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Fuente:
Revista Cambio 2001
Gabo revela los secretos del manuscrito de Cien
Años de Soledad que va a ser subastado en Barcelona por más de medio
millón de dólares
A principios de agosto de 1966 Mercedes y yo fuimos a la
oficina de correos de San Angel, en la Ciudad de México, para enviar a
Buenos Aires los originales de Cien Años de Soledad. Era un paquete de
quinientas noventa cuartillas escritas en máquina a doble espacio y en
papel ordinario, y dirigido al director literario de la editorial
Sudamericana, Francisco (Paco) Porrúa. El empleado del correo puso el
paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales, y dijo:
—Son ochenta y dos pesos.
Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que llevaba en la
cartera, y me enfrentó a la realidad:
—Sólo tenemos cincuenta y tres.
Tan acostumbrados estábamos a esos tropiezos cotidianos después de más de
un año de penurias, que no pensamos demasiado la solución. Abrimos el
paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos a Buenos Aires sólo
la mitad, sin preguntarnos siquiera cómo íbamos a conseguir la plata para
mandar el resto. Eran las seis de la tarde del viernes y hasta el lunes no
volvían a abrir el correo, así que teníamos todo el fin de semana para
pensar.
“Teníamos, por supuesto, la máquina portátil con que
había escrito la novela en más de un año de seis horas diarias pero no
podíamos empeñarla porque nos haría falta para comer”.
Ya quedaban pocos amigos para exprimir y nuestras
propiedades mejores dormían el sueño de los justos en el Monte de Piedad.
Teníamos, por supuesto, la máquina portátil con que había escrito la
novela en más de un año de seis horas diarias pero no podíamos empeñarla
porque nos haría falta para comer. Después de un repaso profundo de la
casa encontramos otras dos cosas apenas empeñables: el calentador de mi
estudio que ya debía valer muy poco, y una batidora que Soledad Mendoza
nos había regalado en Caracas cuando nos casamos. Teníamos también los
anillos matrimoniales que sólo usamos para la boda, y que nunca nos
habíamos atrevido a empeñar porque se creía de mal agüero. Esta vez,
Mercedes decidió llevarlos de todos modos como reserva de emergencia.
El lunes a primera hora fuimos al Monte de Piedad más cercano, donde ya
éramos clientes conocidos, y nos prestaron —sin los anillos— un poco más
de lo que nos faltaba. Sólo cuando empacábamos en el correo el resto de la
novela caímos en la cuenta de que la habíamos mandado al revés: las
páginas finales antes que las del principio. Pero a Mercedes no le hizo
gracia porque siempre ha desconfiado del destino.
—Lo único que falta ahora —dijo — es que la novela sea mala.
La frase fue la culminación perfecta de los dieciocho meses que llevábamos
batallando juntos para terminar el libro en que fundaba todas mis
esperanzas. Hasta entonces había publicado cuatro en siete años, por los
cuales había percibido muy poco más que nada. Salvo por La Mala Hora, que
obtuvo el premio de tres mil dólares en el concurso de la Esso Colombiana,
y me alcanzaron para el nacimiento de Gonzalo, nuestro segundo hijo, y
para comprar nuestro primer automóvil.
Vivíamos en una casa de clase media en las lomas de San Angel Inn,
propiedad del oficial mayor de la alcaldía, licenciado Luis Coudurier, que
entre otras virtudes tenía la de ocuparse en persona del alquiler de la
casa. Rodrigo, de seis años, y Gonzalo, de tres, tuvieron en ella un buen
jardín para jugar mientras no fueron a la escuela. Yo había sido
coordinador general de las revistas Sucesos y La Familia, donde cumplí por
un buen sueldo el compromiso de no escribir ni una letra en dos años.
Carlos Fuentes y yo habíamos adaptado para el cine El Gallo de Oro, una
historia original de Juan Rulfo que filmó Roberto Gavaldón. También con
Carlos Fuentes había trabajado en la versión final de Pedro Páramo, para
el director Carlos Velo. Había escrito el guión de Tiempo de Morir, el
primer largo metraje de Arturo Ripstein, y el de Presagio, con Luis
Alcoriza. En las pocas horas que me sobraban hacía una buena variedad de
tareas ocasionales —textos de publicidad, comerciales de televisión,
alguna letra de canciones— que me daban suficiente para vivir sin prisas
pero no para seguir escribiendo cuentos y novelas.
“Lo único que falta ahora —dijo Mercedes— es que la
novela sea mala”.
Sin embargo, desde hacía tiempo me atormentaba la idea
de una novela desmesurada, no sólo distinta de cuanto había escrito hasta
entonces, sino de cuanto había leído. Era una especie de terror sin
origen. De pronto, a principios de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos
para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un
cataclismo del alma, tan intenso y arrasador, que apenas si logré eludir
una vaca que se atravesó en la carretera. Rodrigo dio un grito de
felicidad:
—Yo también cuando sea grande voy a matar vacas en la carretera.
No tuve un minuto de sosiego en la playa. El martes, cuando regresamos a
México, me senté a la máquina para escribir una frase inicial que no podía
soportar dentro de mí: Muchos años después, frente al pelotón de
fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde
remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Desde entonces no me
interrumpí un solo día en una especie de sueño demoledor, hasta la línea
final en que a Macondo se lo llevó el carajo.
En los primeros meses conservé mis mejores ingresos, pero cada vez me
faltaba más tiempo para escribir tanto como quería. Llegué a trabajar de
noche hasta muy tarde para cumplir con mis compromisos pendientes, hasta
que la vida se me volvió imposible. Poco a poco fui abandonando todo hasta
que la realidad insobornable me obligó a escoger sin rodeos entre escribir
o morir.
No lo dudé, porque Mercedes —más que nunca— se hizo cargo de todo cuando
acabamos de fatigar a los amigos. Logró créditos sin esperanzas con la
tendera del barrio y el carnicero de la esquina. Desde los primeras
angustias habíamos resistido a la tentación de los préstamos con interés,
hasta que nos amarramos el corazón y emprendimos nuestra primera incursión
al Monte de Piedad. Después de los alivios efímeros con ciertas cosas
menudas, hubo que apelar a las joyas que Mercedes había recibido de sus
familiares a través de los años. El experto de la sección las examinó con
un rigor de cirujano, pesó y revisó con su ojo mágico los diamantes de los
aretes, las esmeraldas de un collar, los rubíes de las sortijas, y al
final nos los devolvió con una larga verónica de novillero:
—¡Esto es puro vidrio!
Nunca tuvimos humor ni tiempo para averiguar cuándo fue que las piedras
preciosas originales fueron sustituidas por culos de botellas, porque el
toro negro de la miseria nos embestía por todos lados. Parecerá mentira,
pero uno de mis problemas más apremiantes era el papel para la máquina de
escribir. Tenía la mala educación de creer que los errores de
mecanografía, de lenguaje o de gramática eran en realidad errores de
creación, y cada vez que los detectaba rompía la hoja y la tiraba al
canasto de la basura para empezar de nuevo. Mercedes se gastaba medio
presupuesto doméstico en pirámides de resmas de papel que no duraban la
semana. Esta era quizás una de mis razones para no usar papel carbón.
Problemas simples como ese llegaron a ser tan apremiantes que no tuvimos
ánimos para eludir la solución final: empeñar el automóvil recién
comprado, sin sospechar que el remedio sería más grave que la enfermedad,
porque aliviamos las deudas atrasadas, pero a la hora de pagar los
intereses mensuales nos quedamos colgados del abismo. Por fortuna, nuestro
amigo Carlos Medina, de vieja y buena data, se empeñó en pagarlos por
nosotros, y no sólo los de un mes sino de varios más, hasta que logramos
rescatar el automóvil. Hace sólo unos años supimos que también él había
tenido que empeñar uno de los suyos para pagar los intereses del nuestro.
“Mercedes se gastaba medio presupuesto doméstico en
pirámides de resmas de papel que no duraban la semana”.
Los mejores amigos se turnaban en grupos para
visitarnos cada noche. Aparecían como por azar, y con pretextos de
revistas y libros nos llevaban canastas de mercado que parecían casuales.
Carmen y Alvaro Mutis, los más asiduos, me daban cuerda para que les
contara el capítulo en curso de la novela. Yo me las arreglaba para
inventarles versiones de emergencia, por mi superstición de que contar lo
que estaba escribiendo espantaba a los duendes.
Carlos Fuentes, a pesar de su terror de volar en aquellos años, iba y
venía por medio mundo. Sus regresos eran una fiesta perpetua para
conversar de nuestros libros en curso como si fueran uno solo. María Luisa
Elío, con sus vértigos clarividentes, y Jomi García Ascot, su esposo,
paralizado por su estupor poético, escuchaban mis relatos improvisados
como señales cifradas de la Divina Providencia. Así que nunca tuve dudas,
desde sus primeras visitas, para dedicarles el libro. Además, muy pronto
me di cuenta de que las reacciones y el entusiasmo de todos me iluminaban
los desfiladeros de mi novela real.
Mercedes no volvió a hablarme de sus martingalas de créditos, hasta marzo
de 1966 —un año después de empezado el libro— cuando debíamos tres meses
de alquiler. Estaba hablando por teléfono con el dueño de la casa, como lo
hacía con frecuencia para alentarlo en sus esperas, y de pronto tapó la
bocina con la mano para preguntarme cuándo esperaba terminar el libro.
Por el ritmo que había adquirido en un año de práctica calculé que me
faltaban seis meses. Mercedes hizo entonces sus cuentas astrales, y le
dijo a su paciente casero sin el mínimo temblor de la voz:
—Podemos pagarle todo junto dentro de seis meses.
—Perdone, señora, —le dijo el propietario asombrado—. ¿Se da cuenta que
entonces será una suma enorme?
—Me doy cuenta —dijo Mercedes, impasible— pero entonces lo tendremos todo
resuelto. Esté tranquilo.
Al buen licenciado, uno de los hombres más elegantes y pacientes que
habíamos conocido, tampoco le tembló la voz para contestar: “Muy bien,
señora, con su palabra me basta”. Y sacó sus cuentas mortales:
—La espero el siete de septiembre.
Se equivocó: no fue el siete sino el cuatro, con el primer cheque
inesperado que recibimos por los derechos de la primera edición.
Los meses restantes los vivimos en pleno delirio. El grupo de mis amigos
más cercanos, que conocían bien la situación, nos visitaban con más
frecuencia que antes, siempre cargados de milagros para seguir viviendo.
Luis Alcoriza y su esposa austriaca, Janet Riesenfeld Dunning, no eran
visitadores frecuentes, pero armaban en su casa pachangas históricas, con
sus amigos sabios y las muchachas más bellas del cine. Muchas veces eran
pretextos simples para vernos. Él era el único español que podía hacer
fuera de España una tortilla igual a las de Valencia, y ella era capaz de
mantenernos en vilo con sus artes de bailarina clásica. Los García Riera,
locos del cine, nos arrastraban a su casa en la noche de los domingos y
nos infundían la demencia feliz para afrontar la semana siguiente.
“No usaba papel carbón y no existían fotocopiadoras
de la esquina, de modo que era un solo original de unas dos mil
cuartillas”.
La novela estaba entonces tan avanzada que me daba el
lujo de seguir enriqueciendo el argumento falso que improvisaba en las
visitas de los amigos. Muchas veces escuché recitados por otros a los que
nunca se los había contado, y me sorprendía de la velocidad con que
crecían y se ramificaban de boca en boca.
A fines de agosto, de un día para otro, se me apareció a la vuelta de una
esquina el final de la novela. No usaba papel carbón y no existían las
fotocopiadoras de la esquina, de modo que era un solo original de unas dos
mil cuartillas. Fue un manjar de dioses para Esperanza Araiza, la
inolvidable Pera, una de las buenas mecanógrafas de Manuel Barbachano
Ponce en su castillo de Drácula para poetas y cineastas en la colonia
Cuauhtémoc. En sus horas libres de varios años, Pera había pasado en
limpio grandes obras de escritores mexicanos. Entre ellas, La región más
transparente de Carlos Fuentes; Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y varios
guiones originales de las películas de don Luis Buñuel. Cuando le propuse
que me sacara en limpio la versión final de la novela era un borrador
acribillado de remiendos, primero en tinta negra y después en tinta roja
para evitar confusiones. Pero eso no era nada para una mujer acostumbrada
a todo en una jaula de locos. No sólo aceptó el borrador por la curiosidad
de leerlo, sino también que le pagara enseguida lo que pudiera, y el resto
cuando me pagaran los primeros derechos de autor.
“Pera me confesó que cuando llevaba a su casa la
única copia del tercer capítulo corregido por mí, resbaló al bajarse del
autobús con un aguacero diluvial, y las cuartillas quedaron flotando en el
cenegal de la calle”.
Pera copiaba un capítulo semanal mientras yo corregía
el siguiente con toda clase de enmiendas, con tintas de distintos colores
para evitar confusiones, y no por el propósito simple de hacerla más
corta, sino de llevarla a su mayor grado de densidad. Hasta el punto de
que quedó reducida casi a la mitad del original.
Años después, Pera me confesó que cuando llevaba a su casa la única copia
del tercer capítulo corregido por mí, resbaló al bajarse del autobús con
un aguacero diluvial, y las cuartillas quedaron flotando en el cenegal de
la calle. Las recogió empapadas y casi ilegibles, con la ayuda de otros
pasajeros, y las secó en su casa con una plancha de ropa.
Mi mayor emoción de esos días fue un sábado en que no tuve listas las
correcciones del siguiente capítulo, y llamé a Pera para decirle que se lo
llevaba el lunes. Al cabo de un largo titubeo se atrevió a preguntarme si
Aureliano Buendía se acostaría al fin con Remedios Moscote. Cuando le
contesté que sí, soltó un suspiro de alivio.
—Bendito sea Dios —exclamó— si no me lo hubiera dicho no habría podido
dormir hasta el lunes.
Nunca he sabido cómo fue que en esos días recibí una carta intempestiva de
Paco Porrúa, -—de quien nunca había oído hablar— en la que me solicitaba
para la Editorial Sudamericana los derechos de mis libros, que conocía muy
bien en sus primeras ediciones. Se me partió el corazón, porque todos
estaban en distintas editoriales con contratos a largo plazo, y no sería
fácil liberarlos. El único consuelo que se me ocurrió fue contestarle a
Paco que estaba a punto de terminar una novela muy larga y sin
compromisos, de la que en pocos días podía enviarle la primera copia
terminada.
“Cuando recibimos el primer ejemplar del libro
impreso, en junio de 1967, Mercedes y yo rompimos el original acribillado
que Pera utilizó para las copias”.
Paco Porrúa lo aceptó por telegrama, y a vuelta de
correo me mandó un cheque de quinientos dólares como anticipo. Justo para
los nueve meses de alquiler que nos habíamos comprometido a pagar por esos
días, y no encontrábamos cómo, por un mal cálculo mío para terminar la
novela.
De todos modos, la limpia transcripción de Pera con tres copias en papel
carbón estuvo lista en dos o tres semanas más. Alvaro Mutis fue el primer
lector de la copia definitiva, aun antes de mandarla a la imprenta.
Desapareció dos días, y al tercero me llamó con una de sus furias
cordiales, al descubrir que mi novela no era en realidad la que yo contaba
para entretener a los amigos, y que él repetía encantado a los suyos.
—¡Usted me ha hecho quedar como un trapo, carajo! —me gritó—. Este libro
no tiene nada que ver con el que nos contaba.
Luego, muerto de risa, me dijo:
—Menos mal que este es mucho mejor.
No recuerdo si entonces tenía el título de la novela, ni dónde ni cuándo
ni cómo se me ocurrió. Ninguno de los amigos de entonces ha podido
precisarlo. ¿Habrá algún historiador imaginativo que me hiciera el favor
de inventar este dato?
La copia que leyó Alvaro Mutis fue la que mandamos en dos partes por
correo, y otra fue el respaldo que él mismo llevó poco después en uno de
sus viajes a Buenos Aires. La tercera circuló en México entre los amigos
que nos acompañaron en las duras. La cuarta fue la que mandé a
Barranquilla para que la leyeran tres protagonistas entrañables de la
novela: Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas y Alvaro Cepeda, cuya hija
Patricia la guarda todavía como un tesoro.
Cuando recibimos el primer ejemplar del libro impreso, en junio de 1967,
Mercedes y yo rompimos el original acribillado que Pera utilizó para las
copias. No se nos ocurrió pensar ni mucho menos que podía ser el más
apreciable de todos, con el capítulo tercero apenas legible por la lluvia
y por los hierros de aplanchar. Mi decisión no fue nada inocente ni
modesta, sino que rompimos la copia para que nadie pudiera descubrir los
trucos de mi carpintería secreta. Sin embargo, en alguna parte del mundo
puede haber otras copias, y en especial las dos enviadas a la Editorial
Sudamericana para la primera edición. Siempre pensé que Paco Porrúa —con
todo su derecho— las había guardado como reliquia. Pero él lo ha negado, y
su palabra es de oro.
“¡Pues yo prefiero morirme antes que vender esta joya
dedicada por un amigo!” Alcoriza.
Cuando la editorial me mandó la primera copia de las
pruebas de imprenta, las llevé ya corregidas a una fiesta en casa de los
Alcoriza, sobre todo para la curiosidad insaciable del invitado de honor,
don Luis Buñuel, que tejió toda clase de especulaciones magistrales sobre
el arte de corregir, no para mejorar, sino para esconder. Vi a Alcoriza
tan fascinado por la conversación, que tomé la buena determinación de
dedicarle las pruebas: Para Luis y Janet, una dedicatoria repetida pero
que es la única verdadera: “del amigo que más los quiere en este mundo”.
Junto a la firma escribí la fecha: l967. La mención sobre la firma
repetida, y las comillas en la frase final, se debían a una dedicatoria
anterior que había firmado en un libro para los Alcoriza. Veintiocho años
después, cuando Cien Años de Soledad había hecho su carrera, alguien
recordó aquel episodio en la misma casa, y opinó que las pruebas con la
dedicatoria valían una fortuna. Janet las sacó de su baúl y las exhibió en
la sala, hasta que le hicieron la broma de que con eso podían salir de
pobres. Alcoriza hizo entonces una escena muy suya, dándose golpes con
ambos puños en el pecho, y gritando con su vozarrón bien impostado y su
determinación carpetovetónica:
—¡Pues yo prefiero morirme antes que vender esta joya dedicada por un
amigo!
Entre la justa ovación de todos, volví a sacar el mismo bolígrafo de la
primera vez, que todavía conservaba, y escribí debajo de la dedicatoria de
dieciocho años antes: Confirmado, 1985. Y volví a firmar como la primera
vez: Gabo. Ese es el documento de 180 folios con 1.026 correcciones de mi
puño y letra, que será puesto en pública subasta el 21 del septiembre de
este año en la feria del libro de Barcelona, sin participación ni
beneficio alguno de mi parte.
Que no haya dudas de que es una operación legítima. Lo que ha
desconcertado a algunos es por qué las galeras originales estaban en mi
poder, si debía haberlas devuelto a Buenos Aires para que introdujeran las
correcciones finales en la primera edición. La verdad es que nunca las
devolví corregidas de mi puño y letra, sino que mandé por correo la lista
de las correcciones copiadas a máquina línea por línea, por temor de que
el mamotreto se perdiera en la vuelta.
Luis Alcoriza murió en su ley en 1992, a los setenta y un años, en su
retiro de Cuernavaca. Janet siguió allí, y murió seis años después,
reducida a un pequeño núcleo de sus amigos fieles. Entre ellos el más fiel
de todos, Héctor Delgado, que los había adoptado como padres y se ocupó de
ellos en las vacas flacas de la vejez, más y mejor que si hubieran sido
los verdaderos. Antes de morir, ellos lo nombraron su heredero legítimo
por disposición testamentaria. Lo único que me parece injusto de esta
historia a la vez inverosímil y memorable, es que Luis y Janet vivieran
sus últimos años con cientos de miles de dólares guardados a salvo del
tiempo y las polillas en el fondo del baúl, por la invencible dignidad
ibérica de no vender el regalo del amigo que más los quiso en este mundo.
Gabriel García Márquez México, DF, 2001 |