190408 -
Universidad de
Guadalajara (México)
Contenidos
Introducción
1.
Encuentro de voces y representación de lo colectivo
1.1. Las
voces de Comala
2.
Encuentro de voces desde la perspectiva individual de los personajes
2.1 La
conformación de la individualidad
2.2 La
importancia del nombre
2.3 La
autoconciencia y el otro
Introducción
Una cultura descubre su identidad y logra su más alto
desarrollo cuando obtiene un conjunto de valores que la tipifican, y su
madurez consiste en llevar este conjunto de valores hasta sus últimas
consecuencias. Durante el periodo inmediato posterior a la Revolución de
1910, México encuentra un conjunto de valores que se convierten en el
centro y motor de toda la actividad sociopolítica nacional de los
últimos cincuenta años del siglo XX.
Se puede pensar que México constituye un caso especial en
América Latina en términos de identidad, porque en él la conciencia de
la nacionalidad está más arraigada en una tradición histórica: la
Revolución de 1910. La Revolución Mexicana fue un factor decisivo en la
pregunta por la nacionalidad -igualmente en Cuba, años después-. En el
caso mexicano hay una gran autorreferencialidad porque la Revolución
potencia esa tendencia. La Revolución Mexicana tuvo una serie de efectos
fundamentales. El más importante de todos fue la afirmación de la
conciencia del indio como ser cabal, como poseedor de una humanidad
completa, igual a la de todos los hombres. El espíritu de mestizaje fue
otra consecuencia importante, que ha terminado por imponerse a toda la
nación mexicana y que significa una integración progresiva en lo
económico, lo social, en lo étnico y lo cultural. A través de esta
evolución se afianzan otros caracteres no menos significativos de la
nación: la industrialización, el espíritu de progreso, el espíritu
nacionalista y la autoafirmación de lo mexicano.
No obstante, el proceso no se ha concluido y no ha sido
fácil. La Revolución Mexicana de 1910 "descubre que la identidad
nacional ni es idéntica ni es nacional".(1) El levantamiento popular
pone en escena elementos que difícilmente se adaptaron a la estructura
de la anterior dictadura de Porfirio Díaz, que ordenaba el país en un
pueblo pacífico y obediente, por un lado, y en una élite científica y
gobernante, por el otro. Ese juego de fracciones y personajes terminó
por demostrar que la idea de nación no se había fraguado aún, y que la
tesis de unidad era refutada por un territorio cuyo panorama seguía
siendo un mapa de lo diverso.
En este contexto se circunscribe el estudio que
presentamos sobre el análisis de la identidad en la obra del gran
escritor mexicano Juan Rulfo (1918-1986). Hablar de identidad y cultura
en la obra de Rulfo será movernos en ese terreno de la cultura mexicana
que se abre inmenso ante nosotros, en combinación con el no menos
problemático, por inasible, de la obra rulfiana.
La obra de Rulfo, El Llano en llamas -colección de
cuentos publicada en 1953- y Pedro Páramo –única novela publicada
en 1955-, ha sido ejemplo de la narración del retorno a las fuentes, "al
pueblito varado en la historia donde la realidad y la fantasmagoría se
confunden e interpenetran, a la intimidad de su sistema cultural que
articula una organización social primitiva, mitos, creencias, costumbres
desprendidos de la piel de las criaturas".(2) Una obra que es capaz de
despertar los sentidos a nuevas formas de contar y de imaginar
privativas de la cultura propia.
El eje principal de nuestra reflexión es el problema de
la identidad y el medio para realizarla es el análisis de la novela de
Rulfo, Pedro Páramo. Hemos seguido una metodología historicista,
sin excluir otras perspectivas como la sociológica, y en ella damos
cabida a los aspectos composicionales y estilísticos de la obra,
mediante el análisis de las voces en función de la configuración de los
personajes en el texto.
1. Encuentro de voces y representación de lo colectivo
Las obras de Juan Rulfo, José María Arguedas, Augusto Roa
Bastos "constituyen sin duda una literatura alternativa escrita que se
inscribe en los márgenes -abiertos hacia las culturas orales- de la
cultura escriptural hegemónica".(3)
En la escritura de Rulfo, la voz se convierte en elemento
plástico con cualidades particulares que le permiten ser percibida en
otros sentidos: "'¡Despiértate!', vuelven a decir. La voz sacude los
hombros. Hace enderezar el cuerpo. Entreabre los ojos.",(4)
y más adelante podemos leer: "¿No oyes? ¿No oyes cómo rechina
la tierra? -No, Susana, no alcanzo a oír nada. Mi suerte no es tan
grande como la tuya. -Te asombrarías. Te digo que te asombrarías de oír
lo que yo oigo." (p. 139).
Pedro Páramo posee múltiples estilos que son
introducidos por los mismos personajes, estilos que pertenecen a los
diferentes estratos sociales del medio rural y a la tradición oral. En
la organización de dicho material, los personajes son portadores de sus
propios discursos, sin mediación alguna del narrador, los cuales se
integran al texto desde la memoria de alguno ellos.
Los numerosos estudios de la obra rulfiana han puesto
singular atención a la estructura y significación de los personajes más
destacados -Pedro Páramo, Susana San Juan, los hijos de Pedro Páramo,
por ejemplo-. Nosotros nos detendremos a revisar más de cerca el
personaje que es protagonista de la novela, según dice Juan Rulfo: el
pueblo.
Se trata de una novela en que el personaje
central es el pueblo. Hay que notar que algunos críticos toman
como personaje central a Pedro Páramo. En realidad es el pueblo.
Es un pueblo muerto donde no viven más que ánimas, donde todos
los personajes están muertos, y aun quien narra está muerto.(5)
Se podría pensar en Comala como un personaje colectivo y
tipificado; sin embargo, los personajes que asoman en los murmullos de
sus paredes y calles son personajes con caracteres individuales en su
mayoría. No es posible, entonces, aceptar la afirmación de que se trata
de un grupo homogéneo de campesinos y de mujeres que se resignan ante la
situación que la Media Luna, residencia del cacique, impone a Comala, el
pueblo, porque así como encontramos un fragmento impersonal:
Ruidos. Voces. Rumores. Canciones lejanas.
Mi novia me dio un pañuelo
con orillas de llorar...
En falsete. Como si fueran mujeres las que
cantaran. (p. 60)
encontramos también campesinos, como Galileo, que no
están dispuestos a ceder ante las arbitrariedades del cacique (cf. pp.
57-58), o peones de la Media Luna que critican abiertamente a su patrón
(cf. p. 39), y mujeres que prevén los abusos de Pedro Páramo (cf. pp.
142-143).
1.1 Las
voces de Comala
Revisemos de qué manera se estructuran las voces que dan
vida a este personaje de naturaleza oral por excelencia, el pueblo.
Hemos seleccionado aquellos fragmentos que corresponden a voces
individualizadas que surgen en forma directa. El narrador omnisciente
introduce la primera escena contando uno de los "chismes" que llegaron a
la Media Luna la noche del entierro de Miguel Páramo:
Una mujer que esperaba en las afueras del pueblo
contó que había visto el caballo corriendo con las piernas
dobladas como si se fuera a ir de bruces. Reconoció el alazán de
Miguel Páramo. Y hasta pensó: "Ese animal se va a romper la
cabeza." (p. 38)
y luego, deja paso a la charla de los hombres que
"platicaban, como se platica en todas partes, antes de ir a dormir",
descansando "de la larga caminata que habían hecho hasta el panteón":
-A mí me dolió mucho ese muerto -dijo Terencio
Lubianes-. Todavía traigo adoloridos los hombros.
-Y a mí -dijo su hermano Ubillado-. Hasta se me
agrandaron los juanetes. Con eso de que el patrón quiso que
todos fuéramos de zapatos. Ni que hubiera sido día de fiesta,
¿verdad, Toribio?
-Yo qué quieren que les diga. Pienso que se murió
muy a tiempo.
Al rato llegaron más chismes de Contla. Los trajo
la última carreta.
-Dicen que por allá anda el ánima. Lo han visto
tocando la ventana de fulanita. Igualito a él. De chaparreras y
todo.
-¿Y usted cree que don Pedro, con el genio que se
carga, iba a permitir que su hijo siga traficando viejas? Ya me
lo imagino si lo supiera: "-Bueno -le diría-. Tú ya estás
muerto. Estáte quieto en tu sepultura. Déjanos el negocio a
nosotros." Y de verlo por ahi, casi me las apuesto que lo
mandaría de nuevo al camposanto.
-Tienes razón, Isaías. Ese viejo no se anda con
cosas. (p. 39)
La protesta es evidente contra la autoridad de Pedro
Páramo y queda manifiesto que el pueblo sabe del poco cariño que tenía
por su hijo. Se trata de gente bajo el servicio del cacique porque viven
en la Media Luna y lo llaman "patrón". Son voces del pueblo,
ciertamente, pero con su individualidad bien definida. Son personajes
con nombres propios, hablan de lo que piensan -"pienso que"- en un
estilo directo, de manera que podríamos decir que cada voz es una
conciencia y la suma de ellas conforma el nivel que dialoga con la
instancia que detenta el poder.
La crítica en contra del patrón va en aumento conforme
avanza la plática hasta llegar a un grado tal que llegan a hablar por el
patrón utilizando el estilo propio del cacique. Este rasgo es de suma
importancia si consideramos que usualmente es la instancia superior la
que habla por los sectores inferiores o marginados.
El hecho de que se permita a los subordinados ser
portadores de la palabra ajena, y más aún ya que aquí se trata de la
palabra del patrón, es un logro desde el punto de vista formal y
composicional que conforma con ello un espacio de verdadero diálogo
ideológico y social, en igualdad de condiciones y sin mediación alguna
del narrador que introdujo la escena.
La plática finaliza con la denominación despectiva del
patrón, "ese viejo", que ha resultado del consenso del grupo y que
entrará en vigencia, a partir de ese momento, entre el resto de la
población:
-Deja ya de correr. Se ha quedado parado en
aquella esquina.
-Entonces a ninguna de las dos, ¿ya ves?
-Pero qué tal si hubiera resultado que a ti o a
mí. ¿Qué tal?
-No te hagas ilusiones.
-Después de todo estuvo hasta mejor. Dicen por
ahí los díceres que es él el que se encarga de conchavarle
muchachas a don Pedro. De la que nos escapamos.
-¿Ah, si? Con ese viejo no quiero tener
nada qué ver.
-Mejor vámonos.
-Dices bien. Vámonos de aquí. (p. 57. Subrayado
nuestro.)
Hombres y mujeres salen de su anonimato y asumen una voz
que los representa a la vez como individuos y como miembros de una
comunidad realmente viva por la pluralidad de mentalidades que la
conforman. Así como las mujeres de la cita anterior coinciden en su
forma de catalogar a Pedro Páramo, encontramos también otras que no
piensan de la misma manera cuando se refieren al cacique en su relación
con Susana San Juan:
-Tal vez haya muerto. Estaba muy enferma. Dicen
que ya no conocía a la gente, y dizque hablaba sola. Buen
castigo ha de haber soportado Pedro Páramo casándose con esa
mujer.
-Pobre del señor don Pedro.
-No, Fausta. Él se lo merece. Eso y más. (p. 142)
Y no es que doña Fausta no estuviera de acuerdo con
Ángeles, sino que en un primer momento no se atrevía a expresar su
verdadera opinión; la sinceridad de Ángeles le permite externar lo que
realmente piensa:
-Ni lo piense, Ángeles. Ni lo quiera Dios. [...]
Mire usted, ya se ha vuelto a prender la luz en la ventana.
Ojalá todo salga bien. Imagínese en qué pararía el trabajo que
nos hemos tomado todos estos días para arreglar la iglesia y que
luzca bonita ahora para la Natividad, si alguien se muere en esa
casa. Con el poder que tiene don Pedro, nos desbarataría la
función en un santiamén. (p. 143.)
La fuerza de los rumores, de lo que se dice por ahí, el
poder de la oralidad es por demás evidente. El mismo Pedro Páramo la
utilizó para apoderarse de las tierras de los pequeños propietarios:
-Yo ni me le he acercado a ese señor. La tierra
sigue siendo mía.
-Eso dices tú. Pero por ahí dicen que todo es de
él.
-Que me lo vengan a decir a mí.
-Mira, Galileo, yo a ti, en confianza, te
aprecio. Por algo eres el marido de mi hermana. Y de que la
tratas bien, ni quien lo dude. Pero a mí no me vas a negar que
vendiste las tierras.
-Te digo que a nadie se las he vendido.
-Pues son de Pedro Páramo. Seguramente él así lo
ha dispuesto. ¿No te ha venido a ver don Fulgor?
-No.
-Seguramente mañana lo verás venir. Y si no
mañana, cualquier otro día.
-Pues me mata o se muere; pero no se saldrá con
la suya.
-Requiescat in paz, amén, cuñado. Por si las
dudas. (p. 58).
Pero no todos los campesinos aceptaban resignadamente lo
que el patrón disponía. En el diálogo anterior, que se oye en forma
directa y, al igual que los anteriores, sin mediación alguna,
encontramos dos mentalidades enfrentadas, de la misma condición social y
hasta vinculados con lazos familiares que responden de manera singular
ante la misma circunstancia. Galileo rehusa dirigirse al cacique en
términos de respeto, aunque el cuñado tampoco utiliza el "don" para
Pedro Páramo, pero sí para "don Fulgor", Galileo evita hasta el
pronunciar su nombre y se muestra dispuesto a defender hasta las últimas
consecuencias lo que le pertenece, mientras que el cuñado acepta la
decisión del cacique y en un tono de suave burla se despide de Galileo.
El único sector del pueblo que logra entablar diálogo con
el cacique es el grupo de revolucionarios. Pedro Páramo, con la
habilidad que lo caracteriza, asume un tono sumiso, "-Patrones -les dijo
cuando vio que acababan de comer-, ¿en qué más puedo servirlos?" (p.
124), y propicia el diálogo. La desorganización del grupo es evidente en
lo que respecta al ideario de lucha -como de hecho ocurrió en muchos
bandos durante la Revolución Mexicana-, pero desde su postura y con sus
propios estilos se enfrentan al dueño de las tierras:
-Yo sé la causa -dijo el otro-. Y si quiere se la
entero. Nos hemos rebelado contra el gobierno y contra ustedes
porque ya estamos aburridos de soportarlos. Al gobierno por
rastrero y a ustedes porque no son más que unos móndrigos
bandidos y mantecosos ladrones. [...]
-Que nos dé lo que su buena intención quiera
darnos.
-Éste "no le daría agua ni al gallo de la
pasión". Aprovechemos que estamos aquí, para sacarle de una vez
hasta el maiz que trai atorado en su cochino buche. (pp. 125 y
126)
La postura impasible del cacique deja inútiles los
insultos que le dicen. Realmente, los revolucionarios se encuentran no
sólo en el territorio de Pedro Páramo, sino que son sus invitados, y los
términos de la entrevista también los ha establecido el dueño. Sin
embargo, no deja de ser interesante que, nuevamente, no hay mediación de
una instancia superior narrativa y que el que cambia de tono es el
patrón y se pone al nivel del pueblo, que amenaza con destruir su
autoridad. ¿El poder de la revolución? Posiblemente. Lo cierto es que
los revolucionarios encuentran lugar para expresar las únicas ideas que
tienen bien claras: el rechazo a la autoridad que los ha sometido por
mucho tiempo y que ha abusado despojándolos de lo que les pertenece.
En todos los ejemplos anteriores la voz de los personajes
llega directamente, y si hay presencia del narrador sólo es en función
de una ubicación superficial, pero nunca interviene dando juicios o
encaminando hacia cierta interpretación de lo que se dice.
Curiosamente, cuando un personaje funge como mediador de
otras voces deja paso libre a la voz ajena, ofreciendo su propia
conciencia como lugar de expresión. En este caso se encuentra el relato
que corresponde a Toribio Aldrete, cuya voz hemos decidido incluir como
parte del pueblo, dadas las circunstancias en que se presenta. Desde el
punto de vista social, Toribio Aldrete pertenece al sector que posee
tierras en mayor extensión, y en las condiciones en que se encontraba la
familia Páramo a la muerte de don Lucas, podemos decir que Aldrete ocupa
un estrato superior a ellos por el hecho de ser acreedor suyo. A pesar
de estas circunstancias, Toribio Aldrete sólo es un obstáculo más para
Pedro Páramo en su afán de poseer toda la tierra.
En la reunión que sostiene con Fulgor Sedano para -según
él cree- solucionar el problema de los límites, Toribio Aldrete expresa
su opinión sobre su opositor:
-Con ese papel nos vamos a limpiar usted y yo,
don Fulgor, porque no va a servir para otra cosa. [...] Ahora ya
sé de qué se trata y me da risa. Dizque "usufruto". Vergüenza
debía darle a su patrón ser tan ignorante. [...] A usted ni
quien le menoscabe lo hombre que es; pero me lleva la rejodida
con ese hijo de la rechintola de su patrón. (pp. 45 y 46)
Su voz llega a través de la conciencia de Fulgor Sedano,
pero los términos de la crítica se encuentran en el mismo nivel del
pueblo y con un estilo que combina el de Toribio Aldrete y el propio de
Fulgor Sedano.
A través de la compleja estructura que presenta una
multiplicidad de estilos, diversas maneras de pensar y un considerable
número de motivos temáticos a través de las voces de Comala, Juan Rulfo
asume el problema que representa la tradición oral frente a la
literatura escrita: la heterogeneidad cultural en el papel que ésta
juega en la conformación de la identidad nacional.
Pedro Páramo ha sido calificada como novela
dialógica y polifónica, en donde el lector no se encuentra con los
sentimientos o la visión de la realidad del autor, sino con "las
visiones del mundo contrastadas y diversas de los personajes, que se
configuran en una red de signos y de símbolos que engloba funciones
diversas".(6)
2. Encuentro de voces desde la perspectiva individual de los personajes
La pluralidad de lenguajes del medio social que yace en
el interior de Pedro Páramo asoma a partir del discurso de los
personajes como una iluminación en términos de un debate y confrontación
de ideas que definen el estilo de la novela. El diálogo de lenguajes que
se produce en la conciencia de algunos personajes -Juan Preciado y
Dorotea, especialmente- permite afirmar que el estilo total del texto se
define a partir del encuentro de las múltiples formas del lenguaje
social que provienen de la cultura oral.
2.1 La
conformación de la individualidad
Juan Rulfo presenta la historia de un pueblo que se
construye a través de las voces independientes de sus pobladores. La
forma del personaje adquiere un significado individual gracias a una
serie de elementos, entre los que podemos citar:
-
Los
nombres que portan. La mayoría de los personajes tienen un nombre
propio, inclusive los del pueblo -Terencio Lubianes, Ubillado
Lubianes e Isaías; doña Fausta y Ángeles; Galileo y su cuñado-, y
cuando estos nombres parecen corresponder a un símbolo es en función
de su misma caracterización.
-
El
personaje parece condicionar su entorno y es el centro de su
historia. Los motivos argumentales evolucionan a partir de ellos y
sus actos están sometidos a diversos tipos de valoración.
-
El
anonimato se rompe. Gracias a ciertas formas biográficas,
especialmente en Juan Preciado, Pedro Páramo, Dolores Preciado,
Susana San Juan y Dorotea.
-
Aunque
las voces movilizan el mismo material lingüístico, se puede percibir
un perfil psicológico que las individualiza, a pesar de estar en un
plano de igualdad en cuanto al habla y a la carga cultural.
-
El
trabajo de estructuración de los narradores explica el desarrollo de
los conflictos que se tematizan en el texto. Se trata, entonces, de
un coro de voces individualizadas pero que se unen en un concierto
de ideas que responden a la cultura propia.
2.2 La
importancia del nombre
Gabriel García Márquez señala que uno de los problemas
esenciales en la adaptación al cine de Pedro Páramo es el de los
nombres. Por subjetivo que se crea, dice el autor colombiano, "todo
nombre se parece de algún modo a quien lo lleva, y eso es mucho más
notable en la ficción que en la vida real. Juan Rulfo ha dicho, o se lo
han hecho decir, que compone los nombres de sus personajes leyendo
lápidas de tumbas en los cementerios de Jalisco. Lo único que se puede
decir a ciencia cierta es que no hay nombres propios más propios que los
de la gente de sus libros".(7)
Rulfo no estaba seguro del nombre que iba a llevar su
novela, señala Sergio López Mena, quien nos cuenta la historia del
nombre:
en marzo de 1954 había aparecido en Las Letras
Patrias, revista que dirigía Andrés Henestrosa, un fragmento
de la novela de Rulfo, cuyo título se decía que era Una
estrella junto a la luna. Las Letras Patrias incluyó
las dos primeras secuencias de la novela y las tituló [sic]
"Un cuento". Ese mismo año, en el mes de junio, la Revista de
la Universidad de México dio a conocer otro fragmento de la+
novela con el rubro "Fragmento de la novela Los murmullos",
y una pequeña revista que dirigía Carlos Ramos Gutiérrez,
Dintel, publicó en su número de+ septiembre de 1954 la parte
final de la obra, bajo el título "Comala", y con la nota
"Fragmento de la novela en preparación titulada Los murmullos".(8)
Finalmente, la novela no llevaría ninguno de los nombres
antes propuestos y saldría bajo el título de Pedro Páramo.
Los nombres son para Juan Rulfo elementos portadores de
historia. Al hablar de la historia prehispánica del occidente de México,
Rulfo se refirió varias veces a la cuestión de los topónimos nahuas y
con ello pone en evidencia su preocupación por los nombres:
Quizá por esto se comprueba que los nombres
sean de origen náhuatl, sí, los nombres de Colima y
Jalisco, y ninguno tenga nombre tarasco, a pesar de su
vecindad. [...]
El resto de los nombres, tanto de Colima
como de la antigua provincia de Ávalos, y en general los de
Jalisco, Nayarit, con excepción de la tierra del Nayar, hasta
parte de Sinaloa, por ejemplo Mazatlán, son todos toponímicos
nahuas aunque existe la posibilidad que los nombres
originales, es decir, prehispánicos, hayan sido diferentes,
esto es de dudarse... [...]
[Los creadores de la cultura de occidente,
Colima, Jalisco y Nayarit (excepto el Nayar)] eran una parte de
las siete tribus que vinieron de Aztlán y se quedaron aquí. Y la
prueba está que, posiblemente, hayan hablado náhuatl, su idioma
original haya sido el náhuatl y lo prueba el hecho que todos los
pueblos tengan nombres nahuas. Entonces, tenemos que
regresar otra vez al principio.(9)
Para Rulfo, la fuerza simbólica de los nombres radica en
que ser significa "ser" para otro y a través del otro "ser" para sí
mismo. El hombre no dispone de un territorio soberano interno sino que
está siempre sobre la frontera, y mirando al fondo de sí mismo es como
el hombre que encuentra los ojos del otro y lo ve con los ojos del otro.
Lo único que Pedro Páramo no usurpa es su nombre. Es el
primer nombre que Juan Preciado pronuncia y es también el primero que
aparece en la novela: "Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi
padre, un tal Pedro Páramo." (p. 7). Lo único que Juan Preciado tiene de
su padre es el dato de su nombre: "-No lo conozco -le dije-. Sólo sé que
se llama Pedro Páramo." (p. 9), y su fuerza es tal que más allá de la
promesa que hiciera a su madre moribunda, confiesa a Dorotea: "se me fue
formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor
llamado Pedro Páramo." (p. 7. Subrayado nuestro).
Pedro Páramo no puede escapar al significado de su
nombre. Pedro: roca. Páramo: terreno sin cultivar, raso, inhabitado;
lugar sumamente frío. Al final de su vida, que es también el final de la
novela, su nombre se hace realidad:
Pedro Páramo respondió:
-Voy para allá. Ya voy.
Se apoyó en los brazos de Damiana Cisneros e hizo
intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó,
suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un
golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera
un montón de piedras. (p. 159)
al igual que su apellido: "Todos escogen el mismo camino.
Todos se van." [...] La tierra en ruinas estaba frente a él, vacía." (p.
158).
La marca de su nombre la hereda quien lleva su apellido
-Miguel Páramo- o quien aspira a tenerlo -Juan Preciado-. En ambos
casos, se destaca la cuestión de la consanguinidad, aunque con
diferentes matices. Con Miguel Páramo, el Padre Rentería es el que
parece prever lo que ocurrirá por el hecho de llevar la sangre de Pedro
Páramo:
-Don Pedro, la mamá murió al alumbrarlo. Dijo que
era de usted. Aquí lo tiene. Y él ni lo dudó, solamente le dijo:
-¿Por qué no se queda con él, padre? Hágalo cura.
-Con la sangre que lleva dentro no quiero tener
esa responsabilidad.
-¿De verdad cree usted que tengo mala sangre?
-Realmente sí, don Pedro. (pp. 89-90)
Y en el caso de Juan Preciado, resulta muy significativo
revisar de cerca las circunstancias que él mismo narra de su muerte:
No sentía calor, como te dije antes; antes por el
contrario, sentía frío. Desde que salí de la casa de
aquella mujer que me prestó su cama y que, como te decía, la vi
deshacerse en el agua de su sudor, desde entonces me entró
frío. Y conforme yo andaba, el frío aumentaba más y más,
hasta que se me enchinó el pellejo. Quise retroceder porque
pensé que regresando podría encontrar el calor que acababa de
dejar; pero me di cuenta a poco andar que el frío salía de
mí, de mi propia sangre. Entonces se me heló el alma.
Por eso es que ustedes me encontraron muerto. (pp. 77-78.
Subrayado nuestro)
A Juan Preciado lo mata el frío, un frío que no se
explica, porque contrasta con la condición natural de la que se había
alejado y con el clima de Comala que era tan caliente como el infierno.
Pero, como él mismo lo dice, es el frío que sale de su sangre: Páramo
significa también lugar sumamente frío, y aunque no lleva el apellido
del padre, sí lleva en sus venas la sangre de Pedro Páramo.
Lo anterior resulta más interesante si revisamos que
antes de esta descripción de su muerte ninguno de los personajes con
quienes se ha encontrado lo llama por su nombre. Dorotea es la primera
en nombrarlo. Al morir, encuentra por fin a ese otro que lo llama por su
nombre, y siempre en la unidad -tal parece que indisoluble- de su nombre
con su apellido. Es el único de los hijos de Pedro Páramo al que siempre
se le nombra con nombre y apellido: "Juan Preciado", y también el único
personaje que vive esta circunstancia. La decisiva influencia de su
madre en su carácter -que no le permite siquiera ver con sus propios
ojos el lugar en que se encuentra- queda marcada definitivamente en su
nombre.
El estudio del manejo de los nombres en la novela permite
abrir otro camino para la significación total del texto. Así lo han
expresado los críticos que se han ocupado de ellos. Sin embargo,
podríamos afirmar que prácticamente ninguno se ha detenido a revisar lo
que parece ocurrir con dos personajes secundarios que viven la
transformación de su nombre en apodo.
Inocencio Osorio, que trabajaba como "amansador" en la
Media Luna es conocido "por el mal nombre del Saltaperico por ser
muy liviano y ágil para los brincos" (p. 24), según dice Eduviges Dyada.
La gente cambia el nombre de Inocencio -que significa inocente- por el
de Saltaperico que es una especie de juguete de pólvora, que al
encenderse produce un trueno y brinca hasta apagarse; en Jalisco se le
conoce también como "palomita". Eduviges reconoce que se trata de un
"mal nombre", y con ese juicio da una pista al lector para entender el
sentido de la transformación. La relación que se establece con su oficio
de amansador y su habilidad para brincar se une a su otra 'profesión'
como "provocador de sueños" de las mujeres que atendía.
Pero es sin duda el segundo personaje quien ofrece una
transformación más interesante. Cuando El Tartamudo lleva a Pedro Páramo
el mensaje de la muerte de Fulgor Sedano en manos de los
revolucionarios, éste le dice:
¿Conoces al Tilcuate? [...]
-Díle al Tilcuate que [...] (p. 121)
y lo envía a buscarlo para que esté presente en la comida
que ofrecerá a los revolucionarios, según nos informa el narrador: "Detrasito
de él, en la sombra, aguardaba el Tilcuate" (p. 124). Una vez que
los revolucionarios se han marchado, el narrador se refiere de nuevo al
personaje por el apodo: "le preguntó más tarde al Tilcuate" (p.
126), y continúa poniéndonos al tanto de la situación. Pedro Páramo, que
tiene ya previstos sus planes para controlar la cuestión revolucionaria,
dice al Tilcuate:
-No, Damasio, el jefe eres tú. ¿O qué, no
te quieres ir a la revuelta? (p. 26. Subrayado nuestro)
y a cambio de protección para sus territorios, le ofrece
una pequeña hacienda:
allí mismo pondrá a tu nombre la propiedad. ¿Qué
dices, Damasio? (p. 127)
Pedro Páramo, que antes se refirió a él por su apodo,
cuando lo mandó buscar, en el momento en que le confiere un cargo de
importancia lo llama por su nombre y nunca más por su apodo:
-Supe que te habían derrotado, Damasio. (p. 137)
-¿Ahora te me vas a poner exigente, Damasio?
[...] No, Damasio. Hazles ver que no andas jugando ni
divirtiéndote. (p. 138)
Sin embargo, el narrador no parece haberse dado cuenta
del cambio y continúa llamando al personaje por el apodo con que lo
conoce la mayoría:
El Tilcuate siguió viniendo (p. 150)
El nombre Tilcuate, del náhuatl tlilkoatl,
designa una especie de víbora negra que además de atacar al hombre,
suele luchar con otras serpientes, a las que devora. Y el nombre Damasio
significa 'domador'. El derivado que Pedro Páramo utiliza, tilcuatazos,
aclara, por una parte, el tipo de 'adiestramiento' que se encontrarán
los revolucionarios que osen enfrentarse al jefe nombrado por él, y por
otra, la paradoja de que precisamente El Tilcuate, víbora, se llame y
sea ahora Damasio, el domador, y el domador de la revolución.
2.3 La
autoconciencia y el otro
La autoconciencia, como rasgo de la estructuración del
personaje, permite verlo en su interior, y mirar al personaje desde su
interior significa oírlo más que verlo. Verlo sería describir sus rasgos
físicos individuales y sus características socioculturales; pero oírlo
significa mirar cómo vive en su interior el mundo exterior, significa
saber lo que el entorno representa para él; oírlo no es objetivarlo, es
darle vida, darle voz y platicar con él.(10)
Durante el primer momento de la narración de Juan
Preciado (desde su llegada a Comala hasta el relato de su muerte)
prácticamente todos los personajes de la novela se reflejan en la
conciencia de Juan Preciado, forman parte de su relato -que podríamos
llamar discurso interior puesto que se encuentra muerto-. Se introducen
con sus "verdades", sus posiciones frente a la vida y Juan Preciado
establece con ellos un diálogo interior fundamental y trascendente.
Con personajes como Juan Preciado se cambia el momento de
la definición del personaje, ya no le corresponde al autor decir quién
es él, es el personaje mismo quien vislumbra su propia definición. El
personaje es un sujeto de conciencia y el autor, en su actitud creativa,
mira y acepta la conciencia inconclusa de su personaje que no puede ser
resuelta; entonces la actitud artística del autor actúa en consecuencia,
ve a un hombre en el personaje. Con ello se consigue crear personajes
vivos, por el hecho de no estar concluidos, de no haber dicho la última
palabra sobre ellos.
Conviene recordar las palabras de Alejo Carpentier cuando
se refiere a la creación de personajes en la novelística
latinoamericana:
Nunca he entendido por qué el novelista tiene
tantos malestares de creación cuanto se trata de situar al
hombre nuestro en un paisaje nuestro, de centrar, de cercar,
ubicar, relacionar su psicología. Todo lo que hay que hacer es
dejarlo actuar. [...] Dejar los personajes en libertad, con sus
virtudes, sus vicios, sus inhibiciones -¡y cuidado que los hay,
en América Latina!- partiéndose de la verdad profunda que es la
del escritor mismo, nacido, amamantado, criado, educado en el
ámbito propio, pero lúcido únicamente a condición de que
desentrañe los móviles de la praxis circundante.(11)
Trece años después, Juan Rulfo se expresa en términos
semejantes, sólo que desde los márgenes de su propia obra:
A veces resulta que escribo cinco, seis o diez
páginas y no aparece el personaje que yo quería que apareciera,
aquel personaje vivo que tiene que moverse por sí mismo. De
pronto, aparece y surge, uno lo va siguiendo, uno va tras de él.
En la medida en que el personaje adquiere vida, uno puede,
entonces, ver hacia dónde va; siguiéndolo lo lleva a uno por
caminos que uno desconoce pero que, estando vivo, lo conducen a
uno a una realidad, o a una irrealidad, si se quiere.(12)
En una entrevista que se le hace un año después, reitera
sus mismos postulados respecto de su posición como autor frente a sus
personajes:
-No. Es más complicado. Al personaje, primero
tengo que imaginarlo, luego gestar sus características. Después
vendrá la búsqueda de cómo habrá de expresarse. Cuando todo esto
haya concluido y no existan contraindicaciones, lo ubico en una
determinada región... y lo dejo en libertad. A partir de ese
momento sólo me dedico a observarlo, a seguirlo. Tiene vida
propia, y mi tarea se simplifica a ese extremo de no tener otra
cosa que hacer, más que seguirlo.(13)
Desde esa libertad que Rulfo les confiere, los personajes
surgen y buscan su definición a través de su propio discurso y del de
los demás, y, por ello, su proceso de autoidentificación no puede
escindirse de la presencia del otro y no siempre llega a los mismos
términos de conclusión o indeterminación.
¿Cuáles son los personajes de Pedro Páramo que
llegan a expresar una autodefinición?
1. Abundio Martínez: "-Yo también soy hijo
de Pedro Páramo -me dijo." (p. 10)
2. Eduviges Dyada: "-Soy Eduviges Dyada.
Pase usted." (p. 15)
3. Miguel Páramo: "Soy Miguel Páramo, Ana.
No te asustes." (p. 36)
4. Damiana Cisneros: "-No me llamo Eduviges.
Soy Damiana. [...] -Mi madre me habló de una tal Damiana que
me había cuidado cuando nací. ¿De modo que usted...? -Sí, yo
soy." (p. 44)
5. Fulgor Sedano: "Fulgor Sedano, hombre de 54
años, soltero, de oficio administrador, apto para entablar y
seguir pleitos, por poder y por mi propio derecho, reclamo y
alego lo siguiente..." (p. 45) "Sabrá pronto que yo soy
el que sabe. Lo sabrá. Y a lo que vengo." (p. 47)
6. Dorotea: "Soy algo que no le estorba a
nadie." (p. 79. Subrayados nuestros).
Seis personajes entre los que no se encuentran los tres
que han sido calificados por la crítica como los más importantes, dado
su protagonismo en el texto: Juan Preciado, Pedro Páramo, Susana San
Juan. Más aún, ésta última hace un planteamiento a la inversa:
-¿Y yo quién soy?
-Tú eres mi hija. Mía. Hija de Bartolomé
San Juan. En la mente de Susana San Juan comenzaron a caminar
las ideas, primero lentamente, luego se detuvieron, para después
echar a correr de tal modo que no alcanzó sino a decir:
-No es cierto. No es cierto. (p. 108.
Subrayado nuestro).
Susana San Juan es el único personaje que se enfrenta a
su padre para cuestionarlo sobre su identidad, y la única también que
rechaza la definición que se le ofrece porque no coincide con su propio
pensamiento, porque no está acorde con sus ideas.
Además, en el texto podemos encontrar que todos los
personajes tienen un cierto oficio o actividad que los caracteriza,
Abundio es arriero; Eduviges Dyada, hostelera; Damiana Cisneros,
caporala de la servidumbre; Fulgor Sedano es administrador; Dorotea,
limosnera y alcahueta; pero Juan Preciado no se sabe qué es. Por la edad
que tendría al llegar a Comala, suponemos que debía tener un oficio que
le hubiera permitido sacar a su madre de vivir como arrimados, pero no
se dice nada. Y como Juan Preciado, Pedro Páramo, que en un primer
momento es el cacique y el dueño de la Media Luna y sus alrededores,
renuncia a su oficio para abandonarse a la desesperanza y a la espera de
una muerte definitiva, de la que ya no habrá de resurgir.
Notas
-
Saúl
Millán, "Rastros de una identidad fragmentada", México indígena,
núm. 22, 1988, p. 25.
-
Angel
Rama, La novela en América Latina, Universidad Veracruzana,
México, 1986, pp. 189-190.
-
Martín
Lienhard, La voz y su huella: Escritura y conflicto étnico-social
en América Latina (1492-1988), Casa de las Américas, La Habana,
1990, p. 171.
-
Utilizamos la última edición revisada por el autor. Pedro Páramo,
3ª ed. (1981), FCE, México, 1991, p. 32. Las citas siguientes
corresponden también a esta edición, y sólo se indicará la página
entre paréntesis. El subrayado es nuestro.
-
Joseph
Sommers, "Los muertos no tiene tiempo ni espacio (un diálogo con
Juan Rulfo)", en La narrativa de Juan Rulfo. Interpretaciones
críticas, Joseph Sommers (ed.). SEP-Setentas, México, 1974, p.
19.
-
Américo
Ferrari, "Decurso narrativo y niveles de significación en Pedro
Páramo", en Crítica semiológica de textos literarios
hispánicos, Miguel Angel Garrido Gallardo (ed.), CSIC, Madrid,
1983, p. 801.
-
Gabriel
García Márquez, "Breves nostalgias sobre Juan Rulfo", en Juan
Rulfo. Toda la obra, Claude Fell (coord.), UNESCO, Madrid, 1992,
pp. 800-801. [Publicado por primera vez en Inframundo, Ed.
del Norte, México, 1980, pp. 23-25].
-
Sergio
López Mena, Los caminos de la creación en Juan Rulfo, UNAM,
México, 1993, p. 75.
-
Juan
Rulfo, "Dónde quedó nuestra historia", en Dónde quedó nuestra
historia. Hipótesis sobre historia regional, (1ª ed. 1984), 2ª
ed. ampliada, Gonzalo Villa Chávez (ed.), Universidad de Colima,
Colima, 1986, pp. 33, 34 y 60.
-
Cf.
Martín Ramos Díaz, La palabra artística en la novela de Juan
Rulfo, Universidad Autónoma del Estado de México, México, 1991,
pp. 187-188.
-
Alejo
Carpentier, "Problemática de la actual novela latinoamericana", en
Tientos y diferencias, Arca, Montevideo, 1967, p. 21.
-
Juan
Rulfo. "El desafío de la creación", Revista de la Universidad de
México, núms. 2-3, 1980, p. 15.
-
Juan E.
González, "Entrevista con Juan Rulfo", Revista de Occidente,
núm. 9, 1981, p. 106.
Bibliografía
Carpentier, Alejo, "Problemática de la actual novela
latinoamericana", en Tientos y diferencias. Arca, Montevideo,
1967.
E. González, Juan, "Entrevista con Juan
Rulfo", Revista de Occidente, núm. 9, 1981.
Ferrari, Américo, "Decurso narrativo y niveles de
significación en Pedro Páramo", en Crítica semiológica de
textos literarios hispánicos, Miguel Angel Garrido Gallardo (ed.),
CSIC, Madrid, 1983.
García Márquez, Gabriel, "Breves nostalgias sobre
Juan Rulfo", en Juan Rulfo. Toda la obra, Claude Fell
(coord.), UNESCO, Madrid, 1992. [Publicado por primera vez en
Inframundo, Ed. del Norte, México, 1980].
Lienhard, Martín, La voz y su huella: Escritura y
conflicto étnico-social en América Latina (1492-1988). Casa de
las Américas, La Habana, 1990.
López Mena, Sergio, Los caminos de la creación en
Juan Rulfo. UNAM, México, 1993.
Millán, Saúl, "Rastros de una identidad fragmentada",
México indígena, núm. 22, 1988.
Rama, Angel, La novela en América Latina.
Universidad Veracruzana, México, 1986.
Ramos Díaz, Martín, La palabra artística en la
novela de Juan Rulfo. Universidad Autónoma del Estado de México,
México, 1991.
Rulfo, Juan, "Dónde quedó nuestra historia", en
Dónde quedó nuestra historia. Hipótesis sobre historia regional,
(1a. ed. 1984), 2a. ed. ampliada, Gonzalo Villa Chávez (ed.),
Universidad de Colima, Colima, 1986.
Rulfo, Juan, "El desafío de la creación",
Revista de la Universidad de México, núms. 2-3, 1980.
Rulfo, Juan, Pedro Páramo, 3a. ed. (1981), FCE,
México, 1991.
Sommers, Joseph, "Los muertos no tiene tiempo ni
espacio (un diálogo con Juan Rulfo)", en La narrativa de Juan
Rulfo. Interpretaciones críticas, Joseph Sommers (ed.).
SEP-Setentas, México, 1974.
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