
Con excursiones, libros y
estudios el tiempo va pasando.
Cuando cae la tarde, nos reunimos frente al mar,
nosotros cinco (todos, claro, con nombres falsos)
y algunos de los griegos
que aún quedan en la ciudad.
Algunas veces hablamos de asuntos religiosos
(la gente aquí parece inclinarse hacia Roma)
y otros, de literatura.
El otro día leimos unos versos de Nonnos:
¡cuánta imaginación, qué ritmo, qué armonía!
Entusiasmados, como admiramos al Panopolitano.
Así pasan los días y nuestra estadía
no es desagradable porque, naturalmente,
no va a ser para siempre.
Hemos tenido buenas noticias: si nada sucede,
de lo que está en marcha en Smirna,
entonces, en abril nuestros amigos irán a Epiros.
Así, de una forma u otra nuestros planes se realizarán,
y fácilmente derrocaremos a Basil.
Cuando lo hagamos, llegará al fin, nuestro turno.
Cesarión es Ptolomeo XVI, hijo de César y Cleopatra.
En el treinta y cuatro, Antonio lo hizo Rey de Reyes, pero Octavio,
haciéndole regresar a Alejandría con engaños, le dio muerte. Se dice
que siguió al pie de la letra las palabras de Homero (Ilíada, II,
204): No están los tiempos como para muchos Césares. Kavafis crea la
imagen de este muchacho cuyo destino estaba marcado. Poema
erótico-histórico que le permite darle un rostro y unos miembros
acordes a su deseo. Cesarión, que en la historia es unas pocas líneas,
gracias a la poesía queda inmortalizado, con una belleza y un pavor que
quizá no conoció el pequeño César a la hora de su muerte.
En parte para verificar los sucesos de cierto período,
en parte para matar una hora o dos,
anoche tomé y leí
un volumen de inscripciones sobre los Ptolomeos.
Los elogios pródigos y las lisonjas son idénticas
para cada uno. Todos son brillantes,
gloriosos, poderosos, benévolos;
cada cosa que emprenden está llena de sabiduría.
Otro tanto para las mujeres de su tiempo, Berenices y Cleopatras,
ellas también, todas, son maravillosas.
Cuando encontré los datos que quería
iba a dejar el libro, pero una rápida
e insignificante mención al rey Cesarión
llamó mi atención...
Así llegaste con tu indefinible encanto.
Poco se ha escrito de ti en la historia,
y puedo modelarte libremente en mi mente.
Te hice bien parecido y sensible.
Mi arte da a tu rostro
una soñada, atractiva belleza.
Y tan bien te imaginé
que ayer, en alta noche,
mientras mi lámpara se apagaba -deliberadamente dejé que se apagara-
creí que entrabas en mi cuarto,
creí que ante mí estabas, como has debido estar
en esa vencida Alejandría que perdías,
pálido y agotado, perfecto en el dolor,
esperando que de ti se apiadasen
los abyectos que murmuraron: «demasiados Césares».
Los epitafios a Ignacio, Lanis y Iasis cuentan cómo
han padecido la influencia de la libre vida alejandrina. Ignacio muere
Ignacio, pero había sido Kleón, famoso por sus bienes y belleza; Lanis
no quiso prestar su cuerpo para la creación de un nuevo arquetipo, y
Iasis fue consumido por las llamas de los vicios alejandrinos. Todos
piden clemencia a quien lea las inscripciones de sus tumbas.
Aquel Lanis que amaste no está aquí, Marcos,
en esta tumba donde vienes a llorar y permaneces.
El Lanis que tú amaste está contigo
en tu casa, cuando te guardas a mirar el retrato
que aún guarda lo más valioso de él,
que guarda lo que más amaste.
¿Recuerdas, Marcos, cuando trajiste
al famoso pintor de Kyrynia, del palacio del procónsul?
Con cuánta astucia trató de persuadiros,
al ver a tu amigo,
que debía pintarlo como Jacinto
y así su retrato sería famoso.
Pero tu Lanis no quiso prestar su belleza;
con firmeza, se opuso al pintor
diciendo que no quería parecerse a
Jacinto, ni a ningún otro,
sólo a Lanis, hijo de Rametijos, un alejandrino.
Myris: Alejandría año trescientos cuarenta después
de Cristo, es uno de sus exquisitos bricollages, donde erotismo e
ideología, tejen una respuesta a la hipocresía. La representación de
una farsa, hypokrisía, que no puede compartir quien conoció al difunto
ejerciendo los ritos paganos, es apenas uno de los aciertos del poema.
La doble vida de Myris, expuesta en el texto, sugiere que al morir, el
cuerpo que ha fingido virtud, puede corromper. Kavafis entonces hace que
el protagonista se retire de la escena y conserve los recuerdos del
placer como esa otra realidad que no percibe el mundo ritual del
cristianismo. Alejandría, el paraíso en vida, esta aquí opuesto a
Cristo, el paraíso tras la muerte. La carne como espíritu versus la fe
como paz. ¿Fue consciente Kavafis de esas posibles connotaciones? No lo
sabemos, pero la minucia del título algo indica.
Cuando supe la noticia, que Myris había muerto,
fui a su casa, aun cuando evito
entrar en casa de cristianos
que tienen lutos o fiestas.
Me detuve en el zaguán. No quise entrar,
me di cuenta que los parientes del difunto
me miraban con sorpresa y disgusto.
Le tenían en un gran salón.
Desde el rincón donde yo estaba
pude ver los preciosos tapetes y los jarrones
de oro y plata.
Me quedé llorando en un rincón del corredor.
Pensé que sin Myris nuestras reuniones
y paseos no serían los mismos.
Pensé que nunca volvería a verle
en nuestras indecentes y maravillosas amanecidas
gozando, riendo y recitando versos,
con su perfecto sentido del ritmo.
Pensé que había perdido para siempre su belleza
para siempre, el joven que adoraba con pasión.
Unas viejas, cerca de mí, hablaron en voz baja
del último día de su vida:
el nombre de Jesús siempre en sus labios,
en sus manos la cruz.
Luego, cuatro sacerdotes cristianos
entraron al salón suplicando a Jesús o María,
(no conozco bien esa religión).
Sabíamos que Myris era cristiano,
desde el principio, cuando vino a nuestro grupo,
lo supimos. Pero vivía como nosotros,
más entregado al placer, gastando su dinero en diversiones.
Sin preocuparse de la opinión ajena
participaba en nocturnas disputas callejeras
cuando nos enfrentábamos a nuestros rivales.
Nunca habló de su religión.
Incluso una vez dijimos
que deberíamos llevarle a Serapión
pero, ahora recuerdo,
no pareció gustarle la broma.
Sí, ahora recuerdo otros dos incidentes:
cuando hicimos libaciones a Poseidón
se apartó del grupo y miró a otro sitio,
y cuando uno de nosotros, con el fervor, dijo
«El sublime y grande Apolo nos proteja y favorezca»
Myris, sin que lo notaran, dijo: «Conmigo no cuenten».
Los sacerdotes rezaban en voz alta
por el alma del joven.
Me di cuenta con cuanta diligencia,
con cuánto respeto por sus ritos
estaban preparando el funeral.
De repente, una rara sensación me invadió:
inefablemente sentí
cómo Myris se alejaba de mí;
sentí que él, cristiano como era, había
permanecido ligado a su gente,
mientras yo me iba convirtiéndo en un extraño.
Sentí incluso
cómo una doble duda me embargaba:
había sido engañado por mi pasión,
y siempre había sido un extraño para él.
Huí de esa horrible casa,
huí antes que mis recuerdos de Myris
pudieran ser robados, pervertidos por su cristianismo.
Myris, Alexandria tou 340 M.X.
Lo que podemos llamar estética kavafiana viene, sin
duda, del uso de la lengua popular, en la que se puede menos pensar que
cantar, pero con la cual Kavafis medita un destino o retrata un
recuerdo, sin que la verdad de los hechos o los sentimientos determinen
el efecto último del poema. El poder de sugestión importa más que la
realidad. Esa es la razón para que muchos de sus poemas eróticos
puedan ser calificados también de filosóficos; es el pensamiento, y no
la carne misma, la que evoca la pasión que da una respuesta a una moral
cazurra o farisea. Candelabro es un buen ejemplo de esa maestría. Sólo
los versos finales remiten a los sentimientos; la visión de las llamas
y su penetrante luz son metáforas de la pasión, y el pensamiento puede
decir para quien no es este tipo de luz o ejercicio del placer:
En un cuarto -vacío, pequeño, cuatro paredes
cubiertas de tela verde-
un hermoso candelabro arde cálidamente;
y en su ardor, cada una de nuestras pasiones
arde también con violenta lascivia.
En el pequeño cuarto, donde brilla el
vívido fuego del candelabro,
la luz es única
No es para cuerpos tímidos
la voluptuosidad de estas llamas.
A partir de mil novecientos doce Kavafis comenzó a
publicar y escribir poemas abiertamente homosexuales. En ellos se
complacía al recrear, más que recuerdos, el goce de la pasión y el
ardor de los deseos no satisfechos. Ahora importaba menos la erudición
y la historia pues había descubierto que en los cuerpos de la juventud
hay una sabiduría que aquellos no aportan. La saciedad de los deseos
será fuente de conocimientos.
«Cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones —escribió
Lawrence Durrell en Justine refiriéndose a los placeres alejandrinos—;
el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta, más allá de la
escollera. Pero hay más de cinco sexos y sólo el griego (Kavafis),
parece capaz de distinguirlos. La mercadería sexual al alcance de la
mano es desconcertante por su variedad y profusión. Es imposible
confundir Alejandría con un lugar placentero. Los amantes simbólicos
del mundo helénico son sustituidos por algo distinto, algo sutilmente
andrógino, vuelto sobre sí mismo. Oriente no puede disfrutar de la
dulce anarquía del cuerpo, porque ha ido más allá del cuerpo.. [...]
Los cuerpos hoscos de los jóvenes inician la caza de una desnudez
cómplice, y en estos pequeños cafés a los que solía ir Balthazar con
el viejo poeta de la ciudad los muchachos, nerviosos, juegan al chaquete
bajo las lámparas de petróleo y, perturbados por el viento seco del
desierto —tan poco romántico, tan sospechoso—, se agitan y se
vuelven para mirar a los recién llegados. Les cuesta respirar y en cada
beso del verano reconocen el gusto de la cal viva...»
Kavafis cuenta y recuerda los fracasos de cualquier relación erótica,
las grandes esperas y las míseras recompensas del comercio carnal: un
anciano se sienta, al fondo de un café, a recordar las cobardías
eróticas de su juventud y ve cómo el tiempo le engañó, cómo la
prudencia lo traicionó (Un viejo); la evocación de un recuerdo es el
poema (Vuelve); en una pobre habitación, mientras abajo unos obreros
jugaban a las cartas, se vivieron, casi en silencio, espléndidas horas,
etc.
La habitación era barata y sórdida,
oculta sobre la dudosa taberna.
Desde la ventana podías ver la sucia
y estrecha callejuela. Desde abajo
venían las voces de algunos obreros,
que jugaban a las cartas y se divertían.
Y allí, en esa pobre y usada cama
tuve el cuerpo del amor, tuve los labios
voluptuosos y rosados de la embriaguez,
rosados de tanta embriaguez
que ahora, cuando escribo, después de tantos años,
en esta casa solitaria vuelvo a estar borracho.
Kavafis creó también una estética donde lo pobre,
lo sucio, el desempleo y la miseria podían ser objeto de belleza.
Indiferente, como debió ser en ideas políticas, su progresividad surge
de los sujetos a quien se dedicó a celebrar y que para los hombres y
mujeres de su tiempo no merecían el canto.
La poesía de Kavafis gozó de escasa difusión en la Grecia de la Belle
Epoque. Su prosaica frugalidad en el uso de adornos, su permanente
evocación del ritmo hablado y el uso de coloquialismos; su abierto
tratamiento del homosexualismo, su retorno al epigrama, su esotérico
sentido de la historia, su cinismo en política, su creación de un
mundo mítico le hicieron extraño a los sentidos de los poetas griegos
de entreguerras pero garantizaron la permanencia de uno de los mejores
testimonios del hombre y la mujer de este siglo perverso que acaba de
terminar
POEMAS
NUEVE POEMAS
ERÓTICOS
DE KONSTANDINOS KAFAVIS
Versión de Harold Alvarado Tenorio
TUMBA DE EURION (1912)
En esta tumba –rica en diseño,
toda en mármol de Tebas,
cubierta con lirios y violetas-
yace el hermoso Eurion,
un alejandrino de veinticinco años.
Descendiente de macedonios y magistrados
estudió filosofía con Aristokleitos
y con Paros, retórica, y en Tebas leyó las Sagradas Escrituras.
Redactó también una historia de la provincia de Arsinoe.
Todo eso al menos habrá de sobrevivirle.
Pero perdimos para siempre lo que era realmente precioso:
su cuerpo, una visión de Apolo.
CANCIÓN DE JONIA (1911)
Aun cuando rompimos sus estatuas
y les sacamos de sus templos
los dioses no han muerto.
Es a ti, tierra de Jonia, a quienes ellos aman,
es a ti, a quienes sus almas recuerdan.
Cuando llegan las mañanas de Agosto
un vigor emana de sus almas y se agita en tus aires
y a veces, un muchacho, de etérea juventud,
indefinible, como una sombra alada,
se aleja cruzando tus colinas.
ANTE LA TUMBRA DE ENDIMION (1916)
Vine de Mileto a Latmos
en un blanco carruaje de cuatro mulas,
blancas como la nieve, con arneses de plata.
Navegué desde Alejandría en una nave púrpura
para hacer ritos secretos-
libaciones y sacrificios en honor de Endimión.
Aquí esta su estatua y miro, con asombro,
su celebre hermosura.
Entonces mis esclavos arrojan sobre ella canastas de jazmines
y a mi cuerpo regresan los placeres de los días de ayer.
UNO DE SUS DIOSES (1917)
Cuando uno de ellos cruzaba por la plaza de Seleucia,
justo en el momento en que caía la tarde,
-caminando como un muchacho, alto y hermoso,
con el goce de un ser inmortal en los ojos,
con el pelo negro y perfumado-,
las gentes le miraban
y se preguntaban si lo conocían,
si era un griego de Siria, o acaso un extranjero.
Pero aquellos que observaban con atención
comprendían, y haciéndose a un lado
mientras él se alejaba bajo los portones,
entre las sombras y las luces de la tarde
hacia el barrio donde vive noches de alcohol y lascivia,
pensaban cuál de Ellos sería
y para qué sospechoso placer
había bajado hasta las calles de Seleucia
desde aquellas Augustas Moradas.
EN UN PUEBLO DE OSROENE (1917)
Ayer, a media noche, herido en una riña de taberna,
trajeron a Rémona, nuestro amigo.
A través de la ventana la luna iluminaba su cuerpo.
Somos una mezcla de sirios, griegos, armenios y medos.
Rémona es uno de ellos. Pero anoche
cuando la luna iluminaba su entrañable rostro
pensamos de nuevo en el Cármides de Platón.
EN LA CUBIERTA DEL BARCO (1919)
Se parece a él, por supuesto,
este pequeño retrato hecho a lápiz.
Fue hecho de prisa, en la cubierta del barco,
una tarde mágica,
con el mar de Jonia rodeándonos.
Se parece a él, aun cuando le recuerdo más bello.
Era de una sensibilidad casi enfermiza
y eso iluminaba más su rostro.
Y más hermoso me parece ahora
cuando le recuerdo hace ya tantos años.
Hace ya tantos años. Todo ha envejecido-
el retrato, el barco y aquella tarde.
DÍAS DE 1901 (1927)
Lo que había de singular en él,
a pesar de su vida disoluta
y su vasta experiencia sexual
y que, muchas veces sus actos
concordasen con sus años,
eran aquellos momentos
–ciertamente,
muy raros-, cuando su cuerpo
parecía intocado.
La belleza de sus veintinueve años,
por el placer puesta a prueba,
a veces recordaba extrañamente
a un muchacho que -con cierta torpeza—por primera vez
al amor entrega su cuerpo.
DÍAS DE 1909, 1910 y 1911 (1928)
Era el hijo de un marinero indigente, de una isla del Egeo.
Trabajaba para un herrero y vestía pobremente.
Sus zapatos gastados, sus manos manchadas de orín y de aceite.
Al caer de la tarde, cuando cerraban la fragua,
si algo deseaba, una corbata cara, digamos,
una corbata para los domingos,
o si en una vitrina había visto alguna bella camisa,
por uno o dos taleros ofrecía su cuerpo.
Ahora me pregunto si en los tiempos antiguos
tuvo Alejandría, la gloriosa, un joven tan apuesto
y tan bello como este que perdimos.
Nadie hizo, por supuesto, su estatua o su retrato.
En aquel astroso taller, entre el calor de la fragua
y el penoso trabajo, entre el deleite y las pasiones,
terminaron sus días.
DÍAS DE 1908 (1932
Aquel año estaba sin trabajo;
y malvivía del juego de las cartas,
de los dados y los préstamos.
En una papelería le habían ofrecido
un empleo de tres libras al mes.
Pero lo rechazó. No era un sueldo para él,
joven bien educado y con veinticinco años.
Apenas si ganaba dos o tres chelines diarios.
De los naipes y los dados, ¿qué podía obtener
un muchacho como él, en cafés de mala muerte,
así jugara con astucia o eligiera los más tontos?
Y aun cuando mucho prestara, rara vez tenía un talero.
Con frecuencia iba a la playa. Su traje era siempre el mismo
uno color de canela, ya muy descolorido.
¡Oh días del verano de mil novecientos ocho!
de vuestro recuerdo, por obra del arte,
se ha borrado aquel traje.
Ahora lo evoco mientras se lo quitaba
y lo arrojaba lejos junto a su pobre ropa interior.
Y quedaba desnudo, íntegramente bello.
Sus cabellos revueltos,
Sus glúteos y brazos y piernas doradas por el sol
en aquellas mañanas de baños en la playa.
EN LA PEQUEÑA CIUDAD SIN
ALEGRÍA
En la pequeña ciudad sin alegría
trabaja como empleado en un gran almacén.
Es muy joven.
Espera que pasen dos o tres meses
y que la afluencia de clientes disminuya,
para volver a la metrópoli
y sumergirse en el movimiento, en las distracciones.
Espera, y esa noche, en la pequeña ciudad sin alegría,
está acostado en su lecho, presa del deseo.
Toda su juventud arde en pasión,
hermosa juventud llevada
por el bello arrebato de los sentidos.
En sueños, la voluptuosidad vino a él.
En sueños, cree poseer el cuerpo, la carne deseada
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