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021094 - La Nación
- Jorge Luis Borges
- Detrás de
Poe,
(como detrás de Swift, de Carlyle, de Almafuerte) hay una neurosis.
Interpretar su obra en función de esa anomalía puede ser abusivo o
legítimo. Es abusivo cuando se alega la neurosis para invalidar o negar la
obra; es legítimo cuando se busca en la neurosis un medio para entender su
génesis. Arthur Schopenhauer ha escrito que no hay circunstancia de
nuestra vida que no sea voluntaria; en la neurosis, como en otras
desdichas, podemos ver un artificio del individuo para lograr un fin. La
neurosis de Poe le habría servido para renovar el cuento fantástico, para
multiplicar las formas literarias del horror. También cabría decir que Poe
sacrificó la vida a la obra, el destino mortal al destino póstumo.
Nuestro siglo es más
desventurado que el XIX; a ese triste privilegio se debe que los infiernos
elaborados ulteriormente (por Henry James, por Kafka) sean más complejos y
más íntimos que el de Poe. La muerte y la locura fueron los símbolos de
que éste se valió para comunicar su horror de la vida; en sus libros tuvo
que simular que vivir es hermoso y que lo atroz es la destrucción de la
vida, por obra de la muerte y de la locura. Tales símbolos atenúan su
sentimiento; para el pobre Poe el mero hecho de existir era atroz. Acusado
de imitar la literatura alemana, pudo responder con verdad: El terror no
es de Alemania, es del alma.
Harto más firme y
duradera que las poesías de Poe es la figura de Poe como poeta, legada a
la imaginación de los hombres. (Lo mismo ocurre con Lord Byron, tal vez
con Goethe). Algún verso inmemorable - Was it not Fate, that, on this July
midnight - honra y acaso justifica sus páginas, lo demás es mera
trivialidad, sensiblería, mal gusto, débiles remedos de Thomas Moore.
Aldous Huxley se ha
distraído vertiendo al singular dialecto de Poe alguna estrofa sentenciosa
de Milton; el resultado es lamentable, sin bien cabría objetar que un
párrafo de El escarabajo de oro o de Berenice, traducido a la inextricable
prosa del Tetrachordon, lo sería aún más. Nuestra imagen de Poe, la de un
artífice que premedita y ejecuta su obra con lenta lucidez, al margen del
favor popular, procede menos de las piezas de Poe que de la doctrina que
enuncia en el ensayo The philosophy of composition. De esa doctrina, no de
Dreamland o de Israfel, se derivan Mallarmé y Paul Valéry.
Poe se creía poeta, sólo
poeta, pero las circunstancias lo llevaron a escribir cuentos, y esos
cuentos a cuya escritura se resignó y que debió encarar como tareas
ocasionales, son su inmortalidad. En algunos (La verdad sobre el caso del
señor Valdemar, Un descenso al Maelström) brilla la invención
circunstancial; otros (Ligeia, La máscara de la Muerte Roja, Eleonora)
prescinden de ella con soberbia y con inexplicable eficacia. De otros (Los
crímenes de la Rue Morgue, La carta robada) procede el caudaloso género
policial que hoy fatiga las prensas y que no morirá del todo, porque
también lo ilustran Wilkie Collins y Stevenson y Chesterton. Detrás de
todos, animándolos, dándoles fantástica vida, están la angustia y el
terror de
Edgar Allan Poe.
Espejo de las arduas
escuelas que ejercen el arte solitario y que no quieren ser voz de los
muchos, padre de
Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valery, Poe
indisolublemente pertenece a la historia de las letras occidentales, que
no se comprende sin él. También, y esto es más importante y más íntimo,
pertenece a lo intemporal y a lo eterno, por algún verso y por muchas
páginas incomparables. De éstas yo destacaría las últimas del Relato de
Arthur Gordon Pym de Nantucket, que es una sistemática pesadilla cuyo tema
secreto es el color blanco.
Shakespeare ha escrito
que son dulces los empleos de la adversidad; sin la neurosis, el alcohol,
la pobreza, la soledad irreparable, no existiría la obra de Poe. Esto creó
un mundo imaginario para eludir un mundo real; el mundo que soñó
perdurará, el otro es casi un sueño.
Inaugurada por
Baudelaire, y no desdeñada por Shaw, hay la costumbre pérfida de
admirar a Poe contra los Estados Unidos, de juzgar al poeta como un ángel
extraviado, para su mal, en ese frío y ávido infierno. La verdad es que
Poe hubiera padecido en cualquier país. Nadie, por lo demás, admira a
Baudelaire contra Francia o a Coleridge contra Inglaterra.
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