"Entre
los que llamamos mester de clerecía y "mester de juglaría no hay
barreras insalvables. Prescindiendo de textos íntegros que cabalgan
sobre las dos monturas, hemos de recordar cómo hay fórmulas
juglarescas que se acogen por los clérigos y, de otra parte,
elementos cultos que llegan al arte del pueblo.
"Un poema hagiográfico, por muy poco sabio que nos parezca,
siempre tiene motivación -cerca o lejos- de carácter culto. Además,
es muy difícil que el poeta popular al rimar el tema religioso no se
contamine de las fórmulas, ideas o espíritu con que la iglesia
celebra ese mismo tema. Creo que el Libro facilita un excelente
testimonio: poema "muy vulgar" y, sin embargo, con un caudal de
sabiduría que no es exclusivamente popular. Si a esto añadimos los
cultismos de su vocabulario, tendremos que reconocer que la clerecía
anduvo del brazo con los juglares en más ocasiones de las que
recuerda el gran Arcipreste" (2).
Creo que Alvar no se ha atrevido a dar el salto,
a pesar de ver el problema con toda claridad: el Libro no es obra
juglaresca, sino de clerecía. Es decir, nace en un ambiente culto, la
escribe quien conoce literatura culta, incluso a Berceo; probablemente
no sigue ningún texto concreto, porque compone de memoria, según el
esquema que él se ha hecho a base de lecturas, las cuales no son propias
de juglares populares, sino de gente letrada. En definitiva, el Libro de
la infancia y muerte de Jesús es obra de un poeta culto, que no escribe
para que su poema se cante por las plazas, pero que emplea la forma
popular y se basa en fuentes cultas.
Pero podemos ir más allá y hablar del Poema de Mio Cid. No hay la
menor duda de que se trata de un poema épico en forma popular. Pero,
¿obra de un juglar? Ahí tengo ya mis dudas. Nuestra copia es del siglo
XIV, incluso un XIV avanzado, pero reproduce una de 1207. Si el primer
explícit nos dice algo es que en ese año escribió el Poema un tal Pedro
Abad. Escribir no es sólo, como se ha venido insistiendo, 'copiar,
trasladar de un original', sino también 'componer algo nuevo a la vista
de obras anteriores'. Ese Pedro Abad no tuvo que ser necesariamente un
copista, sino que pudo ser quien refundiera el poema a la vista de
textos' anteriores. Y entre la docena larga de Pedros Abades que
conocemos ninguno es un juglar, todos son clérigos, y alguno monje.
El análisis del Poema nos lleva a la conclusión de que se ha
compuesto sobre poemas breves anteriores. Lo demuestran las
incoherencias, por ejemplo, respecto del número de guerreros que
acompañan al Cid; lo pone de relieve el análisis de los apelativos dados
a Rodrigo Díaz, y creo que lo confirma la misma economía del relato, que
concede mucho espacio a acciones de escasa importancia en el conjunto, y
despacha en pocos versos la conquista de Valencia, acaso el hecho más
importante de los narrados, no sólo para nosotros, sino también para el
propio autor. Sobre la base de esos cantos breves, alguien (¿Por qué no
Per Abat?) unió esos fragmentos y les dio un sentido, que no es en mi
opinión ni el de enaltecer la figura del Cid, ni el de contamos
aventuras más o menos interesantes, ni el de cantar la gloria de la
reconquista, sino el de exaltar al caballero que se hace a sí mismo en
el ejercicio de la guerra, contraponiendo la nobleza cortesana, ya
caduca al comenzar el siglo XIII, a la nobleza que ha ganado inmensas
riquezas en el campo de batalla, en definitiva la vieja nobleza leonesa
a la nueva y pujante nobleza castenana, que desea el poder y los
privilegios que detentaban los próceres leoneses.
Y si esto es así, de nuevo tenemos que pensar en un autor culto,
que utiliza la forma popular para componer su obra.
Pero puestos ya en la pista, podríamos analizar otras pretendidas
leyendas juglarescas, y acaso negáramos a conclusiones inesperadas.
Hablemos, por ejemplo, de la de los siete infantes de Salas.
Hasta la Primera Crónica General nada sabemos de ena; pero la
Crónica se apoya constantemente en una Estoria. Esta Estoria no puede
ser una obra en verso, sino en prosa. ¿Resultado de prosificar un poema
juglaresco? Nada se opondría a ello, pero tampoco hay nada que se oponga
a que la Estoria no sea otra cosa que una novela que arranca de leyendas
y tradiciones orales o escritas, no juglarescas. Lo importante es, sin
embargo, que entre la Primera Crónica General y la Crónica de 1344
encontramos un poema, indudablemente en forma popular. Tanto la Crónica
de 1344, como la Interpolación de la Tercera Crónica General, respetan
bastante bien el texto de la Estoria hasta el final de la batalla de
Almenar, por lo que apenas se encuentran restos de versos, y aun los que
Menéndez Pidal cree descubrir son dudosos. Pero a partir del final de la
batana de Almenar se cambia radicalmente. Sobre todo en la interpolación
los versos se incluyen enteros sin modificación ninguna. ¿Ante qué nos
encontramos? No me atrevo a dar ahora una respuesta que considere
definitiva, pero puedo adelantar que pienso lo siguiente: la leyenda
corrió en prosa, y la Estoria es la confirmación de ello; aunque la
Estoria pudo ser la prosificación de un cantar de gesta, la total
carencia de testimonios me inclina a pensar que sólo fue el résultado de
novelizar un tema que circulaba en prosa; de la Estoria nace un poema
épico, en forma popular; este poema épico respetaba bastante bien la
parte de la Estoria que llega hasta la muerte de los infantes, pero a su
vez novelizó radicalmente los episodios del llanto y de la venganza,
poco desarrollados en la Estoria. El poema, pues, nacería de una fuente
en prosa, igual que los de Berceo. ¿Sería obra de un juglar o de un
poeta culto? Concretamente en la Cróníca de 1344 hay un detalle que me
inclina por lo segundo: en la Estoria los capitanes moros son dos, Viara
y Galbe; en la Estoria que utiliza hasta la batalla de Almenar la
Cróníca de 1344 son cuatro, Alicante, Viara, Galbe y Barrasín; pero la
misma Crónica, a partir justo del final de la batalla ya no cita, más
que uno, Alicante. Lo normal en las refundiciones populares es
precisamente la geminación o la multiplicación de un personaje. Los
mismos siete infantes, o los dos capitanes Viara y Galbe, o los cuatro
Alicante, Viara, Galbe y Barrasín, son una prueba de ello; sólo un autor
culto procede en sentido contrario, reduciendo a uno los cuatro
capitanes, citados todavía en el texto de la Crónica pocas líneas antes.
Y la primera vez que aparece sólo Alicante da la impresión de que el
poema anteriormente tampoco había citado más que a un capitán moro: "E
desque fueron todos acabados, ellos [los infantes] e todos los suyos, e
la batalla partida, vino Ruy Vásquez a Alicante, e besáronse en los
ombros e abraçáronse". Parece comó si la Crónica de 1344 tuviera delante
varios textos, uno de ellos el Poema, al que se decide a seguir a partir
de este momento.
Pero podemos ir más adelante. La leyenda completa de los infantes
de Salas la encontramos en el siglo XVI en tres romances, separados ya
en la publicación, pero que reunidos constituyen un resumen de toda la
leyenda de unos 220 dieciseisílabos. Son los romances "Ya se salen de
Castilla " , "Pártese el moro Alicante" y " A caza va don Rodrigo" .En
las versiones conocidas, el último tiene todo el aspecto de un trozo
desgajado que vivió vida oral; pero los otros dos (excluyo las otras
versiones parciales del primero) parecen más bien dos retazos de un
todo, transmitidos por vía escrita, obra de un autor individual, aunque
aceptemos toda la variabilidad que da también a las obras la
tradicionalidad escrita. Probablemente este resumen fue lo único que
llegó ciertamente a cantarse en público, ya que los romances
fragmentarios primitivos de auténtico carácter oral, proceden sin
ninguna duda de ese otro poema resumen.
Con todo esto he querido poner de relieve que la llamada poesía
juglaresca tiene de juglaresca menos de lo que se ha venido aceptando.
Es también con frecuencia poesía individual, y probablemente escrita sin
intención de ser cantada por los juglares en las plazas de los pueblos.
Martín de Riquer, en su interesante comunicación al Coloquio de Lieja de
1957 titulada "Epopée jongleresque a écouter et épopée romanesque a lire",
ha establecido una clara diferencia entre lo que fue una poesía épica
oral, independiente de la escritura, obra de juglares, visible en los
llamados "manuscritos de juglar", y otra poesía épica, obra de
refundidores, destinada a la lectura. Me parece una observación muy
atinada, que encaja en lo que sostengo. Aunque conviene matizar que
cuando se habla de poesía para ser leída debemos pensar también en
lecturas públicas.
Lo que ocurre al comenzar el siglo XIII es que se descubre una
nueva forma métrica para la poesía narrativa, que hasta entonces
utilizaba la forma popular. Esa nueva forma, que parece haber
introducido el autor del Libro de Alexandre, viene de fuera. Pero leamos
el texto, a pesar de ser tan conocido:
"Señores, se quisierdes mio seruiçio prender,
querríauos de grado seruir de mio mester:
deue de lo que saue omne largo seer,
se no, podrié de culpa o de rieto caer.
"Mester trago termoso, non es de ioglaría,
mester es sen peccado, ca es de clerezía,
fablar curso rimado por la quaderna vía,
a síllauas cuntadas, ca es grant maestría".
Permítanme poner estos versos en vulgar prosa
actual : "Señores, si quisierais aceptar mi servicio, os querría servir
voluntariamente con mi oficio de poeta: el hombre debe ser largo en
comunicar lo que sabe, porque si no podría caer en culpa o ser
reprendido. Traigo de Francia un estilo hermoso, que no es popular; es
estilo sin falta, precisamente porque es culto: dar a la frase un
movimiento rítmico por medio de la cuaderna vía, con sílabas contadas,
lo que es maestría grande" .Ya sé que en algún caso se me podrá discutir
la interpretación, pero sospecho que será sólo en matices. Comentemos,
entonces, el texto.
El autor del Alexandre declara que su oficio es el de poeta culto,
y que debe manifestar lo que sabe; que su estilo es distinto al popular
o de juglaría, y lo es por el uso de una frase rítmica, es decir, con
acentos fijos dentro de unos límites, lo que obliga a contar las sílabas
de cada verso; todo esto exige una pericia técnica distinta a la del que
hace versos con medidas caprichosas. Podríamos añadir que el autor sabe
que frente a la libertad expresiva del verso anisosilábico, y de una
estrofa que condiciona poco, como el pareado, o no condiciona nada, como
la serie épica, una estrofa cerrada sobre sí misma, con un total de
cincuenta y seis sílabas, obliga mucho.
El planteamiento del terna me parece que es semejante a lo que
ocurre en el siglo XVI, pero al revés, cuando Boscán y Garcilaso
introducen el verso italiano, tachado por sus contrincantes de poco
rítmico, de ser prosa y no verso, y de no sujetarse a la concisión a que
obligaba una estrofa cerrada y corta de sílabas. En definitiva, y es lo
que me interesa subrayar, la única oposición real está en la métrica, y,
naturalmente, en las consecuencias estilísticas de una métrica cerrada
frente a una métrica abierta. Pero nada más. La dificultad de la nueva
métrica es lo único que se plantea, pero ninguna otra cosa. y así es, en
efecto.
Si ahora hay un autor individual, también antes lo había; si ahora
el orgullo del poeta hace que algunas veces dé su nombre, otras se lo
calla, por lo que sigue rigiendo la anonimia; si ahora se utilizan
fuentes clásicas, extranjeras o castellanas, fuentes también utilizaban
los autores del Roncesvalles, del Poema de Mio Cid, de la Vida de Santa
María Egipciaca, etc. ; si en la forma popular era constante la
referencia a los oyentes, constante sigue siendo dicha referencia.
Pero este último tema merece algún comentario. Se acepta
normalmente que la literatura juglaresca está destinada a ser cantada
por el juglar ante un público, y la de clerecía a ser leída ante un
grupo de oyentes. y esta diferencia no me parece exacta. Hay literatura
en forma juglaresca o en forma culta destinada a ser cantada, y hay
literatura en forma juglaresca o en forma culta destinada a ser leída.
Si a nadie cabe duda de que los poemas de Berceo se destinaron a ser
leídos en público, creo que tampoco debe caber duda respecto del Poema
de Mio Cid que nosotros conocemos. El segundo explicit (sin entrar ahora
en el problema de su fecha real) dice: "El romanz es leído datnos del
vino" .Y lo curioso de este explicit es no tanto el que diga que se ha
leído el "romanz", cuanto que se utilice el plural, lo que quiere decir
que han sido varios los que lo han leído, es decir, que ha habido una
especie de dramatización, acaso al estilo de las lecturas litúrgicas.
Ciertamente, el tema exigiría un desarrollo más amplio; pero hay
un lógico límite de tiempo, y lo que tienen que terminar son mis
palabras. No he podido entrar en demasiados detalles, he tenido a veces
que hacer afirmaciones dogmáticas; lo sé, pero no pido disculpas por
ello, puesto que me propuse de antemano correr el riesgo del "bueno,
pero...". De todas formas, creo que he dejado claro lo que he pretendido
decir: que la dicotomía juglaría-clerecía es sólo y nada más una mera
dicotomía de formas, no de actitudes literarias, ni de diferencias
esenciales; que lo que estamos llamando poesía juglaresca ni era poesía
para el pueblo indocto, ni la escribieron los auténticos juglares, esos
a los que tan despectivamente se refiere Alfonso el Sabio en las
Partidas; que creer en una juglaría de los siglos XII a XIV gran
creadora de literatura, que después degenera hasta la juglaría de los
romanzones de ciego de los siglos XVII y XVIII (¿y por qué no decir que
del XX?), es un error, porque el juglar de entonces no debía
diferenciarse mucho del que ahora nos canta por las plazas de los
pueblos, en los días de mercado, el tremendo castigo que la gallega
abandonada por su marido infringe a éste cuando va a buscarle a la
emigración (creo recordar que era la República Argentina) y le encuentra
con otra mujer y otra familia.
La forma popular o juglaresca, en lo que conocemos (desde las
jarchas hasta el Poema de Mio Cid) puede ser tan de clerecía, es decir,
culta, elaborada por un poeta consciente y letrado, como los poemas
compuestos a sílabas contadas o las refinadas canciones de los
trovadores.
Oviedo, 17 de diciembre de 1977.
NOTAS
(1) Al leer esta comunicación en las Jornadas
advertía que iba a presentar muy parcialmente, y referido sólo al siglo
XIII. el resultado de investigaciones todavía no terminadas. No tenía
entonces la intención de publicar estas páginas. Al hacerlo ahora, por
la insistencia de los buenos amigos de Logroño, dejo el texto tal como
fue leído, consciente de su provisionalidad, de que necesita ampliación
y matización, de que una seria argumentación exige la reinterpretación
de datos conocidos y la aportación de otros nuevos. Si todo esto estaba
previamente hecho, añadirlo ahora no sólo desvirtuaría mi comunicación
(que pretendía sólo plantear temas de discusión), sino que me llevarla
un tiempo del que no dispongo, dada la rapidez con que los organizadores
quieren publicar los trabajos presentados en las Jornadas. Queda, pues,
el texto tal como fue leído, con todos sus inconvenientes.
(2)
Libro de la infancia y muerte de Jesús (Libre dels tres reys d'Orient).
Edición y estudio de Manuel Alvar. Madrid, C.S.I.C., 1965, págs.
112-113.