Dicen los
expertos en Tarot que para interpretar los arcanos del mismo es
necesaria una mezcla de intuición y de saberes ancestrales, no siempre
conscientemente esgrimidos por aquel que los posee. Y de algún modo es
así como hay que leer La Tierra Baldía, un poema que hace resonar
complejas referencias culturales en la mente del espectador para
situarlo ante la vacuidad y el misterio que finalmente, por muchos
apoyos intelectuales a que se recurran, siempre acaban por rodear al ser
humano.
La referencia al Tarot es el propio Eliot quien la
propicia al convertirlo en protagonista de los versos 43 a 59 de su
largo, bello, inquietante e indispensable poema. Porque si no tuviésemos
esta disculpa hubiéramos optado, sin duda alguna, por calificar al poema
de moderno palimpsesto, un texto indiscutiblemente moderno bajo el que
subyacen los ecos de las civilizaciones que lo hicieron posible, vagos
ecos de un pasado cultural diseminado por el autor a lo largo del texto
para retratar al hombre que vio nacer el complejo, oscuro y confuso
siglo XX.
1. LA TIERRA BALDÍA Y EL MITO ARTÚRICO
Y es que, como decíamos, en La Tierra Baldía se
unen realidad, mito, presente y pasado en un complejo calidoscopio de
referencias culturalistas. Este mosaico poético configura el desolado
retrato del hombre contemporáneo, el mismo que, en un poema posterior,
aparecerá así claramente definido:
Somos los hombres huecos
somos los hombres rellenos
apoyados uno en otro
la mollera llena de paja. ¡Ay!
Nuestras voces resecas, cuando
susurramos juntos
son tranquilas y sin significado
como viento en hierba seca
o patas de ratas sobre cristal roto
en la bodega seca de nuestras provisiones
Los hombres huecos. (1925)
Eliot construye su poesía a partir de elementos
evocadores estructurados de forma confusa, introduciendo pasajes y
elementos formales más próximos a la vida cotidiana que a los
tradicionales ámbitos poéticos, todo ello unido a una carga intelectual
y cultural muy densa. Este intelectualismo de la poesía de Eliot queda,
en cierto modo, contrarrestado por las brillantes y arriesgadas
metáforas que se prodigan a lo largo de sus páginas, así como por el
innovador ritmo que combina largos versos de respiración profunda con
otros muy breves que agilizan y aceleran algunas partes de La tierra
baldía, si bien es cierto que abundan más los primeros:
(...) y murciélagos con caras de niñitos en la luz
violeta
silbaron, y agitaron las alas
y reptaron cabeza abajo por una pared ennegrecida abajo
y patas arriba en el aire había torres
repicando campanas reminiscentes, que daban las horas
y voces que cantaban desde cisternas vacías y pozos
agotados.
La tierra baldía (379-383)
Metáforas, paralelismos y repeticiones rítmicas son
algunos de los recursos formales que el poeta utiliza para lograr que
cobre vida ese intento de hacer, en menos de quinientos versos, un poema
cosmogónico, un texto que pretende desvelar o, mejor dicho, revelar, las
grandes miserias de la decadencia contemporánea partiendo, para ello, de
todo el acervo cultural que conforma al hombre que es objeto del poema.
Proyecto sin duda pretencioso que sólo la genialidad poética del autor
logra culminar de forma tan brillante que lo convierte en uno de los
poemas clave e insoslayables del siglo XX.
En esto, opinamos, puede establecerse un paralelismo
entre Eliot y el padre de la narrativa contemporánea: James Joyce. Y si
Joyce tomaba como falsilla -y pretexto- el mito de Ulises, Eliot hará lo
mismo con la leyenda artúrica. Sirve ésta de punto de partida para toda
la simbología del poema, como elemento unificador que da la clave sobre
la que se irán acumulando imágenes que servirán para reforzarla y
hacerla intuitivamente visible a los ojos del lector: la tierra baldía,
la tierra estéril, es la tierra del Rey Pescador enfermo. El Grial no
deja de ser esa constante búsqueda de los seres humanos de una
respuesta, de una solución para el vacío, sea esta respuesta mítica,
trascendente o terrena. Eliot traslada el mito al mundo de entreguerras.
El drama de la profunda soledad y desarraigo del hombre contemporáneo se
apoya simbólicamente sobre esta tierra estéril por la que vagan gentes
desorientadas y desesperanzadas.
A lo largo de La tierra baldía se van intercalando
elementos del mito del Grial, como la esterilidad del rey, el simbolismo
sexual que poseía la leyenda antes de ser incorporada a la tradición
cristiana, la infidelidad de la reina Ginebra, el viaje a la Capilla
Peligrosa, etc. Sin embargo todo esto no es en absoluto esencial en el
poema. Como hemos dicho, Eliot toma el mito artúrico como punto de
partida y elemento de cohesión del retrato del hombre de su tiempo y,
junto a él, incorpora muchos elementos de otras tradiciones y culturas
que veremos más adelante, lo que no quiere decir que estas referencias
antes citadas no tengan un significado importantísimo en el conjunto del
poema. Podríamos decir que en La tierra baldía nada es gratuito, por más
que pudiera parecerlo en una primera lectura superficial. Así, el tema
de la esterilidad de la tierra, de la esterilidad de la vida que se
desenvuelve en un desierto inhóspito, aparece esencialmente tratado
desde un punto de vista trascendente y espiritual. Pero, además, no
desdeña Eliot toda la referencia a un oscuro mundo en que la sexualidad
está teñida por la culpa, la esterilidad y una “suciedad” impuesta por
esa falta de respuesta, por esa ausencia de sentido de los actos humanos
que los convierte en meros ritos de supervivencia de unos seres
enterrados y ciegos, que adormecidos vagan en círculos por las
apocalípticas calles de un mundo decadente.
2. LA TIERRA BALDÍA: MOSAICO CULTURAL
La tierra baldía ofrece la imagen global de un
hombre hijo de una compleja tradición cultural que en el poema se evoca
a través de una serie de rápidos apuntes no siempre obvios para el
lector. Cabe pensar que la intención de Eliot no es que el lector capte
todas las referencias culturales y discierna su procedencia y
significado, sino que con ellas pretende reconstruir poéticamente la
confusa complejidad cultural de la que todos, de un modo consciente o
no, somos deudores, así como el mestizaje cultural contemporáneo que
lleva a una sociedad plural y barroca que acentúa la complejidad
existencial: las respuestas no son nunca nítidas y unívocas, como lo
fueron para nuestros antiguos, sino que se entremezclan por la realidad
occidental en la que lo futil y trivial convive con lo profundo y
trascendente.
Por ello Eliot introduce versos en otros idiomas
-alemán, francés, italiano...- cuyo significado no siempre aporta algo a
la comprensión del poema, sino que más bien sólo pretende ser una
evocación “exótica” que impacte al lector por medio de la sorpresa.
Versos tomados de autores clásicos abundan a lo largo de la obra: Dante,
Shakespeare, Nerval, Baudelaire, etc. Mitos grecolatinos -Acteón y
Diana, Filomena y Tereo, Tiresias- conviven, y en ciertos momentos se
confunden, con desnudas y anónimas escenas cotidianas: la mecanógrafa
que recibe al joven en su aposento, las mujeres que hablan en la
taberna... Y todavía hay lugar para que Eliot se remita a las grandes
cumbres del misticismo oriental y occidental: el Sermón del Fuego y San
Agustín se quitan la palabra en versos alternos: “A Cartago llegué
entonces/ Ardiendo ardiendo ardiendo ardiendo/ Oh Señor Tú me arrancas/
Oh Señor Tú me arrancas/ ardiendo” (307-311). Por supuesto, Eliot no
deja nunca de lado la cultura cristiana, aunque las referencias a ella
suelen ser más veladas -y también más presentes- que las otras. Así, por
ejemplo, la parte V comienza con una oscura alusión a los apóstoles en
el Camino de Emaús, que convierte la pagana regeneradora muerte por agua
en la muerte de Cristo.
El que las distintas referencias se identifiquen no
implica la idéntica valoración de las mismas. Es más bien un modo de
universalizar el problema humano: los hombres siempre han emprendido y
emprenderán una desoladora búsqueda del sentido de su existencia,
búsqueda marcada por una soledad absoluta, una confusión y un desarraigo
que cobran en nuestro siglo, por razones históricas, sociales y
culturales, una nueva dimensión teñida de un dramatismo que es el que
Eliot sabe hacer sentir vívidamente a través de sus palabras.
3. EL HOMBRE CONTEMPORÁNEO: TIRESIAS
El propio autor, en las notas añadidas al final del
libro, hace especial hincapié en la figura de Tiresias. Cuenta Ovidio en
La Metamorfosis que Tiresias se había convertido en mujer durante
siete años al golpear a dos serpientes que se apareaban en un bosque.
Transcurrido ese tiempo, volvió Tiresias a encontrarlas y, golpeándolas
de nuevo, recuperó su forma original. Por ello Juno acude a Tiresias
para resolver la cuestión de si es mayor el placer de las mujeres que el
de los hombres; afirmándolo así Tiresias, que conocía ambos, tiene que
sufrir las iras de Juno que le condena a la ceguera. Júpiter alivia el
castigo dejando que Tiresias conozca el futuro.
Por tanto Tiresias es el personaje que unifica en sí
mismo a los dos sexos, así como al pasado, al presente y al futuro. Al
situar la clave de interpretación del poema en este personaje, T.S.
Eliot confirma lo que venimos apuntando: La tierra baldía es un
poema global, es el poema del Hombre contemporáneo con todo lo que es,
fue y será. Todos los personajes se identifican y se confunden a lo
largo del poema porque todos son uno. Son el mismo el Rey Pescador que
tiene a su espalda la llanura estéril, el Marinero Fenicio que muere
ahogado, no sin antes haber cobrado consciencia de los cadáveres que
deambulan por las calles londinenses (presente y pasado mezclados de
nuevo), el rey Tereo que fuerza a Filomena y el joven que abusa
tristemente de una mecanógrafa que “se deja hacer”, el soldado Albert
que, como el Marinero y el pescador de caña (Rey Pescador) regresará en
breve a un hogar donde lo espera una relación decadente, Sweeney (que
aparece equiparado a Acteón) y muchísimos otros que discurren a lo largo
del poema.
Lo mismo puede decirse de las mujeres. En este caso la
identificación aparece todavía más clara: forzadas sexualmente o
resignadas, viven sus relaciones de una forma en la que conviven la
culpabilidad y la indiferencia. La esterilidad de la tierra -no
olvidemos que es un símbolo que hace referencia a la falta de una
respuesta- aparece en ellas reflejada, como, por ejemplo, en los abortos
de Lil o, en un plano distinto, en la incomunicación que revela el
siguiente diálogo:
(...) Dime algo. ¿Por qué nunca me dices nada? Habla ¿En
qué piensas? ¿Qué piensas? ¿Qué?
Nunca sé en qué estás pensando. Piensa”
Pienso que estamos en el callejón de ratas donde los
muertos perdieron los huesos.
“¿Qué es ese ruido?”
El viento por debajo de la puerta.
“¿Qué es ese ruido ahora? ¿Qué hace el viento?”
Nada otra vez nada.
“¿No sabes
nada? ¿No ves nada? ¿No recuerdas nada?”
Recuerdo.
Perlas son estos que fueron sus ojos.
“¿Estás vivo, o no? ¿No tienes nada en la cabeza?”
Pero
Oh Oh Oh Oh ese Shakesperian Ragtime...
Es tan elegante
Es tan elegante
“¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué voy a hacer?
Saldré a toda prisa como estoy, y andaré por la calle
con el pelo suelto, así. ¿Qué vamos a hacer mañana?
¿Qué vamos a hacer jamás?”
El agua caliente a las diez.
Y si llueve, un coche cerrado a las cuatro.
Y jugaremos una partida de ajedrez,
apretando ojos sin párpados y aguardando un golpe en la
puerta.
La tierra baldía (111-138)
Es este fragmento bastante representativo de algunos de
los temas centrales que ya venimos apuntando. Se ve claramente, en
primer lugar, la incomunicación, unida a una sensación de vacío
reforzada por la palabra reiterada una y otra vez en el texto: “nada” lo
que, unido a la parte final, en la que ella pregunta una y otra vez qué
ha de hacer, la respuesta incide lúcidamente en la triste realidad. La
vida parece reducirse a pequeños hábitos cotidianos pequeño-burgueses.
Es la vida que se vive sin vivir, la vida de los muertos que caminan por
las calles en la primera parte del poema.
Paradigmática también es la mecanógrafa cuya aventura
con el joven es contemplada por Tiresias. Tras el fugaz y triste
encuentro amoroso con él, Eliot reproduce así la escena que queda tras
su marcha:
Ella se vuelve a mirarse un momento en el espejo, sin
darse cuenta de que se fue su amante: su cerebro deja paso a un
pensamiento a medio formar:
“Bueno, ahora ya está; y me alegro de que haya pasado”
La tierra baldía (249-253)
En cuatro versos Eliot logra reproducir de tal modo las
sensaciones de la mecanógrafa que sería una estupidez tratar de
comentarlos. Aun así, vienen a cuento las palabras del poeta
contemporáneo y amigo de Eliot, Stephen Spender:
“(...) se refería al mundo moderno que considerábamos
como real. (..) Para nosotros, en 1928, era toda una declaración.
Declaraba el destino. el poeta entendía también nuestros problemas. El
sexo le parecía algo un tanto sórdido, como “medias zapatillas,
cubrecorsés y ballenas”. “El joven carbuncular” que había asaltado “la
casa de la mecanógrafa a la hora del té” tenía mucho en común con
cualquier estudiante que se pasase por Londres para ir con una ramera a
una habitación con cama y volver a tiempo para colarse por la ventana
del colegio”.
“Recordando a un amigo”
en Culturas, Diario 16, 24-IX-88
Así pues, y retomando el tema iniciado con la figura de
Tiresias, todos los personajes masculinos son uno, del mismo modo que
todos los femeninos se identifican para fundirse ambos en la citada
figura. Es decir, Eliot universaliza el poema. Y no sólo desde la
perspectiva contemporánea sino que también, no lo olvidemos, en Tiresias
están unidos el presente, el pasado y el futuro. Con lo dicho en el
apartado anterior sobre todas las referencias culturales de distinto
signo y épocas se completa esta globalidad de La tierra baldía. Y
es que, en definitiva, Eliot no plantea un tema coyuntural sino un
problema esencialmente humano -aunque, insistiendo, cobre en nuestro
siglo unas dimensiones particulares. El desarraigo, la soledad, la
búsqueda de una respuesta... son consustanciales al hombre. Eliot,
objetivando el problema, y dándole la dimensión que distintos rostros y
situaciones le confieren, logra darle todo su sentido. Del “yo” que
pretendería hacer suya una cuestión universal, Eliot pasa a un nosotros
que, a la vez que distancia, identifica.
4. ESTRUCTURA DE LA TIERRA BALDÍA
La tierra baldía es un largo poema (433 versos)
dividido en cinco partes. En cualquier caso, forma un todo unitario que
sólo cobra sentido teniendo en cuenta todos sus elementos
simultáneamente. Trataremos muy brevemente cada una de las partes,
mutilando así inevitablemente toda su riqueza y, sobre todo, esa
extraordinaria belleza que únicamente la lectura puede trasmitir.
I. EL ENTIERRO DE LOS MUERTOS
Abril es el mes más cruel, criando
lilas de la tierra muerta, mezclando
memoria y deseo, removiendo
turbias raíces con lluvia de primavera.
El invierno nos mantenía calientes, cubriendo
tierra con nieve olvidadiza, nutriendo
un poco de vida con tubérculos secos.
La tierra baldía (1-7)
Con estos versos da comienzo La tierra baldía. La
idea de la regeneración simbolizada en la estación primaveral -o en las
fuentes, la lluvia y, en general, cualquier símbolo de fertilidad-
aparece aquí matizada por la crueldad que la imposibilidad de dicha
regeneración supone. Abril es un mes cruel porque trata de hacer brotar
la vida de lo muerto, porque aleja ese olvido con el que se cubre el
hombre para evitar enfrentarse con el páramo. Así, la necesidad y la
esperanza de regeneración son crueles para el hombre porque, junto con
ellas, percibe la imposibilidad que conllevan. En uno de los primeros
poemas de Eliot, “Retrato de una dama”, incluido en Prufrock y otras
observaciones, el poeta da una visión más obvia del mismo tema. La
mujer madura, que retuerce una lila en flor entre sus dedos mientras
habla con el joven, le dice:
“Ah, amigo mío, usted no sabe, no sabe
lo que es la vida, usted que la tiene en sus manos”;
(dando vueltas lentamente a los tallos de las lilas)
“usted la deja que se le vaya fluyendo, la deja fluir,
y la juventud es cruel y no le dura el remordimiento
y sonríe de las situaciones que no ve”.
Y sonrío, por supuesto,
y sigo tomando té.
“Pero con estos atardeceres de abril, que no sé por qué
me recuerdan
mi vida enterrada, y París en primavera (...)
Retrato de una dama (1917)
Vidas enterradas que aparecen reiteradamente en esta
parte primera de La tierra baldía. La vida parece ser sólo una
sombra que camina tras nosotros en nuestra juventud y que sube a nuestro
encuentro al final y que acaba resumiéndose en “el miedo en un puñado
de polvo” (27-30). El marinero vagando por Londres ve los muertos
que pueblan las calles. A falta de una respuesta es mejor el olvido,
parece decir al verlos: “¡Ah, mantén lejos de aquí al Perro, que es
amigo del hombre,/o lo volverá a desenterrar con las uñas!”. Sin
embargo, una vez que la promesa de la regeneración y la consciencia del
absurdo de una vida decadente ha entrado en el corazón del hombre, es
difícil tratar de refugiarse en el consolador y adormecedor olvido.
También en esta parte, madame Sosostris echa las cartas
al marinero. Los arcanos del Tarot, arbitrariamente utilizados por el
autor, representan a figuras y situaciones que luego se materializan a
medida que el poema continúa. Y, dentro de la identificación a la que
hemos hecho referencia más arriba, se funden en uno solo: un hombre
universal enfrentado a la decadencia y al misterio.
II. UNA PARTIDA DE AJEDREZ
Si la parte primera nos hacía testigos de un posible
despertar doloroso, en la segunda se nos introduce de lleno en la
apatía, la desazón y la desesperanza de las vidas de varias mujeres que,
desde un ambiente de palacio lujoso a una taberna, se suceden sin
solución de continuidad. Formalmente esta parte evoluciona desde un
lenguaje cargado de imágenes artificiosas y rebuscadas, con una pródiga
adjetivación, a una reproducción poética pero fiel de la charla vulgar y
sórdida de la mujer que se interesa por los asuntos de Lil. Esta última
ha tenido cinco hijos, un aborto reciente, ha gastado el dinero con el
que tenía que pagar su dentadura nueva y su marido está a punto de
volver de la guerra. El cuadro mostrado es depresivo y decadente. El
amor o una visión gozosa de las relaciones carnales están muy lejos de
la escena mostrada por Eliot.
III. EL SERMÓN DEL FUEGO
El mítico Rey Pescador, trasladado a la orilla de la
invernales aguas de un Támesis contemporáneo, llora junto al río la
esterilidad de su tierra que, a sus espaldas, se resume en el ruido de
los huesos que se entrechocan y las ratas que se deslizan entre la
muerte y la decadencia, figuras estas recurrentes en toda La tierra
baldía. Los amores culpables -en el sentido de una sexualidad
forzada, vacía y decadente por su falta de sentido- aparecen de nuevo
representados en la figura de Filomena forzada por Tereo, o en el
paralelismo modernizado del encuentro entre Acteón y Diana desnuda,
aludido oscuramente en las figuras de Sweeney y Mrs. Porter. Aparece
también aquí Tiresias, mudo testigo del ya relatado encuentro entre la
mecanógrafa y el joven “a la hora violeta”. Y, quizá el mercader
de Esmirna -el mercader tuerto anticipado por la pitonisa- represente un
mundo burocrático y comercial que podría venir a completar en La
tierra baldía el cuadro trazado en Coros de “La Piedra”:
Los hombres han dejado a DIOS no por otros dioses,
dicen,
sino por ningún dios; y eso no había ocurrido nunca
que los hombres a la vez negasen a los dioses y adorasen
a dioses, profesando primero la Razón,
y luego el Dinero, y el Poder, y lo que llaman Vida, o
Raza,
o Dialéctica. (..)
Cuando a la Iglesia ni se la considera ya, ni se oponen
siquiera a ella, y los hombres han olvidado
a todos los dioses excepto la Usura, la Lujuria y el
Poder.
Coros de “La Piedra”
Y las tres hijas del Támesis cantan su canción en la
que, en la primera parte (266-278), retratan, mediante el sudor de
petróleo y alquitrán del río y las gabarras a la deriva, la reiterada
decadencia en la que se desenvuelve el poema. En la segunda parte
(289-291) se narra la infidelidad de la reina, con lo que nuevamente se
introduce el amor culpable que, tomando la falsilla mitológica, nos
recuerda como fue la infidelidad de la reina Ginebra con sir Lancelot la
que sirvió de punto de partida para muchos de los males del rey y del
reino. La pérdida de la pureza, la resignación forzosa y una
indiferencia casi obligada ante la realidad decadente, constituyen la
última parte de la canción de las hijas del Támesis. Por último, para
aclarar más lo expuesto, Eliot introduce la primera parte de unas
palabras de San Agustín que completa en las notas finales: “A Cartago
llegué entonces” y, no presentes en el poema pero completando la
cita: “donde un calderón de amores impíos cantó en torno a mis oidos”.
IV. MUERTE POR AGUA
La muerte por agua es el fin y el definitivo olvido:
Phlebas el Fenicio, muerto hace quince días,
olvidó el clamor de gaviotas y el hincharse del hondo
mar
y la ganancia y la pérdida
Un destino que a todos les está reservado, como hace
notar Eliot en los últimos versos de esta parte:
Gentil o Judío
oh tú que das vuelta a la rueda y miras a barlovento,
considera a Phlebas, que fue en otro tiempo tan gallardo
y alto como tú
Esta muerte por agua que trae el fin y el olvido podría
ser el final, pero Eliot no renuncia a la esperanza de una salvación,
como lo muestra el que el poema se prolongue con una parte más. No
olvidemos que la muerte por agua es, para algunas culturas -la egipcia,
por ejemplo- el camino de la purificación y la regeneración. Si el
olvido temporal era rechazado en la primera parte, con esta se completa
el ciclo: el hombre ha de seguir buscando la respuesta, aun en un mundo
decadente y desorientado como el que se nos ha venido pintando.
V. LO QUE DIJO EL TRUENO
“En la primera parte de la Parte V se emplean tres
temas: el viaje a Emáus, la aproximación a la Capilla Peligrosa (véase
el libro de la señorita Weston) y el actual estado de hundimiento de la
Europa oriental”
T.S. Eliot. Notas a “La tierra baldía”
Con esta aportación del propio autor lo primero que es
fácil imaginar es que la parte V de La tierra baldía supera, si
cabe, a todo el resto del poema en complejidad simbólica. Ciertamente,
introducir tres temas como los citados en un escaso número de versos los
convierte en un complejo criptograma cuya interpretación completa habría
de ocupar casi un libro. Resumiendo podríamos decir que, efectivamente,
con el viaje a Emaús se incide en la idea de la muerte como camino de la
regeneración aunque tenga como primer efecto el acentuamiento de la
desolación y la sensación de abandono. En cuanto a la Europa camino del
caos, cita Eliot un texto de Herman Hesse que da la clave de las “hordas
encapuchadas” que aparecen en el poema. Menciona a Jerusalén, Atenas,
Alejandría, Viena y Londres: grandes centros culturales y espirituales
de la humanidad que aparecen como irreales y que se unen a la idea de
Europa oriental camino del abismo. El tono se hace apocalíptico y épico,
si bien también introduce elementos intimistas: la alucinación que hace
ver a un tercero confuso podría ser símbolo de muchas cosas unidas: esa
humanidad camino del caos es también una humanidad que al final
vislumbrará un signo de esperanza. La alucinación revela que el hombre
no se ha resignado a esa soledad precipitante sino que, por momentos,
percibe la presencia de otro desconocido que camina al lado de los
desesperados. Y, por supuesto, teniendo en cuenta que el camino de Emaús
está presente en la simbología, tenemos que recordar a unos apóstoles
desesperados por la muerte del Mesías: ese tercero visible sólo por
momentos, podría muy bien ser la presencia consoladora de un Cristo
resucitado (no hay que olvidar las dudas que asaltaron a algunos de los
discípulos que no creían posible la vuelta del Maestro).
Y la esperanza, tras un desolador trueno sin agua en el
paisaje de roca estéril, viene de la mano de una “húmeda ráfaga trayendo
lluvia”. El parlamento del trueno, con la fábula tomada del Upanishad,
propone las claves de esta esperanza: “Da, simpatiza, gobierna”. Veamos
brevemente cada una de ellas:
Da:
(...) el temible atrevimiento de la entrega de un
momento
que toda una edad de prudencia nunca puede retractar
por esto hemos existido, y sólo esto
que no se ha de encontrar en nuestras necrologías
ni en memorias tapizadas por la benéfica araña
ni bajo sellos rotos por el macilento abogado
en nuestros cuartos vacíos
La tierra baldía (403-409)
Es, por tanto, un acto pequeño, un acto de entrega, el
que salva una existencia. Es, el poeta lo dice claramente, un gesto que
no se ha de perpetuar en la memoria de los hombres, que no ha de
sobrevivir humanamente a aquel que ha justificado su vida gracias a él.
Por tanto, cabe decir que si no es la memoria colectiva la que le da su
significado, ha de ser en otra esfera en la que este gesto de entrega
cobre su sentido.
SIMPATIZA:
(...) pensamos en la llave, cada cual en su cárcel
pensando en la llave, cada cual confirma una prisión
sólo al caer la noche, rumores etéreos
reviven por un momento a un Coriolano roto
La soledad del hombre, encerrado en un “yo” que es como
una alta torre que a la vez que protege aisla, puede, parece decir Eliot,
ser rota en un momento fugaz, definido por “rumores etéreos”. Uniendo
esta aproximación a otro con el momento de entrega antes señalado,
encontramos que esa justificación viene dada por una apertura en la que
el ser se entrega a otro.
GOBIERNA:
Me senté en la orilla
a pescar, con la árida llanura detrás de mí
¿Pondré por lo menos mis tierras en orden?
Y sobre los decadentes fragmentos en los que ha apoyado
sus ruinas, el Rey Pescador, habiendo vislumbrado la luz de esperanza,
comienza a plantearse la posibilidad de ordenar sus tierras. El mensaje
parece claro: la respuesta no es definitiva, las estériles tierras han
de ser reconstruidas constantemente. La justificación de la existencia
individual viene dada por un gesto que por su aparente pequeñez no
redimirá la soledad de los hombres ni su sensación de estar abocados al
caos y al abandono.
Pero vosotros, ¿habéis construido bien, para que ahora
os quedéis sentados, desvalidos, en una casa arruinada?
Donde han nacido muchos para el ocio, para vidas
desperdiciadas y muertes miserables, desdén amargado en
colmenas sin miel,
y los que quieren edificarla y restaurarla extienden la
palma de la mano, o miran en vano hacia tierras
extranjeras para que haya más limosnas o se llene
el cacharro.(...)
Y la Iglesia debe estar edificando para siempre, y
siempre
derrumbándose, y siempre siendo restaurada.
Coros de “La Piedra”
©
Olga Osorio 2002 - Espéculo. Revista
de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid.