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Literatura |
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Antonio Di Benedetto y la espera Como la mayor parte de los
acontecimientos literarios, la aparición de Zama en 1956 pasó
prácticamente desapercibida. Algunas reseñas bibliográficas aisladas
señalaron sin embargo la calidad del libro. Abelardo Arias diría más
tarde, y con razón, que si Antonio Di Benedetto hubiese escrito sus
cuentos y novelas en París y no en Mendoza, su ciudad, sería
mundialmente famoso; a diferencia de otros escritores latinoamericanos
que escriben desde Europa y han alcanzado de ese modo, y quizás por esa
razón, gran renombre en las letras continentales pero no mundiales,
Zama ocupará algún día ese lugar codiciado. Si los críticos de habla
española hablaran de los buenos libros y no de los libros más vendidos y
más publicitados, de los libros que trabajan de liberadamente contra su
tiempo y no de los que tratan de halagar a toda costa el gusto
contemporáneo, Zama hubiese ocupado en las letras de habla
española, desde su aparición, el lugar que merece y que ya empieza, de
un modo silencioso, lento y férreo, a ocupar: uno de los primeros.
Zama es superior a la mayor parte de las novelas que se han escrito
en lengua española en los últimos treinta años, pero ninguna buena
novela latinoamericana es superior a Zama.
Se ha pretendido, a veces, que Zama es una novela histórica.
En realidad, lejos de ser semejante cosa, Zama es, por el
contrario, la refutación deliberada de ese género. No hay, en rigor de
verdad, novelas históricas, tal como se entiende la novela cuya acción
transcurre en el pasado y que intenta reconstruir una época determinada.
Esa reconstrucción del pasado no pasa de ser simple proyecto. No se
reconstruye ningún pasado sino que simplemente se construye una
visión del pasado, cierta imagen o idea del pasado que es propia del
observador y que no corresponde a ningún hecho histórico preciso.
La pretensión de escribir novelas históricas –o de estar leyéndolas–
resulta de confundir la realidad histórica con la imaginación arbitraria
de un pasado perfectamente improbable. Ya no recuerdo quién ni dónde,
afirmaba que el único valor de Zama era el de reconstruir la
lengua colonial de la época en que se supone transcurre la novela. En
Zama no hay ninguna clase de reconstrucción lingüística tampoco –y
es evidente que tal proyecto no ha sido nunca tenido en cuenta por su
autor. Hay, por el contrario, y en el sentido noble del término, sentido
que se opone al de burla o pastiche o imitación, más lúcidamente,
parodia.
Lo que distingue a una parodia de una imitación es la relación
dialéctica que la parodia establece con su modelo, mediante la cual el
modelo es recubierto sólo parcialmente para lograr, de ese modo, a
partir de la relación mutua, un nuevo sentido. La imitación pretende
superponerse enteramente a su modelo, empresa que es, desde luego,
inútil, ya que siempre ha de quedar un margen, un intersticio, por el
que se muestre el modelo poniendo en evidencia, al mismo tiempo, la
imitación. En la parodia ese intersticio es deliberado y de la
exhibición de la parodia como tal surgirá el sentido nuevo.
Es a través de esa parodia, justamente, que Zama quiere
mostrar que no ha de leérsela como una novela histórica. La lengua en
que está escrita no corresponde a ninguna época determinada, y si por
momentos despierta algún eco histórico, es decir el de una lengua
fechada, esa lengua no es de ningún modo contemporánea a los años en que
supuestamente transcurre la acción –1790-1799–, sino anterior en casi
dos siglos: es la lengua clásica del Siglo de Oro. Desde luego que no se
trata de una imitación pedestre a la manera de nuestros neoclásicos,
sino de un sabio procedimiento alusivo y secundario incorporado a la
entonación general de la lengua personal de Di Benedetto.
Toda narración transcurre en el presente, aunque habla, a su modo,
del pasado. El pasado no es más que el rodeo lógico, e incluso
ontológico, que la narración debe dar para asir, a través de lo que ya
ha perimido, la incertidumbre frágil de la experiencia narrativa, que
tiene lugar, del mismo modo que su lectura, en el presente. Al hacer más
evidente ese pasado, al convertirlo en pasado crudo, nítidamente alejado
de la experiencia narrativa, el narrador no quiere sino sugerir la
persistencia histórica de ciertos problemas. El esfuerzo de Di Benedetto
tiende, por lo tanto, no a evadirse del presente –esfuerzo condenado por
otra parte a una imposibilidad trágica– sino a exaltar la validez del
presente y a hacerla más comprensible mediante un alejamiento metafórico
hacia el pasado.
Pero no por no poder ser novela histórica, la narración no ha de
poder ser históricamente fechada. Publicada en 1956, Zama tenía
más de una razón para pasar casi inadvertida: en la Argentina, en esos
años, el existencialismo y su giro sociológico, marcado por Qué es la
literatura de
Sartre, constituían la influencia mayor sufrida por
nuestros escritores y nuestros intelectuales. En ciertos aspectos,
Zama puede ser considerada una novela existencialista, aunque por
muchas razones se aleja considerablemente de esa corriente. Por una
parte, Zama, en la que la historia está, a su modo, presente, se
niega a aceptar ese giro sociologista considerando, con razón, que el
giro sociológico del existencialismo, si bien ha sido fecundo para su
evolución, introduce un elemento voluntarista que es extraño a la
narración. Y, por otra parte, mediante su alejamiento metafórico hacia
el pasado, Zama echa por tierra el historicismo superficial que
pretende que el repertorio temático del existencialismo no ha sido más
que el producto, en sentido puramente determinista, de la Segunda Guerra
Mundial.
Zama es, por ciertos aspectos de su concepción narrativa,
comparable a las obras mayores de la narrativa existencialista, como
La náusea y El extranjero. Yo creo, sin embargo, que por las
circunstancias en que fue escrita y la situación peculiar de la persona
que la escribió, Zama es en muchos sentidos superior a esos
libros.
En primer lugar, lo que distingue los libros citados de Zama
es que sus autores, de un modo u otro, han tenido, en la época en que
los han escrito, un comercio estrecho con la filosofía. La náusea
es un libro que, por haber sido escrito después de haber sido
concebida la filosofía que lo sustenta, podemos considerar como un
informe o una ilustración de ciertas tesis más que como una narración.
Algo aproximado, aunque menos tajante, podemos afirmar de El
extranjero. Zama en cambio no es el producto de ninguna
filosofía previa: encuentra más bien espontáneamente a la filosofía,
como Edipo a su padre desconocido en la encrucijada trágica.
De este hecho podemos inferir una distinción precisa entre literatura
y filosofía: distinción que no se encuentra en el objetivo de reflexión
sino en la fase del proceso de creación o de expresión en que ese objeto
se halla ubicado: anterior en el caso de la filosofía; dentro, en alguna
parte, en el caso de la narración.
La filosofía parte de un objeto de reflexión; la narración da con él
o lo siembra en algún momento de su recorrido. El hecho de que Di Benedetto sea un escritor y no un filósofo y el hecho de que haya
escrito su novela en una pequeña ciudad argentina y no en la ciudad en
la que el existencialismo alcanzó el esplendor mundano que lo convirtió
en la moda intelectual de los años cincuenta, multiplica el valor de
Zama y corrobora la universalidad de ciertos temas mayores del
existencialismo, que la mundanidad no hizo más que poner, en su momento,
en tela de juicio.
La estructura interna de Zama es aparentemente simple. Es el
protagonista mismo quien narra, en primera persona, diez años de su
vida, años cruciales en que su decadencia física y moral va poniéndolo,
como un río lento y terrible, en la orilla opuesta de la vida.
Pero esa simplicidad narrativa es engañosa: una y otra vez, la
narración lineal es interferida por breves historias, alegorías,
metáforas, que anulan la ilusión biográfica e instalan el conjunto de lo
narrado en una dimensión mítica. A partir de la cuarta frase del libro,
que es también el cuarto párrafo, la descripción de un mono muerto
detiene la narración –es decir la simple marcha de los acontecimientos–
y la cifra en un sentido que es ambiguo y sin embargo revelador de lo
que está por venir, como si instintivamente el narrador supiese que no
vivimos nuestra vida más que al margen de los acontecimientos y
superponiendo a nuestra experiencia la reflexión confusa sobre sus
sentidos posibles.
Este procedimiento quiebra continuamente la narración, no sólo en
Zama sino en la mayor parte de los escritos de Di Benedetto, y la
enriquece. Se trata, veinte años antes que la retórica del Nouveau Roman
la clasificara como uno de sus procedimientos más corrientes, de una
variante de la mise en abîme que Gide describe en su diario, en
una página de 1893: «No me desagrada que en una obra de arte se
reencuentre transpuesto, a escala de los personajes, el tema mismo de
esa obra. Nada la ilumina más ni establece de un modo más seguro las
proporciones del conjunto. De esa manera, en ciertos cuadros de Memling
o de Quentin Metsys, un espejito convexo y oscuro refleja, a su vez, el
interior del decorado en que tiene lugar la escena pintada. Lo mismo en
Las Meninas de Velásquez (aunque de un modo un poco diferente). Por fin,
en literatura, en Hamlet, la escena de la comedia; y en otras partes
también, en muchas otras obras. En Wilhem Meister, las escenas de
marionetas o la fiesta en el castillo». Nada ilumina más Zama, en
efecto, que esa inmovilización continua de la narración, ese hormigueo
de pequeñas intervenciones metafóricas que contribuyen a liberarla de la
prisión del acontecer. Que yo sepa, ningún narrador en América,
excepción hecha quizá de Borges o de Felisberto Hernández, había
intentado, por los mismos años, experiencias equivalentes.
En vano se intentará ubicar Zama dentro de las categorías
rutinarias que manejan nuestros críticos e historiadores de la
literatura. Una enciclopedia reciente, que ha dedicado páginas y páginas
a autores que una semana después de aparecida su enciclopédica
consagración ya se caían en pedazos, prodiga a Di Benedetto, antes de
pasar a otra cosa, una etiqueta lapidaria: «Practica la literatura
experimental». Discriminación que no deja de ser curiosa, si tenemos
en cuenta que no hay para la literatura otro modo de continuar
existiendo que el de ser experimental –condición sine qua non que
la mantiene en vida desde Gilgamesh. El periodista anónimo que redactó la frase distingue desde luego la literatura experimental con el fin preciso de hacer notar que no vale la pena ocuparse de ella. Ni fantástica ni realista, ni urbana ni rural, ni clásica ni de vanguardia, ni escapista ni engagée, Zama, justamente por no tener cabida en ningún casillero preparado previamente por los escribientes de nuestras revistas y de nuestras universidades, está destinada a destellar con luz propia y a mostrarnos, de a ráfagas, a cada nueva lectura, zonas secretas de nosotros mismos que el hábito de esas falsas clasificaciones oblitera. Esa narración, que hace como si nos contara hechos transcurridos hace casi dos siglos, nos narra sin embargo a nosotros, sus lectores. |
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Zama es, no nuestro espejo,
sino nuestro instrumento –en el sentido musical y operacional del
vocablo. Aprendiéndolo a tocar oiremos, después de un momento,
nuestra propia canción, que no es más que un turbio ronroneo,
subjetivo, continuo y universal y que, lleno de sonido y de furia,
no significa, no propiamente nada, sino algo preciso, previamente
determinado, dado de una vez y para siempre y que pueda dispensarnos
del estado de lucidez difícil, mezcla de insomnio y somnolencia, en
que se debaten nuestras vidas. Se dirá que todo esto no es más que
irracionalidad y escapismo. Yo quiero hacer notar, sin embargo, que
si aceptamos por un momento la hueca categoría de novela de América,
abstracta y chauvinista, y adoptamos el punto de vista de quienes la
manejan, entre todas las novelas que pretenden ese título en los
últimos treinta años Zama sería la primera en merecerlo, a
pesar del folklore, del anecdotario pasatista y del academicismo
artero que pululan en la actualidad y que se pretende hacer pasar
por una nueva novela. Zama no se rebaja a la demagogia de lo
maravilloso ni a la ilustración de tesis sociológicas; no se obstina
en repetirnos las viejas crónicas familiares que marchitan la novela
burguesa desde fines del siglo XIX; no divide la realidad, que es
problemática, en naciones; no pretende ser la summa de ningún
grupo o lugar; no da al lector lo que el lector espera de antemano,
porque los prejuicios de la época hayan condicionado a su autor
induciéndolo a escribir lo que su público le impone; no honra
revoluciones ni héroes de extracción dudosa, y sin embargo, a pesar
de su austeridad, de su laconismo, por ser la novela de la espera y
de la soledad, no hace sino representar a su modo, oblicuamente, la
condición profunda de América, que titila, frágil, en cada uno de
nosotros. Nada que ver con Zama la exaltación patriotera, la
falsa historicidad y el color local. La agonía oscura de Zama
es solidaria de la del continente en el que esa agonía tiene lugar. 06 - LA NACIÓN - Antonio Di Benedetto y la espera - Sylvia Saítta A cincuenta años de la publicación de Zama, una de las novelas más importantes de la literatura latinoamericana contemporánea, la figura de su autor cobra la estatura de un clásico. "Escribí Zama en menos de un mes, durante un período de licencia de mi trabajo, en el que me encerré en una casa vacía. Los dieciocho días de licencia pasaron demasiado pronto y concluí la novela ya reincorporado a mi tarea habitual. La prisa me impuso un estilo urgente (breve, de frases cortas, muy condensado) aunque afortunadamente (y contra mis temores) adecuado al vértigo de las peripecias de don Diego", confesaba el escritor Antonio Di Benedetto en una entrevista de 1971. La inquietud que despierta esta afirmación referida a la escritura de Zama , la novela que ha sido considerada como una de las mejores novelas argentinas y latinoamericanas del siglo XX, radica en su capacidad de erosionar uno de los mitos de la literatura moderna: el que sostiene que el valor de una escritura se mide por el trabajo que cuesta producirla. Como un escritor-artesano, Di Benedetto se encierra en una casa vacía para pulir sus frases, pero los tiempos de su escritura lejos están de la placidez que otorgaría una torre de marfil: como Roberto Arlt, Di Benedetto escribe su novela en los tiempos robados al periodismo, en el que se desempeñaba como subdirector del diario Los Andes , de Mendoza, y como corresponsal del diario La Prensa , de Buenos Aires. Como Roberto Arlt, Di Benedetto escribe con la celeridad y la angustia de quien carece de tiempo para escribir; pero a diferencia de Arlt -y en contra de lo que el mismo Di Benedetto señala en la entrevista-, Zama carece de las marcas de urgencia que signan el discurso periodístico. Por el contrario, Di Benedetto hace del tema de la novela -la historia de quien espera sin esperanza- su estilo, un estilo que conjuga la morosidad de la trama con la precisión de la palabra justa, la reflexión existencialista sobre el devenir humano con el estudio de la identidad americana. En 1956, y en la soledad de una casa vacía, este joven y desconocido escritor mendocino, de sólo treinta y tres años, escribe su primera y más célebre novela. Como sostiene Jimena Néspolo en su notable ensayo Ejercicios de pudor , es en el momento inicial de su carrera cuando Di Benedetto llega al pico de máxima tensión y complejidad estética de toda su narrativa. Porque en más de un sentido, Zama es una novela excepcional; excepcional por su originalidad formal y la invención de una lengua literaria; excepcional por la incorporación del existencialismo en el ámbito latinoamericano y por el modo en que desarticula los procedimientos de la novela histórica; excepcional por el momento de su advenimiento. En efecto, la publicación de Zama en Ediciones Doble P, de Buenos Aires, a mediados de la década del cincuenta, anticipa la intensa renovación narrativa que, desde el punto de vista editorial y de público, dio origen al denominado boom de la literatura latinoamericana. Estrictamente contemporánea a la literatura de Juan Rulfo ( El llano en llamas se publica en 1953 y Pedro Páramo dos años después), la novela de Di Benedetto escribe, en un mismo gesto, el acta de defunción del regionalismo en la historia de la literatura argentina, y la partida de nacimiento del "regionalismo no regionalista" -en términos de Beatriz Sarlo-, que encontrará en las narrativas de Héctor Tizón y Juan José Saer sus exponentes más fuertes. Porque con Zama se inicia la profunda reformulación de la ficción regionalista de los años sesenta que, en su rechazo por el pintoresquismo y el color local, y en la incorporación de temas y formas narrativas de carácter universal, retoma, de alguna manera, lo enunciado por Jorge Luis Borges en "El escritor argentino y la tradición", cuando pide para la literatura argentina -como literatura secundaria y marginal- la enorme libertad de "manejar todos los temas europeos, manejarlos sin supersticiones, con una irreverencia que puede tener, y ya tiene, consecuencias afortunadas". "Ahí estábamos, por irnos y no". Dedicada a "las víctimas de la espera", Zama narra, precisamente, la agónica espera de Diego de Zama, un funcionario americano del imperio colonial español en la Asunción del Paraguay de finales del siglo XVIII. Suspendido en esa ciudad, en la que fue designado por corto tiempo, Diego de Zama aguarda el momento de incorporarse a una sede de mayor prestigio dentro de la administración colonial ya sea en Buenos Aires, Lima, Santiago de Chile o en la codiciada Madrid. A lo largo de la novela, Zama espera: espera un barco con noticias de su familia, que dejó en Buenos Aires, espera su traslado a tierras más promisorias, espera las monedas de un sueldo siempre demorado, espera una recomendación, espera ser el protagonista de un acto heroico que lo redima. Diego de Zama espera y el padecimiento de esa espera lo consume hasta diluir su yo en la pura autodestrucción: "Le he dicho quién era Zama -dice Zama de sí mismo-: el enérgico, el ejecutivo, el pacificador de indios, el que hizo justicia sin emplear la espada, [ ] ese corregidor: un hombre de Derecho, un juez; un hombre sin miedo". Zama puede decir quién fue porque en el largo presente del relato, que abarca nueve años, ya no puede decir quién es . En el presente, Zama es sólo un hombre que espera y que continuará esperando, al igual que los protagonistas de su contemporánea Esperando a Godot de Samuel Beckett, de 1952: "me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido -reflexiona Zama poco antes de la agonía final-. Supuse que por la espera y quise saber si aún esperaba algo. Me pareció que sí. Siempre se espera más". Sin embargo, cada una de las tres secciones del libro (1790, 1794 y 1799) va mostrando los diferentes aspectos de la frustración que genera esa espera: el desengaño sexual, la miseria económica, la derrota final en su intento de "revalidar sus títulos merced a una hazaña" a través de la captura del bandido Vicuña Porto. A su vez, si como sostiene Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso , hacer esperar es la prerrogativa constante de todo poder, Zama es, también, una larga metáfora sobre los vínculos entre los centros económicos, políticos, culturales y sus zonas de dominación. Porque Diego de Zama, como muchos intelectuales latinoamericanos, es un americano que se piensa europeo y que desestima el legado indígena y criollo para soñar un destino que se encuentra cruzando el Atlántico. En este sentido, Noé Jitrik, en un pionero estudio de 1959, sostenía que Di Benedetto encarna en Zama una actitud más contemporánea que la de su personaje: la de los americanos que, por imaginarse en Europa, realizan mal la vida en América y desdeñan formular el proyecto americano que define toda relación posible con una América en construcción. El pasado perdido. Dicen los críticos que Di Benedetto leyó libros y más libros de historia y de geografía antes de escribir Zama . Que cotejó mapas, ciudades y distancias; que miró grabados y pinturas de época; que supo de los usos y las costumbres de españoles, criollos e indígenas en las ciudades coloniales. Puede ser cierto -y seguramente, lo es-; sin embargo, no hay marcas de esas lecturas en su novela. Di Benedetto elige olvidar o extraviar sus apuntes de lectura a través del borramiento del dato histórico o del lugar geográfico preciso. De hecho, se deduce que la acción transcurre en Asunción del Paraguay por las referencias naturales y por las menciones de etnias indígenas, bosques, selvas y ríos; sin embargo, el nombre de la ciudad nunca se dice. De este modo, Zama renuncia a ser una novela histórica pues no tiene el afán de verosimilitud propio del género ni busca interpretar el pasado a través de una reconstrucción histórica. Precisamente, es Juan José Saer, uno de los más devotos lectores de la obra de Di Benedetto, quien impugna con mayor énfasis la hipótesis de Zama como novela histórica. Y lo hace sosteniendo que en esta novela no hay ninguna clase de reconstrucción lingüística sino que la lengua en que está escrita no corresponde a ninguna época determinada: "si por momentos despierta algún eco histórico, es decir el de una lengua fechada, esa lengua no es de ningún modo contemporánea a los años en que supuestamente transcurre la acción, sino anterior en casi dos siglos: es la lengua clásica del Siglo de Oro". En efecto, el uso desviado de la metáfora y una adjetivación que se aleja deliberadamente de la norma del español clásico, sumados al recurso de la elipsis y la reducción de la frase a su mínima expresión hacen de Zama el punto máximo de condensación de la poética de Di Benedetto. A cincuenta años de su publicación, Zama mantiene la actualidad de un clásico. Un clásico que, de acuerdo con la acertada aseveración de Italo Calvino, nunca termina de decir lo que tiene que decir porque se trata de un texto que tiene sentidos múltiples, en los cuales cada nuevo lector descubre cosas nuevas. Considerada novela histórica, novela existencialista, novela experimental o novela poética, Zama se resiste, todavía hoy, a las clasificaciones porque tiene esa dimensión vital compartida con todo texto clásico que se recrea en cada lectura como un inagotable ejercicio de la imaginación. |
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