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Fuente: Universidad
de Chile
I. El léxico de la muerte en Petronio
Hemos recogido aquí, en el intento de
comprender cómo entendía la muerte un hombre y un escritor como Petronio,
los términos con los cuales a lo largo de su obra él alude a la muerte.
Empezaremos por los verbos: con excepción de morior e iaceo, la
gran mayoría de ellos son compuestos: aufero, effero decedo, abeo,
obeo, pereo, requiesco; y, en expresiones a su vez compuestas, in larvam
intro, mihi anima in naso est, animam abicio, animam ebullio, spiritum
excutio, oculos obduco, piscis beluisque exponor.
Nos detendremos, por ende, en las
preposiciones que funcionan aquí como preverbos.
El ob de obeo, "marcharse"
y de oculos obduco, "cubrir los ojos", intensifica la
noción de alejamiento y ocultamiento, y encierra cierto matiz de
hostilidad ; y el per de pereo, y el de de decedo indican
un irse del todo definitivamente, un retirarse, un desaparecer.
El ab de abeo, aufero, abicio, designa
el alejamiento, la ausencia, la privación, a veces, como aquí, el
acabamiento; marca el punto o el momento de la partida, la separación de
una cercanía que ya no será tal.
El ex de effero, ebullio, excutio, contiene
él también la idea de salida, de paso de un estado a otro, de término y
expulsión.
El vivir, al que hacen referencia muchos
de esos verbos (fero, eo, iacio, bullio, quatio, duco) en su forma
simple, es un hacer múltiple: ir y venir, llevar, conducir, soportar,
agitarse, mostrarse. Es cercanía, ebullición, presencia; marca el
movimiento, la acción, el zarandeo del que el hombre es víctima y
agente, dentro de su espacio y de su tiempo. El morir, en cambio,
condensado en los preverbos que modifican el sentido de ese vivir, indica
una brusca inversión de ruta; a cada acción opone la que le es contraria
y sella el inexorable destino humano.
Todo esto está ratificado por la partícula
re de requiesco, que expresa un movimiento hacia atrás, el
retorno a un estado anterior a la vida, una vuelta en sentido opuesto, que
deshace lo hecho ya consumido, acabado, reducido a la nada; y está
sellado por el iacere, "estar tendido, abatido, inmóvil
opuesto al stare entendido como un estar de pie, un sostenerse que
parecía no tener fin, un perdurar en el tiempo perseverando en una
actitud de exhibición de pujanza, casi de exaltación a menudo febril y
vana.
Lo más interesante del léxico
petroniano de la muerte son las expresiones compuestas, que se hacen eco
del lenguaje cotidiano, por lo general muy colorido. La primera que hemos
citado es in larvam intrare, "estar por morir",
"estar a punto de alcanzar la condición de espectro". Hay en
ella un movimiento de una naturaleza distinta de aquella que conocemos,
del cual
ningún viviente puede dar cuenta, y que
supone penetrar en otra dimensión: esa en la cual, como en las efigies de
los Lares colgadas, en las plazas y en los cruces, de hilos de lana en
ocasión de ciertas festividades, cierto simulacro de existencia no
depende de uno. Parecencia de una vida que es ficción y nada más.
Penetrar y quedarse en ese estado que después de muertos pasamos a tener
en propiedad. Así lo establece el destino, obedeciendo a un designio
fijado, desde siempre y para siempre, por la palabra imperativa de unas
divinidades infernales, por un malus fatus irrevocable. Otra, anima
in naso esse , "tener el alma en la punta de la nariz",
"tener el corazón en la garganta", "estar a punto de morir
de miedo", es extraordinariamente colorida y eficaz, ilustrando una
situación que sería dramática si no despertara la risa.
Siguen: animam ebullire o
abicere y spiritum excutere, effundere, o impendere. La
primera significa literalmente "echar afuera el alma",
"hacerla saltar lejos del cuerpo como bullendo" y, por ende,
"morir". El bullire tiene una fuerza especial, si se
tiene en cuenta que apenas unas líneas más abajo Petronio le hace decir
a Seleuco, uno de los comensales de la Cena de Trimalción, que los
hombres no son más que burbujas de aire, bullae, como las que
suelen formarse a veces en la superficie del agua. Bullire
significa emitir un ruido, un crujido, un leve alboroto. Y anima es
el soplo que abandona el cuerpo en un brinco, en el momento de la muerte.
Del mismo modo, spiritum excutere grafica el exhalar, zarandeando,
el aliento que sale apresuradamente de la boca del moribundo, como res
vacua que ya ha terminado de cumplir su misión.
Los hombres vamos muriendo de a poco, por
partes. Eumolpo, el poeta, recita tristemente: "Cayeron nuestros
cabellos, aderezo único de nuestra lindura. ... Ahora, desnudas de su
sombra, están tristes nuestras sienes, y la calva abrasada sonríe con
nuestros pelos rapados..¡ Desgraciado! hace nada lucías con tus melenas
más bello que Febo y la hermana de Febo. Pero ahora, más liso que un
bronce o que la redonda seta del huerto..., huyes y temes a las muchachas
burlonas". Ut mortem citius venire credas scito iam capitis
perisse parten : "Para que admitas que la muerte llega muy
pronto, sábete que ya ha fenecido una parte de tu cabeza. "(109)
¿Qué quedará?
Nada más que una larua, un
espectro, un fantasma. La muerte barre ya sea con el cuerpo, que es capaz
de sentir el placer y el dolor, ya con el alma, soplo vital que lo ha
animado. Por un tiempo quedarán unos pobres huesos descarnados, ossucula,
sobre los cuales parientes, amigos, conocidos, derramarán, más o
menos gustosamente, lágrimas y libaciones; luego, cuando éstos también
hayan sido devorados por el fuego sobre una pira durante el sepelio, sólo
cenizas inmóviles y calladas. ¡pobre cuerpo despojado de sus fuerzas
vitales, vanamente ataviado con la mejor vestimenta, perfumado con nardo y
ungido con finos ungüentos, envuelto en su mortaja y cubierto con
preciosos damascos, acompañado por el estrépito de las cornetas, el
brillo de las antorchas y los gemidos de los asistentes a la ceremonia con
la cual se le rinden los últimos honores!
¿Qué quedará?
Un monumentum a la medida del que
ha sido arrebatado por los Manes infernales, que evoca (monuit) el
recuerdo de un prodigio (monstrum) de aquella que fue vida y
ya no lo es; advierte que se ha cumplido la voluntad de los dioses y del
destino de truncar el agitarse de un espíritu bullente, y evoca el deseo
del difunto de asegurarse aún un poco de vigor conservando viva su
memoria en los que lo conocieron. Una inscriptio que resume sus
virtudes en nítido perfil. Después, durante un tiempo, quizás, la
gloria, mezquino consuelo; luego el olvido, opaco y sin resonancias; y
finalmente, ni siquiera una minucia, ni una hilacha, una partícula, un ápice;
nihil, nada: Orco se lo ha llevado entero a la morada de los más.
En cuanto a los nombres, ellos se
refieren en gran parte a la ceremonia fúnebre, al difunto y su atavío: funus,
rogus, pyra, sepultura, fatale conditorium, testamentum, monumentum,
inscriptio, epigramma, parentalia, vitalia; extinctus, defunctus, mortuus,
cineres, ossa carentia bustis, ossucula, cadaver, simulacrum, manuciolum
de stramentis; stragula, ampulla nardi, unguentum; a las fuerzas que
decretaron la muerte, malus fatus, y a las manifestaciones de duelo
que la acompañan: lamentationes, planctus.
También están, en las partes líricas
de la novela, los nombres de las divinidades, los lugares y los personajes
míticos del Infierno: lurida mortis imago, Orcus, Manes inferni o
Stygii, Tisiphone, Ditis, Porthmus, Erinys, Bellona, Megera, Letum,
Erebus, Penetralia Cocyti, Tartara , y las Parcas hilando sus rocadas
de oro (29).
Desgarradora tristeza de lo irreparable. Cui
non est mors una satis? "¿A quién no le basta una
muerte?"(108) (*) acota Petronio con su amarga ironía.
Si bene calculum ponas, ubique naufragium est. "Dondequiera
que uno mire, sólo contempla un naufragar en el piélago del no
ser". Nihil aliud est nisi cadavera, quae lacerantur, aut corvi ,
qui lacerant, "Nada hay sino cadáveres que son devorados por los
cuervos, y cuervos que los devoran" (115).
¿Qué ha hecho Petronio con estas
palabras? Ellas son palabras latinas y muestran el sentir latino acerca de
la muerte. Concreto, realista, Petronio ha retratado con ellas una muerte
que es, simplemente, el otro lado de la vida, y está ahí para
destacarla; que la hace más querida, más valorada, y, al menos desde su
punto de vista, mejor aprovechada
II. Vita versus mortem
Efímera y caduca, la vida, siempre
considerada en oposición a la muerte, es amada desesperadamente y
adquiere, por contraste, una intensidad singular, tanto más fuerte
cuantos menos se cree en un más allá que la prolongue, que no sea el del
recuerdo o de la gloria, efímeros ellos también. Hay que estar alerta,
si se quiere que la muerte no lo pille a uno desprevenido.
Por eso Trimalción tiene un precioso
reloj con un trompetero que pregonea las horas con voz estentórea, justo
para tener siempre presente cuánto de vida se le ha escapado. Ego sic
semper et ubique vixi, ut ultimam quamque lucem tanquam non rediturus
consumerem, "Yo, por mi parte, -dice Eumolpo- siempre y
dondequiera que estuve, viví cada día como si fuese el último y no
debiese volver más".Quam in praecipiti res humanae essent (55)
"¡Cuán caducas son las cosas humanas!" (55), Cor
nostrum cotidie liquescit "Nuestro corazón se desvanece cada día"
(42). Dies nihil est "El día no es nada" (41). Dum
versas te, nox fit. Itaque nihil est melius quam de cubiculo recta in
triclinium ire, "Apenas te das vueltas y se hace de noche; así
que nada mejor que pasar de la cama a la mesa" (38). Eheu, ergo
diutius vivit vinum quam homuncio. ... Vita uinum est, " ¡Ay de
nosotros! Entonces un vino vive más que un pobrecillo ser humano. El vino
es vida" (34). ¡Cuán fugaz es todo lo humano! Ergo, cum sciamus
nos morituros esse, quare non vivamus? "Por esto, ahora que
sabemos que vamos a morir, ¿por qué no vivimos?" (72) Sanguen
illi fervet, "A ese le hierve la sangre" (59). "¡Vivamos
pues, mientras nos es lícito gozar de buena salud! "(34).
En la relaciones que se establecen entre
los hombres, la benevolencia, que asegura una cálida convivencia y ¿por
qué no? una buena dosis de conveniencia, es un consuelo: Serua me,
seruabo te. Illud est uiuere. " ¡Sálvame a mí que yo te salvaré
a ti! Eso es vivir" ¿Lo bueno de la vida? Pues, en primer lugar la
vida misma, per se; luego el dinero, la alegría y, por supuesto,
el amor.
Con respecto al dinero, abundan los
comentarios. He aquí algunos como botones de muestra:
De Diógenes: De nihilo creuit... quom
incuboni, pilleum rapuisset, et thesaurum invenit ... Quam bene se
habuit! Non impropero illi. Sestertium suum uidit decies, sed male
uacillauit. Non puto illum capillos liberos habere . "Salió de
la nada, pero atrapó el gorro de un duende y ahora tiene un tesoro. ¡Qué
bien se lo ha pasado! No se lo echo en cara. Logró ver su millón de
sestercios, pero luego se hundió de mala manera. No creo que tenga un
pelo sin hipotecar" (37-38).
De Trimalción: fundos habet, quantum
milui uolant, nummorum nummos. Argentum in ostiareii illius cella plus
iacet, quam quisquam in fortunis habet "Tiene de fincas cuanto
vuelan los milanos, y dinero sobre dinero. Plata hay por el suelo, en la
garita de su portero, más de la que mucha gente tiene de
capital"(37).
De la mujer de Trimalción: Fortunata
appellatur, quae nummos modio metitur "Se llama Fortunata y mide
su dinero por arrobas" (37).
De Crisanto: Ab asse crevit et paratus
fuit quadrantem de stercore mordicus tollere. Itaque creuit, quicquid
creuit, tanquam fauus .... In manu illius plumbum aurum flebat "Empezó
a crecer desde un as y estuvo siempre dispuesto a recoger hasta con los
dientes un centavo de la basura. Así, cuanto tocó le medró como espuma
... En sus manos el plomo se convertía en oro"(43). Del edil de
turno: ... plus in die nummorum accipit quam alter patrimonium habet
Iam scio unde acceperit denarios mille aureos. "Más dinero
recibe en un solo día, que otro tiene de hacienda. Ya sé yo de dónde
recibió mil denarios" (44).
De Tito: Et Titus noster magnum animum
habet, et est caldicerebrius... Ut quadringenta impendat, non
sentiet patrimonium illius "Nuestro Tito anda por lo grande y le
bulle la cabeza. Le han quedado treinta millones de sestercios .... aunque
gaste cuatrocientos mil, su patrimonio no se resentirá" (45).
Enotea, recitando un poema:
Quisquis habet nummos, secura. nauiget
aura
fortunamque suo temperet arbitrio.
Quod uis, nummis praesentibus opta,
et veniet. Clausum possidet arca Iovem.
"Quien tiene dineros, navega con viento
seguro y tempera la suerte a su albedrío. Cualquier cosa que quieras, deséala
con dinero por delante, y vendrá. Un arca guarda encerrado a Júpiter"
(137). Encolpio, comentando los hechos del día: Unde plani autem, unde
leuatores uiuerent, nisi aut locellos aut sonantes aere sacellos pro hamis
in turbam mitterent? Sicut muta animalia cibo inescatur, sic homines non
caperentur nisi spe aliquid morderet "¿De qué vivirían los
vagabundos...si no lanzasen como gancho, en las aglomeraciones, fardeles o
bolsas en que tintinea el dinero? del mismo modo que los animales, que no
hablan, son atraídos por un cebo, así los hombres no serían cogidos si
no picaran en alguna esperanza" (140).
Tras el dinero están la buena comida,
que depende estrechamente de aquél; y la alegría: Simus a primitiis
hilares, "¡Seamos felices desde el comienzo! " (59), Felicitate
dissilio, "Estoy saltando de contento" (75), Tanta, est
animi beatitudo "Tan grande es el júbilo de su corazón"
(38). Último, aunque no, por cierto, en orden de importancia, está el
amor, del cual por ahora vamos a desentendernos.
La muerte es aquí la gran protagonista.
Cuando llega la hora fatal, hay que estar preparado, como el bueno de
Trimalción que se ha preocupado con antelación de todos los detalles:
desde la mortaja hasta el perfume y todo lo demás. Ha ensayado el
velorio, ha hecho público su testamento, ha encargado al marmolero su
tumba dándole instrucciones más que precisas, sin olvidar nada ni con
respecto a la decoración, ni al cuidado que de él habrán de tener los
esclavos a quienes manumitirá con ese único propósito. Hasta el
epitafio ha compuesto, para estar seguro de que diga lo que él quiere que
diga: nada más nada menos. Y todo para asegurarse unas migajas de gloria
y una parecencia de vida después de la muerte.
Un hombre muy especial, este Trimalción.
Quizás inspire repulsión, en algún momento, y sin embargo se le
encuentra, con frecuencia, de rara honestidad y coherencia. Cándido,
espontáneo, impulsivo, tierno y cruel, tiene a ratos la sabiduría de los
"pobres de espíritu". Su pensamiento constante: la muerte. Su
obsesión: la inmortalidad. Su capacidad de gozar, directamente
proporcional a su miedo de sufrir. Bondadoso y maligno, es campeón de una
humanitas que une rasgos positivos y negativos, sin
exclusiones. Arrebatado y prudente, es un nudo de contradicciones. Auténtico,
casi infantil, y sin embargo astuto. Se la da de gran señor, pero sabe
que sólo es tal por su dinero. A su modo, es religioso, pero también
irreverente. Resulta interesante su apertura a la gente. Es vital,
campechano, risueño, agradecido; pero sufre porque está consciente de la
efimereidad de los placeres que le llenan los días. Su filosofía de la
vida es práctica e ingenua. Diríase que la presencia de la muerte, viva
y real en él en todo momento, condicione todo su ser y todo su hacer
III. El hombre, un viviente mortal
Petronio no tiene del hombre un concepto
muy elevado. No parece ser una casualidad el hecho de que escasea en el
Satiricón el término vir, mientras abunda homo. A pesar de
esto, hay una suerte de afectuosa empatía entre el escritor y sus
personajes. Lo indica el uso frecuente de la primera persona plural, allí
donde se alude a los hombres. Petronio se incluye frecuentemente a sí
mismo, subrayando así el vinculo que lo une a ellos y su indulgencia
cargada de ironía. Heu, eheu! Utres inflati ambulamus. Minoris quam
muscae sumus. Illae tamen aliquam uirtutem habent; nos non pluris sumus
quam bullae "¡Ay, ay! Somos odres inflados que andan. Más
insignificantes que moscas. ... Estas siquiera quizás tengan algún mérito,
en cuanto a nosotros, no somos más que burbujas". (42)
Lo subraya su preferencia por los
diminutivos: Corcillum est quod homines facit, cetera quisquilla omnia,
"El corazoncito es el que hace a los hombres, todo lo demás es
desecho" (75). Totus homuncio nil est, "Todo hombrezuelo
es una nada" (34).
Con todo, hay una extraña dignidad en
ese "ser hombre", tal que aflora cierto orgullo en algunas
afirmaciones que parecieran oponerse a los asertos en que se mostraba mirársele
en menos:
Homo inter homines sum,
"Soy
hombre entre hombres" (57). Patrono meo ossa bene quiescant, qui
me hominem inter homines uoluit esse, " ¡Que descanse en paz mi
patrono, que quiso que yo fuese hombre entre hombres". Et serui
homines sunt "También los siervos son hombres", (71). Hominem
inter homines feci, "La hice 'ser humano' entre los seres
humanos" (74).
Sólo los dioses están arriba, en el
otro polo del eje, lo cual redunda, por cierto, en favor del hombre. Homines
sumus, non dei. Y sólo las bestias abajo homines non caballi.
Cuando quiere censurar a alguien,
Petronio simplemente le quita el apelativo de hombre. Así, de Crisanto
dice: discordia, non homo, "la discordia en persona, no un
hombre" (42); de Fortunata: codex, non mulier, "una
libreta de cuentas, no una mujer" (74); de Próculo: phantasia,
non homo, "un sueño, no un hombre" (38); y de Safinio: piper,
non homo, "un grano de pimienta, no un hombre".
Y es a la vez un sentimiento de admiración
y condena, de simpatía y sarcasmo, el que lo hace exclamar: Ite nunc
mortales, et magnis cogitationibus pectora implete. Ite cauti, et opes
fraudibus captas per mille annos disponite! "¡Andad ya,
mortales, e hinchad vuestros pechos con grandes pensamientos! ¡Andad, los
precavidos, y disponed por mil años de las riquezas conseguidas por el
fraude!" (115). En homo quemadmodum nata, "¡He aquí el
hombre cómo flota!" (115).
Entre admiración, indulgencia y compasión,
oscilan otras agudas observaciones; por ejemplo, éstas: Assem habeas,
assem valeas; habes habeberis. Sic amicus vester, qui fuit rana, nunc est
rex (77) "Tienes un duro, vales un duro; vales cuanto tienes. Así
este amigo vuestro, que fue rana, ahora es rey" (77); de nihilo
crevit, "creció de la nada"(38), ex asse crevit, "empezó
a crecer desde un as" (4-3); itaque crevit, quicquam crevit,
tanquam favus, "y así creció lo que creció como un panal"
(43); plane Fortunae filius, "claramente, un hijo de la
Fortuna"(43); omnis Minervae homo, "todo un hombre de
Minerva (43).
Y sin embargo, Quae ergo dementia est,
omnia facere, ne quid de nobis relinquat sepultura?, "¿Qué
locura es ésta: hacer todo para que una sepultura no deje nada de
nosotros?" Lo que salva al hombre es eso que llamamos humanitas:
Vides me! nec auguria novi, nec mathematicorum caelum curare soleo; ex,
vultibus tamen hominum mores colligo, et cum spatiantem vidi, quid cogites
scio, "ya me ves a mí, no sé nada de augurios, ni me preocupo
del cielo de los astrólogos; y, sin embargo, por el rostro conozco el carácter
de los hombres, y cuando te he visto pasar, sé lo que piensas"
(126). Tristeza, compasión y una humanísima empatía hacen exclamar a
Trimalción: Eheu nos miseros, quam totus homuncio nil est! Sic erimus
cuncti postquam auferet Orcus, "¡Ay ay, desdichados de nosotros!
que todo hombrezuelo no es nada. Así seremos todos, luego que nos lleve
el Orco"(34).
Usos y costumbres relacionados con la
muerte
l. Funus, el entierro
Se está en el palacio de Trimalción
durante la célebre Cena; el dueño de casa se ha alejado un momento de
sus invitados, y éstos aprovechan para conversar más libremente de
cualquier cosa. Después de que Dama ha expuesto su filosofía sobre lo efímero
de la vida, el frío glacial del invierno y las bondades del vino, toma la
palabra Seleuco, quien pasa del vino al agua, y no cierto para hacer su
apología. Todo lo contrario.
"Yo, dice, no me lavo todos los días;
un chapuzón es como un batán": "el agua tiene dientes, y
nuestro corazón de día en día se hace papilla" (aqua dentes
habet et cor nostrum cotidie liquescit) Pero cuando me he tragado un
puchero de vino con miel, le digo adiós al frío. En verdad, hoy no pude
lavarme porque fui a un entierro. Falleció Crisanto. Gozaba de buena
salud, el hombre, ¡y tan bueno!... Pero, en fin, fue sepultado dignamente
(bene elatus est), en un ataúd tal que daría gusto vivir en él,
tapado con mantas finas. El velorio fue tan bueno que mejor no se podía
esperar -claro, manumitió a unos cuantos esclavos-, aunque su mujer
apenas si exprimió unas lagrimitas" (42).
La creencia de que el agua es dañina
para la salud está difundida, hoy como ayer, entre los buenos bebedores.
Al parecer, también la avalaban algunos médicos del tiempo. "Tiene
el diente largo", y hay que ver cómo lo deja a uno; apenas si puede
sostenerse de pie. No hay como el vino. "Un trago calientito abriga
como un buen traje. Ni compararlo con un baño, que a pesar de ser
caliente, entibia sólo por pocos instantes. Me engullí unas jarras
llenas hasta el borde, y estoy hecho un cuero. Pero de veras que el vino
se me subió a los sesos" (41). La costumbre de no lavarse cuando se
va a un entierro podría estar en relación con la definición que del término
da Servio: funus est iam ardens cadaver, la que se basa
sobre la etimología popular según la cual funus viene de funis
que, de acuerdo a la interpretación de Varrón, (apud Servium, Ae.
6, 224 y 11, 143) significa "antorcha". El fuego que consume
el cadáver "tiene dientes" al igual que el agua, que, a decir
de Seleuco, "licúa al corazón", pero el fin es distinto: al
consumir el cadáver, el fuego libera la que Heráclito llamaba el
"alma seca" del difunto, asegurándole una continuidad de vida
simbolizada por la tea ardiente; mientras al consumir el cuerpo y el alma
misma del viviente, el agua va apagando día tras día su fuerza vital, e
impiadosamente lo condena a fenecer. Esta interpretación está ratificada
por la orden que Trimalción da a su esclavo Estico, de traerle una prueba
del vino con el cual ha dispuesto que sean lavados sus huesos (ex qua
iubeo lauari ossa mea) durante su ceremonia fúnebre. En efecto, los
participantes en el banquete que se daba en honor del muerto debían
verter sobre los huesos de éste la mitad del contenido de sus copas (dimidias
potiones super ossucula ... effundere) en unas libaciones
consideradas como ofrenda ritual de purificación.
2 Vitalia y parentalia,
dos rituales fúnebres
El ceremonial comprende la elección del
féretro en el cual el cadáver será colocado para ser velado, antes de
ser llevado al foro y luego a la pira fúnebre y al lugar de la sepultura.
El féretro de los pudientes será espacioso y confortable, para que la
estancia en él del difunto sea cómoda y placentera tanto como sea
posible. Por eso es llamado vitalis lectus, "lecho de
vida", así como vitalia, "que hace vivir, que conserva
la vida, que tiene e insufla fuerza vital", es llamada la mortaja con
que se le cubrirá para el último trance su "rostro de sombras"
(facies umbrarum), después que el cuerpo ha sido ungido con ungüentos
y bálsamos perfumados revestido con la toga praetexta. bordada con
una larga franja de púrpura, y cubierto con una blanca manta de finísima
lana. Comprobamos estas costumbre en la Cena de Trímalción: "¡Estico,
-ordena éste a su esclavo-, trae mi mortaja con la que quiero ser
enterrado. Saca también el bálsamo y una prueba del vino con el que he
dispuesto que se laven mis huesos". Estico trae al triclinio la
cubierta blanca y la pretexta. Trimalción manda que se compruebe si está
hecha con buena lana. "Cuida, Estico, que los ratones o la polilla no
la toquen -añade-, de lo contrario te quemaré vivo. Yo quiero ser
enterrado con todo aparato, para que todos mis amigos me evoquen a
gusto". Abre un frasco de perfume de nardo y unta con él a los
presentes. "Espero que me agrade tanto de muerto, como ahora de
vivo", comenta. Luego manda echar vino en una gran jarra, pide que
venga una orquesta y dice a sus convidados "Figuraos que estáis
invitados a mi banquete fúnebre". Llantos y lamentos, algunos
sinceros, otros menos, como en todo duelo que se respete, completan el
velorio. Flebat et Fortunata, flebat et Habinnas, tota denique familia,
tanquam in funus rogata, lamentatione triclinium impleuit.
Si los Vitalia conciernen a la vita del
difunto y a todo lo que está destinado a protegerla, los Parentalia remiten
a las honras que son debidas a los parientes muertos y a la solemne
ceremonia con la cual los vivientes les manifiestan su cariño. El cuento
de la viuda de Efeso es, a este propósito, extremadamente ilustrativo,
aunque en él se aluda a un ritual griego: "Cuando hubo de enterrar a
su marido,- narra Petronio - la mujer no se conformó con la costumbre de
marchar tras el cortejo fúnebre con su cabellera despeinada, o de golpear
su pecho desnudo ante la vista de los presentes, sino que acompañó al
difunto hasta el mausoleo, y después de que fue depositado en la
cripta,... se puso a velar y llorar su cuerpo las noches enteras y los días
.... el rostro desgarrado por las uñas. De su aflicción y de su intento
de morir por hambre no pudieron apartarla ni sus padres ni sus
parientes". Menciona después el uso de poner en el monumento una luz
encendida que brille en medio de los sepulcros, y alumbre al difunto. El
relato tiene un desenlace singular. Un pobre soldado sorprende a la mujer
y, prendado de sus gracias, pacientemente comienza a exhortaría a librar
su pecho de un duelo que no sirve para nada, y a convencerla con buenos
argumentos "que todo el mundo tiene el mismo fin y que con certeza,
la última morada es la misma para todos" (omnium eundem esse
exitum et idem domicilium). Finalmente, la elocuencia de su doncella
devuelve la mujer a la vida: Quid proderit, inquit, hoc tibi, si soluta
inedia fueris, si te uiuvam sepelieris, si antequam fata poscant,
indemnatum spiritum effuderis? Id cinerem aut manes credis sentire
sepultos? Vis tu reviviscere? Vis...lucis commodis frui? Ipsum te iacentis
corpus admonere debet, ut uiuas. "¿De qué te servirá todo esto
si te aniquila el hambre, si te entierras viva, si antes de que te lo
exija el destino entregas tu alma inocente? ¿De eso crees que se dan
cuenta estas cenizas o los manes de los sepulcros? ¿Quieres volver a la
vida? ¿Quieres gozar de la alegría de la luz? El propio cuerpo del
muerto debe advertirte de tu obligación de vivir". Y la insistencia
del soldado la devuelve al amor.
3 Novendialis, el banquete del
noveno día
A los nueve días del sepelio, tendrá
lugar el banquete fúnebre, llamado precisamente "Novendial". En
el caso del esclavo de Escisa, un esclavo al que su amo ha liberado en el
momento de la muerte, el banquete es a todo lujo. Los vicesimarii, es
decir, los recaudadores del veinte por ciento del precio al cual el
esclavo ha sido adquirido, han valorado al muerto en cincuenta mil
sestercios, de manera que Escisa, además del banquete, deberá pagar al
fisco un opíparo impuesto (mantisa). Petronio, por boca de
Habinnas que ha participado en el banquete, no omite detalle de éste.
Para deleite de los amantes de la
gastronomía romana citaremos el cerdo coronado con longaniza, porcum
botulo coronatum y acompañado con morcilla, trozo de tripa
rellena de sangre cocida condimentada con cebolla, piñones y especias;
unos menudillos bien aderezados (gizeria), acelga (beta), y pan
integral (autopyrum). El plato fuerte fue un trozo de carne de oso,
que tenía gusto a jabalí. Seguían boconcitos de tripa, higaditos en
sopa, huevos a la copa con birrete, rábanos, mostaza, olivas en salmuera,
jamón de pierna y algo más, que omitimos, para no herir olfatos
delicados. Luego una torta de queso fría cubierta con miel caliente
mezclada con un excelente vino hispánico y adornada con garbanzos,
altranueces, nueces peladas y manzanas. Finalmente queso fresco, mosto
cocido y, un caracol para cada uno. ¡Un verdadero despilfarro!
4 Testamentum y monumentum
El testamento de Trimalción -el término
testamentum procede del osco tristaamentud.- es proclamado
por su propia boca, en un "intermezzo" al que podríamos llamar funus
ante litteram, o pseudoparentalia.
En él, el generoso amo dispone la
liberación de todos sus esclavos. Deja a uno de ellos, Filargión, unas
hectáreas de tierra, además de dejarle a su mujer, esclava ella también;
a otro, Carión, una entera manzana de casas, el veinte por ciento del
precio al que ha sido comprado, y un lecho bien tendido y arreglado. La más
aventajada es naturalmente su esposa Fortunata, que heredera todos sus
haberes.
En su propio provecho, Trimalción
prescribe que unos libertos mantengan pulcra y aseada su tumba, y cuiden
de que nadie la ultraje.
En cuanto al monumento sepulcral, las órdenes
dadas a Habinnas son muy detalladas. Ha de ser cuatro veces más grande
que lo usual, con cien pies de frente y doscientos en dirección a la
campiña. Alrededor habrá toda clase de árboles frutales y una gran
cantidad de viñedos. Deberá tener esculpida la sigla H.M.H.N.S., (Hoc
monumentum heredem non sequitur). Deberán estar allí unas naves
surcando el mar con las velas desplegadas, y Trimalción mismo, sentado en
un estrado como un magistrado, vestido con la toga praetexta, con
cinco anillos de oro en los dedos y en el acto de distribuir a la gente
que lo rodea monedas de una bolsa. En la sala de ingreso estará la
estatua del propietario, con una perrita a sus pies, guirnaldas de flores,
potes con ungüento, y la representación de todos los combates del famoso
gladiador Petraites. A la derecha del dueño de casa estará su esposa
Fortunata, con una paloma en la mano y al lado una perrita atada con una
correa, su chicuelo, y unas cuantas ánforas de vino, selladas para que el
vino no se salga. Y habrá una urna rota un muchachito con encima
llorando. En el medio habrá un reloj, colocado de tal modo que, aun sin
querer, quien mire la hora lea su nombre allí esculpido. El epitafio, que
lo retrata de cuerpo entero dice:
"AQUI YACE GAIO POMPEYO
MECENATIANO. LE FUE OTORGADO EL SEVIRATO MIENTRAS ESTABA AUSENTE.
PUDIENDO ESTAR EN TODAS LAS DECURIAS DE ROMA, NO QUISO. PIADOSO,
VALIENTE, FIEL, ACRECENTO SU FORTUNA PARTIENDO DE POCO. DEJO TREINTA
MILLONES DE SESTERCIOS. NUNCA ESCUCHO A UN FILOSOFO. ADIOS. ¡QUE ESTES
BIEN! -¡TU TAMBIEN, GRACIAS!"
Este epitafio es leído públicamente
durante la cena. Todo parece marchar a la perfección. Pero la perfección
no es de este mundo, y de repente algo sucede que le cae mal a Fortunata.
Bastan unos besitos dados por Trimalción a un joven esclavo muy apuesto,
para que arda Troya. Ambos esposos pierden el control. Fortunata estalla
en llanto, mientras Trimalción, que tiene la palabra fácil, evoca un
pasado en que ella luce un papel no muy fino. De una cosa a la otra, el
enojo llega a tal punto que Trimalción imparte una seca contraorden a
Habinnas, el marmolero: -No más efigie de Fortunata en el mausoleo; mejor
no tener líos después de muerto, ni litigios ni zalamerías. No quiere
que esa ingrata mujer le dé besos cuando ya no tenga vida-.
A pesar de que nada se dice al respecto,
intuimos que esta última orden no prosperará. Trimalción, en el fondo,
es un sentimental y quiere a su mujer, y el enojo se le esfumará en
seguida.
5 Larua argentea, el esqueleto de
plata
Hay un párrafo de la Cena de Trimalción,
que conviene leer con particular atención, y en el cual un monigote de
plata (larua argentea) juega un papel especialmente importante.
Dice asi:
Potantibus ergo nobis et accuratissime
lautitias mirantibus laruam argenteam attulit seruus sic aptatam, ut
articuli eius uertebraeque laxatae in omnem partem flecterentur. Hanc cum
super mensam semel iterumque abiecisset, et catenatio mobilis aliquot
figuras exprimeret, Trimalchio adiecit: Eheu nos miseros, quam totus
homuncio nil est! "Mientras
bebíamos y mirábamos con mucha atención todo aquel bien de Dios, un
esclavo trajo un esqueleto de plata, hecho de tal manera que sus junturas
y sus vértebras desanudadas se doblaban en toda dirección. Una vez que
el esclavo lo hubo arrojado sobre la mesa una y otra vez, y luego que su
movediza ensambladura reprodujera diversas figuras, Trimalción añadió:
-¡Ay, ay, pobres de nosotros! ¡cómo todo hombrecillo es nada!-".
Larua
es
en latín el espíritu de los muertos que, según una creencia popular,
persigue a los vivientes; es, por ende, "fantasma, espectro,
espantajo, máscara como representación de un ser vivo". La larua
, siempre según la creencia popular, conserva del cuerpo sólo el
esqueleto, por eso identifica también a un monigote en forma de
esqueleto. El término tiene cierto parentesco con el nombre del Lar,
espíritu tutelar encargado de proteger el hogar. En origen los Lares parecen
haber sido divinidades o espíritus infernales. Sus efigies, como ya hemos
dicho, se colgaban de hilos de lana en los cruces y en las plazas,
supuestamente para que dejaran en paz a los vivos quedándose satisfechos
con esos oscilantes simulacros. Nos recuerdan las imágenes fálicas que,
en ocasión de la fiesta de Dionisio, los egipcios llevaban en procesión
por las calles, haciéndolas preceder por flautistas, y escoltaban
cantando con mucho alborozo. Se trataba, según dice Heródoto (2,48), de
"marionetas movidas por hilos, largas cuanto un codo, que las mujeres
llevan a las aldeas, con el sexo reclinado y no mucho más, pequeño que
el resto del cuerpo" (Texto
griego)
Permítaseme aquí una digresión: el
fantoche de plata en forma de esqueleto, que inspira a Trimalción la
triste reflexión que hemos mencionado, se presta muy bien para simbolizar
el imperio de Roma, que ya no tiene firmeza ni vigor y se inclina hacia
una y otra dirección de acuerdo a los caprichos de sus gobernantes, que
brilla de luz ficticia, que imita y reproduce todas las formas posibles de
ese ser que ya no tiene vida propia, y a quien cada cual puede arrastrar cómo
y dónde quiere.
Se lo puede manejar según el antojo del
amo de turno que, endiosado, cree tener en mano todos los derechos. Es
decidor el hecho de que esa larua argentea esté exhibiéndose
sobre una mesa, escenario en que se consume su indignidad, mientras ella
sufre bailando una danza macabra y ridícula, como en una farsa ante la
cual todos ríen . Ríen, pero sólo externamente, pues, adentro, su corazón
se inquieta, presintiendo lo que vendrá e identificándose con ese
esqueleto en el cual pronto ellos mismos estarán convertidos.
Forzando el símil, diríamos que Roma ya
no es sino una larua argentea que se pliega a las exigencias del último
tirano. Esas junturas sueltas, esas vértebras laxas, son sus
instituciones, sus tradiciones, sus hombres, tambaleantes e incapaces de
encontrar algo firme en que sostenerse para seguir de pie. Ya no hay mores
ni viri que estén vigentes. La muerte avanza a pasos
agigantados. Los huéspedes de Trimalción se sienten perseguidos por las
figuras que la larva dibuja para ellos, formas sin consistencia, que ahora
son y luego dejan de ser, sucediéndose al azar sin seguir ningún
proyecto, ninguna intención, ninguna meta. Esas figuras parecen ser las
muchas máscaras del hombre, sus muchas conciencias.
La larua es traída por un
esclavo, y es de plata. Es ajustada, acomodada, dispuesta de tal modo que
las junturas, las vértebras sueltas se doblan (apto es el
equivalente latino del griego;
e interesantes son todas las palabras presentes en el breve párrafo que
estamos analizando: articuli, laxatae, flecterentur, abicio, catenatio
mobilis, figura).
Espejea el imperio y la vida con sus múltiples
formas, con todas sus posibles figuras, como un caleidoscopio en
movimiento. Ajuste visible, reflejo de uno invisible. Junturas, vértebras;
movimiento real y ficticio. Vida y ficción de vida, exhibiéndose sobre
una mesa en que viandas se suceden a viandas, para satisfacer el placer de
la carne, hasta la saciedad y la náusea.
Consecuencia de ese modo de ser aptata
de la larua y de ese ser laxatae de las junturas y de
las vértebras, son las infinitas plegaduras, dobladuras, torceduras de un
ser vanamente animado, incapaz de asumir una postura que sea suya, laxo (laxatus)
en su querer.
¿Es, el suyo, un estado vergonzoso (abiectus)?
Notamos que, al parecer, es el esclavo quien arroja una y otra vez el
fantoche sobre la mesa. La ficción no es gobernada, entonces, por un ser
libre y responsable. El abicio de abiecisset es fuerte.
Significa "echar" y "desechar". Hay un singular encono
en ese gesto. El esclavo, en cierto modo, es él también una larua a
la que otros lanzan por aquí y por allá. Sin embargo de ese abicere repetido
y mecánico, nacen formas casi humanas. La de la larua es
ensambladura, no soldadura. El movimiento da vida, "expresa" su
soplo, (spiritum exprimere = exhalar el aliento), hace dar brincos,
arranca de la marioneta su ser móvil e inquieto.
En el contexto frívolo de un beber y un
comer que han dejado de ser sacros y sólo satisfacen los sentidos físicos,
obedeciendo a un juego caprichoso que engendra caprichosas ficciones con
apariencia de verdad, se dibujan y desdibujan figuras que asumen actitudes
y posturas propias de un fantoche de hombre, que se mueve porque alguien
maniobra sus hilos, sin congruencia ni fidelidad a un orden físico ni lógico.
Esta imagen es absolutamente anticipadora de tiempos en ese entonces
lejanos, y de connotaciones en ese entonces insospechadas.
Si Petronio, como parece, vivió en la época
de Nerón, el monigote de plata encarna con extraordinaria viveza al
hombre de esa época, a la merced de un emperador que es esclavo de
pasiones incontroladas y juega con la vida de sus súbditos siguiendo unos
instintos poco loables. Grafica el desasosiego de una humanidad despojada
de sus más elementales derechos por una auctoritas que sólo
mantiene el nombre de tal, pues de hecho, lejos de acrecentarlo (augere),
aniquila lo humano desfigurando el rostro del hombre y del mundo. Y si no
fuese así, sería aún más grave, pues no ya solamente un Nerón, sino
un número indeterminado de anónimos Nerones estarían manipulando a su
antojo el vivir de los humanos.
Hoy, cercanos al comienzo del tercer
milenio, nos percatamos de la lectio secreta de la larua
argentea. ¿Advertía ya Petronio el peligro que se cierne,
amenazador, sobre la humanidad de todos los tiempos y que ya casi nos
alcanza? Nuestros espíritus, temerosos de venir involucrados en un lento
pero inexorable proceso de deshumanización, deberán apresurarse a
encontrar un antídoto que les consienta salvarse. ¿Dónde lo buscarán?
No ciertamente afuera, dentro de un medio hostil y ya todo tendido hacia
una robotización que lo seduce bajo la especie de un hechizo cruel, sino
dentro de sí, allí donde residen las fuerzas vitales que esperan ser
activadas para una puesta en obra capaz de revertir el proceso.
Nosotros no queremos ser marionetas, y
tampoco queremos ser esclavos que manejen sus hilos. Deseamos inyectar
verdadera savia vital en esas junturas desanudadas, en ese ensamblaje
movedizo. De poder escoger, preferiríamos ser pequeños lares de
plata, inmóviles, hieráticos, destinados a tutelar y no a perseguir, el
corazón endeble de nuestro presente, hundidos en el silencio de la
ofrenda y de la contemplación
Giuseppina Grammatico es académica de
la Universidad Metropolitana de Ciencias de al Educación y de la
Universidad Católica de Valparaíso. |