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09 -
Julián Marías -
Creo que este siglo que está
terminando, o este milenio, pero particularmente este siglo,
representa algo decisivo en la realidad que es la comunicación
humana, es esencial esta condición. No olviden ustedes tener
presente la admirable torpeza del ser humano. Si piensan cómo
nace el niño, totalmente incapaz de valerse por sí mismo, que no
puede prescindir de la ayuda de los adultos, de sus padres y lo
comparan ustedes con el animal, por ejemplo, los mamíferos
superiores que apenas nacidos empiezan a moverse, empiezan a
actuar, a buscar la teta de la madre, se instalan en una vida
habitual, más o menos autónomo desde las primeras horas de su
nacimiento, es evidente que el animal humano es de una
extraordinaria torpeza porque no puede vivir más que en
compañía, no puede vivir más que en comunicación, en relaciones
interpersonales con las personas que les cuidan, que les
alimentan, que hacen posible su vida y que describen un período
bastante largo, un período que envuelve sus primeros años, se
establece un repertorio de relaciones personales que el niño va
recibiendo, algo capital, una herencia, esencial, heredada.
El animal no, el animal empieza en cero, el animal estrena su
condición en cada caso particular. La especie humana está
condicionada radicalmente a la comunicación. Dicho sea de paso,
yo tengo una preocupación actual y es que antes los niños solían
ir a la escuela a los cinco, seis o siete años y ahora ya suelen
ir a las escuelas a los dos o tres años, un entrenamiento de la
vida en comunidad, le hace aprender destrezas por el temor de
que no pueda desenvolverse, para que adquiera destrezas de tipo
colectivo, de normas de disposiciones, el proceso de
personalización, que configura su ser desde casi su nacimiento.
Pero, por otra parte, y paralelamente a esto, junto a la
comunicación intrínseca y esencialmente desde el primer momento
está el sentimiento en el que ha nacido la humanidad, desde
milenios. Al principio eran muy pocos, vivían en grupos
aislados, sin apenas comunicación en un mundo sin caminos, no
olviden esto, ha habido un pacto capital y fueron las calzadas
romanas equivalentes, vitalmente de la movilización y
mecanización actual. Yo descubrí con sorpresa cuando escribía
"España inteligible" que, en tiempos de Caracala, la longitud
total de las calzadas romanas en España era de unos 30.000 Km.
Es algo asombroso, y esto unido al mar, en especial, el
Mediterráneo, que era camino fácilmente, empezó a establecer
vínculos de comunicación entre grupos humanos distintos, pero,
en todo, era algo precario y absoluto incomparable con la
situación actual.
Hay un hecho que hace pensar y es que cuando en el siglo VI el
Rey visigodo Recaredo renunció al arrianismo de los dominadores
visigodos y se convirtió al catolicismo de la población
hispanorromana, lo cual fue decisivo para la vida del reino
visigodo, el Papa tardó en enterarse de este importantísimo
suceso tres años. Actualmente los medios de comunicación hacen
que sigamos lo que acontece, lo estamos viendo acontecer y nos
comunican incluso hasta lo que no acontece. El cambio es
monstruoso, extraordinario, es absolutamente decisivo. El hombre
actual recibe impactos informativos todos los días, se puede
desplazar. En cuanto hay un fin de semana, las gentes salen de
viaje, hasta lugares próximos o relativamente próximos o
enormemente lejanos y remotos. Desde que la distribución es
absolutamente distinta, condicionada precisamente por la
comunicación, desde la comunicación en presencia humana corporal
hasta la informativa, las noticias de todo tipo y en los últimos
años esto ha dado pasos decisivos, maravillosos, asombrosos e
inquietantes también.
Pero qué se recibe, qué se comunica. Comunicación hay que
preguntar de qué. De hechos, de relatos, de noticias, de
pensamiento. Qué ocurre con el pensamiento. No es lo mismo el
pensamiento que la inteligencia. El animal es inteligente, los
animales superiores son muy inteligentes, incluso es evidente
que son más inteligentes que el niño de corta edad. Es evidente
que un perro, lo más parecido mentalmente no morfológicamente a
un hombre, es muy inteligente, es más inteligente que el niño de
pocos meses o un año. La diferencia está en que el niño tiene
algo distinto de la inteligencia, que es la razón.
Hace muchos años, cuando yo escribía Introducción a la Filosofía
tuve que hablar de la razón y encontré una definición
provisional que pensé que corregiría, pero no lo he hecho, he
seguido usándola porque no he encontrado otra mejor. La razón es
la aprensión de la realidad en su conexión. Esto es lo que la
diferencia de la inteligencia. Justamente el ver la realidad
como realidad, descubrir sus conexiones, las que tiene ella, la
realidad. Esto es capital y el pensamiento consiste
primariamente en eso, en razón. A mí me ha preocupado siempre
esta expresión tan curiosa que se dice, del niño que no tiene
uso de razón, yo pregunto y eso por qué, es que no tiene razón y
si la tiene por qué no la usa. He llegado a pensar que el hombre
se define primariamente por sus necesidades, mucho más que por
sus dotes. El niño no tiene razón pero la necesita, el animal,
no. El animal tiene un sistema de instintos muy despiertos,
orienta su vida con gran acierto por lo general, el niño no.
Debido a su incapacidad e invalidez para orientarse en el mundo
necesita que le presten la razón. Los adultos le prestan la
razón al niño como el Lazarillo le presta la visión al ciego.
Esto es lo que quiere decir no tener uso de razón: necesitarla y
no poseerla en acto. La razón se constituye viviendo y esto es
decisivo.
La fórmula que acuñó mi maestro y amigo tantos años Ortega, el
año que yo nací, razón vital quiere decir dos cosas: por una
parte la razón sin la cual no se puede tener una vida humana. El
hombre no tiene instintos o muy pobres y tiene en cambio un
horizonte imaginativo amplísimo. Ustedes no han venido hoy aquí
por un tropismo, es que ustedes han decidido venir, han pensado
que lo mejor que podían hacer esta mañana era venir aquí, y yo
tampoco he venido por un instinto sino porque había convenido
venir, había venido, había pensado y por tanto el hombre para
ejecutar el acto humano necesita tener presente el repertorio de
posibilidades, de facilidades o dificultades que lo rodean y
entonces decide, elige, toma una decisión. Esta es la razón
vital.
Por otra parte, si preguntan qué es la razón, cómo funciona, es
la vida misma. Yo entiendo algo cuando lo hago funcionar en mi
vida, cuando encuentro que tiene una cierta función, un cierto
papel en mi vida. Si yo hubiera mostrado el micrófono a Platón,
que era un hombre sumamente inteligente, no lo hubiera
entendido, porque no sabía qué era un micrófono, qué función
podía tener en la vida, es decir, la vida misma es la que
permite entender, es instrumento para la razón. Esto es lo que
quiere decir razón vital. Y esto es fundamental para el hombre.
Es lo que llamamos propiamente hablando pensamiento.
Y ahora cómo se puede comunicar el pensamiento. Piensen ustedes
en algo importantísimo. El hombre piensa hablando y expresa su
pensamiento mediante la palabra. La palabra es un fenómeno motor
y auditivo. Se emite hablando con movimientos musculares del
aparato elocuente y se oye, se percibe, por el oído. Pero este
tipo de elocución, esta manera de existir de la palabra es
fugaz. Las palabras vuelan y por consiguiente no se conservan,
no se pueden fijar. Se fijan en la memoria. Es evidente que
durante largo tiempo, durante milenios se ha recitado, se ha
intentado saber de memoria. Ustedes piensen en lo que eran los
cantares de gesta, lo que los juglares declamaban o cantaban,
pero esto era vacilante, no se fijaba, era perecedero. No se ha
podido fijar la palabra más que convirtiéndola en algo
absolutamente distinto, un fenómeno visual, gráfico: la
escritura. Ustedes piensen en lo que hubiese sido si no se
hubiese descubierto la técnica de fijar la palabra como tal, que
es justamente lo que acontece ahora; si no se hubiese necesitado
la escritura es posible que no se hubiese inventado, se habría
conservado la palabra y la voz tal como son y la historia sería
profundamente distinta.
Ahora justamente conviven de manera extraña, dificultosa, la
palabra hablada y la escritura, el libro. Esto naturalmente
cambia las cosas, el pensamiento se comunica primariamente
mediante la palabra hablada. El pensamiento se comunica en
estado naciente. Recuerden ustedes que los teólogos decían que
la fe se comunica por el oído y el pensamiento embrión también
primariamente se comunica así. La función de un profesor es
pensar con sus estudiantes ante ellos, con ellos, en diálogo con
ellos, aunque incluso estén callados. Esta es la manera así se
produce el contagio del pensamiento. El pensamiento es
contagioso, pero no mucho. Conviene no confiar demasiado en eso,
por ello evidentemente la palabra hablada es esencialmente el
vehículo primario y eficaz de comunicar el pensamiento. Este es
el sentido que ha tenido la escuela en todos los sentidos, en
todos los países. Piensen ustedes entre los griegos, en la Edad
Media, hablando en presencia, hablando unos con otros, se ha
comunicado el pensamiento vivo en estado naciente, contagioso,
que se reproduce de manera distinto, con modificaciones siempre
creadoras, de uno a otro. Esto es capital, por esto es
fundamental el arte de hablar. Me preocupa mucho la desaparición
de la palabra hablada. Se sabe que mucha gente lee las
conferencias, yo no lo hago porque yo defino una conferencia
como una improvisación bien preparada, pienso bastante de qué
voy a hablar, a decir, pero luego lo que digo no es exactamente
eso, nace del diálogo con el auditorio, por esto nunca acepto a
hablar en una sala apagada con un escenario iluminado porque si
no veo las caras, a quién le hablo, a nadie. Esto me parece
imposible.
Como ven ustedes es fundamental la posibilidades de comunicar
verbalmente, directa y personalmente el pensamiento. Pero dirán
ustedes que no es sólo esto, que es fundamental la palabra
escrita. Yo he escrito muchos libros, y artículos también, y
deben tener un cierto carácter también vivo, deben tener cierta
vivacidad. Es lo que llamamos estilo, tiene que notarse la
personalidad del que habla, precisamente en el estilo.
Hay un concepto que yo forjé, hace muchísimos años, que es la
calidad de página. Hay autores que hacen obras espléndidas, muy
valiosas, pero que en su conjunto no tienen una página que sea
atractiva, que sea impactante y esa página cuando tiene calidad
consiste precisamente en que si le ponemos la mano sobre ella,
sentimos el latido del corazón del autor que está ahí presente.
Esto es capital por eso yo creo que es menester también escribir
desde uno mismo cuando se escribe, sobre todo, de asuntos de
pensamiento, en que no sólo se comunican hechos, datos,
noticias, sino ese pensamiento que tiene que estar en la página
publicada, escrita. Tiene que estar viviente, tiene que ser
capaz de comunicar efectivamente y por tanto de contagio, por
eso el estilo literario es fundamental, no olviden ustedes, por
ejemplo, que en España ha habido un hecho interesantísimo que
concierne, particularmente, a la filosofía, en España había
habido poca filosofía, no se había hecho mucha, y la mayor parte
en latín, es decir, desligada de la instalación lingüística en
el español y del aprovechamiento de las posibilidades
filosóficas de esta lengua. Cuando se empezó a escribir en
español, no hubo filosofía creadora, fue en gran parte recibida,
pero prácticamente hace un siglo y precisamente en esta ciudad
un escritor extraordinario, Unamuno, que hablaba principalmente
de la filosofía que tenía pasión por la filosofía, que no quiso
ser filósofo, pero que llenó de filosofía toda su obra y además
era un gran escritor y un escritor vivo. Y después Ortega, y
después otros y así ha habido un renacimiento de la filosofía en
España y ha nacido de un estilo literario, de varios estilos
literarios, de una capacidad de llegar al lector.
En el primer libro de Ortega se definía como un profesor de
filosofía, un escritor "in partibus in fidelium", en las
legiones de los infieles, como los del norte de África, del
Mediterráneo ocupado por musulmanes, en el que se conservarán
las diócesis que fueron incluso nada menos de San Agustín, pero
ya no hay comunidades cristianas, en general muy pocas. Ortega
no lamentó esta ausencia de filosofía sino que trató de
convertir a los infieles y lo consiguió y hoy España es
probablemente donde se leen más libros de pensamiento. Creo que
si se comparan las ediciones y tiradas de ellas se encontraría
con sorpresas que España es quizás el país europeo en el que se
leen más libros de pensamiento. Precisamente despiertan el
interés del lector medio por su calidad literaria, por su
intensidad, por su viveza, por la presencia de los autores de
los libros y esto es absolutamente capital y esto lleva una
consecuencia también y es que yo creo que los libros de
pensamiento para ser verdaderamente eficaces, para comunicarse
han de ser breves, lo más breves posibles. Esto tiene
antecedentes muy lustres.. Yo pienso en ese momento especial,
extraordinario de la filosofía europea que fue el siglo XVII.
Estos breves libros como de Pascal, de Liebniz, de apenas 50
páginas, 100 páginas. Otras algo mayor pero algo manejables,
abarcables frente a los enormes libros escolásticos. Piensen
ustedes en las obras inmensas de Suárez. Yo tengo la edición
completa de sus obras, son 26 volúmenes a folios de dos
columnas. Hacía falta mucho tiempo para leerlos. El hombre
actual no tiene tiempo, los libros largos se hojean, con "h" y
sin ella, no se leen pero el pensamiento es otra cosa, hay que
poseerlo en su integridad. El pensamiento tiene argumento. El
pensamiento hay que poseerlo en su conjunto, incluso si se tiene
tiempo, que ahora escasea mucho, si se lee un libro muy largo,
se va olvidando a medida que se va leyendo, no se posee, no está
actualizado en la mente, no tiene su función de comunicación
plena; hay libros que inevitablemente tienen que ser extensos
porque son expositivos porque tienen que informar de muchas
cosas.
El libro propiamente de pensamiento debe buscar el máximo de
brevedad, de concisión, que sea posible. Comprenden ustedes que
esto hace que la función del libro tiene una curiosa semejanza
con la función de la palabra y les decía ustedes que la palabra
debe ser viva, debe nacer de una circunstancia concreta, debe
mantener la actitud del autor, del que está pensando. El lector
de un libro bien escrito de pensamiento tiene que poder
actualizar. Precisamente, el movimiento mental del autor, tiene
que reproducir en sí mismo el proceso por el cual el autor
llegue a pensar, de este modo puede hacer suyo el pensamiento es
repensarlo por eso el lector de un libro de pensamiento debe
hacer filosofía por sí mismo, filosofía que puede no ser
original porque le es apropiada, la hace suya. Le reproduce en
sí misma y o eso mismo, no se puede leer un libro de filósofos
más que con una actitud filosófica, creadora o no, original o
no. Una de las grandes obras de nuestra época, desde el siglo
pasado, desde mediados del siglo pasado, ha sido el afán de
originalidad. Piensen ustedes que en todo el pensamiento, en la
ciencia, en el arte, en la literatura durante siglos se ha
creado dentro de estilos vigentes y el autor hacía una obra
original, porque lo hacía desde sí mismo y cada uno es original,
es insustituible, es único. Pero desde 1860 ó 1870 ó 1880, según
los géneros, y según los países hay una voluntad de originalidad
que es devastadora. Se trata de hacer algo diferente y entonces
se produce una tremenda esterilización y esto abarca a todas las
formas de la cultura del último siglo o algo más, de lo cual se
salvará una pequeña fracción. Naturalmente, este pensamiento es
siempre personal porque además se piensa desde el nivel propio,
se piensa desde los problemas actuales, desde los problemas que
son problemas para el que lee o para el que piensa y
personalmente suyos, en su vida circunstancial y concretísima.
Por esto, paradójicamente la originalidad está asegurada con la
sola condición de no buscarla, de hacer el pensamiento o la
relectura del pensamiento ajeno desde lo mismo y movida o
interpretada por la situación personal en la que se vive. Esto
está causando una situación inquietante actualmente. Hay un
hecho que me preocupa mucho, y es que hay una cierta amenaza de
decadencia. La decadencia supone un descenso de la condición
humana, por eso las decadencias son terriblemente peligrosas
porque si se entra en ellas es muy difícil salir porque se
produce el descenso del hombre mismo y ocurre que ha habido
decadencias de la humanidad que han durado decenios o siglos.
Ustedes piensen lo que ocurre después de la caída del Imperio
Romano y por lo menos hasta la época de Carlo Magno, hay cuatro
siglos de decadencia, cuatro siglos en los que el pensamiento y
la creación decaen enormemente. No hay figuras comparables con
las figuras anteriores de los griegos, de los romanos.
Biológicamente, psíquicamente, no creo que hubiera variación. Si
hubiera habido tests sobre los niños que nacían por esos siglos,
probablemente serían iguales que los anteriores. Era la forma de
la vida, era la condición humana, eran las formas de
comunicación, era el ambiente en el que se criaban lo que les
hacía inferiores.
A mí me preocupa los admirables medios de comunicación de
nuestra época, que son fantásticos, son inapreciables, son
peligrosos porque primariamente dan cosas. El mundo actual está
lleno de cosas y lo grave es que los hombres de nuestro tiempo
casi no piensan más que en cosas. Yo tuve una sorpresa curiosa
en una excelente enciclopedia en la que colaboré hace muchos
años. Me encontré con que no había artículo "amor" y se lo dije
al director que se quedó sorprendido y me dijo: "Pues haga usted
el artículo "Amor" para el suplemento", y lo hice. Pero, me
encontré en que en ninguna enciclopedia actual hay el artículo
"Amor", en la antigua sí, mejores o peores, según el nivel de la
época.
Actualmente no porque el "Amor" no es una cosa. Tampoco hay un
artículo sobre "Felicidad" ni sobre vida biográfica, sobre la
vida personal. No se habla más que de cosas y la comunicación
actual es primaria, casi exclusivamente de cosas, de hechos, de
datos. El hombre está lleno de ellos, percibe todos los días
millares de ellos. Pero está en peligro que le hablen de algo
que no sean cosas, que le hablen de la vida misma, de su
estructura, de sus formas. Lo evidente es la persona, que es
radicalmente distinta de cada cosa y primariamente porque la
persona es real e irreal. La irrealidad forma parte intrínseca
de la persona, es imaginativa, es proyectiva, es futuriza. El
hombre está orientado y proyectado al futuro, en la realidad
humana está incluido lo irreal, lo que no es ni siquiera futuro
porque no se sabe si será o no. Es un tipo de realidad
absolutamente distinta de toda cosa, una realidad para la cual
llevo muchos años tratando de encontrar las categorías y los
conceptos adecuados para pensarla. Se piensa poco, se ha pensado
muy poco sobre la persona y casi siempre con categorías y
conceptos inadecuados derivados de cosas y que, por tanto,
pierden de vista la realidad única fundamental de la persona.
Con lo cual tenemos un peligro con estos maravillosos medios de
comunicación y es que el hombre de nuestra época se convierte en
algo distinto de lo debe ser, que sea menos persona, que sea un
primitivo lleno de noticias.
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