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. Para
adelante y para atrás
101007 - Macedonio Fernández
(1874 -1952) - Diario Perfil
En 1947, hace 60 años, Macedonio Fernández le daba a su amigo
Scalabrini Ortíz
una copia abrochada (algo raro en él) de “Museo de la novela de
la Eterna”. La novela tuvo edición póstuma, en 1967, cuatro
décadas atrás. Se la esperaba desde fines de los años 20. Jorge
Luis Borges lo consideraba su mayor inspiración, y si bien
influyó a escritores tan dispares como
Julio Cortázar y
Juan José Saer,
la potencialidad de ese libro inatrapable permanece hoy, a tanto
tiempo de su aparición, casi intacta, venidera. Elvio Gandolfo
reconstruye la historia de la extraña obra de un autor de culto
y ecos kafkianos que atraviesa las vanguardias literarias del
siglo XX.
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Esquivo. El único libro que publicó en vida fue Una novela que
comienza, en 1941. Consistía en un montaje de fragmentos de lo
que luego sería Museo de la novela de la Eterna más un cuento:
Tantalia.
Foto: gentileza editorial corregidor |
En las últimas semanas, mientras releía regocijado su Museo de
la novela de la Eterna; el grueso volumen Macedonio de la
Historia crítica de la literatura argentina dirigida por Noé
Jitrik; su Novela que comienza (que se consigue en mesas de
saldo de la avenida Corrientes por pocos pesos, en una colección
de circulación masiva), la extraordinaria “biografía errante”
que escribió su hijo Adolfo y otros materiales, pensaba en Franz
Kafka.
Me intrigaban sus diferencias y sus semejanzas: con todos sus
achaques y su hipocondría, Macedonio Fernández vivió 78 años;
Kafka, en cambio, apenas pasó de los 40. Si bien los dos amaron
a las mujeres, Macedonio disfrutó de una vida matrimonial y
luego familiar armónica de casi veinte años en total, mientras
que Kafka les “echó flit” con gran eficacia, mediante una gran
cantidad de cartas exasperantes, a sus dos prometidas legales.
Los dos estudiaron Leyes, los dos amaban las tertulias de los
bares y el humor, y sobre todo los dos esquivaban con relativa
eficacia verse publicados: lo más importante fue póstumo. Kafka
le dejó encargado a un amigo, Max Brod, que destruyera sus
novelas largas (cosa que por supuesto no hizo). A pesar de la
entrega física de los hijos en manos de parientes, Macedonio
Fernández siempre los amó y fue amado: uno de ellos, Adolfo de
Obieta, hizo trizas el mito del descuido de sus papeles,
rescatando primero el Museo..., ordenando después unas obras
completas que rondan las mil quinientas páginas. Los cuatro
hijos, en cuanto tuvieron uso de razón adulta, reconocieron en
él el genio que era, y lo impulsaron una y otra vez a terminar
sus libros.
En los dos casos se corrieron rumores de toqueteo indebido de
los manuscritos originales: en Brod hubo cambios de título,
inclinación a reforzar la dimensión religiosa, etc. El tema se
ha ventilado recientemente. En el caso de Macedonio Fernández se
suponía que el orden del Museo... era azaroso y no el original,
hasta que las investigaciones de los últimos quince años
demostraron su autenticidad.
Intrigado un poco por el paralelo Kafka-Macedonio Fernández, que
me distraía como un ruido de fondo, llegó un momento en que, con
cierta pereza, simplifiqué en dos anécdotas (como se hizo hasta
el hartazgo con Macedonio Fernández) esas semejanzas y
diferencias. Las hago de memoria, verbales. Dicen que en una
ocasión Kafka pasó junto a alguien que dormía, y cuando el
durmiente abrió los ojos, le ordenó en voz suave y baja:
“considéreme un sueño”, para no interrumpirlo. Dicen, también,
que a lo largo de varios días la dueña de una pensión donde
vivía Macedonio Fernández quedaba intrigada al pasar por el
comedor, oscuro a esa hora, y ver brillar en la oscuridad la
brasa de su cigarrillo ardiendo. Al fin, ganada por la
curiosidad, entró, y oyó de inmediato en la penumbra la voz
cortés del fumador que le explicaba: “Trampa para rubias”.
Lectura del ‘68. Leí por primera vez el Museo... cerca de su
aparición, en 1967, llevado por el entusiasmo consumista que
despertaban los quioscos callejeros del Centro Editor de América
Latina. La masa de lecturas de esos años era demencial en su
variedad y cantidad: llegaba todo lo de América latina, Fabril
se encargaba de traducir a autores que serían difundidos por
sellos españoles famosos muchos años después, y Cortázar había
publicado Rayuela en 1963. Justamente esa novela era promotora
de discusiones de violencia casi física entre los que hacíamos
la revista el lagrimal trifurca (yo prefería por lejos los
cuentos, Eduardo D’Anna amaba las novelas). En esa revista, en
su número 3-4, comencé un extenso ensayo sobre La novela nueva
en Argentina, que empezaba con Arlt y terminaba (en el número 5)
con Manuel Puig. El penúltimo de la primera parte era Macedonio
Fernández.
En estos días de lecturas fui marcando docenas de citas, que
pasadas en computadora sumaban más de veinte páginas a espacio y
medio. Pero mientras leía los libros de Germán García o Alvaro
Abós o varias de las notas críticas, descubría que con
sistemática regularidad la temperatura subía cuando aparecía una
cita literal de Macedonio Fernández. Cuando leí lo que escribí
en el ‘68 hace unos días, antes de empezar esta nota, descubrí
que seguía pensando más o menos lo mismo. Así que decidí no
dejar que Macedonio me ganara, y reemplazar las que tenía por
aquella nota menos poblada de notas, que paso a reproducir:
“’La tentativa estética presente es una provocación a la escuela
realista, un programa total de desacreditamiento de la verdad o
realidad de lo que cuenta la novela, y sólo la sujeción a la
verdad del Arte (...). El desafío que persigo a la
Verosimilitud, al deforme intruso del Arte, la Autenticidad
–está en el Arte, hace el absurdo de quien se acoge al Ensueño y
lo quiere Real– culmina en el uso de las incongruencias hasta
olvidar la identidad de los personajes, su continuidad, la
ordenación temporal, efectos antes de las causas, etcétera, por
lo que invito al lector a no detenerse a desenredar absurdos,
cohonestar contradicciones, sino que siga el cauce de arrastre
emocional que la lectura vaya promoviendo minúsculamente en él.’
“La cita pertenece a Museo de la novela de la Eterna, la única
‘novela’ de Macedonio Fernández y a la vez la máxima
experimentación realizada en novela en nuestras letras y una de
las mayores de las latinoamericanas. Casi no existen tentativas
tan extremas de destrozamiento de todo lo que constituye el buen
escribir novelesco, y casi no existen realizadas con semejantes
métodos, con tal falta de desesperación, y tal confianza en lo
que se escribe. Es lógico que la haya logrado uno de los pocos
antiliteratos natos de nuestro país, a quien no le hizo falta
nunca postularse como tal, sino que creó una solución coloidal
tan inseparable entre creación y vida, un desapego tan grande
respecto a los canales acostumbrados de difusión y a las
costumbres sociales que lo separaban de su búsqueda
fundamentalmente metafísica, que recién hoy surge con potencia
cada vez más segura, más sólida. Al decidirse a escribir una
novela, Macedonio elige la única que se ajusta a su
personalidad: la novela que no llega a serlo, la última Novela
Mala y la primera Novela Buena, una colección de teorías y
personajes que se niegan a existir fuera de la página impresa y
sin embargo crean una estructura complejísima, que en
numerosísimas ocasiones logra los dos principales objetivos que
Macedonio persigue como ‘novelista’: terminar con la ilusión de
realidad de lo literario (uno de los temas básicos de las
búsquedas contemporáneas) y ‘operar a favor del descuido
conciencial obtenido por interesamiento’, un ‘choque de
inexistencia’ en la psique de él, del lector, el choque de estar
allí no leyendo sino siendo leído, siendo personaje’.”
“Este choque lo sufrirá el lector continuamente, ya que la
vigilia de Macedonio, en ese sentido, se mantendrá con escasos
desmayos a través de las más de doscientas páginas de la novela.
La simple mención de la estructura califica a la obra como la
más experimental de las que hasta ahora hemos citado en esta
nota [los libros de Arlt, Filloy, Marechal, Bioy Casares, Di
Benedetto]: comienza con 56 prólogos, que constituyen en
realidad el núcleo fundamental, y que teorizan y relatan a la
vez lo básico de la novela. Luego de un ‘Prólogo que entre
prólogos se empina para ver dónde, allá lejos, empieza la
novela’, Macedonio redacta una ‘Nota de Posprólogo y
Observaciones de Ante-libro’, se interroga: ‘Estos ¿fueron
prólogos? Y ésta ¿será la novela?’ donde el lector se pasea
antes de entrar a ‘La Novela’ y finalmente anuncia: ‘Despierta.
Comienza el tiempo de la novela. Muévese’.”
“A partir de allí se desarrollan los veinte capítulos de la
novela propiamente dicha, la cual, por supuesto, no ocurre, ya
que a pesar de que intervienen los personajes enunciados
existentes y no existentes (reu- nidos en una estancia llamada
‘La Novela’ y bajo las órdenes de un ‘Presidente’, doble del
autor), el tono de inexistencia argumental y ‘real’, de
antinovela en el más radical sentido de la palabra persiste,
hasta diluirse sin que nadie ni nada haya alcanzado a suceder,
quedando todo en la capacidad espejeante y genial del continuo y
nunca fatigante estilo de Macedonio, salvando del hastío a las
páginas filosóficas en el momento en que comienzan a
prenunciarlo; dejando apenas entrever los conflictos y los
amores de los personajes, ya que todos acontecen en la realidad
y por lo tanto fuera de ‘La Novela’; único tal vez que puede
escribirla sin esfuerzo estéril, sin desesperaciones
intelectuales, sin sentirse atrapado en la red de su propio
talento, resultantes de no haber cedido nunca a despegar, a
separar la forma de crear de la forma de vivir, que en su caso,
no tenía nada que ver con las características de la literatura
aceptada y, sobre todo de la novela aceptada y hasta entonces
vigente.”
“Si lo hemos incluido casi al fin de los precursores es porque
su ‘novela’ es publicada recién en 1967, ordenada por su hijo
Adolfo de Obieta, orden que, como en ninguna otra obra, es
alterable en la forma que más convenga, sin provocar ninguna
discontinuidad en la masa amébica de la estructura. Fue escrita
sin embargo a través de toda la primera mitad de este siglo [el
XX] y es lógico que el carácter antipublicador del autor se
retuviera de dar a conocer la única obra en prosa de género
encasillable que hubo escrito, aunque su lectura destruye toda
certidumbre y la coloca junto al cúmulo de cartas, semi-cuentos,
semi-ensayos, misceláneas y chistes que lo constituyen en una de
las influencias de irradiación más subterránea y profunda de
nuestra historia literaria, guiando como sin querer pero con
mano firme gran parte del mundo creador de Borges, Marechal,
Cortázar, Girondo y cada vez más escritores nuevos que
encuentran en su obra, como en casi ninguna otra contemporánea a
la suya, un caudal inagotable y absolutamente actual de
influencia fecunda.”
Salvo alguna que otra coma, esto es lo que escribí en 1968,
incluso con sus momentos de mala escritura, la cercanía de
“complejísima” y “numerosísima”, la frase final de longitud
proustiana, poco recomendable en un artículo crítico.
El apartado. La única “novela” que Macedonio publicó en vida fue
Una novela que comienza (1941). En realidad es un montaje de
fragmentos del Museo..., más un cuento: Tantalia. Allí, como en
otros lugares, se siente muy cerca de las mujeres (o la Mujer) y
bastante lejos de los hombres (o el Hombre). Cuando conoce a
una, comenta: “desde que ella latió en mi luz todo hombre me
parece una maquinita de vivir”. Más adelante detalla: (el
hombre) “es un entretenido y un longevista y por tanto un ente
sin Pasión”, mientras que estudia a la mujer “desde años atrás y
cada día desespero más de sentir alguna vez como ella siente”.
Eso lo lleva a la pregunta inevitable: “¿Cómo será ser mujer?”.
No es un tema común en la literatura argentina. Parte de la
pasión por endilgarle una imagen de viejecillo bueno y
extravagante viene de la necesidad de negar sus cargas
explosivas de profundidad al imaginario más que argentino
porteño. La mayor parte disfrazadas de humor, como cuando
comenta que los argentinos no sabrían qué hacer sin un
presidente. El propio Museo... termina mal: hay que odiar al
Presidente porque no hay “peor encuentro que la Inteligencia
acercándose a la Calidez. Lo que sólo es inteligencia no debe
curiosear el Latido. Es vil.”
Un sordo mal humor hacia él recorre incluso algunos homenajes.
Cuando el suplemento cultural de La Opinión dedicó un número
entero a recordar el centenario simultáneo de Macedonio y
Lugones, el 23 de junio de 1974, Ramiro de Casasbellas usó
básicamente a Macedonio Fernández para pegarle a Lugones, Tomás
Eloy Martínez le recriminó entre líneas no haber sido un buen
padre (en el sentido convencional del término), y Borges, en un
período irritable de su vida, consolidó su versión de que sólo
valía la pena oírlo, y no leerlo: “como escritor era mediocre,
porque empleaba un lenguaje confuso y de lectura difícil”,
aunque en cambio, “como hombre era genial”. Dicho de otra
manera: muerto el perro, se acabó la rabia; muerto el hombre, se
acabó la genialidad.
Macedonio Fernández quedó devastado por la muerte de su esposa
Elena. En los años 20 resurgió para ser el centro de la
vanguardia que giraba alrededor de él en las tertulias. En los
40 publicó libros y terminó el Museo... En los 60 resucitó con
toda la fuerza poniéndose a la cabeza de la literatura
latinoamericana. La tormenta que cayó sobre el país desde
mediados de los 70 aminoró el impacto que habrían tenido en otro
contexto libros como su correspondencia y sus teorías,
aparecidas por primera vez en ese momento (y hoy a punto de
reeditarse). Hoy vuelve, otra vez. Vaya a saber si no hubiera
sido más sensato suprimir a Sarmiento en vez de Borges en la
Historia de Jitrik. Borges sigue estando... por leer casi tanto
como él. Porque otra área a la que Macedonio Fernández puede
volver es la crítica, demasiado polarizada hoy entre el extremo
sociologista (Hauser vía Angel Rama, Bourdieu vía Beatriz Sarlo)
y el teoricista (Barthes o Derrida vía Nicolás Rosa y
seguidores). En todo caso, las que mejor lo han presentado y
analizado, previsiblemente, han sido mujeres, destacándose Ana
Camblong y Jo Ann Engelbert, entre otras.
Otra zona futura puede ser, ya muy abonado por el uso, y a salvo
por completo de la influencia intelectual, el campo de la
autoayuda. No sólo hay material de sobra en lo ya publicado para
elaborar un tomo de “Sea feliz”, o “Tenga éxito”, o “Conozca la
salud verdadera”. También abunda en lo inédito, según la
minuciosa descripción que hace Camblong de lo que llama “El
archivo que se hizo cosmos”.
Para adelante y para
atrás - Elvio E Gandolfo
Hay tres grandes novelas que mezclan como
Museo de la novela de la Eterna la crítica formal en acción, el arte de
la digresión ramificada, la conciencia plena de los absurdos de la así
llamada vida cotidiana y, sobre todo, el humor. Dos son anteriores: el
Quijote de Cervantes y, más aún, el Tristram Shandy de Laurence Sterne.
La otra es posterior y también póstuma: La novela luminosa del uruguayo
Mario Levrero, aunque en vez de 56 prólogos tiene uno solo de más de 400
páginas, y, como en el Museo..., la novela propiamente dicha es un
anticlímax.
Después está el pelotón de “macedónicos”
por conocimiento o casualidad coincidente: Néstor Sánchez, Héctor
Libertella, Enrique Butti (en la reciente El novio), Mario Bellatin
(tomando todos sus libros como un libro). Incluso Martín Murphy en su
primera novela (El encierro de Ojeda), aunque más cerca de Levrero, en
el despojamiento y orden gramatical correcto de su estilo. César Aira,
en cambio, es más bien borgeano.
Lo curioso es que el Quijote, el Tristram
Shandy y el Museo... parecen seguir prometiendo lo mejor para el futuro.
¿Novelas del siglo XXI? O del XXII, si en este en que vivimos no pasa
nada en literatura.
DOS VIDAS Y UN HIJO
Hay dos biografías exactamente complementarias con
extensión de libro. Macedonio Fernández. La biografía imposible de
Alvaro Abós (Sudamericana) refuerza el adjetivo del subtítulo, porque
resulta externa, muy periodística (docenas de datos interminables sobre
otras personas). Igual fija detalles esenciales documentales, legales,
de historia personal (dónde y cómo vivió, de qué vivió, etc.). Memorias
errantes de Adolfo de Obieta es en cambio un libro inclasificable, que
traza el hilo profundo de la vida de Macedonio Fernández con mucha mayor
nitidez, paradójicamente. Incluye fotografías invalorables (el de Abós
no tiene imágenes), y testimonios de todo tipo, incluyendo contactos
post mórtem con el padre, a través de una médium. Adolfo de Obieta es un
personaje fuera de serie, y absoluto responsable de la demostración
definitiva de que su padre no había tirado ni dejado olvidado en latitas
o pensiones demasiados textos, a través de la transcripción meticulosa
de su caligrafía desesperante, en horas de trabajo burocráticas. Aunque
siempre se consideró un “hijo de Alguien” sin el menor rencor, tiene un
perfil personal nítido, que aflora en el largo reportaje de Rafael
Cipollini en la revista Tsé-tsé Nº 11, realizado poco antes de su muerte
(2002).
Vale
mencionar otro “hijo de Alguien” que escribió valiosas páginas sobre
Macedonio Fernández: César Fernández Moreno, hijo de Baldomero.
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