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Los intelectuales
y el poder" es el título de una extensa conversación entre Michel Foucault
y Gilles Deleuze que tuvo lugar en 1972. Foucault comienza refiriendo la
inquietud de un maoísta que comprendía bien por qué Sartre se ocupaba de
política, un poco menos por qué lo hacía Foucault, pero para nada en el
caso de Deleuze. El en ámbito de la filosofía alemana, Nietzsche y sobre
todo Heidegger fueron los nombres en torno a los cuales se planteó la
cuestión de las relaciones entre los filósofos y la política. En gran
medida, el centenario del nacimiento de Sartre está
convirtiéndose en
la ocasión para desplazar este interrogante hacia el paisaje intelectual
francés del siglo XX y retomar el tema de aquella conversación entre
Deleuze y Foucault.
El intelectual y el profesor
El compromiso político de Sartre, sus luchas y sus causas son nuevamente
objeto de un debate que se ve fortalecido por la comparación con el otro
pensador político francés nacido en el mismo año; compañero de estudios
gracias al cual Sartre descubrió la fenomenología: Raymond Aron.
Cuenta Simone de Beauvoir que una tarde en el bar Bec de Gaz de la calle
Montparnasse, mientras tomaban la especialidad de la casa, cóctel de
albaricoque (o, según otras tradiciones, una simple jarra de cerveza),
recién llegado del Instituto francés de Berlín, Aron convenció a Sartre de
que la fenomenología respondía exactamente a sus preocupaciones
filosóficas. Y Sartre se encaminó hacia Friburgo: hacia Husserl y
Heidegger.
Pero el tiempo terminó enfrentándolos. En un rincón, el intelectual
militante, el pensador de izquierda, vinculado al marxismo —aunque las
relaciones no siempre fueron buenas: sus libros estuvieron prohibidos en
los países del Este— y al maoísmo; en el otro, el defensor de ideas
liberales, el investigador cercano a la derecha francesa —aunque las
relaciones tampoco fueron siempre buenas: "profesor en Le Figaro,
periodista en el Collège de France", dijo de él De Gaulle—.
En medio del fervor de los acontecimientos del 68, el 19 de junio de ese
año, precisamente, Le Nouvel Observateur publicó una larga
entrevista, reproducida luego en Situations VIII y titulada: "Las
bastillas de Raymond Aron", en la que Sartre afirmaba: "Aron no se
discutió nunca a sí mismo y es por eso que a mis ojos es indigno de ser
profesor"; no se puede suponer que "pensar sólo detrás del escritorio —y
pensar la misma cosa desde hace treinta años— represente el ejercicio de
la inteligencia". "Un intelectual, para mí, —decía allí Sartre,
diferenciándose de Aron— es eso: el que es fiel a un conjunto político y
social, pero que no cesa de discutirlo".
La herencia de Hegel
Resulta imposible comprender por qué y cómo los filósofos franceses del
siglo XX hacen política sin tener presente a Hegel. Y en particular, la
interpretación que de él hace, así como la influencia y la personalidad de
Alexandre Kojève. La obra filosófica de Sartre, en efecto, se puede leer
como una extensa discusión con el hegelianismo desde una perspectiva
existencialista que se combina con elementos del psicoanálisis y del
marxismo. A partir de esta discusión, Sartre llegará a una concepción
filosófica de la política del siglo XX opuesta a la de Kojève.
En 1927, Kojève —ruso, sobrino de Kandinsky y apenas tres años mayor que
Sartre— se instala en París. Kojève había conocido a Alexandre Koyré a
causa de una curiosa historia sentimental: Kojève terminó casándose con la
esposa del hermano de Koyré, otro emigrado ruso que dictaba un curso sobre
la filosofía religiosa de Hegel en la Ecole Pratique des Hautes Etudes.
Cuando Koyré fue transferido a El Cairo, Kojève se encargó de reemplazarlo
en aquel curso. Esta sustitución terminó convirtiéndose, junto con la
recepción de Husserl y de Heidegger, y luego de Nietzsche, en uno de los
acontecimientos fundadores de la filosofía francesa del siglo XX.
Y aquella curiosa historia sentimental fue una de las muchas casualidades
que hicieron posible el célebre seminario de Kojève sobre la
Fenomenología del espíritu de Hegel. De 1933 a 1939, generalmente los
lunes a las 17,30, para seguir el comentario párrafo por párrafo del texto
de Hegel, se reunían casi todos aquellos que luego serían los
intelectuales de la posguerra: Raymond Queneau, Gaston Fessard, Jacques
Lacan, Raymond Aron, Georges Bataille, Maurice Merleau-Ponty, Jean
Hyppolite, André Breton... En la lista de los asistentes formales o
informales, sin embargo, no figura Sartre.
A Kojève, en realidad, no le interesaba tanto el texto de Hegel, sino, más
bien, las consecuencias especulativas que podía extraer de su sistema. En
1947, Gallimard publicó el contenido del seminario bajo el título de
Introducción a la lectura de Hegel. El capítulo de la dialéctica del
amo y del esclavo es una de las claves de la interpretación de Kojève: el
hombre es fundamentalmente deseo de reconocimiento, lucha por el
reconocimiento y la historia es historia de los deseos deseados. A partir
de aquí, la Fenomenología aparece como una obra de antropología
filosófica y Hegel, como un pensador existencial. La otra tesis
fundamental de Kojève y la más importante es la del final de la historia
(no sólo de la filosofía, como pensaba efectivamente Hegel). Como
explicará más tarde en su última entrevista, "siempre se producen
acontecimientos, pero desde Hegel y Napoleón no se ha dicho nada más, no
se puede decir nada nuevo". Por ello, tampoco son posibles nuevas
revoluciones; la revolución china, por ejemplo, es sólo la introducción
del código napoleónico en ese país.
De aquel seminario también había participado Robert Marjolin. Después de
la guerra, Marjolin le hizo un lugar a Kojève en el seno de la DREE (la
Dirección de las Relaciones Económicas Exteriores de Francia). El emigrado
ruso se convierte en asesor de los economistas franceses. El filósofo es
ahora funcionario. Entre sus muchos sucesos en este campo, será uno de los
principales negociadores por Francia de los acuerdos que culminaron en el
GATT, dará consejos acerca de cómo devaluar, entrará en contacto con el
futuro primer ministro, Raymond Barre, y los futuros presidentes del Fondo
Monetario. Con la creación del Mercado Común, Kojève se desempañará en los
organismos de la Comunidad, interesándose particularmente en la creación
de un banco común europeo y en la elaboración de un sistema aduanero-tarifario.
La muerte, de hecho, lo sorprenderá en Bruselas.
Durante estos años de funcionario, Kojève comienza a elaborar la idea de
que el nuevo capitalismo representa el estadio final de la historia, la
forma política del reconocimiento recíproco. Esta es la teoría que
expondrá, invitado por Carl Schmitt, en la conferencia "El colonialismo
desde una perspectiva europea". Una frase resume su posición: "Marx es
Dios, Ford es su profeta". Kojève explicará, en efecto, que el nuevo
capitalismo ya no es contradictorio con el marxismo, que ha integrado en
sus mecanismos el potencial revolucionario de éste último y que, por ello,
está destinado a mundializarse. Kojève, un "marxista de derecha".
El final de la historia implicaba, de este modo, que también el hombre
había acabado, había muerto. Su deseo estaba satisfecho; ya no era
necesario luchar por el reconocimiento, sino sólo administrarlo y
extenderlo. Así Kojève podía decir: "nos dirigimos hacia un modo de vida
ruso-americano, antropomórfico pero animal, quiero decir, sin
negatividad", volvemos a la naturaleza, nos convertimos en "monos sabios".
Resucitar la libertad
Sartre, afirma el Diccionario de los intelectuales franceses en el
artículo que le dedica, encarna mejor que nadie la figura del intelectual
francés comprometido con los combates de su tiempo. Pero sería un error
concluir, forzando la contraposición y adoptando las expresiones
enfervorizadas de Sartre, que Aron haya sido sólo un académico, un
intelectual de escritorio. El mismo diccionario, esta vez en el artículo
"Aron", aclara que pocos intelectuales se han comprometido como él. Por
ejemplo, en los años 40, cuando posterga temporalmente su carrera
universitaria para sumergirse en el periodismo político de las revistas
Combat o Le Figaro. O, como aconteció en la época de la
guerra de Argelia, cuando se opuso a la derecha francesa en nombre de la
libertad.
Deberíamos decir, más bien, que Sartre y Aron veían las relaciones entre
teoría y práctica de manera inversa. Para Sartre, diciéndolo muy
esquemáticamente, hay una prioridad de la acción sobre la teoría. Para
Aron, en cambio, la prioridad es elaborar los instrumentos teóricos de la
acción política.
Ahora, como dijimos, es posible leer la obra de Sartre, en particular,
El ser y la nada (1943) y la Crítica de la razón dialéctica
(1960), como una extensa discusión con Hegel-Kojève. En la primera de
estas obras, Sartre parte de la fenomenología. No tanto la de Husserl, que
había criticado en sus trabajos anteriores (como La trascendencia del
ego, 1936), sino sobre todo la de Heidegger. El subtítulo de la obra,
Ensayo de ontología fenomenológica, lleva la marca de esta
filiación.
La primera parte de la obra está dedicada a mostrar la relación entre la
conciencia y la negación. Hay una diferencia fundamental entre el ser que
se convierte en fenómeno para la conciencia (lo que la conciencia conoce)
y el ser propio de la conciencia. Mi conciencia, en efecto, no existe como
distinta, como puesta por mí, mi conciencia soy yo mismo. Del ser distinto
de mí, del ser en-sí, puedo distinguir, entonces, el ser-para-mí, el ser
de la conciencia. Ese ser fuera de mí es lo que de hecho es, en plena
adecuación consigo mismo. En la conciencia, en cambio, no encontramos esta
adecuación. La conciencia está presente a sí, es consciente de sí misma
(si no sería inconciencia); pero esta presencia no es simple coincidencia,
lo que también la volvería inconsciente. La distancia que separa la
conciencia de sí misma no es un ser, sino la nada que proviene de ella
misma. Esta negación, sin embargo, no tiene un fundamento, algo que la
preceda, sino que es sólo su propia actividad. La conciencia, en
definitiva, no es, deviene tal. Su actividad precede a su ser, su
existencia a su esencia.
En este sentido, el hombre se crea su esencia, se elige a sí mismo y
decide sin puntos de apoyo ni criterios preestablecidos. Por ello, es
libre. Esta libertad es, sin embargo, una condena. El hombre no puede no
ser libre. La angustia, precisamente, nos revela nuestra condena a la
libertad.
En unas páginas muy densas (277-298 de la edición francesa), Sartre
compara la conciencia hegeliana con las filosofías de Husserl y de
Heidegger. Retoma la célebre dialéctica entre el amo y el esclavo, que era
una de las claves de la interpretación de Kojève, y acusa a Hegel de un
doble optimismo. Por un lado, un optimismo epistemológico: la relación
entre mi conciencia y la de los otros sería, finalmente, sólo una relación
cognoscitiva, de mutuo re-conocimiento. Para Sartre, no hay reciprocidad.
La relación con los otros es siempre conflictiva y mi maldición es ser
siempre un "otro". Por otro lado, hay en Hegel un optimismo más
fundamental, un optimismo ontológico: la verdad es la verdad del Todo.
Hegel se sitúa desde la perspectiva del Todo. Las conciencias son sólo sus
momentos. Y cada conciencia, en la medida en que es pensamiento, un
cogito, puede reconciliarse con el Todo. La Historia sería el nombre
de esta reconciliación. Para Sartre, en cambio, inspirándose en Heidegger,
la conciencia no se reduce al cogito, es existencia, es proyecto.
En la Crítica de la razón dialéctica, Sartre retoma el problema de
la relación de la conciencia individual con la dialéctica histórica. Se
inspirará ahora en el marxismo, pero corrigiéndolo desde su
existencialismo. También aquí se trata de evitar un optimismo
triunfalista. La totalidad, lo universal, la Historia no existen como
tales; sólo tienen realidad en los individuos: "el fundamento concreto de
la dialéctica histórica es la estructura de la acción individual". No se
trata de superponer la Historia a los individuos, sino de leerla desde
adentro. Toda situación histórica es el resultado de la dialéctica entre
los proyectos de los individuos que, puesto que se fundan en la libertad,
no están predeterminados. La Historia, entonces, es una multiplicidad de
ficciones (totalizaciones) que no tienen realidad en sí mismas, que son la
exteriorización de las acciones individuales.
Razones para rebelarse
Existe, claramente, una continuidad entre los dos textos de Sartre El
ser y la nada y Crítica de la razón dialéctica, pero también
profundas diferencias. Más allá de la rehabilitación de la capacidad
negadora de la conciencia, el hombre de la primera obra aparecía como una
"pasión inútil", un dios fracasado. Su concepción de la angustia podía
conducir o conducía, según las críticas de los marxistas, a una forma de
quietismo o, al menos, al indiferentismo. El hombre había recuperado su
libertad, pero no disponía de brújula. La reflexión sobre moral prometida
por Sartre y que debía seguir a El ser y la nada, de hecho, nunca
fue llevada a término. Sus esbozos fueron publicados póstumamente como
Cuadernos para una moral. En los trabajos que separan ambas obras
(como Materialismo y revolución, de 1946), Sartre reformula el tema
de la intersubjetividad para hacer posible la colaboración de los hombres
en un proyecto común.
En la Crítica de la razón dialéctica, para señalar alguna de las
diferencias, la posibilidad de una acción común pasa a través de una
reformulación del concepto de libertad a fin de dar cuenta de la
materialidad de los condicionamientos de la situación en la que el hombre
decide su proyecto. El hombre ya no será simplemente "lo que hace", sino
"lo que hace con lo que se le da". Los hombres, afirma ahora, son todos
esclavos en la medida en que sus experiencias vitales se desarrollan en
situaciones originariamente condicionadas por la penuria. La acción
histórica es nuevamente necesaria. Para superar la serialidad de lo
colectivo (que se podría comparar a la animalización del hombre en el
nuevo capitalismo, según Kojève), Sartre describe la constitución de
grupos en fusión, reunión de individuos que reconocen un proyecto común de
liberación.
Dios ha sido separado de su profeta, Marx ha sido separado de Ford. Ya no
es necesario convertirse inevitablemente en funcionario. Más bien, todo lo
contrario. O, como dice el título de un texto sartreano, hay razones para
rebelarse.
Poder y libertad
Luego del encuentro con Aron que le hace descubrir la fenomenología,
Sartre, atraído por ella, compró el libro de Emmanuel Levinas sobre la
Teoría de la intuición en Husserl. Pero la relación con Levinas no se
detiene aquí. Bernard-Henri Lévy (en El siglo de Sartre, 2000), en
efecto, sugiere que el último Sartre ha sido levinasiano. Para sostenerlo,
se basa en la extensa entrevista que le hiciera al filósofo su secretario
privado, Benny Lévy (o Pierre Victor), publicada como entrevista en Le
Nouvel Observateur en 1980, con el título "La esperanza ahora". A
través de esta entrevista podemos acceder al libro que ambos preparaban
desde 1975: Poder y libertad.
Benny Lévy era el jefe de aquellos a los que los franceses llamaban "los
maos". En 1970, solicitó a Sartre que se hiciera cargo de la dirección del
periódico maoísta La causa del pueblo, y a partir de junio de 1974,
Lévy se convertió en su secretario y su confidente. Sartre escribió en una
oportunidad a Giscard d'Estaing para que Benny Lévy obtuviera la
nacionalidad francesa, cuya carencia lo obligaba a vivir casi en la
clandestinidad. Según Lévy, en reconocimiento a esa intervención, Sartre
nunca atacó a Giscard d'Estaing.
La masacre de Berlín alejó a Benny Lévy de los grupos revolucionarios
ligados a la violencia; y el descubrimiento del pensamiento de Emmanuel
Levinas lo hizo renacer filosóficamente. No fue sólo un reencuentro con la
filosofía, también con el judaísmo. Comenzó a estudiar hebreo y a leer el
Talmud.
En 1946, Sartre había escrito las Reflexiones sobre la cuestión judía.
Con este escrito, Sartre tuvo el mérito, como Vladimir Jankélevitch, de
haber roto el silencio filosófico sobre la cuestión en Francia. Pero para
él, que por esa época no había logrado superar los prejuicios
asimilacionistas, el "judío" finalmente no existe: es creado por la mirada
del "otro". A partir de su viaje a Israel en 1967, comenzó a modificar
esta posición. Pero Benny Lévy, según aquella entrevista, lo llevó mucho
más lejos: lo llevó inclusive a reconocer la especificidad del judaísmo y
de su cultura. La prioridad de la ética y la noción de mesianismo son los
temas de Levinas que Benny Lévy discutirá con Sartre y que, según Bernard-Henri
Lévy, hacen del último Sartre un levinasiano.
Las respuestas de Sartre, aun antes de ser publicadas, fueron objeto de
escándalos y tensiones. Ellas no coinciden con la versión oficial de los
últimos días del filósofo que nos ofrece Simone de Beauvoir en La
ceremonia del adiós. Para su compañera de medio siglo, como también
para Raymond Aron, se trata sólo de una retractación de su ateísmo
arrancada malvadamente a un anciano.
Annie Cohen-Solal, en su biografía Sartre. 1905-1980, publicada en
1985, narra los pormenores de esta historia. Cuando el manuscrito llegó a
las manos de Jean Daniel, director de Le Nouvel Observateur,
quienes estaban en contra de Benny Lévy, con Simone de Beauvoir a la
cabeza, llamaron a Daniel por teléfono para evitar la publicación de la
entrevista. Finalmente, llamó el mismo Sartre y pidió a Daniel que la
publicara íntegramente.
No vamos a expedirnos aquí sobre este último Sartre, pero una frase suya
en esa conversación con Jean Daniel nos parece la mejor conclusión: "La
trayectoria de mi pensamiento se les escapa a todos" |