Juan nació
el 16 de mayo de 1917 en Sayula, Jalisco. Después, ya famoso, tres
pueblos mexicanos se
disputaron el honor de haberle servido de cuna. Pero su acta de
nacimiento dice que su padre, “J. Nepomuceno Pérez Rulfo, agricultor, de
28 años (…) expuso que en la casa número 32 de la calle Francisco I.
Madero nació a las 5 de la mañana del 16 del actual, el niño que
presenta vivo, a quien puso por nombre Juan Nepomuceno Pérez Vizcaíno.
Hijo legítimo del exponente y de su esposa, María Vizcaíno Arias, de 20
años de edad.” Ese era Juan. Que nace como Juan Nepomuceno Carlos Pérez
Rulfo Vizcaíno. Lo de Rulfo a secas le vino por añadidura, años después,
a pedido de la abuela María Rulfo. Como su familia era de siete hermanas
y un hermano que había muerto soltero y sin descendencia, María pidió a
sus nietos que perpetuaran el apellido Rulfo. Así lo hicieron todos los
hermanos: Severiano, Francisco y Eva amparados por la ley. Pero Juan lo
adoptó recién al publicar sus primeros escritos.
A aquel agricultor de 28 años que era su padre lo asesinaron seis años
después del nacimiento de Juan, de un balazo en la nuca, en el Jalisco
levantisco de la Revolución Cristera , un enfrentamiento entre
Estado e Iglesia que sacudió al estado entre 1926 y 1932. La madre de
Rulfo muere cuatro años más tarde, con el corazón fulminado por la
tragedia y Juan va a dar a un orfanato y colegio, el Luis Silva, de
Guadalajara. Con diez años ya conoce los secretos de ese oficio pavoroso
que ejercen los muchachos que se codean temprano con la muerte. Y no
sólo la de sus padres: Juan también ve morir a gran parte de sus tíos, a
casi todos de manera violenta; y a la edad de los sueños ya es un chico
solo más que solitario, retraído, refugiado en la lectura, al que le
gusta jugar encerrado en sí mismo, que habla poco y calla mucho. Empieza
a parecerse a los paisajes y personajes a los que va a describir en sus
cuentos cortos y en su Pedro Páramo ; esos personajes que
encuentran en la muerte una prolongación de la vida. Uno de sus ex
compañeros, José Vázquez Brizuela lo dibujó con pocas palabras: “Juan
siempre fue muy suavecito, muy bueno de carácter y, sobre todo, muy
estudioso”. Latía un volcán en aquel chico. Pero no lo sabía nadie.
El ojo mágico
Intenta estudiar en la universidad, pero una gigantesca y prolongada
huelga estudiantil se lo impide: manifestaciones callejeras,
enfrentamientos con la policía, presos, heridos, muertos y una exigencia
estudiantil que pone los pelos de punta a las autoridades: “Si quieren
una universidad como la que proponen, háganla ustedes”, les dice el
vicegobernador del estado de Jalisco. Y es así como nace lo que es hoy
la Universidad Autónoma de Guadalajara.
Dos años más tarde, Rulfo, un muchacho de 18 años, llega a la capital
mexicana. Intenta seguir sus estudios pero no puede: los que tiene no le
son reconocidos. Su familia lo quiere abogado, pero fracasa en el examen
de ingreso y tiene que trabajar para ganarse el pan. Se entrena como
viajante. Empieza a mirar. A adentrarse en el México olvidado y
marginal, en el de los campesinos aislados y dejados de las manos
tacañas de dioses y gobiernos. Juan abre los ojos y se asocia a otro ojo
mágico, el de una cámara de fotos, para sacar de su interior ese volcán
que nadie conoce. Trepa lo que se le pone enfrente: los senderos de la
vida y los caminos de montaña; es un escalador entusiasta y terminará en
la cumbre de casi todos los volcanes de México con su cámara a cuestas;
y más tarde, como vendedor de neumáticos, recorrerá los atajos de su
tierra fascinante y misteriosa. Esa vocación de fotógrafo incesante será
revelada recién por Rulfo en 1981, cinco años antes de su muerte. Y
quienes vieron sus fotos, entre ellos el escritor uruguayo Enrique
Estrázulas, aseguclásica ran que se asemejan a su escritura: árida,
sintética, de intrincado estilo y casi hijas de la misma metáfora que
engendraría a sus dos fantásticas obras literarias.
A punto de estallar
La capital no le dice nada a Juan. No es la ciudad la que hace latir su
corazón sino los pueblos, las comunidades campesinas mexicanas
sojuzgadas, oprimidas, orgullosas y derrotadas.
Entre sus 20 y 25 años Juan empieza a escribir. Vuelve a Guadalajara
donde David, uno de sus tíos sobreviviente de los disparates a punta de
pistola del México insurgente, le consigue un empleo en la oficina de
Migración de la Gobernación de Jalisco. Ese volcán a punto de estallar
que es Rulfo, se encierra en el hastío diario de un trabajo de
burócrata. Ya es, como se definió alguna vez, “un lector profesional y
un autor amateur”. Vive en la bohemia y en la casa de su abuela y de su
tía Lola, tal vez su madrina de nacimiento. En su cuarto, que alguna vez
fue el de servicio, en los altos del caserón, Juan escucha música
clásica en los frágiles discos de 78 rpm; lee hasta bien entrada la
madrugada a los clásicos: Cervantes, Tolstoi, Goethe; tiene cierta
simpatía por la Alemania del Tercer Reich y se deprime cuando se entera
que la Segunda Guerra Mundial terminará con la derrota del Eje.
Su carácter, su ostracismo, su silencio, su espíritu intelectual del que
renegaba con un fervor adolescente (“Yo no soy ni intelectual ni
nada…”), su mirada y su andar siempre tristes enojaban a las muchachas y
hacían casi imposible todo acercamiento. Sus amigos aseguran que hubo
varias que le gustaron mucho y a quienes jamás se atrevió a hablarles.
Tenía fama de muchacho raro. Y lo era. Hasta que conoce a Clara
Aparicio, alta, morena y bellísima. Dos de sus amigos, Jorge Acero y
Juan Rizo recordaron alguna vez, y entre carcajadas, para Guillermo
Aguilera Lozano: “Era una muchacha muy guapa, eran muchos los que
andaban detrás de ella. La conocimos una vez andando por la calle y a
Juan le gustó mucho. Era alta, morena, de pelo largo y muy bien formada.
Una real hembra. Juan no tenía el aspecto de ser un hombre apropiado
para ella, pero le habló bastante bonito, la convenció y se casó con
ella. Se fueron a vivir a la capital. En ese tiempo Juan trabajó como
vendedor de llantas de la Goodrick Euzkady, creo. Cosa muy rara en él,
trabajó bastante. El amor lo estimuló seguramente.”
Hubo más que amor: Rulfo bautizó con el nombre de su amada, Clarita, a
una cámara fotográfica muy buena que tenía. Eso es pasión. Carta de Juan
a su amada: “Querida Chachinita: ¿Nunca te he contado el cuento de que
me caes re bien? Pues si ése ya lo sabes te voy a contar otro. (…) Al
muchacho este del cuento que te estoy contando lo salvó la campana en
aquella ocasión. Se le murieron sus papás. Casi los dos al mismo tiempo.
Y lo dejaron pobre. Eso fue lo que lo salvó. Porque si lo hubieran
dejado rico, como era quizá su cálculo, ahorita sería uno de esos tipos
borrachos que andan en coche por las calles atropellando a todo el
mundo. O ya se hubiera muerto, fastidiado de la vida. Con lo desesperado
que es, so le hubiera pasado. Pero Dios sabe lo que hace con sus
criaturas. (…) Ese sueño que eres tú todavía dura. Durará siempre,
porque siento como que estás dentro de mi sangre y pasas por mi corazón
a cada rato”.
Se casaron en 1947. Tuvieron cuatro hijos.
La novela que no fue
Dos años antes de casarse con Clara Aparicio, Rulfo publica en la
revista América dos cuentos: Nos han dado la tierra y
Macario , que integrarán luego El llano en llamas . También
planea escribir una novela, su primera gran obra de temática urbana. Iba
a llamarse El hijo del desaliento , pero la destruye
inmediatamente porque la considera “autobiográfica y llena de divagues”.
Entre 1945 y 1951, entre sus 28 y 34 años, publica sólo cuentos: La
cuesta de las comadres , en 1948, Talpa y El llano en
llamas, ambos en 1950 y en la revista América : ¡Diles que
no me maten! en 1951. En 1953 aparecen todos reunidos en un único
volumen El llano en llamas , que publica la colección Letras
Mexicanas de la editorial Fondo de Cultura Económica. Como
corresponde, el libro es recibido con cierta hostilidad por crítica y
entendidos.
En 1955 aparece Pedro Páramo , por fin, su primera novela. Para
Jorge Luis Borges, “una de las mejores novelas de la literatura de
lengua hispánica, y aun de toda la literatura”.
En México la obrita sin pretensiones de Juan Rulfo, que tiene 38 años,
es motivo de polémicas que enfrenta a la corriente del regionalismo de
la que Juan es abanderado, con la del cosmopolitismo de México.
Juan fue demasiado lejos: su ruptura de las secuencias de tiempo y
espacio, su andar acaballado entre lo fantástico y lo real, la muerte
como prolongación de la vida, la búsqueda del padre y la intervención de
lo divino en el destino de los hombres le dan a la novela el aura de una
tragedia griega. Y encierran lo mejor de esa literatura épica y
mitológica.
Juan se refugia en Veracruz, en el empleo casi anodino de promotor de
una comisión que se ocupará del sistema de riego en esa zona. Años
después, en 1961, será asesor del Centro Mexicano de Escritores, cuando
su fama de narrador universal lo ilumine a su pesar ya para siempre.
Ese mismo año, en el que Ernest Hemingway se pega el balazo en la cabeza
con el que selló su destino también enigmático, un joven escritor y
periodista colombiano de 32 años vive en un apartamento mexicano parte
de la bohemia de la época.
Ha pasado tres años en París y ocho meses en Nueva York, deshojando como
nadie el oficio de cronista y testigo de su tiempo. Apenas ha publicado
una novela y tiene otras tres inéditas.
“Para que aprenda”
Hasta esa casa trepa una noche, siete pisos a grandes zancadas, el
escritor Alvaro Mutis; lleva un paquete de libros bajo el brazo; lo
abre, separa uno y muerto de risa, se lo arroja al colombiano: “¡Lea esa
vaina, carajo! ¡Para que aprenda!”. Gabriel García Márquez lee el
título: Pedro Páramo . “Aquella noche no pude dormir mientras no
terminé la segunda lectura; nunca, desde la noche tremenda en que leí
La metamorfosis
de Kafka en una lúgubre pensión de Bogotá, había sufrido una conmoción
semejante.”
Juan viaja por fin a su admirada Alemania en 1962; al año siguiente
edita un disco con su voz, una rareza para la época.
Y llegan las versiones para el cine de su novelita de cien folios. Tarde
le llegan los premios: en 1970 el Nacional de las Letras de México; en
1980, a los 63 años, ingresa a la Academia Mexicana de la Lengua; en
1983, a los 66 años, el Premio Príncipe de Asturias.
Ni siquiera el Cervantes fue a sus manos de autor que lo dijo todo en
dos obras.
Para despistar
Estuvo en la Argentina sacudida por la dictadura militar, invitado a la
Feria del Libro de 1979. Le preguntaron sobre su silencio literario de
casi un cuarto de siglo. Contestó certero, corrosivo, con intenciones de
despistar: “Un grupo grande de antropólogos está estudiando las
comunidades indígenas de mi país. Yo soy el editor de sus trabajos.
Hemos publicado setenta y cinco libros. Creo que exactamente nos faltan
cincuenta y dos. Ese trabajo absorbe todo mi tiempo. No puedo dedicarme
a otra cosa. Además, estoy muy cansado.” Insistieron con la misma
pregunta seis meses antes de su muerte, con su salud
ya deteriorada.
La respuesta fue similar: “No es silencio. Ha sido simplemente que no he
tenido tiempo para dedicarme a todas estas cosas, a las mías propias. La
culpa no la tiene nadie. Se trata de esta tan generalizada y simple
necesidad económica de mantener a una familia. Yo no lo considero ni tan
grave ni tan importante”.
Mentía. No sabremos por qué. Callaba. Puede intuirse por qué. Su vida se
apagó de a poco. Tenía cáncer de pulmón que él mismo adjudicaba “a todo
lo que fumé, que fue demasiado. No tuve medida para muchas cosas, y
entre ellas para el cigarrillo”.
El periodista y escritor Mempo Giardinelli fue testigo de sus últimos
días y así lo dejó plasmado en una crónica espléndida y dolida que
Clarín publicó a la muerte de Rulfo. Juan, aquel chico silencioso y
leal, había dedicado una edición de Pedro Páramo a su amiga la
escritora y periodista Elena Poniatowska: “Días antes de mi muerte, Juan
Rulfo”. Le había confesado a uno de sus amigos: “Espero que mi deterioro
no sea lento y largo; no podría soportarlo”. Supo que se moría meses
antes, cuando todo México estaba destrozado por el terremoto de 1985. Su
cuerpo enjuto y austero pareció quebrarse también como el de su tierra
amada. Giardinelli cuenta: “Ingenuo y como para darle ánimos le pregunté
por teléfono: –Dime, Juan, ¿estás escribiendo algo?–
–No –fue su respuesta–, apenas sueño.
–Los sueños son buenos materiales para la literatura –le dije. Y él
respondió:
–Yo sólo he tenido algunas pesadillas últimamente, pero mediocres.”
El 7 de enero de 1986 un paro cardíaco le ahorró a Juan la impudicia de
verse segado por el cáncer. Fue al caer la tarde de ese martes, en ese
valle impresionante en el que se asienta la capital mexicana, que fue
cráter de un volcán cortado con la misma tijera que el volcán que latía
en Rulfo. “Creo que la literatura, dijo una vez en una de sus
afirmaciones más sinceras, es una forma de mentira para decir la
verdad.” Sus dos obritas sin pretensiones todavía le dan la razón.