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Cosmovisión y Literatura Fantástica “Las cosmovisiones y la literatura fantástica argentina”
David Bedford

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Mi charla se titula “Cosmovisión y literatura fantástica”. Tal vez deberíamos decir: “Las cosmovisiones y la literatura fantástica argentina”. Pocos se opondrían a considerar a Borges como el referente de la literatura fantástica argentina del siglo veinte. Ya que Borges se refirió con tanta insistencia al Quijote, tomemos esta novela como punto de partida. Cuando Cervantes la escribió, a principios del siglo diecisiete, Europa acababa de pasar por un severo cambio de cosmovisión. Habían pasado menos de doscientos años desde que Europa estaba en plena Edad Media: Juana de Arco estaba siendo juzgada, la guerra era llevada a cabo sin el uso de la pólvora, la cristiandad parecía más extendida y firme que nunca y la sociedad estaba concebida como una gran jerarquía piramidal con el Papa en la cúpula.
Ya para la época de Cervantes, la economía de mercado y el capitalismo desplazaban rápidamente a la economía feudal, la artillería había reemplazado la catapulta, haciendo obsoletos los castillos y sentando la base para el estado-nación, Galileo Galilei estaba revolucionando el concepto del sistema solar demostrando la superioridad del sistema de Copérnico al de Ptolomeo (con las consecuencias que todos conocemos), la imprenta impulsaba el crecimiento del público lector, la Reforma había acabado con la unidad de la iglesia de occidente y los viajes de Colón habían hecho llegar al conocimiento de toda Europa la existencia de América. Todo esto obligó a que se abandonara la cosmovisión medieval, que ya no servía para explicar la realidad.
En medio de esto, Cervantes escribe un libro sobre un hombre que decide interpretar la realidad según la antigua cosmovisión caducada, tal como se la presentaba en los libros de caballería que leía. Los lectores, los otros personajes y hasta Cervantes lo consideramos loco. Es lógico: Quijote toma molinos por gigantes, rebaños de ovejas por ejércitos compuestos de los caballeros de sus lecturas y otros inventados, hosterías por castillos y prostitutas por doncellas. La 
coincidencia entre cosmovisión y realidad en Don Quijote es aleatoria, mientras que los otros personajes ven la realidad. Sin embargo, al examinar con más atención, descubrimos algo curioso. El cura y el barbero que purgan la biblioteca de Don Quijote usan un criterio de lo más caprichoso. La sobrina de Quijote es supersticiosa y los demás personajes viven con horizontes sumamente estrechos, tanto es así que su realidad termina pareciéndole al lector tan aleatoria como la de Don Quijote. Además, los discursos del caballero, errante en el tiempo tanto como en el espacio, están provistos de un fuerte sentido ético y moral, ausente en los demás. Terminamos simpatizando con Don Quijote y prefiriéndolo a la gente cuerda que lo rodea.
Hay más. Desde la primera página de la historia, Cervantes cuestiona si tiene el nombre correcto de su héroe, ya que las fuentes discuerdan al respecto. Al final de la antigua primera sección de la primera parte del Quijote, en el momento culminante de una pelea entre el caballero y el vizcaino que acompañaba la carroza de una señora, Cervantes corta la narración porque no sabe cómo termina el incidente. Sus fuentes no la contienen. Al comenzar la segunda división, el autor dice que había encontrado, entretanto, un manuscrito en árabe que mencionaba a Dulcinea. Lo manda traducir y resulta que contiene la historia completa original del Quijote, por lo que Cervantes puede terminar su narración y proseguir con los episodios, en uno de los primeros ejemplos de metadiscurso literario. Otro ejemplo: En la segunda parte de la novela encuentran a un hombre que está leyendo la primera parte. Más adelante surge una disputa porque hay otro autor escribiendo las andanzas de Don Quijote, utilizando otras fuentes. Don Quijote sale a apoyar públicamente la versión de Cervantes como la correcta, verdadera historia del Quijote. En todo esto tenemos una deliciosa confusión entre realidad y ficción, olvidando que en la novela todo es ficción. Pero también nos entra la duda: ¿no será lo que tomamos por realidad igualmente ficticio?
Considero que Cervantes está apelando a que uno no deje que la nueva cosmovisión que se toma por oficial o verdadera reemplace totalmente a la anterior. Tampoco uno debe mantenerse en la anterior sin aceptar lo nuevo. El autor cuestiona insidiosamente nuestra percepción de la realidad y nos invita a pensar más profundamente y con más perspectiva histórica.
Pasemos adelante dos siglos y un poco más y consideremos otro precursor mencionado con frecuencia por Borges, el estadounidense Edgar Allan Poe, que escribe en medio de otra gran transformación de la cosmovisión de occidente. Me refiero al anterior siglo de las luces (el dieciocho), que redujo la realidad al nivel del ser humano y que implantó el positivismo. Me refiero también a la fe en la ciencia (siglo diecinueve) que redujo aún más la realidad a lo observable. Poe crea, con Los homicidios de la calle Morgue, el cuento policial tal como lo concebimos hoy día. El tema de este cuento es racionalismo versus empirismo. La policía que investiga el crimen es moderna, empírica, científica. Hace su peritaje, reúne con sumo cuidado un sinfín de datos todos irreprochables y no da con la solución. Al contrario, prueba que el crimen era de imposible ejecución, cosa obviamente falsa, y para cubrir su ineptitud arrestan a un hombre inocente.
Auguste Dupin, amigo del narrador y “renaissance man” (esto ya anacrónico en la nueva realidad), utiliza una combinación de razonamiento deductivo, de procedencia medieval, y espíritu iluminado y científico. Razona por la lógica lo que tiene que haber acontecido. Esto le permite descubrir un dato (un clavo roto en una ventana) que la policía había pasado por alto. Lo descubre porque su razonamiento le indica que debe buscarlo. La policía no lo nota porque queda perdido en la multitud de otros datos, todos de igual significación para los investigadores. Dupin presenta la solución a la policía, que se ve obligada a aceptarla.
También en El misterio de Marie Roget, el narrador hace hincapié en sus fuentes periodísticas. El lector queda ante la duda de si son auténticas o inventadas, duda que no puede resolver sin consultar los archivos del diario que cita. Nuevamente estamos ante un autor que escribe consciente de la interpenetración de realidad y ficción en el proceso de creación literaria. Poe argumenta, a veces directamente, que es necesaria una educación clásica que no sólo transmita la realidad según el Pensamiento Oficial (como diría Alejandro Dolina), sino que nos haga comprender también la ilustración, el renacimiento, la escolástica medieval y la antigüedad clásica. Nuevamente, como lectores, vemos cuestionada la cosmovisión que hemos recibido y que rige lo que aceptamos como realidad.
Cervantes y Poe son dos ejemplos de precursores que nos ayudan a comprender lo que entendía Borges por literatura fantástica. Tomemos uno de sus cuentos más famosos como ejemplo. En “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” el descubrimiento en el siglo veinte de un plan secreto, creado en el siglo dieciocho, de escribir una enciclopedia sobre un planeta imaginario, con sus continentes, su geografía, sus países, idiomas, filosofía, literatura e historia, lleva a que la sociedad abandone todo lo que se había enseñado en las escuelas y universidades y lo reemplace por el estudio de Tlön. Es una imagen de cosmovisión como determinante de nuestra realidad y una advertencia en contra de adoptar una cosmovisión simplemente porque está de moda. En cambio, El Aleph toca la imposibilidad de percibir la realidad sin imponerle una cosmovisión que le dé sentido. En El Zahir la moneda que no se puede olvidar una vez vista es imagen de la versión de la realidad que asumimos como única y total y que no estamos dispuestos a abandonar. Ambas situaciones llevan a la locura o la muerte. Hay otros temas en Borges, por supuesto, pero es tal vez éste el más fundamental para definir el género de literatura fantástica.
Veamos rápidamente otros ejemplos. En El sueño de los héroes de Bioy, hay dos interpretaciones para la trama (cosa que no se revela hasta el final) y cada una da un significado diferente al desenlace. Una interpretación es empírica y acorde con nuestra forma habitual de ver el mundo. Pero la otra interpretación, la fantástica, es preferible, más interesante. En la novela La octava maravilla, los personajes de Vlady Kociancich insisten en que el tiempo nos sobra: lo que escasea es el espacio. Invierte de este modo un postulado fundamental de la realidad oficial, concibiendo los viajes como una distorsión del tiempo de consecuencias más graves de las que nos imaginamos. Alejandro Dolina nos habla del buzón mágico que sólo aparece de vez en cuando y que no se sabe dónde queda, que contiene mil cartas y en una de ellas hay un papel con una palabra que encierra el significado del universo, pero cuya tinta se borra con la luz. Aún venciendo todos estos obstáculos, es poco probable que la persona que lee la palabra logre descifrarla. El universo, dice Dolina, se compone de símbolos que nos quieren decir algo y que no logramos entender.
Podemos postular que el cuestionar de la cosmovisión es lo que tienen en común Borges, Bioy Casares, Cortázar, Mujica Lainez, Macedonio Fernández, Dolina y Kociancich, para mencionar sólo a algunos de los más prominentes y conocidos ejemplos de los que han escrito historias fantásticas en la Argentina. En base a ello, y con la ayuda de algunos críticos y escritores norteamericanos, podemos arribar a una definición del género basada en su propósito: la subversión, no de la política, ya que la literatura fantástica no cree en ella, sino de la cosmovisión oficial, una subversión mucho más profunda. Ursula K. LeGuin, autora de The Left Hand of Darkness, dice que su propósito al escribir es subvertir al máximo sin ofender a nadie. Definamos, entonces, el género del modo siguiente:
La literatura fantástica es aquélla que problematiza la naturaleza de los hechos narrados con la fuerza necesaria para socavar la cosmovisión oficial ilustrista y cientifista. Esta subversión se logra o bien mediante la inclusión de elementos sobrenaturales o anormales, o bien contraponiendo una cosmovisión filosófica o mitológica a lo que habitualmente se acepta como lo real o normal. En su prólogo a La invención de Morel, Borges nos da a entender que tal cosmovisión debe ser vehiculada de preferencia por obras de imaginación razonada. (Bedford 520)

Muchas de estas obras están caracterizadas por un metadiscurso literario, aunque no todas. Existe mucha variedad.
Siguiendo el ejemplo de Cervantes, de Poe y Hawthorne, de Quiroga y Lugones, de Stevenson, Chesterton y Wells y de Machado de Assis, los autores argentinos nos han dejado una rica herencia de obras como quería Borges y como las que seguimos escribiendo

Obras consultadas
Bedford, David. “El cronista del Ángel Gris: los mitos porteños de Alejandro Dolina.” Hispania
81 (1998):519-29.
Bioy Casares, Adolfo. El sueño de los héroes. Buenos Aires: Emecé, 1969.
Borges, Jorge Luis. Introducción a Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel. Buenos Aires:
Emecé, 1940.
. Ficciones. Buenos Aires: Emecé, 1956.
. El Aleph. Madrid: Alianza Editorial, 1971.
. Otras inquisiciones. Buenos Aires: Emecé, 1960.
Cervantes y Saavedra, Miguel de. El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha. Barcelona:
Sopena, 1958.
Dolina, Alejandro. Crónicas del Ángel Gris. Buenos Aires: Ediciones de la Urraca, 1988.
Kociancich, Vlady. La octava maravilla. Buenos Aires: Planeta, 1999.
LeGuin, Ursula K. The Left Hand of Darkness. New York: Ace Books, 1976.
Poe, Edgar Allan. The Essential Poe. Mt. Vernon, NY: Lantern Press, 1989.


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