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98 -
Saint-Cugat
Nuestra fiesta
La fiesta, ese tiempo de conmemoración del que nos valemos los
lectores para reencontrarnos como comunidad, nos reúne este año
de 1998 en torno a las obras de
Lewis Carroll. Recordamos el centenario de su desaparición
y, con este motivo tan circunstancial y quizá fetichista, nos
damos cita en la lectura de sus páginas. Con ello se procura
homenaje no tanto al autor como a los vivos, que somos todos
aquellos que nos emplazamos a superar el gozo de la lectura
individual para fundirnos en el grupo que festeja su afición.
Celebramos la memoria del diácono y profesor que murió en un 14
de enero de 1898, en la población inglesa de Guilford (Surrey).
Iba a cumplir los 66 años y su auténtico nombre era el de
Charles Lutwidge Dodgson. Fue el tercero de los once hijos del
reverendo Charles Dodgson y de Frances Jane Lutwidge. Y su fama
perdura como autor celebradísimo de las aventuras maravillosas
de Alicia o de Silvia y Bruno.
El éxito de sus narraciones y adaptaciones teatrales le
permitieron renunciar tempranamente, en 1881, a su plaza de
profesor universitario de matemáticas en el Christ Church
College de Oxford. Para entonces ya había publicado las dos
Alicias, la del país de las maravillas (1865) y la del espejo
(1872), y el hermético relato en verso La caza del Snark (1876).
Después daría a la imprenta un ensayo técnico, El juego de la
lógica (1886), así como dos Alicias más. Una fue la edición
facsímile de la versión primera e inédita de Alicia, Aventuras
subterráneas de Alicia (1886), que reproducía el manuscrito
-ilustrado por el propio autor- con que obsequió a la niña
Alicia Liddell. A la publicación de esta proto-Alicia le siguió
una versión adaptada para lectores infantiles, Alicia para
pequeños (1989). En dos entregas más, Carroll cerró su
producción con una novela en que aparecen nuevos protagonistas,
y cuyos nombres dan título al texto, Silvia y Bruno (1889 y
1893). Se trata de una novela de difícil clasificación, en la
que el autor quiso plasmar su aguda capacidad creativa y una
sólida formación en filosofía del lenguaje. No logró despertar
el entusiasmo con que se aclamó los textos precedentes, pero sí
tuvo el mérito literario de dejar perplejos a los admiradores de
su fantasía, presos quizá como estaban del fascinante mundo de
la reina de corazones, Humpty Dumpty -Tente Tieso o Zanco Panco,
en dos versiones en castellano- o el caballero blanco.
Símbolo pleno, símbolo esquivo
Solemos buscar en la vida del autor el sentido de su obra, las
claves de su creación y el secreto que vincula al autor con sus
criaturas. Pero en vano nos afanamos por ese camino
interpretativo, pues sólo hallamos indicios preparados.
Reconocemos la figura del autor o, al menos, ciertos rasgos
suyos en algunos de sus personajes, como la timidez profesoral
del pájaro tartamudo o la nobleza y fragilidad del caballero
blanco (de “suaves ojos azules y cara bondadosa”). Y, en efecto,
es razonable creer que estos seres son trasuntos del autor, cuya
ambición le llevaría a confundirse con criaturas de ficción y a
tener la fortuna de superar en y con narraciones la terrible
mortalidad nuestra. En las narraciones es personaje. Con las
narraciones es voz, perspectiva de autor.
Ahora bien, no sólo Carroll se introduce en la ficción sino que
también la ficción se cuela en el mundo de las vivencias y
realidades materiales. Veamos una muestra de esa manufactura del
tiempo vivido por el sujeto -Dodgson- como artificio
memorialista de una tarde tan original que en ella tuvo su
primera existencia Alicia:
Largos años han transcurrido desde aquella ‘dorada tarde’ que te
hizo nacer, pero puedo recordarla casi tan claramente como si
hubiese sido ayer; encima, el claro cielo azul, debajo, el
acuoso espejo; la barca, derivando perezosamente en su camino;
(...) y las tres anhelantes caritas, ávidas de noticias del país
de la fantasía y a las que no podría contestar con un ‘no’;
‘cuéntanos una historia, por favor’, salido de sus labios tenía
toda la inflexible inmutabilidad del Destino.
En este pasaje recoge el autor las sensaciones de una remota
tarde del 4 de julio de 1862, durante un paseo en barca por el
Támesis que baña Oxford. Que los recuerdos sean claros, como
proclama Carroll, y que su bosquejo narrativo tenga intensidad,
no ha de hacernos olvidar de qué están hechos los textos
históricos, sean ensayos científicos o escritos autobiográficos.
Unos y otros son escritura narrativa que pretende presentar y
valorar ciertos acontecimientos. Son, pues, construcciones
ideológicas que coinciden en todo con los cuentos o las novelas,
salvo en que estos últimos tienen por meta la ficción.
Nuestra observación solo invoca el canon de la historiografía
contemporánea, según el cual la historia nunca dice la realidad
del pasado sino que la hace y la brinda a lo demás. Es obvio que
Carroll no inventa esa “dorada tarde”. Simplemente establece, en
primer lugar, que aquella tarde fue y, después, cómo fue. Su
relato verídico comporta operaciones discursivas como la
categorización -la dorada, la tarde primordial- y la selección y
relación causal de hechos, con una libertad narrativa evidente.
No se menciona en la explicación de Carroll, ni parece preciso,
la presencia del reverendo Robinson Duckworth, como tampoco se
menciona cómo surgió la idea de dar un paseo con las tres
hermanas Liddell, las niñas Lorina, Alice y Edith, las hijas del
decano de Christ Church.
Conocemos estos detalles por el propio Carroll, además de por
otras fuentes. Si insistimos, sin embargo, en este pasaje es
porque en él se resume un malentendido. El malentendido de la
biografía como medio capaz de desentrañar una realidad que no
aparece en la superficie del texto. El malentendido del relato
autobiográfico como un compromiso con los hechos y el azar. El
malentendido de Carrol como Dodgson y viceversa. ¿Por qué?
Porque el solícito profesor de la dorada tarde, el amable
acompañante de las niñas, el narrador que no tiene otro remedio
que concebir un cuento para un público tan entusiasta, es un
personaje más de su producción. Existió su referente, es cierto.
Tenía rostro, como atestiguan las fotografías en que aparece;
algunas de ellas han pasado a ser su retrato oficial por la
expresión de ensoñación y romántico abandono que exhibe. Era
profesor competente, como se desprende de sus académicas
publicaciones en lógica y geometría (Compendio de geometría
algebraica plana, 1860). Y tenía la afición de entretener a las
niñas, además de fotografiarlas, a veces, según su propia
expresión eufemística, “vestidas con nada” (dressed of nothing).
En suma, lo que cuenta es que las facetas de ese personaje
combinan muy bien con la inventiva disparatada de las obras
carrollianas y de su sugerente inversión de lo que significaba
la sociedad victoriana. No obstante, un examen más crítico de la
personalidad de Dodgson revela aspectos que no cumplen con las
expectativas que nos habíamos forjado. Así sucede con la lectura
de su diario del viaje que realizó a Rusia[1] en el verano de
1867, en compañía del reverendo Henry Liddon. En esas páginas
personales plasma las impresiones de dos meses de visita a
Europa central y Rusia. Son comentarios de un viajero atento y
culto, pero también de alguien perfectamente victoriano y
predecible, todo lo cual nos lleva a un nuevo sujeto, el del
inglés conforme con su cultura y su experiencia.
Un canon llamado Carroll
Cuando descubrimos que nos hemos salido del personaje, dejamos
con aprensión unos papeles que han sido pergeñados por la misma
mano pero con una función distinta, privada, y un valor muy
inferior. Y nos sumergimos en algo propiamente literario, es
decir, en el arrebato de una ficción tan oscura, incluso
tenebrosa, como La caza del Snark[2] o tan elaborada como Silvia
y Bruno[3]. Abrimos los volúmenes que tenemos sobre la mesa y
copiamos algunos párrafos, sin tener que esforzarnos por hallar
ejemplos de su genuino modelo, del canon carrolliano, en el que
sobresalen dos factores afines, el humor incongruente y la
lógica del sinsentido[4].
Veamos una de estas muestras. Con los siguientes versos arranca
el relato de La caza del Snark. Describen el desembarco de unos
temerarios marineros en tierra de snarks y, quizá también de
letales buchams:
“¡Excelente lugar para el Snark!”, exclamó el capitán,
a la vez que desembarcaba con sumo cuidado a su tripulación:
ensortijando los cabellos de cada marinero en su dedo,
les ponía fuera del alcance de las olas”
“¡Excelente lugar para el Snark!”, repitió,
como si esta sola frase debiera estimular a la tripulación.
“¡Exelente lugar para el Snark!, y lo digo por tercera vez,
Recordad, todo lo que os diga tres veces es siempre verdad.”
La temeridad de los marineros radica no sólo en su penosa
misión, sino también en que se han confiado a un capitán inepto
en su oficio y de discurso necio pero eficaz: la repetición de
un concepto suele ser muy convincente, como muy bien demuestran
las prácticas en propaganda y publicidad. La estulticia del
capitán es lanzarse a una tarea seductora y esquiva con la ayuda
de una tripulación desmañada, formada por un limpiabotas, un
empleado de billares, un castor humanizado, un carnicero y otro
sujeto más que había olvidado su nombre y sus pertenencias y
venía de repostero, si bien sólo sabía preparar tarta nupcial.
A la postre, el repostero es quien halla al búcham y
fatídicamente se desintegra, se desvanece para siempre. Y así
Carroll puede colocar el último verso del poema: “For the Sanrk
was a Boojum, you see” (“pues el snark era un búcham, como bien
suponéis”), que es el primero que se le ocurrió y, para darle
algún provecho, tuvo que tomarse la molestia de componer ciento
cuarenta estrofas más. Todo un capricho, si, como afirma el
autor, tal verso no significa nada de lo que él sea consciente.
Y he aquí otra ocasión -¿iba a desaprovecharla?- en que Carroll
describe un brillante paisaje estival como escenario
taumatúrgico de su intuición:
“Caminaba por una ladera, solo, un luminoso día de verano,
cuando se me ocurrió un verso, un único verso: Pues el snark era
un búcham, como bien suponéis. Entonces no sabía lo que
significaba, ni sé ahora lo que significa; pero lo anoté. Y,
algún tiempo después, se me ocurrió el resto de la estrofa, de
la cual el verso mencionado resultó ser el último. Y así,
paulatinamente, en momentos de ocio de los dos años siguientes,
el resto del poema fue encajando hasta completarse, y la estrofa
en cuestión fue la última.”
Con su relato del origen mundano de la obra -mundano, pero
luminoso y evocador-, el autor acrecienta su aura y brinda un
nuevo guión literario en que figura como protagonista. Se ofrece
como un personaje ingenioso, ocioso, feliz... ¿Quién podría
reprochar a este personaje adorable que se relacionara con otros
del mismo mérito? Por ejemplo, la pareja de niños Silvia y
Bruno, que aparecen en este diálogo de la novela homónima:
... ¡Y Silvia está... un tanto así de triste!
— ¿Cuánto de triste? -preguntó con malicia.
— Tres cuartos de yarda -repuso Bruno con perfecta solemnidad...
Pertenecen estos niños a un mundo plenamente empirista en que
importa mucho tomar las medidas de las cosas, aunque sus
instrumentos nos parezcan inapropiados:
— ¿Para qué quieres ese ratón? -dije-. Deberías enterrarlo, o
bien tirarlo al arroyo.
— ¡Pero si es para medir con él! -exclamó Bruno-. ¿Cómo mediría
usted un jardín sin un ratón? Hacemos cada macizo de tres
ratones y medio de largo por dos ratones de ancho.
Y podríamos seguir con muchos otros personajes. Forman una
amplia galería. Así que, si hubiéramos de centrar nuestra
atención en uno, en aquel que resumiera su mundo más risueño y
solar, esa sería Alicia en una tarde de verano. Y esa podría ser
la Alicia que describe Carroll en A través del espejo con trazos
delicados y melancólicos:
“Alicia se olvidó de todo (...) mientras se inclinaba, apoyada
sobre la borda de la barca, las puntas de su pelo revuelto
rozando apenas la superficie del agua... y con los ojos
brillantes del deseo iba recogiendo, manojo tras manojo, de
aquellos deliciosos juncos”.
La sensualidad de esta escena, que nos devuelve a aquella
“dorada tarde” del paseo en barca con las hermanas Liddell,
expresa los valores de símbolo, juego y fiesta que establece el
canon carrolliano. Es juego por el exceso de lo arbitrario y el
placer de lo que no tiene otro objeto que su propio y
gratificante movimiento. Es símbolo por la posibilidad que
concede al lector de reconocerse en lo ajeno de esos mundos del
otro lado de la madriguera o del cristal, y de reconstruirse
como identidad nueva, más flexible y mejor humorada. Y es fiesta
porque, como sucede ahora, en esta efeméride de 1989, la obra de
Carroll nos une y nos separa. La separación opera con respecto
del tiempo normal y del mundo ordinario, es decir, del trabajo y
el penoso orden de las necesidades. La unión afecta a la
comunidad de lectores, convocados en esta fecha como gozosos
participantes en una celebración simbólica y lúdica que proclama
una presencia, la de las criaturas de Carroll, con sus hazañas y
sus impecables juegos lógicos[5] O bien, la difícil y equívoca
etiqueta de literatura infantil, en el sentido de que en España,
en las ediciones en castellano, catalán, vasco, gallego o
asturiano que se han hecho, se aprecia la opacidad de las bromas
y sátiras de Carroll, en muchos casos apegadas a una cultura
anglosajona y a sus prácticas educativas y literarias. No son,
pues, unas obras para un público infantil. Un tercer aspecto,
ligado al precedente, es la gran dificultad de su traducción, lo
cual reafirma la distancia cultural e idiomática que hay que
solventar y, a la vez, el mérito prodigiosa de algunas de ellas,
a lo cual convendría dedicar también nuestra atención.
Por último, deseamos manifestar que los conceptos hermenéuticos
de fiesta, juego y símbolo, tan superficialmente expuestos aquí,
están magnífica i didácticamente desarrollados por el filósofo
alemán Hans-Georg Gadamer (1977): La actualidad de lo bello,
Barcelona, Paidós / ICE-UAB, 1991.
Como exclamaría el capitán que va en pos de la quimera del snark,
saludemos nuestra suerte con un brindis formalmente verdadero,
es decir, repetido tres veces: ¡Excelente motivo para una
fiesta! ¡Excelente motivo! ¡Excelente! (Algo se está
desvaneciendo, como bien suponéis.)
[1] Diario de un viaje a Rusia es un texto de publicación
relativamente reciente y que incluso entre los lectores en
lengua inglesa resulta poco conocido. La primera edición inglesa
data de 1935, y corrió a cargo de John Francis McDermott.
Anteriormente, el biógrafo Collingwood había reproducido algunos
párrafos del diario. Según sabemos, la primera edición
castellana de Diario de un viaje a Rusia apareció en la
editorial Mascarón (Barcelona, 1983, con traducción y notas de
M. E. Frutos y X. Laborda).
[2] La caza del Snark ha tenido diversas ediciones en
castellano. Éstas son las de la editorial mexicana Era (1978, a
cargo de Ulalume González), Kairós (Barcelona, 1970), Mascarón
(Barcelona, 1982, a cargo de M. E. Frutos y X. Laborda) y
ediciones Libertarias (Madrid, 1982, realizada por Leopoldo M.
Panero).
[3] Se dispone de la excelente edición crítica de Silvia y Bruno
de Santiago Santerbás (Madrid, Anaya, 1989, 496 páginas). En
ella advierte el traductor sobre ciertas asperezas tipográficas
del original: “He conservado, aun pareciéndome en muchos casos
innecesarias, ciertas peculiaridades caligráficas: palabras y
frases en letra cursiva, mayúsculas iniciales absolutamente
gratuitas, excesivos entrecomillados y signos de admiración”. Y
añade Santerbás que “ese énfasis, que hoy se nos antoja
desmesurado, era moneda corriente en un gran sector de la
literatura de su tiempo”, una moda desgarbada que al parecer
vuelve a ser común ahora, así que aumentan los medios
informáticos de edición y menguan los conocimientos de
tipografía y composición.
[4] Sobre estos rasgos del estilo de Carroll podemos leer unas
conclusiones muy claras en los siguientes artículos: Javier M.
Lalanda, “A ambos lados del espejo: ciencia y disparate en la
obra de ficción de Carroll”, en C.L.I.J., 22 (noviembre de 1990)
54-62. Lucía-Pilar Cancelas, “Carroll versus Dahl: dos
concepciones del humor”, en C.L.I.J., 97 (septiembre de 1997)
19-26.
[5] Nuestra salutación de fiesta es tan esquemática que ni
siquiera menciona cosas tan principales como la fuerza de las
ilustraciones y la impronta de los dibujantes en la obra
carrolliana, como es el caso de John Tenniel -en las dos Alicias-,
Henry Holiday -La caza del Snark- y Harry Furniss -Silvia y
Bruno-. Llevando este cabo gráfico hasta nuestro días, podríamos
incluir trabajos que recrean el mundo de Carroll, como la
exposición fotográfica de Carmela Llobet sobre Alicia en el país
de las maravillas (Can Basté, passeo Fabra i Puig, 274,
Barcelona, noviembre 1997-enero de 1998), que exhibía un montaje
de imágenes que recreaban alegóricamente ciertos personajes.
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