200508 -
En
sus 42 años de vida, el autor de "El amor brujo" creó una
narrativa singular hecha de violencia urbana, crítica social y personajes
extremos. Beatriz Sarlo describe aquí a ese escritor pobre y radical que
se sintió siempre un recién llegado de apellido impronunciable.
Lector
de folletines, rocambolesco lector, Arlt tiene una imaginación
extremista: de un conflicto sólo se sale por la violencia. No se trata
simplemente de una ideología, sino de una forma.
En El juguete rabioso, Silvio Astier quiere prenderle fuego a la librería
donde trabaja; deja una brasa sobre una pila de papeles y se va convencido
del incendio. Esa noche, Astier se siente "definitivamente
libre" y su acto le parece digno del arte: "¿Qué pintor hará
el cuadro del dependiente dormido, que en sueños sonríe porque ha
incendiado la ladronera de su amo?". La grandeza de la ensoñación
contrasta irónicamente con esa brasa que se ha extinguido en el charco
grasiento donde se lavaron los platos.
Silvio, al igual que otros personajes de
Roberto Arlt, tiene medios patéticamente
inadecuados a sus fines. Pero lo que importa es que haya elegido la salida
por el fuego. Después de su encuentro con el homosexual, en la pieza de
pensión, Silvio deambula a la madrugada. Detrás de las puertas de los
negocios presupone riquezas infinitas: "Y yo, como un perro, andaba a
la ventura por la ciudad. Estremecido de odio, encendí un cigarrillo y
malignamente arrojé la cerilla encendida encima de un bulto humano que
dormía acurrucado en un pórtico, una pequeña llama onduló en los
andrajos". Pocos párrafos después el personaje llega "a la
inevitable conclusión: Es inútil, tengo que matarme".
La violencia de los adjetivos en el relato de sus relaciones con
comerciantes pequeño burgueses, carniceros, farmacéuticos, no puede ser más
intensa. No hay desprecio menor. Tampoco hay indignidades menores. Silvio
delató a su amigo que preparaba un robo. Una de las explicaciones que da
del acto es la siguiente: "Hay momentos en nuestra vida en que
tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer
alguna infamia, yo qué sé..., de destrozar para siempre la vida de un
hombre... y después de hecho eso podremos volver a caminar
tranquilos". Silvio sabe que la delación es una forma extrema de la
traición. Por eso delata.
En el contraste que se establece entre la delación y sus efectos, Silvio
piensa que se arraiga su subjetividad y se construye una relación nueva
con la vida. De todo lo que ha vivido hasta ese momento se sale por el
lado de alguna violencia. Oscar Masotta, hace muchos años, leyó esta
delación como "empresa metafísica de alcanzar el absoluto a través
del mal". Esa radicalidad del Mal pone a los actos más allá de las
ideologías. El significado del acto de violencia es estratégico: una
forma de enfrentar cualquier lazo social convencional.
Con el asesinato de la Bizca, en Los lanzallamas, Erdosain cumple de nuevo
ese movimiento estratégico. El asesinato es gratuito; no responde a ningún
cálculo táctico, que evalúa lo que conviene en cada situación, sino a
un enfrentamiento total. La lógica de ese enfrentamiento, que también
fue la lógica de la secta organizada por el Astrólogo, es extremista.
El extremismo arltiano presupone a la violencia no como táctica para
resolver una situación, sino como forma de anularla. Entre la ensoñación
y la "vida puerca", sólo la violencia extrema. No hay camino
intermedio.
Así, los personajes de Arlt buscan siempre un trastocamiento súbito,
fulgurante e instantáneo de las relaciones entre sí, y de ellos con los
objetos. Las situaciones son extremas y no pueden superarse sin un
aniquilamiento que no responde a opciones ideológicas, sino a una forma
de la imaginación.
El movimiento de la ficción arltiana es el del extremista que cree que no
hay otro camino. Ningún personaje de Arlt puede regresar a ninguna parte:
el deambular, la huida, el suicidio son los únicos cambios posibles.
Erdosain piensa: "Ojalá revienten todos y me dejen tranquilo".
Al repetir una frase hecha, "que revienten todos", su deseo
define una situación de la que sólo se puede salir explosivamente.
Erdosain dice "que revienten todos" de manera literal: el mundo
debe saltar en pedazos. La imaginación no quiere saber nada de
transacciones.
Por eso, la literatura de Arlt es completamente radical. La violencia es
la única forma de la política, que, a su vez, sólo se expresa como
delirio. El batacazo es la única forma del cambio de fortuna, la única
proximidad con la riqueza que pueden fantasear los pobres. En el
capitalismo, la riqueza no se consigue sino delictivamente o por un golpe
de fortuna. Delictivamente, reafirmando con Proudhon la idea de que toda
propiedad es un robo. Por un golpe de fortuna, en el camino de los
buscadores de tesoros y los inventores que, con una ingenuidad tan extrema
como sus deseos, quieren enriquecerse con la producción de objetos
imposibles. El fracaso es un desenlace inevitable, conocido desde el
comienzo.
Esta comprobación no suscita en Arlt ningún sentimentalismo. Enfrentado
a una literatura piadosa, como era la de Boedo, Arlt impugna la idea de
que el sufrimiento o la miseria deben representarse como en la tradición
populista, donde prevalecen las emociones. Los miserables de la "vida
puerca" son hediondos y mezquinos. No hay idealización del mundo de
los humildes. La sirvienta de Trescientos millones es descripta así en el
primer acto: "Mujer de veinticuatro años. Expresión dura e
insolente que de pronto se atempera en un aniñamiento voluptuoso de ensueño
barato. Recuerda a Rina, el Angel de los Alpes, o cualquier otra
pelandusca destinada a enternecer el corazón de las lectoras de Carolina
Invernizzio o Pérez Escrich". Esos nombres de escritores de folletín
sentimental quedan burlados en el comienzo de una obra que va a torsionar
el sentimentalismo desde una fantasía expresionista alimentada con los
fantasmas de héroes populares como Rocambole.
Por fealdad, por mezquindad, por deformidad psicológica o moral, los
personajes arltianos a veces piden piedad, pero el relato no se permite
ese gasto de sentimientos. Se podría decir que Arlt construye la
perspectiva del cínico. También podría decirse, la perspectiva
nihilista de quien denuncia la violencia enmascarada pero inexorable de
una forma social hipócrita. La refutación del sentimentalismo es una
refutación de la moral en la sociedad burguesa.
Arlt también limpia de sentimentalismo a la crónica urbana. El barrio no
es un escenario para la literatura pintoresca; Arlt no propone una
reivindicación de lo menor que estaría allí como objeto de un
romanticismo que, casi desde el comienzo, es nostálgico. Por el
contrario, el barrio es el infierno de la pequeña burguesía, y sus pequeños
propietarios grotescos se parecen más a un dibujo expresionista que a las
evocaciones del tango canción. Arlt busca la tensión exasperada del
expresionismo. Esa es su vanguardia probablemente no conocida del todo.
Por este lado, no se diferencia sólo de algunos escritores del grupo de
Boedo, como Stanchina, Mariani o los González Tuñón. Se diferencia
también de Ricardo Güiraldes, con quien lo unió una amistad, algunos
favores y sobre todo la coincidencia de que, en 1926, se publican la última
novela de Güiraldes, Don Segundo Sombra, y la primera de Arlt, El juguete
rabioso. Difícilmente haya dos novelas tan distintas, separadas por la
escritura y la ideología. Una es el contramodelo de la otra y sólo
tienen en común que en ellas aparecen los dos primeros adolescentes de la
literatura argentina, no simplemente dos personajes muy jóvenes, sino una
construcción formal y conceptual que se define como adolescencia: el
momento en que se recorre el mundo como espacio de aprendizaje o como
escenario del fracaso de todo aprendizaje.
Dicho esto, es claro por qué las dos novelas son tan distintas. Lo que en
Don Segundo Sombra es una especie de éxito total en la transmisión de
saberes criollos, destrezas literarias y estancias en la pampa húmeda
recibidas como herencia, en El juguete rabioso es colapso de la
posibilidad de adquirir ningún bien, material o simbólico, que incorpore
a Silvio Astier a ninguna parte. En Güiraldes, el personaje hace un viaje
iniciático por la pampa, guiado por los baqueanos más expertos y, como
una especie de hijo de Ulises, va recibiendo en cada lugar una prueba de
su aceptación, casi sin conflictos. En Arlt, la ciudad por donde se
desplaza Astier está gobernada por la hostilidad y el rechazo, nadie
puede incorporarse exitosamente a nada y la novela termina con una promesa
de viaje que, lejos de ser un aprendizaje futuro, es el anuncio de una
especie de exilio: irse a otra parte porque aquí no hay lugar.
Estas diferencias también dan la tonalidad emocional de las dos novelas.
Güiraldes expande una poética del sentimiento, desde su famosa
dedicatoria a los gauchos que le sirvieron de modelo hasta su no menos
famoso final. Arlt raspa el sentimiento hasta transformarlo en cinismo,
desesperación, cólera o hipocresía. Esos son los tonos ácidos de El
juguete rabioso.
El amor se representa desde la ambigüedad del engaño que lo acompaña
como su sombra. No hay amor inocente, no hay sentimiento que no sea engaño
de alguna especie. El sentimentalismo es viscoso. La familia y el
matrimonio son instituciones-trampa; la mujer misma es la trampa, y toda
entrega sentimental masculina se deshace contra algo que no puede ser sino
disfraz y maniobra. No existe Flor de María, la muchacha sufrida y
conmovedora de Los misterios de París.
Arlt no recubre los sentimientos con una capa de discursos sentimentales.
O los exaspera hasta la inverosimilitud o los arranca del romanticismo a
través de motivos que toma de la literatura decadentista: "Ella
entorna los ojos. Le transmite una tal beatitud con la tersa pureza de su
frente y el estupor maravillado de sus pupilas, que Balder experimenta
tristeza de no poder morir en aquel instante". Esta es la gran
operación de Arlt con la literatura popular y el folletín con el que se
lo vinculó tantas veces: se distancia de su sentimentalismo por la ironía
o por la exageración donde amor, muerte, sensualidad y pasión se
entreveran siempre.
Conserva, en cambio, las contraposiciones nítidas. El claroscuro del
folletín, una vez que se ha quemado el sentimentalismo, evoca los
contrastes ácidos del expresionismo. Por eso Arlt es crítico y sobre su
obra nunca podría decirse, como se dijo del folletín, que consuela
alimentando el ensueño de ojos abiertos. Son los personajes de Arlt los
que sueñan imposibles. Jamás les permite eso a sus lectores. Nadie sale
consolado de una novela de Arlt. El extremismo no consuela porque tampoco
soluciona imaginariamente.
Nombraré, finalmente, una figura retórica que es extremista: la hipérbole,
la figura de la exageración, un modo del lenguaje por el cual el escritor
renuncia a la verosimilitud para lograr el impacto de una evidencia más
allá de todo verosímil. Por insistencia e intensificación, el primer
eslabón de una hipérbole se encadena en amplificaciones sucesivas. Arlt
es hiperbólico: "Erdosain escucha el estrépito de estos dolores
repercutir en las falanges de sus dedos, en los muñones de sus brazos, en
los nudos de sus músculos, en los tibios recovecos de sus intestinos...
Se aprieta las sienes, se las prensa con los puños; está ubicado en el
negro centro del mundo; es el eje doliente carnal de un dolor que tiene
trescientos sesenta grados...".
La hipérbole es el fortissimo de la escritura. Presenta la pasión no por
sus contenidos evidentes sino por su forma extrema. La hipérbole es también
un procedimiento peligroso. Puede ser sublime, pero lo sublime moderno
corre siempre el riesgo de su degradación paródica. La escritura de Arlt
atraviesa ese límite constantemente. Ignora el buen gusto. Pasa por
encima de lo que las élites culturales establecían como tono apropiado
de la literatura.
Por la hipérbole, Arlt exhibe y repara una inseguridad radical.
Precisamente ésa, evocada tantas veces por él y por sus críticos: la de
ser un escritor sin formación literaria, sin los refinamientos de la
elite, alguien que carece de toda seguridad sobre su origen y que duda de
su legitimidad simbólica. La hipérbole es el procedimiento de la
inseguridad: decir más, para que por lo menos algo de lo dicho sea
escuchado.
Cuando no se confía del todo ni en la capacidad de la escritura para
decir, ni en la posibilidad de que el lector escuche lo que la escritura
dice, la hipérbole subraya el sentido ampliándolo, colocándolo bajo una
lente que vuelve todo o insignificante o grandioso. Es lo contrario de la
estrategia de Borges, quien siempre dice menos, atenúa, acumula
negativas, se aleja del énfasis.
La hipérbole es una señal de clase en la literatura de Arlt. Es la marca
del escritor pobre. Por la exageración y la radicalidad, Arlt busca
llenar esa falta original de la cual habló tantas veces: no tener ni
capital en dinero ni capital cultural. Su marginalidad no fue
institucional, ya que desde muy joven fue un periodista estrella y un
escritor de éxito. Pero, pese a los reconocimientos, Arlt se sentía un
recién llegado de apellido impronunciable.
La diferencia de clase con Girondo, con
Borges, con Güiraldes, se delata
en el énfasis de la escritura arltiana y en el imaginario exasperado de
las soluciones radicales. La incomodidad de Arlt, después de tantas décadas,
tiene mucho que ver con su extremismo. Es difícil normalizar un sistema
de explosiones encadenadas.
Beatriz Sarlo
es ensayista y docente de la UBA.
Autora de libros como La imaginación técnica (1992) y Escenas de la vida
posmoderna (1994), su último libro es La máquina cultural
(Sudamericana).
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