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181107 - Perfil -
Una plaga universal y perpetua
Seis décadas atrás,
Albert Camus publicaba una de las obras fundamentales de la
literatura del siglo XX. La novela es una perfecta metáfora de
la tara de la sociedad francesa para enfrentarse a sus propias
miserias, que la demolieron y posibilitaron la derrota y la
ocupación alemana. Celebrada y denostada por sus contemporáneos,
“La peste” propició que su autor obtuviera el Nobel de
Literatura de 1957, hace exactamente medio siglo.
En la resistencia. La trama está ambientada en Orán, Argelia, en
la década del 40. Y funciona como símbolo de la París que vivía
bajo el régimen nacionalsocialista.
Albert Camus fue un francotirador exquisito. De altura. Hurgar
en sus cuadernos es enfrentarse al accionar sincero y febril de
piezas encastradas para un programa de combate. Un engranaje
bien aceitado, y lejos de esquematismos y dogmas partidarios,
pese al descargo de sus críticos, quienes veían en su compromiso
militante el empañamiento de su labor literaria. Parteaguas
ardiente. Algunos de esos fragmentos fueron sin dudas El
extranjero (1942), El mito de Sísifo (1943) –regados por el
existencialismo imperante en su época– y El hombre rebelde
(1951), donde expuso más claramente sus inquietudes
intelectuales. Sus escritos –novelas, ensayos, teatro– fueron
fruto del esfuerzo soberano por la superación reflexiva,
honrada, suprema, de rebrote humanista. Más allá del fervor de
los bienintencionados de siempre, Camus no fue un profeta; pluma
fecunda, crónica sagaz y observación aguda sí, pero intuición
sibilina, jamás. Camus, admirador de Gide y Malraux, fue un
escritor nutrido por los aires de su entorno. Quizá por eso, y
para entender su obra, baste con remontarse a la declaración que
hiciera él mismo en 1935: “L’oeuvre est un aveu; il me faut
témoigner” (“La obra es una confesión; debo declarar como
testigo”). En ese sentido, La peste (1947) se enciende como su
acierto más potente.
Para poder husmear en La peste y digerirla sin equívocos, no hay
que descuidar su contexto: cuando Camus la compuso, sus manos
todavía olían a pólvora –fue activa su participación en la
resistencia durante la ocupación nazi– y los juicios de
Nüremberg barrían con los bárbaros de entonces. Un libro que es
resultado mismo de su empresa política, y por ello debe
vinculárselo –como metáfora– al desguace moral durante la
Segunda Guerra Mundial.
Epidemia. La historia de La peste transcurre en Orán, Argelia,
en algún momento de la década del 40. Una ciudad que dormita en
la persistencia de sus sinsabores hasta ver sacudida su modorra
por el sopapo que una brutal plaga estampa a la población. Como
certeras puntadas de un entramado, la peste va desplegándose
minuciosamente, sin escandalizar, pero con perseverancia
despiadada. Selección natural del proceso; tumbar a uno, para
luego someter a otro, y a otros cuantos más. La epidemia se
desata –y se declara–, y Orán debe ser aislada del mundo. Son
todos ciudadanos franceses los que enfrentarán la epidemia y
protagonizarán la trama (es llamativa la omisión de musulmanes).
Entre ellos destaca el médico Bernard Rieux –guía del relato–,
quien batallará a corazón abierto para derrotar la titánica
peste. Su figura es la del paladín abnegado, de entrega
absoluta. Semidiós que motoriza el levantamiento colectivo y
moviliza a las autoridades para convocar una comisión sanitaria
capaz de paliar el azote. Las fronteras se clausuran. Las rutas
marítimas de las embarcaciones se desvían, lo que provoca
desabastecimiento en los mercados; los muertos se incrementan, y
la situación deviene desesperante. Esta ciudad “llena de
dormidos despiertos” –como expresa Camus en un pasaje de la
novela– es para el autor como cualquier otra ciudad devastada
por la guerra. Y es en ese sentido que brota como un
protagonista más. Orán sufre, respira, agoniza, late. Gran aldea
que observa cómo, mientras unos optan por el escape, otros
tantos deciden esperar y algunos sumarse voluntariamente al
servicio de salud. Toque de queda, entierros colectivos, hornos
crematorios, comportamientos diversos.
Emerge así la figura del periodista Raymond Rambert como
estocada profunda en la composición dramática que hace el autor.
En principio, Rambert pedirá irse, alegando que el asunto
sanitario no le concierne por ser francés. Al no lograrlo –ni
siquiera ilegalmente–, decide ayudar en las brigadas sanitarias,
hasta dar con la forma de escapar. Cuando esto finalmente
ocurre, en vez de irse, decide quedarse y comprometerse con el
salvataje de los enfermos. Diez meses después de dispararse la
epidemia, la peste cede. Y es así que una mañana de febrero se
abren las puertas de la ciudad. Festejo y vuelta a la
normalidad. Estructura clásica, esbozo preciso de un artilugio
narrativo del equilibrio-ruptura-equilibrio que Camus maneja con
pericia. Y lo hace articulando la descripción –bendito cronista
Camus–, con una contundente observación del procedimiento
psíquico del gentío en esa ciudadela abatida por imposición de
una plaga. La peste se manifiesta como una argamasa genérica,
donde transitan errantes intrincadas reflexiones filosóficas con
paquetes teóricos netamente sociológicos, pero donde sobre todo
la crónica guía el relato.
Entrelíneas. La novela driblea por un estilo dinámico,
reflexivo, aplastante –explica su apuesta por una filosofía del
absurdo–, donde se remarcan las ideas mismas de solidaridad y
dignidad en un mundo desencantado. En la escritura se devela la
reformulación que Camus hace de las distintas corrientes
filosóficas en pos de un entendimiento superador de virtuales
abstracciones. Del texto también se desprende una intención
alegórica evidente. Orán simboliza a la París ocupada, con sus
arterias obstruidas por gruesos tanques blindados y esvásticas
estampadas. Un chaparrón infame de horror y muerte que traduce
la figura para el grueso de la tropa: la destrucción humana está
en el germen mismo de la enfermedad. Bacilo brutal y sincero.
Esa tragedia total y devastadora carga contra una población que
dirime su destino en los humores de un microorganismo
todopoderoso. Y la única salvación parece ser desprenderse de
los lastres individualistas y embarcarse en la gesta colectiva,
superación solidaria. La peste es también metáfora vital de la
tara que tuvo la sociedad francesa para enfrentarse a sus
propias miserias, que la demolieron y posibilitaron la derrota y
la ocupación.
La novela fue originalmente escrita en francés, y es considerada
una de las obras fundamentales del siglo XX. Sólo en Francia se
vendieron más de 150 mil ejemplares en los primeros cuatro
meses. Al igual que todas sus obras posteriores a El extranjero,
el libro fue publicado por Gallimard, la editorial más
prestigiosa en literatura francesa del siglo pasado. La
traducción al español más exitosa y vendida fue la que hiciera
la novelista Rosa Chacel. El mismo año de su publicación Camus
recibió el Premio de la Crítica y reafirmó su prestigio
literario, el cual había fundado en 1942 con El extranjero; fue
sin dudas La peste –su obra cumbre– la que propició que el
comité evaluador le otorgara el 17 de octubre de 1957 el Premio
Nobel de Literatura.
Albert Camus murió apenas entrada la segunda mitad del siglo XX.
Fue testigo de la capacidad destructiva de la maquinaria humana
–el fascismo y su multiplicidad reproductiva, el exterminio
atómico, las trincheras de la muerte–, pero intuía algo más.
Camus no fue un profeta. Pero con lucidez extrema arrimó una
advertencia en las páginas de La peste: “Oyendo los gritos de
alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta
alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta
muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros,
que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que
puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la
ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas,
en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar
un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los
hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad
dichosa”. Celebración misma de una humanidad en pena.
Una película sin final feliz
En 1992 se estrenó la versión cinemaográfica de La peste. El
film –coproducción argentina-franco-británica– fue dirigido por
Luis Puenzo, ganador del Oscar a la Mejor Película Extranjera
por La historia oficial. Filmada enteramente en el país –hablada
en inglés–,la película fue un auténtico fracaso.
El elenco de figuras internacionales (y nacionales) estuvo
encabezado por William Hurt –como el doctor Bernard Rieux–, y
secundado por Sandrine Bonnaire, Robert Duvall, Raúl Julia,
Jorge Luz, Victoria Tennant, Norman Erlich, y siguen las firmas.
El colosal despliegue, experimentado por Puenzo años atrás en
Gringo viejo, no bastó para frenar las críticas despiadadas de
los entendidos.
Cierto es que la película se hunde en una sucesión de tropiezos;
sin desmenuzar la mecánica puramente cinematográfica, se
presenta como una película tediosa, opresiva; fallida hasta en
su resignificación espacio-temporal. Una adaptación, en fin,
decepcionante.
Recortes de una vida enferma
Albert Camus nació el 7 de noviembre de 1913 en Mondovi,
Argelia. Su padre, agricultor de origen francés, era empleado en
una finca vitivinícola; Catalina Sintes, su madre, era
menorquina. Apenas cumplido el año de vida su padre murió en las
trincheras de Verdum, por lo que su madre decidió mudarse –junto
a él y a su hermano– a Argel. Fue allí, mientras cursaba sus
estudios en el Grand Lycée, que Camus comenzó a garabatear sus
primeros escritos, publicados por la revista Sud. Una vez
concluido el bachillerato, debió interrumpir sus estudios por
manifestársele tuberculosis, enfermedad que lo acompañaría hasta
su muerte.
En 1935 Camus engendró su primer libro, El revés y el derecho,
que sería publicado dos años más tarde. Sus aficiones teatrales
emergieron en simultáneo a las literarias. Organizó el Teatro
del Trabajo, una compañía de aficionados que representaba obras
en barriadas populares. Incursionó en el periodismo en el Diario
del Frente Popular, prohibido en 1940 por el gobierno argelino.
Ese traspié hizo que se trasladara a París para incorporarse a
las filas del Paris-Soir. Durante la ocupación alemana en París,
participó activamente como miembro de la resistencia, y dirigió
el periódico clandestino Combat. En 1952 rompió relaciones con
Jean-Paul Sastre, quien criticó duramente su ensayo El hombre
rebelde. El 4 de enero de 1960 murió en un accidente
automovilístico en las afueras de Le Petit-Villeblevin, Francia.
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