Literatura
Pinta tu aldea. Acerca de Juan Rulfo
Alberto Amato
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Juan Rulfo Vida y obra - Thomas Mann Vida y obra - Estanislao Del Campo Vida y obra - Qué es la gramática española - La metáfora

0406 - Cumplió, como ninguno, aquel mandato quimérico que pide pintar la aldea propia para pintar el mundo entero. Y le bastaron para hacerlo apenas dos pinceladas. ¡Pero qué pinceladas! Fueron Pedro Páramo y El llano en llamas , dos obritas sin mayores pretensiones, la primera una novela austera, seca, conmovedora, y la segunda unos cuentos cortos, narrados a cuchillo y con la boca espesada por el polvo ancestral del México más profundo, las que delinearon a fuego el perfil de tragedia de casi todo un continente. Y a su autor le bastaron para entrar en la historia de la literatura universal.

Es en esas únicas dos obras irrepetibles donde todavía vive y late su autor, Juan Rulfo, un hombre semejante a un enigma, tímido hasta lo inconcebible, silencioso hasta la exasperación, que casi no dejó rastros de su vida para que podamos unir esos retazos y decirle cuánto le debemos, cuánto le queremos, cuánto nos dijo callado en esos dos brochazos geniales de no más de cien folios cada uno. Después no escribió más. Lo había dicho todo. Jugó durante treinta años con la expectativa de su siguiente obra maravillosa, una novela que tenía como título La Cordillera y que amenazaba ser la saga misteriosa y mitológica de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, repleto de muertos y fantasmas: un espejo del México sufrido y desgarrado, doliente y desolado. Pero nada. Un buen día anunció que había destruido todos los originales, si es que de verdad había originales, y que ya no existiría otra novela de Rulfo. Ni otra obra. Ni otro cuento. Ni otro Rulfo. “Me encallejoné en sus personajes –dijo en un reportaje al periodista Juan E. González en 1985–. Eran seres que no me funcionaron. A esto se le sumó la nueva onda de sondeos, por donde se trataba de escribir una literatura para jóvenes. Y yo me sentía que estaba escribiendo una cosa antigua, envejecida. Tiré los manuscritos, los rompí. Llegué a las doscientas o doscientas cincuenta páginas, pero eran bastante retórica. Me disgustaban.” Jamás sabremos cómo pudo ser La Cordillera

Generoso y socarrón


Juan, que aprendió a mirar a los ojos a su tierra, y la hizo pestañear, era como ese México al que describió desde la hondura: un apasionado visceral envuelto en una armadura de parsimonia e indiferencia, que los inocentes leen como descuido o apatía. Como México, Juan era generoso, socarrón, cauteloso más que tímido; inexpugnable, cargado de símbolos, envuelto en leyendas, sobrecargado de silencios, misterioso y sabio; leal y de mano tendida eterna hacia los amigos, ardiente, virulento, exaltado bajo la apariencia engañosa de un racionalista de academia. Eso es lo que dicen sus textos breves. Y lo que cuenta parte de su historia casi ignota.

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Juan nació el 16 de mayo de 1917 en Sayula, Jalisco. Después, ya famoso, tres pueblos mexicanos se
disputaron el honor de haberle servido de cuna. Pero su acta de nacimiento dice que su padre, “J. Nepomuceno Pérez Rulfo, agricultor, de 28 años (…) expuso que en la casa número 32 de la calle Francisco I. Madero nació a las 5 de la mañana del 16 del actual, el niño que presenta vivo, a quien puso por nombre Juan Nepomuceno Pérez Vizcaíno. Hijo legítimo del exponente y de su esposa, María Vizcaíno Arias, de 20 años de edad.” Ese era Juan. Que nace como Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno. Lo de Rulfo a secas le vino por añadidura, años después, a pedido de la abuela María Rulfo. Como su familia era de siete hermanas y un hermano que había muerto soltero y sin descendencia, María pidió a sus nietos que perpetuaran el apellido Rulfo. Así lo hicieron todos los hermanos: Severiano, Francisco y Eva amparados por la ley. Pero Juan lo adoptó recién al publicar sus primeros escritos.

A aquel agricultor de 28 años que era su padre lo asesinaron seis años después del nacimiento de Juan, de un balazo en la nuca, en el Jalisco levantisco de la Revolución Cristera , un enfrentamiento entre Estado e Iglesia que sacudió al estado entre 1926 y 1932. La madre de Rulfo muere cuatro años más tarde, con el corazón fulminado por la tragedia y Juan va a dar a un orfanato y colegio, el Luis Silva, de Guadalajara. Con diez años ya conoce los secretos de ese oficio pavoroso que ejercen los muchachos que se codean temprano con la muerte. Y no sólo la de sus padres: Juan también ve morir a gran parte de sus tíos, a casi todos de manera violenta; y a la edad de los sueños ya es un chico solo más que solitario, retraído, refugiado en la lectura, al que le gusta jugar encerrado en sí mismo, que habla poco y calla mucho. Empieza a parecerse a los paisajes y personajes a los que va a describir en sus cuentos cortos y en su Pedro Páramo ; esos personajes que encuentran en la muerte una prolongación de la vida. Uno de sus ex compañeros, José Vázquez Brizuela lo dibujó con pocas palabras: “Juan siempre fue muy suavecito, muy bueno de carácter y, sobre todo, muy estudioso”. Latía un volcán en aquel chico. Pero no lo sabía nadie.

El ojo mágico

Intenta estudiar en la universidad, pero una gigantesca y prolongada huelga estudiantil se lo impide: manifestaciones callejeras, enfrentamientos con la policía, presos, heridos, muertos y una exigencia estudiantil que pone los pelos de punta a las autoridades: “Si quieren una universidad como la que proponen, háganla ustedes”, les dice el vicegobernador del estado de Jalisco. Y es así como nace lo que es hoy la Universidad Autónoma de Guadalajara.

Dos años más tarde, Rulfo, un muchacho de 18 años, llega a la capital mexicana. Intenta seguir sus estudios pero no puede: los que tiene no le son reconocidos. Su familia lo quiere abogado, pero fracasa en el examen de ingreso y tiene que trabajar para ganarse el pan. Se entrena como viajante. Empieza a mirar. A adentrarse en el México olvidado y marginal, en el de los campesinos aislados y dejados de las manos tacañas de dioses y gobiernos. Juan abre los ojos y se asocia a otro ojo mágico, el de una cámara de fotos, para sacar de su interior ese volcán que nadie conoce. Trepa lo que se le pone enfrente: los senderos de la vida y los caminos de montaña; es un escalador entusiasta y terminará en la cumbre de casi todos los volcanes de México con su cámara a cuestas; y más tarde, como vendedor de neumáticos, recorrerá los atajos de su tierra fascinante y misteriosa. Esa vocación de fotógrafo incesante será revelada recién por Rulfo en 1981, cinco años antes de su muerte. Y quienes vieron sus fotos, entre ellos el escritor uruguayo Enrique Estrázulas, aseguclásica ran que se asemejan a su escritura: árida, sintética, de intrincado estilo y casi hijas de la misma metáfora que engendraría a sus dos fantásticas obras literarias.

A punto de estallar

La capital no le dice nada a Juan. No es la ciudad la que hace latir su corazón sino los pueblos, las comunidades campesinas mexicanas sojuzgadas, oprimidas, orgullosas y derrotadas.

Entre sus 20 y 25 años Juan empieza a escribir. Vuelve a Guadalajara donde David, uno de sus tíos sobreviviente de los disparates a punta de pistola del México insurgente, le consigue un empleo en la oficina de Migración de la Gobernación de Jalisco. Ese volcán a punto de estallar que es Rulfo, se encierra en el hastío diario de un trabajo de burócrata. Ya es, como se definió alguna vez, “un lector profesional y un autor amateur”. Vive en la bohemia y en la casa de su abuela y de su tía Lola, tal vez su madrina de nacimiento. En su cuarto, que alguna vez fue el de servicio, en los altos del caserón, Juan escucha música clásica en los frágiles discos de 78 rpm; lee hasta bien entrada la madrugada a los clásicos: Cervantes, Tolstoi, Goethe; tiene cierta simpatía por la Alemania del Tercer Reich y se deprime cuando se entera que la Segunda Guerra Mundial terminará con la derrota del Eje.

Su carácter, su ostracismo, su silencio, su espíritu intelectual del que renegaba con un fervor adolescente (“Yo no soy ni intelectual ni nada…”), su mirada y su andar siempre tristes enojaban a las muchachas y hacían casi imposible todo acercamiento. Sus amigos aseguran que hubo varias que le gustaron mucho y a quienes jamás se atrevió a hablarles. Tenía fama de muchacho raro. Y lo era. Hasta que conoce a Clara Aparicio, alta, morena y bellísima. Dos de sus amigos, Jorge Acero y Juan Rizo recordaron alguna vez, y entre carcajadas, para Guillermo Aguilera Lozano: “Era una muchacha muy guapa, eran muchos los que andaban detrás de ella. La conocimos una vez andando por la calle y a Juan le gustó mucho. Era alta, morena, de pelo largo y muy bien formada. Una real hembra. Juan no tenía el aspecto de ser un hombre apropiado para ella, pero le habló bastante bonito, la convenció y se casó con ella. Se fueron a vivir a la capital. En ese tiempo Juan trabajó como vendedor de llantas de la Goodrick Euzkady, creo. Cosa muy rara en él, trabajó bastante. El amor lo estimuló seguramente.”

Hubo más que amor: Rulfo bautizó con el nombre de su amada, Clarita, a una cámara fotográfica muy buena que tenía. Eso es pasión. Carta de Juan a su amada: “Querida Chachinita: ¿Nunca te he contado el cuento de que me caes re bien? Pues si ése ya lo sabes te voy a contar otro. (…) Al muchacho este del cuento que te estoy contando lo salvó la campana en aquella ocasión. Se le murieron sus papás. Casi los dos al mismo tiempo. Y lo dejaron pobre. Eso fue lo que lo salvó. Porque si lo hubieran dejado rico, como era quizá su cálculo, ahorita sería uno de esos tipos borrachos que andan en coche por las calles atropellando a todo el mundo. O ya se hubiera muerto, fastidiado de la vida. Con lo desesperado que es, so le hubiera pasado. Pero Dios sabe lo que hace con sus criaturas. (…) Ese sueño que eres tú todavía dura. Durará siempre, porque siento como que estás dentro de mi sangre y pasas por mi corazón a cada rato”.
Se casaron en 1947. Tuvieron cuatro hijos.

La novela que no fue

Dos años antes de casarse con Clara Aparicio, Rulfo publica en la revista América dos cuentos: Nos han dado la tierra y Macario , que integrarán luego El llano en llamas . También planea escribir una novela, su primera gran obra de temática urbana. Iba a llamarse El hijo del desaliento , pero la destruye inmediatamente porque la considera “autobiográfica y llena de divagues”.

Entre 1945 y 1951, entre sus 28 y 34 años, publica sólo cuentos: La cuesta de las comadres , en 1948, Talpa y El llano en llamas, ambos en 1950 y en la revista América : ¡Diles que no me maten! en 1951. En 1953 aparecen todos reunidos en un único volumen El llano en llamas , que publica la colección Letras Mexicanas de la editorial Fondo de Cultura Económica. Como corresponde, el libro es recibido con cierta hostilidad por crítica y entendidos.

En 1955 aparece Pedro Páramo , por fin, su primera novela. Para Jorge Luis Borges, “una de las mejores novelas de la literatura de lengua hispánica, y aun de toda la literatura”.

En México la obrita sin pretensiones de Juan Rulfo, que tiene 38 años, es motivo de polémicas que enfrenta a la corriente del regionalismo de la que Juan es abanderado, con la del cosmopolitismo de México.

Juan fue demasiado lejos: su ruptura de las secuencias de tiempo y espacio, su andar acaballado entre lo fantástico y lo real, la muerte como prolongación de la vida, la búsqueda del padre y la intervención de lo divino en el destino de los hombres le dan a la novela el aura de una tragedia griega. Y encierran lo mejor de esa literatura épica y mitológica.

Juan se refugia en Veracruz, en el empleo casi anodino de promotor de una comisión que se ocupará del sistema de riego en esa zona. Años después, en 1961, será asesor del Centro Mexicano de Escritores, cuando su fama de narrador universal lo ilumine a su pesar ya para siempre.

Ese mismo año, en el que Ernest Hemingway se pega el balazo en la cabeza con el que selló su destino también enigmático, un joven escritor y periodista colombiano de 32 años vive en un apartamento mexicano parte de la bohemia de la época.

Ha pasado tres años en París y ocho meses en Nueva York, deshojando como nadie el oficio de cronista y testigo de su tiempo. Apenas ha publicado una novela y tiene otras tres inéditas.

“Para que aprenda”

Hasta esa casa trepa una noche, siete pisos a grandes zancadas, el escritor Alvaro Mutis; lleva un paquete de libros bajo el brazo; lo abre, separa uno y muerto de risa, se lo arroja al colombiano: “¡Lea esa vaina, carajo! ¡Para que aprenda!”. Gabriel García Márquez lee el título: Pedro Páramo . “Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura; nunca, desde la noche tremenda en que leí La metamorfosis
de Kafka en una lúgubre pensión de Bogotá, había sufrido una conmoción semejante.”

Juan viaja por fin a su admirada Alemania en 1962; al año siguiente edita un disco con su voz, una rareza para la época.

Y llegan las versiones para el cine de su novelita de cien folios. Tarde le llegan los premios: en 1970 el Nacional de las Letras de México; en 1980, a los 63 años, ingresa a la Academia Mexicana de la Lengua; en 1983, a los 66 años, el Premio Príncipe de Asturias.

Ni siquiera el Cervantes fue a sus manos de autor que lo dijo todo en dos obras.

Para despistar

Estuvo en la Argentina sacudida por la dictadura militar, invitado a la Feria del Libro de 1979. Le preguntaron sobre su silencio literario de casi un cuarto de siglo. Contestó certero, corrosivo, con intenciones de despistar: “Un grupo grande de antropólogos está estudiando las comunidades indígenas de mi país. Yo soy el editor de sus trabajos. Hemos publicado setenta y cinco libros. Creo que exactamente nos faltan cincuenta y dos. Ese trabajo absorbe todo mi tiempo. No puedo dedicarme a otra cosa. Además, estoy muy cansado.” Insistieron con la misma pregunta seis meses antes de su muerte, con su salud
ya deteriorada.

La respuesta fue similar: “No es silencio. Ha sido simplemente que no he tenido tiempo para dedicarme a todas estas cosas, a las mías propias. La culpa no la tiene nadie. Se trata de esta tan generalizada y simple necesidad económica de mantener a una familia. Yo no lo considero ni tan grave ni tan importante”.

Mentía. No sabremos por qué. Callaba. Puede intuirse por qué. Su vida se apagó de a poco. Tenía cáncer de pulmón que él mismo adjudicaba “a todo lo que fumé, que fue demasiado. No tuve medida para muchas cosas, y entre ellas para el cigarrillo”.

El periodista y escritor Mempo Giardinelli fue testigo de sus últimos días y así lo dejó plasmado en una crónica espléndida y dolida que Clarín publicó a la muerte de Rulfo. Juan, aquel chico silencioso y leal, había dedicado una edición de Pedro Páramo a su amiga la escritora y periodista Elena Poniatowska: “Días antes de mi muerte, Juan Rulfo”. Le había confesado a uno de sus amigos: “Espero que mi deterioro no sea lento y largo; no podría soportarlo”. Supo que se moría meses antes, cuando todo México estaba destrozado por el terremoto de 1985. Su cuerpo enjuto y austero pareció quebrarse también como el de su tierra amada. Giardinelli cuenta: “Ingenuo y como para darle ánimos le pregunté por teléfono: –Dime, Juan, ¿estás escribiendo algo?–
–No –fue su respuesta–, apenas sueño.
–Los sueños son buenos materiales para la literatura –le dije. Y él respondió:
–Yo sólo he tenido algunas pesadillas últimamente, pero mediocres.”

El 7 de enero de 1986 un paro cardíaco le ahorró a Juan la impudicia de verse segado por el cáncer. Fue al caer la tarde de ese martes, en ese valle impresionante en el que se asienta la capital mexicana, que fue cráter de un volcán cortado con la misma tijera que el volcán que latía en Rulfo. “Creo que la literatura, dijo una vez en una de sus afirmaciones más sinceras, es una forma de mentira para decir la verdad.” Sus dos obritas sin pretensiones todavía le dan la razón.


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