2.
Renacimiento y barroco. En el aspecto cronológico y en el caso
concreto de España, el Renacimiento (v.) se inicia a principios del s.
XVI. La introducción de las formas métricas italianas, que no se lleva a
cabo sin cierta resistencia; la traducción del Cortesano, por Boscán
(v.), que incorpora la corriente platónica, la obra de fray Antonio de
Guevara (v.), la larga serie de escritores erasmistas, entre otras
manifestaciones, lo califican suficientemente en el cuarto de siglo que
va de 1525 a 1550; a partir de esta fecha, las tendencias renacentistas
se imponen hasta principios de la centuria siguiente. No interesa
abordar el problema de si hubo o no Renacimiento en España; baste decir
que negado por algunos, hoy, la respuesta de famosos críticos, y no
precisamente españoles, es la de que en España no sólo hubo una cultura
renacentista, sino que esa cultura fue más original, más fecunda y más
duradera y rica que en cualquier otro país europeo. El hecho de
identificar el Renacimiento con la Reforma (v.) fue la causa de que al
no producirse en España una Reforma se negara la existencia del
Renacimiento, sin ver que se trata de un movimiento harto complejo para
hacerlo depender de uno de sus múltiples elementos integrantes. Por eso,
al igual que hemos dicho de la Edad Media, tampoco podemos reducir el
Renacimiento a un todo uniforme.
La Edad o Siglo de Oro (v.) abarca a grandes rasgos los s. XVI y
XVIi, periodos que se conocen con los nombres de Renacimiento y barroco
respectivamente. Pero el Renacimiento no es un periodo uniforme, como no
es uniforme la política española del XVt. Tal vez en ninguna otra época
de la historia española se han ligado tan estrechamente política y
literatura, costumbres y pensamiento como en el s. XVI, que se llena con
los reinados de Carlos V y de su hijo Felipe II. Con el Emperador,
España se abre hacia Europa; con su hijo se pretende que Europa gire en
torno a España. Apertura y concentración constituyen las características
de este siglo. Carlos V es el ejemplo de una España activa: libros de
caballerías, conquista americana, defensa de Viena; Felipe es el modelo
de una España meditativa y hasta de cansancio de guerras interminables e
infructuosas: novela pastoril, mística y ascética, lo que lleva en sí
una conciencia de decadencia. Y valga sólo un ejemplo: mientras Carlos
tiene como secretario a Alfonso de Valdés y concede una pensión a
Erasmo, que en opinión de un escritor nada sospechoso, Stephan Zweig,
«introdujo de contrabando toda la materia de la Reforma», Felipe II es
nombrado «Campeón de la fe», preside quemas de herejes y lo sacrifica
todo a la unidad religiosa del Imperio. Nos parece acertado el juicio de
Pfandl cuando señala dos periodos en el Renacimiento español, que en lo
cronológico coinciden con los reinados de Carlos I y de Felipe II. La
figura cumbre de este último periodo, en el aspecto literario, es
Cervantes (v.). Una primera etapa de libertad religiosa, de expansión
europea y americana, de aceptación del ideario humanista y de las formas
métricas italianas, de un afán de conquista, de una conciencia de poder
y de vivir en el mejor de los mundos; y una segunda etapa (no deja de
ser significativo el retiro del Emperador al monasterio de Yuste y el
hecho de asistir a sus funerales en vida), reinado de Felipe II, de
afianzamiento religioso, predominio de la mística, clima propicio de la
Contrarreforma, no exento de sentimiento de decadencia, ya que a la
escasa utilidad del triunfo de Lepanto sigue el fracaso de La Invencible
y el reconocimiento de Enrique IV como rey de Francia.
Ya se ha dicho que el Renacimiento es un periodo harto complejo y
las causas que lo producen diversas: culturales, políticas, religiosas,
económicas, sociales, etc. Se ha definido como la resurrección del mundo
clásico. Es indudablemente su rasgo esencial, tanto en la concepción del
hombre como centro del mundo y síntesis de la creación, cuanto en la
vuelta a los temas literarios de la Antigüedad. Pero esta vuelta a los
«clásicos grecolatinos» se produce como consecuencia de una labor
preparatoria, realizada por los humanistas; son éstos, casi nunca
literatos puros, en el sentido de escribir obras de entretenimiento,
quienes con sus traducciones, imitaciones y comentarios de los clásicos,
«popularizan» el saber antiguo. Un hecho político-religioso contribuye
poderosamente al humanismo (v.) occidental: la toma de Constantinopla
por los turcos, que provoca el éxodo de los sabios orientales a Italia,
España y Francia, donde hallaron protectora acogida.
Este dualismo señalado en lo político-social conforma en lo
literario el Renacimiento español, cuyos rasgos fundamentales son:
religiosidad acendrada junto a un concepto paganizante de la vida y del
arte; predilección por lo popular y prurito cultista; fusión de realismo
e idealismo (novelas picaresca y de caballería); propósito ético unido
al cuidado estilístico; claridad y libertad de expresión al lado de
cierta pompa retórica que llevará al barroco; preferencia por los temas
tradicionales y locales sin desdeñar lo universal, etc.
El barroco (v.) se ha definido como «la síntesis intensificada de
la tradición greco-latina». El barroco es época de desesperanza y de
desengaño. Los escritores españoles tienen conciencia de fracaso en lo
político, en lo social y en lo económico; y esta conciencia explica los
caracteres de la 1. c.: Si Garcilaso aconseja «gozar de la alegre
primavera», Calderón sintetiza la vida humana en un sueño, y Quevedo «no
hallará cosa en qué poner los ojos que no fuera imagen de la muerte»; de
aquí la importancia que adquieren en el barroco los temas de ruinas y de
la brevedad de la vida (nada mejor para centrar las diferencias entre
Renacimiento y barroco que el distinto tratamiento de los temas del
Collige virgo rosas o del Carpe diem); a la seguridad renacentista
sucede el desengaño barroco, cuyos resultados serán la exageración y la
desrealización; culteranismo o gongo-rismo y conceptismo, es decir,
dificultad por la forma y por el fondo. En líneas generales podríamos
decir que si los grandes escritores renacentistas son guerreros y
frailes, los del barroco son políticos y moralistas: Quevedo, Gracián y
Saavedra Fajardo; los motivos del Renacimiento se exageran y retuercen:
el conceptismo por la asociación de ideas o palabras equívocas y
plurivalentes; el culteranismo por lo atrevido de las imágenes y lo
recargado de la metáfora, pero todo en la línea del más rígido
clasicismo.
3. Neoclasicismo y romanticismo. Si el Renacimiento y el barroco son
periodos de creación literaria, hasta el punto de que las obras
españolas son imitadas en Europa, el neoclasicismo (v.) es época de
revisión, fundamentalmente crítica; se abre con una preceptiva y con una
revista de imitación neoclásica: La Poética, de Luzán, y el Diario de
los literatos de España. Ambos aparecen en 1737 y vienen a sancionar la
influencia francesa en las letras españolas. Cronológicamente, el
neoclasicismo abarca poco más de un tercio de siglo, ya que si bien se
señala el periodo que va desde la entrada de la Casa de Borbón (1700) al
triunfo del Don Álvaro, del duque de Rivas (1835), en estos 135 años
podemos señalar tres subperiodos: a) De 1700 a 1737 pervivo el
barroquismo en sus formas más mediocres; en la lírica se sigue a Quevedo
y a Góngora; se escribe una Tercera Soledad; en el teatro, Cañizares y
Zamora son los más discretos seguidores del teatro calderoniano, ahogado
bien pronto por una turbamulta de poetastros chocarreros y pedantes; en
la prosa, salvo Torres Villarroel, el P. Feijoo y algún otro, el
panorama es desolador. b) De 1737 a 1785 triunfa el- neoclasicismo: arte
docente, sujeción a las unidades dramáticas, resurrección de las
escuelas poéticas del s. XVI; pero el triunfo se alcanza gracias a la
protección oficial, que consigue la supresión de los «autos
sacramentales», y en lucha constante con el tradicionalismo,
representado por las polémicas sobre el teatro nacional, por los
sainetes de Ramón de la Cruz y por los «adaptadores» y «refundidores» en
un esfuerzo de aunar tendencias. Hoy, a 200 años vista, aunque nuestra
opinión parezca heterodoxa, creemos que la razón asistía plenamente a
los innovadores. c) A partir de 1785 se observan los primeros brotes
prerrománticos, que por causas harto complejas se intensificarán en las
primeras décadas del siglo siguiente, hasta el punto de que el estreno
de Don Álvaro, en 1835, más que una revolución es el punto final de una
evolución.
La consideración del s. XVIII con valor puramente negativo en todo
el ámbito de la cultura, ha constituido, a lo largo de muchos años, un
tópico, por haberse estudiado en función del anterior y por
sobrevalorarse la creación a la sistematización, fenómeno característico
de todos los ciclos históricos. En Grecia, tras el siglo de Pericles
vino la labor de los gramáticos, retóricos y escoliastas, gracias a los
cuales se conserva lo fundamental de la cultura helénica. En España ha
sucedido algo por el estilo. Creemos que la valoración exacta del s.
XVIII no corresponde ni a los juicios peyorativos de Forner o el marqués
de Valmar, ni a los elogios que ahora se le prodigan, encabezados por la
autorizada opinión de Menéndez Pelayo. Siglo de grandes defectos y de
grandes virtudes; interesa más por sus anticipaciones que por sus
logros; más por los horizontes que abre que por los ciclos que cierra.
Nombres como los de Forner, Arteaga, Hervás, Eximeno, Feijoo, Jovellanos,
Mayans, etc.; obras como el Diccionario de Autoridades, la mejor
publicación aparecida en Europa durante aquella centuria, entre las de
su clase, son buena prueba de la ligereza con que se viene tachando a
esta época de estéril y decadente.
Esa época eminentemente racionalista prepara el camino de la
investigación moderna e inicia los estudios de la Botánica, las ciencias
naturales, la Estética, la Filología, la Lingüística, la Física, la
Paleografía y tantas otras disciplinas, con la misma dignidad con que el
Renacimiento había desbrozado el camino de las ciencias experimentales.
Se ha tachado al s. XVIII español de afrancesado; es indudable, pero la
influencia de la cultura francesa no es un fenómeno privativo de España.
Se impuso a todos los pueblos cultos de Europa. Y se explica
perfectamente: cuando las literaturas española e italiana, hasta
entonces las más florecientes, han entrado en su periodo de agotamiento,
la francesa mantiene aún todo su esplendor, prolongación explicable por
el retraso con que aflora el Renacimiento en Francia, y que hace que los
grandes escritores del s. XVIII sean sucesores inmediatos de los del
XVIi; en el fondo de todo movimiento literario existe el deseo de imitar
a un modelo, y, en el XVIrn, la única literatura digna de imitación era
la francesa. No es el cambio de dinastía lo que provoca el
afrancesamiento de la literatura española, ya que ésta se da con mayor
intensidad en Alemania, Inglaterra, Italia y hasta en Rusia; en los s.
XVI y XVIi España influyó en Francia; en el XVIII es Francia el país que
informa toda la cultura europea.
El triunfo del romanticismo (v.) viene condicionado a un hecho
político: el decreto de amnistía, a la muerte de Fernando VII (1833),
que permite la vuelta de los desterrados. Estos desterrados liberales
han asistido al cambio de rumbo literario en Francia, Italia e
Inglaterra, y son los que impondrán el romanticismo en España, que
triunfó sin oposición, debido a que, a diferencia de lo que ocurrió en
Francia, los neoclásicos de la víspera: Rivas, Martínez de la Rosa,
Espronceda, Mora, Alcalá Galiano, Trueba y Cossío, fueron los
portaestandartes del romanticismo, dándose la paradoja de que habían
sido liberales en política y neoclásicos en literatura, para pasar luego
a conservadores políticos y liberales en arte.
Pero el romanticismo de tipo liberal, en algunos casos blasfemo,
más por ignorancia que por malicia, es sólo una de las dos caras del
auténtico romanticismo español; la otra, no menos fecunda, es la del
romanticismo tradicional y cristiano, cuya iniciación parte de los
artículos de Él Europeo (1823-24), de las traducciones de Chateaubriand
y W. Scott, de las apologías del teatro del Siglo de Oro y de la
polémica mantenida por N. Bühl de Faber con Mora y Alcalá Galiano. En
cualquiera de estos dos aspectos, el romanticismo se nos ofrece como un
movimiento fugaz, ya que se puede considerar liquidado alrededor de
1850; pero de la misma manera que muchos «neoclásicos» derivarán hacia
el prerromanticismo, serán los románticos quienes abrirán las puertas al
realismo. Pese a la efímera duración, no es difícil verlo resurgir un
cuarto de siglo después por obra de Echegaray, y encontrar una corriente
subterránea de origen claramente romántico, que perdura hasta bien
entrada la época contemporánea. En cuanto a la ideología, el
romanticismo supone la evasión de la realidad circundante a la vez que
un exagerado culto del yo; libertad frente a norma, melancolía, espíritu
de rebeldía, etc. De aquí la temática característica: exotismo, historia
vista subjetivamente, exaltación de personajes al margen de la ley,
filantropismo, etc:
4. Del realismo al arte de entreguerras. Superada la primera mitad
del s. XII, se apodera de las letras españolas la misma tendencia
realista que domina en otros países de Europa, particularmente en
Francia; tendencia que deriva hacia el naturalismo (v.). Sus
manifestaciones más logradas están en la novela y en el teatro.
Literariamente este periodo, que viene a llenar la segunda mitad del s.
XII, suele dividirse en dos etapas: isabelina (1850-68) y de la
Restauración (1875-98). En la primera se conserva aún cierto tinte
romántico, a pesar de que se abordan temas de actualidad; en la segunda,
el realismo (v.) se nutre de elementos naturalistas (Pardo Bazán, Galdós,
Palacio Valdés, Clarín); alrededor de 1890 todos ellos evolucionan hacia
zonas espiritualistas, a la vez que el naturalismo se prolongará hasta
bien entrado el s. Xx con la llamada «novela erótica». En la última
década del siglo pasado empiezan a manifestarse otras tendencias: en la
lírica y en algún tipo de prosa, el modernismo (v.); junto a él, el
grupo de escritores que constituyen la generación del 98 (v.). No hay
adecuación entre ambas escuelas o tendencias, y aunque con frecuencia
aparecen estudiadas conjuntamente, y como si fuesen un mismo proceso, la
verdad es que son dos fenómenos simultáneos pero distintos. Bien es
verdad, y ello ha sido motivo de confusión, que algunos de los
componentes del «98» militaban a la vez en las filas del modernismo;
pero éste, en sus más representativos intérpretes, se redujo a una
actitud estética, mientras los hombres del «98» extendían su esfera de
acción a los grandes problemas de la vida.
El modernismo, de origen francés, penetra en España a través de
América, y pese a ciertos precedentes (Salvador Rueda, Reina), se impone
y triunfa gracias a la obra de Rubén Darío (v.), y puede considerarse
liquidado poco después de su muerte, en 1916. La generación del 98 ha
tenido una proyección más intensa y duradera, y en muchos aspectos, a 70
años de distancia, nos estamos beneficiando aún de su legado. A partir
del modernismo se han ido sucediendo una serie de tendencias que afectan
principalmente a la poesía: ultraísmo, creacionismo, surrealismo, etc.
La jefatura de Rubén la recogió Juan Ramón Jiménez (v.), que influye tan
intensa como efímeramente, viéndose desplazado por el magisterio de
Unamuno y A. Machado. La anarquía literaria que se observa a partir de
1920 se da sólo en la poesía, ya que hasta la terminación de la guerra
(1936-39), el teatro y la novela, salvo algunos intentos renovadores que
no alcanzan la aceptación del público, siguen la línea realista, ésta, y
aquél las diversas normas fijadas por Benavente, los Quintero, Arniches,
Muñoz Seca y Marquina; es decir, alta comedia de tipo burgués, sainete,
«astracán» y «teatro poético». Cabe señalar en la novela la modalidad
(la llamaremos «deshumanización del arte») surgida alrededor de un grupo
de colaboradores de la «Rev. de Occidente». Coincidiendo con este
«grupo» se da a conocer, en poesía, la llamada «generación de 1927» (v.)
(la celebración del tercer centenario de la muerte de Góngora actuó de
móvil aglutinador), cuya influencia se ha ejercido fundamentalmente a
partir de 1939. Su poesía fue un tanto deshumanizada, y alrededor de
1934 surgió un nuevo grupo: García Nieto, Rosales, Panero (Juan y
Leopoldo), Vivanco, etc., que imprimió distinto rumbo a la poesía:
señaló la vuelta a los temas tradicionales. No en vano de este grupo
surgió la rev. «Garcilaso».
Los años de la guerra de 1936-39, encadenada con el conflicto
mundial, señalan un paréntesis. Entre las direcciones de posguerra se
pueden señalar tres fundamentales: existencial, con su doble dirección
ortodoxa y atea; social y la denominada de «vuelta a los temas
tradicionales», y que algunos críticos llaman «literatura humana». Estas
direcciones se han dado en todos los géneros literarios. La literatura
«social», sin tener en cuenta lo complejo del fenómeno social, se ha
reducido a presentar casi exclusivamente el aspecto económico, cayendo
fácilmente en la demagogia. Cabría aludir a una moda estilística, el
«tremendismo», que presentado con aires de novedad es tan antiguo como
la misma literatura.
B. CARACTERES FUNDAMENTALES
La división cronológica de la literatura c. es, como se ha visto,
fácil; basta con seguir la evolución cultural de los pueblos
occidentales; señalar las notas que le dan fisonomía propia y la
distingan de los demás, es difícil. El problema se plantea en dos
aspectos: posibilidad de una caracterización y, sentada ésta, ¿cuáles
son las notas fundamentales de la literatura c.?
Lo que hoy entendemos por literatura c. se ha ido formando por la
integración de los escritores de diversas zonas de España; en este
aspecto, los caracteres regionales aportan sus rasgos en la formación
nacional hasta formar una unidad. Algunos críticos se resisten a admitir
rasgos característicos de las literaturas; a lo más que puede aspirarse,
dicen, es a señalar notas válidas para grandes familias: literaturas
orientales, occidentales, semíticas, clásicas, etc. En tal sentido, ni
la literatura c., ni la francesa, ni la italiana tendrían una fisonomía
propia, sino la común de las románicas. No obstante, la mayoría han
defendido la existencia de notas características de la literatura de su
respectivo país. Hay un hecho indudable: aun reconociendo en todas las
literaturas de los pueblos latinos ciertos rasgos fundamentales comunes,
no puede negarse que cada una ofrece unas notas que, sin anular aquellos
rasgos, le dan fisonomía propia. Hay un estilo; una forma de expresarse,
hasta un contenido ideológico que no son iguales en un francés, en un
italiano o en un español. No se trata de calidad literaria.
Es evidente que a lo largo de toda la literatura c., desde el
Poema del Cid hasta hoy, y en todos los géneros literarios, se muestran
una serie de caracteres que no se encuentran en otras literaturas, o que
por lo menos no se dan con tanta insistencia como en la c.; de la misma
manera que en aquéllas descubrimos notas que en ésta no se manifiestan o
si lo hacen es en forma muy atenuada. ¿Cuáles son estos caracteres? Milá
y Fontanals, Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal, Américo Castro, Dámaso
Alonso, F. Figueiredo, Bell, Farinelli, Vossler, Díaz Plaja, Madariaga,
etc., los han señalado, y aunando sus estudios podemos formular una
caracterización de la literatura c. Por ser España punto de confluencia
entre la cristiandad y el Islam, por convivir en su suelo tres
civilizaciones: cristiana, árabe y hebrea, y por ser el país paso de la
cultura oriental a Europa (Escuela de traductores de Toledo), la
literatura tiene unos caracteres que no se dan en otras naciones
surgidas del Imperio romano. Por otra parte, no hemos de insistir en la
íntima trabazón de los fenómenos sociales, políticos y religiosos, ni en
las luchas regionalistas hasta conseguirse la unidad.
La que hoy denominamos literatura c. se ha ido formando por la
integración de los escritores de diversas regiones, que al confluir en
nación aportan sus rasgos propios para formar unidad: Mena es cordobés y
Santillana palentino; Boscán, de Barcelona; Trillo de Figueroa, de
Galicia; Vélez de Guevara, andaluz; Ruiz de Alarcón, mexicano. ¿Hay
diferencias esenciales en sus obras? A lo sumo, en lo más externo, en el
estilo, pero no en lo ideológico; serían las diferencias que podríamos
señalar entre las diversas obras de un mismo escritor. Aun en el caso de
Ruiz de Alarcón, sus características particulares se han explicado por
su defecto físico más que por su mexicanidad; mexicana fue Juana Inés de
la Cruz, y pocos escritores han sido objeto de tantos elogios.
Señalando, pues, los caracteres fundamentales de la literatura c.,
habida cuenta de los factores que en ella han influido, tenemos:
a) Tradicionalismo. Es el rasgo más significativo. Los temas se
perpetúan, pero no sólo en obras dispersas, sino en ciclos: el cidiano,
los Amadises, los Palmerines, la Celestina, etc. Si el tema de don Juan
se halla en romances primitivos, se ha extendido a todas las
literaturas. Los mismos temas pasan de la epopeya a las crónicas, de
éstas, al romancero; luego a los teatros clásico, neoclásico y moderno,
y a la novela; recorre todos los géneros, lo que ha permitido a Menéndez
Pidal formular la teoría de los «frutos tardíos». Mientras en otros
países se da el divorcio absoluto de Edad Media y Renacimiento, en
España, «ciertos viejos géneros literarios pudieron reflorecer después,
dando frutos que, precisamente por su tardía madurez, tuvieron mejor
sazón y fueron apreciados, como venidos en época más adelantada que la
que en otros países los habían producido». Estos «frutos» aparecen en
los libros de caballerías, en los romances, en la mística, en los autos
sacramentales, versión moderna del teatro religioso primitivo; en la
comedia de raíz medieval, aunque de técnica y procedimiento modernos; en
el drama de honor, con nuevo planteamiento; en la picaresca, donde el
fabliau y el cuento medieval hallan amplio desarrollo. En esta misma
línea tradicional hay que incluir la ideología senequista, cierta
tendencia a lo ornamental y ostentativo, cuya línea literaria, propia de
Andalucía, representan Lucano, Mena, Góngora, Rivas y Lorca.
b) Improvisación. Esta aptitud improvisadora hace que el número de
precursores sea mayor que el de maestros, que la cantidad exceda a la
calidad, siendo ésta mucha. Cualquiera de los dramaturgos españoles de
segundo orden tiene mayor número de obras que los mayores «genios»
extranjeros, a pesar de lo cual han sido infravalorados (¿No hay 12
obras geniales en el repertorio de Lope de Vega, de Calderón, de Tirso,
de Vélez de Guevara? Pues 12 obras dramáticas se conservan de Racine y
algunas harto mediocres). De esta improvisación derivan algunos
defectos: descuidos, a veces inexplicables, falta de estímulo para dar a
la obra los últimos toques, pereza, etc. Guillén de Castro puede
suministrarnos la clave cuando dice: «Que los versos tienen esto; que si
no se logran presto ya no da gusto el lograllos». Pero también se
derivan algunas ventajas: expresividad, calor humano, originalidad, lo
que se traduce en la creación de tipos universales. De ordinario, los
escritores en lengua c. imprimen a su obra un sello personal; su
insumisión a normas fijas se traduce en una falta de escuelas; en
cambio, tenemos individualidades de primer orden. Esta tendencia a lo
espontáneo explica el uso y abuso de ciertos géneros, y dentro de éstos,
de ciertos procedimientos: la polimetría en el teatro, la asonancia y
otros recursos análogos. Incluso en los escritores más cultos, Quevedo,
Gracián, Saavedra Fajardo, etc., se da más la preocupación de «lanzar»
ideas que de desarrollarlas.
c) Pragmatismo. Arte al servicio de la vida; en el fondo, arte
docente, tanto en la realidad de la obra como en la confesión de
propósito por parte del autor. El puro hombre de letras existe en España
en mucha menor proporción que en otros países, incluso en el
Renacimiento. Literatura y vida andan -íntimamente ligadas, lo mismo en
Alfonso X que en Santillana, en Garcilaso que en fray Luis de León, en
Cadalso que en Meléndez Valdés. Casos como los de Mena y Góngora son
excepciones. En nuestros escritores la vida es lo esencial; el arte, la
literatura, lo accesorio; son fundamentalmente monjes o soldados,
profesores o alcabaleros; y luego, escritores. Consecuencia de este
contacto con la vida es la naturaleza de su obra, pletórica de elementos
humanos y especialmente apta para ser captada por el pueblo. La
literatura c. se nos aparece como un arte de mayorías: la épica medieval
y los poemas del mester de clerecía, el romancero, el teatro del Siglo
de Oro, la novela picaresca, hasta la mística, se dirigen al público y
son asimilados por él. Nunca ha habido en la literatura universal
géneros más populares que el romance, en cualquiera de sus épocas o que
la comedia creada por Lope. Pero entiéndase bien, arte popular no
significa vulgar; mucho menos significa arte rudo e irreflexivo; por las
obras que han alcanzado mayor difusión entre el pueblo corre una vena
inextinguible de rica poesía.
d) Anonimia y colaboración. Viene a ser una consecuencia de los
anteriores. La repetición de temas lleva a la anonimia; el escritor no
siente el prurito de darnos su nombre porque lo que «relata» está en la
memoria de todos: épica, romances, varios poemas de clerecía, Celestina,
Lazarillo, Amadís, Quijote de Avellaneda, innumerables poemas de los
cancioneros, muchas comedias del teatro clásico. La necesidad de
satisfacer la demanda de un público mayoritario, explica el
«colaboracionismo», bien sucesivo, bien simultáneo. En el primer caso se
trata de una verdadera colaboración; en el segundo son más bien
refundiciones. Junto a estas refundiciones (El Alcalde de Zalamea y El
médico de su honra, de Lope y de Calderón; La venganza de Tamar y Los
cabellos de Ab, salón, de Tirso y de Calderón, y cien más), ocupan lugar
destacado las continuaciones (Celestina, Amadís, Lazarillo, Quijote). De
la preferencia por los valores humanos y éticos antes que por los
estéticos, que muestran los escritores, y a los que ya hemos aludido, se
deriva el contenido moral de sus obras; no faltan algunas de intención
malsana y hasta censurable, pero en mucha menos proporción que en las
otras literaturas románicas. Cuando un escritor castellano trata un tema
escabroso le suele infundir un sentido ético (no faltan críticos que han
hablado de hipocresía), si bien justo es reconocer que, en algunos
casos, bajo la cobertura moralizante se percibe cierto tono irónico y
zumbón; junto al romance de La bella malmaridada, en el que la esposa
infiel pide su propio castigo, podríamos, aducir páginas del Arcipreste
de Hita.
e) Realismo y verismo. Decir realismo equivale a decir copia directa
de la vida, sin intromisión o con intromisión muy escasa de elementos
fantásticos e imaginarios. La ausencia de lo mitológico y hasta de lo
maravilloso en las letras castellanas contrasta con su prodigalidad en
otras literaturas. Ni siquiera en el s. XVI, en pleno Renacimiento, la
abundancia de motivos clásicos es excesiva. Este fenómeno se presenta ya
en la misma raíz de la literatura c.: compárense el Poema del Cid y la
Chanson de Roland; la sobriedad y la desnudez del primero, su estricto
ajuste a la realidad geográfica, histórica y social, su parquedad de
elementos imaginativos, sus toques de observación de la naturaleza, su
interpretación de la psicología y estado emotivo de los personajes,
forman evidente contraste con la Chanson francesa, en la que lo real y
lo histórico se reducen a un levísimo soporte.
Se han buscado las causas de esta «aversión» al elemento
maravilloso, especialmente el mitológico, y se aducen varias: afán de
mantener a toda costa la pureza de la fe, considerarlo como superfluo,
ya que lo fantástico no puede atraer a un pueblo acostumbrado a ver que
lo real supera casi siempre a lo imaginario. En otros países, la poesía
se ha hecho historia; en España, la historia se ha hecho poesía. Pero no
conviene exagerar las cosas; de tiempo atrás se insiste, sin duda con
exceso, en este carácter realista de la literatura c., dándole una
categoría de exclusividad. España se viene considerando como el país de
La Celestina, el Lazarillo, Velázquez y Goya, obras y pintores harto más
complejos como para despacharlos con la etiqueta de realismo. Si el
realismo predomina en las letras y en el arte español en general, no es
menos exacto que a lo largo de las unas y del otro corre una gran vena
idealista, como han puesto de relieve González Palencia y Dámaso Alonso
entre otros. ¿Hasta qué punto es El Buscón una novela realista? ¿Y la
mayor parte de la obra de Vallé-Inclán? Nos hallamos ante una
deformación, una desrealización de la realidad, que si no es idealismo,
tampoco es realismo.
Cabe señalar otros caracteres, pero menos permanentes, ya que al
igual que el curso del Guadiana, aparecen, desaparecen o aminoran en
determinados periodos de la historia: tal la conciencia de soledad,
fenómeno típico del barroco y del romanticismo, hasta el punto de que
Eugenio Montes ha podido escribir: «romanticismo es conciencia de
soledad; clasicismo es conciencia de compañía»; la veta senequista que
puede considerarse como una constante, y que se observa no sólo en obras
doctrinales, sino que la hallamos en las puramente de entretenimiento
(poesía, teatro); orgullo de casta rayano en la fanfarronería;
religiosidad y superstición (el español tiene fama de ser más papista
que el Papa). El crítico inglés Aubrey F. G. Bell ha señalado como rasgo
fundamental de la literatura c. el «verticalismo y jerarquización de
valores»; creemos que es uno de los más importantes, ya que incluye tres
rasgos permanentes: religiosidad, monarquismo y honor-honra;
sentimientos íntimamente ligados entre sí y que constituyen el eje de la
inmensa mayoría de las obras de la literatura c. Religiosidad y
monarquismo se ligan de tal manera que el rey es considerado como un
vice-Dios, y se crea una auténtica casuística para disculparle de las
injusticias y atropellos que cometa (el Cid atribuye su destierro a
calumniadores; siglos después, se disculpará el rey con frases de este
tenor: «soy hombre, pude engañarme»). Sobre los sentimientos honor-honra
se crea un auténtico código que, si no anda muy acorde con la doctrina
cristiana, no deja de ser comúnmente aceptado. Pero a la vez, observamos
los mayores contrastes: junto a la religiosidad, las formas más burdas
de la superstición; junto al orgullo nobiliario, la máxima
democratización; junto a las rígidas normas del honor, las constantes
alusiones al deseo de «gozar», en el sentido de la época. Y de todo
ello, son constantes las muestras a lo largo de la literatura de c.
Para una visión más detallada en cuanto a autores, obras, etc., V.
ESPAÑA X, 2.
Para las versiones castellanas de la Biblia, V. BIBLIA VI, 9A