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Mi charla se titula
“Cosmovisión y literatura fantástica”. Tal vez deberíamos
decir: “Las cosmovisiones y la literatura fantástica argentina”.
Pocos se opondrían a considerar a Borges como el referente de la
literatura fantástica argentina del siglo veinte. Ya que Borges se
refirió con tanta insistencia al Quijote, tomemos esta novela como
punto de partida. Cuando Cervantes la escribió, a principios del
siglo diecisiete, Europa acababa de pasar por un severo cambio de
cosmovisión. Habían pasado menos de doscientos años desde que
Europa estaba en plena Edad Media: Juana de Arco estaba siendo
juzgada, la guerra era llevada a cabo sin el uso de la pólvora, la
cristiandad parecía más extendida y firme que nunca y la sociedad
estaba concebida como una gran jerarquía piramidal con el Papa en
la cúpula.
Ya para la época de Cervantes, la economía de mercado y el
capitalismo desplazaban rápidamente a la economía feudal, la
artillería había reemplazado la catapulta, haciendo obsoletos los
castillos y sentando la base para el estado-nación, Galileo Galilei
estaba revolucionando el concepto del sistema solar demostrando la
superioridad del sistema de Copérnico al de Ptolomeo (con las
consecuencias que todos conocemos), la imprenta impulsaba el
crecimiento del público lector, la Reforma había acabado con la
unidad de la iglesia de occidente y los viajes de Colón habían
hecho llegar al conocimiento de toda Europa la existencia de América.
Todo esto obligó a que se abandonara la cosmovisión medieval, que
ya no servía para explicar la realidad.
En medio de esto, Cervantes escribe un libro sobre un hombre que
decide interpretar la realidad según la antigua cosmovisión
caducada, tal como se la presentaba en los libros de caballería que
leía. Los lectores, los otros personajes y hasta Cervantes lo
consideramos loco. Es lógico: Quijote toma molinos por gigantes,
rebaños de ovejas por ejércitos compuestos de los caballeros de
sus lecturas y otros inventados, hosterías por castillos y
prostitutas por doncellas. La
coincidencia entre cosmovisión y realidad en Don Quijote es
aleatoria, mientras que los otros personajes ven la realidad. Sin
embargo, al examinar con más atención, descubrimos algo curioso.
El cura y el barbero que purgan la biblioteca de Don Quijote usan un
criterio de lo más caprichoso. La sobrina de Quijote es
supersticiosa y los demás personajes viven con horizontes sumamente
estrechos, tanto es así que su realidad termina pareciéndole al
lector tan aleatoria como la de Don Quijote. Además, los discursos
del caballero, errante en el tiempo tanto como en el espacio, están
provistos de un fuerte sentido ético y moral, ausente en los demás.
Terminamos simpatizando con Don Quijote y prefiriéndolo a la gente
cuerda que lo rodea.
Hay más. Desde la primera página de la historia, Cervantes
cuestiona si tiene el nombre correcto de su héroe, ya que las
fuentes discuerdan al respecto. Al final de la antigua primera sección
de la primera parte del Quijote, en el momento culminante de una
pelea entre el caballero y el vizcaino que acompañaba la carroza de
una señora, Cervantes corta la narración porque no sabe cómo
termina el incidente. Sus fuentes no la contienen. Al comenzar la
segunda división, el autor dice que había encontrado, entretanto,
un manuscrito en árabe que mencionaba a Dulcinea. Lo manda traducir
y resulta que contiene la historia completa original del Quijote,
por lo que Cervantes puede terminar su narración y proseguir con
los episodios, en uno de los primeros ejemplos de metadiscurso
literario. Otro ejemplo: En la segunda parte de la novela encuentran
a un hombre que está leyendo la primera parte. Más adelante surge
una disputa porque hay otro autor escribiendo las andanzas de Don
Quijote, utilizando otras fuentes. Don Quijote sale a apoyar públicamente
la versión de Cervantes como la correcta, verdadera historia del
Quijote. En todo esto tenemos una deliciosa confusión entre
realidad y ficción, olvidando que en la novela todo es ficción.
Pero también nos entra la duda: ¿no será lo que tomamos por
realidad igualmente ficticio?
Considero que Cervantes está apelando a que uno no deje que la
nueva cosmovisión que se toma por oficial o verdadera reemplace
totalmente a la anterior. Tampoco uno debe mantenerse en la anterior
sin aceptar lo nuevo. El autor cuestiona insidiosamente nuestra
percepción de la realidad y nos invita a pensar más profundamente
y con más perspectiva histórica.
Pasemos adelante dos siglos y un poco más y consideremos otro
precursor mencionado con frecuencia por Borges, el estadounidense
Edgar Allan Poe, que escribe en medio de otra gran transformación
de la cosmovisión de occidente. Me refiero al anterior siglo de las
luces (el dieciocho), que redujo la realidad al nivel del ser humano
y que implantó el positivismo. Me refiero también a la fe en la
ciencia (siglo diecinueve) que redujo aún más la realidad a lo
observable. Poe crea, con Los homicidios de la calle Morgue, el
cuento policial tal como lo concebimos hoy día. El tema de este
cuento es racionalismo versus empirismo. La policía que investiga
el crimen es moderna, empírica, científica. Hace su peritaje, reúne
con sumo cuidado un sinfín de datos todos irreprochables y no da
con la solución. Al contrario, prueba que el crimen era de
imposible ejecución, cosa obviamente falsa, y para cubrir su
ineptitud arrestan a un hombre inocente.
Auguste Dupin, amigo del narrador y “renaissance man” (esto ya
anacrónico en la nueva realidad), utiliza una combinación de
razonamiento deductivo, de procedencia medieval, y espíritu
iluminado y científico. Razona por la lógica lo que tiene que
haber acontecido. Esto le permite descubrir un dato (un clavo roto
en una ventana) que la policía había pasado por alto. Lo descubre
porque su razonamiento le indica que debe buscarlo. La policía no
lo nota porque queda perdido en la multitud de otros datos, todos de
igual significación para los investigadores. Dupin presenta la
solución a la policía, que se ve obligada a aceptarla.
También en El misterio de Marie Roget, el narrador hace hincapié
en sus fuentes periodísticas. El lector queda ante la duda de si
son auténticas o inventadas, duda que no puede resolver sin
consultar los archivos del diario que cita. Nuevamente estamos ante
un autor que escribe consciente de la interpenetración de realidad
y ficción en el proceso de creación literaria. Poe argumenta, a
veces directamente, que es necesaria una educación clásica que no
sólo transmita la realidad según el Pensamiento Oficial (como diría
Alejandro Dolina), sino que nos haga comprender también la
ilustración, el renacimiento, la escolástica medieval y la antigüedad
clásica. Nuevamente, como lectores, vemos cuestionada la cosmovisión
que hemos recibido y que rige lo que aceptamos como realidad.
Cervantes y Poe son dos ejemplos de precursores que nos ayudan a
comprender lo que entendía Borges por literatura fantástica.
Tomemos uno de sus cuentos más famosos como ejemplo. En “Tlön,
Uqbar, Orbis Tertius” el descubrimiento en el siglo veinte de un
plan secreto, creado en el siglo dieciocho, de escribir una
enciclopedia sobre un planeta imaginario, con sus continentes, su
geografía, sus países, idiomas, filosofía, literatura e historia,
lleva a que la sociedad abandone todo lo que se había enseñado en
las escuelas y universidades y lo reemplace por el estudio de Tlön.
Es una imagen de cosmovisión como determinante de nuestra realidad
y una advertencia en contra de adoptar una cosmovisión simplemente
porque está de moda. En cambio, El Aleph toca la imposibilidad de
percibir la realidad sin imponerle una cosmovisión que le dé
sentido. En El Zahir la moneda que no se puede olvidar una vez vista
es imagen de la versión de la realidad que asumimos como única y
total y que no estamos dispuestos a abandonar. Ambas situaciones
llevan a la locura o la muerte. Hay otros temas en Borges, por
supuesto, pero es tal vez éste el más fundamental para definir el
género de literatura fantástica.
Veamos rápidamente otros ejemplos. En El sueño de los héroes de
Bioy, hay dos interpretaciones para la trama (cosa que no se revela
hasta el final) y cada una da un significado diferente al desenlace.
Una interpretación es empírica y acorde con nuestra forma habitual
de ver el mundo. Pero la otra interpretación, la fantástica, es
preferible, más interesante. En la novela La octava maravilla, los
personajes de Vlady Kociancich insisten en que el tiempo nos sobra:
lo que escasea es el espacio. Invierte de este modo un postulado
fundamental de la realidad oficial, concibiendo los viajes como una
distorsión del tiempo de consecuencias más graves de las que nos
imaginamos. Alejandro Dolina nos habla del buzón mágico que sólo
aparece de vez en cuando y que no se sabe dónde queda, que contiene
mil cartas y en una de ellas hay un papel con una palabra que
encierra el significado del universo, pero cuya tinta se borra con
la luz. Aún venciendo todos estos obstáculos, es poco probable que
la persona que lee la palabra logre descifrarla. El universo, dice
Dolina, se compone de símbolos que nos quieren decir algo y que no
logramos entender.
Podemos postular que el cuestionar de la cosmovisión es lo que
tienen en común Borges, Bioy Casares, Cortázar, Mujica Lainez,
Macedonio Fernández, Dolina y Kociancich, para mencionar sólo a
algunos de los más prominentes y conocidos ejemplos de los que han
escrito historias fantásticas en la Argentina. En base a ello, y
con la ayuda de algunos críticos y escritores norteamericanos,
podemos arribar a una definición del género basada en su propósito:
la subversión, no de la política, ya que la literatura fantástica
no cree en ella, sino de la cosmovisión oficial, una subversión
mucho más profunda. Ursula K. LeGuin, autora de The Left Hand of
Darkness, dice que su propósito al escribir es subvertir al máximo
sin ofender a nadie. Definamos, entonces, el género del modo
siguiente:
La literatura fantástica es aquélla que problematiza la naturaleza
de los hechos narrados con la fuerza necesaria para socavar la
cosmovisión oficial ilustrista y cientifista. Esta subversión se
logra o bien mediante la inclusión de elementos sobrenaturales o
anormales, o bien contraponiendo una cosmovisión filosófica o
mitológica a lo que habitualmente se acepta como lo real o normal.
En su prólogo a La invención de Morel, Borges nos da a entender
que tal cosmovisión debe ser vehiculada de preferencia por obras de
imaginación razonada. (Bedford 520)
Muchas de estas obras están
caracterizadas por un metadiscurso literario, aunque no todas.
Existe mucha variedad.
Siguiendo el ejemplo de Cervantes, de Poe y Hawthorne, de Quiroga y
Lugones, de Stevenson, Chesterton y Wells y de Machado de Assis, los
autores argentinos nos han dejado una rica herencia de obras como
quería Borges y como las que seguimos escribiendo
Obras consultadas
Bedford, David. “El cronista del Ángel Gris: los mitos porteños
de Alejandro Dolina.” Hispania
81 (1998):519-29.
Bioy Casares, Adolfo. El sueño de los héroes. Buenos Aires: Emecé,
1969.
Borges, Jorge Luis. Introducción a Adolfo Bioy Casares, La invención
de Morel. Buenos Aires:
Emecé, 1940.
. Ficciones. Buenos Aires: Emecé, 1956.
. El Aleph. Madrid: Alianza Editorial, 1971.
. Otras inquisiciones. Buenos Aires: Emecé, 1960.
Cervantes y Saavedra, Miguel de. El ingenioso hidalgo Don Quijote de
La Mancha. Barcelona:
Sopena, 1958.
Dolina, Alejandro. Crónicas del Ángel Gris. Buenos Aires:
Ediciones de la Urraca, 1988.
Kociancich, Vlady. La octava maravilla. Buenos Aires: Planeta, 1999.
LeGuin, Ursula K. The Left Hand of Darkness. New York: Ace Books,
1976.
Poe, Edgar Allan. The Essential Poe. Mt. Vernon, NY: Lantern Press,
1989.
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