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84 - Cuando Charles
Dodgson se embarca con sus tres pequeñas amigas en la ya
legendaria excursión río arriba, Alicia Liddell tenía
exactamente diez años. Su hermana Edith tenía sólo ocho, pero en
cambio Lorina Liddell tenía ya trece, es decir, había dejado de
ser una niña. Alicia, a sus diez años, todavía lo era, pero muy
pronto (¡demasiado pronto!) dejaría de serio, como le había
ocurrido ya a su hermana mayor. Charles Dodgson (Lewis Carroll)
improvisa entonces un cuento para ellas, y el cuento que les
cuenta trata justamente de eso: del momento (¡terrible momento!)
en que el niño, al dejar de serlo, comienza a penetrar en el
(para ellos) fascinante, misterioso y absurdo mundo de los
adultos.
La madriguera del conejo
Al descender por la madriguera del Conejo, Alicia no está
retrocediendo (como se ha dicho) a su primera infancia, sino que
está avanzando en el tiempo hacia ese momento, ya cercano, en el
que ingresará en el mundo social de los mayores. Y al llegar al
fondo de la madriguera, el primer dilema que se le plantea es si
beber o no de ese frasco que hay encima de la mesa, si crecer o
no crecer, es decir, si hacerse o no hacerse adulto. Alicia bebe
del frasco y, ya crecida, se encuentra con la primera «persona».
adulta. Es el Blanco. Va impecablemente vestido de caballero
victoria por sus palabras se deduce: que sufre de la gran
enfermedad mundo moderno, la prisa"¡Es tarde! ¡Es ya muy tal
exclama una y otra vez sin dejar de correr. ¡Difícilmente podía
Alicia haber encontrado una persona que caracterizara tan, ese
mundo de los adultos en el que todo el mundo siempre prisa!
justamente lo contrario que le ocurría a Carroll, que podía
pasarse horas y horas «perdiendo el tiempo», charlando con sus
jóvenes amigas en una tarde de verano.
Ironías políticas
Después de caer en el mar de sus propias lágrimas (¿representa
ese mar el líquido amniótico, el deseo de regresar al vientre de
la madre, como han señalado los críticos «freudianos» de
Alicia?), Alicia nada hasta la orilla y se reúne una asamblea de
animales, que representa admirables la asamblea parlamentaria
inglesa. Su deporte favorito «carrera electoral», una carrera
totalmente arbitraria, en la que no se sabe muy bien cuándo se
da la salida ni cuándo se llega a la meta, ni mucho menos quién
ha ganado. Ya hemos señalado antes cómo, a partir del Reform
Bill de 1835, la Cámara (Cámara de los Comunes) del Parlamento
inglés adquiere creciente importancia. Sin duda, un conservador
en política como era Dodgson miraría con recelo hacia esta
Cámara parlamentaria, que, en ocasiones, parecía querer socavar
los cimientos mismos de la Monarquía inglesa.
Los que corren y los que “pasan”
Igualmente significativa es la escena en la que Alicia
inopinadamente «crece» dentro de la Casa del Conejo. ¡Qué
angustia y qué asfixia siente la pobre niña condenad vivir entre
las estrechas paredes del mundo de los mayores! ¡Y qué alegría,
qué liberación, cuando consigue volver tamaño de niña y sale
corriendo de la casa hacia el campo abierto! En el campo se
encuentra a otro adulto que representa la antítesis del Conejo
Blanco. Si el Conejo tenía siempre prisa, la Oruga se pasa la
vida sentada en un hongo gigante fumando su misteriosa pipa. Es
ocioso discutir si la Oruga representa o no al fumador de opio,
droga frecuente (e incluso tolerada) en la sociedad victoriana
inglesa. Representa en cualquier caso, al adulto que «pasa» del
mundanal ruido piensa que ya no queda nada por hacer. La
"curiosidad" de Alicia, tan alejada de las prisas del Conejo
como del ocio de la Oruga, la mantiene eternamente ocupada... ¡y
eternamente desocupada a la vez!
En las altas esferas
El encuentro con la Duquesa y, más adelante, con el Rey y la
Reina de Corazones introduce a la niña en las altas este la
sociedad inglesa. Ya hemos señalado que la duquesa podría muy
bien representar a la duquesa de Kent, madre reina Victoria,
figura dominante que quiso controlar el dc de la joven reina, de
la misma manera que la duques parece querer controlar el de
Alicia, cogiendo a la niña por la cintura e imponiendo su
presencia sobre la niña.
Como en una baraja
Tampoco es casual que el Rey y la Reina de Corazones sean
sólo naipes. Los naipes tienen un valor convencional, el valor
que nosotros, los jugadores, queremos darles. En el mundo de los
adultos, tal como descubre Alicia, todos o casi todos los
valores son convencionales. Como en un juego de cartas, a unos
les toca ser rey, a otros sota, a los más, soldado raso. Su
valor depende exclusivamente de unas reglas de juego que son de
por sí convencionales. Todo el mundo de los adultos está regido
por unas normas que, tal como descubre Alicia, no tienen sentido
alguno. La vida es un juego tan absurdo y arbitrario como el
partido de «croquet» que organiza la Reina en sus propios
jardines.
Una definición de Inglaterra
He dejado para el final el episodio más célebre de Alicia:
la merienda del Sombrerero y la Liebre. «El tiempo -le dice el
Sombrerero a Alicia- se ha detenido para siempre en las seis...
Aquí estamos siempre en la hora del té.» ¿Se ha intentado alguna
vez una definición tan brillante de lo que es Inglaterra? De
todas las convenciones sociales británicas ¿no es la del té la
más absurda y a la vez la más radicalmente inglesa?
El ritual del té es la culminación del absurdo inglés, la
verificación, por parte de Alicia, de que se encuentra
«en un país de locos ... ». Ya se lo había advertido el Gato de
Cheshire: «Por ahí -le había dicho a la niña- vive un
Sombrerero, y en esa otra dirección, una Liebre Marcera... Da
igual al que visites... ¡Los dos están igual de locos!»
El significado del sueño
Vuelve Alicia a la realidad, después de su largo y azaroso
sueño, y se encuentra a su hermana junto a ella. La hermana
«comprende» al instante el significado del sueño de Alicia.
«Finalmente trató de imaginarse cómo sería su hermanita
convertida ya en mujer adulta. Y cómo guardaría a lo largo de su
vida el alma cándida de cuando era niña. Trató de imaginársela
rodeada ya de hijos, contándoles alguna historia que encendiera
la luz de sus ojos, contándoles quizá aquel viaje suyo al País
de las Maravillas... Sabiendo que Alicia reviviría entonces, en
la alegría y la tristeza de sus hijos, aquellos dulces días de
su niñez ... »
Los espacios interiores
Lewis Carroll nos cuenta en Alicia en el País de las Maravillas
el último, y definitivo, sueño de la niñez: el sueño en el que
el niño se enfrenta al mundo de los adultos, no para verlo desde
fuera, sino para ingresar en él. Este mundo, para el niño, es a
la vez atrayente y repelente, misterioso y pedestre, racional y
profundamente absurdo. El ingreso del niño en este nuevo mundo
supone, para él, una aventura tan formidable como lo era para
Livingstone adentrarse en el corazón de África. La flora y la
fauna de este nuevo país son, para él, tan exóticos como lo eran
los de África para el famoso doctor. Desde esta perspectiva,
Alicia se convierte en la primera de las grandes narraciones
contemporáneas que proclaman que los grandes descubrimientos del
hombre no están en el espacio exterior, sino en el interior.
Marcel Proust (En busca del tiempo perdido), James Joyce
(Ulises) y Thomas Mann (La montaña mágica) no hacen sino
continuar la exploración de este fascinante “país” que iniciara
Carroll con su Alicia, en pleno siglo XIX.
COPYRIGHT
© Ed. Castellana: Ediciones Generales Anaya, S.A., Madrid,1984
Ramon Buckey
Ilustraciones originales de John Tenniel
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