LA VOZ DEL CUERPO ELÉCTRICO
por Jorge
Monteleone
“Los versos están llevados hasta el extremo al que pueda
llegar el aliento. Esa dicción siempre fue, para mí, no aquella que
provenía de ‘las fantasmales vestiduras del jazz’ sino la del cuerpo
constelado del rock. Casi toda la mitología rocker está prefigurada en
Aullido.”
Creo que conocí por primera vez el gran
poema de Allen Ginsberg en unas hojas amarillentas, trabajosa,
rabiosamente traducido y mecanografiado por un compañero de la carrera
de Letras, cuyo nombre lamento haber olvidado. Lo tradujo palabra por
palabra, con las oes agujereando las páginas y los acentos como pequeñas
incisiones, sólo para divulgarlo como un evangelio apócrifo, con la
convicción de un iniciado o de un predicador. Esa imagen conviene a las
letanías de salmo bíblico del poema, a la exaltación de lo sagrado
(“Todo es santo”, escribió Ginsberg en la nota al pie de Aullido).
Yo nunca había leído nada igual y no lo
olvidé jamás, sobre todo porque ese primer verso salvaje resonaba de un
modo inequívoco en los años de la dictadura: “He visto a las mejores
mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas
desnudas”.
Pero Aullido es un poema menos para ser
leído que para ser recitado y ser escuchado. De hecho, su propio nombre
suena como una interjección: Howl. Y su verdadera epifanía en el mundo
sucede cuando es leído en voz alta o susurrado en una lectura solitaria
que tense las cuerdas vocales. Ginsberg afirmó que había escrito su
poema “para el propio oído de mi alma y los dorados oídos de unos
pocos”. Mucho después escuché una de las múltiples lecturas públicas de
Ginsberg y el efecto de su voz, de su dicción, es absoluto: toda la
estructura de Aullido está basada, por un lado, en la repetición de
ciertas cláusulas (“who” en la primera parte; “Moloch” en la segunda;
“I’m with you in Rockland” en la tercera) y, por otro, en los versos
llevados hasta el extremo al que pueda llegar el aliento, como si la
respiración del cuerpo que lo sostiene e inviste estuviera inscripta
para siempre en cada uno de sus versos. Esa dicción siempre fue, para
mí, no aquella que provenía del inmediato universo estético de Ginsberg,
el de “las fantasmales vestiduras del jazz”, sino la del cuerpo
constelado del rock, su carnal “conexión con el dínamo estrellado de la
maquinaria de la noche”. Reencontré esa dicción aproximativa y terca en
la voz y el ritmo de Bob Dylan, que dice: “El fantasma de la
electricidad / aúlla en los huesos de su cara / donde esas visiones de
Johanna / han tomado ahora mi lugar”. No hace mucho el círculo se ha
cerrado cuando vi a Ginsberg, vagamente inmortal, hablando en el
documental que filmó Scorsese sobre Dylan, No Direction Home.
Casi toda la mitología rocker está
prefigurada en Aullido. En el ritmo y en los vocablos de la lengua
inglesa: beat, soul, my generation, the band, rotten, animals, Rockland,
down to the river, los hipsters de cabezas angélicas que devinieron
hippies. En las voces libertarias de la Costa Este. En la asunción total
del cuerpo como encrucijada de todos los deseos, su expansión y su
destrucción y su exaltación, donde las drogas, la sexualidad o la música
no son fines sino medios. En la denuncia de todos los poderes
coercitivos –la figura de Moloch– y el antibelicismo, la militancia
contra el imperialismo norteamericano, contra el “Gólgota nacional
fascista”, la vindicación de las minorías sexuales y las diferencias
raciales. La cultura del nomadismo, de las ciudades, de las
interminables autopistas, de la extranjería. Los juegos de la obscenidad
y los juegos de la mente, la imaginería del absurdo, la glosolalia
exaltada. Las máscaras de la locura como devastación o reverso luminoso
de la racionalidad, la sacralización del yo en su carne mortal, la
transformación del psiquismo.
Vasto, lenguaraz, antagonista del tiempo,
el gigantesco hijo de Whitman había cantado de nuevo el cuerpo
eléctrico.
AULLIDOS DE PLACER
por Mario Trejo
Los ‘60, gloriosa década, sí. No me la
vais a contar a mí, hombre, que la viví acullí y acullá. Pero, ¿los ‘50?
Nadie habla de los ‘50. En Buenos Aires, contra todo pronóstico, la vida
era una gozada. Elena Cruz lo dijo mejor: era una partouze. Los vates
nacionales, en cambio, estaban aquerenciados en el tintorro. Aunque ya
Fontana y Pérez Morales administraban ácidos, mescalinas y psilocibinas.
Había que ir a Brasil. Visite Brasil antes de que Brasil lo visite a
usted.
Medio siglo doppo los vernáculos no se
han anoticiado. En Sâo Paulo del ‘51, la Hochschule für Gestaltung
estaba en el Instituto de Arte Moderno de Piero Maria Bardi; y en el
Largo do Sà, el enorme poeta Milton de Lima Sousa leía todo en todas las
lenguas y al sol del mediodía tras tres caipirinhas me presentó a e.e.
cummings (y a tantos otros), me dio su casa, su familia y su
sanctasanctórum, donde viví algunos meses. ¡Qué épocas! Todo coronado
por la Diosa eslava Irene Ivanovski (Miss Pelotas) e inhalaciones do
Carnaval directas al alma. Pero éstas son otros trescientos cruceiros.
¿Verdad Drummond?
En Buenos Aires, malgré tout, yerba,
discos y libros venían de la mano de Henry Lewy (Calígula de las Dancing
Waters, para la secta jazzera) y de Benny Lowderbach, tripulante de la
Delta Lines que hizo equipo conmigo y con Michelle (née Elisa)
Sorrentino (hija de Lamberti, gran periodista, con frente ruso y Stalag
incluidos, y amigo de Curzio Malaparte hasta la muerte). La Sorrentino
saltó de Italia a USA con su marido, piloto de guerra que se pegó un
balazo apenas regresado a su patria. Luego se casó con Willie Alexander
Maxwell, que supo ser bajista de King Cole y terminó como compañero de
celda de Dexter Gordon y padre de mi ex mujer, Rochelle Maxwell.
Michelle estuvo en todas antes de ser deportada. Aquí fue amada y odiada
como Michelle Barbieri. Y a estas fuentes hay que añadir (¡atención!
homenaje a la Librería Rodríguez y a Pygmalion de Corrientes y San
Martín) el New World Writing, donde descubrí Jazz of the Beat Generation,
adelanto de En el camino. De modo que cuando llegué a París, se abrió
todo con Mason Hoffenberg (Candy). Ginsberg iba o volvía de Praga
(amigos comunes, chismes, pero sin vernos). Lo mismo pasaría en La
Habana. Cuando yo llegué (Crisis del Caribe), Ginsberg ya había sido
expulsado por decirle a un micrófono que había tenido un wet dream con
el Che. Recuerdo un salón infinito en Praga que fungía de club de jazz y
donde se chupaba hasta que sólo seguían en la brega las checas almodóvar
y uno aprovechaba. En el muro, gran foto de Ginsberg; en vivo, un bajo
infernal de 16 años que luego sería Weather Report: Miroslav Vitous.
Otro puente sobre el Río Beat fue Marc Schleiffer, el más joven, que
sucedió a Le Roi Jones en la dirección de Kulchur y con quien
compartimos a Maggie, cubana jazzera y Galina, rusa muy europea y acceso
a toda cama, diplomática o no. Con Marc nos volvimos a ver en Beirut,
corresponsal de NBC Radio y con rechazante mujer black power. En el
Yerushalaim del ‘67 habían caído presos. Israel no perdona, pero
condesciende, aunque hayas abrazado el Islam. Y con AG, finalmente
coincidimos en Boulder Co.: Summer Program del Naropa Institute. Entre
diversos workshops, él daba charlas sobre Rimbaud; MT, sobre The Smoking
Ecologist. Joe Richey (The Underground Forest) quería una charla a dúo
sobre el sexo en nuestras vidas. No pusimos muchas ganas. De modo que
nos dedicamos a recordar lugares y amigos comunes y supe entonces que el
valioso material inédito de Mason Hoffenberg (con Couquite Matignon
hacíamos la navette entre Piazza Navona y Montparnasse) estaba en una de
esas terrenales universidades americanas. La despedida fue de huevos
revueltos (por mí) con bacon, pero con un sabrosón café nicaragüense,
mientras poníamos a punto la traducción que habían inventado mis alumnos
sobre Conversación galante, de nuestro bienamado Nicanor Parra. En esa
línea donde le urgen a chupar las tetas, AG prefirió a mi Is now or
never una suya mucho más mejor. Con su Leica me sacó las mejores. Que
nunca tuve necesidad de ver. Pero sí ganas. Todavía.
El Gran Ciego recuerda que alabar y
denigrar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la
crítica. Yo llevo bajo mi piel a Blaise Cendrars, manco capaz cuyo
Transsibérien rasga la noche anunciando la llegada de Howl. Ambos están
de gira. On the road. Para siempre. Y el Vecino de Arriba observa.
Observa.
EL VERBO TO BEAT
por Tamara
Kamenszain
Yo tendría alrededor de 19 años cuando
pegué, en la pared de mi cuarto, una foto de él totalmente desnudo.
Todavía vivía con mis padres y ese hombre –más parecido por la larga
barba y el poco pelo enmaraño a un linyera que a un sex-symbol para
adolescentes– transformó mi reducto en un bunker con orden de clausura
cada vez que alguna tía visitaba la casa. La foto del escándalo la
recorté de El Angel del Altillo, una revista literaria que duró dos
números y que publicó, por primera vez en estas latitudes (¿1966?), la
traducción de un fragmento del Aullido y esa imagen de Allen Ginsberg
que fue, para muchos de nosotros, la esperada muestra en blanco y negro
de lo que verdaderamente era un beatnik. Por entonces también circulaba
en el ambiente la revista Eco Contemporáneo, dirigida por Miguel
Grinberg, que había traducido partes de otros poemas y que publicaba la
correspondencia Ginsberg-Grinberg, un delicioso contrapunto entre dos
interlocutores cuya similitud de apellidos de ninguna manera aseguraba
la afinidad de ideas (“usted tiene caca en la cabeza” creo recordar que
una vez le espetó el poeta al editor en ese estilo
salvaje-verista-descarnado que para nosotros, por entonces, era la
perfecta representación de la retórica beatnik). Tres años después
(1969) apareció una antología de la poesía de Ginsberg que incluía
Kaddish, Aullido y otros poemas. Hasta los que más objetaron la dispar
traducción de Marcelo Covián se paseaban por la Galería del Este con un
ejemplar bajo el brazo. Ediciones del Mediodía, el sello que publicó el
libro, tenía un local de librería en esa galería uterina que invitaba a
deambular por adentro de lo que se daba en llamar “la manzana loca”
(Florida-Maipú-Paraguay-Charcas: la nueva fundación de Buenos Aires.
Borges mismo vivió en esa cuadrícula cuyo imán central fue el Di Tella).
Pero, ¿qué nos enganchaba de la poesía de
Allen Ginsberg a nosotros, adolescentes sesenteros, cuando medrábamos
por la galería con expresión de iniciados o cuando nos reuníamos en el
living de alguna casa de familia a aullar a grito pelado: “¡Carl Solomon!
Estoy contigo en Rockland / donde estás más loco que yo”? A veces pienso
que una poesía que es incapaz de atraer a los adolescentes no tiene
futuro. Es que cuando un poema le dice algo –cuando se brinda como
regalo– a la inocencia del lector juvenil, es porque lleva a cuestas el
formato de una época. Si nos ponemos filosóficos, habría que decir que
se trata de una cuestión de estética, pero también de ética o, lo que es
lo mismo, de un encuentro con la verdad del decir. Basta con observar la
forma de Kaddish o de Aullido para ver clarito –como en la foto de un
desnudo– el mapa lírico de una época. Ni siquiera hace falta leer: con
recorrer con la mirada la disposición de los versos uno ya se pone a
aullar. Son textos que entran por los ojos, pero también por los oídos.
Por eso, con ponerse a declinar el to beat también alcanza. Ese verbo
móvil que arrastra en su valija una cadena de consecuencias que empieza
por golpear y se multiplica en repetir, insistir, invocar, pedir. Es el
verbo del viaje. Jack Kerouac lo tradujo on the road, en el camino.
Viajar es golpear, es repetir, es insistir en el síntoma adolescente, es
confiar en los efectos del estribillo, esa parada que va retomando
siempre lo viajado para darle a la prosa su efecto poético. Prosodia
beatnik, poesía pura que se permite caminar de un extremo a otro de la
página sin entregar ni un milímetro de su potencia versificadora (“prosa
poética” la llamábamos nosotros a veces, traduciendo mal, muy mal). En
Kaddish, Ginsberg se da el lujo de contar minuciosamente toda la
historia de Naomi, su madre. Desde que él tiene 12 años y la lleva a
internar por primera vez a un psiquiátrico hasta que, veinte años
después, ella muere y le deja al hijo una carta póstuma (“Tengo la
llave. Casate, Allen, no tomes drogas, la llave está en la reja, en la
luz del sol de la ventana”). El relato no se detiene ante nada porque no
tiene la obligación de cerrar ningún cuento (“cantos, no cuentos”, pedía
Perlongher). Carl Solomon, Naomi, “las mejores mentes de mi generación
destruidas por la locura”, todos los “personajes” del poema aguantan las
vicisitudes de un relato espasmódico que, en última instancia, sólo
busca anclar en la espiral metafórica.
Perlongher entre nosotros es lo más
ginsbergiano que se puede encontrar. Esa furia compulsiva para hacer que
un verso repita la misma loca verdad cambiada hasta el cansancio es un
motor de su ya mítico Cadáveres. Ese himno que los chicos que deambulan
por Corrientes conocen de memoria. Por otra parte, hace más de un siglo
que Whitman escribió su Canto a mí mismo, ese otro himno que Borges
confiesa haber leído hasta el cansancio en su juventud. Son aullidos que
se transmiten como música. De generación en generación. Y que, aunque
estén de moda en una época, vuelven a golpear siempre, insisten, se
repiten (como los Beatles, que patentaron el verbo to beat más allá de
la literatura para que siempre pueda volver, intacto, a ella).
LA INOCENCIA DEL DEVENIR
por Arturo Carrera
En un relato de Nietzsche, el Ave Fénix
le muestra al poeta un rollo de papel en llamas y le pide que no se
asuste, le explica que es su obra, que hay que quemarla porque no
encierra el espíritu de la época ni el de los que fueron en contra de
esa época; pero sin embargo allí, insiste, hay una buena señal, porque
hay toda clase de auroras.
De un poeta sólo me interesan las
auroras. Los estallidos epicúreos, las eras imaginarias, que despiertan
o pueden llegar a despertar a los niños lectores de un instante o de un
porvenir llamado cada vez “librito”. La evolución mágica del deseo, la
vocalización minuciosa, secreta a veces por la aceptación de un ritmo
como el ordenamiento de la relación entre unos acentos y unas duraciones
silábicas.
Esos cambios en el poema hicieron de
Allen Ginsberg –para utilizar la preciosa expresión de Jerome Rotemberg–
un “técnico de lo sagrado”. Un técnico, sin más, del movimiento de sus
pasiones, que no fueron otras que la suma de autoconfianza de alguien
que valora su vida a riesgo de reconocerla casi razonadamente
–lúcidamente–; y de “cantarla”.
Esas pasiones tenían nombres: la forma,
el éxtasis y el ritmo mediante la dicción de una “política” del canto.
Whitman y William Carlos Williams fueron los poetas que impulsaron los
primeros pasos de Allen Ginsberg en ese aullido mesurado. De Whitman
imitó ese tono seráfico que aparece de pronto en sus poemas, muy visible
en la nota al pie de página de su Aullido: “Todo es Santo. Todo el mundo
es Santo. Todo hombre es un ángel”, etcétera. De William Carlos Williams
se abstuvo de adoptar el pie variable, pero forjó más bien el eco, la
resonancia, el alcance de aquella invención métrica y la obsesión de su
maestro: la de atraer para la poesía de habla inglesa el idioma de los
americanos, su habla de todos los días. Pero sostuvo asimismo una
posición místico-formal, me atrevería a decir, que siempre imaginé como
una locura extraordinaria: lo que vio en Cézanne. Lo que investigó de
Cézanne viajando incluso a Aix para conocer su casa, hurgando en sus
papeles y sobre todo en sus cuadros. Lo que Cézanne llamaba “las
pequeñas sensaciones de la naturaleza” lo subyugó. Y cuando Cézanne
escribe: “... esta pequeña sensación no es otra cosa que Pater
omnipotens aeterna Deus” (imagino el Cristo Pantokrator del poeta Héctor
Viel Temperley). Ginsberg sueña que ésa era la clave hermética del
extraordinario pintor. Cézanne había refinado a tal extremo sus visiones
ópticas, que todos sus puntos de vista podían volverse satori, dice
Ginsberg, iluminación, contemplaciones de la yoga. Y entonces supone que
Cézanne no utilizaba las líneas de la perspectiva para crear un espacio
sino que lo lograba mediante la yuxtaposición de un color contra otro. Y
tuvo la idea de utilizar para sus poemas esa yuxtaposición que según él
establecería una brecha “como la brecha espacial en la tela” que la
mente puede llenar con la sensación de la existencia.
Ahora bien, a esa experiencia podemos
sumarle la devoción mística tras su lectura de Blake, más la lectura
cantable de sus poemas más queridos (Aullido y Kaddish) con los que
adoptó una manera de leer, digamos, poundiana; ese grado de dramatismo y
voluptuosidad de Pound... Entonces chocamos con toda clase de auroras:
“... hay una declaración de Artaud sobre el tema, que dice que ciertas
músicas, al introducirse en el sistema nervioso, cambian la composición
molecular de las células nerviosas o algo parecido...”, comenta el
propio Ginsberg.
¿Qué nos conmueve de un poeta a pesar de su tiempo y de
sus filiaciones sino sus procedimientos poéticos y lo que excede esas
“formas políticas”, inocencia o articulación rítmica de los afectos?