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210208 - A Sonia Licciardi
La complejidad y multiplicidad del pensamiento de
Jean Paul Sartre impiden sintetizar eficazmente su obra,
cuantiosa y sumamente inteligente. Uno de sus libros más
nombrados, "El ser y la nada" resulta una apasionante meditación
acerca de la fenomenología confrontando los problemas de nuestro
tiempo, por ejemplo, la imagen y lo imaginario, involucrados en
el tema de la conciencia, cuyo concepto (tan abstracto como el
de Ser) es diseminado, determinado y verificado
autorrecursivamente por el discurso y difícil, si no imposible
de aprehender en una concepción meramente causal de las cosas.
Una idea de lo que se quiere transmitir puede insinuarla el
siguiente enunciado: "La conciencia no es una entidad, sino una
intencionalidad que no es nada en sí misma pero que tiene que
vérselas con el mundo en tanto que expresada por un cuerpo". De
todo esto (nótese el predominio de las negaciones) se puede
inferir proposiciones que pueden parecer absurdas, ("la
conciencia es lo que no es") y que solo son contradictorias,
puesto que lo contradictorio pertenece al discurso y nunca a lo
que llamamos realidad. Por consiguiente, la negación como
posibilidad fundamental del discurso y el concepto de la nada
que se desprende, están íntimamente ligadas a nuestra
conciencia. Ya De Saussure le había adjudicado propiedades a la
nada y definió a las entidades lingüísticas por lo que no son,
por mera diferencia; algún eco de esta insurgencia advertimos en
Sartre cuando declara: "Yo no soy los otros". Se advierte
enseguida la potencia de la negación que emerge del discurso y
que aquí es adjudicada a una cualidad de la conciencia
perforando o sustrayéndose a la materialidad de lo dado... Los
tópicos más importantes de la filosofía Sartreana: Ser,
existencia, esencia, negación, nada, conciencia, libertad, yo,
el otro, la angustia, el absurdo, pueden ser citados para
sugerir el orden y la jerarquía de su filosofía, pero sobre
todo, al menos para mí, para estimar la profundidad de su obra
dramática y literaria. La mayoría de los escritores de nuestro
tiempo suelen operar una nimia variación de lo que se encuentra
en los clásicos; la filosofía es un excelente remedo para esa
discreta reiteración de la inventiva. "La Nausea" o "Los
condenados de Altona", son obras excelentes, pero "San Genet,
comediante y mártir" y "Flaubert, el idiota de la familia", son
monumentales. Una vez comenzadas no se pueden abandonar... es
más, al culminar su lectura suele sorprendernos una ligera
desazón, una dulce tristeza, pero, bueno, los placeres más
intensos de la vida están irremediablemente condenados a
culminar. La frase podría ser de Sartre, ya que el tiempo y la
noción de lo pasajero y todas sus consecuencias es un nudo
gravitante de sus ideas y de la condición humana. Pero dejemos
estos aspectos, esenciales por cierto, aunque la palabra
esencial no sea conveniente para indicar algo del
existencialismo y acudamos a ese estilo tan punzante, analítico
y dialéctico al mismo tiempo, que ha gravitado en toda una
época.
Cada frase de Sartre, cada párrafo, para no exagerar, suscita
una laboriosa producción del pensamiento. En Genet, por ejemplo,
el más sencillo: "Hoy Dios ha muerto... hasta en el corazón de
los creyentes". Por supuesto, esta consideración descarta la
lectura de un texto como un mero pasatiempo y nos sumerge en la
idea que la escritura y la lectura es de lo mejor que tenemos,
puesto que reitera en la diferencia, lo que en este caso
Nietzsche ha dejado escrito en su momento: "Dios ha muerto, lo
ha matado su compasión por el hombre" Una cita perteneciente a
un contexto determinado, deriva en un sentido diferente...
presentificando en la extensión de la memoria, la tradición
escrituraria de la humanidad. En muchos momentos regresamos a un
verso que suele intensificar un momento de nuestra vida, que
suele expandirla, porque el mero acontecer de los hechos no
basta, ni en las tragedias, ni en la felicidad. Es como que
debemos duplicar nuestra vivencia en el decir y de allí que
siempre forjamos relatos. Cito a Genet advertido por Sartre:
"una palabra vertiginosa, venida del fondo del mundo, abolió el
buen orden". Hoy es un lugar común entender que una palabra
puede forjar un destino..." Sartre dice que Genet: "emplea la
facultad nominativa para convertirse en lo que desea; puede
decir: soy langosta o soy rey. ¿No es una palabra vertiginosa la
que ha hecho de él el ladrón?" Retomo ahora a un verso con que
Sartre inicia su Genet, él que él ha forjado más allá de Genet y
de él mismo, como ocurre con cualquiera que establece una
relación imprescindible con la escritura: "El niño melodioso
muerto en mí mucho antes que me corte el hacha" El enunciado
cuya temporalidad, de por sí, es indicativa de la complejidad
que aventura, que vaticina, nos advierte: alguien carga con un
muerto, alguien que advierte la muerte suspendida en cada acto,
muerte virtual que envuelve o amortaja los actos humanos,
alguien cuya propiedad o su atributo es la melodía, un niño
muerto, sesgado en el poema antes de un corte, de un desgarro
crucial que sin embargo, sumido en el tiempo, desmiente en la
conciencia al tiempo y torna al pasado presente, y al futuro un
pasado destinado, condenado...niño simultáneo al hombre de
cualquier edad que sienta la intensidad sonora y misteriosa del
tiempo y del mundo... Mucho tiempo después, referida a Gustave
Flaubert, la idea se retoma y reaparece como una insurgencia
fatídica de la escritura: "Resumir el mundo en un libro ¿puede
soñar algo mejor este pequeño histrión hambriento de gloria? La
Contra Creación pondría de repente al lector frente a una
aterradora inmensidad insostenible y bella, afirmándose en lo
imaginario por una "desaparición vibratoria" que solo se
lograría con el libro"... Recuerdo el mito de Linos, cuya
desaparición dejó una vibrante estela sonora...acordes de la
vida a partir de la muerte, instantes constituyentes que
resaltan una naturaleza desgarrada...esparcida en busca de un
alma semejante... Hay un verso de Trakl que se aproxima: Un
muchacho de quebrantado pecho: se va muriendo el canto en la
noche... la noche y el quebranto amenazando al canto... Por lo
demás, "una aterradora inmensidad insostenible y bella" reenvía
a la potencia de lo imaginario que surge de la nada y que
convoca a la inmensidad (tal vez otro nombre de la nada), a lo
que desborda y nos desborda en el tácito misterio de las letras,
de esos minúsculos insectos garabateados en la hoja del papel
que son capaces de crear el mundo y las extrañas circunstancias
de nuestra misteriosa existencia. Ya en los Eleáticos las cosas
que son se rigen por el logos, la palabra, el pensamiento,
puesto que son conocidas por nuestros sentidos... Hay veces en
que no es bueno dejarse llevar; Sartre, la prosa de Sartre, es
propicia para esas derivas...la prosa que es una escansión
melodiosa de su pensamiento, de su modo especial de interrogar
al mundo. La interrogación que es una consecuencia de la
perplejidad y acaso, por el hecho de que solo nosotros
interrogamos, es el fundamento de un privilegio o exaltación de
la conciencia. Retomo otro párrafo del "Flaubert...", está
implícito adjudicarle a él, a Sartre, lo que él ha adjudicado a
su personaje "Recrear al mundo o crear un contra mundo y
darlo para que sea visto a través de las palabras...al pequeño
totalizador le fascina que sea imposible encontrar una empresa
más exhaustiva. Fuera de esto, toda ocupación humana es
miserable; el ingeniero, el sabio mismo apuntan a obtener
resultados finitos y de este modo se determinan como seres
finitos, pero el verdadero creador o contra creador no puede
querer algo que no sea todo. Por esto mismo, se exige de él que
no sea algo particular, algo real, sino tan solo una
irrealización total de su singularidad hacia una creación
cósmica. ¿Cómo podría rechazar este mandato...? Gustave será
grande como el mundo. Escribir es el más hermoso de los
delirios". Pero entonces, cómo... ¿hay que irrealizarse,
desaparecer para crear un texto, borrarse para engendrar el
mundo...? El hombre ha muerto, lo ha matado su pasión por la
escritura... ¿y en su lugar?... la envoltura de una forma
imaginaria sostenida por el cuerpo y sonidos articulados que se
realizan o irrealizan, metamorfoseados por el poder de unas
palabras...sí, escribir es el más hermoso de los delirios. Por
de pronto, acalla el silencio; ese sutil silencio de la Nada.
Mucho se podría decir de la prolífica vida y obra de Jean Paúl
Sartre; no es la finalidad de esta nota. Roquentin, el personaje
de La Nausea, encuentra en la biblioteca de la ciudad a un joven
que quiere leer todos los libros por orden alfabético, pero es
sorprendido haciendo proposiciones sexuales a otro muchacho y lo
expulsan. Roquentin se pregunta que hubiera conseguido de llegar
a la última letra... La sugerencia del párrafo es múltiple. La
intención del joven es una intención imposible y se le superpone
otra, visceral, carnal, reflejos de identificación, imagen,
espejo... ¿quién sabe lo que oculta una conciencia? Más allá de
una doble intención que se enmascara reversiblemente, es posible
vincular este párrafo a otro más intenso. En "La República del
silencio" nuestro autor escribe: "Nunca fuimos más libre que
durante la ocupación alemana" Obviamente, por cada decisión ante
un riesgo concreto de muerte. "Entre nosotros, todos los que
sabían algo, se preguntaban: Si me torturan, ¿seré capaz de
guardar silencio?" Entre la vida y la muerte, entre una palabra
pronunciada y una enmudecida para siempre, en los intersticios,
la duda... y después... ¿Nada quizá...quizá Nada? No sé. Hasta
aquí, aquí y ahora, la sutura de un delirio.
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