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Sacando un afilado cuchillo de
grandes dimensiones, lo clavó en el pecho del enamorado, mientras éste
besaba la rosa. Luego le cortó la cabeza y la enterró, junto con el
cuerpo, en la tierra blanda”: este es “El duende del rosal”, un cuento
infantil. Su autor es el célebre danés de bicentenario cumpleaños Hans
Christian Andersen. En la mayoría de sus cuentos, la muerte baila, como la desgracia y el castigo de la vanidad en “Las zapatillas rojas”. Baila, y baila, humana y divina, y los buenos mueren: los niños, los ancianos, los enamorados, en bella y poética estampa de crónica social de la era industrial. No solo la muerte baila, también el amor. Amar muriendo En “El duende del rosal”, una pareja claudica su amor por la muerte del amante. Lo asesina su cuñado. Pero la magia coloca a un pequeño elfo en la rosa que el enamorado besaba, y esta criatura fantástica narra el asesinato a la viuda novia. Luego, ella, “apartando las hojas y la tierra no tardó en encontrar el cuerpo del asesinado (...) Hubiera querido llevarse el cadáver a casa, pero al serle imposible cogió la cabeza lívida, con los cerrados ojos, y besando la fría boca sacudió la tierra adherida al hermoso cabello. ¡La guardaré! -se dijo- (...) y volvió a su casa con la cabeza (...)Llegada a su habitación, cogió la maceta más grande que pudo encontrar, depositó en ella la cabeza del muerto”. Y así lo amó, bajo la tierra y decapitado. En otra historia de amor, “Bajo el sauce”, Andersen narra el romance entre unos niños. Al ser adultos, la joven rechaza a su antiguo enamorado, y él, herido, regresa al sauce en que eran felices antaño. Llega el frío y se deja morir. No muere de amor: es hipotermia. Otro amor frustrado, como los que tuvo el autor mismo, pues jamás se casó, es el de “La sirenita” o “La pequeña Ondine”, que Disney inmortalizó en celuloide en 1989 con un final feliz. En el cuento original, la sirenita enamorada decide entregar su voz por un par de piernas, pero si su amor no es correspondido, se convertirá en espuma. El príncipe —¡oh, rareza!— se enamora de otra y decide casarse con ella. Inevitable muerte, espuma flotará. Entonces, “procedente del mar, escuchó la llamada de sus hermanas: ‘¡Sirenita! ¿Ves este puñal? ¡Tómalo y, antes de que amanezca, mata al príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita como antes y olvidarás todas tus penas’”. Pero en Andersen, a veces, el sentimiento se impone a la razón, y cuando la heroína decide matar a su único amor, desiste: “Arrojó el arma al mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse espuma”: suicida. Poético patético mundo Antes de convertirse en espuma, “la sirenita lloró por primera vez”. Así Andersen muestra el patetismo de la vida y el amor, y sus cuentos, aunque infantiles, son historias que hoy se colocarían en un periódico. A diferencia de Charles Perrault y los hermanos Jacobo y WilhelmGrimm, el universo de Andersen no reside en la fantasía: sí hay elfos y príncipes, pero la muerte y la miseria se anclan en la realidad, en la vida cotidiana. Este hombre, que dijo: “Escribo mis cuentos como si se los contara a un niño”, es un magistral evocador de la muerte. No solo reivindica al disfuncional patito feo y lo convierte en cisne y hace que una hermosa bailarina se enamore de un soldado cojo; mata de frío a una niña pordiosera, permite que un verdugo corte los pies de la protagonista de “Las zapatillas rojas” y logra que un enjambre vengue al amante muerto en “El elfo del rosal”, quien “se fue volando en busca de las abejas, y les contó la historia del malvado hermano, y las abejas lo dijeron a su reina, la cual dio orden de que, a la mañana siguiente, dieran muerte al asesino”. Y lo dice con palabras para un niño. |
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